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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Aproximaciones al carlismo: el movimiento de un pueblo católico por su rey.

      ¿Cómo definir al carlismo? ¿cómo explicar su, aparentemente, rápido declive y casi absoluta desaparición?. En este breve ensayo, a partir de algunos recuerdos personales, se realiza una aproximación a la cuestión, apuntando hacia algunos elementos de una teoría explicativa de todo ello.

 

Montejurra 2001.

                El domingo 6 de mayo de 2001, unos pocos cientos de personas se concentraron, convocados por el Partido Carlista, en recuerdo y homenaje de las dos víctimas mortales de los sucesos de Montejurra del año 1976. Hechos, recordaremos, todavía no esclarecidos en su totalidad y de los que “actores” políticos muy diversos obtuvieron beneficios: desde la aparente y definitiva superación de un pleito dinástico centenario, hasta la captación de “cuadros” y electorado por parte de algunos partidos.

                De nuevo, la ladera de Montejurra fue testigo de la presencia de boinas rojas. ¡Qué lejos queda aquel año de 1974 en que 40.000 personas se concentraron allí en torno a su abanderado, Carlos Hugo, y sus hermanas!

                Besos, abrazos, reencuentros, alegría...

                Se observaba un buen ambiente entre los asistentes, también mucha nostalgia y algo de tristeza.

                No parecía realista que aquellos envejecidos carlistas pudieran ser la vanguardia de un futuro prometedor, sino, al contrario, el movimiento residual de un cuerpo que fue fuerte, heroico, noble, generoso.

                Allí tuvimos la oportunidad de encontrarnos, de nuevo, con Javier, escritor y editor, compañero madrileño en compromisos políticos de nuestra juventud en una trinchera distinta de la carlista.

                También reencontramos a Pepita, madrileña de formidable personalidad y enorme cultura carlista.

                Cuando comentamos a alguno de los presentes que habíamos conocido, recientemente, a algunos jóvenes carlistas – tradicionalistas, de indudables cualidades, nos contestaron: “sí, eso me han dicho, pero...”

                En este artículo no vamos a tomar postura sobre la legitimidad de ninguna de las dos corrientes del carlismo actual. Ni lo pretendemos, ni estamos cualificados para ello.

                Pero, siendo ambas expresión actual de un movimiento popular extraordinario, fundamental para la historia de España, hemos querido reflexionar en torno al mismo, buscando algunas claves que nos permitan comprender mejor una historia de la que todos los españoles somos, en alguna medida, tributarios.

                Para la historiografía dominante, el carlismo ha sido un movimiento contrarrevolucionario orientado hacia la guerra civil. Con resultados contradictorios con el planteamiento ideológico y apriorístico anterior, un grupo de jóvenes historiadores, a los que encontramos en gran medida en torno a la revista de historia contemporánea APORTES, viene realizando diversas investigaciones de consecuencias sorprendentes.

                Pero ese prejuicio lo encontramos, también, en ámbitos de la Iglesia, que ignoran, con su silencio, que fueron carlistas muchos de los alumnos aventajados de la, en su día, novedosa Doctrina Social católica de León XIII, lo que se concretó en sindicatos, cooperativas, editoriales, mutualidades y obras sociales de variado signo y alcance. Y ello sin olvidar que un grupo significativo de los “mártires de la guerra civil española”, beafitificados en los últimos años, eran carlistas.

 

Recuerdos de familia.

En ese domingo 6 de mayo, que hemos invocado al inicio de este breve artículo, era inevitable nos afloraran antiguos recuerdos, imágenes del Montejurra de 1975. Con 14 años recién cumplidos acudimos, con parte de nuestra familia, a las laderas de Ayegui. Una larga fila de boinas rojas serpenteaba por el Vía Crucis del Montejurra. Ascendimos después hasta la cumbre por el camino y, después, a comer a Estella. Aquel espectáculo nos fascinó. Muchísima gente joven viviendo un espíritu común. Sin apenas entender lo que aquello implicaba, sentíamos la fuerza y el atractivo de una compañía humana que compartía unos ideales y un modo de vida.

Pero son bastantes más los recuerdos que traen a nuestra memoria el carlismo.

Nuestra madre narró, en varias ocasiones, sus remotos recuerdos de aquel lejano julio de 1936. Varios camiones recorrían el navarro Valle de Ollo, cargando con los voluntarios requetés que partían hacía Pamplona con sus boinas rojas. Uno de ellos era nuestro tío, Iluminado Oroquieta, quien en una de sus cartas narraba cómo la Virgen del Pilar había obrado un milagro al impedir que explotaran unas bombas. Desapareció en el frente de Aragón y nunca se llegó a saber con certeza que fue de él. Su nombre figura entre los miles recogidos en el “Monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada” de Pamplona.

Algunos años después nos preguntó, angustiada, si era cierto que los nacionales habían realizado tantos fusilamientos en Navarra, tal como una señora del barrio le había asegurado. Ante la respuesta, su reacción fue: “Pero entonces, mi hermano... ¡él luchó en el frente!”.

A primera hora de una tarde de primavera de 1974 arrojaron una enorme cantidad de panfletos en el patio del Colegio de los Hermanos Maristas de Pamplona, donde cursábamos estudios, firmados por el Partido Carlista. “¡Ha sido M...!”, proclamaron algunos; pero no podíamos entender que M…, un chaval de 13, años pudiera dedicarse a aquellas labores. Con los años él mismo, ya decepcionado por el partido, nos confirmó su participación

En 1975 depositaron, con destino a la venta, una veintena de ejemplares del libro de Felio A. Vilarubias “El carlismo en el ser de España”, en la librería de nuestro padre, situada en el segundo ensanche pamplonés. “Se venderá muy bien”, le dijeron. Pero, por el contrario, el libro apenas tuvo aceptación; tal vez un indicio de que Navarra había perdido ya buena parte de su identidad carlista. Sin embargo, la lectura de ese texto nos descubrió una historia formidable, apasionante, heroica. Especialmente conmovedores eran los testimonios recogidos, escritos a modo de brevísimos testamentos espirituales, por un grupo de carlistas catalanes, quiénes los habían redactado poco antes de ser fusilados, en nuestra última guerra civil.

Un par de años después, conocimos a otro carlista de Carlos Hugo en el Instituto Ximénez de Rada, así como a algunos tradicionalistas jóvenes vinculados a la Agrupación de Juventudes Tradicionalistas (AJT) y a Regencia Nacional Carlista de Estella (RENACE). Pero, en cualquier caso, tratándose de la carlista Navarra, parecían muy pocos en número, mientras que otros grupos políticos (desde Fuerza Nueva a los incipientes grupos abertzales) tenían muchos seguidores en ese centro escolar. Prácticamente, hoy día, ninguno de ellos persiste en sus ideales de antaño.

 

 

 

Dos testimonios sobre el carlismo.

                El navarro Gregorio Monreal, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad Pública de Navarra, y antiguo rector de la del País Vasco, en una larga entrevista publicada en la revista ”Hika”, que edita el entorno de Zutik (antiguas LCR y MCE), realizaba la siguiente reflexión sobre el carlismo que vivió su familia: “… Y te voy a poner un ejemplo que saco de mi propio entorno familiar, en concreto del de mi madre, procedente del valle de Yerri, sancta sanctorum del carlismo. Esa familia, que no había tenido nunca relación con la cultura liberal, se ha dividido casi al 50% entre UPN y HB.”

                Por su parte, el escritor navarro Miguel Sánchez – Ostiz, Premio Príncipe de Viana 2001 de la cultura, respondía el día 1 de julio de 2001 de la siguiente manera a la pregunta “¿por qué rescata el carlismo?”, a un periodista de “Diario de Navarra”: “Fundamentalmente por que está en la raíz de nuestro presente. Me resulta muy enigmático que el movimiento carlista, que ensangrentó estas tierras durante 150 años, que está en el origen de la última Guerra Civil, que todas las secuelas que dejó en Navarra de desdichas familiares, ruinas económicas, la emigración a América que provocó… Que todo eso, en una mañana, la del 9 de mayo de 1976 en Montejurra, dejase al carlismo herido de muerte, es un asunto muy enigmático. ¿A donde fue toda esa masa de gente que en los años 60 acudía a Montejurra por miles? Hay que ver que ha habido un trasvase, estimo, tanto hacia el socialismo, como hacia Herri Batasuna”. Y, de nuevo, pregunta el periodista: “¿Y ese trasvase fue por miedo?”. A lo que responde: “No. Qué va. No tiene nada que ver con el miedo. Puede que fuera una ideología que tuviera muy poco futuro en un mundo que ha cambiado tanto. La trama social de Navarra ha cambiado horrores. No sé si la ideología carlista, por muy estimable que sea, puede seducir a la gente”.

                El llamado “carlismo sociológico” ha desaparecido, aparentemente. No obstante, encontramos a antiguos carlistas –o hijos de carlistas- en todo el espectro político navarro, tanto en sus bases, como en sus niveles dirigentes. De hecho, algunos cualificados representes de la política navarra se pueden incluir en esta categoría. Recordemos, a título simplemente de ejemplo, a Tajadura, dirigente de la izquierda del PSOE, Jaime Ignacio del Burgo (UPN), Florencio Aoiz Monreal (de familia carlista de Tafalla y dirigente de Batasuna), Juan Cruz Alli (líder de Convergencia de Demócratas de Navarra, expresidente del Gobierno de Navarra), y tantos otros.

                ¿Con qué criterio se adscribieron antiguos carlistas a unas u otras fuerzas políticas más “actuales”? Aquéllos de acentuadas convicciones navarristas engrosaron las filas de UPN. No en vano, hoy día, en algunas zonas del norte de Navarra, la base de este partido es básicamente gente de edad de antigua pertenencia carlista. Por contra, muchos jóvenes, de la etapa final del carlismo “socialista”, pasaron a Herri Batasuna. Algunos otros engrosaron, explicable por el sentimiento social del carlismo, las filas del PSOE y otros partidos a su izquierda.

 

El movimiento carlista.

                ¿Cómo podemos definir, entonces, al carlismo?

                La respuesta es importante, pues puede proporcionarnos pistas fundamentales para entender su aparente y brusca desaparición.

                La historiadora Aurora Villanueva, autora del libro “El carlismo navarro durante el primer franquismo” (Actas, Madrid, 1998), caracteriza al carlismo de la siguiente manera: “Configurado políticamente en torno a unas fidelidades personales –al pretendiente y su dinastía-, el carlismo constituiría la seña de identificación de aquellos que, en el universo individualista característico del sistema político y cultural liberal, participaban de una visión tradicionalista de la vida y del mundo. Una `comunión´ de personas amasada a lo largo de la historia sobre el eje de la lealtad a unas ideas y una dinastía” (página 531). Fidelidad, por lo tanto, a la legitimidad dinástica y a un preciso ideario; ambos elementos en perfecta simbiosis.

                El prolífico historiador Josep Carles Clemente considera, en su abundante bibliografía, que el carlismo era, además, un movimiento popular y de protesta. Originado en el legitimismo español del siglo XIX, contendría, a su juicio, indudables elementos ideológicos modernos (desde nuestro punto de vista, herencia del cristianismo): federalismo, profundas aspiraciones sociales, sentido de la protesta. Las relaciones de este pueblo con sus líderes casi nunca habrían sido ejemplares, aunque en general, los máximos abanderados del carlismo sí habrían respondido a los anhelos de su pueblo. Tradicionalismo, integrismo, franco-juanismo, habrían sido, opina el citado historiador, tendencias ideológicas insertadas posteriormente en el carlismo, pero con intencionalidad instrumentalizadora de ese generoso movimiento, que no respondían al sentimiento general de la base. Sería con Carlos Hugo cuando el pueblo carlista habría alcanzado el grado mas alto de fusión con sus líderes naturales, ya despojados de los elementos distorsionadores; lo que no impidió su espantada con ocasión del fracaso electoral del partido en 1979. En consecuencia, para este autor, los carlistas concentrados el pasado 6 de mayo serían los últimos y directos representantes de ese “pueblo en marcha” que recorrió buena parte de los siglos XIX y XX.

                Los autores tradicionalistas, por su parte, proporcionan una perspectiva distinta. Consideran que la rápida evolución ideológica, de la Comunión hacia el socialismo autogestionario y federalista del Partido Carlista, fue forzada y “contra natura”. Dicha transformación, impulsada por un reducido grupo de líderes y “cuadros”, que se sirvieron del instrumento de los “cursillos”, empeñados en una “modernización” a toda costa, les habría llevado a la trinchera contraria, lo que provocó –o aceleró- la desarticulación de ese pueblo o, por lo menos, del llamado “carlismo sociológico”.

                Para algunos de esos autores, y para la actual Comunión Tradicionalista Carlista, ésta sería la agrupación heredera de ese carlismo extraordinario que ha asombrado a propios y extraños.

                En cualquier caso, ¿cómo es posible que un movimiento político popular, centenario, vigoroso, que atravesó pruebas tremendas, desapareciera casi de golpe?

                Ya hemos mencionado que la historiadora Aurora Villanueva describe al carlismo como un fenómeno político, sociológico e ideológico. Paradójicamente, fue en los periodos liberales de la historia reciente de España cuando el carlismo pudo expresarse y desarrollarse. Describe, documentadamente, el agónico proceso de desintegración que sufrió, en Navarra, un carlismo que no supo adaptarse a la semiclandestinidad en que el régimen de Franco le colocó, después de volcar todas sus fuerzas en la guerra civil. Por otra parte, las convicciones religiosas y semitradicionalistas del régimen pudieron contribuir a la desmovilización de importantes sectores del carlismo, que se sintieron cómodos en el mismo. En ese ambiente, el carlismo sufrió nuevas fracturas: falcondismo, carlosoctavismo, juanismo… Analizando los hechos descritos en este libro, vemos que la suerte del carlismo se la jugaron unas pocas decenas de protagonistas, en lo que a Navarra -la “Israel del carlismo”- se refiere, permaneciendo en buena medida ajena a todo ello su masa popular, acomodada a un régimen que afirmaba, al menos sobre el papel, buena parte de sus principios. Mientras tanto, la sociedad evolucionaba, se iniciaba el éxodo del campo a la ciudad, disminuía la influencia del clero rural (muy implicado, como en el caso de Navarra, en el sostenimiento del carlismo), la familia tradicional iniciaba una lenta pero imparable transformación, nuevos aires soplaban en el seno de la Iglesia, etc.

 

Una hipótesis

                De unos amigos vizcaínos, de raíces carlistas, procede la siguiente reflexión relativa a la naturaleza de este fenómeno histórico. El carlismo, a su juicio, era, más que nada, “el movimiento de un pueblo católico por su rey”. Y su crisis no puede separarse de la crisis general de España y de la propia Iglesia católica.

                A su juicio, el tradicionalismo y, posteriormente, el socialismo carlista de los años 70, no habrían sido sino intentos de ideologización de un movimiento ya en crisis. Difuminado el liderazgo y atractivo del “rey legítimo”, cuestionada en sus fundamentos la “unidad católica” como sustentadora de España a raíz de las nuevas corrientes impulsadas a partir del Vaticano II, atomizado y dispersado en consecuencia su pueblo; persisten, todavía hoy, algunas familias y personas de profundas convicciones ideológicas. Por el contrario, buena parte del antiguo pueblo carlista se diluyó, con mayor o menor convicción, en las filas de otras fuerzas políticas que consideraron más afines a su sensibilidad.

                Avanzando en esta hipótesis, debe afirmarse, ante todo, la profunda religiosidad del movimiento carlista; mientras que otros componentes doctrinales, aparte de la dinámica de esa relación pueblo – rey, serían ingredientes ideológicos accidentales.

Francisco Javier Caspistegui Gorasurreta en su libro “El naufragio de las ortodoxias, el carlismo, 1962 - 1977” (EUNSA, Pamplona, 1997) explica cómo el impacto de las nuevas corrientes teológicas derivadas del Vaticano II fueron determinantes en la rapidísima evolución ideológica experimentada por el carlismo en las décadas de los 60 y 70. La transformación de algunos movimientos eclesiales hacia posturas de izquierda transformadora radical afectó también a algunos hombres del carlismo. Ejemplifica tal hipótesis en la trayectoria de dos personas: Antonio Izal Montero (carlista navarro que asumió con pasión las nuevas corrientes de la Iglesia) y Alfonso Carlos Comín (figura paradigmática del progresismo católico catalán de los años 60 y de gran influencia en determinados ambientes intelectuales “comprometidos”, hijo de un dirigente carlista aragonés).

                Así en la página 46 del citado texto se recoge el siguiente párrafo que nos permitimos reproducir por su significación: “El carlismo no iba a ser una excepción en este ambiente de cambio, máxime tratándose de un movimiento cuya estructura social marcadamente diferenciada entre dirigentes y dirigidos, iba a hacer que su amplia y poco ideologizada base aceptase con rapidez las transformaciones que iban introduciéndose en la variable sociedad española del momento. Además, la debilidad de estructuras ideológicas hacía que lo que hubiese de político en sentido doctrinal se diluyese en el mucho más pujante carlismo sociológico, más presto a los cambios ante influjos diversos, poco condicionado por los escasos esquemas doctrinales existentes en el carlismo, aunque sin dejar de lado las posibilidades que una doctrina como la carlista –pese a sus limitaciones- ofrecía para la renovación, insistiendo en un rechazo al inmovilismo como tal…”

Por lo que respecta al vehículo de la transformación ideológica operada, en sus páginas 52 y 53 lo concreta de la siguiente manera: “A través de él (lo religioso) iba a hacer acto de presencia un elemento que, poco a poco, de forma real o imaginaria, como mito de lo disolvente o como efecto de una realidad cambiante, se adueñó de las obsesiones e ilusiones de buena parte del carlismo, contribuyendo de manera importante a la aceleración de los cambios en él. El mito del progresismo iba a introducirse en el carlismo, utilizado como excusa para la crítica o como vía para la reforma.

                Este progresismo de raíz religiosa iba muy unido al proceso de puesta al día que afrontaba la Iglesia desde el comienzo del pontificado de Juan XXIII”.

                Los años de regencia fueron críticos para el carlismo, a lo que se sumó la semiclandestinidad de la Comunión y la despolitización del régimen franquista. Pese a ello, la figura de D. Javier de Borbón – Parma siguió concitando buena parte de las adhesiones de las “primeras figuras” del carlismo, aunque se produjeron algunas defecciones críticas importantes, caso del que fuera Jefe Regional de Cataluña e impulsor, posteriormente, de la Regencia de Estella Mauricio Sivatte. Pero esa adhesión se rompe progresivamente, a lo largo de los años 60, con la salida de más figuras significativas de la Comunión, al considerar que el carlismo sufría una transformación ideológica inadmisible.

                Un dato concreto avala esa religiosidad fundamental del movimiento carlista: todavía hoy, buena parte de las vocaciones al sacerdocio surgidas en los últimos años en Navarra, así como a la vida contemplativa, lo han sido en el seno de familias carlistas. Familias que han sabido transmitir el legado carlista, parejo a su profunda e indudable experiencia católica.

                Volvamos a nuestra tesis. Conforme a esta concepción del carlismo, habría que diferenciar tres elementos humanos, estructurales consustanciales, que lo integrarían: el pueblo, los líderes, el rey.

                La sintonía pueblo – rey habría sido, en general, magnífica. Pero la continuidad dinástica se interrumpe en 1936 a raíz de la muerte de Don Alfonso Carlos de Borbón Austria – Este, estableciéndose una regencia. Este nuevo periodo histórico del carlismo, iniciado en plena guerra civil, coincidiendo con el esfuerzo militar que absorbió todas sus energías durante esos vitales años, se prolonga hasta el llamado “Acto de Barcelona” (31 de mayo de 1952). De esta forma, y en pleno franquismo, se produjo la asunción del caudillaje monárquico de la Comunión, ante su Consejo Nacional, por el hasta entonces regente Don Javier de Borbón – Parma, padre de Don Hugo Carlos (más tarde Carlos Hugo), después de muchas dudas y vacilaciones.

Esa interrupción en la continuidad de la “dinastía legítima” coincidió, en el tiempo, con la desmovilización de buena parte de las masas carlistas, posterior al término de la guerra civil, con una Comunión Tradicionalista ilegal. En este sentido, Aurora Villanueva proporciona algunas claves de sumo interés. Así, en la página 536 del referido libro afirma: “Y es que ambos, carlismo y franquismo, procedían del mismo universo mental: el tradicionalismo cultural de finales del siglo XIX y principios del XX. De ahí que el esfuerzo de los líderes carlistas por mantener diferenciado orgánicamente al carlismo alcanzase tan sólo a los sectores de militantes más politizados, mientras que las bases, del carlismo sociológico, encontraban fácil acomodo en el régimen de Franco. Quizás aquí resida la razón última de la pérdida de señas de identidad carlistas durante el régimen franquista”.

La reactivación del carlismo con un nuevo pretendiente a la cabeza (D. Javier), y años después con un proyecto político diferenciado ya en abierta oposición al franquismo, tras unos años de reconciliación con el régimen, coincide con el proceso de transformación social operado en España y los cambios de la Iglesia católica. Todo ello impulsó la rápida evolución ideológica del carlismo (rectificación o definición, lo denominaron sus impulsores), que supuso el progresivo apartamiento de sus elementos inequívocamente tradicionalistas, ante el desconcierto de buena parte de la base de ese pueblo en desintegración.

El papel de los líderes habría que cuestionarlo en mayor medida; la historia nos recuerda múltiples disensiones, escisiones, cambios de estrategia, expulsiones, cambio de partido, etc., protagonizados por muchos de ellos. Todo ello fracasó, siendo, por contra, polo de atracción del pueblo carlista la concreta persona del abanderado que encarnaba la continuidad de la dinastía legítima y la autopercepción de las Españas.

                Resumamos. La sintonía pueblo – rey, base del movimiento histórico carlista, se rompe por un conjunto de causas:

1)       Por factores estructurales internos de la propia realidad carlista (la interrupción dinástica, las fluctuantes relaciones con el franquismo, y la renovación de sus elites).

2)       Por novedades doctrinales externas que afectaron, de forma determinante, al “corpus” ideológico carlista (nuevas corrientes teológicas desarrolladas en la Iglesia a partir del Vaticano II, que cuestionaron un principio básico carlista como es el de la “unidad católica” de España).

3)       Por factores externos derivados de la dinámica social histórica en la que se desenvuelve ese pueblo concreto (los profundos cambios que transformaron España, pasando de una sociedad en general rural a otra industrial con la consiguiente desaparición de un clero rural carlista influyente; la progresiva desarticulación de la familia tradicional en aras de un modelo de familiar nuclear mucho más individualista, conforme patrones sociales procedentes de las llamadas sociedades “avanzadas”; el impacto cotidiano de las ideologías del “68”; la incidencia del consumismo y el individualismo de la sociedad postmoderna y postindustrial).

Todos estos complejos factores confluyeron simultáneamente sobre el pueblo carlista, determinando que la familia, principal custodia del carlismo durante varias generaciones, no fuera capaz de transmitir, salvo contadas excepciones, su legado; como tampoco fue capaz de comunicar una experiencia religiosa atractiva en muchos casos.

 

Algunas conclusiones.

                Hoy día ¿queda algo vivo del carlismo? De forma organizada, sobreviven dos pequeños grupos: el Partido Carlista (último representante del carlismo socialista, federalista y autogestionario) y la refundada Comunión Tradicionalista Carlista (no olvidemos, por otra parte, la existencia de algunos grupos tradicionalistas fuera de la disciplina de la CTC: AJT y los grupos juveniles estructurados en torno al Círculo Carlista San Mateo de Madrid).

Sociológicamente, por otra parte, podría entenderse que algunos tics de la mentalidad navarra en particular, se encuentran íntimamente entrelazados con el carlismo sociológico: sentido de grupo, gusto por lo propio, generosidad y entrega personal, apego a las tradiciones, espontaneidad, sustrato religioso…

Si embargo, en las nuevas generaciones navarras, salvo contadas excepciones, encontramos un pasmoso desconocimiento de la historia y gesta carlistas de sus padres y abuelos.

                En la dinámica de las relaciones humanas, la presencia y compañía generada por unas personas excepcionales, puede materializar, por el atractivo que es capaz de transmitir entre los hombres y a lo largo del tiempo, un movimiento que atraviese un periodo histórico. Esa dinámica elemental está presente y operativa en la transmisión del catolicismo (que cuenta, además, con el concurso determinante y esperanzador del Espíritu Santo); y también lo ha estado en la historia del carlismo.

                No pretendemos polemizar por placer. Pero, ante un fenómeno excepcional que todavía nos “toca”, como es el del carlismo, desde una perspectiva de pertenencia católica, creemos que es posible emitir un juicio cultural que nos permita comprender la realidad actual y, merced a ello, afrontar de forma realista el futuro.

Reflexionando sobre la gesta popular del carlismo, y analizando su peso en la historia de España y de Navarra, no podemos menos que sentirnos agradecidos a todos esos carlistas que lucharon de forma consecuente con sus ideales. Incluso podemos llegar a afirmar que, en buena medida, gracias a ellos, nuestra concreta tradición histórica y religiosa (el catolicismo) nos ha llegado hasta nuestros días de una forma viva, reconocible y tangible. Se trata, en definitiva, de un precioso legado para los navarros de hoy y todos los demás españoles.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 54, febrero de 2002.

El Partido Popular vasco ante una nueva “travesía del desierto”.

      Transcurridos 7 meses desde la celebración de las últimas elecciones autonómicas en el País Vasco, el domingo 13 de mayo de 2001, se imponen algunas reflexiones en torno a la estrategia del Partido Popular.

 

Unos resultados electorales ni esperados ni deseados.

Buena parte de las encuestas publicadas a lo largo de la campaña electoral, así como la realizada por el CIS y difundida fuera de plazo legal, vaticinaban que los partidos “constitucionalistas” estaban a falta de uno o dos escaños para alcanzar la mayoría absoluta. Con tales previsiones, PP y PSOE depositaron buena parte de sus expectativas de triunfo en el, tradicionalmente, amplio sector abstencionista vasco, al considerar que un alto porcentaje de electores de mentalidad españolista se refugiaba en el mismo.

Los resultados, finalmente, fueron decepcionantes para los partidos constitucionalistas, sobre todo para un Partido Popular que había llegado a vaticinar públicamente su victoria, apoyándose en esas previsiones tan favorables a las que dieron crédito los máximos dirigentes del partido, José María Aznar en particular. Con todo, la cosecha de votos, en números redondos, no fue mala, acreditando la tendencia al alza del voto no nacionalista. Pero es incuestionable que los resultados favorecieron a unos atemorizados nacionalistas “moderados” (la coalición PNV/EA), en detrimento de las altas expectativas del “bloque constitucionalista”.

El Partido Popular, en coalición con Unidad Alavesa, fue el partido constitucionalista más votado, pero sin alcanzar el ambicioso –y poco realista- objetivo previsto. Jaime Mayor Oreja quedó en una posición delicada al no alcanzar el gobierno de Vitoria, lo que originó rumores acerca de su retirada de la política a la empresa privada. Hoy día, esos rumores han sido desmentidos, sonando de nuevo su nombre entre los candidatos mejor situados en la carrera sucesoria de José María Aznar. Debe destacarse, en todo caso, su coherencia, lo que le ha generado la confianza y los esfuerzos de la militancia de su partido en el País Vasco, cuya persistencia ha sido regada con la sangre de los concejales “populares” asesinados.

Una larga “travesía del desierto” espera a los “populares” vascos, en cualquier caso, quiénes deberán reelaborar su estrategia, manteniendo, además, posiciones y cargos, pese a la lógica desmoralización de su gente (que no se ha traducido, a lo largo de estos meses, en abandonos de cargos públicos).

Los esfuerzos de los partidos constitucionalistas no fueron suficientes para cambiar la orientación general del electorado. Una vez en el gobierno vasco podrían haber forzado el lento cambio reflejado en las actuales tendencias. Pero, de nuevo, en la oposición, al Partido Popular le espera otro periodo de incertidumbre. Se temía, además, que con ese fracaso José María Aznar saliera “tocado”; sin embargo, la realidad es que ello no le ha supuesto un desgaste traducido en pérdidas en la intención de voto.

Por otra parte, varios han sido los tópicos derribados en estas pasadas elecciones: el supuesto “españolismo” de buena parte de los sectores tradicionalmente abstencionistas, el liderazgo del nacionalismo vasco por el MLNV, etc.

 

Dos concepciones enfrentadas.

Hemos afirmado en este medio, en otras ocasiones, que se tiene un profundo desconocimiento de la naturaleza del nacionalismo vasco. Nos basamos en la constatación de que no sólo es un partido político; ni siquiera es, solamente, una ideología. Es un estilo total de vida -sostenido por una ideología- que puede teñir gran parte de la misma, constituyendo un complejo entramado de relaciones sociales de todo tipo, insertado en una comunidad dinámica, y dotado de un proyecto de futuro. Por ello, tratándose de una población muy politizada y con un alto nivel de conciencia de “lo propio”, de “lo vasco”, no era realista pretender que la “revolución cultural” practicada por el conjunto del nacionalismo vasco, desde hace 50 años, se pudiera contrarrestar con las campañas mediáticas desarrolladas en los últimos meses y el “desembarco” electoral de algunos líderes “populares”. En tan breve plazo no se podía crear el tejido social que permitiera avanzar y consolidar la realidad electoral al alza de los constitucionalistas, neutralizando el efectivo aislamiento en que les había situado la política nacionalista con sus múltiples tácticas.

En el avance de los sectores españolistas, algunos factores jugaron un importante papel. Es el caso de la estrategia de “unidad de los demócratas” desarrollada por el Partido Popular de acuerdo con el PSOE y el apoyo de Unidad Alavesa. Igualmente importante ha sido el espaldarazo dado a los intelectuales vascos que, desde diversos medios, especialmente el Foro de Ermua, han levantado su voz ante el monopolio y el proyecto global nacionalista. Otros aspectos tácticos han jugado su papel: el apoyo a las víctimas del terrorismo (las grandes olvidadas durante tantos años), la búsqueda del reconocimiento social de las mismas e intentar suscitar una conciencia colectiva ética frente al sufrimiento de los perseguidos por el terror en sus diversas formas.

Pese a todo, el objetivo no se ha alcanzado. Tal vez por ello, en lenguaje “políticamente incorrecto”, José María Aznar llegó a afirmar –lo que le valió críticas casi unánimes- que el País Vasco “no estaba maduro”. Esa criticada frase supone un reconocimiento implícito de que el nacionalismo vasco, también, está fuertemente anclado en la sociedad.

Concluyamos: el electorado vasco está “fijado” en un porcentaje muy importante, pese a la tendencia al aumento de los partidos españolistas. Los movimientos y desplazamientos electorales se produjeron, en esta ocasión, y en buena medida, en el seno de cada uno de los dos grandes bloques: constitucionalistas y nacionalistas. El voto procedente del abstencionismo, en contra de lo previsto, ha beneficiado a los nacionalistas en mayor medida de lo vaticinado: un voto “útil” que ha buscado seguridad en la continuidad, por encima de consideraciones de carácter ético.

 

El futuro del Partido Popular vasco.

El mensaje electoral emitido por el Partido Popular, a lo largo de la mencionada campaña, podía resumirse en dos axiomas:

1.        Para vencer al terrorismo hay que desalojar al nacionalismo llamado moderado de las instituciones vascas.

2.        La solidaridad con las víctimas del terrorismo impone un cambio de gobierno, pues el conjunto del nacionalismo es responsable, al menos por omisión, de su sufrimiento.

No ha funcionado. No se ha logrado extender esa conciencia a un mayor sector del electorado vasco; no se ha desatado la solidaridad esperada.

Algunas de las manifestaciones efectuadas por líderes nacionales del Partido Popular, explotadas por la propaganda nacionalista, se han percibido por sectores no excesivamente politizados como un ataque intolerable a “lo vasco”.

Pero a este fracaso también ha contribuido, además de sus propios defectos tácticos, la campaña “a la contra” desatada por el nacionalismo en bloque. Han logrado hacer creíble el mensaje de que el recambio gubernamental podía afectar a la identidad del País Vasco, a los logros obtenidos por su pueblo; amenazado por unos políticos ajenos a la tierra y tributarios de intereses ocultos. Con ello se ha neutralizado el mensaje del Partido Popular de asociar paz con el desalojo del nacionalismo de las instituciones autonómicas vascas. Esa es la explicación de que sectores importantes del abstencionismo hayan votado movidos por el miedo al cambio.

¿Qué puede hacer, en esta coyuntura, el Partido Popular?: una labor institucional de oposición seria, constante, combinándola con un trabajo cívico, asociativo y cultural, con la pretensión de generar un tejido social que permita avanzar, poco a poco, en el seno de la sociedad vasca, reduciendo el impacto del control absoluto, ejercido durante varias décadas, por el nacionalismo.

En el plano nivel interno, varios son los retos: contener el riesgo de desbandada, renovar el liderazgo, crecer en número e implantación, evitar el aislamiento.

Parece difícil, a priori, que el Partido Popular, con un discurso “blando” en muchos aspectos y una militancia poco acostumbrada a la movilización, pueda cambiar de modelo y de espíritu. Pero las circunstancias que debe afrontar son excepcionales, lo que exige un nuevo estilo de partido y una nueva presencia social y cultural.

Otro reto se le presenta al Partido Popular vasco: el posible relevo de Jaime Mayor Oreja, lo que podría suceder en un par de años. Esta posibilidad podría explicar el relevante papel desempeñado por María San Gil en los preparativos del próximo congreso general del partido.

Fracasada la reciente estrategia “popular”, desvanecida la ilusión de una victoria a corto plazo, con un PNV consolidado en el gobierno de Vitoria al beneficiarse electoralmente de los sectores posibilistas del MLNV, ¿qué color debe tener la acción del Partido Popular? Entre otras cosas, debe de teñir de vasquismo positivo y constructivo sus contenidos, pues el españolismo y el vasquismo no son conceptos antagónicos, tal como se ha querido hacer ver desde el mundo nacionalista. Es más, lo vasco está en la raíz de lo español: ésta puede ser una de las claves de la “contrarrevolución” cultural que debe plantearse el Partido Popular a medio y largo plazo.

 

Partido Popular y PSOE.

El fracaso de la estrategia “popular” debe relativizarse. Es incuestionable que le ha permitido avanzar social y electoralmente. Pero la impaciencia, impuesta en parte por el sufrimiento de las víctimas del terrorismo y el sacrificio terrible de sus concejales, ha jugado una mala pasada.

Jaime Mayor Oreja sigue siendo un valor, de momento, fundamental para el partido. Debe permanecer en el País Vasco encabezando la oposición, por coherencia ideológica, por fidelidad a las víctimas y a toda la militancia que ha creído en él; al menos hasta que un nuevo liderazgo quede afianzado en el partido.

La estrategia seguida hasta el momento no debe cambiarse en sus directrices fundamentales; a lo sumo deben modificarse algunos aspectos: hay que continuar la batalla en el plano de las instituciones, en el seno de la sociedad civil, los medios de comunicación y en el mundo de las ideas, para retomar un día la iniciativa social que facilite un cambio. Ese cambio ya ha empezado en las grandes urbes; la dificultad mayor es introducirlo en las pequeñas ciudades y pueblos del País Vasco, donde el control formal e informal de la vida cotidiana por el nacionalismo es agobiante.

La resolución de la crisis que atraviesa el PSE/PSOE, motivada por la existencia de una corriente socialista partidaria del entendimiento con los nacionalistas que cuenta con el tradicional apoyo de Felipe González y el grupo PRISA, no es indiferente en estas circunstancias y más cuando circulan, de nuevo, rumores de la posible gestación de una “tregua”. El liderazgo de Nicolás Redondo Terreros, quien ha dimitido como consecuencia de la poco leal oposición interna de Odón Elorza y sus compañeros de viaje, constituía un importante asidero para la política de firmeza y claridad de Jaime Mayor Oreja.

De no revalidarse, en el transcurso del próximo Congreso extraordinario del PSE/PSOE, la línea mantenida por el dimitido, el Partido Popular se encontrará en una incómoda situación de aislamiento político e institucional en el País Vasco, lo que acrecentaría la incertidumbre sobre su futuro. Jaime Mayor Oreja lo ha entendido perfectamente, en un nuevo ejercicio de crudo realismo político, al declarar en ABC que “la izquierda social ha tenido más trascendencia que la derecha económica”, siendo, además, “el gran apoyo del entendimiento entre Partido Popular y PSOE”. Sumando lo anterior a la crisis desatada en el PSOE, se comprende que para el político popular, la estrategia de su partido pase por “dar una gran acogida” a la izquierda del País Vasco, por lo que tendría que hacerse “más popular y más vasco que nunca”. Este planteamiento, carente de cierto tacto, ha provocado un notable aluvión de críticas, demagógicas y desproporcionadas en cualquier caso, por parte de algunos líderes del PSOE de las que se han servido para marcar distancia y preparar futuros cambios tácticos, a la vez que empezaba a sonar en medios de PRISA el nombre de Patxi López (del sector crítico al dimitido dirigente socialista vasco) como alternativa a Redondo Terreros.

No es fácil, en cualquier caso, realizar esa apertura hacia la izquierda “social”. Una fórmula tradicional, para ello, consiste en incorporar al partido a alguna personalidad relevante procedente de ese medio político. Pero no olvidemos la amarga experiencia de Ricardo García Damborenea (cuyo nombre, paradójicamente, ha sido empleado como torpedo contra la línea de flotación de las expectativas de un vapuleado Nicolás Redondo Terreros). 

La existencia de dudas metódicas y la ausencia de una voluntad decidida, en el desarrollo de una estrategia política a largo plazo, en el principal partido de la izquierda española, no son nuevas. No olvidemos, por otra parte, que a esa labor de arrinconamiento de la identidad española en el País Vasco, de forma consciente o inconsciente, han contribuido en las últimas décadas sectores significativos de la “progresía” española.

Al proyecto nacionalista sólo puede hacer frente otro proyecto sin complejos, de contenidos claros y atractivos, liderado por unos políticos vascos en sintonía con los sectores sociales emergentes que reclaman un mayor protagonismo para la ciudadanía acallada desde el poder político y cultural dominante en el País Vasco. Jaime Mayor Oreja, pese a los golpes recibidos, reúne las mejores condiciones personales para afrontar un reto de tales características, en tanto no se consolide un liderazgo alternativo. En un futuro a medio plazo ya se verá si persiste en el empeño o se desvía de esta difícil, pero apasionante tarea, convocado por otras responsabilidades políticas de envergadura nacional.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 53, enero de 2002.

Zuera y el modelo penitenciario español.

La macrocárcel de Zuera se inauguró, finalmente, este pasado verano, si bien se habían concluido sus obras 5 años atrás. Pero lo relevante del caso no es tanto ese dato tan chocante, como la cotidiana realidad a la que deben enfrentarse los muchos cientos de personas implicadas en esa “sociedad cerrada”.

 

Una prisión en funcionamiento a los 5 años de terminadas las obras.

                La definitiva apertura de la macrocárcel de Zuera, situada entre Zaragoza y Huesca, tuvo lugar en pleno verano de 2001, poniendo fin a una larga incertidumbre cuya consecuencia más llamativa fue que durante cinco años permaneció cerrada, pese a haberse terminado las obras de edificación y su equipamiento. Esa demora fue efecto de una decisión del anterior presidente del Gobierno de Aragón, el “popular” Santiago Lanzuela, quien asumió como compromiso personal que, ante las presiones de los habitantes de la zona y otros colectivos, mientras él ocupara ese puesto, Zuera no se abriría. Con un importante debate social y unos intereses partidistas que jugaron a fondo múltiples bazas, se estudiaron posibles usos alternativos: centro de formación profesional, residencia de la tercera edad, centro social multifuncional, etc. Tales intentos no pasaron de tímidos amagos, sin llegar a plantear una propuesta consistente.

                La apertura de una macrocárcel no es una novedad: muchas han sido las puestas en funcionamiento en los últimos años, siguiendo un modelo standard, de similares características arquitectónicas, en las que predomina el factor seguridad, siendo común circunstancia su lejanía de las ciudades (¿acaso contaminan?). Esto último responde a un criterio extrapenitenciario. Si cerramos dos viejas prisiones, generalmente bien situadas –urbanísticamente hablando- en otras tantas capitales de provincia, se venden los solares y con las ganancias obtenidas se construye una nueva prisión de grandes dimensiones a caballo entre ambas ciudades. Es el caso de Zuera: a 44 kilómetros de Zaragoza y a otros tantos, casi, de Huesca.

                Inicialmente se ocuparon 5 módulos de hombres y 1 de mujeres con los contingentes de internos procedentes de Torrero y Huesca. El nuevo centro penitenciario aragonés acogió, por otra parte, a internos procedentes de prisiones levantinas, mientras que muchos aragoneses encarcelados en la de Daroca también han solicitado su traslado a Zuera. Aunque con una capacidad inicial de 1.008 internos, no cubierta de momento, su número podría duplicarse en el supuesto de ocupar todas las literas instaladas; aunque, en palabras del Director General, no está contemplado que albergue a más de 1.500. En cualquier caso, ya sea 1.008 o 1.500, se trata de un número que excede en mucho el de los aragoneses encarcelados; por lo que todo indica que Zuera será el destino de numerosos internos magrebíes desarraigados o el de presos y penados conflictivos procedentes de las saturadas prisiones andaluzas y levantinas. Los servicios necesarios han sido cubiertos con los funcionarios que trabajaban en ambos centros, estando previsto que, dentro de unos pocos meses, se incorporen unas decenas más, como consecuencia del concurso de traslados del año 2001 convocado por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias.

Las antiguas prisiones de Torrero y Huesca permanecen, provisionalmente, como Centros de Inserción Social (C.I.S., en lo sucesivo) que atienden a los internos que disfrutan del régimen del tercer grado o de la libertad condicional, en tanto se habiliten los C.I.S. definitivos.

                El criterio determinante del alejamiento de las macroprisiones españolas de las ciudades es puramente especulativo, ya lo hemos afirmado. Ciertamente, el sistema tiene algunas ventajas: la seguridad particularmente, así como tratarse de un modelo muy estudiado y aplicado en múltiples casos, lo que permite una rápida implantación y una mejora técnica constante. Por ello se ha pretendido exportar este modelo a otras latitudes, especialmente América Latina, por lo que toda visita de directivos penitenciarios españoles a otros países tiene ese objetivo concreto: “vender” el centro – tipo y exportar tecnología y organización penitenciarias.

                La apertura ha encontrado las dificultades previstas: traslado masivo de los internos en un par de días, algunas deficiencias técnicas en los sistemas electrónicos, cierta división inicial entre las plantillas procedentes de los centros de Zaragoza y Huesca, primeras movilizaciones de asociaciones críticas con el actual sistema penal - penitenciario…

 

Antonio Asunción y los centros tipo.

                Antonio Asunción, a quien se echa de menos en prisiones no tanto por sus malas maneras, como por su gran capacidad de trabajo, fue el artífice de ese complejo programa que ha dado lugar a la actual realidad material de la mayoría de las prisiones españolas. Con el apoyo del gobierno socialista, lo llevó adelante en contra de todos los colectivos implicados (sindicatos de funcionarios, colegios profesionales, etc.), con los que no contó en ningún momento.

                En la valoración general del “estilo” y “ambiente” de los nuevos centros, se produce una curiosa coincidencia entre los veteranos, ya sean internos o funcionarios: las antiguas “provinciales” eran más humanas, sufriendo, todos ellos, una cierta despersonalización en el desarrollo de las relaciones humanas y profesionales, una vez ubicados en las “macros”.

Con la red de nuevos centros se despeja, por muchos años, el problema de la endémica falta de plazas penitenciarias. No en vano, por mucho que aumente la población interna (y así está sucediendo), estos centros tienen la capacidad de absorberla, con el simple método de ocupar la litera con que cada celda, pensada en principio para una persona, suele estar amueblada.

                Con una inversión de 9.000 millones de pesetas, Zuera reúne las mismas condiciones físicas y arquitectónicas que el resto de los centros tipo: capacidad para 1.008 internos, muro de 6 metros de altura, cinturón de seguridad de 20 metros, complejos sistemas electrónicos de vigilancia y control centralizados desde una llamativa super torre, 14 módulos de 72 celdas cada uno, un módulo con 36 celdas de aislamiento, una enfermería con 64 camas, zonas infantiles en el módulo de mujeres para niños menores de 3 años, talles formativos y ocupacionales, zonas deportivas comunes (gimnasio, pabellón deportivo, dos pistas de squash, campo de fútbol al aire libre, ocho pistas de minifrontón y una piscina), nueve aulas de enseñanza, aula de música, otra de fotografía, una de medios audiovisuales, biblioteca, etc.

 

El Partido Popular y la política penitenciaria.

                Desarrollar este plan fue una decisión personal avalada por el gobierno socialista de turno. Decisión que encontró aplicados seguidores entre los miembros del actual equipo gestor de la Dirección General, encabezado por Angel Yuste, nombrados por un Partido Popular que en este asunto, como en tantos otros, no ha sido capaz de desarrollar una política propia: total continuidad. Otra clave parece explicar la acción penitenciaria “popular”: lo importante es no salir en “las noticias”…

                No importa que sean miles de kilómetros los que tengan que recorrer los funcionarios cada año, lo que les ha llevado a concentrar las jornadas laborales en turnos complejos y de dudosa legalidad (¿no tienen algo que decir los responsables de salud laboral?), al objeto de suprimir trayectos. Ello lleva a “atracones” laborales y las posteriores “desconexiones” de los trabajadores con la realidad cotidiana del centro, lo que dudosamente incide en una mejor calidad del servicio.

Otro de los colectivos afectados directamente es el de los abogados, que encuentran una mayor dificultad física en la comunicación con sus defendidos. Antes les bastaba con recurrir a un autobús urbano, cuando no se trasladaban a pie. Ahora, caso de Zuera, los letrados deben realizar 88 kilómetros (ida y vuelta desde Zaragoza), y de trasladarse desde Calatayud o Borja, por poner otros ejemplos, ya son 300. Pero quiénes más sufren, con esta problemática, son los familiares que quieren mantener las comunicaciones orales de fin de semana y las especiales (conocidas como vis – vis) con sus seres queridos encarcelados.

                Los riesgos de la carretera, la despersonalización propia de las grandes estructuras; nada de ello importó al Sr. Asunción ni a los gestores posteriores. No se consultó a ningún colectivo, no se estudió una programación alternativa. “Ordeno y mando”. Y punto. Ya se sabe: “estamos en una democracia, pero no en una democracia asamblearia”…

                Las líneas maestras de la política penal y penitenciaria del futuro ya están determinadas por la actual realidad física de estos centros. Son muchos años, los que esperan a los funcionarios, cargados de kilómetros y padecimientos. Hasta poder optar a la llamada “segunda actividad” (que permite a algunos colectivos del sector trabajar en áreas de oficinas fuera del contacto con los internos y sin los concentrados horarios actuales), o prestar servicio en organismos no pertenecientes a la propia Dirección General (la famosa cláusula “X 11” ha impedido, hasta la actualidad, que los penitenciarios pudieran trabajar fuera de la misma), pocas expectativas profesionales esperan al grueso de los funcionarios de prisiones españoles.

                Ya lo hemos señalado en algún otro artículo. Cuando un joven funcionario penitenciario inicia con ilusión, y previa formación orientada idílicamente al tratamiento, su profesión, le esperan muchos años de vigilancia, viajes, horarios atípicos, falta de contacto con sus directivos, mínima promoción, ninguna consideración social. Ante ello, esas pequeñas puertas, que antes mencionábamos, deben abrirse, para que algunas expectativas reales de cambio y mejora se alojen en la esperanza de miles de funcionarios desmotivados.

 

La esperanza de los Centros de Inserción Social.

                El sistema ya está casi cerrado, podemos concluir, lo que es determinante, en primer lugar, en el presente y futuro de los internos. No es previsible, en varias décadas, un cambio en la tendencia general del mismo. La única posibilidad de innovación en el sistema penitenciario español radica en potenciar con contenidos diferenciadores netos la clasificación interior con vistas al acceso (trabajo real, apoyo efectivo, programas individuales) a un régimen de tercer grado con garantías. Para ello, la actual red de C.I.S., radicada en su mayor parte en viejas prisiones destinadas a su desaparición, deberá extenderse y dotarse. Sin embargo, parece que son pocas las previsiones presupuestarias y programáticas que, al parecer existen, sin olvidar naturalmente alguna llamativa novedad, que se empieza a implantar, como es el caso de las “pulseras” para control a distancia de algunos colectivos de internos en tercer grado. Esta es una asignatura pendiente que, además, podría abrir expectativas profesionales a los funcionarios interesados en un estilo distinto de trabajo, más centrado en el tratamiento, en un medio ciudadano relativamente normalizado y con ausencia de controles rígidos.

                Se trata de uno de los pocos campos, el del desarrollo definitivo de los C.I.S., en el que el Partido Popular podría marcar una línea propia que le diera una autonomía respecto a la política socialista; una política que se ha verificado como un sólido conjunto de directrices maestras que han predeterminado el presente y futuro sistema penitenciario y del que los “populares” no han logrado despegarse.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 53, enero de 2002.

La “macrofundación” de Aznar y los democristianos del Partido Popular.

Una “macrofundación”, ligada al Partido Popular, se perfila como el privilegiado “observatorio” desde el que José María Aznar, una vez agote su segundo mandato presidencial, tutele el futuro rumbo de su partido. La nueva FAES nace con una identidad liberal clara. ¿En qué lugar quedan, podemos preguntarnos, los políticos democristianos del Partido Popular?

 

La nueva FAES.

La noticia se esperaba. Desde que el rumor se difundiera en alguno de los confidenciales existentes en internet (también nos hicimos eco de ello en diversos artículos publicados en Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica), sólo faltaba el anuncio de la formalización del acuerdo y la difusión de los “detalles” de la operación. Todo ello se hizo público, finalmente, en un acto celebrado el pasado 26 de noviembre de 2001 al que asistieron, además de los más estrechos colaboradores de José María Aznar, “viejas glorias” del partido y “patronos” de las diversas fundaciones afectadas por el proceso.

La nueva fundación aglutina la mayor parte de las existentes en el entorno del Partido Popular, quedando fuera de la misma algunas de ámbito autonómico. La elección de su nombre, Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), correspondiente a una de las seis implicadas, ya es una declaración de intenciones. Se trata de la entidad en la que Aznar ha buscado buena parte de sus apoyos y sus más estrechos colaboradores en los últimos años. Ello constata una voluntad de continuidad con el trabajo desempeñado por FAES, así como un refrendo de su línea ideológica y táctica.

Dentro del Partido Popular, recordemos, no existen tendencias internas organizadas, pero es evidente la existencia de sensibilidades ideológicas que arrancan de la antigua Alianza Popular y de algunas de las “familias” procedentes de la extinta Unión de Centro Democrática. De cada una de esas sensibilidades han cristalizado, a lo largo de los años y con mayor o menor fortuna, diversas fundaciones teñidas, cada una de ellas, de una precisa orientación ideológica. FAES sería, concretamente, la de orientación liberal.

Con un presupuesto anual, previsto inicialmente, de 4.000 millones de pesetas, la nueva FAES pretende acabar con la característica dispersión de iniciativas de las fundaciones “populares”, marcando, además, una línea ideológica clara: la liberal. Se acabó, por tanto, el “rancio conservadurismo” y la “poco fructífera democracia cristiana”, parece deducirse.

Los interrogantes a resolver en breve, y que serán determinantes para su marcha futura, son varios: el control y procedencia de su financiación pública y privada, la posición adoptada ante la realidad de la familia y sus consecuencias fiscales y sociales, el espacio otorgado a la iniciativa social (en particular en el ámbito de la educación), su futuro peso en la generación y formación de “jóvenes promesas” del partido, etc.

La Fundación Humanismo y Democracia, organizada por una parte de los democristianos procedentes de UCD, queda especialmente afectada en este proceso: aunque no desaparece formalmente, se reconvierte en una ONG que agrupará todos los programas de cooperación al desarrollo asumidos, hasta el momento, por ella misma, junto con los impulsados desde la conservadora Cánovas del Castillo. Con todo ello, el reparto de funciones está claro: la cooperación al desarrollo para los democristianos y el “laboratorio de ideas” para los liberales.

Esta distribución funcional, que supone un claro predominio de las posturas liberales en la factoría ideológica popular, puede interpretarse como una pérdida de peso y espacio de los políticos democristianos dentro del Partido Popular. Pero no hay que caer en engaños. Este acuerdo certifica una realidad evidente. La principal elaboración ideológica del Partido Popular se venía desarrollando en el seno de FAES desde hace años. Por otra parte, no lo olvidemos, ese papel se lo había otorgado el propio Aznar: buena parte de sus colaboradores más estrechos proceden de FAES. También trabajaban en su seno algunos políticos de procedencia democristiana, caso de Eugenio Nasarre; pero seguramente su identidad quedó eclipsada por la orientación liberal y aznarista de la entidad.

FAES renace, por tanto, con una personalidad acusadamente liberal y aznarista y unos terrenos muy concretos en los que trabajar: la macroeconomía, los procesos internacionales de transición a la democracia, las grandes líneas de la evolución social, la formación de los cuadros y jóvenes valores del partido, etc.

Lo ocurrido con las fundaciones “populares” era de esperar: una decisión política del actual líder, determinada por el peso real de las diversas sensibilidades presentes en el Partido Popular (no está permitida la constitución de tendencias organizadas; es muy grande el peso de la experiencia de UCD): liberales, democristianos, conservadores…

Por otra parte, pensando en un futuro a medio plazo, José María Aznar necesita de una plataforma, de un “observatorio”, para instalarse y trabajar en los años que dure su voluntario apartamiento de la primera línea de la política partidaria, fiel a su compromiso de no repetir dos mandatos como Presidente del gobierno, tutelando de paso la marcha del partido. Bien dotado de medios, con buenas relaciones internacionales y magníficos contactos con la plana mayor del Partido Popular; FAES constituye una base magnífica para que su conexión con la “alta política” siga vigente y operativa hasta que una nueva ocasión requiera su regreso…

 

¿Pervive una identidad democristiana en el Partido Popular?

Sin embargo, pese a este aparente predominio liberal, sigue existiendo una cierta presencia de democristianos en el entorno más próximo de José María Aznar: es el caso de Javier Arenas, por ejemplo. Pero la identidad democristiana de esos políticos no parece se haya traducido ni en iniciativas de calado que sintonicen con las convicciones del pueblo cristiano, ni en novedosas aportaciones a la vida interna del propio Partido Popular. Tampoco puede afirmarse que toda la acción política del gobierno del Partido Popular sea análoga a la realizada por el PSOE cuando disfrutó de los mecanismos gubernamentales. Es incuestionable que se ha dado cancha a algunas expresiones de la creatividad social y que se han intentado frenar las nuevas propuestas legislativas dirigidas contra la vida de los no nacidos. Pero no ha sido suficiente. La percepción que tienen los sectores más comprometidos del catolicismo social español es que, progresivamente, la acción política “popular” se ha ido distanciando de las convicciones de la base electoral cristiana que le ha apoyado.

La pérdida de peso de los políticos democristianos españoles en el seno del P.P., paralela a ese distanciamiento que hemos observado en el párrafo anterior, viene de antiguo. Hay que relacionarlo con su gran fracaso político: supieron contribuir de forma decisiva al diseño y ejecución de la mismísima “transición”, pero fueron incapaces de consolidar una agrupación netamente democristiana en sintonía con su electorado natural.

La identidad democristiana no es la única posible para la acción política de los católicos españoles, pero es evidente que sobre los políticos de esas convicciones recae una mayor responsabilidad: por haber depositado en ellos sus expectativas muchos electores católicos, encontrándose, además, en algunos casos, cerca de los centros reales de decisión política.

En estas circunstancias, la noticia de la reconversión de las fundaciones del Partido Popular, en el sentido indicado, no aporta nada nuevo; sólo verifica la pérdida de peso de los democristianos y su carencia de un proyecto propio.

¿Qué factores han influido en esas carencias y retrocesos? Podemos apuntar algunos: su desconexión de la base del pueblo cristiano, la falta de apoyo de la jerarquía católica española en momentos clave de la reciente historia, la ausencia de un proyecto de futuro, su propia división interna, el bajo sentido de pertenencia eclesial y la crisis de identidad de alguno de los movimientos eclesiales de origen.

Creemos que hay muchos motivos, y muy serios, que cuestionan el tradicional apoyo otorgado desde importantes sectores del electorado católico a esta formación. Trabajar desde dentro de este partido es una opción, para los católicos con vocación pública, discutible pero evidente. Existen otras formas de hacer política y presencia social; ámbitos de los que los católicos nos venimos retirando y que exigen una acción alimentada por una identidad clara y un sentido de pertenencia eclesial fiel a la tradición católica de España. Así, recordemos que, como posibles alternativas al actual estado de cosas, en los últimos meses se viene hablando, en medios católicos, de plataformas, foros, grupos de presión, escuelas de formación. De hecho, algunas actuaciones novedosas ya están en marcha (de las que hemos hablado en el artículo “La iniciativa por un partido político católico español se desinfla”, publicado en el número 51 de este mismo medio), mereciendo nuestro seguimiento y apoyo.

En todo caso, el hecho que origina este artículo constituye un motivo de reflexión, para los católicos interesados en la acción pública, del que sacar conclusiones para el futuro.

 

Arbil anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 52, diciembre de 2001.

Sociología política navarra elemental.

      Nacionalistas, abertzales, vasquistas, navarristas, foralistas, españolistas… son algunos de los conceptos manejados, habitualmente, para informar acerca de la realidad política y social de Navarra. Veámoslos con cierto detenimiento.

 

Sociología política navarra elemental.

Navarra nunca ha dejado de estar en el centro de la estrategia del nacionalismo vasco. Pese a su aparente estabilidad, recientes circunstancias acaecidas dramáticamente, como el asesinato de un concejal regionalista y la dimisión de varios más, han evidenciado la persistencia de una situación plural y compleja. En este contexto, ¿cuál es la realidad política de Navarra?

Navarra goza de una razonable estabilidad política. Ya se superaron los tiempos –la transición- en que el desconcierto y la incertidumbre habían anidado en sectores significativos de la clase política navarra. Es entonces cuando el PSOE de Navarra se desvincula del de Euskadi, optando sin lugar a dudas por la plena autonomía de Navarra, al igual que la fenecida Unión de Centro Democrático. Con ello se salvó la particularidad institucional de Navarra mediante su articulación, dentro del nuevo “Estado de las Autonomías”, como una Comunidad Foral. Los temores a una anexión traumática de Navarra por la naciente Euskadi se despejaron, pese a contemplarse la posible revisión legal de su situación en la Constitución española (la Disposición Transitoria Cuarta, que establece el procedimiento para su integración, pero no para su salida), lo que provocó el voto negativo a la misma de algunos sectores del navarrismo.

Desde entonces, su particular “status” se ha consolidado. La viabilidad económica e institucional de Navarra se han afirmado. Sus indicadores económicos son magníficos, encontrándose a la cabeza del desarrollo español, con un crecimiento superior a la media de la CEE. Y la posibilidad de integrarse en la vecina Comunidad Autónoma Vasca, desvanecida en su día, no ha sido una realidad en los últimos 5 lustros, pese a la persistente campaña cultural y política del nacionalismo vasco durante todos estos años.

Un partido regionalista hermanado con el Partido Popular (éste no existe como tal en Navarra), Unión del Pueblo Navarro (UPN, en lo sucesivo), detenta en la actualidad el gobierno de la Comunidad y las alcaldías de los principales ayuntamientos navarros. El principal partido de la oposición, el PSOE, mermado en votos por los escándalos Urralburu y Roldán, con un liderazgo sin afianzar en la actualidad, mantiene una relación aceptable con el anterior, al igual que el sindicato mayoritario en Navarra, la Unión General de Trabajadores.

La escisión, espectacular en su día, sufrida por UPN de la mano de quien fuera presidente del Gobierno de Navarra, Juan Cruz Alli, y que originó la formación de un partido, Convergencia de Demócratas de Navarra (CDN), pierde incidencia y representatividad de forma gradual e imparable.

IU ha intentado ganar peso y constituirse en el referente de la izquierda no socialista en la Comunidad Foral, beneficiándose de la larga crisis del PSOE, pero, haciendo balance, vemos que no lo ha conseguido. La coalición de Llamazares hace lo que puede para mantenerse en votos y nivel de representatividad, no siendo ajena su sangría a la experimentada por la misma en el resto de España.

                El nacionalismo vasco, en su conjunto, no ha cesado en ningún momento de materializar un auténtico aluvión de iniciativas de todo tipo; siendo un esfuerzo no proporcional a su representatividad real. Con todo ello busca, a medio o largo plazo, un posible vuelco electoral que permita una revisión, de la actual situación, favorable a sus tesis.

                Nacionalistas vascos y navarristas coinciden en los mismos ámbitos humanos: en la vida cotidiana y en la gestión de los asuntos públicos en función de su representatividad (en los ayuntamientos, en el Parlamento, en múltiples asociaciones…). Sin embargo, la presencia de los nacionalistas siempre se hace notar, al caracterizarse éstos por un voluntarismo incuestionable y una militancia férrea.

El gran factor distorsionador de la política navarra es la formación de la izquierda abertzale Batasuna. Con un electorado que dobla en número al de EA y PNV sumados, pero muy lejos del PSOE y no digamos ya de UPN, realiza una labor institucional que roza la contestación antisistema. Al margen de esas discutibles actitudes, la sombra que le acompaña, en todo caso, es el temor que impone sus porosas relaciones con la banda terrorista ETA.

De ahí que la división entre navarros, alcanzando a familias, pueblos y organizaciones sociales de todo tipo, sea una penosa realidad impuesta desde el agresivo y constante nacionalismo vasco.

                Hemos realizado, en líneas muy generales, una aproximación a la realidad de la Comunidad Foral de Navarra. Hagamos, ahora, algunas consideraciones en torno a la sociología política elemental de la población navarra a partir de las categorías empleadas habitualmente.

 

El navarrismo.

                El navarrismo ha desarrollado una perspectiva de Navarra más sentimental que intelectual, pese a existir un desarrollo doctrinal e ideológico del mismo. Esta visión considera que Navarra reúne unas características históricas, culturales, políticas, económicas y sociales que le proporcionan el soporte imprescindible de una identidad colectiva, para vivir, con autonomía, dentro del proyecto español.

Está representado, políticamente hablando, por Unión del Pueblo Navarro y el Partido Socialista Obrero Español. Especialmente el primero, hace propio el contenido del moderno navarrismo político, entendido –ya lo veíamos- como la concepción política, histórica y cultural de Navarra que la concibe como un espacio autónomo y diferenciado, dotado de una fuerte personalidad y unas características particulares entre las que destacan, con notable fuerza, los elementos vascos de su cultura y tradición.

                El pensador y político tradicionalista Víctor Pradera sentó, en las primeras décadas del siglo XX, las bases teóricas y conceptuales del navarrismo moderno. A partir de unos presupuestos regionalistas y foralistas, delimitó sus elementos fundamentales: tradición católica, identidad jurídica e institucional, mestizaje cultural, participación en la empresa común española, rechazo de la raza como factor determinante de la identidad colectiva.

                El PSOE procede de una tradición política distinta, pero, después de los devaneos de la transición, asume como propios los elementos fundamentales del actual navarrismo político.

                Sin embargo, merced a las continuas campañas promovidas desde las fuerzas políticas nacionalistas y algunos intelectuales de la izquierda, el mismo término "navarrismo" goza de una cierta impopularidad.

                Tal vez sea motivado, en parte, por la asociación al navarrismo de algunas expresiones rudimentarias manifestadas en sectores de la población navarra, y que implican una degeneración del mismo, en un sentido instintivo, antivasco visceral: nos referimos a las actitudes de los llamados despectivamente “navarreros”. Por el contrario, navarristas convencidos asumen como propio el legado vasco, considerando, incluso, que constituye su principal patrimonio cultural y su sustrato básico.

                UPN y PSOE suman más de 200.000 votos, defensores sin ambigüedad, aunque generalmente silenciosos, de la identidad y autonomía de Navarra. Ello no quiere decir que todo ese electorado se identifique plenamente con las tesis navarristas. Existe un sector de la población navarra, en parte de procedente de la emigración de los años 60 (cuyos hijos en muchos casos han engrosado las filas abertzales) y de profesionales y trabajadores establecidos en Navarra en las últimas décadas, cuya seña de identidad principal es su sola condición de “españoles”. Estos navarros se identifican en mayor medida, aunque sin llegar a asumir postulados navarristas, con quiénes se oponen al expansionismo nacionalista, por considerar a este último como un factor desestabilizador y agresivo hacia una comunidad –en la que se han establecido- económicamente pujante y con altas tasas de bienestar social.

                Desde Gara y los medios de la izquierda abertzale, a UPN y PSOE se les denomina, especialmente al primero, como “unionistas”, en un intento, que no ha gozado de fortuna, de equiparar semánticamente la situación navarra con la del Ulster.

                En las últimas semanas se han producido algunas novedades en este sector: la constitución de la Sociedad de Estudios Navarros, que pretende el estudio y solución de los retos que se presentan a la Navarra de nuestros días, y la salida al mercado de la revista Navarra en marcha. En ambas iniciativas participa Jaime Ignacio del Burgo, uno de los políticos más significativos de Navarra en las últimas tres décadas. Pudiera entenderse que ello responde a una estrategia elaborada a efectos de dotar al navarrismo de unos instrumentos de los que, tradicionalmente, ha carecido. Con la citada entidad se cubriría el ámbito cultural y de la investigación sociológica e histórica. Con la publicación mensual, que ha visto la luz de la mano de la editorial de su hijo, se pretendería vulgarizar los conceptos básicos de dicha concepción, a la vez de intentar sostener, e impulsar, a la opinión pública navarrista, poco dotada de instrumentos conceptuales y culturales, frente la avalancha mediática y social nacionalista. El tiempo aclarará la efectividad de tales iniciativas.

 

El nacionalismo navarro.

                De la mano de Juan Cruz Alli, se ha ido modelando un ambiguo "nacionalismo navarro" encarnado en su partido, Convergencia de Demócratas de Navarra, y especialmente en sus exiguas juventudes. Carece de tradición histórica, salvo algunas expresiones políticas casi marginales, como el caso de las ideas "napartarras" de Campión (quien terminó en el PNV) y cuyo rebrote a finales de los años 70 (de la mano del estudioso roncalés José Estornés Lasa) no tuvo relevancia alguna, o del federalismo republicano y fuerista de finales del XIX. Pretende, a partir de una concepción moderna del hecho autonómico español, que el nacionalismo navarro, en el marco de una tradición cuasi – federal, impulsada desde la izquierda y los partidos “burgueses” claramente nacionalistas, asuma las diversas identidades culturales presentes en Navarra sin complejos; en un intento de desactivar la virtualidad política, de efectos planificados a largo plazo, de las expresiones vasquistas manifestadas a todos los niveles en Navarra.

                Es loable su intento de alejarse de la imagen "navarrera" exclusivista. Pero su filosofía carece de figuras relevantes. Tampoco está dotado de un cuerpo doctrinal desarrollado y su suerte parece estar excesivamente vinculada a la estrella, declinante, del fundador. Por otra parte, esta concepción desdibuja la participación navarra en la empresa española, incurriendo en un pragmatismo inestable y poco preciso que no atrae voluntades.

 

El nacionalismo vasco.

                El nacionalismo vasco nació “bizkaitarra”. Sabino Arana apenas escribió acerca de Navarra. Sin embargo, algunos de los teóricos primeros del nacionalismo vasco fueron navarros.

                Buena parte de la intelectualidad navarra de finales del siglo XIX, y primeras décadas del XX, era vasquista, culturalmente entendida; pero no políticamente. Ya en el carlismo, y en otros sectores sociales navarros, muchos intelectuales se decantaron por un vasquismo cultural, antesala en algunos casos del vasquismo político que con los años cuajó en el Partido Nacionalista Vasco. Por ello, no puede confundirse vasquismo y nacionalismo vasco; al menos en Navarra.

                Para el nacionalismo vasco, Navarra no sólo forma parte de Euskal Herria, sino que es su madre. Por otra parte, sólo Navarra podría ser el antecedente territorial que encarnara, en unos pocos años de su historia medieval al menos, una unidad política de la mayoría de los vascos. Por ello, el que Navarra sea una comunidad diferenciada de la vasca es una “herejía” incomprensible para los nacionalistas. De ahí el empeño de modificar la realidad política actual, siendo el navarrismo su principal enemigo a batir.

El PNV no supera, pese a inversiones millonarias, una presencia política e institucional puramente testimonial (no llega a los 3.000 votos). Corresponde a EA el liderazgo en Navarra del llamado nacionalismo moderado, hecho explicable en buena medida, por el origen navarro de su fundador: Carlos Garaicoechea.

                En la actualidad, el electorado conjunto de ambos partidos está estancado, no llegando a los 20.000 votos, pese a costosas inversiones en campañas políticas de todo tipo, medios de comunicación y múltiples expresiones culturales. Su electorado ha sido condicionado completamente por el fenómeno de la izquierda abertzale que, en Navarra, también tiene colores propios.

 

La izquierda abertzale.

                Navarra es particular también en este campo. Es el único territorio en el que, desde su nacimiento, la izquierda abertzale supera en votos (entre 35 y 45.000) y vitalidad, al conjunto del nacionalismo moderado. Algunos líderes de esa izquierda, además, proceden de Navarra: Iñaki Aldekoa, Patxi Zabaleta, Floren Aoiz, Adolfo Araiz, etc.

                Nutrida tanto de navarros de pura cepa, como de emigrantes e hijos de emigrantes, la izquierda abertzale sustituyó en su día a la potente extrema izquierda maoísta que, nacida en parte al calor de algunos sectores eclesiales, desapareció casi de repente a lo largo de la transición española a la democracia.

                Sin embargo, pocos han sido, en número, los militantes navarros de ETA, siendo igualmente un porcentaje muy pequeño el de quienes han llegado a ostentar cargos de relevancia dentro de esa organización. Así lo afirma Fernando Reinares en su reciente libro “Patriotas de la muerte. Quiénes han militado en ETA y por qué” (Taurus, 2001), al establecer en sus anexos estadísticos que los navarros de ETA supondrían un 7’7% del total de 431 militantes de la organización objeto de estudio en lo que respecta al territorio de nacimiento (aunque la tendencia era la de aumentar con los años).

                Es en este entorno donde encontramos a la tribu de los "jarraitus" y su particular estética "borroka". Son las juventudes del MLNV, con un activismo y voluntarismo excepcional: desde la "kale borroka" hasta sus éxitos electorales en la Universidad Pública de Navarra (no olvidemos el mínimo porcentaje de votantes en dichos procesos académicos).

                Con una especial incidencia en la zona norte y centro de Navarra, su presencia se mantiene, con altibajos, de forma estable y una representatividad constante. La reciente escisión de Aralar puede convulsionar su actual implantación, pero es un interrogante que sólo el futuro despejará. Los principales dirigentes de Aralar son navarros, gozando alguno de ellos (caso de Patxi Zabaleta) de un indudable prestigio que podría llegar a arrastrar, incluso, a sectores de la izquierda “españolista” y de la propia EA. Incluso el minúsculo PNV navarro, de la mano de su dirigente José Antonio Urbiola, ha hecho pública su intención, el pasado 9 de octubre, de buscar algún tipo de acuerdo electoral con esta naciente fuerza.

                A caballo entre la izquierda abertzale y la izquierda ex comunista, se sitúa Batzarre. Integrada por los residuos de las antiguas LKI y EMK (Liga Comunista Revolucionaria y Movimiento Comunista), cuenta con una veterana militancia (la mayoría en torno a los 40 años) y cierta representatividad institucional en el Parlamento y algunos ayuntamientos navarros. Además, es muy conocida su capacidad de movilización y la originalidad de sus campañas. Tiene dos almas: la vasquista, inclinada hacia la izquierda abertzale, y la puramente izquierdista, más orientada hacia Izquierda Unida, coalición en la que han confluido algunos de sus antiguos camaradas del resto de España. Batzarre está tendiendo puentes hacia Aralar. De confluir ambos colectivos, podría generarse una izquierda abertzale, de tintes navarros y emancipada de ETA, con indudable impacto en el panorama político y electoral de Navarra.

                Si sumamos todos los votos nacionalistas, “moderados” y radicales, nunca han superado el 18% del censo navarro, siendo el 13’80% el recibido por esas fuerzas en las elecciones del 99.

 

La izquierda excomunista.

                En Navarra nunca arraigó el Partido Comunista de España. Su techo electoral se ha alcanzado, paradójicamente, con la fórmula de Izquierda Unida, en la que los comunistas son una estricta minoría, no siéndolo ninguno de los líderes de IU más representativos en Navarra.

                La coalición en Navarra se ha decantado por una ambigua pertenencia a la Izquierda Unida del País Vasco, con unos niveles de autonomía política indudables, en un intento de superar la dicotomía navarrismo/abertzalismo, en el marco de una concepción federalista del Estado español. Sus integrantes son, en general, partidarios de una integración de Navarra en Euskadi. No verían -pese a lo anterior- con malos ojos que, en una España federal, Navarra siguiera constituyendo una entidad autónoma diferenciada de la de sus vecinos. En cualquier caso, el futuro de sus tesis pasa por el desarrollo discutible de su coalición.

 

El carlismo.

                El carlismo, sociológicamente hablando, parece haber desaparecido. Sus hijos y herederos, de hecho,  se encuentran presentes en todo el espectro político actual de Navarra.

                Ni el minúsculo Partido Carlista, genuino representante del carloshuguismo (la rama socialista, federalista y autogestionaria), ni la refundada y rejuvenecida Comunión Tradicionalista Carlista, han logrado reestructurar al pueblo carlista. Tal vez ello sea así, por el único motivo de que tal pueblo ya no existe hace varias décadas. O tal vez por tratarse de sus expresiones más ideologizadas, cuando el carlismo se trató de un movimiento popular y escasamente doctrinario, al menos en sus orígenes.

                Del carlismo se conservan algunos tics en la mentalidad y la política navarra: sentido de grupo, gusto por lo propio, generosidad personal, apego a las tradiciones, espontaneidad, cierto populismo, sustrato religioso.

Este fenómeno causa admiración a los foráneos. ¿Qué ha sido del carlismo? Se preguntan y nos preguntan cuando vienen a Navarra. En nuestros días sigue asombrando su aparente rápida desaparición, salvo para quiénes, todavía hoy carlistas, no admiten esta afirmación. Sin duda constituye una cuestión que debe estudiarse a fondo; con ello se proporcionarían, probablemente, algunas claves para entender el presente de Navarra.

 

El electorado católico.

                Encontramos a católicos en todo el espectro político navarro: desde la CTC hasta Batasuna.

                Igualmente, encontramos a democristianos en UPN (de la mano de Jaime Ignacio del Burgo), en Convergencia (que se define como social cristiano; lo que difícilmente casa con su apoyo a la legislación antifamiliar que se ha promulgado últimamente en Navarra) y en el PNV.

                Por otra parte, algunos de los movimientos eclesiales más pujantes, presentes en Navarra, consideran la vocación política como una opción estrictamente personal, de la que sólo sus protagonistas deben responsabilizarse. Ello explica, en parte, la tremenda dispersión del voto católico navarro. Con todo, no puede decirse que no tenga ninguna relevancia o proyección sociológica. Navarra cuenta con un porcentaje de jóvenes católicos practicantes un poco por encima de la media española; por el contrario, también concurre un porcentaje muy elevado de ateos militantes, muchos de ellos alineados con las opciones de la izquierda abertzale.

                Sin embargo, la reciente polémica desatada acerca de la conveniencia de la fundación de un partido católico, no ha tenido apenas eco en Navarra, salvo dentro de los restringidos medios del tradicionalismo, que la ha seguido con interés pero con prevenciones.

 

                Estos son, en breves trazos, algunos de los colores del plural mapa político navarro; un mapa en lenta pero constante evolución y que puede deparar, todavía, sorpresas.

 

Arbil anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 51, noviembre de 2001.

¿El futuro de la izquierda abertzale se llama Aralar?

      ARALAR, nuevo partido nacido como corriente en el seno de Herri Batasuna, constituye la mayor novedad política producida en el País Vasco y Navarra desde el cese de la “tregua” de ETA.

 

Aralar.

La constitución como partido de Aralar, a finales de septiembre, nacido como corriente contestataria a la línea mayoritaria de Herri Batasuna, es el factor más novedoso producido en el panorama político vasco en los últimos meses. Ello puede suponer el inicio de una reordenación interna de las fuerzas nacionalistas, tras la convulsión electoral experimentada en ese sector en mayo pasado. En cualquier caso, se fortalece el camino hacia la autodeterminación emprendido por el conjunto del nacionalismo vasco, al engrosar Aralar el número de los actores en escena partidarios de las “fórmulas políticas”.

Seguramente sus promotores conocían el resultado de la última asamblea de ETA en la que se decidió continuar con la lucha armada, tal como informó Javier Balza, lo que les proporcionó un argumento decisivo en su ruptura con la nueva Batasuna. Esa decisión, que les ha generado un gran sufrimiento (no había más que observar la expresión de los rostros de los asistentes a la rueda de prensa informativa de la misma), nos ha cogido de sorpresa; no la esperábamos. En las últimas décadas no se había consumado ninguna ruptura de un colectivo del entorno de ETA. Siempre se había tratado de “salidas individuales”. En otras ocasiones, caso de las agrupaciones Auzolan y BAI en Navarra hace ya un par de décadas, se había tratado más de un fenómeno producido en la periferia de la izquierda abertzale, que el resultado de una decisión colectiva táctica.

Pero no debemos caer en un espejismo. Ya han manifestado su voluntad de seguir formando parte de la izquierda abertzale, al compartir sus objetivos últimos y buena parte de su común “cultura política”. Así, por ejemplo, Aralar valora al proyecto soberanista de Ibarretexe como poco preciso (así lo manifestó Patxi Zabaleta en un artículo publicado en Gara el pasado día 11 de julio). Afirmaba, también en ese mismo escrito, que su apuesta por la paz no es una opción estratégica, sino táctica. ¿Quiere decir ello que la paz no es un valor fundamental para Aralar, sino simplemente un medio para la consecución de sus objetivos? En consecuencia, parece deducirse, si un día debe optarse, tras el correspondiente proceso dialéctico, por otra vía táctica (apoyar la lucha armada, por ejemplo), así se hará.

Su cultura política es, en resumen, la de la izquierda abertzale: vasquista, independentista, socialista y con una ambigua valoración del terrorismo.

 

El futuro de Aralar.

¿Qué futuro le espera a Aralar? Intentará hacer valer, ya ante el PNV, como ante la propia Batasuna y ETA, sus presuntos miles de votos, que corresponderían a buena parte de los procedentes de Herri Batasuna desembarcados en PNV/EA para evitar el acceso de los españolistas a Vitoria y que fueron determinantes para su victoria. No podrá arrogarse esos votos indefinidamente, pero es su principal capital inicial, junto a la veteranía y prestigio de sus militantes más representativos.

Si se presentan a las próximas elecciones municipales, lo que parece difícil dado su reducido número de miembros (un informe interno de HB los concretaba en poco más de 40 militantes al día en el pago de sus cuotas, siendo en torno a 60 los que hasta el momento han acudido a sus asambleas internas), el interrogante sobre su arraigo real obtendrá puntual y exacta respuesta.

El intento no carece de dificultades. La más seria y preocupante es la actitud que adopte ante Aralar, definitivamente, el resto de la izquierda abertzale con ETA a la cabeza. De momento las descalificaciones han sido muy duras. Así, en el órgano interno de ETA, ZUTABE, del mes de junio, se han vertido acusaciones muy gruesas contra el grupo, responsabilizándole, en parte, del fracaso del proceso Batasuna, incapaz de aglutinar a la izquierda abertzale. Las declaraciones, al respecto, de diversos portavoces de Batasuna, a lo largo del verano, han sido también muy contundentes, cargando toda la responsabilidad en Patxi Zabaleta y demás integrantes de Aralar.

No olvidemos, por otra parte, que los espacios políticos están muy fijados, desde hace décadas, en el País Vasco (recordemos la experiencia de Euzkadiko Ezkerra). De fracasar en el intento, es imprevisible el camino que lleguen a adoptar sus impulsores, auténticos “animales políticos” algunos de ellos.

En este camino está encontrando, además de “novias” interesadas (diversos líderes de PNV y EA se han apresurado en tender puentes hacia Aralar), algunos aliados previsibles. Es el caso de Batzarre (los restos de Liga Comunista Revolucionaria y Movimiento Comunista de Euskadi en Navarra), Zutik (el equivalente del anterior en el País Vasco) y algunos militantes de Elkarri (el “movimiento por el diálogo social” promovido por Víctor Aierdi y Jonan Fernández, generado inicialmente en el seno de la izquierda abertzale y en progresiva buena sintonía táctica con el PNV). Estos sectores podrían confluir en iniciativas conjuntas, orientadas a la configuración de un bloque de izquierda abertzale, fuera de la disciplina de ETA. Este parece ser el sentido del apoyo que la dirigente de Batzarre Milagros Rubio ha manifestado en varias ocasiones a Aralar en las últimas semanas, en particular en su artículo “La decisión de Aralar” publicado el día 6 de agosto de 2001 en “Diario de Noticias de Navarra”, considerando también que esas formaciones “deben confluir en lo social y en lo político”.

 

Consecuencias de la tregua.

                La tregua de ETA ha tenido más consecuencias de las inicialmente imaginadas. No sólo se ha frustrado la esperanza de una paz a corto plazo, sino que está dando lugar a un nuevo escenario político. Veamos algunas de esas consecuencias.

1.        En el plano interno de ETA, mientras los partidarios de “hacer política” intentaban liderar Lizarra, los sectores juveniles, poco dados a grandes elaboraciones estratégicas y tácticas, se hacían con el control de ETA, lo que explica su actual evolución:  puro y duro voluntarismo.

2.        El PNV ha recuperado el liderazgo del conjunto del nacionalismo vasco, despejando además sus temores a ser descabalgado del gobierno de Vitoria.

3.        Algunos sectores de la izquierda abertzale se han convencido de que es posible “hacer política”. La prueba de ello es Aralar, entendida como la expresión de una izquierda abertzale fuera del control de ETA y en busca de un espacio político determinante.

4.        El Partido Popular no ha conseguido el gobierno de Vitoria, pero ha disuelto el sueño de una secesión a corto plazo.

 

Aralar y Navarra.

En este contexto el papel de Aralar puede ser clave, especialmente en Navarra, comunidad en la que solicitó oficialmente el pasado día 29 de agosto su deseo de ser incluida en los sondeos electorales, que allí se realicen, como una opción más. Ello confirma su voluntad de incidencia real en la escena política. No hay marcha atrás.

El mismo nombre que han escogido para su formación es significativo. Su valoración de la identidad navarra en sus actuales circunstancias políticas es, respecto al resto de la izquierda abertzale, original en buena medida. Ello puede facilitarle la obtención de un espacio notable en la política foral. El sueño acariciado por la izquierda abertzale, casi alcanzado con Patxi Zabaleta (principal líder de Aralar) al frente de HB en Pamplona, ha sido sustituir al PSOE como referente de la izquierda en Navarra. Conseguirlo constituiría, sin duda, una de las “anormalidades” políticas que, por otra parte, Navarra produce con cierta frecuencia. No en vano, es la izquierda abertzale la expresión más fuerte, sin lugar a dudas, del vasquismo político en Navarra. Por otra parte, es EA el partido aglutinante del pequeño nacionalismo moderado, siendo el PNV una fuerza testimonial casi inexistente.

                De consolidarse Aralar, sola o con Batzarre (que cuenta con una pequeña pero experimentada militancia y cierta representación institucional en la Comunidad Foral), el panorama político navarro podría sufrir unas convulsiones insospechadas a medio plazo, sobre todo caso de no afirmarse el PSOE como una oposición real a UPN.

 

Conclusiones.

En este marco, el futuro de Aralar es muy importante. Su consolidación podría ejercer un posible efecto “dominó” en el conjunto de la izquierda independentista. Con indudable base y prestigio en Navarra, su opción es la de una izquierda abertzale emancipada de ETA, lo que supondría a esta organización terrorista, de consolidarse Aralar a costa de Batasuna, el mayor aislamiento de su historia y, tal vez, el inicio de su definitivo declive.

Por todo ello, con los interrogantes que siguen abiertos en este complejo panorama, pese al cansancio que se observa en una parte de la opinión pública española ante el “conflicto” vasco, debemos estar atentos a su evolución futura.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 50, octubre de 2001.

Páginas para el mes, Nº 49, septiembre de 2001.

¿Qué futuro político le espera al País Vasco?

Transcurridos más de cuatro meses, desde la celebración de las últimas elecciones autonómicas en el País Vasco, la pregunta decisiva que debemos hacernos es: ¿se han producido novedades significativas en su compleja situación política?

Introducción.

          El pasado día 13 de mayo de 2001 se celebraron las elecciones autonómicas vascas; habiéndose generado con tal motivo la mayor expectativa de cambio de su reciente historia. No se pudo materializar el ambicioso cambio, adelantado por los estrategas del Partido Popular; que habría supuesto, por primera vez, el control del gobierno de Vitoria por los constitucionalistas. Con ello fracasaron, en la obtención de tan ansiada victoria, Jaime Mayor Oreja y José María Aznar, quien vaticinó a sus próximos la producción de unos presuntos resultados favorables sin una base real.

                Las informaciones relativas al País Vasco, desde entonces, no han cesado. Es más, con todas las que se han producido, se corre el peligro de perder la perspectiva y el significado de los movimientos -muy importantes y significativos- realizados a lo largo de estos meses por sus protagonistas.

                En este artículo intentaremos integrar las informaciones, que consideramos de mayor relevancia, en una explicación global de la situación.

Consecuencias de la tregua.

                La tregua de ETA, y su posterior cese, ha tenido más consecuencias de las inicialmente imaginadas. Además de frustrarse la esperanza de una paz a corto plazo, que pudo degustarse, está generando un escenario novedoso, en buena medida, en el País Vasco. Veamos algunas de esas consecuencias, lo que permitirá proporcionar luz sobre el caudal de circunstancias que, posteriormente, comentaremos.

1. En el plano interno de ETA, mientras los partidarios de "hacer política" intentaban liderar Lizarra, sectores juveniles del MLNV, poco dados a grandes elaboraciones estratégicas y tácticas, aprovechaban la coyuntura para  ingresar en gran número en ETA y hacerse con su control, lo que explica su actual evolución: activismo y voluntarismo a raudales.

2. El PNV ha recuperado el liderazgo del conjunto del nacionalismo vasco, despejando, además, sus temores a ser descabalgado del gobierno de Vitoria.

3. Los sectores más posibilistas de la izquierda abertzale se han convencido de que es posible "hacer política". La evidencia de ello es la constitución de Aralar, como partido político fuera de la disciplina de Batasuna, entendida esta nueva formación como la expresión de una izquierda abertzale emancipada de ETA que busca, desde ese concreto espacio político, incidir en el curso de los acontecimientos.

4. El Partido Popular no ha conseguido el gobierno de Vitoria, pero ha disuelto el espejismo de una secesión a corto plazo.

5. La persistencia del "conflicto", con la reanudación de sus expresiones más dramáticas, ha aumentado la sensación de cansancio en sectores de la opinión pública española. Ese estado de ánimo, creciente según algunas fuentes, puede ser una importante baza futura a jugar por el nacionalismo vasco en próximas coyunturas.

El nuevo gobierno vasco. Algunas claves.

                El nuevo Gobierno vasco, con Ibarretxe al frente, ha apostado por el soberanismo, presionado, en parte, por su socio EA y en coherencia con su programa electoral. Su opción por la autodeterminación ha sido apoyada por un sector muy importante del electorado. Pero, más allá de afirmaciones genéricas, se enfrentan al difícil reto de concretar plazos y medios a tal fin.

                El programa de gobierno, que PNV y EA suscribieron el día 6 de julio, consagra la búsqueda de la paz y la progresión en la autodeterminación como objetivos primarios, pretendiendo su consecución de forma simultánea; no se trata, a su entender de opciones tácticas alternativas.

                Tal como estaba previsto, Ibarretxe fue investido lehendakari el día 12 de julio, ocasión que aprovechó para afirmar la persistencia de un "profundo contencioso político en el País Vasco". Ello indica que, a su juicio, ante problemas políticos (la existencia de un "conflicto vasco") se precisan soluciones políticas (resolver el “conflicto” mediante la negociación y el pacto en un nuevo foro). En eso existe total coincidencia con Batasuna. La diferencia entre ambas opciones nacionalistas consiste en que, para solventar ese contencioso político, Batasuna y su mundo no tienen reparos en emplear y justificar la violencia, al contrario que PNV. Y para avanzar en la resolución de este "conflicto", todo indica que Ibarretxe se ha propuesto "dar la palabra al Parlamento", sometiendo a referéndum lo que allí se acuerde. Una especie de solución "a la canadiense" (por lo que se refiere a las consultas planteadas en Quebec por los secesionistas francófonos), tal como propugnó en su día su socio EA. En cualquier caso, falta concreción en las fórmulas a seguir; pero existe una clara voluntad de avanzar hacia mayores cotas de autogobierno, con un alcance secesionista en última instancia. Para transitar por este camino se contará con ETA, caso de que ésta llegara a declarar una nueva tregua; pero si persiste en la práctica del terrorismo, también se pretende avanzar en la autodeterminación, pero ya sin ETA. Ante tales perspectivas, José María Aznar ya ha avisado, el pasado día 25 de julio, que se opondrá a cualquier medida contraria a la Constitución y al Estatuto vasco.

                El PNV es un partido realista y posibilista. Por realismo ha permanecido cómodamente instalado en el "autonomismo" durante 20 años, hasta que por imperiosa necesidad (frenar la progresión de Herri Batasuna, su principal competidor político independentista y retomar el liderazgo del conjunto del nacionalismo vasco) se ha decantado por explorar las nuevas vías denominadas "soberanismo". En coherencia con su historia y su talante, no parece probable que llegue a plantear esas pretensiones en un sentido "rupturista", sino "reformista", por emplear, analógicamente, la terminología propia de la "transición española a la democracia". Explorará, para ello, las posibilidades legales contempladas en el Estatuto de Guernica y en la propia Constitución española; siendo el primer paso la modificación del Estatuto vasco, de modo que sea recogido el "respeto a la voluntad de los vascos libremente expresada", con pretensiones confederales (lo que en los ambientes nacionalistas se conoce como "el pacto entre españoles y vascos").

Ese "tira y afloja" con el gobierno de Madrid persistirá en el futuro a través de diversas expresiones. Así ha ocurrido con la reciente propuesta de Ibarretxe de creación de un órgano específico para la negociación del Estatuto de Guernika, inmediatamente rechazada por José María Azanar el día 3 de septiembre. La amenaza de llegar a un conflicto constitucional al respecto, alegada por EA, es expresión del polo más independentista del nacionalismo moderado, dialéctica que acompañará la singladura de la actual legislatura vasca.

Otro elemento importante, para entender la orientación estratégica del nuevo gobierno vasco, es la ratificación de Javier Balza como Consejero de Interior. Que se mantenga a quien fuera tan criticado, por su pasividad ante la "kale borroka" y la extrema politización de la Ertzaintza, no es ninguna casualidad. Ello indica una total continuidad en este terreno, ratificando la opción estratégica fundamental por la autodeterminación. La denuncia, públicamente efectuada, por los dirigentes del sindicato profesional mayoritario de este cuerpo policial, Er.N.E., a mediados de agosto, confirman el diagnóstico anterior desde la perspectiva de las complejas vivencias de la mayoría de los agentes de "base".

El asesinato de Mikel Uribe, subcomisario de la Ertzaintza, el día 14 de julio, es una seria advertencia de ETA a Ibarretxe y al PNV: no permitirá que se convierta en una fuerza "cipaya" al servicio de la policía española. Pero en esta ocasión, la mortífera provocación ha tenido respuesta. Los frutos generados por la colaboración entre los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y la Ertzaintza (caída del comando Barcelona y del Buruntza, integrante del complejo Donosti), proporcionan una fachada de respetabilidad democrática al nuevo Gobierno que, sin duda, intentará capitalizar en foros internacionales, a la vez que es un serio aviso al entorno de ETA acerca de su firme voluntad y determinación en el camino emprendido, no tolerando golpes bajos en el futuro.

Con todo, esa evolución soberanista del PNV, paradójicamente, es la gasolina que permite a ETA persistir en su estrategia de violencia bajo el señuelo de una independencia a corto plazo; al intentar con la misma acelerar los plazos de ese camino secesionista impulsado desde el gobierno de Vitoria.

 

Los partidos constitucionalistas.

El PP y su aliado de UA no contaban con la derrota. No tenían elaborado un "plan B" alternativo, se dijo en los medios de comunicación. Están desmoralizados. Reaccionan de forma defensiva. Tienen miedo a la convocatoria de un referéndum. Seguramente desconocen qué estrategias concretas seguirán el Presidente del Gobierno español y el Parlamento nacional en semejante vicisitud. Les preocupa especialmente, la situación en que quedan los militantes vascos del Partido Popular; generando una gran incertidumbre el riesgo vital al que sus vidas están sometidas.

Por otra parte, en algunos círculos políticos y mediáticos, se ha planteado –de forma teórica- la posibilidad recurrir a las previsiones legales de la Constitución para evitar un desmoronamiento del Estado en el País Vasco. Se teme, en definitiva, que las "islas" abertzales aumenten su espacio e influencia, provocando la consiguiente desbandada en sus contrarios, así como una situación de hecho que evidencie, de forma progresiva,  una independencia real, aunque no formal.

El popular Carlos Urquijo, según Charo Zarzalejos en ABC el día 12 de julio, aseguró que "en ocho meses tenemos referéndum". En consecuencia, según algunos "vamos a tener autodeterminación y además ETA nos va a matar". Ese es, en resumen, el estado de ánimo de buena parte del PP vasco.

                El PSE-PSOE, que tampoco tenía un "plan B", con Nicolás Redondo, pese a serias tensiones internas, persiste en la línea emprendida: búsqueda de la unidad de los demócratas y fidelidad a los acuerdos con el Partido Popular. Se mantendrá firme en esta táctica en tanto el PSOE nacional le respalde. Pero, por lógica búsqueda de su supervivencia política, buscará iniciativas que le proporcionen una autonomía respecto a la estrategia marcada desde el PP.

                Con todo, esa táctica de firmeza seguida por Jaime Mayor Oreja y el conjunto de los partidos constitucionalistas ha obtenido algunos frutos: así ha sido al frenar la marcha secesionista, emprendida desde Lizarra, en la consecución de sus objetivos a corto plazo.

 

El movimiento cívico de resistencia.

                Un factor significativo, a tener en cuenta, ha sido la remodelación, del nuevo equipo directivo de la Universidad del País Vasco, acaecida de la mano de Manu Montero, a finales del pasado junio. Con una orientación claramente nacionalista, con ese movimiento se ha marginado a los integrantes o simpatizantes del Foro de Ermua. Ello indica que, al margen de otras opciones, desde el nacionalismo moderado se pretende desactivar al movimiento de resistencia cívica, desarrollado con tanto esfuerzo y sufrimiento en los últimos años. Derrotados los políticos españolistas en la batalla electoral, a su entender, procede ahora silenciar a las voces discrepantes con su proyecto global en los demás medios sociales. En eso consiste el intento de "desactivar a los intelectuales" que Edurne Iriarte denunciara en ABC el día 21de junio. Esta pretensión del nacionalismo moderado es adecuada al camino soberanista emprendido: es válida si sirve para superar las posibles resistencias al mismo. Y, en la consecución de ese total predominio en la vida social y cultural vasca por el nacionalismo, acallar o anular a este novedoso y sacrificado movimiento social es determinante.

 

IU/EB.

                Su papel, cambiante y dubitativo, no es fundamental en el actual estado de cosas, pese a las ambiciones personales de su líder Madrazo que se concretan en una Consejería del gobierno vasco, objeto del pacto tripartido PNV/EA/IU. La justificación de su entrada, ser un partido "transversal" que proporcione además un marchamo progresista al nuevo gobierno vasco, no deja de ser una mera excusa. Otra cosa es anticiparse al sentido del voto que adoptaría su electorado, caso de una consulta por la autodeterminación; hipótesis a la que los órganos directivos de Izquierda Unida vasca no tienen reparos en apoyar.

 

ETA.

Nada indica que puedan producirse cambios significativos, en un futuro a corto o medio plazo, en su estrategia y tácticas. Es más, los atentados realizados desde la ruptura de la tregua contra tan gran variedad de objetivos (militares, ertzainas, intereses turísticos, concejales de UPN, etc.) indican que la organización terrorista mantiene abiertos todos los "frentes".

                Estos temores fueron confirmados el pasado día 21 de julio por el consejero de Interior del gobierno vasco, Javier Balza, al afirmar que, por primera vez en muchos años, ETA celebró una asamblea, en la que acordó continuar con la "lucha armada". En la misma habría quedado aislado Mikel Albizu, "Antza", casi único partidario de una nueva tregua. De nuevo se materializa una constante histórica de ETA: los radicales se imponen desplazando a los moderados.

                En este sentido, la información publicada en el diario "El Mundo" el día 12 de agosto bajo el titular "ETA aumentará su violencia para afrontar la crisis de la izquierda abertzale", es una concreción táctica de lo anterior. ETA consideraría que existe un enquistamiento de la situación vasca, sin perspectivas a corto de plazo de que el "conflicto" se solucione "política y democráticamente", según los términos empleados por ese entorno. Como consecuencia de ello, pretenderían aumentar la presión sobre PP y PSOE y tal vez también sobre el PNV, para fortalecer a la izquierda abertzale. En el análisis de ETA, existe en algunos sectores del entorno de ETA falta de ilusión, cansancio y entreguismo. Para afrontar esta situación, agravada -a su juicio- por la escalada del acoso policial, su receta es "más de lo mismo": atentados de gran repercusión y creación de un frente social que impulse la alternativa política y democrática que ETA afirma representar. En esta estrategia, la presión sobre la Ertzaintza, para evitar que se convierta en una fuerza de contención de la izquierda abertzale, es una tarea fundamental.

                Las caídas sufridas por la organización en las últimas semanas (comandos Barcelona y Buruntza) confirman el menosprecio o desconocimiento de los nuevos y jóvenes militantes de ETA, procedentes de la "kale borroka", por las medidas de seguridad que hicieron famosa a ETA durante décadas. Este factor, interesante desde la perspectiva de la efectividad policial, confirma el control de la organización por esta nueva generación, a la vez que los militantes más "políticos" habrían sido desplazados.

                En este contexto, el rumor que ha circulado, en la segunda semana de septiembre, en el sentido de que se estaría fraguando una nueva tregua, y del que se ha hecho eco Nicolás Redondo el día 23 de septiembre atribuyendo ese esfuerzo al PNV, no tiene ninguna consistencia. Esa hipótesis no tiene otro sentido que el de ser un intento “a la desesperada” del nacionalismo moderado para allanar algunas de las dificultades presentes en su camino “soberanista”, más cuando los atentados en Estados Unidos del pasado 11 de septiembre han puesto en el punto de mira de la colaboración internacional a toda forma de terrorismo. En estas circunstancias, la persistencia del terrorismo de ETA no puede mas que perjudicar al conjunto del nacionalismo vasco. Con todo, pudiera haberse tratado de un globo sonda lanzado desde el entorno nacionalista, para tantear reacciones del mundo radical y detectar el cansancio real de algunos sectores de la opinión pública española hastiados del enquistamiento de la situación y la prolongación del terrorismo.

 

Batasuna.

Todo sigue igual en esta organización, pese a sus aparentes modificaciones externas tras la finalización de su proceso de debate interno. Su cambio de denominación (Herri Batasuna se llama ahora Batasuna), como la de sus juventudes (de Haika a Segi, tras ser ilegalizada), nada novedoso indica. Su estrategia se resume en lo siguiente: persistencia en la línea ya marcada, socialización del conflicto, mantenimiento de la confrontación en todos los "frentes", inmovilidad pese a sus adversos resultados electorales cosechados el 13 de mayo, subordinación de la acción política a la "lucha armada" en definitiva.

La marcha de Aralar, poco significativa inicialmente en términos cuantitativos, puede tener una mayor trascendencia para el futuro de la organización. De consolidarse, podría constituirse en su mayor competencia política, al dirigirse al mismo electorado y espacio sociológico. Aralar constituye, pues, la confirmación de que el proceso “Batasuna” ha fracasado: no sólo no ha agrupado a toda la izquierda abertzale, proporcionándole un nuevo impulso social y político, sino que ha permitido aflorar sus disensiones internas, posibilitándoles capacidad y autonomía para la toma de decisiones.

 

Aralar.

Se trata de un factor realmente novedoso en el panorama político vasco y navarro, al suponer el inicio de una posible reordenación interna de las fuerzas nacionalistas, tras la convulsión electoral sufrida en este sector. Constituye un intento muy serio de creación de una izquierda abertzale emancipada del control de ETA, especialmente en Navarra, de donde proceden sus militantes más significativos. En cualquier caso, este nuevo factor, cuya consolidación se juega en los próximos meses (le dedicaremos un artículo en el número 50 de "Arbil anotaciones de pensamiento y crítica"), fortalece el camino hacia la autodeterminación del nacionalismo posibilista, al engrosar Aralar el número de los actores en escena partidarios de las "fórmulas políticas".

 

Navarra.

               

Todo ello tendrá serias repercusiones en Navarra. Con el asesinato del concejal de Leiza por UPN José Javier Múgica, ETA ha afirmado con los hechos, que persiste en su voluntad de obtener la independencia de una Euskadi en la que participe Navarra a cualquier precio. Este trágico asesinato ha producido un inesperado "efecto dominó" (frenado al menos de momento) entre los cargos electos de UPN (caso de algunos ediles en Villava e Irurzun), propiciando un rosario de dimisiones cuyas consecuencias reales no se determinarán hasta la próxima confección de listas electorales a los ayuntamientos navarros.

Otro factor a tener en cuenta será el de la incidencia futura de Aralar en el mapa electoral de Navarra. Su principal impulsor, Patxi Zabaleta, goza de un indiscutible "tirón" popular en sectores amplios de la población navarra, merced a su conocido talante de diálogo y su capacidad dialéctica. Su lucha por el mismo espacio electoral de Batasuna generará, tal vez, sorpresas, en su pretensión última de constituirse en la fuerza real de la izquierda navarra, de confirmarse el declive del PSOE en la Comunidad Foral. Además, de consolidarse, puede llegar a ser un duro competidor para Eusko Alkartasuna.

Pero, en cualquier caso, si ya existen serias dudas acerca de la legalidad y virtualidad de un referéndum por la autoderminación en el País Vasco, está claro, y aquí no existe duda doctrinal jurídica alguna, que Navarra, comunidad diferenciada de la autónoma vasca y con un claro voto mayoritario volcado en los partidos UPN y PSOE, no puede vincularse al hipotético resultado conjunto de un plebiscito producido en ambas comunidades. Aunque el cálculo táctico del PNV admite esta realidad, no lo hace con agrado sino por puro y elemental realismo político.

                Aquí radica otra seria discrepancia con ETA: PNV y EA sí conciben una Euskadi independiente, de configuración territorial gradual, comprendiendo inicialmente a la actual Comunidad Autónoma Vasca, sin Navarra. Aralar y Batzarre (la formación surgida de los restos de LCR y MCE, con cierta representatividad institucional en Navarra, siendo Zutik su equivalente en el País Vasco) hacen propio este planteamiento táctico.

En todo caso, Navarra seguirá siendo base de operaciones nacionalistas de todo tipo, con perspectivas a medio y largo plazo: culturales, políticas, económicas, sindicales, de control de medios de comunicación locales, etc. Y ETA, para afirmar su voluntad y programa, tendrá que seguir matando también en Navarra. Lo de menos será la "excusa" de la que se sirva para ello.

 

Conclusiones.

                La primera entrevista celebrada este verano entre José María Aznar e Ibarretxe, junto a las declaraciones de sus respectivos portavoces, ha permitido fijar los términos precisos del actual debate político. Aznar ha dejado claro que no se apartará un ápice de las previsiones constitucionales y estatutarias, siendo su principal prioridad la derrota del terrorismo etarra. Por su parte, para el gobierno de Ibarretxe, la solución del terrorismo debe ser paralela a la realización de conversaciones políticas: es decir, avanzar en el soberanismo mediante la concreción de fórmulas precisas de las que se deriven, previo desarrollo estatutario pactado, el ejercicio del derecho a la autodeterminación.

Con tales presupuestos, en estos momentos, la confluencia de ambos proyectos no parece fácil, por lo que la dialéctica entre ambas posturas marcará el futuro político del País Vasco. En este contexto, la violencia de ETA intentará condicionar, desde una perspectiva rupturista, su pacífica evolución, con la pretensión de acelerar los hipotéticos plazos de una secesión.

Tales son, en definitiva, las premisas de la dialéctica futura que marcará, política y socialmente, al País Vasco, a Navarra y a toda España.

               

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº. 49, septiembre de 2001

Traffic: familia y sociedad, diques frente a la droga.

     Una película taquillera, nominada a cinco Oscars, plantea la realidad de uno de los mayores problemas de las sociedades modernas: el tráfico y consumo de drogas en sus múltiples implicaciones.

 

Introducción.

            Traffic está dirigida por Steven Soderbergh, creador de “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”. Se trata de una película de duración superior a lo habitual, pero que “engancha” de inicio a fin en torno a una trama centrada en los diferentes niveles de implicación y consecuencias de la realidad multiforme del narcotráfico y la dependencia a las drogas, en particular a las variantes de la cocaína.

            El guión es complejo y no se limita a ser simple excusa para un espectáculo visual centrado en la acción. Al contrario, la película destila un mensaje claro de beligerancia ante la complejidad del mundo del narcotráfico, con una exposición realista de la problemática social y humana derivada del consumo de drogas.

Su discurso no es el clásico de “buenos” y “malos”, y su realismo no le impide emitir un juicio durísimo sobre la responsabilidad de los actores que han facilitado la consolidación de esta lacra mundial.

 

El argumento de la película.

            La película se estructura en torno a tres líneas argumentales principales.

            El futuro juez antidroga de EE.UU., Wakefield (Michael Duglas), se va introduciendo, poco a poco, en el papel “oficial” de su nuevo cargo y, de forma paralela, en el problema real de la droga, espoleado por su situación familiar; no en vano su hija adolescente Carolina (Erika Christensen), brillante estudiante de colegio de élite, es una drogadicta. Su esposa (Amy Irving), antigua hippy de los años 60, la protege, pues no se siente con fuerza moral para impedirle que “pruebe y experimente, tal como hicimos todos en aquellos años”. El protagonista no lo soporta, pero en la relación con su esposa se evidencia una falta absoluta de comunicación, causada en parte por haber vivido sobre todo para su promoción profesional, y de espaldas a la realidad de su familia. La mentalidad “sesentayochista” queda, por completo, en entredicho, dadas las consecuencias no imaginadas que se derivan de la misma, lo que les lleva a una inicial paralización ante el problema de su hija.

            En Méjico, por otra parte, los policías Javier Rodríguez (Benicio del Toro) y Manolo Sánchez entran al servicio de un General que pretende eliminar al cartel de Tijuana, uno de los dos más poderosos de Méjico en el tráfico de drogas con EE.UU.

            Por último, Helena (Catherine Zeta Jones) descubre que su marido Carlos (Steven Bauer) es un importante narcotraficante, y su sueño de bienestar, de modelo perfecto de familia “rica” con pretensiones filantrópicas, se desvanece. Su reacción será contundente y sorprendente. Dos agentes de la DEA (encarnados por Don Cheadle y Luis Guzmán) se encargarán de vigilarla, constituyendo dos referencias morales a lo largo de la película.

Sus historias se van, poco a poco, entrelazando.

La personalidad y actuación de Benicio del Toro, Michael Douglas y Erika Christensen se adueñan de la película, acompañados por rápidas imágenes y un guión ágil. La banda musical y la fotografía facilitan el dinamismo y la cohesión del producto.

Las diferentes tramas se tiñen de diferentes gamas de colores. Así la ciudad de San Diego, donde vive Helena, es retratada con colores neutros. En las escenas de Méjico son los colores sepia y arenados los que marcan la fotografía. Por último, son los azules fríos los que retratan los ambientes oficiales y de oficinas. En algunos momentos de la película, parece que tales gamas confluyen.

El papel de algunos personajes secundarios también es muy importante. Es el caso del “novio” de Carolina, a la que inicia y sostiene en el consumo. Con un discurso “progresista” denuncia la hipocresía del sistema y el impulso mercantilista de los traficantes: si no hubiera demanda, no existiría oferta. Miles de blancos ricos se desplazan diariamente a los suburbios habitados por negros que encuentran un método fácil de ganarse la vida, explica al alucinado padre de su amiga.

Otros secundarios son los protagonizados por los actores Miguel Ferrer, Dennis Quaid, Albert Finney y Salma Hayek.

            En otros momentos se denuncia la porosidad de las fronteras, el alcance mundial del tráfico y sus redes de distribución e intereses, el empleo poco racional de los medios para luchar contra la droga, los recelos de la cooperación internacional en estos temas y su poca efectividad, el mínimo espacio dedicado a la prevención de las drogas, la pobreza de Méjico, la hipocresía social, etc.

 

Algunas reflexiones. 

Es una película realista, nada “mojigata”, que pone sobre la mesa las dimensiones reales del problema.

            Sólo la familia que asume su función pedagógica y socializadora, a partir de unos valores, es capaz de resistir la ofensiva del narcotráfico, parece concluir el film. Y la sociedad puede organizarse para resistir y recuperar a su gente. Aquí se ejemplifica con el grupo de “alcohólicos anónimos” al que acude inicialmente la adolescente y, finalmente, también sus padres.

            Y el policía mejicano asiste en las escenas finales, simbólicamente, a un partido de baseball protagonizado por adolescentes: la posibilidad de una vida personal y social sana fuera del alcance de las mafias.

            Pero no es un discurso “reaccionario” o simplista. Efectivamente, puede parecer que esa invocación al papel fundamental de la familia suene a “música conocida”, sobre todo para los herederos espirituales del “sesentayocho” (el poder cultural y la mentalidad dominante); pero es la única conclusión y alternativa realista. Frente al cinismo de traficantes y consumidores “conscientes” que justifican su comportamiento, recubierto de un lenguaje pseudoprogresista, sólo existe una posibilidad de resistencia y edificación humana: vivir los valores de la familia y la solidaridad social.

            Pero, para la España de hoy día, el mensaje se queda corto. Se empieza a superar la oleada de las generaciones que cayeron en el consumo de la heroína. El reto que se nos presenta en el futuro, y hoy día, es el del consumo extendidísimo de las “drogas de diseño” y la cocaína entre las jóvenes generaciones y en muchos ámbitos profesionales. Y ello más cuando son desconocidos los efectos de esas sustancias a largo plazo en la mente de quiénes las consumen, no precisándose además de grandes estructuras para su elaboración y distribución; lo que dificulta su persecución. En definitiva, una película para disfrutar, pensar y actuar en consecuencia: una invocación a la responsabilidad de la sociedad y de los poderes públicos.


 

 


Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 43, marzo 2001