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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

La bendición de Kim Basinger.

La nueva película protagonizada por Kim Basinger aborda, otra vez más, el fenómeno del satanismo. No es una buena película, pero contiene algunos elementos de cierto interés.

 

La última película protagonizada por Kim Basinger.

En su nueva actuación cinematográfica, Kim Basinger encarna a la enfermera Maggie, una mujer separada que lleva una vida tranquila. Su monotonía se rompe cuando reaparece su hermana menor, Jenna, tras varios años de absoluta incomunicación. Toxicómana, esa misma noche le entrega su hija, nacida unos pocos días antes, para que la cuide, lo que hará durante varios años.

La niña, Cody, sufre una especie de autismo, pero las relaciones con su tía son magníficas. Es atendida en una escuela infantil especializada,  dirigida por unas religiosas católicas. Varios años después, Jenna reaparece de la mano de su marido, el dirigente de “nueva comunidad”, ONG que rehabilita toxicómanos y organiza cursos de crecimiento personal para adultos, ¿les suena? “Tu único Dios eres tú mismo”, es uno de sus lemas. Sin embargo, esa organización, que huele a “new age” por todos sus poros, es la pantalla de un peligroso grupo de satanistas.

            Cody tiene poderes. Podría ser una santa, o una maga. Y los satanistas quieren adueñarse de ella para modelarla en sus creencias y hacerla una de los suyos. Su tía, Maggie, “de familia católica, pero no creo en esas cosas”, tomará conciencia de lo excepcional del caso abruptamente. Conocerá a un policía (Jimmy Smits) antiguo seminarista (”hay otras formas de luchar contra él”, confesará a otro policía), especializado en satanismo y que investiga el asesinato de varios niños que tienen una característica común: haber nacido el mismo día que Cody. Los satanistas, descubriremos, los sometieron a pruebas para investigar si se trataban de “el elegido”, y al comprobar que no tenían poderes especiales, los asesinaron.

            Esa es la trama central. Poco original, al menos hasta aquí.

 

Otros aspectos de la película.

            De 107 minutos de duración, está dirigida por Chuck Russell, un cineasta especializado en el género fantástico (Pesadilla en Elm Street 3, La máscara, Eraser).

            La influencia de El exorcista y La profecía en este film es evidente. Pero su resultado final, globalmente, queda muy por debajo de ambas.

            Aburrida en muchos momentos, absolutamente predecible, escasos efectos especiales, su principal activo es, sin duda la siempre interesante –ya avanzando en su madurez física-  Kim Basinger, pero pese a su esfuerzo, no logra imprimir un buen ritmo a la película.

Una actuación secundaria de interés es la protagonizada por la actriz Cristina Ricci, en el papel de una adolescente escapada de “nueva comunidad” que previene a Maggie de los peligros que le acechan.

            En la compleja situación en la que se encuentra, le llegará la ayuda de una de las religiosas de la guardería, consciente de la excepcionalidad de la niña, que tiene una indudable sensibilidad y unas extraordinarias cualidades morales para su corta edad.

            Un sacerdote minusválido, especializado en satanismo y suspendido por el Vaticano (¿acaso por creer en la existencia real de Satanás?), ayudará a nuestra atribulada enfermera, explicándole el alcance de la situación y facilitándole un plan de rescate.

            Pero otros personajes anónimos intervendrán providencialmente en momentos de extremo peligro: auténticos ángeles con rostro humano, parece deducirse, y en aparición casi mística en su intervención final.

 

Algunas reflexiones.

            Ya hemos visto que no se trata de una buena película. Decepciona que Kim Basinger se haya embarcado en un proyecto muy inferior a las cualidades que ha demostrado tener. Pero no por ello vamos a reconocer esos elementos de interés que mencionábamos al inicio.

            En primer lugar, existe, según el argumento, un espacio para lo extraordinario y lo sobrenatural en la vida. Pero al ubicarlo en unas circunstancias absolutamente inusuales, da a entender que el cristianismo apenas tiene que ver con la vida cotidiana. Sin embargo, para los católicos, la vida cotidiana, el trabajo común, la vida en familia y en sociedad, es oportunidad de encuentro personal con Cristo y su Iglesia. En la película se reserva un papel a la Iglesia católica, pero sólo como último refugio, defensa de causas desesperadas y de atención a los más débiles. Encontramos, pues, una proyección de la mayoritaria mentalidad dualista, para la que la religión sólo tiene espacio en el fuero interno o en reducidos ámbitos domésticos o caritativos. Justo lo contrario de lo que es el catolicismo.

            Se aborda, por otra parte, el problema de las sectas en la actualidad, muchas veces camufladas en inofensivas organizaciones que destilan discurso new age hasta la náusea. Y, hoy día, cuestionar la bondad de este tipo de organizaciones es “políticamente incorrecto”; no en vano la nueva espiritualidad ha de ser libre, abierta, ecléctica y plural, y cualquiera puede intuir o liderar un nuevo grupo. Vemos, pues, que la aproximación a esa realidad de la eclosión de todo tipo de sectas y organizaciones pseudo religiosas es muy crítica.

            De ahí, el interés de la película.

 

 


 Anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero de 2001.

El hombre que hacía milagros: una película ¿infantil?

Ya se encuentra a la venta la versión en vídeo de una magnífica película, en principio dirigida al público infantil, sobre la vida de Jesús. Su calidad, técnica y argumental, merece la máxima atención y difusión.

 

Una nueva biografía cinematográfica de Jesús.

            En Estados Unidos ya se estrenó en la Semana Santa de 2000. Llegó a las pantallas españolas en agosto de 2000 y, salvo excepciones, permaneció muy poco tiempo en las mismas.

            Fue acogida de forma muy positiva en la Santa Sede.

            Hablamos de la película “El hombre que hacía milagros”, dedicada a la vida de Jesús, su última biografía cinematográfica, llevada adelante con muñecos de látex animados por el sistema Stop Motion. Esta técnica se combina con la de unos magníficos dibujos animados, que recogen parábolas y otros episodios evangélicos, proporcionando una gran agilidad y un buen ritmo. Su resultado es magnífico y sus contenidos dignos de elogio.

            Producida por Icon Productions, del actor Mel Gibson, se trata de una película que sobresale, por múltiples factores, en el panorama cinematográfico actual.

 

Aspectos fundamentales de la película.

            Habalmos de una película que podemos calificar, sin miedo, como cristiana. Y eso ya es una novedad por sí misma.

El argumento parte de la enfermedad, muerte y el milagro de la resurrección de la hija de Jairo; siendo los personajes que participan en este episodio testigos de buena parte de los sucesos acaecidos en el resto de la película. Fiel a los relatos evangélicos, constituye una magnífica exposición de los aspectos fundamentales de la vida pública de Jesús.

            Es una maravilla técnica, precisa y magníficamente elaborada en torno a un guión estudiado y que constituye una magnífica catequesis católica.

            Se trata de una película realista, pese a la técnica empleada. Los personajes centrales (Jesús, Jairo y su hija, Pedro, Judas, Tomás, Pilatos, etc.) son tremendamente naturales, estando muy bien perfilados sus caracteres. Personalmente, nos ha gustado la parte de la película en que, de una forma muy natural y realista, Jesús se aparece a sus amigos una vez ha resucitado.

 

Algunas reflexiones.

            En la actualidad, la industria del cine vive, en general, de espaldas al cristianismo. Por ello, esta película es una excepción que debe tenerse en cuenta.

            Si, en esta ocasión, hemos traído a las páginas, generalmente muy “serias” de esta publicación digital, una película de características técnicas más orientadas al público infantil, está motivado por esta excepcionalidad.

            Por todo ello, consideramos que no debemos limitarnos a una simple contemplación de la película. Merece la pena apoyarla mediante su adquisición, regalándola y proponiendo su proyección en parroquias, colegios y comunidades.


Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero 2001.

The Body: Antonio Banderas y el “supermercado espiritual”.

            Una nueva película protagonizada por Antonio Banderas, de cierto interés, cuestiona con una intencionalidad nada inocente a la Iglesia católica, apuntando de forma directa a su núcleo. Y todo ello conforme los esquemas predominantes en el pensamiento mayoritario.


Introducción.
            Varias son las películas actuales cuya figura central es un sacerdote católico: Ed Harris en El tercer milagro, Gabriel Byrne en Stigmata y, por último, Antonio Banderas en The Body. Todas ellas dentro de una tendencia a la realización de producciones cinematográficas de contenido esotérico, trama espiritualista, temática “new age”, etc.
            Pero esta película va mucho mas allá de la simple crisis personal y de fe de un sacerdote católico (¿porqué no se lleva al cine la crisis de un pastor evangélico o un mullah musulmán?), apuntando al núcleo central del acontecimiento cristiano (la existencia real de Jesucristo y Su efectiva resurrección), además de cuestionar el papel real de la Jerarquía y de la misma Iglesia católica.

 

El argumento de la película.
Basada en una novela de Richard Ben Sapir, The Body está dirigida por Jonas Mc Cord, siendo rodada en Jerusalén y Roma; destacando en ello su director de fotografía Vilmos Zsigmond (de Encuentros en la Tercera Fase).
El jesuita Matt Gutiérrez (Antonio Banderas), antiguo agente doble del servicio secreto de El Salvador, y cuya vocación se suscita por un sacerdote de la “Teología de la Liberación”, es enviado por el Vaticano a Jerusalén con la misión de seguir de cerca los descubrimientos de una arqueóloga judía (a la que da vida una magnífica Olivia Williams), Sharon, quien ha encontrado el esqueleto de un crucificado. Y, eso es lo inquietante: esos huesos podrían corresponder al propio Jesús, a juicio, incluso, de un dominico especialista en la materia.
            Poco a poco, las diversas pruebas científicas parecen confirmar, de forma casi inevitable, esa preocupante conclusión, que podría tener un impacto brutal en el cristianismo de ser positivas, en particular en la Iglesia católica.
            Este increíble hallazgo se convierte en moneda de cambio del Servicio Secreto judío, que propone al Vaticano la entrega material del descubrimiento arqueológico para que silencie (siendo esa su segura intención) tan preocupante hecho. Y esto a cambio de que el Vaticano reconozca a Jerusalén como capital indivisible del Estado judío.
            Una fracción radical palestina intentará desarrollar el mismo juego. Acción, violencia, dudas de fe, un amor imposible entre el sacerdote y la atractiva arqueóloga israelí; todo ello se mezcla en una trama, algo lenta en algunos momentos (la película tiene una duración de dos horas), que nos proporcionará muchos sustos para, finalmente, desmentir que se trate del cuerpo de Jesús. Se trataría, la explosión final así lo desvela, del esqueleto perteneciente a un joven llamado David, hijo de uno de los primeros cristianos, cuyas coincidencias, físicas y en la muerte en la cruz, con Jesús, son extraordinarias.
            Finalmente, el sacerdote “colgará los hábitos”, redimido en parte por el amor de la joven viuda judía, prosiguiendo, se da a entender al final, la búsqueda de la fe en Jesús, pero libre –tampoco queda claro hasta donde- de las ataduras de la Iglesia.

 

El mensaje oculto.
            La película, audaz en su planteamiento, no cuestiona, aparentemente la historicidad de Jesús, si bien se permite cuestionar por completo a la Sábana Santa de Turín en una escena. Tampoco afirma de forma explícita que sea imposible que haya resucitado.
Pero su planteamiento de fondo es más sibilino, no en vano, en palabras de uno de los protagonistas “la fe no se basa en un sistema racional de pruebas”. Además, tanto para el extremista palestino, como para el propio sacerdote, “Dios no entra en la política”. Por otra parte, lo importante, en boca del jefe del Servicio Secreto israelí, es “una ilusión colectiva de millones de personas que es lo único que tienen en la vida” y, según otro, “Jesús es el iniciador de un movimiento de amor que atraviesa la historia”. Incluso las razones en que basa su fe el sacerdote protagonista son básicamente sentimentales y poco maduras. Con todo ello, y en última instancia, la realidad de la existencia y resurrección de Cristo no parece relevante; parece concluirse de todo ello.
Los guionistas olvidan que para los cristianos “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”.
            El joven sacerdote será consciente –en la película- de la manipulación a la que se ha visto sometido por la jerarquía vaticana, más interesada en la simple continuidad de la Iglesia, que en la misma verdad. Y esa es la acusación que mayor fuerza alcanza en la película.
            No se niega, aparentemente, al cristianismo, pero la conclusión inevitable de la película es que, para que la verdad te libere, hay que liberarse de la propia Iglesia católica, siendo el propio y personal juicio el que decida cómo era y cómo es este Jesús al que se pretende imitar. Y ese planteamiento llevado a sus últimas consecuencias puede derivar en que la propia historicidad de la persona de Jesucristo no es, en última instancia, fundamental, para la continuidad del cristianismo. Un puro ejercicio de voluntarismo, acorde con las tendencias actuales del “supermercado espiritual” propuesto desde el poder dominante, una de cuyas expresiones más llamativas es la llamada “nueva espiritualidad” y los movimientos de la “nueva era”.
            Por todo ello, vemos que el argumento de la película está bien elaborado, pero con una intencionalidad muy concreta: cuestionar a la Iglesia católica en su núcleo fundamental, reduciéndola a una “multinacional” del amor, las buenas intenciones y de la ilusión colectiva. Así, la Iglesia quedaría homologada en el actual supermercado espiritual universal, en el que todo es equivalente y relativo, bien ilustrado por músicas étnicas de moda, terapias y técnicas de superación personal, yoga sexual, etc.

 

Conclusiones.
Sin embargo, creemos que todo este planteamiento es poco humano y escasamente racional.
            El sacerdote abandona, vemos al final del film, la certeza de una Tradición dos veces milenaria, una casa que le ha dado sentido y que le facilitado el encuentro personal con Jesús a través del sacerdote que, por vías insospechadas,  proporcionó rostro a ese acontecimiento. Y todo ello lo aparta al iniciar una búsqueda imprecisa basada en las propias fuerzas y en algo tan etéreo y frágil como el recuerdo de una fugaz pasión amorosa, que no concreta en sus límites las secuencias finales. Tampoco este último aspecto es lógico. Si la verdad y el amor te “libera”, habrá que seguir a esa verdad y ese amor. No se entiende, por ello, que su relación con Sharon quede en un “allí donde yo vaya te llevaré en mi corazón”. Un final tan etéreo, abstracto y superficial como el papel que esta película pretende conceder a la Iglesia.
            No es humana la alternativa propuesta vagamente en la película, una propuesta que predomina en la mentalidad actual, impulsada desde el poder y el pensamiento dominante. Esa propuesta “espiritual”, relativista y etérea, deja sólo al hombre frente al Misterio, incapaz por lo tanto de concretar en rostros reconocibles y carnales, en certezas palpables, la suprema promesa, hecha realidad en una concreta compañía humana, de Jesucristo,  encarnado y reconocible en la comunidad de sus amigos: la Iglesia. Fuera de esa compañía humana, fuera de la Iglesia, Jesucristo se convierte en una ilusión, en un proyecto. Y ello no satisface, realmente, las exigencias de verdad que alberga el corazón de todo hombre.

 


 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 41, enero de 2001

Steven Spielberg en ruta hacia El Dorado.

Una película infantil, proyectada en los cines de gran parte del mundo en las pasadas fiestas navideñas, refleja una imagen errónea, hecha a base de tópicos, sobre los conquistadores españoles. Pero también contiene algunos elementos de cierto interés.
Introducción.
            Steven Spielberg mediante su productora DreamWorks SKH, especializada en el cine de animación y los efectos especiales, se encuentra enzarzado en una dura pugna con la Disney por la obtención del liderazgo en este tipo de producciones, mayoritariamente dirigidas al público infantil; un segmento de progresiva mayor capacidad de consumo en el mundo desarrollado, de la mano de sus padres y familiares más directos.
            El producto cinematográfico lanzado estas pasadas fiestas navideñas por esta factoría, y proyectado en buena parte del mundo, ha sido “La ruta hacia El Dorado”, una película en la que confluye la acción y el humor, el exotismo y la magia, la animación más perfecta y la música; todo ello sobre una discutible base histórica. Ha sido recibida con buenas críticas que avalan, en su mayoría, el juicio descriptivo anterior, considerando que la película está caracterizada, en sus aspectos formales y argumentales, como una producción equilibrada, mezcla de musical y película de aventuras.
            Una magnífica banda musical elaborada por músicos de primera magnitud (Elton John) y versionada al español por el cantante Sergio Dalma, jalona los acontecimientos fundamentales de la película (89 minutos de duración), tal como ya se hiciera en otra extraordinaria producción de DreamWorks SKH, “El Príncipe de Egipto”; todo ello en la línea de la mayoría de estos productos dirigidos al público infantil.
            Sin duda el consumismo cinematográfico ha llegado a este público. Antaño, a lo sumo, era presentada una película de animación al año por la Disney. En la actualidad son varias las productoras enzarzadas, en esta lucha por la captación del público infantil, que lanzan no una, sino dos y hasta tres películas por año. Y tales películas están acompañadas por todo tipo de productos complementarios, toda una parafernalia accesible merced a un sustancioso desembolso económico, que encontramos en establecimientos especializados, hipermercados e, incluso, tiendas de “descuento”.

 

El argumento de la película.
            Hacia 1519, dos pillos españoles, Tulio y Miguel, huyen de unos marinos a los que han timado en un juego, gracias a unos dados trucados, y de los que han obtenido un mapa que, presuntamente, puede dirigirles a la mítica ciudad de “El Dorado”. En la huida, accidentalmente, se embarcan en un barco de la expedición de Cortés (suponemos que se refieren a Hernán Cortés, conquistador de Méjico). Este histórico conquistador español nos es dibujado con una enorme figura, sombría y temible, un líder guerrero que en su arenga al pueblo que les despide al inicio de su expedición, en el puerto andaluz de partida, la finaliza con los gritos: ¡Por España!, ¡Por la gloria!, ¡Por el oro! Primer tópico: el oro como motor real de la conquista.
            Nuestros simpáticos protagonistas (de una increíble expresividad para tratarse de dibujos animados, a los que dan voz Jorge Pons y Joel Joan) lograrán zafarse de Cortés y llegarán a las costas del nuevo mundo. Una vez allí, tras algunas peripecias, son recibidos por los amerindios de la ciudad de “El Dorado”, que descubrirán gracias a ese mapa; aislado enclave únicamente accesible a través de un peligroso río subterráneo, oculto por una enorme cascada. Los habitantes de El Dorado, no dudarán, por la mera coincidencia gráfica de una profecía grabada en roca, en considerarles dioses.
            Advertidos de la confusión, Tulio y Miguel intentarán comportarse como tales, si bien su último objetivo sigue siendo hacerse con la mayor cantidad de oro e intentar regresar a España. En ese proyecto, una indígena a la que salvaron, pues había robado oro de un templo en un intento de escapar de El Dorado y conocer otras realidades, la inteligente y sensual Chel (a la que pone voz nuestra internacional Victoria Abril), se convertirá en su principal apoyo, unidos en una peculiar comunidad de intereses. Otro apoyo inesperado será el proporcionado por el cacique local, enfrentado a un cruel sumo sacerdote para el que los sacrificios humanos son la mejor manera de agradar a los dioses (a los del “más allá” y a los recién llegados).
            En la interpretación y en los límites de su papel como dioses, Tulio y Miguel chocarán. Uno de ellos se inhibe ante lo que ocurre, siendo el objetivo inicial –el oro- su única obsesión. Por el contrario, el otro pillo conocerá y tratará con las amables gentes de El Dorado, llegando a  acariciar la idea de permanecer entre ellos hasta el final de sus días, considerando que allí podría ser feliz.
            Defenestrado el sacerdote, accidentalmente se pondrá al servicio de Cortés, quien con su ejército amenaza El Dorado; pero gracias a un ingenioso plan ideado por los pillastres, sellarán el acceso a la mítica y feliz ciudad, arruinando a la vez sus respectivos sueños de oro y felicidad, respectivamente, en aras de un bien superior.

 

Algunas reflexiones.
            En la canción inicial de la película se dice que El Dorado era lo más parecido al mítico Edén, aunque paradójicamente descubramos, conforme avanza la película, que en ese paraíso es práctica habitual la realización de sacrificios humanos rituales.
            En ese sentido queda claro en la película que, hasta la llegada de los españoles, los sacrificios rituales humanos, que repugnan a nuestra conciencia moderna tanto como a la de nuestros antepasados (católicos españoles, no lo olvidemos), eran una práctica asumida por la mayoría de los pueblos y civilizaciones amerindias, de dimensiones monstruosas en muchos casos, y que desapareció con la “conquista”. Al menos este aspecto de la película es positivo, pues dos pillos, que viven del chanchullo y el engaño, merced a su indudable formación cristiana y a la mentalidad que la pertenencia a un pueblo religioso y cristiano les había proporcionado, son capaces de afrontar esa terrible situación desde la acción, haciendo prevalecer una moral natural avivada por su fe, por encima de sus propios intereses.
Otro aspecto positivo es el mestizaje, característico de la conquista española en contraste la práctica de anglosajones, alemanes y franceses, que anticipa la película en la relación amorosa surgida entre la peculiar Chel y el más pragmático de nuestros pillos españoles. Otro ejemplo más de la mentalidad abierta, incluso “humanista”, de los conquistadores españoles, que es recogido en la película.
            Pese a los aspectos positivos anteriores, en contraste con otras películas de este productor en las que destaca por su fidelidad histórica, vemos que hay algunas lagunas importantes. No es comprensible la ausencia de cualquier referencia al cristianismo, salvo la simbólica de las cruces pintadas en las velas de los barcos de la expedición de Cortés.
            La figura de Cortés es sombría y temible, ya lo hemos dicho. Es descrito en unos breves trazos, como un jefe militar implacable al que mueve el oro fundamentalmente. Sin duda ello constituye la gran falsificación de la película, que asume las teorías al uso “políticamente correctas” y los tópicos mayoritarios. Aquí se olvida, por completo, el motor religioso de la conquista de las Indias por los españoles, un pueblo de mentalidad íntegramente católica, para el que toda actividad pública y privada tenía una indudable referencia moral y un concreto y práctico sentido de la eternidad desde la experiencia cristiana.
            No por estas consideraciones vamos a dejar de ir a ver esta película con nuestros hijos, pero es importante explicarles estos aspectos. Y será un ejercicio de fidelidad histórica, así como de caridad cristiana, alegar estas razones en cualquier conversación que se presente con familiares o compañeros de trabajo en la que salga a relucir esta película.
            En la película del mismo productor, El príncipe de Egipto, los personajes están mejor perfilados, sus descripciones son más precisas y en el desarrollo de la película se evidencian las concretas convicciones religiosas de Steven Spielberg. Seguramente, valor para reconocer la realidad objetiva de los hechos y convicciones han faltado, en esta película, para que su resultado fuera del todo fiel a la realidad histórica.

 

 


Anotaciones de pensamiento y crítica,
Nº 41, enero de 2001.

La resistencia armada carlista al franquismo.

     Una novedad editorial, en la que se realiza una aproximación histórica a un grupo armado carlista opositor al franquismo, ha pasado casi desapercibida en el panorama librero español. Se trata del primer estudio, de una cierta amplitud, dedicado a la resistencia armada carlista al régimen de Franco.

 

Un nuevo texto de Javier Onrubia Rebuelta.
La madrileña MAGALIA ediciones tiene una colección de libros, denominada Biblioteca Popular Carlista, dirigida por Javier Onrubia Rebuelta. Precisamente, escrito por su director, ha editado el breve texto “La resistencia carlista a la dictadura de Franco: los Grupos de Acción Carlista, G.A.C” (Madrid, 2ª edición, marzo de 2001).
Con una extensión de 140 páginas, constituye el estudio, hasta el momento, de mayor extensión realizado sobre esta expresión extrema de la evolución ideológica experimentadas en los años 70 por algunos sectores del carlismo, en concreto, vinculados al autodenominado Partido Carlista.
De pequeño tamaño, con numerosas erratas que llegan a hacer molesta su lectura por su reiteración, dedica 80 páginas al estudio elaborado por el autor, recogiendo el resto un anexo documental de textos de los propios G.A.C. y una breve bibliografía relativa al grupo.
Los Grupos de Acción Carlista nacen en el seno de un carlismo en rápida evolución doctrinal y en crisis, en el que impactan ideologías progresistas sustento de quiénes pretendían la sustitución del franquismo por una democracia avanzada. Este grupo, que no parece llegara a tener una estructura rígida ni especialmente jerarquizada, combinó las formas típicas en aquellos años de acción política (panfletadas, pintadas, etc.), con otras propias de la “acción armada”.
El autor, director de los Cuadernos de Historia del Carlismo que él mismo edita, divide su estudio en varios capítulos: el nacimiento de los G.A.C., su ideología, sus formas de propaganda, las relaciones con E.T.A., acciones, el fin de los G.A.C.
En la pequeña reseña del autor, que incorpora la solapa del libro, se le define, a la vez que recoge otros aspectos biográficos, como especialmente interesado por el movimiento argentino “Montoneros”, siendo miembro de las Comunidades Cristianas de Base de Madrid. Y con ello proporciona, creemos, algunas claves para entender el contenido y orientación del texto, que puede desconcertar en algunos aspectos por la aparente mezcla de conceptos propios de corrientes ideológicas contrapuestas.
Con el carlismo evolucionado y radicalizado, que describe en el texto, apenas podría identificarse buena parte del pueblo carlista. No entraremos, de todas formas, en cuestionar la legitimidad de uno u otro sector en pugna, desde los años 70, del carlismo, pero es indudable que los Grupos de Acción Carlista nacieron en su seno. Y ello en unos momentos muy precisos de la historia de España, constituyendo, tal vez, expresión de la profunda crisis y transformación que se vivía, tanto en su sociedad, como en el carlismo y en la misma Iglesia católica.
Las declaraciones ideológicas realizadas por los G.A.C., grupo calificado, en uno de los testimonios recogidos por el autor, como “carlomaoísta”, recogían convicciones antifranquistas, socialistas, federalistas, democráticas, autogestionarias y republicanas. El autor considera, en ese sentido, que se trataba de un grupo socialista democrático, alejado del de la URSS, abierto al socialismo utópico y las “nuevas ideas del Vaticano II”. Su fraseología podía, en algunos momentos, confundirse perfectamente con la de grupos propiamente marxistas, recordando en algunos momentos, casualmente, a la empleada por los Montoneros en Argentina y por otros movimientos radicales de todo el mundo.
Echamos de menor una mayor extensión del trabajo aquí presentado, quedando pendiente la aclaración y mayor profundización en algunos aspectos de la breve historia de los G.A.C.: circunstancias concretas de su fundación, relación orgánica con la jerarquía del Partido Carlista, algunas acciones armadas, y una concreción en las relaciones del grupo con ETA. Pero, viviendo alguno de sus antiguos integrantes, es comprensible la discreción del autor al tratar aspectos muy delicados, todavía, hoy.
Otros aspectos son estudiados de forma categórica y superficial, tratamiento al que no es ajeno, pensamos, el apasionamiento causado por las convicciones del autor. Con esas limitaciones, el texto tiene interés: por ser casi único en la investigación histórica de los G.A.C., por plantear con realismo el impacto de la crisis de los años 60 y 70 en el carlismo y con él, en toda la sociedad española, por ser testimonio concreto de la eclosión vital  y social de esos años decisivos.

 

Los montoneros.
Se puede establecer algún paralelismo entre los carlistas de los G.A.C. y esos montoneros por los que el autor muestra simpatía: la presencia de numerosos cristianos en sus respectivos orígenes, su ideología y práctica socialista, enraizar ambos en un movimiento popular (carlismo en España, peronismo en Argentina), la recepción muy particular de ideas impulsadas desde el Vaticano II, el impacto de las corrientes anticoloniales, marxistas y progresistas, etc. No se trataría de dos casos aislados; ambos constituirían expresión de un fenómeno de mayor envergadura, pudiéndoseles relacionar en su evolución e historia con otras realidades tales como la presencia de sacerdotes en diversas guerrillas latinoamericanas, algunas expresiones de la Teología de la Liberación, etc.
Peca de cierta ingenuidad en algún momento, incurriendo en fáciles declaraciones doctrinales, sin profundizar suficientemente en algunos casos. Tal vez en todo ello pesen esa simpatía por el movimiento montonero. Por ello, recomendamos, a los interesados en esa guerrilla argentina los siguientes libros que descubren, con una documentación impresionante, su verdadera naturaleza: “Soldados de Perón: los montoneros”, de Richard Gillespie (Buenos Aires, 1987. Editorial Grijalbo Argentina. 372 páginas) y “Montoneros. Final de cuentas”, de Juan Gasparini (Buenos Aires, 1.988. Puntosur editores. 264 páginas).
Ambos textos son complementarios. Nos descubren, con una fuerza y un dramatismo excepcional, la naturaleza y evolución del movimiento montonero. De indudables orígenes cristianos y populares, dentro de la gran corriente del peronismo, evoluciona rápidamente absorbiendo corrientes ideológicas ajenas: marxismos, anticolonialismo, progresismo de raíz católica, anticapitalismo, etc. Pese a su fraseología y su programa, montoneros evolucionó hacia un tipo de organización personalista, autoritaria, que funcionaba a golpe de cálculo estratégico de base teórica marxista leninista, perdiendo contacto con la realidad; características en las que seguramente influyó la tremenda represión que sufrió y que supuso la inmolación de una militancia juvenil idealista y entregada.

 

Alguna conclusión.
Los Grupos de Acción carlista no llegaron a tanto, pero en su historia anidaron las mismas semillas, salvando las distancias, que en los montoneros.
Para algunos, este carlismo evolucionado y radical no merece tal nombre, tratándose de una grave distorsión. Para otros, por el contrario, se trató de la expresión más audaz de un movimiento popular renovado y abierto a las nuevas ideas. En cualquier caso, la realidad histórica de este grupo encarna una profunda crisis que se manifestó, merced al impacto de ideologías eclosionadas en el “sesentayocho”, en sustanciales cambios sociales acaecidos, además de en el carlismo, en múltiples sectores y ámbitos de la vida española y mundial: la familia, la articulación popular, los valores predominantes, la presencia pública de los católicos, el papel de la Iglesia católica.

 

Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 46, 2/2001

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 47 - 48, julio – agosto de 2001

Reproducido parcialmente en Ahora Información, Nº 52, julio – agosto de 2001

Manuel Azaña y la guerra de 1936. Un libro políticamente incorrecto.

     En su nuevo libro, el historiador Federico Suárez reflexiona en torno a la figura política y humana de Manuel Azaña. También lo hace respecto a la naturaleza de la guerra civil española. Un libro de gran interés que respeta los datos y las fuentes históricas.

 

Introducción.
            Ediciones RIALP ha lanzado a las librerías un nuevo título del historiador Federico Suárez titulado “Manuel Azaña y La guerra de 1936” (Madrid, 2000).
            De formato pequeño, letra grande y cuidada presentación, este volumen recoge dos estudios independientes, aunque estrechamente relacionados por la temática desarrollada; no en vano Manuel Azaña fue una figura fundamental en la Segunda República española que antecedió a la guerra civil.

 

Manuel Azaña.
            En el primero de los dos ensayos de este libro, el autor reflexiona en torno a la figura de Manuel Azaña a partir de hechos históricos documentados y datos objetivos. El empeño del historiador es claro: prestar más atención a la realidad que a las palabras.
            Es un estudio breve, de unas 180 páginas. Agrupa un total de 10 capítulos, siendo el primero una introducción. Los posteriores capítulos están centrados en diversas épocas de su vida pública, siguiendo un recorrido cronológico y vital.
            Azaña es desmitificado. Se nos descubre como un personaje de particulares características: engreído, desdeñoso, soberbio, orgulloso, oportunista. Uno a uno, los mitos construidos en torno a su figura caen deshechos. Su papel en el Ateneo de Madrid, el salto a la política, su papel real en la caída de la monarquía (permaneció escondido durante tres meses hasta el mismísimo 14 de abril), su protagonismo en la configuración de la República, el papel decorativo desempeñado como Presidente durante la guerra civil; todo ello queda en su justa dimensión, una vez puestos en evidencia los hechos auténticos que acontecieron.
            Pero no por ello dejan de destacarse sus virtudes, que también las tenía: su formación literaria, su labor en el Ateneo, etc.
            El autor nos demuestra que Azaña se rodeó de gente poco capacitada, cuyo principal activo era su amistad personal, lo que repercutió directamente en las concretas labores de gobierno durante el primer bienio republicano.
Como Presidente de la República, se pone en evidencia el papel decorativo al que, progresivamente, va reduciéndose su figura, siendo Azaña dramáticamente consciente de ello, manifestando en diversos testimonios una impotencia patética..
            Y una faceta como político que queda cuestionada es la de su   producción ideológica, que no parece superara las grandes y genéricas afirmaciones, buscando el efecto e impacto inmediato ante las masas.
            Destaca, a partir de rigurosas fuentes documentales, un hecho decisivo en el final de la vida de Manuel Azaña, conocido pero silenciado, que molesta a sus biógrafos oficiales: su conversión al catolicismo en las últimas semanas, cuando ya no tenía papel que representar en el “teatro del mundo”. Aquí su figura se engrandece, aferrándose a sus últimas y clarificadoras palabras: “Jesús, piedad, misericordia”.
            La figura política y humana de Azaña es desvelada, en este texto, sin máscaras. Sería conveniente que los “azañistas” de nuevo cuño estudiaran este libro, para ser conscientes con ello de los límites de este político, al que se remiten, como base del proyecto ideológico que pretenden aplicar en la España de nuestros días.

 

La guerra de 1936.
            En la segunda parte del libro, a partir de unos artículos publicados con anterioridad en la revista de pensamiento Razón Española, reflexiona sobre diversos aspectos de la guerra civil española, fundamentalmente en lo que respecta a su naturaleza.
            Especial importancia atribuye al carácter religioso de la guerra civil, al que dedica varios capítulos: el término “Cruzada”, la Carta colectiva de los Obispos españoles de 1 de abril de 1937, la polémica entre el lehendakari José Antonio Aguirre y el cardenal Gomá.
            Tres breves capítulos son los dedicados a las causas de la guerra civil. En el primero reflexiona en torno a la actitud del ejército de África y su invocación al objetivo de “restablecer el imperio del orden dentro de la República”, lo que evidenciaba, a su juicio, el total deterioro de la convivencia ciudadana en los meses previos al alzamiento, constituyendo  factor desencadenante del mismo.
            En el tercero de estos capítulos se sacan a relucir algunos datos que apuntan hacia la preparación de un golpe de estado por parte de socialistas y comunistas, al que se adelantó finalmente el alzamiento militar y cívico.
            El último capítulo, titulado “dos actitudes ante el tema”, reflexiona acerca de los numerosos libros publicados en torno a la guerra civil, de pretensiones históricas, denunciando el afán doctrinario y poco histórico de los más difundidos, mientras que estudios muy rigurosos han encontrado dificultades en su edición y distribución. A título de ejemplo reproduce las cifras, que han publicado algunos historiadores, relativas al número real de víctimas mortales del bombardeo de Guernica y otras circunstancias relacionadas con el mismo. Tales historiadores han afirmado que se trata de varios miles, pero esas cifras no se apoyan en fuentes documentales de ningún tipo. Por contra, el experto Jesús Salas Larrazábal las reduce considerablemente, basándose en fuentes escritas del momento.
            Este libro es muy oportuno ante la inflación de textos dedicados a la guerra civil y la Segunda República, tendenciosos y preconcebidos en su orientación y conclusiones muchos de ellos. El texto puede ayudar a desarrollar un sentido crítico antes los mismos, al realizar consideraciones y exponer reflexiones muy interesantes y meditadas aunque, tal vez, “políticamente incorrectas”.
Un libro para estudiar y tener muy presente.

 

Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 46, 2/2001

La Falange Nacional de Chile: entre el corporativismo católico y la democracia cristiana.

     La Democracia Cristiana de Chile es un partido político, de antigua tradición e interesante historia, que arranca del corporativismo católico y se incorpora, progresivamente, a la corriente política predominante entre los católicos después de la segunda guerra mundial.

 

            El politólogo José Díaz Nieva ha escrito un magnífico libro, editado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, titulado Chile: de la Falange Nacional a la Democracia Cristiana (Madrid, 2000), en el que estudia a esa fuerza política fundamental en la historia de Chile a lo largo del siglo XX.
            El texto se basa en la amplia tesis doctoral, elaborada con anterioridad por el autor, Los orígenes de la Democracia Cristiana en Chile: la Falange Nacional, presentada en la Universidad Complutense de Madrid, en la que obtuvo la máxima calificación en 1993.
            La Falange Nacional nace, en 1934, como consecuencia de la petición efectuada por la Jerarquía católica a los jóvenes estudiantes de la ANEC (Asociación Nacional de Estudiantes Católicos) y a los teóricos de la Liga Social para que se implicaran en política en defensa de los valores católicos.

 

La Falange Nacional.
            Durante los primeros 5 años de vida, su historia se superpone al Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora, las recreadas juventudes del Partido Conservador a las que dieron vida los estudiantes católicos de la ANEC, que renovaron, no sin polémica, a ese histórico y petrificado partido.
            Posteriormente, la Falange Nacional iniciará andadura propia, abandonando las filas conservadoras, aunque no pasó de ser un partido de minorías selectas, con una gran organización, buenos pensadores, cierta influencia social y una afiliación que no parece superara los 20.000 militantes.
            Es en 1957 cuando, junto a otras fuerzas de matriz social-católica, formará la Democracia Cristiana, constituyendo su núcleo rector, ejercitando una gran influencia en la marcha futura del nuevo partido.
            Ya el nombre, Falange Nacional, induce a reflexiones y a una línea de investigación sobre sus posibles vinculaciones con la Falange Española. El autor nos revela que dos han sido las interpretaciones al respecto. La primera de ellas considera que se eligió el término “falange”, al calificar a la juventud conservadora como uno de los “dedos” del Partido Conservador. Así, tales autores, buscarían deslindar este partido de cualquier relación con Falange Española, considerando que sus fuentes doctrinales serían otras. Para otros autores, al contrario, existen influencias evidentes de carácter doctrinal, simbólico y retórico. En cualquier caso, su ideología, por aquel entonces, podría enmarcarse en líneas generales dentro de la corriente del corporativismo católico derivado de las encíclicas papales de temática social, más que en cualquier forma ligada al incipiente fascismo. De todas formas, Falange Nacional, dentro de las corrientes del momento, recibe influencias procedentes de varias concepciones ideológicas. En la recepción de esas novedades doctrinales, fue determinante el viaje realizado por Europa, con ocasión de la celebración en Roma del Congreso Iberoamericano de Universitarios Católicos en 1933, por parte de varios futuros dirigentes de la Falange Nacional: Eduardo Frei y Manuel Antonio Garretón. Pudieron escuchar a Benito Mussolini, asistir a clases de Jacques Maritain en París, contactaron con las potentes e innovadoras organizaciones católico – sociales de Bélgica (no está aclarado si llegaron a conocer a León Degrelle, fundador del REX y responsable entonces del departamento de prensa de la Acción Católica belga), viajaron a España donde trataron a Gil Robles y contactaron con Renovación Española y FE de las JONS. El autor nos recuerda, además, que un escritor español que ejerció notable influencia, en la incipiente Falange Nacional, fue Ramiro de Maeztu con su Defensa de la Hispanidad, lo que se refleja en el hispanoamericanismo como una de sus señas de identidad más acusadas.

 

El libro de José Díaz Nieva.
            Con una extensión de 250 páginas, el texto dedica especial atención, en su primer capítulo, a los ricos antecedentes históricos, doctrinales y eclesiales de la Falange Nacional, así como del restante espectro social -  cristiano del momento.
            La historia y evolución de Falange Nacional es objeto de estudio en el segundo capítulo del libro.
El tercer capítulo, relativo a la organización y estructura falangistas, ocupa buena parte del libro (el apartado aplicado a su organización interna suman 40 magníficas páginas), dedicando un cierto espacio a las publicaciones falangistas chilenas y a sus escritores.
            El capítulo cuarto es el dedicado a la ideología de Falange Nacional, centrándose en varios aspectos fundamentales. Son muy interesantes las consideraciones que hace en torno a su postura ante el comunismo, en particular con ocasión de su negativa a apoyar la Ley para la Defensa Permanente de la Democracia promulgada el 3 de septiembre de 1948, oponiéndose con ello a la ilegalización del Partido Comunista, pues los falangistas chilenos consideraban que la lucha frente al comunismo consistía en “traer soluciones mejores que las comunistas”.
            Igualmente interesante es el apartado dedicado a las relaciones con la Iglesia católica, cuya Jerarquía condenó la posición falangista ante el comunismo.
            El aspecto más estudiado aquí, dentro de la ideología de la Falange Nacional, es el corporativismo, que evolucionará, progresivamente, hacia un concepto distinto, el comunitarismo, en transición hacia la Democracia Cristiana. Para el autor está claro que, en esta faceta del corporativismo, las influencias fascistas son evidentes. Pero, creemos nosotros, para un desarrollo teórico corporativista era suficiente recurrir a fuentes doctrinales específicamente católicas, cuyo modelo arranca de la Edad Media, tal como el mismo autor menciona.
            Los anexos son de notable interés: los 24 puntos fundamentales del partido, Directivas, evolución del voto, los representantes en el Congreso y un breve cancionero.
            El libro, pese a estar centrado en la Falange Nacional, nos asoma, de forma privilegiada, sobre aspectos generalmente poco conocidos, por el lector español, de la realidad política e histórica de Chile: el “padre de la patria” Diego Portales, el sistema de partidos en Chile  y la evolución doctrinal e ideológica de los mismos.
            En cualquier caso, asombra ver como en Chile, país laicista y de gran tradición masónica, la labor de la Iglesia alcanzó semejante penetración en su sociedad, siendo capaz de generar novedosas formas asociativas de voluntad misionera y transformadora, movilizando numerosas voluntades, entre las que destacan algunos políticos e intelectuales que han sido determinantes en la historia reciente de Chile.
            Un ejemplo para reflexionar y más motivos para conocer y estudiar el libro que aquí comentamos.
Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 45, 1/2001

Navarra y el nacionalismo vasco: un nuevo libro sobre la identidad de la Comunidad Foral.

     ¿En qué factores radica la identidad de Navarra? La respuesta es fundamental, más cuando desde el nacionalismo vasco se identifica al componente “vasco” de Navarra como columna vertebradora, no sólo de esta Comunidad Foral, sino del proyecto hegemónico de Euskal Herria.

 

Introducción.
            Un reciente libro estudia la identidad de Navarra a partir de aspectos fundamentales de su historia, en particular sus orígenes, y de los pensadores que han reflexionado en torno a los rasgos diferenciadores de este territorio. Se trata de “Navarra y el nacionalismo vasco; ensayo histórico-político sobre las señas de identidad originaria del Viejo Reino” (Biblioteca Nueva, Madrid, 2001), obra del historiador José Manuel Azcona Pastor y del que fuera Secretario General de la Diputación Foral de Navarra, Joaquín Gortari Unanua.
            No es un libro destinado a lectores especializados, pero no por ello se trata de un texto superficial; muy al contrario, es complejo en su trama, cargado de datos, con unas pretensiones globalizadoras en su intento de comprensión de la “navarridad”. Inevitablemente, tales reflexiones deben hacerse, en ocasiones, desde una posición dialéctica ante las afirmaciones de los nacionalistas vascos, de ahí su título. No en vano algunos de los primeros teóricos del nacionalismo vasco eran navarros que consideraron que Navarra sólo podría ser ella misma en un marco más amplio: Euskal Herria. Pero es paradójico que, por ejemplo, un Fray Evangelista de Ibero, capuchino, integrista, sabinista sin complejos lo calificaríamos hoy, encuentre sus seguidores más acérrimos entre los anticristianos marxistas hipercríticos de Herri Batasuna.
           
La identidad de Navarra.
            Los autores asumen a Ángel Martín Duque cuando éste determina los signos de Navarra, tal como los manifiesta a su juicio la historiografía desde el siglo X, a saber:
1.      Identidad cristiana de Navarra.
2.      Conciencia de identificación con el solar nativo, conservado como Reino.
3.      Edificación progresiva de un sistema particular de gobierno de naturaleza pactista.
4.      Conciencia colectiva de integración en el marco general de España.
Cristianismo, Fueros, un espacio físico muy concreto y vinculación indudable con España son, por lo tanto, los caracteres que identifican a Navarra como ente histórico diferenciado y autónomo dotado de una fuerte personalidad, pero no por ello, ajeno a empresas superiores.
Este carácter, sedimentado en una conciencia y unas Instituciones características, ha sufrido múltiples agresiones, si bien los navarros han salido airosos hasta la actualidad: tendencias uniformadoras en época de los Borbones, la crisis vivida tras la primera guerra carlista, nacionalismo expansionista de los vecinos que profesan esa fe separatista, etc. Pero Navarra siempre ha encontrado defensores de su identidad: entre los legisladores de las Cortes de Cádiz, entre los propios liberales navarros que ante la situación generada por las guerras carlistas no dudaron en defender la esencia de la personalidad navarra y, también, entre los políticos demócratas que en la actualidad encabezan hoy día la resistencia ante las continuas ofensivas nacionalistas.

 

Estructura del libro.
            El volumen tiene una extensión de 328 páginas de amplio formato.
            A la breve introducción, que es un magnífico alegato de la particularidad navarra a través de los siglos, le siguen nada menos que 10 capítulos.
            El primero de ellos (“Los hitos”) está dedicado a enmarcar el problema de Navarra: narraciones de viajeros, su imagen popular, las pretensiones políticas de los nacionalistas vascos, etc.
            En “Los vascones conquistan Vasconia”, se expone de forma muy clara y pedagógica la realidad de los orígenes históricos de este territorio y su relación con la potencia civilizadora romana.
            El capítulo III, “Dos tierras distintas y un solo reino verdadero”, nos traslada a las viejas crónicas navarras, sus Instituciones y símbolos diferenciadores. Estudia también las relaciones con várdulos, caristios y autrigones, pueblos celtas vasconizados por navarros y cuyos sucesores reinventan idealmente un pasado acorde a su proyecto hegemónico separatista.
            A lo largo de casi 30 páginas, en el capítulo titulado “La Unión inexistente”, descubre la historia de los proyectos fracasados de un Estatuto de Autonomía único para Navarra y las provincias Vascongadas acaecida en la Segunda República Española.
            La conciencia social” es el capítulo dedicado al desarrollo de la conciencia fuerista en los siglos XIX y XX y la aparición de defensores de otros proyectos, caso del nacionalismo separatista vasco, también en Navarra.
            A lo largo de casi 100 páginas se aportan un total de 36 pequeñas biografías de escritores y políticos, cuyo nexo es su navarridad y fuerismo, aunque de posiciones ideológicas encontradas. Aquí desfilan: Pascual Madoz, Joseph Agustín Chaho,  Arturo Campión, Francisco Navarro Villoslada, Serafín Olave, Miguel de Orreaga, Víctor Pradera, el conde de Rodezno, Rafael García Serrano, Rafael Aizpún Santafé, Rafael Gambra Ciudad, etc. Hay que reconocer el tremendo esfuerzo de objetividad de los autores en este capítulo, pues no han tenido problemas en agrupar en esta serie a carlistas, nacionalistas vascos, fueristas católicos, liberales, falangistas, etc. De todos ellos destaca Víctor Pradera, como autor de algunos de los conceptos y argumentos modernos del navarrismo frente al separatismo vasco. Este pensador tradicionalista (sobre el que recientemente ha salida a luz una biografía escrita por el profesor José Luis Orella, BAC, 2000) también tiene un espacio importante en la investigación histórica, en concreto en lo que respecta al papel de Fernando el Católico y a la incorporación de Navarra a España. Denuncia al espíritu agramontés (partido medieval contrario a esa unión) como ajeno a la navarridad y antecedente remoto del actual nacionalismo vasco.
            “Las tribulaciones del nacionalismo vasco y el falseamiento del pasado”, es el expresivo título dado al capítulo séptimo dedicado a Sabino Arana (quien apenas escribió sobre Navarra), sus sucesores y la evolución del nacionalismo vasco en Navarra, que nunca ha superado en votos un 18% del total de los emitidos.
            La identidad a través del arte”, se repasa en el capítulo VIII, con especial atención a la pintura y arquitectura.
            Campos del espíritu” es el magnífico capítulo dedicado al estudio del sustrato cristiano de Navarra. En estas páginas se refleja la asombrosa historia que ha generado unas obras personales y colectivas admirables, de las que todavía los navarros de hoy día nos sentimos tributarios. Un total de 30 páginas que saben a poco pero que son un esfuerzo de concreción y reconocimiento desde un realismo sin apenas complejos.
            El último capítulo es el titulado “El Régimen foral de Navarra”. En él se repasan con cierto detenimiento los orígenes, evolución, supervivencia y adaptación progresiva de las leyes específicas de Navarra, concretadas en LOS FUEROS, monumento vivo de la identidad navarra. Los contenidos de este capítulo debieran difundirse por otros cauces, pues en muchos casos son los propios navarros grandes desconocedores de la realidad de esta seña fundamental de su identidad colectiva.

 

Algunas reflexiones.
            Cuando en un artículo anterior comentábamos el libro de Jaime Ignacio del Burgo “El ocaso de los falsarios” (número 42 de esta publicación), echábamos de menos en el mismo una consideración más elaborada de las señas de identidad del Reino de Navarra y, en particular, el casi inexistente espacio dedicado a la inseparable relación entre el cristianismo y Navarra. En este denso texto, tales lagunas se colman sobradamente y, por ello, ambos textos son complementarios.
            Este libro es tributario, lo reconocen los propios autores, de una magna obra presente en las librerías navarras desde hace unos años: “Signos de identidad histórica para Navarra”, un trabajo colectivo editado magníficamente por Caja de Ahorros de Navarra (Pamplona, 1996). Pero tiene la virtud de facilitar su conocimiento desde una perspectiva divulgativa dentro de una perspectiva global.
            No es un libro escrito contra el nacionalismo vasco. Los autores parten de la propia identidad navarra, de su evolución y concreción a lo largo de los siglos y de su progresiva toma de conciencia. En esa evolución histórica, enmarcada en el proyecto de España, el nacionalismo vasco aparece como un factor artificioso, violento, irreal, distorsionador de esa natural y pacífica evolución. Sin embargo, esa ideología ha demostrado una asombrosa capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, absorbiendo cuantas corrientes ideológicas le permiten “nadar a favor de la corriente”, en un voluntarioso intento consciente de subversión histórica.
            Pero, como enseñanza y reflexión final, tenemos que sacar alguna conclusión operativa para el futuro de esta Navarra diseccionada en el libro.
            Como soporte de esta trayectoria histórica, y columna vertebradora de su devenir, sólo el cristianismo ha proporcionado las fuerzas espirituales, intelectuales y materiales imprescindibles para ello.
            Al hecho cristiano tendrá que mirar Navarra de nuevo, sus gentes, sus Instituciones, si quiere encarar el futuro con éxito y respeto a la memoria de sus forjadores.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 43, marzo de 2001.