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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Historia

#2015 RTAG #Turkey Recognize The Armenian Genocide

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Montségur: donde muere la Historia y nace el Mito

Montségur: donde muere la Historia y nace el Mito

Por una vez, me he desviado de la temática habitual de mis artículos -comentarios políticos y bibliográficos- y he elaborado un reportaje fotográfico del castillo de Montségur; uno de los lugares paradigmáticos del esoterismo occidental y lugar de “peregrinación” de las “tribus” más diversas.

Aunque las brumas de la mañana del pasado 15, y mi escasa habilidad fotográfica, empalidecen ese imponente paisaje; independientemente de mitificaciones y falsificaciones pseudo-hístóricas, se trata de uno de los lugares más evocadores y bellos que he conocido.

Por si fuera de tu interés, adjunto el link al espacio de La Tribuna del País Vasco a ello dedicado.

http://latribunadelpaisvasco.com/not/1060/en_el_corazon_de_los_cataros

Le génocide arménien dans le quotidien espagnol "El País"

Le génocide arménien dans le quotidien espagnol "El País"

Il est inadmissible que de nos jours on refuse l’existence historique du génocide arménien. Pour cette raison, les excuses par lesquelles on protège Ayhan Tonca, dans son entrevue publiée le 21 novembre dans ce journal, sont une succession d’insultes. Alléguer que les arméniens, kurdes et turcs sont morts simplement à la suite de la grande guerre, est une insulte à la mémoire du million de femmes, vieillards et enfants assassinés par la faim, la soif, au couteau et par balles... quand ils n’ont pas été violés et torturés.

Prétendre que ces crimes contre l’humanité n’ont pas été un génocide, en faisant valoir qu’ils n’ont pas été jugés par un tribunal international, est une insulte à l’intelligence. Le génocide arménien a débuté en 1915, de sorte que la législation des Nations Unies contre le génocide n’a pas pu s’appliquer. Il est regrettable qu’un Nuremberg contre les "jeunes turcs" n’ait pu avoir lieu. Mais nier ce que des historiens, des diplomates, des militaires allemands (alors alliés de la Turquie),des survivants, des dizaines de rapports et que des centaines de photographies démontrent, est pure démagogie et d’un criminel cynisme.

En France, à l’initiative de l’opposition socialiste, le Parlement a approuvé le 12 octobre dernier une proposition de loi qui pénalise la négation de ce génocide. Et cet ex-parlementaire néerlandais reconnaît qu’une initiative analogue, a dans une certaine mesure, été approuvée aussi par des socialistes et des démocrates de son pays. Et en Espagne ? Ne sommes-nous pas l’Europe ?

Continuez faciles et lâches victimes. Vous et les millions de musulmans qui vivez en Europe jouissez de davantage de libertés que dans vos pays d’origine. Rappelez-vous le cas du prix Nobel de Littérature 2006, le Turc Orhan Pamuk, celui qui en raison de sa critique du négationnisme nationaliste turc a dû s’exiler à l’étranger en 2005.

Nier le génocide arménien devrait dans ses effets être comparé à la négation de l’Holocauste.

Fernando José Vaquero Oroquieta - Pamplona - 29/11/2006

 

 

Traducción al francés de Jean Eckian

 

http://www.armenews.com/article.php3?id_article=27404

Alemania 1918-1947: entre dos totalitarismos. Comentarios a tres recientes libros sobre la historia alemana del siglo XX.

Entre la intentona revolucionaria de los comunistas alemanes, en 1918-1919, y la “solución final” perpetrada por el nazismo contra los judíos europeos, existe un hilo conductor: la inhumana pretensión de poder absoluto de toda ideología totalitaria.

 

Tres libros sobre la historia de Alemania en el siglo XX.
El año 2005 ha sido prolífico en la edición de numerosos textos de investigación histórica de todo tipo, especialmente marcado por los aniversarios del cese de la Segunda Guerra mundial y del fallecimiento de Francisco Franco. En este contexto, un buen número de ellos profundizaban, con mayor o menor calado, en diversas cuestiones de la rica historia alemana; fundamental para entender el sentido del siglo XX. No podría entenderse, ni siquiera imaginarse, el siglo XX sin el papel del actor alemán.
También en España han sido muy numerosos los lanzamientos editoriales en torno a la Segunda Guerra mundial y al papel jugado por Alemania en aquellos cruciales y dramáticos años: fascículos, coleccionables audiovisuales, libros especializados, algunas películas de gran éxito…
Nosotros, últimamente, hemos accedido a tres libros que analizan aspectos bastante paticulares de esta extensa historia. Tales han sido: La revolución alemana de 1918-1919, de Sebastian Haffner (Inédita Editores, Barcelona, 2005); La conciencia nazi, de Claudia Koonz (Ediciones Paidós, Barcelona, 2005); y Los últimos nazis. El movimiento de resistencia alemán, 1944-1947, de Perry Biddicombe (Inédita Ediciones, Barcelona, 2005).
Sebastian Haffner nos ofrece, en el primer libro, una panorámica novedosa de los sucesos acaecidos al término de la Primera Guerra mundial en Alemania y que provocaron la caída del Imperio y el advenimiento, en un contexto de tremenda crisis social, política y cultural, de la República de Weimar. A su juicio, la revolución que iniciara el motín marinero en la ciudad portuaria de Kiel, y que se extendió como un reguero de pólvora por toda Alemania, tenía un carácter pacifista, democratizador y antimilitarista. Pero, en todo caso, lejos de las pretensiones de los pocos cientos de militantes espartaquistas y de otras facciones comunistas que fueron incapaces de capitalizar tal movimiento de protesta en el sentido de la revolución rusa de octubre. Concurrieron otros factores que no lo facilitaron: la voluntad del sector mayoritario de la socialdemocracia alemana, el SPD, en impedir por todos los medios tal posibilidad revolucionaria; la rápida reconstrucción de estructuras militantes de la derecha radical anticomunista alemana en los paramilitares freikorps; y la alianza de ambos ante los intentos comunistas, ya en Berlín, ya en Baviera posteriormente. Así, un personaje que es desmitificado, entre otros, es el de Rosa Luxemburgo; una teórica comunista radical cuyos planteamientos bolcheviques apenas eran entendidos por los militantes decididos de su organización, y mucho menos seguidos por sus apeladas masas. En todo caso, encontrar en sus textos atisbos de un “comunismo humanista” no deja de constituir toda una voluntarista pirueta intelectual que nada decisivo aporta.
El libro de Claudia Koonz, subtitulado La formación del fundamentalismo étnico del Tercer Reich, profundiza en otro aspecto muy distinto al anterior. La autora intenta explicar una pregunta que ronda a los intelectuales desde el término de la Segunda Guerra mundial: ¿cómo es posible que la nación alemana, tenida como la más culta del mundo, fuera capaz de perpetrar un genocidio como el practicado contra los judíos europeos? Claudia Koonz parte de una premisa: el antisemitismo, en Alemania, salvo en unas pequeñas pero activas minorías, estaba menos arraigado que en otras naciones de su entorno, ya fueran Francia, Rumanía… Entonces, ¿cómo pudo desencadenarse semejante infierno? Para consolidar una conciencia colectiva etnicista y antisemita, los nazis se sirvieron de todos los medios a su alcance: la investigación científica y médica, los estudios raciales e historiográficos, la educación masiva de la juventud alemana, la propaganda (revistas populares, noticiarios cinematográficos, libros y folletos de todo tipo y calidad…). Toda una batería de instrumentos al servicio de un cambio moral profundo de la sociedad alemana. Su objetivo era evidente: la eliminación operativa de la moral judeo-cristiana, sustituyéndola por la fidelidad y subordinación del individuo a la comunidad y solidaridad étnicas.
El propio Hitler jugó bien sus bazas. Su discurso abierta, y radicalmente antisemita de sus inicios políticos, se moduló notablemente durante los quinquenios siguientes, pasando a un segundo plano; lo que desconcertó en muchas ocasiones a las más impacientes de las facciones radicales nazis. No obstante, se trataba únicamente de una estrategia: en lugar de propugnar un antisemitismo “caliente” y violento, se impulsó el cambio en las conciencias, acompañado de un racismo “frío”, legal y de hecho. Para entonces, la sociedad alemana estaba en buena medida anestesiada; su sociedad civil, neutralizada y confundida, de modo que salvo pequeños sectores, como los de los educadores católicos, apenas opusieron resistencia al nuevo estado de cosas, aceptando como inevitable y mal menor la nueva conciencia moral que invocaba por igual a valores como la solidaridad nacional, el honor, la sangre, la tierra… y la eugenesia, el exclusivismo étnico y la necesidad de expansión vital por el este de Europa.
         Su capítulo tercero, Aliados en la Academia, se presenta particularmente interesante, al analizar la adhesión al nacionalsocialismo, desde el prestigio de sus respectivas disciplinas, del filósofo Martin Heidegger, el politólogo Carl Schmitt, y el teólogo protestante Gerhard Kittel, quienes, ante la aparente indefinición conceptual profunda de la doctrina nazi, trataron de elaborarle, sin éxito, un armazón teórico ideológico marcado por su particular sello intelectual. Una prueba más del sorprendente atractivo del nacionalsocialismo; incluso entre algunos de los cerebros mejor dotados del siglo XX.
Perry Biddiscombre, por su parte y en el tercero de los libros citados, profundiza en un aspecto muy poco conocido del final de la Segunda Guerra mundial: el movimiento werewolf, es decir, el intento de creación de una guerrilla nazi en los territorios alemanes ocupados por los aliados y que inmoló a unos cientos de muchachos en acciones generalmente mal planificadas, que toparon con una represión enemiga despiadada. Pero, ¿cómo explicar que, hundiéndose el régimen nazi, unos miles de jóvenes se movilizaran, contra toda esperanza, jugádose la vida en dirección hacia una muerte casi segura, en aras de unos ideales que parecían abocados a su absoluta desaparición? El propio autor proporciona, aunque sin insistir especialmente en ello, la respuesta: el carácter totalitario de su ideología.

 

El hilo conductor del totalitarismo.
Es, por tanto, la presencia de unas ideologías totalitarias, la que arrastró a una de las naciones más cultas del mundo a su colectivo “descenso a los infiernos”. Primero fue la tentación totalitaria comunista; aunque conjurada por una atípica conjunción de socialdemócratas moderados y militaristas de la derecha pangermánica. Posteriormente, el nacionalsocialismo fue capaz de atraerse a amplios sectores de la sociedad civil alemana mediante un programa que moderó progresivamente, pero que no renunció a sus objetivos reales y que le llevó, una vez transmutada su estructura mental individual y comunitaria, a la confrontación más dañina que ha conocido la humanidad en toda su historia.
Pero, ¿qué entendemos por totalitarismo?

Se caracterizaría, genéricamente, por divinizar al Estado absoluto, de modo que éste exige la total subordinación de los grupos sociales y de la misma conciencia de todos los individuos, a sus dictados políticos y culturales, sirviéndose para ello del empleo sistemático de la violencia. Conforme esta concepción, el Estado se atribuye un poder ilimitado, prescindiendo de los derechos fundamentales del hombre, negando la división de poderes, primando la voluntad y el poder por encima de la razón y la libertad; y todo ello desde el rechazo de la moral precedente (de modo particular la denominada judeocristiana). Así, su método pasa por la dominación total de las personas, de modo que, tal y como describe Arendt en la página 554 de su fundamental libro Los orígenes del totalitarismo (Taurus, Madrid, 1974), “El totalitarismo busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos. El poder total sólo puede ser logrado y salvaguardado en un mundo de reflejos condicionados, de marionetas sin el más ligero rasgo de espontaneidad. Precisamente porque los recursos del hombre son tan grandes puede ser completamente dominado sólo cuando se convierte en un espécimen de la especie animal hombre”.

Conviene, pensamos, extraer algunas conclusiones y enseñanzas para el futuro.
La primera es que toda ideología totalitaria es un grave riesgo para cualquier colectividad: su percepción falseada y reinterpretativa de la realidad entraña enormes riesgos para la salud moral de sus seguidores y para la vida de sus oponentes.
En segundo lugar, deducimos de diversas experiencias históricas anteriores que pudieron responder con éxito a los totalitarismos, que el mejor antídoto es la existencia de una sociedad civil viva, creativa, consciente de su potencial, orgullosa de su tradición y realista en el análisis de la realidad.
Debemos insistir, en tercer lugar, en las posibilidades reales de cambio antropológico de la propaganda masiva de una ideología totalitaria; aunque revista apariencias moderadas, aceptables y pseudodemocráticas.
Ésta última conclusión bien podría aplicarse a la España de hoy día. Nuestra sociedad, atomizada por un individualismo impulsado desde las factorías mediáticas e intelectuales de los emergentes poderes reales, se encuentra anestesiada y neutralizada ante modelos sociales que, aparentemente libertarios, arrastran a las mujeres y hombres de hoy hacia un pensamiento único cuya consecuencia es la pérdida de raíces, la ausencia del sentido de pertenencia y de la propia libertad individual y social. En este contexto, hechos muy concretos, caso del programa secesionista de determinadas regiones puesto en marcha, la progresiva eliminación de la libertad de educación, la trivialización de la vida humana en sus inicio y término, y la desarticulación de la vida familiar, responden a impulsos de matriz totalitaria. En esta situación, únicamente desde la fidelidad a la propia tradición es posible afrontar los retos de la vida cotidiana, de la posmodernidad, de la globalización, y de la política real.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 101, enero de 2006

 

Trascendencia y responsabilidad del estalinismo.

El estalinismo parece algo del pasado, sin apenas trascendencia en la actualidad, resultando ajeno a las preocupaciones de nuestros contemporáneos. Sin embargo, la edición de diversos libros que abordan sin complejos esa realidad histórica y sus consecuencias, que nos alcanzan todavía hoy, plantea una serie de interrogantes y cuestiones de no poca relevancia.

 

Estalinistas en España.
Hasta hace algo más de un par de décadas atrás, no era infrecuente toparse, en las entonces multitudinarias manifestaciones conmemorativas del Primero de Mayo, a grupos de comunistas españoles que portaban enormes retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao. Pertenecientes a diversas obediencias del fraccionado campo comunista (trotskistas, pro-chinos, pro-soviéticos, pro-albaneses, anarco-comunistas, comunistas independientes... divididos en cada caso en numerosas fracciones), la extrema izquierda solía servirse de tales concentraciones para intentar hacerse notar. Mucho sorprendían, en España, esas estrafalarias muestras de culto a la personalidad de los grandes Budas del comunismo internacional; más propias del paisaje humano de Moscú o Tirana. Sin embargo, tales exhibiciones no generaban aparentes muestras de rechazo en la ciudadanía testigo, ni se producían tumultos en su entorno (¿se imaginan algo similar si se hubiese tratado de gigantescos retratos de Hitler, por ejemplo?).
                Naturalmente, esas demostraciones importadas de otras latitudes dejaron de producirse hace bastantes años, formando, hoy día, parte de la memoria colectiva de aquellos tan celebrados años de la transición española a la democracia.
                Ese fenómeno corría parejo con otro. Por entonces, salvo en ambientes de la menguante derecha sin complejos, y de la demonizada extrema derecha, nadie osaba reprochar a los marxistas de cualquier obediencia por sus supuestas responsabilidades en los atroces crímenes que había perpetrado por medio mundo el comunismo. Denunciar las purgas de Stalin, hablar de la hambruna de los años treinta provocada artificialmente en toda la Unión Soviética por criterios ideológicos, exponer los crímenes de la Revolución cultural china, por ejemplo, eran competencia, muy desprestigiada por la intelectualidad progre española, de escasas y aisladas voces. Se les reprochaba, cuanto menos, el hacerse eco de presuntas campañas intoxicadoras, de la CIA naturalmente, que formarían parte de la “guerra psicológica” del imperialismo capitalista contra los países comunistas y los llamados “movimientos de liberación nacional”. De esta forma, se presumía que, si los testimonios de esas presuntas matanzas eran avalados por el “enemigo por excelencia” de todo marxista revolucionario, seguro que se trataban de gruesas mentiras o que, al menos, incurrirían en enormes exageraciones tendenciosas; lejos de un mínimo rigor histórico. Además, en cualquier caso, “el comunismo no podía ser tan malo”, se decía, y lo que se intentaba en España era una experiencia de “nuevo cuño”, democrática y de rostro humano.
                En ese contexto, la literatura e historiografía anticomunista, o que simplemente trataba de exponer la realidad del comunismo, carecía de prestigio y de resonancia mediática. Hoy día diríamos, con lenguaje actual, que se trataba de una cuestión “políticamente incorrecta”, incluso en ambientes “liberales”.
                En otros países de Europa las cosas eran bastante parecidas. No obstante, poco a poco, esa supuesta unanimidad empezó a resquebrajarse. Así, los contenidos de un grueso volumen, “El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión” (de Stéphane Courtois y otros, Éditions Robert Laffont, París, 1997), generaron una enorme conmoción en Francia. Y no podía ser menos: que autores e historiadores no vinculados con la extrema derecha, o los reaccionarios círculos de exiliados, incluso algunos de ellos excomunistas, expusieran como una realidad incuestionable, con documentación y rigor, semejante suma de crímenes, no podía generar indiferencia.
En España, sin embargo, la edición del libro (Editorial Planeta, S.A., Barcelona, y Espasa Calpe, S.A., Madrid, 1998) apenas tuvo trascendencia y fue ignorada por los historiadores españoles en general: todavía no era pertinente estudiar, desde una perspectiva histórica, los episodios del comunismo que entraban en la categoría de “genocidio”. Y más cuando, también todo ello, “tocaba” a la reciente historia española.
                A lo largo del pasado año 2003 se ha abierto, en ese sentido, una brecha en España. Varias obras, de indudable calidad científica y documental, se han publicado abordando diversos episodios históricos del comunismo, especialmente dramáticos, centrados en el estalinismo; tal vez su expresión más sangrienta, al menos cuantitativamente.
               
Novedades historiográficas en torno al estalinismo.

 

Vamos a mencionar algunas de esas novedades bibliográficas.
El de Stanley G. Payne “Unión Soviética, comunismo y revolución en España” (Plaza y Janés, Barcelona, 2003) aborda las complejas relaciones del PCE, Stalin, el PCUS, la Internacional Comunista y la política exterior soviética. Si algo queda claro, después de su lectura, es la completa subordinación del PCE a la política de Stalin, hasta el punto de que sus sumisos dirigentes fueron incapaces de comprender -en diversas ocasiones- el sentido último de determinadas tácticas aplicadas en España por mandato del Komintern. También este organismo revolucionario estaba por completo dirigido por José Stalin, quien adoptaba personalmente las decisiones más relevantes de la política exterior soviética, así como las orientadas a la difusión internacional del movimiento comunista.
                Walter Laqueur en su libro “Stalin, la estrategia del terror” (Ediciones B, S.A., Barcelona, 2003) no se atreve a realizar un diagnóstico definitivo explicativo de las causas verdaderas que determinaron decenios de sangre, teledirigidos por Stalin, que asolaron a Rusia, a pesar del silencio y la complicidad de los comunistas europeos y la general indiferencia de Occidente. Pero su mérito radica en exponer, como una realidad históricamente incuestionable y como un dato objetivo, que el comunismo, especialmente bajo Stalin, perpetró crímenes masivos contra la humanidad y los derechos humanos. Claro, no lo olvidemos, que para comunistas y demás marxistas, hablar de derechos individuales no tiene sentido. Sólo el partido, la clase obrera, la nueva humanidad, tienen derechos. Otros derechos serían reminiscencias burguesas.
La persona de Stalin y su régimen, el estalinismo, son inseparables. Pero, ¿es el estalinismo consecuencia inevitable del leninismo?, ¿y del mismo marxismo?, ¿o es, acaso, producto de la idiosincrasia rusa?, se pregunta Walter Laqueur, sin atreverse a cerrar la cuestión.
En cualquier caso, para este historiador, Stalin, fue un auténtico psicópata que carecía de conciencia y que identificó por completo sus objetivos personales con la ideología del partido.
El autor de “Stalin y los verdugos” (Taurus, Madrid, 2003), Donald Rayfield, está seguro: Stalin ha sido el máximo responsable del régimen genocida más mortífero de la historia. Basándose estrictamente en documentos, este escritor asegura que el terror golpeó a todos los estratos sociales de la Unión Soviética: minorías nacionales, vieja guardia bolchevique, fuerzas armadas, intelectuales y artistas, comunistas extranjeros exiliados en la URSS, campesinado, clases medias urbanas, científicos, burgueses y aristócratas supervivientes de persecuciones anteriores, exmiembros de partidos reaccionarios y de los ejércitos “blanco” y zarista, creyentes de diversas religiones (especialmente católicos y ortodoxos, pero también, musulmanes y budistas). Incluso muchos de los mismísimos miembros de los servicios secretos soviéticos (OGPU, CHEKA, NKVD, KGB), que ejecutaron materialmente esos crímenes, fueron arrastrados por la furia estalinista, costándoles la vida y la de sus propios familiares.
Pero la aplicación fría y planificada de una despiadada violencia  tiene inmediatos antecedentes: no es exclusiva de Stalin y sus verdugos. Así, Rayfield recuerda que ya Lenin incurrió, sin complejos, en crímenes contra los derechos humanos con similares razonamientos marxistas de los esgrimidos por Stalin, quien contó con unos aplicados, incluso en exceso, ejecutores de esta política genocida: Dzierzynsky, Menzhinski, Yagoda, Yezhov y Beria, siendo algunos de ellos también devorados por la bestia que alimentaron.
Respecto al papel de Occidente, afirma, en la página 222 del libro que: ”En 1931 se exportaron cinco millones de toneladas de cereal provenientes de un campo que padecía hambre. Aquel cereal pagaría turbinas, cadenas de montaje y maquinaria para la industria minera y financiaría los Partidos Comunistas de toda Europa, Asia y América.
El silencio de Occidente, que salió de la depresión económica en parte gracias a contratos de exportación procedentes de la Unión soviética costeados por la sangre de millones de campesinos, es una mancha para nuestra civilización”. En definitiva, y siempre según este autor, las responsabilidades alcanzaron dimensiones insospechadas.
                De esta manera, sólo puede alcanzarse una conclusión: la aplicación del experimento comunista ha supuesto a la humanidad uno de los mayores sufrimientos colectivos que ha padecido. Desde Etiopía a China, desde Europa Oriental a la Siberia Soviética, desde Cuba a Angola. Millones de hombres, mujeres, niños y ancianos, por hambre o frío, por bala o soga, han pagado con sus vidas el sueño despiadado e irracional de unos ideólogos y activistas que pretendieron, de forma planificada y consciente, implantar un modelo social que exigía la eliminación de clases sociales y grupos étnicos y religiosos completos.

 

¿No es relevante reflexionar en torno al estalinismo?
                Pero, pese a ese despliegue de datos, reflexiones y documentos contrastados y autorizados, recogidos en esos y otros muchos textos, no parece que se haya producido un cambio espectacular, en los medios de comunicación, de la percepción común de la realidad del comunismo y del marxismo. Tampoco los partidos, que así se proclaman, han realizado autocríticas de ningún tipo. Pareciera que todo lo descubierto y difundido no les afectara en modo alguno.
                Pese a ello, y de manera absolutamente indudable, queda claro que el comunismo en general, y el estalinismo en particular, incurrieron en una larga serie de crímenes colectivos en nombre de su ideología y en aras del paraíso comunista, sin comparación posible a otros semejantes, salvo los cometidos por el nacionalsocialismo: la verdad histórica, pese a algunos, está fijada.
Ya en los años 30, algunos autores exiliados, muchos de ellos rusos, publicaron atroces relatos, generalmente parciales y escasamente documentados (lo que no podía ser de otra manera), en los que se denunciaban matanzas perpetradas, supuestamente, por los revolucionarios comunistas. Se les dio poco crédito: aportaban mínima documentación, eran parte interesada y algunos de ellos se amparaban bajo la protección de ambientes de la -por entonces- potente extrema derecha o de los servicios secretos. Transcurridas varias décadas desde entonces, no pocos historiadores vienen confirmando, con documentos procedentes de los archivos soviéticos, que tales informaciones eran fragmentarias, pero veraces y, en muchas ocasiones, precisas.
                Pero, además de un problema de reconocimiento y aceptación de la verdad histórica, existen otras cuestiones pendientes. Así, el autor del tercero de los libros mencionados, realiza algunas reflexiones especialmente pertinentes. En Rusia, afirma, no se ha reparado la memoria de las víctimas del estalinismo. Tampoco se han dado facilidades para investigar, con toda su profundidad, los hechos reales. Persisten, incluso, numerosos nostálgicos del estalinismo que niegan o justifican la oportunidad de ese dramático “experimento” social y político como el necesario precio de la industrialización. Incluso el sucesor de esos servicios secretos, autores de la mayor parte de esas masacres, el actual Presidente de Rusia Vladimir Putin, lanzó una serie de sellos de correos conmemorativos de las “hazañas en el contraespionaje” de sus predecesores en los mismos. El estalinismo, al menos en Rusia, por lo tanto, es una cuestión pendiente de respuestas mínimamente satisfactorias.
                La periodista rusa Anna Politkovskaya, en su libro “Terror en Chechenia” (Ediciones del bronce, Barcelona, 2003), es concluyente en sus acusaciones. Asegura que son muchas las reminiscencias totalitarias del estalinismo, fruto de décadas de comunismo, que determinan buena parte de las prácticas del nuevo régimen político ruso. Ello se reflejaría, dramáticamente, en muchas de las expresiones del largo conflicto de Chechenia en el que se manifiesta una falta absoluta de transparencia informativa, se constata la violación de los derechos humanos, y se mantiene artificialmente una guerra como medio para la promoción profesional y el beneficio de los negocios de altos mandos militares y sus conexiones civiles.
                En España no hay, parece ser, nostálgicos del estalinismo. Es más, cualquier socialista o comunista sensato se desvincula del mismo, así como de, prácticamente, todas las demás experiencias del denominado “socialismo real”. Consideran tales que, con la crisis levantada por las revelaciones de Kruschev ante el XX Congreso del PCUS (17 a 24 de febrero de 1956), ya se ha realizado toda la autocrítica necesaria. Pero semejante respuesta no parece suficiente: el comunismo no acaba, pero tampoco empieza, con Stalin. Tan breve explicación pretende, más bien, cerrar un necesario debate: informar a la sociedad española, sacando a relucir complicidades y responsabilidades políticas de comunistas y demás marxistas españoles en todo lo ocurrido. Y casi lo logran. De esta forma, para muchos de nuestros contemporáneos el comunismo forma parte del pasado. Es más, tienen claro que Hitler ha pasado a la historia de la ignominia. Pero, frente a Stalin, consideran que se trata de un caso muy distinto: ideas vagas, generalidades infantiles, imprecisiones históricas… Y a la consolidación de esa ambigüedad han contribuido sustancialmente, con sus silencios y justificaciones ideológicas, muchos de nuestros “progres”: periodistas, historiadores, docentes y políticos.
                No podemos pasar por alto todo lo ocurrido allí, en Rusia y en otros numerosos países; lo que –también- tuvo dramática expresión en la España de los años treinta del pasado siglo. Es más, podría decirse que todo ello nos alcanza hasta hoy mismo: no en vano, algunas organizaciones terroristas, caso de ETA, se siguen proclamando marxistas.
                Aún viven responsables materiales directos de los crímenes del comunismo en medio mundo. Igualmente, existen unos responsables políticos de semejantes crímenes contra la humanidad. Todavía persiste una responsabilidad intelectual y moral por tales hechos. Y una evidente relación de causalidad entre marxismo y crímenes del estalinismo, y del comunismo, que no pueden obviarse.
Para algunos políticos, historiadores y periodistas, autocalificados como progresistas, todo aquello de lo que venimos hablando es cosa del pasado, está poco claro y ha sido manipulado. A lo sumo, no tendría relevancia en la actualidad. Por ello, ante semejantes evasivas, existe un trabajo pendiente. Corresponde realizar un gran esfuerzo para desmontar esas falacias que pretenden escamotear la verdad. Algunos autores en España, al igual que otros muchos en todo el mundo, vienen realizando un gran esfuerzo intelectual para desmontar esos falsos tópicos, silencios y complicidades. La difusión de sus obras puede ser una manera de responder a este reto cultural y moral, prestando un necesario servicio a la verdad y a la justicia; concretas exigencias, ambas, y muy concretas, pese a algunos y a lo determinado como “políticamente correcto”.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 77, enero de 2004
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El Colectivo Destino de Vizcaya. Reflexiones y aportaciones para el futuro del País Vasco.

Hace 20 años veía la luz en Vizcaya una modesta publicación: Destino. Producto del trabajo de un grupo de jóvenes vizcaínos, en sus tres años de vida se editaron 13 números, anticipando en ellos algunos análisis políticos plenamente actuales hoy día, empleando, además, el humor como original instrumento político desmitificador de los tópicos del nacionalismo vasco.

 

Introducción.

                A finales de los años 70 existía, en Vizcaya, una gran cantidad de grupos políticos situados en el espectro de la llamada “extrema derecha” o “derecha nacional”. Este fenómeno era paralelo al de la conformación del espacio político del “centro derecha” en el País Vasco, fragmentado por entonces y en busca de su identidad y configuración definitiva.

                Uno de los grupos más originales que vio la luz, en aquellos difíciles y esperanzadores años, fue el Colectivo Destino, cuyo nombre venía de la cabecera de la revista que editaron durante tres años y a la que subtitularon como “publicación nacional sindicalista de Euskalerria” a partir del número 3, siendo Vizcaya su invocación territorial inicial.

                Nacida en Bilbao en el entorno de las Falanges Juveniles de España, pronto se incorporaron al proyecto los últimos miembros de Falange Española (independiente) de la década de los setenta de aquella provincia, en un intento de convertirse en el órgano unitario de los falangistas vizcaínos, al ser varias las organizaciones en las que los mismos se encontraban presentes.

                Hasta aquí no hemos contado nada nuevo ni original que no se viviera, de forma parecida, en otras localidades y provincias españolas: los intentos de “unidad falangista” de aquellos años, interminable crónica de una agonía progresivamente desesperanzadora para sus protagonistas.

                Destino, con todo, fue otra cosa.

 

La acción del Colectivo Destino.

                Su acción política, siempre dentro de lo testimonial, se desarrolló fundamentalmente en el territorio de Vizcaya, pero también extendió su actividad a Vitoria, Burgos, Navarra: pegadas de carteles (algunos, notablemente originales para el momento), edición de folletos y de Destino, escritos en prensa, tenderetes, reparto de octavillas en centros de estudios y en la vía pública, elaboración de enormes murales, venta callejera de publicaciones, campamentos y viajes, etc.

                La evolución de la publicación Destino es fiel reflejo de la sufrida por el conjunto del grupo. Su número 0 aparece en diciembre de 1979. Pasó de ser una publicación muy primitiva, con textos nada originales encuadrados dentro de la ortodoxia joseantoniana, a tratar temas y aspectos de la actualidad nacional e internacional de forma novedosa e inteligente en sus últimos números. A la vez que sus contenidos ganaban consistencia, su presentación formal mejoraba, incorporando el humor a sus contenidos de forma eficaz y original. Especial peso tuvo la hilarante serie “los berrozikos” (a partir del número 3, octubre de 1980), unas historietas cuyos protagonistas (los primeros cadetes de la Ertzaintza) recordaban, en sus peripecias, a las sufridas por el famoso "Martínez el facha" de la revista "El Jueves", a la vez que se desmitificaban, de forma persuasiva, muchos de los tópicos del nacionalismo vasco imperante ya en esos días. Su último número, el 12, vio la luz en la primavera de 1982, siendo, seguramente, el de mejor contenido y presentación.

                A la revista siguieron, posteriormente, unos folletos humorísticos con los siguientes títulos: “los berrozikos, humor basko” (recopilación de las historietas publicadas en Destino), “hez y prez de España, retrato de familia” (una particular historia de la monarquía española) y “musho y bien, grasias...!” (resumen, en clave de humor, de las primeras acciones de gobierno de Felipe González).

 

La evolución de Destino.

                Progresivamente se pasó de una acción local falangista clásica, tosca e ingenua, al trabajo por la unidad falangista, para llegar finalmente a un nivel de conciencia y reflexión política que trascendía el activismo partidista de origen, fraguado en un análisis elaborado y coherente de la realidad.

                A esta última etapa corresponde un texto que reproducimos a continuación y que ya vimos en un artículo anterior publicado en este medio digital (“Estrategia y situación del centro derecha español en el País Vasco”, Nº 40, diciembre de 2000). Escrito hace casi 20 años y editado en un folleto de 8 páginas, fue elaborado en un momento en que los jóvenes de Destino percibieron la realidad política y las tendencias predominantes con gran alarma, lo que les movió a la acción.

El folleto lo titularon “Reivindicación española en Vasconia”, si bien salió a la calle patrocinado bajo el significativo nombre colectivo de “Resistencia Española”.

                Veamos el texto.

                “Vasconia, tierra entrañablemente española, vive en su seno la acción de unos pretendidos tutores de sus derechos, de su ser histórico esencial, de su presente y de su futuro. Desde todos los ángulos de la vida política y social, grupos, asociaciones, partidos, sindicatos, etc., lanzan machaconamente la consigna de una Vasconia no española, recuperadora de la genuina identidad como nación soberana. Un gobierno autónomo, precisamente de esos pretendidos tutores, abre cada día más la brecha que nos separa de España. Independencia financiera, cultural, administrativa, pronto en materias de orden público… Esto ya lo sabes y no necesitamos recurrir a ninguna demagogia, a ningún tremendismo fuera de lugar. También sabes que todo ese proceso lo apoya y lo acelera un terrorismo dirigido sencillamente a españoles y miembros de las Fuerzas de Orden Público. (…)

                Necesitamos, necesita España en Vasconia, maestros, catedráticos, científicos, artistas, hombres de la Cultura, políticos, trabajadores, sindicalistas, religiosos, deportistas, que ante todo se sientan españoles.

                Existe un gran peligro. De Vasconia han ido marchándose estos últimos años miles de españoles atemorizados, expulsados, privados de sus medios naturales de vida. Llegan a 40.000. Andan repartidos por las tierras de España. Quizás conozcas a algunos. Esto significa que se está produciendo una desaparición física de la presencia española más activa de nuestra tierra. Si esto sigue así, llegará un momento en que todo vestigio de la españolidad será un recuerdo.

                España va a desaparecer de Vasconia si los españoles que aún permanecemos allí no encontramos un medio y la ayuda para que la españolidad salga del ‘gettho’ y se manifieste libremente. Esto es lo que venimos a decirte. Tenemos que emprender una amplia campaña de recuperación civil. Si los enemigos de España han encontrado las energías necesarias para copar toda la vida social, ¿no tenemos nosotros las reservas suficientes de una gran nación que hizo grandes a los vascos precisamente, en la unidad con los demás pueblos de España? ¿no tendremos por ello aliento para futuras empresas unitarias que superen y absorban este desamor? ¿no tendremos tu ayuda?

                Porque creemos firmemente que sí la tendremos estamos aquí. No regatees con España. No estamos solos en la lucha de Vasconia, porque Vasconia también es tuya”.

                El Colectivo Destino consideraba, ya en aquellos días, que la presencia española en el País Vasco se encontraba en grave peligro, como consecuencia de una ofensiva desatada por las fuerzas nacionalistas en todos los ámbitos de la vida pública vasca: desde los resortes de las nuevas instituciones autonómicas, los incipientes medios de comunicación autóctonos, en el mundo de la educación (especialmente a través del euskera), las manifestaciones culturales, la movilización callejera, e incluso, desde la acción terrorista. Todo ello era bueno si servía al objetivo de “hacer patria, hacer Euskadi”. Pero, junto al análisis de la realidad, se acompañaba una propuesta de futuro, sin complejos, considerando imprescindible una sana reacción cívica ante el modelo cultural y político que se imponía, desde el ejercicio de múltiples resortes de poder, por parte del nacionalismo vasco.

A su juicio, esa imposición nacionalista era artificial, pues la realidad vasca era plural, lo que no impedía que se desarrollara con enorme eficacia. A ello se sumaba la inacción de los políticos del sistema y la complicidad -un tanto inconsciente- de una izquierda cultural y política acomplejada que equiparaba, a modo de eficaz descalificación a priori, todo lo que soñara a “español” con el denostado franquismo (españolismo = franquismo).

                Por aquellas fechas, ni el centro derecha español, ni la izquierda tradicional, eran conscientes de que se trataba de una ofensiva, en toda regla, que perseguía el concreto objetivo de enterrar una larga historia de convivencia en común –la española- que no gustaba a los nacionalistas, en un esfuerzo voluntarista y titánico de “construcción nacional”.

                Sin duda, en su concepción joseantoniana de la vida, la persona y España, encontraron los recursos morales e intelectuales para llegar a ese justo y preciso análisis de la realidad.

Aquella fue su última gran acción callejera. El grupo, poco a poco, fue difuminándose en su expresión política. Crisis total de los grupos falangistas, desaparición de cualquier alternativa política “nacional”, imposición casi absoluta del PNV en las instituciones vascas y control callejero de los activistas del MLNV. A ello se sumaba la lógica búsqueda de trabajo, matrimonio, llegada de los hijos, etc. No por ello ha perdido textura la amistad surgida entre ellos, especialmente con los amigos madrileños que, con una trayectoria política y vital paralela, encontraron a lo largo de esta aventura; lo que les ha llevado a relaciones personales insospechadas, salidas profesionales sorprendentes y la inmigración de algunos de sus protagonistas a Madrid. De esta forma, vizcaínos, inicialmente, y madrileños, posteriormente, conformaron un grupo humano de singular trayectoria y compromiso. Hoy día, veinte años después, otros amigos siguen radicados también en varias ciudades de España: Pamplona, Bilbao, etc.

                Y con el transcurso de los años, alguno de ellos ha encontrado cierto acomodo en organizaciones católicas como “Comunión y Liberación”, “Opus Dei”, etc. Sin duda la tensión política de sus integrantes era expresión, en buena medida, de su profundo interés por el sentido último de la existencia del hombre.

Algunas iniciativas se relacionaron con ellos años después: “Tentáculos” y “Gaceta para desmemoriados”. Y nos los hemos encontrado en diversos eventos de la vida política española, siempre con la mirada puesta en el destino de España y los españoles.

En cualquier caso, Destino desapareció y ningún colectivo recogió su antorcha de forma explícita. Como posibles razones de su aparente fracaso, encontramos las siguientes: carencia de un proyecto estratégico a medio o largo plazo, dificultad en despegarse de la “cultura política” de origen (los medios “joseantonianos”, básicamente), progresivo aislamiento social, incapacidad para “enganchar” con otras alternativas sociales (movimiento pacifista u otros), carencia de un soporte económico estable, juventud de sus integrantes.

 

Algunas reflexiones.

El folleto, del que hemos reproducido una parte significativa, fue distribuido masivamente en Madrid un domingo en que se conmemoraba el “20 de noviembre”, estando dirigido al sector social al que el Colectivo Destino juzgaba más sensible ante el rumbo de los acontecimientos que denunciaba.

Con la perspectiva proporcionada por el transcurso de estos últimos 20 años, podemos deducir hoy día que aquel no era el medio adecuado, ni el destinatario del texto constituía un sector social con la capacidad de rectificación de la situación denunciada, ni tampoco se trataba de la convocatoria pública apropiada. Con todo, el diagnóstico de la situación se ajustaba a la realidad. Pese a ser considerado entonces como “políticamente incorrecto” (dicho con lenguaje de hoy), se anticiparon en el juicio y diagnóstico de la realidad vasca a una opinión que se ha afirmado, en sus líneas generales, en la última década.

El interés en rescatar esos viejos textos y esas amarillentas publicaciones, radica en la frescura de muchas de sus páginas. Junto a unos juicios ajustados a la realidad, encontramos un humor plenamente vigente y actual, más necesario que nunca. No en vano, Iñaki Ezquerra ha afirmado recientemente que “el arma que, en el País Vasco, nos permite defendernos de lo grotesco” es, precisamente, el humor.

Destino representa, además, la posibilidad de trabajar de forma real en “la calle”, campo y ámbito dejado casi exclusivamente al nacionalismo vasco, salvo las movilizaciones puntuales de “¡Basta ya¡”, y otras organizaciones del nuevo movimiento ciudadano vasco, producidas en los últimos años.

El mismo grupo fue -y todavía lo es en alguna medida- concreta y carnal expresión de la capacidad generadora de una tradición, la española, capaz de proyectarse en el futuro, con energía, decisión y creatividad.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 58, junio de 2002

Aproximaciones al carlismo: el movimiento de un pueblo católico por su rey.

      ¿Cómo definir al carlismo? ¿cómo explicar su, aparentemente, rápido declive y casi absoluta desaparición?. En este breve ensayo, a partir de algunos recuerdos personales, se realiza una aproximación a la cuestión, apuntando hacia algunos elementos de una teoría explicativa de todo ello.

 

Montejurra 2001.

                El domingo 6 de mayo de 2001, unos pocos cientos de personas se concentraron, convocados por el Partido Carlista, en recuerdo y homenaje de las dos víctimas mortales de los sucesos de Montejurra del año 1976. Hechos, recordaremos, todavía no esclarecidos en su totalidad y de los que “actores” políticos muy diversos obtuvieron beneficios: desde la aparente y definitiva superación de un pleito dinástico centenario, hasta la captación de “cuadros” y electorado por parte de algunos partidos.

                De nuevo, la ladera de Montejurra fue testigo de la presencia de boinas rojas. ¡Qué lejos queda aquel año de 1974 en que 40.000 personas se concentraron allí en torno a su abanderado, Carlos Hugo, y sus hermanas!

                Besos, abrazos, reencuentros, alegría...

                Se observaba un buen ambiente entre los asistentes, también mucha nostalgia y algo de tristeza.

                No parecía realista que aquellos envejecidos carlistas pudieran ser la vanguardia de un futuro prometedor, sino, al contrario, el movimiento residual de un cuerpo que fue fuerte, heroico, noble, generoso.

                Allí tuvimos la oportunidad de encontrarnos, de nuevo, con Javier, escritor y editor, compañero madrileño en compromisos políticos de nuestra juventud en una trinchera distinta de la carlista.

                También reencontramos a Pepita, madrileña de formidable personalidad y enorme cultura carlista.

                Cuando comentamos a alguno de los presentes que habíamos conocido, recientemente, a algunos jóvenes carlistas – tradicionalistas, de indudables cualidades, nos contestaron: “sí, eso me han dicho, pero...”

                En este artículo no vamos a tomar postura sobre la legitimidad de ninguna de las dos corrientes del carlismo actual. Ni lo pretendemos, ni estamos cualificados para ello.

                Pero, siendo ambas expresión actual de un movimiento popular extraordinario, fundamental para la historia de España, hemos querido reflexionar en torno al mismo, buscando algunas claves que nos permitan comprender mejor una historia de la que todos los españoles somos, en alguna medida, tributarios.

                Para la historiografía dominante, el carlismo ha sido un movimiento contrarrevolucionario orientado hacia la guerra civil. Con resultados contradictorios con el planteamiento ideológico y apriorístico anterior, un grupo de jóvenes historiadores, a los que encontramos en gran medida en torno a la revista de historia contemporánea APORTES, viene realizando diversas investigaciones de consecuencias sorprendentes.

                Pero ese prejuicio lo encontramos, también, en ámbitos de la Iglesia, que ignoran, con su silencio, que fueron carlistas muchos de los alumnos aventajados de la, en su día, novedosa Doctrina Social católica de León XIII, lo que se concretó en sindicatos, cooperativas, editoriales, mutualidades y obras sociales de variado signo y alcance. Y ello sin olvidar que un grupo significativo de los “mártires de la guerra civil española”, beafitificados en los últimos años, eran carlistas.

 

Recuerdos de familia.

En ese domingo 6 de mayo, que hemos invocado al inicio de este breve artículo, era inevitable nos afloraran antiguos recuerdos, imágenes del Montejurra de 1975. Con 14 años recién cumplidos acudimos, con parte de nuestra familia, a las laderas de Ayegui. Una larga fila de boinas rojas serpenteaba por el Vía Crucis del Montejurra. Ascendimos después hasta la cumbre por el camino y, después, a comer a Estella. Aquel espectáculo nos fascinó. Muchísima gente joven viviendo un espíritu común. Sin apenas entender lo que aquello implicaba, sentíamos la fuerza y el atractivo de una compañía humana que compartía unos ideales y un modo de vida.

Pero son bastantes más los recuerdos que traen a nuestra memoria el carlismo.

Nuestra madre narró, en varias ocasiones, sus remotos recuerdos de aquel lejano julio de 1936. Varios camiones recorrían el navarro Valle de Ollo, cargando con los voluntarios requetés que partían hacía Pamplona con sus boinas rojas. Uno de ellos era nuestro tío, Iluminado Oroquieta, quien en una de sus cartas narraba cómo la Virgen del Pilar había obrado un milagro al impedir que explotaran unas bombas. Desapareció en el frente de Aragón y nunca se llegó a saber con certeza que fue de él. Su nombre figura entre los miles recogidos en el “Monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada” de Pamplona.

Algunos años después nos preguntó, angustiada, si era cierto que los nacionales habían realizado tantos fusilamientos en Navarra, tal como una señora del barrio le había asegurado. Ante la respuesta, su reacción fue: “Pero entonces, mi hermano... ¡él luchó en el frente!”.

A primera hora de una tarde de primavera de 1974 arrojaron una enorme cantidad de panfletos en el patio del Colegio de los Hermanos Maristas de Pamplona, donde cursábamos estudios, firmados por el Partido Carlista. “¡Ha sido M...!”, proclamaron algunos; pero no podíamos entender que M…, un chaval de 13, años pudiera dedicarse a aquellas labores. Con los años él mismo, ya decepcionado por el partido, nos confirmó su participación

En 1975 depositaron, con destino a la venta, una veintena de ejemplares del libro de Felio A. Vilarubias “El carlismo en el ser de España”, en la librería de nuestro padre, situada en el segundo ensanche pamplonés. “Se venderá muy bien”, le dijeron. Pero, por el contrario, el libro apenas tuvo aceptación; tal vez un indicio de que Navarra había perdido ya buena parte de su identidad carlista. Sin embargo, la lectura de ese texto nos descubrió una historia formidable, apasionante, heroica. Especialmente conmovedores eran los testimonios recogidos, escritos a modo de brevísimos testamentos espirituales, por un grupo de carlistas catalanes, quiénes los habían redactado poco antes de ser fusilados, en nuestra última guerra civil.

Un par de años después, conocimos a otro carlista de Carlos Hugo en el Instituto Ximénez de Rada, así como a algunos tradicionalistas jóvenes vinculados a la Agrupación de Juventudes Tradicionalistas (AJT) y a Regencia Nacional Carlista de Estella (RENACE). Pero, en cualquier caso, tratándose de la carlista Navarra, parecían muy pocos en número, mientras que otros grupos políticos (desde Fuerza Nueva a los incipientes grupos abertzales) tenían muchos seguidores en ese centro escolar. Prácticamente, hoy día, ninguno de ellos persiste en sus ideales de antaño.

 

 

 

Dos testimonios sobre el carlismo.

                El navarro Gregorio Monreal, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad Pública de Navarra, y antiguo rector de la del País Vasco, en una larga entrevista publicada en la revista ”Hika”, que edita el entorno de Zutik (antiguas LCR y MCE), realizaba la siguiente reflexión sobre el carlismo que vivió su familia: “… Y te voy a poner un ejemplo que saco de mi propio entorno familiar, en concreto del de mi madre, procedente del valle de Yerri, sancta sanctorum del carlismo. Esa familia, que no había tenido nunca relación con la cultura liberal, se ha dividido casi al 50% entre UPN y HB.”

                Por su parte, el escritor navarro Miguel Sánchez – Ostiz, Premio Príncipe de Viana 2001 de la cultura, respondía el día 1 de julio de 2001 de la siguiente manera a la pregunta “¿por qué rescata el carlismo?”, a un periodista de “Diario de Navarra”: “Fundamentalmente por que está en la raíz de nuestro presente. Me resulta muy enigmático que el movimiento carlista, que ensangrentó estas tierras durante 150 años, que está en el origen de la última Guerra Civil, que todas las secuelas que dejó en Navarra de desdichas familiares, ruinas económicas, la emigración a América que provocó… Que todo eso, en una mañana, la del 9 de mayo de 1976 en Montejurra, dejase al carlismo herido de muerte, es un asunto muy enigmático. ¿A donde fue toda esa masa de gente que en los años 60 acudía a Montejurra por miles? Hay que ver que ha habido un trasvase, estimo, tanto hacia el socialismo, como hacia Herri Batasuna”. Y, de nuevo, pregunta el periodista: “¿Y ese trasvase fue por miedo?”. A lo que responde: “No. Qué va. No tiene nada que ver con el miedo. Puede que fuera una ideología que tuviera muy poco futuro en un mundo que ha cambiado tanto. La trama social de Navarra ha cambiado horrores. No sé si la ideología carlista, por muy estimable que sea, puede seducir a la gente”.

                El llamado “carlismo sociológico” ha desaparecido, aparentemente. No obstante, encontramos a antiguos carlistas –o hijos de carlistas- en todo el espectro político navarro, tanto en sus bases, como en sus niveles dirigentes. De hecho, algunos cualificados representes de la política navarra se pueden incluir en esta categoría. Recordemos, a título simplemente de ejemplo, a Tajadura, dirigente de la izquierda del PSOE, Jaime Ignacio del Burgo (UPN), Florencio Aoiz Monreal (de familia carlista de Tafalla y dirigente de Batasuna), Juan Cruz Alli (líder de Convergencia de Demócratas de Navarra, expresidente del Gobierno de Navarra), y tantos otros.

                ¿Con qué criterio se adscribieron antiguos carlistas a unas u otras fuerzas políticas más “actuales”? Aquéllos de acentuadas convicciones navarristas engrosaron las filas de UPN. No en vano, hoy día, en algunas zonas del norte de Navarra, la base de este partido es básicamente gente de edad de antigua pertenencia carlista. Por contra, muchos jóvenes, de la etapa final del carlismo “socialista”, pasaron a Herri Batasuna. Algunos otros engrosaron, explicable por el sentimiento social del carlismo, las filas del PSOE y otros partidos a su izquierda.

 

El movimiento carlista.

                ¿Cómo podemos definir, entonces, al carlismo?

                La respuesta es importante, pues puede proporcionarnos pistas fundamentales para entender su aparente y brusca desaparición.

                La historiadora Aurora Villanueva, autora del libro “El carlismo navarro durante el primer franquismo” (Actas, Madrid, 1998), caracteriza al carlismo de la siguiente manera: “Configurado políticamente en torno a unas fidelidades personales –al pretendiente y su dinastía-, el carlismo constituiría la seña de identificación de aquellos que, en el universo individualista característico del sistema político y cultural liberal, participaban de una visión tradicionalista de la vida y del mundo. Una `comunión´ de personas amasada a lo largo de la historia sobre el eje de la lealtad a unas ideas y una dinastía” (página 531). Fidelidad, por lo tanto, a la legitimidad dinástica y a un preciso ideario; ambos elementos en perfecta simbiosis.

                El prolífico historiador Josep Carles Clemente considera, en su abundante bibliografía, que el carlismo era, además, un movimiento popular y de protesta. Originado en el legitimismo español del siglo XIX, contendría, a su juicio, indudables elementos ideológicos modernos (desde nuestro punto de vista, herencia del cristianismo): federalismo, profundas aspiraciones sociales, sentido de la protesta. Las relaciones de este pueblo con sus líderes casi nunca habrían sido ejemplares, aunque en general, los máximos abanderados del carlismo sí habrían respondido a los anhelos de su pueblo. Tradicionalismo, integrismo, franco-juanismo, habrían sido, opina el citado historiador, tendencias ideológicas insertadas posteriormente en el carlismo, pero con intencionalidad instrumentalizadora de ese generoso movimiento, que no respondían al sentimiento general de la base. Sería con Carlos Hugo cuando el pueblo carlista habría alcanzado el grado mas alto de fusión con sus líderes naturales, ya despojados de los elementos distorsionadores; lo que no impidió su espantada con ocasión del fracaso electoral del partido en 1979. En consecuencia, para este autor, los carlistas concentrados el pasado 6 de mayo serían los últimos y directos representantes de ese “pueblo en marcha” que recorrió buena parte de los siglos XIX y XX.

                Los autores tradicionalistas, por su parte, proporcionan una perspectiva distinta. Consideran que la rápida evolución ideológica, de la Comunión hacia el socialismo autogestionario y federalista del Partido Carlista, fue forzada y “contra natura”. Dicha transformación, impulsada por un reducido grupo de líderes y “cuadros”, que se sirvieron del instrumento de los “cursillos”, empeñados en una “modernización” a toda costa, les habría llevado a la trinchera contraria, lo que provocó –o aceleró- la desarticulación de ese pueblo o, por lo menos, del llamado “carlismo sociológico”.

                Para algunos de esos autores, y para la actual Comunión Tradicionalista Carlista, ésta sería la agrupación heredera de ese carlismo extraordinario que ha asombrado a propios y extraños.

                En cualquier caso, ¿cómo es posible que un movimiento político popular, centenario, vigoroso, que atravesó pruebas tremendas, desapareciera casi de golpe?

                Ya hemos mencionado que la historiadora Aurora Villanueva describe al carlismo como un fenómeno político, sociológico e ideológico. Paradójicamente, fue en los periodos liberales de la historia reciente de España cuando el carlismo pudo expresarse y desarrollarse. Describe, documentadamente, el agónico proceso de desintegración que sufrió, en Navarra, un carlismo que no supo adaptarse a la semiclandestinidad en que el régimen de Franco le colocó, después de volcar todas sus fuerzas en la guerra civil. Por otra parte, las convicciones religiosas y semitradicionalistas del régimen pudieron contribuir a la desmovilización de importantes sectores del carlismo, que se sintieron cómodos en el mismo. En ese ambiente, el carlismo sufrió nuevas fracturas: falcondismo, carlosoctavismo, juanismo… Analizando los hechos descritos en este libro, vemos que la suerte del carlismo se la jugaron unas pocas decenas de protagonistas, en lo que a Navarra -la “Israel del carlismo”- se refiere, permaneciendo en buena medida ajena a todo ello su masa popular, acomodada a un régimen que afirmaba, al menos sobre el papel, buena parte de sus principios. Mientras tanto, la sociedad evolucionaba, se iniciaba el éxodo del campo a la ciudad, disminuía la influencia del clero rural (muy implicado, como en el caso de Navarra, en el sostenimiento del carlismo), la familia tradicional iniciaba una lenta pero imparable transformación, nuevos aires soplaban en el seno de la Iglesia, etc.

 

Una hipótesis

                De unos amigos vizcaínos, de raíces carlistas, procede la siguiente reflexión relativa a la naturaleza de este fenómeno histórico. El carlismo, a su juicio, era, más que nada, “el movimiento de un pueblo católico por su rey”. Y su crisis no puede separarse de la crisis general de España y de la propia Iglesia católica.

                A su juicio, el tradicionalismo y, posteriormente, el socialismo carlista de los años 70, no habrían sido sino intentos de ideologización de un movimiento ya en crisis. Difuminado el liderazgo y atractivo del “rey legítimo”, cuestionada en sus fundamentos la “unidad católica” como sustentadora de España a raíz de las nuevas corrientes impulsadas a partir del Vaticano II, atomizado y dispersado en consecuencia su pueblo; persisten, todavía hoy, algunas familias y personas de profundas convicciones ideológicas. Por el contrario, buena parte del antiguo pueblo carlista se diluyó, con mayor o menor convicción, en las filas de otras fuerzas políticas que consideraron más afines a su sensibilidad.

                Avanzando en esta hipótesis, debe afirmarse, ante todo, la profunda religiosidad del movimiento carlista; mientras que otros componentes doctrinales, aparte de la dinámica de esa relación pueblo – rey, serían ingredientes ideológicos accidentales.

Francisco Javier Caspistegui Gorasurreta en su libro “El naufragio de las ortodoxias, el carlismo, 1962 - 1977” (EUNSA, Pamplona, 1997) explica cómo el impacto de las nuevas corrientes teológicas derivadas del Vaticano II fueron determinantes en la rapidísima evolución ideológica experimentada por el carlismo en las décadas de los 60 y 70. La transformación de algunos movimientos eclesiales hacia posturas de izquierda transformadora radical afectó también a algunos hombres del carlismo. Ejemplifica tal hipótesis en la trayectoria de dos personas: Antonio Izal Montero (carlista navarro que asumió con pasión las nuevas corrientes de la Iglesia) y Alfonso Carlos Comín (figura paradigmática del progresismo católico catalán de los años 60 y de gran influencia en determinados ambientes intelectuales “comprometidos”, hijo de un dirigente carlista aragonés).

                Así en la página 46 del citado texto se recoge el siguiente párrafo que nos permitimos reproducir por su significación: “El carlismo no iba a ser una excepción en este ambiente de cambio, máxime tratándose de un movimiento cuya estructura social marcadamente diferenciada entre dirigentes y dirigidos, iba a hacer que su amplia y poco ideologizada base aceptase con rapidez las transformaciones que iban introduciéndose en la variable sociedad española del momento. Además, la debilidad de estructuras ideológicas hacía que lo que hubiese de político en sentido doctrinal se diluyese en el mucho más pujante carlismo sociológico, más presto a los cambios ante influjos diversos, poco condicionado por los escasos esquemas doctrinales existentes en el carlismo, aunque sin dejar de lado las posibilidades que una doctrina como la carlista –pese a sus limitaciones- ofrecía para la renovación, insistiendo en un rechazo al inmovilismo como tal…”

Por lo que respecta al vehículo de la transformación ideológica operada, en sus páginas 52 y 53 lo concreta de la siguiente manera: “A través de él (lo religioso) iba a hacer acto de presencia un elemento que, poco a poco, de forma real o imaginaria, como mito de lo disolvente o como efecto de una realidad cambiante, se adueñó de las obsesiones e ilusiones de buena parte del carlismo, contribuyendo de manera importante a la aceleración de los cambios en él. El mito del progresismo iba a introducirse en el carlismo, utilizado como excusa para la crítica o como vía para la reforma.

                Este progresismo de raíz religiosa iba muy unido al proceso de puesta al día que afrontaba la Iglesia desde el comienzo del pontificado de Juan XXIII”.

                Los años de regencia fueron críticos para el carlismo, a lo que se sumó la semiclandestinidad de la Comunión y la despolitización del régimen franquista. Pese a ello, la figura de D. Javier de Borbón – Parma siguió concitando buena parte de las adhesiones de las “primeras figuras” del carlismo, aunque se produjeron algunas defecciones críticas importantes, caso del que fuera Jefe Regional de Cataluña e impulsor, posteriormente, de la Regencia de Estella Mauricio Sivatte. Pero esa adhesión se rompe progresivamente, a lo largo de los años 60, con la salida de más figuras significativas de la Comunión, al considerar que el carlismo sufría una transformación ideológica inadmisible.

                Un dato concreto avala esa religiosidad fundamental del movimiento carlista: todavía hoy, buena parte de las vocaciones al sacerdocio surgidas en los últimos años en Navarra, así como a la vida contemplativa, lo han sido en el seno de familias carlistas. Familias que han sabido transmitir el legado carlista, parejo a su profunda e indudable experiencia católica.

                Volvamos a nuestra tesis. Conforme a esta concepción del carlismo, habría que diferenciar tres elementos humanos, estructurales consustanciales, que lo integrarían: el pueblo, los líderes, el rey.

                La sintonía pueblo – rey habría sido, en general, magnífica. Pero la continuidad dinástica se interrumpe en 1936 a raíz de la muerte de Don Alfonso Carlos de Borbón Austria – Este, estableciéndose una regencia. Este nuevo periodo histórico del carlismo, iniciado en plena guerra civil, coincidiendo con el esfuerzo militar que absorbió todas sus energías durante esos vitales años, se prolonga hasta el llamado “Acto de Barcelona” (31 de mayo de 1952). De esta forma, y en pleno franquismo, se produjo la asunción del caudillaje monárquico de la Comunión, ante su Consejo Nacional, por el hasta entonces regente Don Javier de Borbón – Parma, padre de Don Hugo Carlos (más tarde Carlos Hugo), después de muchas dudas y vacilaciones.

Esa interrupción en la continuidad de la “dinastía legítima” coincidió, en el tiempo, con la desmovilización de buena parte de las masas carlistas, posterior al término de la guerra civil, con una Comunión Tradicionalista ilegal. En este sentido, Aurora Villanueva proporciona algunas claves de sumo interés. Así, en la página 536 del referido libro afirma: “Y es que ambos, carlismo y franquismo, procedían del mismo universo mental: el tradicionalismo cultural de finales del siglo XIX y principios del XX. De ahí que el esfuerzo de los líderes carlistas por mantener diferenciado orgánicamente al carlismo alcanzase tan sólo a los sectores de militantes más politizados, mientras que las bases, del carlismo sociológico, encontraban fácil acomodo en el régimen de Franco. Quizás aquí resida la razón última de la pérdida de señas de identidad carlistas durante el régimen franquista”.

La reactivación del carlismo con un nuevo pretendiente a la cabeza (D. Javier), y años después con un proyecto político diferenciado ya en abierta oposición al franquismo, tras unos años de reconciliación con el régimen, coincide con el proceso de transformación social operado en España y los cambios de la Iglesia católica. Todo ello impulsó la rápida evolución ideológica del carlismo (rectificación o definición, lo denominaron sus impulsores), que supuso el progresivo apartamiento de sus elementos inequívocamente tradicionalistas, ante el desconcierto de buena parte de la base de ese pueblo en desintegración.

El papel de los líderes habría que cuestionarlo en mayor medida; la historia nos recuerda múltiples disensiones, escisiones, cambios de estrategia, expulsiones, cambio de partido, etc., protagonizados por muchos de ellos. Todo ello fracasó, siendo, por contra, polo de atracción del pueblo carlista la concreta persona del abanderado que encarnaba la continuidad de la dinastía legítima y la autopercepción de las Españas.

                Resumamos. La sintonía pueblo – rey, base del movimiento histórico carlista, se rompe por un conjunto de causas:

1)       Por factores estructurales internos de la propia realidad carlista (la interrupción dinástica, las fluctuantes relaciones con el franquismo, y la renovación de sus elites).

2)       Por novedades doctrinales externas que afectaron, de forma determinante, al “corpus” ideológico carlista (nuevas corrientes teológicas desarrolladas en la Iglesia a partir del Vaticano II, que cuestionaron un principio básico carlista como es el de la “unidad católica” de España).

3)       Por factores externos derivados de la dinámica social histórica en la que se desenvuelve ese pueblo concreto (los profundos cambios que transformaron España, pasando de una sociedad en general rural a otra industrial con la consiguiente desaparición de un clero rural carlista influyente; la progresiva desarticulación de la familia tradicional en aras de un modelo de familiar nuclear mucho más individualista, conforme patrones sociales procedentes de las llamadas sociedades “avanzadas”; el impacto cotidiano de las ideologías del “68”; la incidencia del consumismo y el individualismo de la sociedad postmoderna y postindustrial).

Todos estos complejos factores confluyeron simultáneamente sobre el pueblo carlista, determinando que la familia, principal custodia del carlismo durante varias generaciones, no fuera capaz de transmitir, salvo contadas excepciones, su legado; como tampoco fue capaz de comunicar una experiencia religiosa atractiva en muchos casos.

 

Algunas conclusiones.

                Hoy día ¿queda algo vivo del carlismo? De forma organizada, sobreviven dos pequeños grupos: el Partido Carlista (último representante del carlismo socialista, federalista y autogestionario) y la refundada Comunión Tradicionalista Carlista (no olvidemos, por otra parte, la existencia de algunos grupos tradicionalistas fuera de la disciplina de la CTC: AJT y los grupos juveniles estructurados en torno al Círculo Carlista San Mateo de Madrid).

Sociológicamente, por otra parte, podría entenderse que algunos tics de la mentalidad navarra en particular, se encuentran íntimamente entrelazados con el carlismo sociológico: sentido de grupo, gusto por lo propio, generosidad y entrega personal, apego a las tradiciones, espontaneidad, sustrato religioso…

Si embargo, en las nuevas generaciones navarras, salvo contadas excepciones, encontramos un pasmoso desconocimiento de la historia y gesta carlistas de sus padres y abuelos.

                En la dinámica de las relaciones humanas, la presencia y compañía generada por unas personas excepcionales, puede materializar, por el atractivo que es capaz de transmitir entre los hombres y a lo largo del tiempo, un movimiento que atraviese un periodo histórico. Esa dinámica elemental está presente y operativa en la transmisión del catolicismo (que cuenta, además, con el concurso determinante y esperanzador del Espíritu Santo); y también lo ha estado en la historia del carlismo.

                No pretendemos polemizar por placer. Pero, ante un fenómeno excepcional que todavía nos “toca”, como es el del carlismo, desde una perspectiva de pertenencia católica, creemos que es posible emitir un juicio cultural que nos permita comprender la realidad actual y, merced a ello, afrontar de forma realista el futuro.

Reflexionando sobre la gesta popular del carlismo, y analizando su peso en la historia de España y de Navarra, no podemos menos que sentirnos agradecidos a todos esos carlistas que lucharon de forma consecuente con sus ideales. Incluso podemos llegar a afirmar que, en buena medida, gracias a ellos, nuestra concreta tradición histórica y religiosa (el catolicismo) nos ha llegado hasta nuestros días de una forma viva, reconocible y tangible. Se trata, en definitiva, de un precioso legado para los navarros de hoy y todos los demás españoles.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 54, febrero de 2002.

Los portugueses que salvaron Etiopía.

En Etiopía radica una de las primeras comunidades cristianas. Aislada durante siglos del resto de la cristiandad, se salvó “in extremis”, en el siglo XVI, de una tremenda ofensiva musulmana gracias al sacrificio de un puñado de portugueses.


Los portugueses en Etiopía.

            A mediados del siglo XVI, una expedición de 400 portugueses, liderados por Cristóbal de Gama (hijo del gran navegante Vasco de Gama), salvó al reino cristiano de Etiopía de la última gran ofensiva musulmana desarrollada por el caudillo Ahmed ibn Ibrahim, conocido como Grañ (“el zurdo”), contra el mismo y, que de no ser por su actuación, seguramente habría acabado con la presencia cristiana en esas tierras.

            Se trata de un episodio histórico muy poco conocido, pero ilustrativo de la fe y el espíritu que movieron a nuestros antepasados.

            Un puñado de portugueses, lejos de su tierra, llegó a Etiopía en 1.541, un país de idioma y costumbres ajenas, testimoniando su fe con su sacrificio y al servicio de un pueblo amenazado de extinción.

            Salvo 150 integrantes de la expedición, el resto murió en diversos combates, pero lograron la supervivencia, providencialmente, de ese  pueblo cristiano que parecía agonizar ante el acoso musulmán y tras siglos de aislamiento. Sus descendientes no regresaron a Portugal. Tomaron mujeres etíopes y formaron un cuerpo de seguridad al servicio del emperador, así como varias generaciones de sus descendientes.

            Todavía hoy permanecen puentes y fortalezas levantadas por esos hombres, que también trabajaron como constructores; mudos testigos de aquella gesta.

            Y en la memoria colectiva del pueblo cristiano, de Cristóbal de Gama, que murió martirizado de la propia mano del gran caudillo musulmán, al haber sido hecho prisionero tras una batalla en la que estuvieron a punto de perecer todos ellos, se conserva un recuerdo de santidad, de perfecto caballero cristiano, proclamando su fe hasta la muerte. Hasta el punto que un patriarca católico, a quien luego mencionaremos, buscó su cuerpo para intentar iniciar un proceso de beatificación; lo que no logró.

 

Etiopía. Hombres, lugares y mitos.

            Etiopía (del griego, “el que tiene rostro tostado”) es un país casi completamente desconocido para España. Su historia, mezclada con la leyenda (recordemos a la Reina de Saba), es antiquísima y extraordinaria.

            Su sufrimiento, especialmente con las hambrunas de los años 70 y 80, ha sido extremo, al igual que su pobreza hoy día.

            Para introducirnos en su fascinante historia, existe un libro, editado ya en 1.990 por la Editorial Mundo Negro.

            Se trata de “Etiopía: hombres, lugares y mitos”, del misionero comboniano Juan González Núñez, rector del seminario católico de la capital etíope durante varios años.

            No se trata de un texto científico, académico, de historia. Pero, a partir de algunos viajes del propio autor, estructura una historia nacional sencilla, sugerente, cuyo elemento central es la presencia cristiana.

            Por las fechas en que está escrito, encontramos una notable laguna que suple, de alguna manera “el libro Negro del comunismo” en lo que se refiere al brutal experimento marxista - leninista de  Mengistu Haile Mariam y que, además de cientos de miles de víctimas, casi supone la pérdida de la entera identidad y conciencia colectiva etíopes (edición de 1.998 de Planeta - Espasa, páginas 767 a 777, escrito por Yves Santamaría).

 

La Iglesia Ortodoxa Etíope.

            Dos monjes sirios, Frumencio y Edesio, iniciaron en el siglo IV la evangelización del reino de Aksum. El primero llegó a ser nombrado obispo por San Atanasio de Alejandría. Pero la cristianización masiva del país se produce con nueve monjes sirios (monofisitas o católicos, aquí las interpretaciones discrepan): “los nueve santos”. A ellos se debe también la traducción del Nuevo Testamento al antiguo idioma etíope “gue´ez”, actualmente lengua litúrgica de la Iglesia Etíope Ortodoxa.

            Cuenta actualmente con 12 diócesis, mas una en Jibuti y otra en Jerusalén.

            Hasta Haile Selassie, dependía esta Iglesia completamente del Patriarca Copto  Ortodoxo de Alejandría, quien nombraba al Patriarca  -“Abuna”- de la Iglesia etíope, generalmente un egipcio que, salvo excepciones, permanecía ajeno a la realidad de su nuevo pueblo.

            En 1.959 es elegido el primer Patriarca de la Iglesia autocéfala de Etiopía, el archimandrita Basilio.

            Con la independencia de Eritrea, la Iglesia de ese nuevo país cortó lazos con la Iglesia madre y se proclamó independiente.

            Cuenta con un clero numerosísimo y poco formado (no existen seminarios), y que es ordenado colectivamente por el obispo a cuantos fieles lo soliciten. Por contra, los monjes cuentan con una mayor preparación  y un gran prestigio.

            La liturgia de esta Iglesia, que cuenta con unos 18 millones de fieles, ha recibido influencias de las tradiciones judías (circuncisión además del bautismo, prescripciones purificatorias, etc), siria y alejandrina, así como algunos elementos folclóricos autóctonos (instrumentos de percusión y danzas).

            El ayuno ocupa una parte muy importante en la práctica religiosa. A lo largo del año los simples fieles ayunan 186 días, y los monjes, 286.

            En Tierra Santa están presentes 6 monasterios etíopes, siendo su presencia -paupérrima- muy antigua: ya en 1.172 el monje Teodorico encuentra en Jerusalen a “nubianos” celebrando oficios en la Basílica del Santo Sepulcro.

            Esta Iglesia nacional precalcedoniense ha quedado, teológicamente, en la terminología arcaica de San Cirilo de Alejandría, rechazando en su día el Concilio de Calcedonia (IV Concilio Ecuménico de la Iglesia, del año 451) por considerarlo -por cuestiones terminológicas- favorable a las teorías de Nestorio.

 

La Iglesia católica en Etiopía.

            Con los portugueses, de los que ya hemos hablado, llegó el catolicismo a Etiopía. Jesuitas y agustinos desembarcaron y llegaron a convertir a primeros del siglo XVII al emperador Sisinios.

            El Papa Urbano VIII nombró, a Alfonso Méndez, Patriarca, pero lo que se ha calificado de “excesos” de la latinización provocó una profunda reacción, expulsando a los misioneros católicos el sucesor de Sisinios: Fasilades. De ese episodio histórico persiste una notable antipatía hacia lo católico, que fue conocido como la “religión de los italianos” (a raíz de la invasión de 1.935).

            Los paúles galos a mediados del siglo XIX llegan a Etiopía, instalándose de la mano de una persona excepcional: San Justino de Jacobis, quien optó por el rito copto-etíope.

            Otros misioneros católicos dejaron una profunda huella, como el Cardenal Massaia.

            Posteriormente, con la conquista de Etiopía por los italianos, llegaron los capuchinos.

            Actualmente los católicos etíopes son entre 150 y 200.000 fieles,  divididos en dos ritos: rito latino y rito etíope.

            Etiopía encara el futuro malherida, hambrienta y con tremendos interrogantes en el horizonte. Pero cuenta con una tradición cristiana viva y una presencia misionera que son primicia de un mañana mejor.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 28, enero de 2000

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