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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

El ocaso de los falsarios: argumentos para desenmascarar al nacionalismo vasco.

El último libro del político navarro Jaime Ignacio del Burgo denuncia los tópicos nacionalistas, descubriendo la falsedad histórica sobre la que se basa el discurso separatista vasco.

 

Un nuevo libro de Jaime Ignacio del Burgo.
            Jaime Ignacio del Burgo es un político navarro, de convicciones democristianas, al que la actual Navarra debe mucho. Sin su aportación a la actividad política durante la transición, junto a la de otros políticos como Jesús Aizpún, es posible que Navarra no disfrutara de su actual situación.
            Político en activo, autor de numerosos libros, experto en Derecho Foral navarro y articulista prolífico, nos ha sorprendido con este nuevo libro, en el mercado gracias a su hijo Jaime Arturo, impulsor de la nueva editorial Laocoonte.
            Espoleado por el ¡Basta ya! de la sociedad vasca, manifestado en el verano del 2000, quiere denunciar en este libro las falsedades de la propaganda nacionalista vasca, difundidas desde hace más de 100 años, especialmente a partir de Sabino Arana, al que descubrirá en algunos de sus textos más emblemáticos como una persona dogmática, intolerante y racista.

 

La estructura del libro.
            El libro llega a las 196 páginas, de densa lectura y magnífica presentación.
            A la breve introducción le siguen seis capítulos.
Arzallus o la reencarnación de Sabino Arana es el primero de ellos. El paralelismo es sugerente: etnocentrismo lindante con el racismo, radicalismo, verborrea exagerada, orígenes familiares carlistas, etc. Sin embargo, desconcierta que Sabino Arana fundara al final de sus días una Liga de Vascos Españolistas cuya intención era defender la autonomía vasca dentro de la unidad española. Su sinceridad es dudosa, pero es un hecho que los nacionalistas olvidan. Otra paradoja es que sus obras completas no se encuentran en las librerías; tal vez para evitar que su contenido evidencie la ideología real del fundador, sobre la que se sustenta el Partido Nacionalista Vasco. A lo largo de unas ocho páginas, el autor reproduce párrafos demoledores de Sabino Arana: en ellos reinventa la historia transformando pequeñas escaramuzas en gloriosas batallas medievales, se posiciona en contra de la Diputación Navarra al apoyar ésta con dinero la lucha española en Cuba, se distancia del carlismo por considerarlo movimiento español, ignora la estrecha relación de Vizcaya con Castilla (sólo estuvo vinculada a Navarra durante 58 años en total), manifiesta un feroz desprecio por los alaveses, etc. A continuación estudia muy detenidamente el papel de Arzallus en la génesis de la Constitución española y las tendencias internas del PNV de entonces, sus problemas con Carlos Garaicoechea, su control del partido desde la presidencia del EBB, sus famosos excesos verbales y las polémicas que protagoniza.
El segundo capítulo reflexiona en torno al conflicto. Jaime Ignacio del Burgo reúne en estas páginas una serie de pensamientos en torno a la guerra civil, el papel del nacionalismo moderado y sus relaciones con ETA, la violencia de esa organización y las reacciones que ha provocado en el PNV. En las inevitables referencias históricas, recuerda que el PNV de Navarra, al inicio de la guerra civil, se adhirió al alzamiento por su ideología católica y fuerista. Otro episodio histórico que recuerda es la aceptación del Convenio de Vergara por parte de los batallones carlistas guipuzcoanos y vizcaínos, frente a la oposición de los navarros que lo sufrieron con fusilamientos. Nos recuerda también que buena parte de la oficialidad del ejército de la regente María Cristina era vasca y que muchos navarros ilustres eran liberales. En definitiva: la primera guerra carlista también enfrentó a navarros y vascos entre sí, como consecuencia de su condición de españoles. A raíz de ese enfrentamiento fue suprimido el régimen foral vasco, en parte por la intransigencia de los propios vascos. Por el contrario, el régimen foral navarro sobrevivió: mediante realistas negociaciones y fórmulas jurídicas cuyo fruto fue la ley paccionada de 16 de agosto de 1841. Pese a todo, en 1877, a las Vascongadas se les otorgaron los Conciertos Económicos de la mano de Cánovas. Destaca, por otra parte, el nacimiento de la sociedad “euskara” cuya intención era crear puentes con los vecinos vascos. Habla, también, de la conversión del navarro Arturo Campión al nacionalismo vasco. Es interesante recordar, por otra parte, que en 1871 la Diputación navarra consiguió que el proyecto de Constitución federal de la I República reconociera a Navarra como un estado específico distinto del formado por las Vascongadas. Estudia, también las diversas vicisitudes estatutarias de la II República, en particular el proyecto de Estatuto elaborado en Estella por la Sociedad de Estudios Vascos que Navarra no aceptó. La guerra civil, el franquismo, la Constitución y la constante ratificación en este complejo periplo histórico de una evidente voluntad de la mayoría de los navarros por su autonomía, pese a las maniobras y continuas presiones de nacionalistas vascos de todas las tendencias, son otros aspectos contemplados en este capítulo. También dedica un espacio a la Navarra de Ultrapuertos (la Baja Navarra), que durante 300 años formó parte de Navarra. Todo ese territorio, al que los nacionalistas llaman Iparralde, es claramente partidario de la permanencia en Francia. Es en este capítulo, largo y denso, donde nos recuerda el documento elaborado en 1986 por la Comisión Internacional sobre la violencia en el País Vasco, contratada por el propio Gobierno  Vasco y cuyas recomendaciones  señalaban el respeto al Estatuto, el rechazo de la violencia etarra con rotundidad, las ventajas del bilingüismo, etc.
El vascuence ¿idioma tradicional o caballo de Troya?, es el capítulo que dedica el autor a reflexionar en torno a la situación pasada y presente del euskera. Tiene especial interés al recordar la realidad histórica del pueblo vasco. Cuando llegan los romanos, los vascones ocupaban un territorio parecido al de la actual Navarra. Las provincias vascongadas, por entonces, estaban pobladas por várdulos, caristios y autrigones, pueblos de estirpe celta, que fueron “vasconizados” por los navarros en torno al siglo V y VI de nuestra era. Lo demás son hipótesis y mitos. El territorio vascón estaba adscrito al “convento jurídico” de Zaragoza, mientras que los otros citados dependían del de Clunia (Burgos): eran pueblos distintos, por lo tanto. Todos los testimonios indican que los vascones se acomodaron a la realidad del imperio, lo que explica la presencia de vascones en diversas legiones por toda la geografía romana, los numerosos hallazgos arqueológicos romanos en Navarra y la ausencia de guerras entre unos y otros. Otra novedad fundamental que acaece al término del imperio romano es la irrupción del cristianismo en Navarra. Con la invasión visigoda, los vascones se desplazan hacia el norte, “colonizando” a esas tribus celtas. Tudela fue musulmana durante 400 años, más tiempo que Toledo. Para defender al cristianismo se alza el reino de Pamplona, que dos siglos después pasa a llamarse de Navarra. Se trataba de una realidad plural integrada por pobladores navarros (vascoparlantes o no) y no navarros (no vascoparlantes). Así, el euskera no fue en ningún momento de esta época el idioma común de los navarros. Nos recuerda el autor, más adelante, que las famosas Glosas Emilianenses, primera manifestación del castellano, se redactaron cuando ese territorio riojano formaba parte de Navarra, de ahí que Menéndez Pidal concluyera que el monje autor de las mismas era navarro. Ese romance navarro es el idioma en el que se escribe el Fuero General (siglo XIII), adoptando el romance como lengua oficial 50 años antes que Castilla. De hecho, el romance navarro, el castellano y el aragonés, según las últimas investigaciones lingüísticas, eran la misma cosa. Años antes, la gesta de Roncesvalles había sido protagonizada por navarros, estando ausentes en ella los vascongados. Y pronto tanto Alava, como Vizcaya y Guipúzcoa pasaron a la obediencia castellana por propia voluntad y sin apenas resistencia. También estudia el papel político atribuido al euskera por uno de los ideólogos que más ha influido en ETA: Federico Kruzwig.
Reflexiona, por otra parte, en torno a los esfuerzos realizados en la “normalización” y ”recuperación” del euskera y sus ambigüedades. Rechaza que el euskera haya sido perseguido por romanos, castellanos, incluso, en el franquismo: es en los años 60 del pasado siglo XX cuando se crean numerosas ikastolas para estudiar en euskera. No hay que confundir, por tanto, represión del euskera con represión del nacionalismo vasco. En definitiva, el euskera es fundamental parta la construcción de la conciencia nacional de Euskal Herria. Ejemplifica lo absurdo de los planteamientos nacionalistas al respecto: así, cuando se llega a euskerizar históricos términos castellanos o franceses porque “suenan a euskera”. Por último, estudia la Ley Foral de 1986 sobre el vascuence.
El capítulo titulado la ofensiva nacionalista es un completo repaso a las maniobras de todo tipo realizadas, por los nacionalistas vascos, frente a la inequívoca voluntad de la inmensa mayoría de navarros por el autogobierno, refrendado en múltiples elecciones y en los diversos resultados electorales. Tales esfuerzos contrastan con la casi nula presencia de EA y PNV en Navarra, siendo más numerosa la de HB. Denuncia en estas páginas la nueva ofensiva nacionalista desatada a partir del Pacto de Lizarra. Defiende el Pacto de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra de 1982. Denuncia la falta de respeto a Navarra desde el Gobierno Vasco. Frente a ello, el informe de la Real Academia de la Historia de junio de 2000 es una buena base para el reforzamiento de la conciencia histórica de Navarra mediante una correcta enseñanza de la historia real.
La rebelión de los demócratas, quinto capítulo del libro, repasa la historia reciente del país Vasco y sus protagonistas, todo ello condicionado por la extrema violencia de ETA y la ambigüedad de los “moderados”: la destrucción de UCD, la consolidación del PP, la evolución de HB, PNV y EA hasta llegar a Estella y la Asamblea de Municipios Vascos, los conceptos de territorialidad y soberanía, y el llamado ámbito vasco de decisión. La ruptura de la llamada “tregua” y la feroz ofensiva del verano del 2000 ha devuelto la unidad de los demócratas, reflexiona, frente el progresivo aislamiento del PNV. Por último, el autor realiza algunas consideraciones en torno al papel de la Ertzaintza en la lucha antiterrorista, la kale borroka, las reformas penales en marcha, el pago del impuesto revolucionario, etc.
Y, por último, el ocaso de los falsarios. Parte de la manifestación de 100.000 vascos realizada en San Sebastián el 23 de septiembre de 2000 bajo el lema de la plataforma ¡Basta ya! Nos recuerda que en Navarra sí se votó afirmativamente a la Constitución, dato que ocultan los nacionalistas. Reflexiona en torno al Estatuto, el respeto a las mayorías, las vías legales para la autodeterminación, el rechazo de la violencia, el papel de UPN, del Foro de Ermua, de Gesto por la Paz y el posible papel de un lendakari popular.
           
La reincorporación de Navarra a España.
El apéndice final del libro, a modo de adenda histórica, cierra el texto: en donde se habla de la muerte o de la resurrección de Navarra, según se mire.
Con una extensión de nada menos que 40 páginas, lo dedica a las complejas circunstancias históricas que rodearon la incorporación de Navarra a España –o reincorporación según se considere- de la mano de Fernando el Católico. Nos proporciona mucho información referente a los problemas sucesorios, los pactos dinásticos, las fuerzas presentes en el panorama de la Navarra del momento, las luchas intestinas entre agramonteses y beaumonteses, etc. Resulta complicado, pero evidencia que también en torno a estos hechos los falsarios de la historia han tejido su particular modo de interpretar la realidad.
En el desarrollo de las citadas tesis, es evidente la influencia del pensador tradicionalista navarro Víctor Pradera (rescatado del olvido por el profesor José Luis Orella Martínez, con su reciente obra Víctor Pradera; un católico en la vida pública de principios de siglo. BAC, Madrid 2000) y, en concreto, de su obra Fernando el Católico y los falsarios de la historia.
Nacionalistas vascos, ciertos tradicionalistas jaimistas navarros y algunos historiadores, se han identificado con una interpretación simpatizante de la causa agramontesa, como si esa facción encarnara en su día la identidad navarra. Ello todavía se refleja hoy en un sentimiento anticastellano, incluso antiespañol, de cierta indiferencia en muchos casos, de algunos navarristas. Sin duda, esa mentalidad es caldo de cultivo del nacionalismo vasco. Fernando el Católico es reivindicado por Víctor Pradera y, en esta línea, Jaime Ignacio del Burgo expone esa adenda histórica de indudable interés. Desde esta perspectiva, la incorporación de Navarra a España fue legítima, tanto legal, como moralmente.

 

Comentarios finales.
Especialmente en las primeras páginas, el libro engancha, proporcionando un torrente de datos desmitificadores del nacionalismo vasco y de su fundador Sabino Arana. Poco a poco, el libro pierde ese inicial carácter histórico, para entrar de lleno en la polémica política actual, lo que le llega afectar al estilo, recurriendo a largos párrafos en los que encadena numerosas ideas.
Pero, pese a ello, sobre todo para los no navarros, proporciona un arsenal de datos y argumentos que desmitifican los lugares comunes presentados desde la ofensiva nacionalista a todos los niveles: históricos, culturales, políticos.
También para los navarros, en muchos casos ignorantes de su propia historia, será oportunidad para tomar conciencia de su tradición cultural.
Sin embargo, echamos de menos un espacio dedicado al papel –esencial- del cristianismo en la configuración de Navarra.
Sin el cristianismo, la Navarra pasada y presente no puede entenderse. La tradición cultural e histórica de Navarra parte de la realidad del cristianismo, que generó un pueblo, una realidad viva y una creatividad a todos los niveles, que todavía hoy produce frutos indudables.
Por otra parte, el autor, reconociéndole una indudable valentía al afirmar, por ejemplo, que el franquismo no persiguió al euskera y a la cultura vasca (afirmación políticamente incorrecta), no desarrolla el mismo sentido crítico ante otros aspectos de la realidad política y cultural actual. El actual estado del bienestar, del que Navarra hace gala, tan contradictorio con la tradición cristiana, no puede ser el modelo de sociedad para un heredero consciente de esa tradición cultural e histórica sobre la que se asienta.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero de 2001
Reproducido en pagina.de/agli,
 web de la Asociación Gallega para la Libertad de Idioma.

Reflexiones en torno a algunos aspectos de la actualidad nacional y de la vida eclesial española: entrevista al Presidente de Foro Arbil.

Ofrecemos una reflexión en torno a algunos acontecimientos acaecidos a lo largo del último año. La sociedad española, la Iglesia católica y el propio Foro Arbil; según el juicio del Presidente de nuestra asociación.

 

José Luis Orella Martínez. Navarro de 35 años. Profesor asociado del CEU San Pablo. Autor de los libros “Víctor Pradera. Un católico en la vida pública de principios de siglo” (BAC, 2000) y “La formación del Estado nacional durante la Guerra Civil española” (Actas, 2001), así como de diversas monografías de temática histórica y numerosos artículos publicados en medios muy variados. Ponente en varios congresos de historia y en los de “Católicos y vida pública”. Organizador del ”Congreso sobre persecuciones religiosas en el siglo XX” (Universidad San Pablo – CEU, 2001). Portavoz de Foro El Salvador, del País Vasco. Buen conocedor de los ambientes católicos españoles. Con muchos amigos en diversos movimientos eclesiales y Universidades españolas y extranjeras. Además de todo ello, es el Presidente de Foro Arbil.

 

            Hemos querido reflejar en una entrevista con el Presidente de Foro Arbil, quien ya respondió a nuestras preguntas hace un año en este mismo medio, las inquietudes que mueven el trabajo de los integrantes de nuestra asociación. Muchos han sido los acontecimientos vividos por la Iglesia española en este año y, por ello, llegado el paréntesis del verano, hemos querido reflexionar junto a nuestro Presidente a través de un diálogo abierto.

 

Pregunta: En algunos ambientes católicos se tiene la impresión de que se ha desatado una ofensiva contra la Iglesia católica española. Parece que la Iglesia interesa al poder dominante únicamente en tanto “bendiga” los valores comunes y las iniciativas de ellos derivados. Pensamos, en concreto, en las críticas efectuadas ante la presunta pasividad de la Iglesia ante el terrorismo, la polémica sobre la presunta “excomunión” a los terroristas, los abusos sexuales a religiosas africanas, etc. ¿Comparte ese juicio?:

 

Respuesta: No cabe duda que, por desgracia, a cuenta del relativismo, resulta fácil hacer una noticia de casos concretos. Sin embargo, persiste un olvido marcado hacia los centenares de misioneros asesinados, la lucha de católicos seglares contra la mafia y los grupos terroristas... La Iglesia es un gran poder social y su independencia es tomada como un peligro en cuanto se convierte en portavoz de los humildes, los indefensos, los marginados, los no nacidos, las víctimas...; pero es que además es la única que defiende la integridad de la persona humana ante posibles degradaciones, como la clonación de un ser humano.

 

P.: Aparentemente, el catolicismo español no tiene fiel traducción en la vida política española. Algunos movimientos, por el contrario, parecen indicar que “algo se mueve”, en el seno del catolicismo español, en particular entre los nacidos en los años 60 y 70 agrupados en diversas entidades católicas de variado carácter. Lo anterior, ¿se trata de fenómenos aislados o, por el contrario, expresan un malestar que precisa de cauces concretos y eficaces?

 

R.: La situación actual por la que atraviesa el mundo es muy diferente a la posterior de 1945 y comporta, por tanto, una respuesta novedosa del catolicismo. Estamos viviendo en España una adaptación a esas circunstancias nuevas, lo que determina la creación de nuevos cauces que se adapten y respondan a las demandas de la sociedad y, lógicamente, sus protagonistas son una generación joven, participativa, pero con una vivencia contrastada en su vida profesional y de Fe.

 

P.: La Iglesia posee Universidades, periódicos, emisoras, colegios, hospitales. Pero, ¿existe, todavía, un pueblo católico detrás?:

 

R.: Desde luego que existe, pero la confusión de las últimas décadas ha propiciado experiencias que han puesto alguno de estos instrumentos en manos de enemigos de la Iglesia; junto la ausencia de vocaciones, la pérdida de control de algunos medios y el ambiente hostil, todo ello marca la necesidad de sobrevivir. Sin embargo, se está viviendo una primavera espiritual y la existencia de un pueblo católico que late con un corazón joven en sus encuentros con el Papa. Por otra parte, observamos una multitud de personas que van llegando al mercado de trabajo con ganas de ser buenos profesionales y ejercer, con su ejemplo público, de espejos de Cristo. Son la savia que vivifica los instrumentos de la Iglesia.

 

P.: En los últimos meses ha aflorado una cierta polémica entre algunos medios católicos y la masonería. ¿Tiene sentido, hoy día, entrar en ese tipo de cuestiones?

 

R.: Sí, la Iglesia como madre no puede abandonar el consejo a sus hijos y sus doctores tienen la obligación moral de orientar a los católicos sobre lo que existe detrás de algunas organizaciones, para evitar confusiones y malentendidos. La Masonería no es una ONG de ayuda social. Está inspirada en unos valores ideológicos que fueron planteados, en su tiempo, como alternativos a los católicos y origen de una sociedad nueva donde la Iglesia no fuese una realidad. Y esos valores no han cambiado. Con estos antecedentes, es necesario orientar a las personas y conocer la realidad de algunos compañeros de viaje de nuestra vida.

 

P.: ¿Podría resumir las principales características de la encrucijada en la que se encuentra la universidad española y, en particular, las universidades católicas?

 

R.: Respirar con dos pulmones. Por un lado, intentar como cualquier universidad del mundo ser la mejor en calidad y formar unos estupendos profesionales. Por otro lado, que esa eficacia formativa se encuentra unida a una presencia de Dios en las personas. Que los alumnos vean que sus profesores son profesionales y buenos católicos y que ellos en su vida profesional deben cumplir con honestidad su trabajo, como aquellos canteros del siglo XII que repujaban los últimos detalles, inaccesibles a la simple vista, de los campanarios de nuestras catedrales. Una universidad que sólo se preocupe de lo profesional no sirve, pero si es católica y no tiene calidad, tampoco.

 

P.: Dada su vinculación personal con el País Vasco y Navarra,  ¿qué juicio le merece la actual situación de la Iglesia, de la sociedad y de la política en esos territorios?:

 

R.: De profundo cambio. La sociedad vasconavarra ha rechazado la violencia terrorista de manera contundente y el nacionalismo se mantiene como principal generador de prebendas. Sin embargo, la polaridad social surgida por la intransigencia del Pacto mal llamado de Estella y el mantenimiento del PNV como partido monopolizador del sentido nacionalista obliga a un entendimiento para evitar el enfrentamiento. La Iglesia juega a ser el engarce de unión de las dos sociedades sin comprometerse nunca con una de las partes, como hasta ahora había pasado.

 

P.: Los integrantes de Arbil contraen matrimonio, se comprometen profesionalmente, ingresan en movimientos apostólicos. ¿No se encuentra Foro Arbil en una encrucijada en la que, cuanto menos, su continuidad requiere nuevas modalidades de vinculación?

 

R.: Arbil irá adaptándose a las necesidades según sus miembros vayan respondiendo a ellas. En este momento Arbil cumple perfectamente los motivos por los que fue fundado y, entre ellos, nunca ha estado el ser un movimiento carismático, aunque uno de sus fines sea apostólico. En ese sentido, creemos que la acción que propicia Arbil, necesariamente tiene que estar alimentada por la oración y gran parte de nuestros miembros pertenecen, de manera individual, a diferentes movimientos de carácter carismático que les ayuda en ese sentido.

 

P.: En los orígenes de Foro Arbil existe una amistad que, pese a todas las vicisitudes vividas, se prolonga en el tiempo. Para que esa amistad se mantenga, crezca y produzca frutos, ¿no sería conveniente alimentarla con una tensión organizativa centrada en unos actos muy concretos a lo largo del año y que sean ocasión de reencuentro y toma de pulso de todos los amigos de Arbil?:

 

R.: Desde luego, toda familia que crece necesita de unas fechas de referencia para verse. En ese sentido, sin pretenderlo, se ha ido consolidando la comida de Navidad, que este año fue en Toledo y el anterior en Madrid. Sin embargo, estos encuentros para que sean vivos han de surgir de la base, como hasta ahora, y servir de encuentro entre los miembros más antiguos y los bisoños.

 

P.: Las relaciones con "Profesionales por la Ética" y la "Asociación Católica de Propagandistas" se han estrechado a lo largo de este año. El futuro de Arbil, ¿pasa por integrarse en entidades superiores o en mantener su historia de amistad que es la base de nuestra realidad?

 

R.: Eso el tiempo lo dirá; de momento la colaboración ha servido, sin afán de protagonismo, para ayudar a plantear y realizar diferentes actividades comunes. Arbil nunca ha pretendido perpetuarse, sino cumplir con unas funciones que la sociedad demandaba en su momento. Por tanto, nuestro Foro se mantendrá siempre que sea necesaria su participación en la vida pública católica. El que se fusione con movimientos hermanos, o desaparezca, vendrá de la necesidad del momento y la voluntad de sus miembros.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 47 – 48, julio-agosto de 2001.

Católicos y política: algo se mueve.

     Son muchos los católicos descontentos ante la evolución de la actual política española, por lo que consideran que se impone pasar a la acción. Aquí veremos algunos indicios representativos de este estado de ánimo.

 

¿Algo se mueve?
            A lo largo del curso político, que ahora finaliza, se han producido algunos movimientos que permiten aproximarse a las inquietudes políticas de los católicos españoles desde una perspectiva novedosa.
El primero en poner en evidencia esta realidad fue el periodista Alex Rosal, con el artículo de portada del suplemento que dirige Fe y Razón, publicado el sábado 25 de noviembre de 2000 en el diario La Razón. Allí se hizo eco de la preocupación existente entre los obispos de la Iglesia católica española ante el rumbo político seguido por el Gobierno, del Partido Popular, alejado en numerosos aspectos fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia.
            Declaraciones, posteriores, de algunos obispos, confirmaron, de manera rotunda e indudable, el progresivo distanciamiento de algunos sectores del catolicismo español con la alternativa política representada por el Partido Popular, tal como se informaba en dicha crónica periodística. Ese fue el caso del obispo de Mondoñedo-El Ferrol, quien reclamó, a título personal, la necesidad de un partido político que fuera consecuente con la defensa del derecho a la vida.
            Un factor novedoso, producido también a lo largo de los últimos meses,  que no debe perderse de vista y que ha asombrado a propios y extraños, ha sido la demostrada capacidad movilizadora de las Iglesias locales del País Vasco y de Navarra en favor de la paz. Además de suscitar adhesiones de personas procedentes de sectores culturales y políticos aparentemente antagónicos, se ha conseguido, en algunas de sus manifestaciones, la presencia de varias decenas de miles de personas. Pocas otras realidades sociales pueden arrogarse, justo es reconocerlo, esa capacidad de agrupar voluntades. Y sin abandonar el País Vasco, no debemos olvidar el papel jugado por “Foro El Salvador”, cuyos integrantes han ocupado la vanguardia en algunas de las movilizaciones y acciones desarrolladas por el sector social vasco que se encuentra en situación de mayor indefensión.
            A lo largo del año, varias han sido las interesantes iniciativas de la  diocesana “Escuela de Liderazgo Social y Político de Valencia”; siendo capaz de encauzar la movilización de un importante sector de la sociedad valenciana, en defensa de la familia, ante las agresiones legislativas de que ha sido objeto por el “popular” Zaplana.
            En Cataluña, la celebración de las llamadas “plegarias por la paz”, así como en otras diócesis españoles, ha agrupado a diversas personalidades y movimientos eclesiales locales; obteniendo en todo caso cierta resonancia mediática.
            Los integrantes de la “Asociación por el Diálogo y la Renovación Democrática”, en su mayor parte vinculados al “Movimiento de los Focolares”, han continuado con sus actuaciones formativas, iniciando además contactos con políticos en activo.
            La “Asociación Cultural Charles Péguy de Madrid” y la “Compañía de las Obras de España” (dos realidades generadas en el entorno del movimiento de “Comunión y Liberación”), con ocasión de la celebración de diversos encuentros con políticos y otras personalidades de relevancia pública, han logrado reunir a varios miles de personas. Todo ello desde una conciencia precisa de pertenencia eclesial y un indudable interés por la acción. Además, su publicación mensual de opinión ya cuenta con una atractiva versión digital en internet que no conviene perder de vista, por la clarividencia de los juicios allí emitidos: paginasparaelmes.com.
            “Profesionales por la Ética” sigue con su constante programa de actividades.
“Foro Arbil” persiste con su labor, especialmente por parte de los grupos de Barcelona, Madrid y Santiago de Compostela. Por otra parte, el Consejo de Redacción de su mensual digital “anotaciones de pensamiento y crítica”, desde Zaragoza, se ha propuesto reservar un espacio al seguimiento de eventos de especial importancia política y a las realidades emergentes del catolicismo social actual español.
            La “Asociación Católica de Propagandistas”, siempre atenta a la realidad y depositaria de un extraordinario bagaje histórico, está reactivando algunos de sus centros provinciales, iniciándose en Madrid la experiencia de una sección juvenil. Por lo que respecta a las actividades de esta viva realidad de la Iglesia española, no conviene olvidar su enorme trabajo en la consolidación de su Universidad San Pablo – CEU, junto a otras numerosas actuaciones, entre las que destacan los anuales “Congreso Católicos y vida pública”.
            Pero, sin duda, la estrella de todos estos movimientos ha sido el manifiesto elaborado por el portavoz de CiU en el Ayuntamiento de Barcelona, Josep Miro i Ardèvol; difundido a mediados de junio. En el mismo se propone un reflexivo y meditado plan con el objetivo de que los cristianos recuperen su espacio en la vida pública y en la política española. Esta propuesta constituye el documento mas elaborado y complejo elaborado en los ambientes católicos en las últimas décadas. Su web, e-cristians.net, ya es un punto de encuentro de muchos interesados en la presencia pública del catolicismo social.
            Pero, también en Madrid, se han producido algunos pasos en una línea convergente.
            Es el caso del foro digital abierto, también en el mes de junio, por el audaz periodista Eulogio López en su publicación hispanidad.com, denominado “católicos en política”. Este foro se está configurando como un espacio en el que confluyen numerosos católicos especialmente disconformes con la política desarrollada por el Partido Popular.
            Siguiendo en Madrid, no olvidemos los discretos encuentros organizados a título individual por un joven editor, convocando a varias decenas de personas, vinculadas al mundo universitario y de los medios de comunicación, interesadas en nuevas modalidades de presencia de los católicos en la vida pública española.
En este panorama, multiforme y heterogéneo, la “Comunión Tradicionalista Carlista” ha recordado, en algunos medios, que es uno de los partidos políticos españoles que tiene como principal referencia la Doctrina Social de la Iglesia... A  dicha agrupación se debe otro foro digital concebido para la discusión de temas políticos y modalidades de presencial social de los católicos, denominado “Santo Tomás Moro”.

 

Interés hacia el catolicismo desde otros medios.
            Todo lo anterior refleja la existencia, sin ser exhaustivos, de ciertos  movimientos novedosos en el catolicismo español, detectados también por otros medios culturales  ajenos a la tradición cristiana.
            Es el caso del semanario El siglo, que ha dedicado algunos artículos, desenfocados y con un análisis superficial y notablemente erróneo, a la supuesta relación existente entre jerarquía, políticos católicos y ciertos presuntos movimientos internos producidos en el Partido Popular.
            En estas circunstancias, no deja de sorprender que Ramón Jauregui haya abierto en el mismísimo PSOE un cierto debate y espacio dedicados al diálogo socialismo – cristianismo, al considerar que la ausencia del mismo es una de las grandes carencias históricas que debe afrontar el partido en el futuro. Esta acción, que ha explicado en público en un encuentro organizado por la “Asociación Cultural Charles Péguy de Madrid”, tiene su reflejo también en la web oficial del PSE-PSOE, en un intento, sin duda, de atraer a los movimientos de católicos considerados “progresistas”.

 

Algunas características comunes.
            Pero, llegando a este punto, se precisa hacer un cierto esfuerzo de abstracción, para reflexionar y alcanzar algunas conclusiones que permitan orientarnos en este, aparentemente, disperso panorama.
            Veamos algunas características comunes a la mayor parte de los movimientos mencionados.
1.      Los protagonistas de la mayoría de las realidades mencionadas son personas nacidas en los años 60 y 70 que, por edad y formación, no se identifican plenamente, en general, con la experiencia de los políticos democristianos españoles. En este sentido, el libro del profesor Donato Barba “La oposición durante el franquismo/1. La Democracia Cristiana”, (editado recientemente por Encuentro; www.ediciones-encuentro.es) puede ser un precioso material de reflexión y estudio.
2.      Muchas de las iniciativas a las que hemos hecho referencia nacen en el entorno de determinados movimientos apostólicos de laicos; estando marcados por los respectivos carismas y estilos pedagógicos. Por ello su deseable confluencia será, en todo caso, muy lenta y cautelosa.
3.      Las inquietudes expresadas son coincidentes, como semejante es el diagnóstico de la actual situación. Sin embargo, las alternativas propuestas, poco matizadas y elaboradas en general, son muy dispares. Se ha propuesto, en ese sentido, crear un partido político católico, un grupo de presión tipo “Coalición Cristiana” de EE.UU., un centro nacional de formación de laicos, incluso una afiliación numerosa pero crítica al Partido Popular. El reto futuro, ante lo anterior, será dilucidar cuáles de estas alternativas representan una realidad no "plegable" a las reglas del juego dominantes.
4.      No existe una única instancia formadora de las vocaciones al servicio público de los católicos españoles. Durante varias décadas, ese papel lo jugó, casi en exclusiva, la “Asociación Católica de Propagandistas”. Algunas de sus obras fueron El Debate, la CEDA en buena medida, el Ya, los grupos democristianos opositores al franquismo de los años 60 y 70, el colectivo Tácito, etc. Desaparecida esa exclusividad y amortiguada, aparentemente, esa vocación formativa, ese papel empieza a desempeñarse desde otras realidades muy diversas y con calado desigual. No olvidemos, por otra parte, que la pedagogía de algunas realidades eclesiales concibe la acción política como una vocación individual desempeñada bajo la exclusiva responsabilidad personal. Ello imprime, a la actual situación, una aparente dispersión realmente compleja.
5.      No ha surgido, de momento, ninguna figura carismática que agrupe voluntades y despeje el camino. Ni tampoco, desde la jerarquía, se ha manifestado especial interés o apoyo hacia las alternativas propuestas.

 

El caso italiano.
El proyecto elaborado por el nuevo ministro de Sanidad italiano Girolamo Sirchia, en consonancia con una experiencia ya desarrollada en Milán, que cuenta con el apoyo del ministro de políticas de la Unión Europea en Italia, Rocco Butiglione, con la voluntad de proteger la maternidad como acción específica que pretende combatir al aborto legal, ha despertado ciertas expectativas también en España. Muchos católicos españoles han aplaudido tal propuesta, concreción de una posible política en consonancia con la Doctrina Social católica y fuera de los cauces de la extinta Democracia Cristiana. Un motivo, más, para la reflexión de los católicos preocupados por la marcha general de la sociedad.
El verano será, en todo caso, tiempo de descanso, reflexión, y encuentros formativos y personales; un tiempo precioso para afrontar los retos presentados a los católicos españoles.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 47 – 48, julio – agosto de 2001
Reproducido en Ahora Información, Nº 52, julio – agosto de 2001

En torno a la futura Universidad San Jorge de Zaragoza: catolicismo y misión.

Las universidades católicas constituyen una extraordinaria oportunidad de misión en el mundo de hoy. En Aragón existe esa posibilidad. Reflexiones en torno a un interesante proyecto.

 

La primera universidad privada de Aragón.
A mediados del mes de mayo, la Fundación San Valero, nacida en el seno de Acción Católica hace ya unas décadas y en magníficas relaciones con el Arzobispado de Zaragoza, ha anunciado la creación de una universidad de inspiración cristiana y sin ánimo de lucro: la primera, de iniciativa social, en Aragón.
La Fundación San Valero ya viene desarrollando una magnífica labor en los ámbitos de la formación profesional de los jóvenes aragoneses, gozando, por ello, de mucho prestigio.
Este proyecto, a partir de los centros ya dependientes de la Fundación, y con un campus propio en el barrio del ACTUR (el de mayor crecimiento urbano de Zaragoza, situado al otro lado del río Ebro), ampliaría el número de titulaciones actualmente impartidas, implantando otras nuevas. Así, en una primera fase, para el curso 2002-2003, se pretende poner en marcha tres licenciaturas (Periodismo, Ciencias Ambientales y Comunicación Audiovisual) y cinco ingenierías técnicas (Informática de Gestión, Informática de Sistemas, Diseño Industrial, Telecomunicación, Sonido e Imagen y Obras Públicas y Construcciones Civiles), con unos 1200 alumnos iniciales. En fases posteriores se ampliará el número de licenciaturas en cinco más (Publicidad y Relaciones Públicas, Investigación y Técnicas de Mercado, Administración y Dirección de Empresas, Ciencias de la Actividad Física y Deporte y Pedagogía), una nueva ingeniería técnica (Telecomunicación Telemática) y dos diplomaturas más (Educación Especial y Óptica).
Los promotores han optado por seguir los trámites precisos para su constitución como universidad privada, aunque podrían haberlo hecho como católica mediante un decreto del Arzobispado, lo que finalmente excluyeron.
En su consejo asesor figuran figuras relevantes de la política aragonesa, la cultura, el empresariado, así como dos exrectores de la Universidad de Zaragoza.

 

Universidad pública, universidad privada.
De forma casi inmediata, cualificados representantes de la Universidad de Zaragoza manifestaron su preocupación ante el proyecto, temiendo que esta nueva universidad desarrollara una labor competitiva con la propia. La Fundación San Valero replicó afirmando que, al tratarse de una universidad privada, su misión no era complementar la oferta ya existente, pero que, en cualquier caso, la mayoría de sus futuras titulaciones no se imparten actualmente en la Universidad de Zaragoza.
Por otra parte, dos grupos municipales de izquierda, del Ayuntamiento de Zaragoza, han alegado un presunto incumplimiento del uso de los solares cedidos, en su día, en dicho barrio a la Fundación San Valero, como gran obstáculo al proyecto.
Aquí subyace, sin duda, un viejo debate. La Universidad de Zaragoza, de la que es titular una Administración pública, sería un centro público, mientras que la Universidad San Jorge, privada, no tendría ese mismo carácter. ¿Acaso una universidad privada, nos preguntamos, no cumple una función social, pública por lo tanto, al margen de su titularidad? Por ello sería más adecuado, a nuestro juicio, calificar a las universidades privadas como de titularidad o iniciativa social.
Pero, pese a las implicaciones subyacentes en las anteriores polémicas (la concreta aplicación del principio de subsidiariedad, el papel del estado y el espacio de actuación de los grupos sociales), existe otro aspecto que nos preocupa.

 

Una presencia misionera.
Nuestro mayor interés se centra en la afirmación, de sus promotores, de que se pretende una universidad de “inspiración cristiana”.
Pensamos que es en esa pretensión donde radica la posibilidad de una auténtica novedad para la sociedad zaragozana y la de todo Aragón.
Si su “inspiración cristiana” se limita a figurar, en un lugar preferente, en el papel de sus estatutos, poca trascendencia tendrá.
Pero si la comunidad educativa, que construya esta universidad, participa en la misma con decisión, a partir de su concreta pertenencia y experiencia cristiana, con una pretensión evangelizadora, entonces existiría una posibilidad de misión desconocida hasta el momento.
Una universidad católica puede, y debe, formar buenos profesionales, ciudadanos que cumplan con corrección sus obligaciones sociales. Pero de nada serviría todo ello si olvida lo fundamental: testimoniar a Jesucristo en el entorno concreto en el que se desenvuelve la vida de los cristianos.
La nueva evangelización que precisa nuestra sociedad post-industrial del siglo XXI, carece, en muchos lugares, de espacios culturales católicos que permitan establecer un diálogo fluido con la misma. La misión y la evangelización actual necesita múltiples instrumentos, entre ellos, diversas entidades culturales que puedan proporcionar a los católicos un juicio formativo y de acción sobre la realidad y que, a la vez, pueda exponer a los no creyentes la creatividad cultural católica. Estos objetivos son –deben ser- perfectamente, aplicables a una universidad católica.
            En Zaragoza existen evidentes muestras de la creatividad social de los católicos. A título de ejemplo recordaremos –sin ser exhaustivos y sin emitir juicio de ningún tipo sobre la labor desarrollada por las múltiples entidades católicas presentes- la Caja de Ahorros de la Inmaculada, el Stadium Casablanca, el Centro Pignatelli, los numerosos colegios católicos, las cofradías de Semana Santa, cooperativas agrarias, etc.
            Una universidad que tenga la pretensión de transmitir a las generaciones futuras esa identidad creativa, capaz de proporcionar herramientas que permitan afrontar los retos de la vida, desde la experiencia cristiana, constituiría el broche de oro de esa creatividad social de los católicos aragoneses. Y para ello se precisa, no sólo de capellanías. También es necesario un departamento de pastoral con personas ilusionadas y medios. En cualquier caso, requisito fundamental son las personas que encarnen esa misión en todos los niveles de la futura universidad.
Por ello, las expectativas abiertas, con este proyecto, trascienden las meramente académicas, para alcanzar una potencialidad capaz de entusiasmar e implicar a los sectores vivos del pueblo cristiano de Aragón.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 46, junio de 2001.
Páginas para el mes, Nº 46, mayo de 2001

¿Acción política o presencia social? Falso dilema de los católicos españoles.

     El debate producido en algunos ambientes católicos sobre la “crisis” existente con el Partido Popular, puede resumirse en una pregunta: ¿acción política o presencia social?

 

Introducción.
            El debate producido entre los católicos españoles acerca de las relaciones existentes con el Partido Popular, definidas por la palabra “crisis”, ha suscitado diversos posicionamientos.
            Varias han sido las respuestas y alternativas aportadas: la creación de un partido político católico para defensa de los grandes valores, refugiarse en la acción social, continuar como hasta ahora, reforzar la cultura católica y el sentido de pertenencia eclesial, la creación de Escuelas formativas de futuros líderes católicos.
            Poco a poco, el debate se ha ido difuminando, eclipsado, además, por la colosal embestida anticatólica sufrida con ocasión de la polémica desatada en torno a la posición ante el pacto antiterrorista de la Conferencia Episcopal española.
            Pero, pensamos, no por ello vamos a dejar de reflexionar en torno a algunos aspectos relacionados con la polémica que no deben obviarse.

 

¿Existe un pueblo católico?
            En artículos anteriores, de esta publicación digital, considerábamos que la existencia de unos políticos católicos no puede desligarse de la realidad del pueblo al que pertenecen. Consecuencia de ello era considerar que la “crisis” sufrida por estos políticos es expresión de la padecida por ese mismo pueblo.
Las estadísticas nos confirman la existencia de esa crisis, hasta el punto de que difícilmente es reconocible un pueblo católico.
            Saquemos a relucir algunos datos correspondientes al estudio “Jóvenes españoles 99”. Así, la práctica semanal de los jóvenes españoles se sitúa en torno al 12%, 8 puntos menos que en 1984, estando previsto que en 3 años baje a un 10%. La asistencia ocasional (determinadas festividades) se mantiene con dificultades. Las diferencias entre chicas y chicos tiende a disminuir. La práctica regular es mayor entre los universitarios de 2º y 3º ciclos que entre bachilleres, estudiantes de Formación Profesional y universitarios de 1º ciclo. El 65% de los jóvenes entre 18 y 24 años decían creer en Dios en 1995, seis puntos menos que 10 años antes. Un 24% cree en la resurrección de los muertos y un 27% en la reencarnación (¡!). La expresión central del dogma cristiano “Dios existe y se ha dado a conocer en la persona de Jesucristo” recogía, en 1994, el acuerdo del 70% de los jóvenes españoles y en 1999 bajó hasta el 60%. Especialmente significativo es el dato que indica que no llegan al 3% los jóvenes españoles que señalan a la Iglesia como uno de los espacios donde se dicen las cosas más importantes para orientarse en la vida. Esa pregunta, dentro del grupo de “practicantes”, sólo alcanza al 10%. En resumen, señala el articulista de la revista “Mensajero del Corazón de Jesús” (marzo de 2001), editada en Bilbao por la Compañía de Jesús, “la socialización religiosa de los jóvenes españoles se encuentra en plena crisis. Fallan la transmisión familiar de creencias y valores religiosos y el prestigio y valor de la religión en una sociedad secularizada y en una familia igualmente secularizada”.
            El diagnóstico parece catastrofista, pero, para reflexionar con seriedad sobre estos temas, tenemos que preguntarnos: ¿esto es así realmente? ¿qué pasa en otros países del entorno? ¿España es una excepción?
“ (…) La Iglesia tiene los medios y los instrumentos, pero ya no tiene al pueblo. Un querido párroco bresciano confesaba recientemente con asombro que, tras un examen puntual sobre la asistencia durante los días de fiesta en su parroquia, que tiene la fama de ser una de las más afortunadas, había notado con sorpresa que a la misa del domingo sólo iba el 14%. Y un joven sacerdote con diez años de misas, inteligente y muy entregado a la actividad pastoral comentaba, hojeando un manual para reuniones litúrgicas, de formación y catequesis, que los manuales están cada vez mejor hechos pero no sabemos a quién dárselos porque la gente no viene a nuestras reuniones. La Iglesia ha pasado por épocas (y no pensamos en las persecuciones de la Roma imperial) en que las autoridades institucionales políticas y sociales la combatían, y disponía de pocos medios e instrumentos. Pero el pueblo estaba de su parte. Además de la gracia de Dios. Hoy todas las autoridades estiman a la Iglesia: no hay un pueblo ni ciudad donde el nuevo párroco no sea recibido, en primer lugar por el saludo del alcalde. Pero ya no hay pueblo cristiano. Hoy sucede que el público se presenta en ciertos momentos, al igual que en otros, delante de la televisión, hace subir la audiencia. (…) La Iglesia en estos últimos años dispone, además de la prensa, de radios, televisiones, Internet. Pero ¿dónde están los usuarios?”. El texto anterior corresponde a unas reflexiones de Gabriele Filippini en la editorial del semanario de la diócesis de Brescia (3 de noviembre de 2000). Nosotros hemos extraído esos párrafos de la revista “30 días en la Iglesia y en el mundo”, número 11 de 2000.
El panorama descrito en esas líneas bien podría aplicarse a España: la Iglesia se asemejaría, poco a poco, a una estructura vacía, sin un pueblo detrás.

 

Un artículo de José Luis Restán.
            En el artículo “Católicos y PP: razones y sinrazones de una frustración creciente” de este gran comentarista de temas religiosos de COPE, que figura en la edición de febrero de 2001 de la publicación digital paginasparaelmes.com, versión en internet del mensual del mismo nombre de la Asociación Cultural Charles Péguy, el autor vierte varios juicios interesantes. Mencionaremos, sin ser exhaustivos, alguno. Es ilusorio pretender, opina, que el Partido Popular desarrolle una política católica, cuando en este partido confluyen otras identidades políticas e ideológicas. Son imprescindibles –cuestión de vida o muerte, afirma- espacios de libertad en los que la creatividad católica se concrete en obras educativas, sociales, culturales y sanitarias; lo que podría generar un pueblo que un día proporcione un espaldarazo sociológico a los políticos católicos. También opina que los católicos españoles, a través de sus políticos, evidencian una falta de conciencia de pertenencia eclesial y una debilidad cultural católica, alejados de los retos de la nueva evangelización.
            En otra ocasión, en ”La linterna de la Iglesia”, a primeros de marzo, este periodista comentaba que “todavía existe la sensación en algunos ambientes de que España sigue siendo católica, como si sólo con soplar sobre las brasas fuera suficiente para que rebrotara con fuerza el catolicismo de este pueblo. Nada más alejado de la realidad”.
            Estas afirmaciones anteriores deben ser objeto de reflexión, más cuando proceden de una persona con una información muy precisa sobre las diversas realidades de la Iglesia española.
            Tales consideraciones son, además, un diagnóstico sencillo pero realista del panorama católico español, a la vez que proporcionan algunas “pistas” que señalan el trabajo a desempeñar en el presente y futuro.

 

La crisis suscitada por el pacto antiterrorista.
            Hemos mencionado, en otro apartado de este mismo artículo, a la crisis desatada con ocasión de las críticas realizadas a los obispos españoles con la excusa de su postura ante el “Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo”.
            José Luis Restán, en un nuevo artículo titulado “El precio del escándalo” aparecido en la edición de marzo del citado medio digital madrileño, ha reflexionado al respecto con una profundidad que no hemos encontrado en ningún otro medio. Nos remitimos al mismo para comprender perfectamente el fondo y las circunstancias en que el debate se ha producido.
            Nosotros realizaremos, aquí, algunas reflexiones en lo que respecta al tema que tratamos.
            Dicha campaña político-mediática ha sido ocasión para el lanzamiento de un tremendo ataque, en toda regla, al papel de la Iglesia en la España de hoy, con la excusa de la petición de un posicionamiento partidista. Incluso, podríamos pensar, que ha sido la ocasión esperada por algunos de los estrategas del Partido Popular para marcar distancias con la Iglesia y así poder avanzar sin trabas hacia los espacios sociológicos del centro reformista, granero electoral en el que se juegan las elecciones políticas españolas.
            En cualquier caso, la crisis evidencia que el anticatolicismo pervive en sectores importantes de la sociedad española, para los que el espacio que debe concederse a la Iglesia es el correspondiente a las sacristías y a las obras de caridad no asumidas por las laicas ONGs. Esto no es una novedad, pero, a la contra, indica el camino a seguir por la Iglesia española: la presencia social reconocible en obras concretas que permitan el encuentro personal con las personas como medio privilegiado de misión en la España de nuestros días.

 

Un falso dilema.
            En este debate, relativo a la acción política de los católicos españoles, se corre un riesgo: eludir los problemas reales de nuestra Iglesia, olvidando la misión esencial de la misma. Incluso puede, ante la falta de vigor misionero, que con esa actitud busquemos evadirnos de la realidad en pos de proyectos ilusorios. No afirmamos que sea esta actitud la predominante, pero es un riesgo que hay que tener en cuenta.
Por todo ello, a la pregunta que preside el escrito podríamos responder con la afirmación de una necesidad imperiosa: ¡nueva evangelización!
            La labor misionera requiere obras concretas. No se trata de un activismo sin objeto. Al contrario. Esas obras (colegios, hospitales, universidades, medios de comunicación, asociaciones de todo tipo) deben ser fieles al carisma que les inspiró en su creación; de modo que constituyan ocasión para que los españoles tengan oportunidad de encontrarse con otros compatriotas portadores de un atractivo que les viene dado por Otro.
Ello no excluye una labor de los católicos que trabajan también en el mundo de la política. Pensamos que esa labor es muy importante. Pero no puede entenderse esa presencia en la política al margen de ese pueblo cristiano que se empieza a rehacer.
La mayor o menor conciencia de pertenencia al cuerpo eclesial, en palabras del citado autor, y la incierta fortaleza cultural de los católicos españoles expresada en criterios operativos concretos, son claros indicadores de la real salud misionera de la Iglesia española de hoy.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 43, marzo de 2001
Reproducido en Ahora Información, Nº 51, mayo – junio de 2001

Católicos en el Partido Popular.

            Buena parte de los políticos católicos españoles trabajan en el seno del Partido Popular. ¿Cuál es la situación real del partido? ¿Qué margen de maniobra permite la actual estructura y el funcionamiento del mismo a los católicos?
La táctica más extendida entre los católicos españoles interesados en la acción política afirma que, en un ejercicio de realismo, la opción más viable es trabajar en el seno del Partido Popular. Serían los políticos de corte demócrata cristiano los campeones del electorado católico. Pero, es lícito preguntarnos, ¿esto es así?, ¿la actual realidad de este partido facilita esa táctica?

 

Los demócrata cristianos en la transición española.
            Los democristianos españoles apostaron, sin lugar a dudas, por el nuevo régimen democrático. La mayoría optó por una transición tranquila, la reforma, logrando imponer desde UCD, junto a políticos de otras orientaciones, ese modelo. Los menos, eran partidarios de una ruptura democrática, caso de los miembros del llamado Equipo Demócrata Cristiano, discrepando además en el modelo de articulación territorial de España al optar por el federalismo, frente al autonomismo de los primeros.
Históricamente, vemos que la mayor parte de los sectores demócrata cristianos españoles confluyeron en su día en la Unión de Centro Democrático. Ese fue el caso de los integrantes de Unión Democrática Española (Alfonso Osorio y otros), Partido Popular Demócrata Cristiano de Álvarez de Miranda, los militantes democristianos del Partido Popular (algunos de los antiguos miembros del grupo “Tácito”) y parte de los componentes del llamado Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español (formado por la Federación Popular Democrática de Gil Robles e Izquierda Democrática de Ruiz Giménez) tras su inicial y clamoroso fracaso electoral. Otros democristianos, caso del pequeño sector escindido de UDE, la Asociación Democrática Española de Federico Silva Muñoz, optaron por Alianza Popular.
Con la explosión de UCD, la mayoría de sus democristianos organizaron el Partido Demócrata Popular, con Oscar Alzaga a la cabeza. Junto a AP y un pequeño grupo liberal conformaron la Coalición Popular. Tras sufrir significativas defecciones y la dimisión de Oscar Alzaga, el PDP se transformó por poco tiempo en Democracia Cristiana, con Javier Rupérez al frente; partido disuelto tras su fracaso en las elecciones europeas. En esas circunstancias, la mayoría de sus militantes confluyeron finalmente en la “casa común” del Partido Popular, salvo unos pocos que terminaron en Centro Democrático y Social (Pilar Salarrullana y otros). Esa es, muy resumida, la historia de la sopa de siglas democristianas vivida en la transición, y ello sin entrar en los partidos nacionalistas de origen demócrata cristiano, como el Partido Nacionalista Vasco y la Unión Democrática de Cataluña. Incluso, en nuestros días, algún nuevo partido, caso de Convergencia de Demócratas de Navarra, escisión de Unión del Pueblo Navarro, reclama el humanismo cristiano y el pensamiento social católico como definitorio de su identidad, lo que no le ha impedido apoyar con sus votos en el Parlamento de Navarra que las parejas homosexuales tengan opción al ejercicio de adopción.
En cualquier caso, y como conclusión, deducimos sin dificultad que no cuajó un partido demócrata cristiano en España. Las razones de ese fracaso exceden este artículo pero, sin duda, son motivo de reflexión. No obstante, apuntaremos algunas: personalismo de sus líderes, fragmentación, falta de apoyo de la jerarquía eclesial católica, divergencias ideológicas importantes.
            Pero los políticos católicos del centro – derecha no sólo se acogen al paraguas democristiano. Encontramos a católicos también entre liberales y conservadores (un caso significativo es el de Antonio Fontán, cuyo papel entre los políticos liberales ha sido muy importante en las últimas décadas).
            En la actualidad, en el Partido Popular, además de los procedentes de la primitiva Alianza Popular (formación inicialmente conservadora, pese al añadido liberal posterior), encontramos a militantes liberales, democristianos, incluso socialdemócratas. En definitiva, las familias de la UCD, salvo los llamados “azules” que no tenían una identidad ideológica homologable a ninguna corriente europea.
            Pero los actuales líderes del Partido Popular han aprendido de la historia y quieren evitar, a toda costa, los riesgos de la tradicional vocación “cainita” de estos medios políticos, tal como se sufrió en buena medida en UCD. Y lo están consiguiendo mediante un férreo control del partido, de modo que las prácticas democráticas internas lo son de forma muy limitada.

 

La configuración de un nuevo Partido Popular.
            La democracia interna del Partido Popular no es ejemplar. Prueba de ello son los procesos electivos internos, mediatizados por las listas “únicas” o de “consenso”, consigna y práctica en la mayoría de los congresos provinciales y autonómicos del partido. También confirma ese funcionamiento la elaboración de los programas electorales y de las ponencias congresuales, redactadas por un número muy reducido de personas, altos cargos del partido generalmente ministros, del círculo de máxima confianza del Presidente Aznar.
            Todo ello parece indicar la existencia de un modelo de partido formalmente democrático, pero oligárquico en su práctica cotidiana.
            Paralelo a este férreo control, encontramos una casi total ausencia de diálogo doctrinal interno, de intercambio ideológico. Son las minorías directivas las que imponen la orientación a seguir, las que determinan las grandes líneas estratégicas y tácticas. En los congresos provinciales y autonómicos, es práctica común la casi total ausencia de debate ideológico y doctrinal. El interés por “lo cultural” es insignificante. Tal vez, en parte, se retome la tradicional apatía de estos sectores sociológicos del “centro”, pragmáticos y poco amigos del debate y las grandes elaboraciones teóricas. Pero pensamos que también es un síntoma más de los derroteros actuales emprendidos por la cúpula dirigente del Partido Popular.
            José María Aznar tiene claro su modelo de partido: control de las estructuras internas, unidad en la dirección, especialización de los responsables del mismo, fidelidad absoluta al liderazgo, apertura sociológica y programática al llamado “centro reformista”, abandono progresivo de las señas de identidad cristianas, lanzamiento internacional de su táctica y liderazgo.
            Y en este modelo, otros indicios ratifican la línea emprendida.
            Es el caso del proyecto de unificación de las fundaciones del entorno del Partido Popular.
La más importante es la Fundación para Análisis y Estudios Sociales (FAES), de tendencia básicamente liberal (Hayek sería su principal referente ideológico). Es el laboratorio de ideas y granero de nuevos dirigentes. Encontramos allí, curiosa paradoja, antiguos comunistas y otros radicales de izquierda reconvertidos en el liberalismo reformista de Aznar. También participa un ilustre democristiano: Eugenio Nasarre. El peso de las gentes de FAES es importante en el control y dirección de las estructuras del partido y, sobre todo, en la composición y orientación del propio Gobierno. Por todo ello, su papel en el futuro del Partido Popular parece fundamental. Cuenta con organizaciones “hermanas”, caso de Elkargunea en el País Vasco.
            La Cánovas del Castillo agrupa a personalidades de convicciones conservadoras. Editan algunas publicaciones periódicas (la revista veintiuno), organizan cursillos formativos y de capacitación de líderes y trabajan también la cooperación al desarrollo, a modo de ONG.
            Humanismo y Democracia es la demócrata cristiana. De vida algo lánguida, también se está abriendo a la cooperación al desarrollo, como una ONG más, y edita numerosos folletos y libros. Caso significativo de su línea de actuación fue la edición de lujo, en dos magníficos volúmenes, de las “obras completas” de Jaime Ignacio del Burgo, político navarro en activo, democristiano. Corrió a cargo del entonces gerente de la Fundación, y amigo del citado, Ricardo de León, antiguo consejero del Gobierno de Navarra. Recientemente ha sido nombrado representante permanente del Gobierno de Navarra ante las administraciones públicas, en Madrid. Un signo indudable de que hay que buscarse nuevos acomodos ante los tiempos que se avecinan.
            Otras pequeñas fundaciones del entorno son la Atlántica, la Popular Iberoamericana, la de Estudios Europeos y el Instituto de Formación Política (inactivas las tres últimas).
            Todas ellas, salvo tal vez la democristiana (según informaba Jesús Rodríguez en el diario El País el pasado domingo 11 de febrero), serán objeto de una fusión, siendo su objetivo una “macrofundación” liderada por José María Aznar, una vez se retire de la Presidencia del Gobierno. Desde allí y la presidencia del PP, ejercería el liderazgo del partido (el llamado “proyecto Arzallus”) y lo intentaría en la Internacional Popular y Reformista que se viene perfilando en los últimos meses; más cuando se trata casi del único líder no socialista europeo con éxitos electorales recientes.
La marcha de sus juventudes, las Nuevas Generaciones, sigue la misma línea. Pero no es ninguna novedad. Sin apenas peso en el partido, siempre han destacado por intentar ser más progresistas que sus mayores. Por lo tanto, como siempre; pero lo que parece claro es que las juventudes no serán obstáculo alguno para la nueva orientación del partido.
            También son significativos algunos posicionamientos doctrinales. Es el caso del coqueteo con el “nuevo laborismo”, vía amistad de Aznar con el primer ministro británico Blair.
            Y no olvidemos la moda “azañista” que, impulsada por las lecturas y declaraciones al respecto realizadas por Aznar, se extendió por sectores del partido. Esperemos que los libros de Pío Moa sobre la Segunda República española, así como el reciente texto del historiador Federico Suárez (Manuel Azaña y La guerra civil española, editorial RIALP, 2000), les disuada de tan extraño descubrimiento.
            Por último, mencionaremos un aspecto especialmente hiriente para los católicos. Con anterioridad al acceso del Partido Popular al Gobierno de la nación, no era infrecuente la realización de declaraciones públicas de algunos de sus líderes manifestándose a favor del derecho a la vida. Sin embargo, una vez en el Gobierno, tales declaraciones han desaparecido, acompañando a tal cambio la progresiva adopción de medidas para nada coherentes con esas previas manifestaciones. Por eso, en algunos ambientes católicos se tiene la impresión de haber actuado de “comparsa” en la estrategia del partido para acceder al Gobierno. Si a ello sumamos la percepción de que el voto católico está “bien amarrado”, a juicio de los dirigentes del propio PP; es comprensible el profundo disgusto manifestado en esos ambientes católicos.

 

Espacio para el debate interno: derecho de todos, también de los católicos.
Consecuencia lógica, de la actual orientación del Partido Popular, es la prohibición de las tendencias internas: un líder, un partido, una ideología.
No existe, por lo tanto, una tendencia organizada demócrata cristiana. Ni liberal, conservadora u otra. Ni siquiera se habla, apenas, de “familias” ideológicas o con otro tipo de afinidades, si bien existen algunas publicaciones en el entorno del Partido Popular con una determinada orientación (Nueva Revista, Revista hispano cubana, etc.).
            La mayoría de los protagonistas democristianos de la transición española están, a causa de su avanzada edad, retirados de la vida pública o en segunda fila. Pero sigue existiendo un número importante de políticos de convicciones católicas en el Partido Popular, aunque no todos asuman la etiqueta democristiana.
            En esta situación, ¿qué margen de maniobra tienen los políticos católicos para actuar en consecuencia con sus principios? Tememos que muy poco, dados los condicionamientos que hemos analizado. Y si los políticos católicos no pueden hacer valer su concepción de la vida social, el pueblo católico se queda sin representación política efectiva.
Ya hemos denunciado en esta publicación digital (sendos artículos publicados en los números 40 y 41), haciéndonos eco de otras reflexiones análogas, el progresivo alejamiento en la práctica del Partido Popular de la cosmovisión cristiana. Parece deducirse, por lo tanto, que el espacio y capacidad de influencia de los políticos católicos, que debieran asumir los principios informadores de la Doctrina social de la Iglesia como criterio fundamental en su actuación, está siendo limitado progresivamente.
Pero seamos realistas. Ese mismo margen de maniobra –escaso, parecen indicarlo todas las circunstancias indicadas- lo tienen los demás políticos que no forman parte del reducido núcleo rector de la vida del partido.
            Mucho tememos que “el que se mueva no sale en la foto” también es una práctica del Partido Popular.
            Los políticos católicos tienen unos intereses y unas obligaciones concretas, una identidad que en diversos aspectos les diferencian de los objetivos de otros políticos del partido: principio de subsidiariedad, defensa de la vida, libertad de enseñanza, economía social de mercado, participación, solidaridad.
            Reclamar un espacio para los católicos supone hacerlo también para otras identidades sociales y culturales no católicas.
            Por ello, esta reivindicación, de llevarse a cabo, constituye una oportunidad de renovación para todo el partido y, por extensión, para el actual sistema. La democratización de sus estructuras sólo puede beneficiar a la salud interna del Partido Popular. Como católicos, como laicos, hay que reclamar un espacio propio para la identidad y el debate, al igual que para otras realidades ideológicas y sociales. Espacio, pluralismo, diálogo. Democracia interna, en definitiva.
Pasaron los tiempos en que un partido sólo era la proyección de un líder carismático. O, al menos, eso creíamos.
El tiempo confirmará si la vía elegida, para el ejercicio de su compromiso temporal, por estos políticos católicos ha sido acertada. En caso negativo, esperamos su autocrítica y la búsqueda de nuevas vías.
            Aunque, tememos, ese tiempo ya ha llegado.

            En cualquier caso, la crisis que sufren los políticos católicos no es independiente de lo que ocurre en el pueblo cristiano. Ello debe ser motivo de profunda reflexión para todos los católicos españoles.


 Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero 2001.

¿Un partido político católico?: el gran silencio. Reflexiones en torno al futuro de la acción política de los católicos españoles.

La propuesta de posible creación de un partido político católico, realizada por Monseñor Gea Escolano, apenas ha sido debatida o comentada en la mayoría de medios de comunicación. Esta reacción, entre los propios católicos, ¿ha sido distinta?

La propuesta de Monseñor Gea.
Monseñor Gea Escolano, Obispo de Mondoñedo-Ferrol, realizó recientemente la insólita propuesta, políticamente incorrecta, de considerar la creación de un partido católico como posible alternativa ante la actual evolución de la vida política española, en particular en lo que respecta a la defensa del derecho a la vida. Esta propuesta, en buena medida, es una de las reacciones producidas ante la situación existente entre los católicos y el rumbo adoptado por el Partido Popular, que considera al voto católico como bien amarrado, lo que le permite actuar a espaldas de los intereses y valores de ese sector social que, mayor o menor, es una realidad.
La voz de alarma ya se había dado anteriormente. Así lo analizamos en un artículo anterior (La crisis abierta entre los católicos españoles y el Partido Popular, número 40 de esta misma publicación digital).
Esta propuesta de un partido católico ha pasado, de todas formas, sin pena ni gloria.
Apenas ha tenido repercusión entre los tertulianos, columnistas de los medios de comunicación y nuestros políticos. Entre los propios católicos españoles, la reacción ha sido, en general, similar.
Sólo ha tenido resonancia en los reducidos círculos más concienciados de algunos movimientos eclesiales y grupos de católicos con cierta, pero imprecisa, vocación política.
Apenas comentarios y artículos al respecto. ¿Cómo es posible esto?
Dalmacio Negro, desde el diario La Razón, publicó un interesante artículo en el que alertaba de los peligros del poder estatal, también, para los católicos, a la vez que marcaba el acento en el importante papel cultural y espiritual de la Iglesia.
Antonio Martín Beaumont, desde elsemanaldigital.com, realizaba una tremenda crítica, tanto a la Jerarquía católica española, como a los políticos de corte “democristiano”. Y poco más.
En las publicaciones católicas apenas han figurado comentarios al respecto. Uno de éstos ha sido el desarrollado por José Antonio Ullate en “Católicos del siglo XXI”, en el sentido militante y contracorriente que le caracteriza.
La web del magnífico periodista Eulogio López, hispanidad.com, acogió, con concienzudas matizaciones, la propuesta (edición del 22/01/01, por ejemplo), así como algunas aportaciones de sus lectores.
Ciertas “cartas al director”, publicadas en determinados medios, acogían con mayor o menor agrado, la citada propuesta. Incluso, algunas de ellas, recordaban la existencia de pequeñas formaciones políticas inspiradas, de alguna manera, en la Doctrina Social Católica; partidos, recordemos, sin apenas incidencia en la vida social española.
Un gran silencio y una ausencia casi total de réplicas, en definitiva, también por parte de otros obispos y de los políticos a los que pudiera afectar, a medio y largo plazo, un evento de este tipo.

La naturaleza de la propuesta.
Para el pensamiento predominante, reflejado en la inmensa mayoría de los medios de comunicación, la cultura, la política y la Universidad, sin duda, se habrá tratado de una propuesta reaccionaria, retrógrada, fuera de la historia y, por ello, sin posibilidad alguna de concreción y espacio propio relevante.
En este sentido, en el número correspondiente a la semana del 15 al 21 de enero, el semanario de actualidad, muy próximo al PSOE, El siglo, interpretó las manifestaciones de algunos obispos, respecto a la evolución ideológica del Partido Popular, como un elemento más de la supuesta lucha existente entre halcones y palomas dentro del partido gubernamental. Esta interpretación ratifica que, para ese sector del pensamiento dominante, es inconcebible que la Iglesia pueda tener sus propios criterios también en la vida pública. Un reflejo más del dualismo imperante.
También para muchos católicos se habrá tratado de una propuesta ajena a la realidad; no en vano el dualismo se ha impuesto en casi todos los ambientes, incluidos los católicos. Y, en tales circunstancias, los políticos católicos difícilmente podían ser una excepción.
Este dualismo nos indica que el cristianismo sólo es aceptable en el fuero interno, en la catequesis, incluso en algunos ámbitos culturales y familiares. Pero no es admisible, desde esa perspectiva mayoritaria, que la fe tenga repercusión, ni nada que ver, con la política, la economía, la generación de realidades sociales, el consumo, etc. Además, a tales consideraciones acompaña la constatación de la progresiva pérdida de influencia social de la Iglesia católica.
Por ello es comprensible el silencio general, tan evidente que parece se hubiera seguido una imperativa consigna coactiva.
Volvamos a la propuesta de Monseñor Gea. ¿Cuál era su verdadera naturaleza? Tal vez una iniciativa personal no contrastada con otros miembros de la Conferencia Episcopal. Pudiera ser, acaso, un “globo sonda” para pulsar los ambientes católicos españoles. Incluso podría tratarse de una “advertencia”, más dirigida a los políticos católicos que al propio Partido Popular.
De tratarse de una iniciativa personal, ya hemos visto el resultado: un silencio significativo por parte de sus compañeros obispos, lo que quiere decir que se trata de una opinión personal que no responde al criterio mayoritario de los mismos.
Si se ha pretendido, con tal propuesta, pulsar los ambientes católicos españoles, también es significativo el escaso eco producido entre los mismos. Naturalmente que se ha hablado de ello en muchas familias y círculos con vocación política; pero se trata de excepciones.
En el supuesto de tratarse de una advertencia, ya se verá el resultado a corto y medio plazo. Pero, en cualquier caso, el rumbo marcado por el Partido Popular hacia el “centro reformista” parece firme y decidido. Así parece avalarlo los últimos movimientos realizados por José María Aznar a nivel internacional. Y en ese camino, las iniciales referencias cristianas del Partido Popular serán soltadas, cual pesado lastre que impide sintonizar con el electorado mayoritario del país.
Veamos, ahora, un poco su contenido. La propuesta de Monseñor Gea Escolano parecía circunscribirse, fundamentalmente, a la necesidad de afrontar el reto que presenta hoy día la defensa de la vida en la sociedad española, cuya expresión más dramática es la actual situación permisiva ante el aborto y otros fenómenos asociados al mismo.
Sin embargo, si volvemos al valiente artículo publicado por el escritor Alex Rosal en “Fe y Razón” del sábado 25 de noviembre de 2000, son bastantes más los problemas que están ensanchando la brecha entre el Partido Popular y los católicos españoles. Por ello, limitar la existencia de un partido político católico a la defensa de la vida, siendo en todo caso un aspecto fundamental de la acción pública de los católicos, desnaturaliza y limita, en alguna medida, el sentido y finalidad de la misma.

Algo se mueve en la “escena” católica española.
La movilización de los católicos vascos realizada el pasado sábado 13 de enero en Vitoria, convocados por los obispos vascos y el navarro para una jornada de oración por la paz, pese a todas las matizaciones y críticas que pueden realizarse, ha podido inducir a la reflexión de nuestros políticos. Ha podido irritar, se ha intentado “quitar hierro” al asunto, pero es indudable la capacidad de convocatoria de esta Iglesia local, movilización que pocas realidades sociales vascas pueden arrogarse.
Recordemos otro asunto: las manifestaciones de algunos católicos a favor del “voto en blanco” con ocasión de las pasadas elecciones legislativas españolas del 12 de marzo de 2000.
Más elementos a tener en cuenta. Así, el descontento y la abierta crítica hacia la actual política gubernamental que se percibe en los núcleos más comprometidos de algunos de los nuevos movimientos eclesiales españoles.
Algo se está moviendo, parece indicar todo lo anterior, en la “escena” católica española.
Y que todo ello pueda concretarse en una iniciativa que movilice, llegado el día, unas decenas de miles votos, puede ser decisivo y fundamental para el mantenimiento en el Gobierno de España del Partido Popular, más cuando la erosión lógica del ejercicio del poder le está afectando y sus perfiles netamente originarios se difuminan en la porosa frontera con el espacio propio del PSOE.
La pregunta que nos hacíamos, en definitiva, al inicio del artículo era: el voto católico, ¿realmente se encuentra “amarrado”?
Pero en un ejercicio de realismo, después de las anteriores consideraciones, tendríamos que plantearnos otros interrogantes. ¿Qué sentido de pertenencia a la Iglesia tenemos los católicos españoles y, en particular, nuestros políticos? La pérdida de “espacio” de los católicos en el Partido Popular, ¿no es acaso paralela a la pérdida de incidencia real en la vida social española de la Iglesia?
Sin duda, tales interrogantes son fundamentales, pero exceden, con mucho, este artículo y la capacidad de su autor.

Consecuencias de un modesto artículo de opinión.
Con todo, en nuestro caso tenemos que relatar unas reacciones, no buscadas e insospechadas, de nuestro anterior artículo La crisis abierta entre los católicos españoles y el Partido Popular. Y lo ocurrido ha sido la recepción de varios e-mail y algunas llamadas telefónicas procedentes de miembros cualificados de grupos con vocación pública y de movimientos significativos del panorama eclesial español, manifestando su adhesión a los contenidos del texto.
Recordemos las tesis centrales del artículo:
1) El rumbo actual del Partido Popular está orientado en una dirección distinta, y en algunos asuntos fundamentales de forma antagónica, de la marcada por la Doctrina Social Católica.
2) El pueblo cristiano español empieza a rehacerse, en parte de la mano de los nuevos movimientos eclesiales. No olvidemos la pluralidad y variedad de los mismos.
3) La constatación de la necesidad de la creación de instrumentos formativos de futuros políticos católicos, sustentados en un diálogo vivo y real con el pueblo cristiano y en una pertenencia carnal a la Iglesia.
Con mayores o menores matizaciones, estos juicios son compartidos por los comunicantes.
Este hecho no es especialmente trascendente. No pasará a la historia. Faltaría más. Pero constata la progresiva creación de una red informal de relaciones personales en la que confluyen voluntades con vocación política y una conciencia de la necesidad de “hacer política” con un nuevo sentido de la misma.
Sin embargo, aunque se percibe esa necesidad de una “nueva política” y una “nueva presencia”, no está claro qué hacer exactamente y para qué.

“La necesidad crea el órgano”.
En esta “red”, de la que hablamos párrafos arriba, se percibe la necesidad de que alguna institución católica, con vocación de servicio, tome la iniciativa. Varias han sido las posibles alternativas barajadas, a desarrollar en un futuro no lejano: un foro permanente de discusión en internet, una revista especializada, una Escuela de Formación Política de ámbito nacional, la convocatoria de un nuevo “congreso Católicos y vida pública” centrado en “lo político”, la creación de un “lobby” católico, etc.
Ideas no han faltado. Pero seguimos sin saber exactamente qué es lo que hay que hacer. Y en esta labor de discernimiento, la orientación paterna de nuestros obispos puede ser un medio extraordinario y adecuado.
El objetivo último no tiene que ser, necesariamente, la creación de un partido político. Pero esta inicial movilización de voluntades no debiera desaprovecharse. Si se llegara a fundar un nuevo partido político (improbable en cualquier caso), un “lobby”, una Escuela de Formación, o incluso si se continúa exactamente como hasta ahora, la realidad se impone. Sigue siendo necesaria la presencia de católicos en la vida política española; y alguna atención a los mismos habrá que prestarles desde organizaciones católicas o desde las propias estructuras eclesiales.
Históricamente, tenemos la rica y aleccionadora experiencia del siglo XX. Los católicos españoles realizaron una importante aportación al panorama político del momento, renovando la escena pública mediante instrumentos como el PSP de los años 20, la CEDA en el período republicano, la ACNP, los sindicatos católicos, etc. Y nos hemos limitado a recordar unos pocos ejemplos.
Es necesario un cauce en estos momentos, en cualquier caso, aunque sea modesto. Primero, echarse a andar. La realidad política y el diálogo con el pueblo católico ayudarán a concretar las decisiones tácticas precisas en un futuro próximo.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 41, enero de 2001.

La crisis abierta entre los católicos españoles y el Partido Popular.

Las relaciones entre los católicos y el Partido Popular no atraviesan un buen momento. Unas reflexiones sobre la actual crisis.

 

Introducción.
El periodista Alex Rosal, en el artículo de portada del suplemento Fe y Razón, publicado el sábado 25 de noviembre de 2000 en el diario La Razón, se hacía eco de la preocupación existente entre los obispos de la Iglesia católica española ante el rumbo político seguido por el Gobierno, del Partido Popular, alejado en numerosos aspectos fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia.
Los obispos emiten, en general, un juicio muy duro sobre diversas decisiones adoptadas por este Gobierno, lo que les llevaría a replantearse las relaciones con el mismo y a madurar la posibilidad de impulsar nuevas modalidades de presencia pública de los católicos en la vida política.
A juicio del citado periodista, los temas concretos causantes de la crisis serían los siguientes:
- Mantenimiento del “status quo” del aborto legal.
- Autorización y comercialización de la RU-486 (píldora abortiva).
- Próxima distribución de la “píldora del día después”.
- Ausencia de ayudas a futuras madres en dificultades económicas.
- Ausencia de política natalista.
- Bloqueo en la situación de las clases de religión.
- Falta de apoyo a las familias numerosas.
- Mantenimiento de la misma línea moral y cultural, en las emisiones de las televisiones públicas, que la seguida por el PSOE.
- Inmovilismo en el mundo de la enseñanza: mantenimiento del estatismo.
- Leyes de parejas de hecho.
- No concesión de licencia de televisión digital a la cadena COPE.
Debemos señalar que, en lo que se refiere a la anterior lista de asuntos conflictivos, no puede exigirse al Partido Popular que desarrolle una actuación ajustada a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia cuando ni siquiera algunos de esos temas venían contemplados en su programa electoral. Al analizar la actual situación, una actitud realista exige, siendo el PP una agrupación en la que coexisten diversas sensibilidades y cuya definición ideológica está reelaborándose, ajustarse a los compromisos reales.
Por otra parte, en la citada lista echamos de menos una valoración crítica a falta de impulso a las iniciativas que se derivan del principio de subsidiariedad, que se viene observando en la acción de gobierno del Partido Popular. Y ello es especialmente grave, al sí estar recogido en su programa electoral y constituir, por otra parte, una de las más importantes aportaciones de la Doctrina Social de la Iglesia a la acción pública.
En opinión de muchos obispos -volvemos otra vez a las interesantes afirmaciones del periodista- los políticos católicos del PP, que los hay y bastantes, “no parecen tener agallas” para enfrentarse a esta política anticristiana, por lo que se impone tomar alguna decisión al respecto.
Pero no puede decirse que la crisis haya surgido de la nada. De hecho, con ocasión de la campaña previa a las elecciones legislativas de pasado 12 de marzo de 2000, ya se elevaron algunas voces propugnando el voto en blanco, por considerar que el electorado católico era ignorado por el Partido Popular. No en vano, existe cierta percepción de que el PP considera “bien amarrado” y asegurado la mayor parte del voto católico.

 

Católicos y política: una miradas atrás.
Es indudable que son muchos los políticos de convicciones cristianas en el seno del Partido Popular y en otras agrupaciones políticas. De hecho los encontramos, en mayor o menor número, en prácticamente todos los partidos del espectro político español, incluidos los partidos nacionalistas, tanto radicales como moderados. Pero, según estudios demoscópicos, los católicos practicantes votan, mayoritariamente, aunque no de forma exclusiva, al Partido Popular.
Quiénes así participan en la vida pública, ya en el seno del PP como de otros partidos, tienen una característica en común: lo hacen a título individual, como “francotiradores”, siguiendo los impulsos y requerimientos de su conciencia individual. Es más, algunos movimientos eclesiales entienden que la participación en política sólo puede hacerse de esa manera: como “fermento” en medio del mundo, ejerciendo una labor misionera discreta en el entorno inmediato de cada uno. Con esta actitud se pretende, con muy buenas intenciones, evitar que la acción personal de un político concreto pueda confundirse con la Iglesia misma. Esta actitud, de alguna manera, sería la proyección pública de una sensibilidad muy marcada hoy día en la Iglesia: el repliegue interior, huyendo de manifestaciones externas y situaciones ambiguas.
No siempre se ha actuado en política de esta manera.
A partir de los años 30, la Jerarquía católica española era consciente de la necesidad de una acción política del laicado. Existía un compacto pueblo católico y una Acción Católica que encauzaba a los más concienciados y comprometidos de ese pueblo. Además, se creó el que constituyó un instrumento extraordinario, cuyo sentido era la defensa del catolicismo en la vida pública a través de la formación de líderes políticos cristianos y en los medios de comunicación: la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP).
La ACNP cumplió ese objetivo durante muchos años, formando varias generaciones de líderes cristianos presentes en todas las vicisitudes de la vida pública española, incluso en las más dramáticas. No olvidemos que la Iglesia fue objeto de una persecución implacable durante la Segunda República española. De hecho, esa estela de líderes católicos nos ha llegado prácticamente hasta nuestros días. Así recordaremos, a título de ejemplo, que el grupo “Tácito”, constituido a primeros de los años 70 con el objetivo de promover el cambio político desde posiciones moderadas, estaba formado por políticos y periodistas procedentes de los medios de la ACNP, de convicciones democristianas. Y, todavía hoy, encontramos algunos políticos muy relevantes formados en la ACNP.
Vemos, pues, que pueblo cristiano, Jerarquía y líderes políticos católicos, constituían una realidad humana que encarnaba de forma reconocible la presencia de la Iglesia en la sociedad española, en una intensa interrelación. Metafóricamente, esas tres realidades constituían, cada una de ellas, una pata de la silla, de forma que si fallaba una de ellas, la silla se venía abajo.
No todos los católicos formaban, por entonces, parte de un único partido político. De hecho, en la Segunda República encontramos católicos, además de en la CEDA donde eran mayoría, en el Agrario, en Renovación Española, en la Comunión Tradicionalista, en Falange Española, en el Partido Nacionalista Vasco, en Unión Democrática de Cataluña y en el Partido Republicano Conservador. Pese a ello, la unidad política de los católicos era un importante principio orientador, asumido e impulsado por los obispos españoles al igual que en otros muchos países de tradición católica, de indudables consecuencias prácticas.

 

Los políticos católicos españoles en la actualidad.
Ya hemos visto que los políticos cristianos, hoy día, viven esa vocación, generalmente, desde el individualismo, sin apenas cauces de formación política, ni coordinación de ningún tipo que trascienda algunas relaciones personales.
Y, de hecho, el que ello sea así no es ninguna casualidad.
El pueblo cristiano ha desaparecido en buena medida. Y la mentalidad relativista se ha introducido de tal manera entre los restos de este pueblo, que no parece alcanzar hoy día la antigua “textura”, de modo que, como ejemplo, para muchos católicos “los obispos no tienen autoridad para decirnos a qué partido votar”.
La expresión más dramática de esa aparente desaparición del pueblo cristiano es el abandono masivo de muchos católicos de la Iglesia y el envejecimiento de sus integrantes.
El factor anterior, junto a nuevas tendencias teológicas y pastorales, han tenido una indudable incidencia en la conformación de la situación actual, a la que ha contribuido la praxis seguida por muchos movimientos eclesiales conforme a su carisma y sensibilidad, lo que no excluye ciertos cálculos estratégicos.
Por todo ello, esa íntima y leal colaboración existente, en su día, entre pueblo cristiano, Jerarquía y líderes políticos, ha desaparecido, pues tales realidades se han transformado notablemente.
En el congreso Católicos y vida pública, que se celebró a finales de 1999, organizado por la Fundación San Pablo – CEU y la Asociación Católica de Propagandistas, se observaron algunas cosas interesantes.
En primer lugar se detectó un interés objetivo de muchos de sus asistentes en “hacer política”.
Se pudo observar, en segundo término, una fractura generacional. Por una parte, se constató la presencia de históricos políticos democristianos, que participaron con notable protagonismo en UCD y PP. Por otra parte, jóvenes procedentes de otras experiencias políticas más radicales y en general encuadrados en algunos de los llamados “nuevos movimientos eclesiales”. Para estos jóvenes (algunos rondando la cuarentena), la vieja “democracia cristiana”, que nunca cuajó en España, no era, en buena medida, una referencia y un modelo a seguir.
Pero pese a esas ganas comunes de hacer presente al Evangelio también en la vida pública y, en concreto, en el mundo de la política, muchas eran las diferencias, como muchos y variados los carismas eclesiales allí representados.

 

Las soluciones.
Como posible alternativa a la actual situación, se ha propuesto la creación de “escuelas de formación política” dirigidas a futuros líderes. Impulsadas por algunos obispos o realidades eclesiales, se intentaría promover una nueva generación de dirigentes políticos coherentes con su pertenencia católica.
Sin embargo, en esta propuesta observamos graves carencias. No en vano, una solución “de laboratorio” que prescinda de la realidad está llamada al fracaso. Además, en la acción concreta de los católicos, se debe atender a la creación y cuidado del “yo”, en un nuevo sujeto que responda a las necesidades y retos de la vida en común; lejos de frías decisiones separadas de la vida.
Una vez formados esos dirigentes, ¿qué pasaría? Inmersos en partidos y realidades no católicas, su impulso quedaría a merced de su voluntarismo, en una titánica lucha “contra corriente”. Podría tratarse, entonces, de un esfuerzo formativo baldío.
Hemos visto que la existencia de una clase política católica se explicaba por la realidad física de un pueblo cristiano que la generó, siendo la relación existente entre ambos, íntima y estrecha.
Al presentar hoy, ese pueblo cristiano, una fisonomía muy distinta, se impone buscar la manera de que ámbitos sociales concretos respalden, con sus iniciativas y apoyo humano, a esos políticos cuya labor debe consistir en la defensa y promoción del bien común. En ese sentido, los grupos humanos que viven su fe en el cauce de los “nuevos movimientos eclesiales” constituyen una realidad de la que la Iglesia no puede prescindir. Siendo múltiples esos movimientos, también lo son sus carismas y matices. Pero es posible, y deseable, el mutuo conocimiento, la coordinación en órganos estables y la formación especializada, ya sea a nivel diocesano o desde el servicio proporcionado por entidades como la Asociación Católica de Propagandistas. Y ello de forma estable y con continuidad en el tiempo.
Por lo que respecta a la concreta actuación política, sólo son posibles dos estrategias:
1º) Participar en el interior de partidos políticos que, no confesionales, no son enemigos a priori de los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia: principio de subsidiariedad, defensa de la vida desde la concepción, apoyo a la familia, apoyo a la libertad de enseñanza, atención y promoción de los marginados, libertad cultural, lucha contra el paro, justicia distributiva. Es el Partido Popular el que, a nivel nacional, parece reunir esas características, al menos en principio. Pero no admite la existencia de tendencias organizadas internas. Otra cosa es la existencia de sensibilidades que orbitan, en mayor o menor medida, en torno de las diversas Fundaciones próximas al Partido Popular y que nacieron con una identidad ideológica concreta. Es el caso de los liberales con FAES (principal laboratorio de ideas y cantera de nuevos dirigentes de José María Aznar), los conservadores con la Cánovas del Castillo y los democristianos con Humanismo y Democracia. Pero este esquema de funcionamiento se modificará en unos pocos años, de prosperar el proyecto de integrar todas esas fundaciones en una única “macrofundación” que, presidida por José María Aznar, constituiría el soporte organizativo y humano para su lanzamiento como dirigente internacional del centro reformista que se está rediseñando desde la Internacional Demócrata Cristiana.
Por todo ello, también los católicos que optan por integrarse en este partido, siguen precisando de cauces de encuentro y formación que permitan –además- que las iniciativas católicas y la vida generada por las realidades eclesiales infundan vitalidad y creatividad a esos políticos, en un diálogo y una interrelación permanente.
2º) También hay católicos que consideran necesaria la existencia de un partido exclusivamente católico, caso de los integrantes de la Comunión Tradicionalista Carlista. Se trata de una opción no asumida por la Jerarquía, cuyo futuro no parece salga de la presencia testimonial.

 

El Partido Popular hoy.
Hemos mencionado la existencia en el seno del Partido Popular de varias sensibilidades: liberal, conservadora, democristiana.
Forma parte de la Internacional Demócrata Cristiana y del Partido Popular Europeo, al igual que los catalanes de UDC, pero ambos foros vienen perdiendo, desde hace muchos años, carga doctrinal. De hecho, las orientaciones emanadas desde la Iglesia católica no constituyen, para ambas organizaciones internacionales, referencia moral importante. Prueba de ello es la progresiva incorporación de partidos políticos cuyas señas de identidad no son las de la antigua democracia cristiana.
En la actualidad, José María Aznar está imprimiendo al Partido Popular un sello ideológico propio. Intenta “centrar” el partido, abriéndose a sectores sociales (caso de buena parte de las clases medias urbanas) que miran con reticencia al PP por sus orígenes conservadores, situados en un espacio ubicado entre el centro derecha y el centro izquierda y que, numéricamente, pueden proporcionar la victoria al PP o al PSOE.
Ello explica que, desde el inicio del proceso de “refundación” del partido, se vengan abandonando las señas de identidad conservadoras, que marcaron en su día a Alianza Popular, y las democristianas, que remiten inevitablemente a una Iglesia católica que viene perdiendo peso e incidencia social. Y en la búsqueda de unas nuevas señas de identidad se está recurriendo a figuras aparentemente muy ajenas a este espectro ideológico, caso de Manuel Azaña, nuevos conceptos como el de “centro reformista”, la búsqueda de puntos en común con el “nuevo laborismo”, etc.
Por todo ello los políticos católicos que trabajan dentro del Partido Popular, al margen del acento y carisma que les haya marcado su entorno eclesial de procedencia, encuentran dificultades cada vez mayores en la consecución de apoyos efectivos para sus inquietudes y prioridades. La tendencia actual parece indicar que esas dificultades se acentuarán progresivamente, conforme avance la aparente “desideologización” en marcha en las estructuras y militancia del PP.
En cualquier caso, este proceso interno del PP es, en buena medida, paralelo al que viene experimentando la sociedad española: progresivo alejamiento masivo de la experiencia cristiana e implantación de un dualismo para el que la vida real poco o nada tiene que ver con la fe cristiana.

 

Nuevo pueblo cristiano, nueva presencia, nueva política.
Los cristianos venimos actuando, desde hace mucho tiempo, con una fe reducida y dualista, de manera que nuestra vida en sociedad se rige por unos criterios ajenos a la experiencia cristiana. Sin embargo la Iglesia nos asegura que la unidad de vida puede manifestarse en todos los ámbitos de las relaciones personales y sociales, incluso en la esfera de la presencia pública y de la acción política.
Ello supone manifestar una identidad cristiana en la política, expresión de una responsabilidad colectiva del pueblo católico.
Si aspiramos a crear ámbitos de mayor humanidad en la vida en común, como expresión de esa “vida nueva” que nos posibilita la pertenencia a la Iglesia, el ámbito político no puede constituir una excepción.
Los partidos políticos, entendidos como instrumentos de participación para la construcción de una sociedad más humana, no responden en la España actual a las expectativas creadas en ellos. Y es ahí donde el catolicismo social puede realizar su mayor aportación: la propuesta de una política responsable que nace de una concepción del hombre acorde con el ideal.
Desde la propia identidad es posible dialogar, siempre que se pretenda construir. El diálogo por el mero diálogo no edifica realidad alguna. Pero para hacerlo, debe partirse del acervo propio, sin renunciar a aquellos elementos que pueden proporcionarnos las herramientas creativas que una política constructiva requiere. Además, para ser responsable hay que pertenecer. Un político cristiano será responsable, en primer lugar, ante el pueblo cristiano al que pertenece.
Un nuevo pueblo cristiano traerá políticos nuevos que redescubran, a toda la sociedad, la política como un medio cualificado para la edificación del bien común. 

 

Conclusión.
Los cristianos implicados en política se deben desenvolver en medios hostiles. Por ello es necesario proporcionarles una formación que les cualifique y un medio humano –una compañía- que les sostenga de forma cotidiana. Y ello permitirá que vivan en sintonía con las orientaciones de los obispos y con las preocupaciones e iniciativas del pueblo cristiano, que deberán defender y potenciar, expresión carnal y reconocible de la Iglesia de Jesucristo en la España concreta de nuestros días.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica,  Nº 40, diciembre de 2000