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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Masonería egipcia, rosacruz y neo-caballería.

     En este artículo se analiza un libro que permite adentrarse en el complejo mundo de las sectas ocultistas de inspiración rosacruz, martinista y de la llamada masonería de rito egipcio.

 

Un libro del Grupo Anaya.
            El Grupo Anaya, conjunto de editoriales especializadas para las que la calidad es su principal seña de identidad, se ha lanzado al lucrativo negocio de la publicación de textos dirigidos al amplio público interesado en el ocultismo y otras disciplinas de orientación esotérica: Oberon Historia.
            Uno de los primeros libros editados por ese nuevo sello de Grupo Anaya es “La tradición oculta. Masonería egipcia, rosacruz y neo-caballería”, de Gérard Galtier (370 páginas. Madrid, 2001). Tiene una magnífica presentación: papel de máxima calidad, encuadernación, sobrecubierta negra con letras e ilustraciones doradas. Sin embargo, son múltiples las erratas que lo salpican: letras que faltan o se repiten, sílabas mal separadas, palabras repetidas incluso. Pese al aspecto exterior, ha faltado una corrección a fondo.
            En cualquier caso, los estrategas de Anaya han vislumbrado que, en lo que a esoterismo se refiere, existe una posibilidad de rentabilidad comercial y, por ello, ahí están esos diversos títulos publicados desde ese sello editorial.
            En la solapa, Gérard Kloppel, Gran Maestre del Rito de Menfis – Misraim (masonería irregular de rito egipcio) alaba, con entusiasmo en un breve párrafo, el libro. Y no es de extrañar, pues es parte interesada. El autor estudia la genealogía de diversas asociaciones secretas, buscando una filiación y legitimidad históricamente consistentes que las justifiquen. Ahí radica la indudable intencionalidad del autor, más cuando, respecto a muchos de los círculos estudiados, apoya su presunta legitimidad de origen y filiación, incluso a falta de documentos escritos. Y para ello realiza conjeturas y afirmaciones del tipo de “no se descarta que en esa localidad pudiera haber contactado con los supervivientes de…”.

 

Rosacruces, masones, martinistas.
            A lo largo del libro desfilan buena parte de los ocultistas más famosos de los últimos siglos: Cagliostro (presunto fundador del primer rito “egipcio” de la masonería y del que derivarían los demás ritos de la misma tendencia), los hermanos Bédarride, Péladan, Guaita, Eugéne Aroux, Arcad dÓrient Vial, Yorker, Lagrèze, Rudolf Steiner, Victor Blanchard, Papus, Bricaud, Spencer Lewis, etc.
            El libro se estructura en torno a varias “tradiciones” ocultistas: la ya mencionada masonería de rito egipcio y cuya existencia se desenvuelve en la periferia de la masonería regular, las órdenes de inspiración rosacruz, las sociedades secretas católicas y realistas de Toulouse que derivaron en algún caso en extraños cenáculos ocultistas y, por último, el martinismo.
            Recíprocas excomuniones entre antagonistas, expulsiones, escisiones, orígenes oscuros… El libro es una sucesión de personalismos, en algunos casos de extravagante comportamiento y doctrina que generan “escuela”, presuntas “filiaciones iniciáticas” que dan lugar a una “tradición”, coleccionistas de ritos y diplomas ocultistas de todo tipo con múltiples militancias en organizaciones masónicas y paramasónicas, etc. No realiza un estudio doctrinal con profundidad de todos esos grupos y autores ocultistas, pero al menos proporciona alguna pincelada orientativa.
            Es de agradecer que el autor no tenga reparos, desde su evidente simpatía por la masonería de rito egipcio y la rosacruz (organizaciones a su juicio más espiritualistas que la racionalista masonería regular y la irregular de evidentes tentaciones políticas), en afirmar en varios lugares del texto que existe una lógica contraposición entre la concepción católica de la vida y la propugnada desde estas “escuelas” iniciáticas.
Pese a su claridad en muchos aspectos, mezcla, en otros, verdad y fantasía, mito y realidad, historia con deseos. Así, nos sorprenderá al afirmar que el Apostolado de la Oración y las Conferencias de San Vicente de Paúl pudieron tener alguna relación con esos mencionadas cenáculos ocultistas de origen católico y que derivaron, según afirma en su libro, en grupúsculos extravagantes. Relacionado incidentalmente con lo anterior, nos recuerda que el famoso e influyente escritor, en ámbitos muy diversos, René Guénon, escribió en unas pocas ocasiones para la revista católica, de indudable ortodoxia, “Regnabit”. Un dato, sin duda, a tener en cuenta.
            Son muy interesantes las afirmaciones que hace respecto a las relaciones de algunas de las asociaciones, aquí estudiadas, con los grupos carbonarios, confirmando las mutuas y recíprocas implicaciones.
            El autor también trata, con ánimo desmitificador, las diversas corrientes del movimiento sinárquico, al que reduce toda su presunta realidad conspiradora en limitadas declaraciones de ambición política. A su entender, para el movimiento sinárquico, el mejor “programa” político para la humanidad sería el derivado de un gobierno mundial cuya acción se basara en los valores del ocultismo desarrollados por ciertos “colegios de superiores”, que impartiría, inevitablemente, una justicia natural y cósmica. Todo ello, a su juicio, alejado de tenebrosas y complejas “conspiraciones” contra la Iglesia católica y los gobiernos legítimos.
            Hemos afirmado que el autor se esfuerza en buscar “legitimidad en la filiación” (la existencia de una línea sucesoria histórica en la iniciación) de los múltiples grupos que estudia. Hasta tal punto es así que AMORC (Antigua y Mística Orden Rosa Cruz), la orden norteamericana que tanta publicidad realiza, por todo el mundo, en la búsqueda de adeptos, en modalidad de cursillos por correspondencia incluso, no es cuestionada en sus orígenes; más cuando los “expertos” en el tema aseguran que su raíz debe señalarse, exclusivamente, en su creador Spencer Lewis, quién combinó imaginación, gusto por la estética “egipcia”, mercantilismo, y textos de dudosa procedencia ocultista “seria”.

 

Relaciones con la “new age”.
            Pese a las limitaciones indicadas, el texto es recomendable, con las prevenciones de las mismas derivadas, para quien quiera navegar en las turbulentas aguas del esoterismo francés, especialmente, y sus derivaciones en otros ámbitos geográficos.
            Todos estos asuntos, ¿tienen algún interés hoy día?
            Lo tiene, en la medida que estas corrientes han realizado su aportación en la conformación de la “new age”. Esta corriente “espiritual” constituye un evidente reto para la Iglesia católica. Netamente diferenciada de la misma, la “new age” es fuente de confusión para muchas conciencias católicas, integrando un pensamiento “políticamente correcto” en el plano “espiritual”. Esta corriente, “iniciática” y elitista por definición, priva de posibilidad al hombre de encontrarse, cara a cara, con una presencia concreta y humana que encarne la verdad de su propia vida; una compañía posible para todos que se prolonga en la historia a través de la Iglesia católica.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 45, mayo de 2001.
Reproducido en conoze.com, diciembre 2001.

¿Tiene sentido, hoy, hablar de la masonería?

            Varios artículos, que tratan aspectos relacionados con la masonería, han colocado en primera plana informativa una soterrada querella.

 

La publicación de varios artículos sobre la masonería.
            En las últimas semanas ha aflorado, en algunos medios católicos, cierto interés sobre la incidencia real de la masonería en el devenir de la vida española y sus relaciones con la misma Iglesia católica.
            Empezó el suplemento de religión “Fe y Razón” con un artículo breve, pero muy claro, que emitía un juicio directo sobre la naturaleza de la masonería y su incompatibilidad con la Iglesia católica.
            El día 26 de abril de 2001, “Alfa y Omega” en su número 257 dedicó, como artículo de portada, un espacio de 5 páginas dedicada al tema. Su título ya era revelador: “La pertenencia a la masonería cuestiona los fundamentos cristianos”. En el mismo se recogían opiniones y datos de los historiadores Cesar Vidal y Ricardo de la Cierva, de Federico R. Aznar Gil y de un colaborar de esta publicación digital. Incorporaba, igualmente, dos sueltos. El primero sintetizaba las características masónicas incompatibles con la fe católica. El segundo trataba acerca de las relaciones de la masonería con la “new age”, con especial atención al escritor René Guénon.
            Ese mismo día 26 de abril, Eulogio López, en su edición de hispanidad.com, publicaba un artículo inquietante titulado “El clan de Castellón y los masones”. Y en la edición siguiente de la publicación digital, Javier Paredes dedicaba el editorial al tema, titulado: “¡A callar que vienen los masones!”.
            También esta publicación digital, “Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica”, ha publicado a lo largo del primer trimestre de 2001, una mini serie de artículos dedicados al tema: historia, naturaleza y relaciones de la Iglesia católica con la masonería.

 

Reacciones.
“Alfa y Omega” ha recogida, en su número 258, un escrito de réplica de Javier Otaola, uno de los representantes públicos más cualificados de la Gran Logia Simbólica de España. Considera Otaola que en el artículo de ese semanario se ha incurrido en todo tipo de tópicos anticuados. Que no se entiende el verdadero sentido de la masonería. Y considera que se debieran haber consultado otras fuentes, en concreto, a sacerdotes católicos expertos en el tema, sin duda más “abiertos” y de indudable recta intención. Incluso llega a afirmar que es decepcionante que este tipo de afirmaciones se hagan en un semanario dependiente del Arzobispado de Madrid. Toda una declaración de intenciones. En una nota de la redacción del semanario se considera que dicho escrito confirma lo esencial de las afirmaciones del polémico artículo.
            Se trata de un tema “tabú” ante el que, acomplejados, los católicos callábamos. Por fin, se ha roto el silencio. Pero, ¿qué reacciones se han producido entre los mismos católicos?
            De entrada, la jerarquía, con su característica prudencia, ha callado.
            Y entre los católicos de “a pie” las reacciones han sido diversas. “Ya era hora”, hemos escuchado. “¿Pero, todavía existen los masones?”, preguntaban otros. “Se trata de un asunto viejo que no tiene ninguna trascendencia”, afirmaban algunos. Opiniones variadas, en definitiva.
            En su esclarecedor artículo, Eulogio López considera que la batalla ganada por los masones ha sido la de la respetabilidad. Pero, siendo cierto, consideramos que la batalla planteada va mucho más allá de una cuestión de imagen. Para realizar tal afirmación nos basamos en que la sociedad, en la que vivimos, se apoya en unos valores propugnados por la masonería, más que en los cristianos.

 

¿Políticamente correcto = masonería?
            El lenguaje “políticamente correcto” y su contenido ético de los valores comunes cívicos mínimos, son un calco de los principios propugnados por la masonería de todo signo: relativismo vital, liberalismo político y personal, subjetivismo moral, imposición de una ética civil ajena y opuesta al cristianismo, etc.
            El anticlericalismo –anticatolicismo, hablemos claro- virulento de antaño ha dado paso a otras formas más sutiles de persecución. No es necesario prohibir y disolver a los jesuitas; no es necesario expulsar a ningún obispo. Hoy es suficiente con reducir, poco a poco, el espacio social de la presencia pública de la Iglesia, desplazándola hacia un “ghetto” en el que su papel quede reducido a “bendecir” los valores de la “ética civil” común.
            No es necesario estudiar “los protocolos de los sabios de Sión” para emitir un juicio correcto sobre la realidad y descubrir que el papel de la masonería, lejos de no existir, es determinante en la configuración del modelo de sociedad que se viene implantando. Veamos unos ejemplos.
            Unos italianos estudiantes en Inglaterra, afirman, en un artículo publicado en el número 4 de 2001 de la revista “Huellas”, de Comunión y Liberación, que “(...) por el famoso espíritu politically correct inglés, es decir, la mediocridad de estar siempre de acuerdo y ser blandamente respetuosos con las opiniones de los demás, es preciso estar siempre atento a lo que se dice, no tener ideas demasiado seguras y, sobre todo, no sostener que existe una única verdad.” Tales reflexiones se adaptan, plenamente, a la realidad española.
Todos tenemos la siguiente experiencia. Al entablar una nueva relación ocasional, con motivo de unas vacaciones, un viaje, un encuentro profesional, se puede opinar de todo, salvo acerca de la Iglesia católica y, en muchos casos también, de política. Lo anterior, acaso, ¿no es la práctica social de un principio masónico fundamental que es el de no hablar de política y religión en las “tenidas”?
            Nos encontramos en una sociedad en la que se puede opinar de todo, debiendo ser sumamente respetuosos con todo tipo de  realidades, opiniones y opciones; menos con la tradición católica.
Por ello, es más necesario que nunca conocer los valores de la masonería, contrastándolos con las tendencias sociales que se imponen, de forma más o menos persuasiva, desde el poder cultural dominante.
            La Iglesia, de forma misteriosa, sigue siendo la posibilidad de un encuentro personal con el Dios que proporciona al hombre su verdadero rostro y sentido. Esa posibilidad jamás la tendrá la masonería. Por ello, la misión de evangelización de la Iglesia es de una necesidad apremiante.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 45, mayo de 2001
Reproducido en conoze.com, diciembre 2001.

La masonería y la “new age”.

Existe relación entre la masonería y la llamada “new age”. Unas reflexiones al respecto.
            En cualquiera de las numerosas librerías de temática esotérica, existentes en España, figura un espacio importante dedicado a la masonería y a autores de esa filiación con prestigio en ciertas materias, caso de estudios de simbolismo.
            Las corrientes “espirituales” que integran el fenómeno actual de la “new age” mantienen una estrecha relación con la masonería. No en vano, comparten una buena serie de principios comunes: subjetivismo moral, sincretismo religioso, individualismo, relativismo filosófico, reducción del cristianismo a “una religión más”, deísmo, etc. Así, la “new age” constituiría, en el actual “supermercado espiritual”, una vulgarización de los valores masónicos, integrando, en el plano religioso, el pensamiento “políticamente correcto”.
            Ilustraremos, a continuación, esta tesis con el caso de René Guénon.
Este escritor francés, nacido católico y muerto musulmán en El Cairo en 1951, es autor de una compleja obra de pretensiones metafísicas, cuya influencia sigue siendo notable entre masones, ecologistas, neofascistas (de la mano de su discípulo Julius Evola), los autodenominados “tradicionalistas guenonianos”, adeptos de la “new age”, incluso entre algunos católicos.
Iniciado muy joven, perteneció a varias logias masónicas, tanto regulares como irregulares. Hermano “dormido” durante muchos años, hasta el final de sus días se consideró masón, conforme su propia interpretación.
            A su juicio, el “depósito iniciático y metafísico” del cristianismo se conservaba en la Orden del Temple hasta su disolución. Algunos templarios se habrían refugiado en Escocia, ingresando en la Gran Logia Real de Edimburgo. Allí transmitieron sus conocimientos, de donde pasaron a la masonería actual, percibiéndose su influencia en algunos grados de los ritos masónicos.
Esta interpretación no es asumida por los estudiosos masónicos, tachándola de antihistórica. Pero los discípulos de Guénon inciden en la importancia simbólica e iniciática del “mito”, más decisiva que su realidad histórica literal.
            Para Guénon, la corriente iniciática de Occidente (expresión de la que denomina Gran Tradición Promordial, uno de cuyos reflejos sería el fondo común de todas las religiones o Unidad Trascendente de las Tradiciones), sólo es posible rastrearla en la Iglesia católica, que a su juicio ha perdido todo sentido esotérico (oculto), y la propia masonería. En ésta confluirían, siempre según Guénon, las tradiciones esotéricas occidentales: hermetismo (cuya expresión más conocida sería la de los rosacruces), el pitagorismo (estudios de geometría y arquitectura desde una clave esotérica), cristianismo y judaísmo.
            En este contexto, la masonería constituiría una vía adecuada para el “trabajo” propuesto, de ahí que aprobara la creación de una logia de guenonianos dentro de la Gran Logia Nacional Francesa: La Gran Tríada.
            René Guénon es un ejemplo de voluntarismo. Autor de una estructura teórica coherente, atractivo, sugerente, proporciona herramientas intelectuales para quiénes deseen forjarse una cosmovisión, “a la carta”, de cierta consistencia.
            Hasta aquí hemos encontrado, pues, gran parte de los ingredientes “serios” de la “new age”.
            Para un católico, el camino, la verdad y la vida tiene un rostro concreto: Jesucristo. Y un lugar preciso: la Iglesia católica. Ese rostro y ese lugar son una posibilidad para todo tipo de hombres, mientras que la “vía Guénon” sólo es posible para unos pocos.
            De nuevo, la Iglesia es un espacio de racionalidad y humanidad, frente a la soledad propuesta por René Guénon y demás inspiradores de la “new age”.

Alfa y Omega, Nº 257, 26-IV-2001.
Reproducido en elobservadorenlinea.com, Nº 308, 3-VI-2001 (Méjico)
Reproducido en conoze.com, diciembre 2001.

La Iglesia católica y la masonería en la actualidad.

     Un acercamiento a las relaciones actuales entre la Iglesia católica y la masonería. Con este artículo concluimos la mini-serie dedicada a la historia y naturaleza de la masonería.

 

Introducción.
En los dos artículos publicados en números anteriores de ARBIL, anotaciones de pensamiento y crítica (números 41 y 42, enero y febrero de 2001) hemos realizado una breve aproximación a la historia y naturaleza de la masonería. En dichos artículos ya podíamos entrever que sus relaciones con la Iglesia católica han sido, cuanto menos, problemáticas. En este artículo veremos, con cierto detenimiento, los criterios fundamentales y definitorios de esa relación.

 

La posición de la Iglesia católica.
            Víctor Manuel Arbeloa, en un amplio artículo relativo a las relaciones entre la Iglesia católica y la masonería, concluye de la siguiente manera la relación entre masonería e Iglesia católica:
 “No cabe la menor duda de que tanto en la masonería francesa, belga, italiana y española, en general, la aversión al Vaticano fue grande, como grande fue la enemiga al Estado confesional, a la enseñanza religiosa, a las órdenes religiosas –a los jesuitas, especialmente-, al matrimonio canónico impuesto, etc.”
Y pensamos, nosotros, que no parece ninguna casualidad que esa especial virulencia contra la Iglesia católica se produjera en Estados mayoritariamente católicos, implantándose la masonería irregular, en los que el arraigo de la Iglesia era real.
            De hecho, casi desde su aparición, la masonería generó preocupación en la Iglesia. Ya Clemente XII, con la constitución “In eminenti”, del 24 de abril de 1738, condenó a la masonería.
A partir de entonces, las condenas se repiten de forma periódica y en gran número.
Nos referiremos, a continuación, a algunos textos y momentos de especial importancia al respecto.
            León XIII, muy preocupado por este tema, en su Encíclica “Humanun genus” (20 de abril de 1884) la caracterizaba con una serie de notas: organización secreta, naturalismo doctrinal, enemigo astuto y calculador del Vaticano, negadora de los principios fundamentales de la doctrina de la Iglesia.

 

El Código de Derecho Canónico de 1917.
            El Canon 2.355 del Código de Derecho Canónico (C.I.C.) promulgado por el Papa Benedicto XV en 1917 señalaba:
“Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a la Santa Sede”.
Pío XII, el 24 de junio de 1958, señaló como “raíces de la apostasía moderna, el ateísmo científico, el materialismo dialéctico, el racionalismo, el laicismo, y la masonería, madre común de todas ellas”.
            Esta postura de la Iglesia, tradicional y precisa, fue contestada por algunos católicos, especialmente desde el término de la Segunda Guerra Mundial al considerar que las condiciones objetivas, que dieron lugar a esa concreta posición de la Iglesia, habían cambiado y que, por tanto, debía ser revisada. Fundamentaban esa postura en la diferencia existente entre masonería “regular” (tradicional, creyente en el Gran Arquitecto del Universo) e “irregular” (atea y orientada a la política radical). Dicho acercamiento también era impulsado, a su vez, por algunas personalidades procedentes de la masonería regular.
            Estas personas pensaban que católicos y masones coincidían en una visión espiritual del hombre, frente a un materialismo cuyos efectos se dejaban sentir con horror y que ha llevado a la humanidad a un trance dramático y de absoluta degradación, tal como las atrocidades de las dos guerras mundiales acreditaban.
            En ese contexto, el 19 de julio de 1974, el Cardenal Seper, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigió una carta al Presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, en la que señalaba que el canon 2.355, como toda norma penal, debía interpretarse restrictivamente y que debe aplicarse a los católicos que formen parte de asociaciones que efectivamente conspiren contra la Iglesia.
            Ello fue interpretado, por aquellos católicos partidarios de una “apertura” hacia la masonería, como un indicio de evolución en las posturas tradicionales.
            Así, según aquéllos, existirían dos clases de masonería. Una, que conspira efectivamente contra la Iglesia, incompatible, por tanto, para los católicos. Se trataría de la masonería “irregular”. Otra, que adopta una postura neutra, no beligerante, incluso convergente en algunos aspectos, y a la que un católico podría pertenecer (masonería “regular”).
            Para deshacer tales equívocos, el 17 de febrero de 1981, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una declaración en la que se precisaba la interpretación de la mencionada carta del Cardenal Seper. Dicha declaración establecía que el Canon 2.355 sigue plenamente vigente, que las Conferencias Episcopales no pueden modificar el criterio allí sentado (si bien los supuestos concretos sí pueden ser por ellas determinados), de modo que no podrían dar validez a las consecuencias derivadas de la supuesta distinción antes citada.

 

El C.I.C. de 1983.
            Tras la revisión de su texto, el C.I.C. promulgado por Juan Pablo II el 25 de enero de 1.983, en su Canon 1.374, que corresponde al mencionado 2.355, señala:
“Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho”.
            La nueva redacción tiene dos diferencias con la de 1917: la pena no es automática y no se menciona expresamente a la masonería como asociación que conspire contra la Iglesia.
            Para evitar confusiones, el 26 de noviembre de 1983, un día antes de la entrada en vigor de esa nueva ley eclesiástica, fue publicada una declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe firmada por el Cardenal Ratzinger. Allí se señala que el criterio de la Iglesia no ha variado. Se omite la nominación expresa de la masonería por incluirla, junto a otras asociaciones, en el supuesto general que aparece más amplio, dando cabida a cualquier otra que efectivamente pretenda conspirar contra la Iglesia. Se indica que los principios de la masonería siguen siendo incompatibles con la doctrina de la Iglesia; que los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas no pueden acceder a la Santa Comunión y, también, que las autoridades eclesiásticas locales no tienen competencia para pronunciarse respecto a la naturaleza de las asociaciones masónicas con un juicio que implique derogación de cuanto se ha establecido más arriba.
            Tal declaración supuso un jarro de agua fría a los partidarios de la posible doble pertenencia.
            El diario L´Osservatore Romano del día 22 de febrero de 1985, recogió el siguiente texto:
            “A propósito de la afirmación sobre la inconciliabilidad de los principios, se objeta ahora en algunos sectores que el aspecto esencial de la masonería es precisamente el de no imponer ningún ‘principio’, sino más bien el de reunir, por encima de los límites de las diversas religiones y visiones del mundo, a hombres de buena voluntad fundándose en valores humanos comprensibles y aceptables por todos. Pero el cristiano que aprecia su fe, percibe instintivamente que la fuerza relativizadora de semejante fraternidad reduce la firme adhesión a la verdad de Dios, revelada en la Iglesia, a mera pertenencia a una institución, considerada como una forma expresiva particular, junto a otras formas expresivas más o menos posibles o válidas, de la orientación del hombre hacia lo eterno”.
            En la actualidad, siguen produciéndose algunas relaciones entre masones y católicos. Así, en España es de destacar la paradoja de que algunos de sus estudiosos más profundos sean miembros de sus, antaño, mayores enemigos: los jesuitas. Es el caso de José Antonio Ferrer Benimeli (Universidad de Zaragoza) indudable experto en masonería, Pedro Alvarez Lázaro (de la Universidad de Comillas en Madrid), y Enrique Menéndez Ureña (catedrático de Filosofía experto en Krause).
            El primero de ellos, autor de una extensísima obra, contempla con gran simpatía a la masonería. En ocasiones ha realizado algunas declaraciones que han generado cierta confusión; lo que ha hecho necesaria la intervención de altas instancias eclesiales. Fue el caso del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Peruana en 1988, ratificándose en la postura tradicional de la Iglesia y afirmando que “La unidad de la humanidad no se logra poniendo la verdad entre paréntesis”.
            Finalizaremos este apartado con la reproducción de un párrafo del editorial de la prestigiosa revista Civiltà Cattolica del 19 de junio de 1999:
            “El diálogo con la masonería es posible, pero sigue siendo válida para los católicos la prohibición de afiliarse a ella”.

 

Doctrina.
            La conclusión que extraemos de todo lo anterior es clara: no se ha producido ninguna variación sustancial en la postura de la Iglesia frente la masonería. No se puede hablar, por tanto, ni de “endurecimiento”, ni de “apertura”. Y si hemos hecho referencia a la regulación penal y a los diversos pronunciamientos interpretativos de la misma, ha sido para despejar dudas e interpretaciones erróneas o tendenciosas que pudieran empañar la evidente y coherente continuidad del juicio de la Iglesia.
            Visto el tratamiento penal, hagamos una rápida incursión doctrinal.
            El Teocentrismo cristiano nada tiene que ver con el antropocentrismo propio del humanitarismo masónico.
            Para la masonería, la Revelación no tiene sentido. Sólo sería posible un esfuerzo intelectual y práctico del hombre para vivir y conocer la Tradición.
            Por otra parte, dado el carácter “esotérico” (oculto) de la masonería, ésta pretende nivelar todas las religiones, de lo que se deriva un deísmo vago y etéreo, reductor del mensaje cristológico, de modo que Jesús ya no sería –según esa visión- el “centro de la historia y del cosmos”. Jesús sería, eso sí, un gran maestro, un gran iniciado, pero al nivel de Buda, Mahoma, Zoroastro, etc.
            El Gran Arquitecto del Universo es un concepto abstracto; no sería un ser personal.
            La razón es autónoma de cualquier instancia, para la masonería. Lo que contrasta con la adecuada relación entre razón y fe de la Iglesia católica.
            La tolerancia masónica, al considerar iguales a todas las religiones, incurre en un indiferentismo religioso imposible de conciliar con la afirmación de que Jesucristo es El Camino, La Verdad y La Vida. Con ello se incurre en un cierto sincretismo religioso.
            La moral, a juicio de los masones, no está ligada a ninguna creencia religiosa en particular: moral subjetiva.
            Según su concepto de la verdad, no es posible su conocimiento objetivo.
La libertad es un valor absoluto para la masonería, pero ello contrasta con los juramentos  (el secreto) y normas que se impone a sus miembros en los ritos de sus ceremonias.
Podríamos concluir este apartado indicando que el “método masónico”, que veíamos en un artículo anterior, es incompatible con el acto de fe, tal como nos lo enseña la Iglesia.

 

Conclusiones.
En resumen. La masonería se caracteriza por su relativismo religioso, filosófico y moral (público y privado). Y estas características no impiden el diálogo, pero sí la confluencia y la doble pertenencia.
            La Iglesia tiene una doctrina precisa; la Masonería, otra.
            En definitiva, la aceptación de un conjunto de principios excluye la posibilidad de asumir otros incompatibles con los anteriores. Y esto es lo que sucede en el debate Iglesia/masonería.
            Y esos principios siguen vigentes. Por ello la Iglesia no tiene motivo alguno para variar en su actitud: la masonería no lo ha hecho.
            La Iglesia católica es una realidad concreta; la compañía humana en la que tiene lugar el encuentro personal con Jesucristo. Es en ella donde se puede vivir su amistad, lo que puede enjuiciar y abrazar toda la realidad. Sin embargo, esa universalidad de la Iglesia, esa vocación por las personas de toda clase, inteligencia, raza o condición, es negada por una masonería que por definición es elitista y esotérica.
            De alguna manera, vemos que esas negaciones de la Revelación, de la presencia de Jesús como hecho en la Iglesia, de su negación de la Iglesia como tal, la masonería enlaza con el gnosticismo de los primeros siglos de la historia del cristianismo. Lo que en definitiva viene a demostrar que toda herejía moderna ya ha sido inventada en los inicios del cristianismo.
            En ese sentido, Philip Hugues caracteriza al gnosticismo, de la siguiente forma:
“El gnosticismo, como el nombre indica, pretendía ser un camino para llegar al conocimiento, o mejor dicho, a la visión de Dios. Proclamaba que su doctrina, sus ritos y sus prácticas tenían carácter revelado y habían sido transmitidos y preservados a través de alguna misteriosa tradición. Se presentaba como un infalible medio de salvación, actuando generalmente mediante fórmulas y ritos mágicos, mas no se ofrecía a todos los hombres, sino –y éste era el secreto de su atracción que el movimiento ejercía- a la minoría de los iniciados”.
Sin duda, los paralelismos asombran, lo que ha llevado, por ejemplo al historiador Ricardo de La Cierva, a profundizar en esta línea de investigación.
            La masonería encarna los valores comunes en que se pretende reducir al cristianismo, nivelándolo con las demás religiones. Y, por ello, la ética y práctica civil de los llamados “valores comunes”, mínimo común denominador de las sociedades actuales, constituyen el triunfo aparente de la masonería.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica. Nº 43, marzo de 2001
Reproducido en apologetica.org, web del Instituto del Verbo Encarnado (Argentina).
Reproducido en conoze.com, diciembre, 2001.

 

Bibliografía.

La bibliografía que figura a continuación, se refiere tanto a los contenidos del presente artículo como a los correspondientes a los dos artículos anteriores en los que veíamos la naturaleza e historia de la masonería. Hemos incluido fuente diversas, procedentes de autores simpatizantes de la masonería, de otros detractores de la misma, incluso publicaciones internas de dos obediencias presentes en España a las que ha tenido acceso el autor.

 

 

Arbeloa, Víctor Manuel. La masonería en Navarra, 1870 – 1945. Ed. Aranzadi. Pamplona, 1976.
-         La Iglesia y la masonería. Separata de la Revista Scriptorium Victoriense, Nº 27. Año 1980.

 

Ariza, F. René Guénon y la Franc–masonería. Revista Cuadernos del Obelisco, Nº 1,págs. 75 a 87. Ed. Obelisco. Barcelona, 1991.

 

Bayard, Jean-Pierre. La meta secreta de los rosacruces. Ed. Robin Book. Barcelona, 1991.

 

Brunelli, Lucio. ¡Abrid las puertas a la masonería!. Revista 30 días en la Iglesia y en el mundo, Nº 7, julio de 1990, págs. 65 a 67. Edición española, Madrid.

 

Cervera, Juan Antonio. La red del poder. Ed. DYRSA. Madrid, 1.984.

 

Espinar Lafuente, Francisco. Esquema filosófico de la masonería. Ed. Istmo. Madrid, 1981.

 

Ferrer Benimelli, José Antonio y otros. La masonería por Euskal Herria, 1728 – 1939. Caja Vital. Vitoria, 1990.
-         Masonería española contemporánea. Vol. 1, 1800 – 1868. Ed. Siglo XXI. Madrid, 1987.
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-         Continuación del artículo anterior. Misma publicación, 3 de mayo de 1.984. Págs. 265 y 266.

 

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Acerca de la naturaleza de la masonería.

En este artículo realizaremos un intento de aproximación a la naturaleza de la masonería, conjunto muy plural de organizaciones, caracterizadas por varios elementos comunes.

En el artículo anterior de esta mini-serie, nos aproximamos a la historia de la masonería, prestando especial atención a la problemática de sus orígenes, así como a las relaciones con el fenómeno rosacruz y al particular caso del pensador René Guénon. En ese artículo se proporcionaban claves que permitían emitir algunos juicios acerca de la naturaleza real de la masonería; aspecto que vamos a desarrollar a continuación. Para ello, nos asomaremos un poco al interior organizativo y simbólico de la masonería, recurriendo a sus propias fuentes.

 

Ritos y grados de la masonería.
            Ya hemos visto que existen dos grandes tendencias: la masonería regular, vinculada a la Gran Logia Unida de Inglaterra, y la irregular o liberal, más vinculada al Gran Oriente de Francia. Y ello sin mencionar a todas aquellas organizaciones situadas en los límites de la masonería (ocultistas, herméticas, rosacruces, filantrópicas, etc.) tal como vimos.
            Existen, también, varios ritos perfectamente regulados. Los más importantes son los siguientes:
-         Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Con 33 grados, es el más practicado, tanto en la masonería regular como en la irregular.
-         Rito Escocés Rectificado. Con 18 grados.
-         Rito Moderno Francés, con solamente 7 grados.
-         Rito de York. También con 7 grados.
-         Rito de Emulación. Con los tres grados básicos presentes en todo rito masónico: aprendiz, compañero y maestro.
-         Rito de Menfis Misraim, que tiene, nada menos, que 99 grados.
Cada rito responde, de una forma simbólica muy concreta, al estudio de la llamada “Gran Tradición”.
La Gran Logia de Londres tenía en sus inicios sólo tres grados: aprendiz, compañero y maestro. Esos tres grados son comunes a todos los ritos, ya los hemos visto, y son los más importantes.
Según los grados del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, la masonería se divide de la siguiente forma:
- Grados 1 a 3. Masonería simbólica.
- Grados 4 a 30. Masonería filosófica.
- Grados 31 a 33. Masonería
sublime.
            Tradicionalmente, el paso de un grado a otro se producía en una ceremonia de iniciación. Las más importantes correspondían a los siguientes grados: 1, 2, 3, 4, 18, 22, 27, 30, 31, 32 y 33 (en el Escocés Antiguo y Aceptado). Pero en la actualidad los propios masones consideran que se han desnaturalizado estas ceremonias y que la mayoría de los grados se conceden por comunicación, casi por “años de servicio”.

 

Organización.
            Una logia es una asamblea de masones. Este término designa, además, el lugar donde se reúnen. Taller es un término análogo.         
Una obediencia es una federación de logias.
            Oriente significa obediencia y lugar masónico.
            El presidente de una obediencia es el Gran Maestre, elegido generalmente por 3 años.
            Cada obediencia tiene un Gran Consejo.
            Cada logia es presidida por un venerable Maestro.
            Triángulo, es el término aplicado a un grupo de masones que, al no llegar a un número mínimo, no pueden constituirse en logia.
            Las logias se agrupan en logias capitulares y Grandes logias provinciales. Estas últimas se agrupan en Grandes orientes, de ámbito nacional.
            Cada Oriente tiene su propia constitución y cada logia su propio reglamento interno. Nombra sus propios inspectores y representantes.
            La facultad de hacer leyes radica en la Asamblea General.
            El poder ejecutivo reside en el Gran Consejo.
            El poder judicial se ejerce por los talleres, por los Jurados Masónicos y la Gran Comisión de Justicia.
            Existe una Gran Cámara Consultiva del grado 33.
            Existe, al menos, una oficina internacional de relaciones masónicas, radicada en Suiza.

 

Símbolos.
            Además del sentido que encierra cada símbolo y que se explica en las sucesivas ceremonias de iniciación que se celebran para el acceso a los diversos grados, los símbolos permiten identificarse a los masones entre sí (también existen toques de mano y señas). Pero varían según los países y las logias.
            Mencionaremos, entre otros, los siguientes símbolos, comunes a todas las obediencias y ritos: el triángulo, la estrella de cinco puntas, el martillo, la escuadra, el compás, la rama de acacia, las columnas, la piedra cúbica, la piedra bruta, el libro, la cadena de unión, el sol, la luna, el delta luminoso, el nivel, la plomada, el cincel, la letra G, la B y la J.
            En el desarrollo de las diversas ceremonias los participantes emplean mandiles, bandas, sombreros, un puñal, espadas, etc. En cada logia hay banderas y un escudo propio.
            Algunas logias emplean una variedad del idioma esperanto.
            Existe una escritura secreta, consistente en una especie de jeroglífico y un alfabeto en cifras.
            Existe una modalidad de sepelio masónico.
            Se emplean una serie de términos específicamente masónicos: tenida (reunión), planchas (escrito), Valle (ciudad), etc.
            Cada masón adopta un nombre simbólico.
            El local donde tienen lugar las tenidas y ceremonias, que siguen una estructura determinada, tiene una concreta configuración material, con esculturas, estatuas, columnas, puertas, salas de reflexión anexas, pinturas en paredes y techos, etc.

 

Naturaleza.
            Así, del todo despegada de sus orígenes profesionales medievales, y con todas las vicisitudes y características que hemos señalado, seguimos sin tener una idea clara de lo qué es realmente la masonería, si bien las pinceladas de los apartados anteriores ya nos han proporcionado unas cuantas pistas importantes.
            Intentemos buscar los fines últimos de la masonería.
            El estudioso navarro del tema Víctor Manuel Arbeloa la define como “una asociación ritualista y benéfica, que respetaba y armonizaba todas las religiones monoteístas, buscando un modelo de sociedad tolerante, pluralista y filantrópica”.
Veamos otra aproximación. Así el artículo 1º de los estatutos del Gran Oriente de Bélgica establece:
“Es una institución cosmopolita y en proceso incesante, que tiene por objeto la investigación de la verdad y el perfeccionamiento de la humanidad. Se funda sobre la libertad y la tolerancia, no formula dogma alguno ni descansa en él”.
            A decir de Francisco Espinar Lafuente, en la línea marcada por las dos anteriores definiciones, en todas las confesiones religiosas existe un núcleo de verdad, en todo caso relativamente valioso, al que se remite la sociedad. Y ese núcleo sería la razón de ser de la masonería.
Tales concepciones contrastan con la proporcionada por otros autores que nos la dibujan como una asociación secreta, cuyos fines últimos no son revelados al exterior, de gran influencia en la sociedad, instrumentalizada para socavar la autoridad moral y social de la Iglesia católica.
            Incluso hay autores que van más lejos. La asocian a diversas sociedades secretas, como los “iluminados”, “carbonarios”, “rosacruces”, a la llamada “sinarquía” (supuesto intento de dominio universal que implicaría la destrucción de la Iglesia), etc. Y es lugar común la hipótesis de un pequeño grupo de iniciados superiores que “mueven”, desde detrás de los bastidores, los hilos que llegan a todas las “logias” del mundo, al servicio de intereses inconfesables e inéditos, incluso, para la inmensa mayoría de masones. En esto, también mito y realidad se mezclan. El mismo René Guénon afirmó, ya lo veíamos en el artículo anterior, que existe una especie de “maestría” superior, de la que él mismo formaría parte, a la que acceden escasísimos masones y que constituiría una elite iniciática poseedora de los conocimientos esotéricos más profundos, alejados de cualquier práctica política.
            Veamos el sentido del “secreto” masónico.
            Para el autor masón, ya fallecido, Roger Leveder, la orden no sería “secreta” sino “discreta”. De hecho, los contenidos de sus ritos, ceremonias, etc., están publicados y pueden consultarse. Pero por lógico funcionamiento interno, se requiere discreción para no convertir sus reuniones en espectáculos.
            El experto en sociedades secretas Serge Hutin, asegura que el secreto es, para el masón, el “sentido”. Así, no se llega a ser masón por el conocimiento, sino practicando los ritos, es decir, por la vía del símbolo.
            El filósofo Francisco Espinar Lafuente considera que no habría doctrinas secretas, sino una serie de “secretos” (ritos, señas de reconocimiento, palabras clave para los distintos grados, etc.).
            Intentemos concretar.
Conforme a sus iniciales orígenes, y considerando todo lo anterior, parece que la masonería tiene un carácter deísta, agrupando a hombres que creen en Dios (al menos la masonería regular) sin que importe a qué confesión concreta pertenezcan, respetan la moral natural y practican la filantropía. Pero conforme se extendió por el tiempo y el espacio, esas finalidades fueron desbordadas por otras inquietudes, políticas fundamentalmente, y por la atracción ejercida por las numerosos sectas herméticas, cabalísticas, martinistas, rosacruces, templaristas, etc.

 

El “método masónico”.
            Hemos visto al inicio de este artículo, que para algunos masones la característica definitoria fundamental de su organización es el “método”. Éste propone la libre discusión de problemas (salvo los de carácter político y religioso), aportando soluciones conforme al criterio mayoritario de los participantes, según su personal percepción de lo que es justo y verdadero. En este sistema el único límite sería el propio método.
            En la base de este método encontramos, sin lugar a dudas, al relativismo, como herramienta imprescindible para afrontar el pluralismo ideológico y cultural.
            Desde esta perspectiva, cuyo centro es el hombre, es imposible llegar a afirmaciones definitivas de ningún tipo, dogmáticas, aunque sí “razonables”. Y todo ello con una cierta base espiritualista, que no admite que el hombre y el mundo sólo sean materia.

 

Conclusiones.
            Es importante ir a los fundamentos últimos de la masonería para intentar comprender su verdadera naturaleza.
            Desde un punto de vista religioso, la masonería defiende la independencia de la razón humana ante cualquier autoridad. Por ello el racionalismo y el naturalismo constituyen su base filosófica. Y aquí aparecen las primeras discrepancias serias con las enseñanzas de la Iglesia católica.
            La masonería difunde una moral universal, que existe en la base de todas las religiones positivas a su entender y, por ello, sería superior a éstas. De ahí es fácil deducir la negación de toda norma moral objetiva, tal como las afirma la Iglesia católica, cayendo en un relativismo moral.
            Desde una perspectiva filosófica, hay que señalar que la masonería acepta la teoría de que no se puede poseer la verdad en exclusiva, constituyendo una visión ecléctica en la que es admisible el panteísmo, el espiritismo, el politeísmo, incluso el maniqueísmo. Y en la masonería irregular, el ateísmo.
            Por todo ello, los autores masones hacen propios, especialmente, al deísmo y a la filosofía del siglo XVIII.
            El método masónico conduce, concluiremos, al igual que buena parte del pensamiento dominante en la actualidad, a presuponer que la verdad no puede conocerse y que en el desarrollo de la propia humanidad hay que estar abierto a todo lo que suponga “progreso” sin restricciones.

 

Nota final.
            El próximo artículo tratará acerca de las relaciones entre la Iglesia católica y la masonería, finalizando esta mini-serie. Incluiremos en el mismo una bibliografía común a los tres artículos, en la que figurarán obras de autores muy próximos a la masonería, otras de detractores de la misma e, incluso, publicaciones de dos obediencias actuales españolas a las que ha tenido acceso el autor.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero de 2001.
Reproducido en conoze.com, diciembre 2001.

Aproximación a la historia de la masonería.

     Una organización compleja: la masonería. Aquí veremos algunos trazos históricos, con el objetivo de aproximarnos a la realidad de esa sociedad “discreta”. En números sucesivos se publicarán otros dos artículos más, ambos continuación del presente. El segundo de ellos tratará sobre su naturaleza. Y el tercero, acerca de las relaciones de la Iglesia católica con la masonería.

 

Introducción.
            Cuando hablamos de la masonería, casi inconsciente, pero inevitablemente, nos recorre un escalofrío. Y nos asaltan ideas imprecisas pero tenebrosas, imágenes de reuniones secretas en lugares recónditos ocultos de toda mirada indiscreta, disciplinas cuya desobediencia acarrea la muerte al transgresor, conspiraciones nunca aclaradas, finalidades y objetivos jamás públicos…
            Realidad y leyenda se mezclan. Pero, ¿qué es la masonería?
            Difícil pregunta pues, ante todo, lo que la caracteriza es el secreto. Aunque para algunos autores se trata de una sociedad cerrada o, simplemente, discreta. Y es lógico que, dados sus ignotos fines, otros consideren que sólo sale a la luz pública aquello que interesa a los propios masones que así sea.
Por otra parte, existe una impresionante bibliografía en la que, sin orden ni concierto, se mezcla todo tipo de literatura: desde publicaciones “oficiales” de las diversas obediencias masónicas, a relatos fantasiosos de supuestos crímenes rituales y sacrílegos generalmente desmentidos, pasando por estudios históricos increiblemente detallistas de cualificados investigadores. Pero en un asunto en el que el secreto todo lo vela, ¿dónde termina lo real y empieza la fantasía?
            Otro factor que dificulta la comprensión de esta particular sociedad es su fragmentación, plasmada en múltiples obediencias, ritos y periódicas escisiones.
            Es conocida universalmente como “francmasonería”. Este término procede del francés franc (libre) y mason (albañil).
            Como aproximación inicial, vamos a reproducir la definición, propuesta por el profesor José Antonio Ferrer Benimeli, procedente del Diccionario Enciclopédico de la Masonería, en la que, a su juicio, todas las masonerías que luego veremos se pueden reconocer:
“La masonería es una Asociación universal, filantrópica, filosófica y progresiva; procura inculcar en sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes, desarrollar en el corazón humano los sentimientos de abnegación y caridad, la tolerancia religiosa, los deberes de la familia; tiende a extinguir los odios de raza, los antagonismos de nacionalidad, de opiniones, de creencias y de intereses, uniendo a todos los hombres por los lazos de la solidaridad, y confundiéndoles en un tierno afecto de mutua correspondencia. Procura, en fin, mejorar la condición social del hombre, por todos los medios lícitos, y especialmente la instrucción, el trabajo y la beneficencia. Tiene por divisa Libertad, Igualdad, Fraternidad”.
            Para un ilustre masón francés, sin embargo, “la masonería del Gran Oriente de Francia, no es una religión, ni una filosofía, solamente un método”.

 

Origen histórico.
            Se ha pretendido remontar el origen de la masonería en la construcción del Templo de Salomón por Hiram de Tiro, supuesto primer masón. Constituiría el período mítico de la masonería.
            Aunque tal afirmación figura en el rito de iniciación de los tres primeros grados, existe general unanimidad en señalar el concreto origen histórico de la masonería: las Hermandades profesionales de constructores de Catedrales y otros templos de la Edad Media (desde el tallador de piedra al maestro albañil), establecidas al servicio del bienestar material y espiritual de sus miembros y que, a la vez, poseían “secretos” de orden técnico y de orden ritual o de iniciación. Ya en el siglo XIII, estas Hermandades establecieron las primeras constituciones góticas al servicio de sus miembros. Se trataría del período antiguo u operativo. Dos textos de finales del siglo XIV y principios del XV se refieren a los orígenes míticos: “Regius” (que relata un supuesto viaje de Euclides a Egipto donde fundaría una escuela de geometría y construcción) y “Cooke” (la historia del arte de la construcción antes del Diluvio Universal).
Con el transcurso del tiempo el reclutamiento dejará de hacerse sobre la base profesional inicial, admitiéndose a personas de otras profesiones no vinculadas a la construcción.
            Es en Inglaterra donde se da el paso de una masonería “operativa” (la de los constructores que trabajaban la piedra con sus manos y herramientas) a otra “especulativa” (período histórico) en la que la construcción es sólo simbólica, trabajándose a la humanidad mediante el modelado del propio ser. Ahora, por iniciación hay que entender “entrar”, paso introductorio de un hombre que desea cambiar su “modo” de conocer, de actuar, de ser, que debe cultivar su alma. Ese paso se desarrolla en una iniciación simbólica, mediante un rito que resume ese trance y que capacita al neófito para ejecutarlo.
            El día 24 de junio de 1717 se funda la Gran Logia de Londres a partir de 4 pequeñas logias que la precedieron y, en 1726, se abre la primera logia en París.
            La primera constitución moderna reguladora de la masonería especulativa es la redactada por el pastor presbiteriano inglés James Anderson, quien elabora en 1723 “The Constitutions of the free-masons.”. Estos textos tienen cuatro partes: una historia legendaria de la orden y del arte masónico, los llamados “deberes”, un reglamento para las logias y los cantos para los tres grados iniciales. La parte más importante es la relativa a los “deberes”, en la que establece como pilar fundamental la creencia en el “Gran Arquitecto del Universo”, aunque en otros artículos procura marcar distancias con el cristianismo a través de unas referencias al esoterismo, el secreto y al relativismo, junto a un deísmo iluminista.
Esos componentes filosóficos ocasionaron, casi enseguida, la primera escisión: la Logia de York, de carácter más esotérico que la de Londres, más racionalista.
Pronto salta de Inglaterra a América.
            Ya en 1813 se fusionan ambas logias, dando lugar a la Gran Logia Unida de Inglaterra. A la vez se redacta otro texto fundamental en la masonería: los Antiguos límites o Ancient Landmarks. Se trata del conjunto de reglas tradicionales e inmutables, transmitidas de forma oral desde sus orígenes hasta ese momento en que se plasman por escrito.
Dicha Gran Logia Unida de Inglaterra se constituyó en la depositaria de la “tradición” y de la “regularidad” masónica, de carácter aristocrático y puritano en sus orígenes.
Esa regularidad se determina, todavía hoy, a partir de varios criterios: regularidad de origen (sólo una Logia regular puede fundar otra logia regular), regularidad territorial (una Gran Logia por país), regularidad doctrinal (creencia en Dios, uso de un libro sagrado, exclusión de las mujeres, interdicción de las discusiones políticas).
            Conforme se extiende por toda Europa y América, la masonería acoge con entusiasmo las corrientes del enciclopedismo del siglo XVII, del racionalismo y del liberalismo.
De forma paralela, los rituales se “enriquecen” y amplían con aportaciones procedentes de grupos que cultivan la Alquimia, la Kabala, el llamado “neotemplarismo”, la Teosofía, la moda por lo egipcio, etc. Y la descristianización, con todo ello, se acentúa.
            La masonería se establece pronto en Francia, hacia 1721. De origen escocés y estuardista, se vio favorecida por el espíritu racionalista francés, adquiriendo un carácter deísta inspirado en el racionalismo naturalista.
            En España, por iniciativa inglesa, ya aparece en 1728, pero no será hasta la invasión napoleónica cuando se produzca la eclosión de la orden.
Una vez irrumpe en la historia, su presencia, más o menos oculta, se hace notar con fuerza.
El mayor número de masones se encuentra, actualmente, en Estados Unidos de América.

 

La fractura de la masonería.
El ilustre masón Robert Amadou afirma que es hacia 1860 cuando el Gran Oriente de Francia, la mayor organización masónica después de la inglesa, se desvía de la iniciación a la política partidista, al servicio de una filosofía materialista y atea. Ello se plasma, jurídicamente hablando, en 1877 cuando la Asamblea General de esa obediencia francesa, siendo Gran Maestre Fréderic Desmons, suprime de sus constituciones la fórmula del “Gran Arquitecto del Universo”, siendo por ello “excomulgado” por la Gran Logia Unida de Inglaterra, al igual que el resto de obediencias que le siguieron en ese paso. Esas obediencias constituyen la llamada masonería “irregular” (liberal, se llaman a sí mismas), dando lugar en muchos países a una duplicidad de obediencias.
Desde entonces, casi toda la masonería francesa, española, italiana y belga integra la mencionada masonería “irregular” o “liberal”.
Buena parte de esas obediencias irregulares se agrupan, a nivel internacional, en el CLIPSAS (Centre de Liaison et d’Information des Puissances maçonniques signataries de l’Appel de Strasbourg).
Existe, por otra parte, una federación internacional de logias femenimas y mixtas: “Le droit humain”.
Existen otras múltiples organizaciones, de carácter sectario muchas de ellas y de contenido ocultista, “en el límite” de la masonería (ya regular o irregular). Hablar de organizaciones herméticas como la “Golden Dawn”, “Shrine”, y otras como la “Sociedad Teosófica” o la “Sociedad Antroposófica”, y de sus relaciones con la masonería, es extremadamente complejo y difícilmente puede llegarse a conclusiones de interés.
Otras organizaciones, como el “Club de los Leones” o los Rotarios, de finalidad filantrópica y humanitaria, adoptan algunas características próximas en ciertos aspectos a la masonería. Incluso algunos de sus miembros mantienen la doble pertenencia; pero conceptual e históricamente se trata de organizaciones netamente diferenciadas.
Después de la segunda guerra mundial se produjo un cierto movimiento de regreso a la regularidad masónica, iniciado en Francia, y que en España se concretó en la Gran Logia de España. Pero, en general, los intentos de unificar ambas ramas de la masonería, debe afirmarse, que han fracasado.
Los propios masones achacan a tal duplicidad la imagen desfigurada de la masonería que existe en muchos ambientes. Para otros autores, por el contrario, esa duplicidad sería un “lavado de imagen”, pues, a su juicio, ambas masonerías coinciden en lo fundamental.
            En cualquier caso, esa duplicidad ha facilitado un complejo debate dentro de la Iglesia católica acerca de la naturaleza real de la masonería y las relaciones de los católicos con la misma. Este aspecto lo veremos, de forma más amplia, en el tercer artículo de esta mini-serie.

 

Masonería y política.
            Otro aspecto muy polémico es el de sus implicaciones políticas.
No existe política masona, sino “masones metidos en política”, a juicio de los propios masones. Y, en ese sentido, no deja de contrastar las convicciones monárquicas de los masones británicos, frente el republicanismo radical de sus hermanos galos.
            Lo cierto es que muchos escritores masones se jactan en el sentido de que sus ideas y sus hermanos han influido en una serie de acontecimientos históricos y culturales de indudable trascendencia.
            Así, el profesor Francisco Espinar Lafuente en su claro y revelador libro “Esquema filosófico de la masonería” (página 268), señala como acontecimientos en los que masones o sus ideas han influido con una impronta fundamental, los siguientes:
-         La Ilustración en el período de los Estados absolutos (entre 1750 y 1800).
-         La Revolución norteamericana cuyo símbolo es el masón George Washington.
-         La Revolución francesa y su expansión a través de Napoleón.
-         La independencia de Iberoamérica (1810 – 1825).
-         La lucha contra los Imperios, Monarquías y Estados absolutos (siglos XIX y XX).
-         La abolición de la esclavitud.
-         La unificación de Italia con la supresión de los Estados Pontificios.
-         La secularización de las Universidades y de las ciencias.
-         El laicismo en la enseñanza (1890 – 1918).
-         La Sociedad de Naciones (1919 – 1939).
-         La Organización de las Naciones Unidas (desde 1945).
-         La descolonización en Asia y en Africa desde 1950 (fecha de independencia de la India).
-         Una influencia benévola en la evolución del socialismo.
El autor, sin duda, atribuye todos estos acontecimientos al influjo, en mayor o menor medida, de la masonería, partiendo de que se trata de un libro de carácter filosófico, sin entrar en un estudio de los aspectos históricos aludidos que pudiera avalar la tesis. Por ello, el listado hay que acogerlo con algunas reservas, más cuando los historiadores tienden a limitar el alcance real de la participación directa de la masonería en buena parte de tales acontecimientos. Pero hay que señalar que, en efecto, todos ellos, de enorme trascendencia en la configuración de nuestro mundo, parecen acordes, en principio, con los principios subyacentes en el “espíritu masónico”.

 

Su relación con los Rosacruces.
            Algunos autores, caso de Massimo Introvigne, relacionan el nacimiento de la masonería con el fenómeno de los rosacruces.
            La “rosacruz” se trataría de una sociedad secreta, fundada por un legendario Christian Rosenkreutz, cuyo tesoro iniciático consistiría en la sabiduría eterna.
El fenómeno se desata con la aparición de tres textos hacia 1614: “Fama fraternitatis”, “Confessio” y “Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz”. Tales textos habrían sido escritos por el pastor protestante Johan Valentín Andreae, que pretendía con ello, según ciertos autores, obtener cierta unidad de los protestantes frente al Papado y los Habsburgo.
            A juicio de Jean-Pierre Bayard, “Andreae, presumiblemente el autor de estos escritos, fiel reflejo de su época, no es más que el portavoz de una sociedad secreta, oculta, cuya autoridad central, de pronto, hubiera querido revelarse. Este grupo no se refiere a antiguos misterios, a antiguos rituales, pero se sitúa en el naciente siglo XVII, apoyándose sobre unos símbolos que son eternos. El fenómeno de la Rosacruz está unido a aquella otra corriente de pensamiento ilustrado por Paracelso, Flud o Maïer”.
            No existe ningún indicio histórico de la existencia real de tal sociedad secreta, pero generó un movimiento que en la actualidad, todavía,  se traduce en múltiples sociedades semisecretas, con millones de adeptos por todo el mundo. Algunas de ellas están presentes en España, caso de AMORC y Lectorium Rosicrucianum, muy conocidas por la intensa y permanente campaña publicitaria desarrollada por ambas en numerosas ciudades y medios de comunicación.
            Los propios masones no aceptan que en tales circunstancias se sitúe el origen de su orden, pero es indudable que las influencias de ambas movimientos han sido mutuas y recíprocas. No en vano, masonería y movimiento rosacruz surgen en el mismo ámbito cultural y filosófico de la modernidad, con el “humus” del pluralismo como fenómeno distintivo, la reforma protestante, el iluminismo y el florecimiento posterior de sectas de todo tipo, muchas de ellas generadas en los aledaños o en el mismo núcleo de ambas organizaciones.

 

René Guénon y la masonería.
            No podíamos eludir otro aspecto relevante relacionado con el tema que nos ocupa, en concreto, la relación con la masonería de uno de los pensadores más atípicos del siglo XX: René Guénon. Y ello más cuando su influencia se ha irradiado en ambientes tan distintos como el de la extrema derecha, los estudiosos del simbolismo, los seguidores de llamado “tradicionalismo guenoniano”, grupos ecologistas, etc.
            Este autor fue iniciado muy joven en la masonería. Perteneció a varias logias, tanto regulares como irregulares. Hermano “dormido” durante muchos años, hasta el final de sus días se consideró masón, conforme su particular interpretación del fenómeno.
            A su juicio, el depósito iniciático y metafísico del cristianismo se conservaba en la Orden del Temple hasta que fue disuelta. Algunos supervivientes se refugiaron en Escocia, ingresando en la Gran Logia Real de Edimburgo. Allí transmitieron sus conocimientos, percibiéndose su influencia en algunos grados de los diversos ritos masónicos.
Esta interpretación histórica no es asumida por la mayoría de los estudiosos masónicos, tachándola de antihistórica. Pero los seguidores de Guénon hablan de la importancia simbólica e iniciática del “mito”, más que de su veracidad histórica. Mito y realidad se mezclan, de nuevo, en una compleja telaraña.
            Para Guénon, la tradición iniciática y metafísica (que correspondería a la Gran Tradición Promordial, uno de cuyos reflejos sería la llamada Unidad Trascendente de las Religiones) de occidente sólo es posible rastrearla en dos instituciones: la Iglesia católica, que a su juicio ha perdido todo sentido esotérico, y la masonería. Sin embargo ese juicio no es asumido por alguno de sus discípulos más aventajados, caso de Julius Evola, que acusa a la masonería de organización antitradicional y subversiva, sin reparo alguno.
            En la masonería confluirían, siempre según Guénon, las tradiciones esotéricas occidentales: hermetismo (corriente nunca institucionalizada pero cuya expresión más clara habría sido la de los rosacruces), el pitagorismo  (geometría y arquitectura con tintes esotéricos), cristianismo y judaísmo.
            Por todo ello, la masonería constituiría una vía factible para el trabajo metafísico e iniciático, de ahí que aprobara con ciertas expectativas la creación de una nueva logia parisina, dentro de la Gran Logia Nacional Francesa, compuesta por guenonianos que optaron por esa vía de trabajo: La Gran Tríada. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado constituiría el más apropiado para el tipo de trabajo desarrollado por este particular grupo de masones.
Guénon desautoriza en sus escritos las tentaciones políticas y racionalistas de muchas obediencias masónicas, acreditando en ese sentido, la existencia de una dualidad en su seno, tal como comentamos en otro apartado del artículo.
            Por último, en lo que respecta a este autor, habría pertenecido, según testigos de solvencia, a una especie de “maestría”, organización informal de grados superiores de la masonería especialmente volcados al “trabajo” metafísico e iniciático.

 

Masonería en España
            La primera logia fundada en España es “La Matritense”, establecida por Lord Wharton, aunque ya funcionaba desde un año antes una logia en Gibraltar. Las primeras logias son de obediencia inglesa, manteniendo el carácter inicial, ingresando en ellas buena parte de la minoría ilustrada española de la época, aristocrática e intelectual.
            Con la invasión francesa se inicia la influencia de la masonería gala, que favoreció la implantación de numerosas logias en las que ingresaron muchos afrancesados, en contraste con las de obediencia inglesa, cuyos integrantes eran patriotas liberales contrarios a la ocupación francesa.
            Con los años, la masonería adquirió en España peculiaridades propias: carácter conspirador, extrema politización e implicación en muchos sucesos revolucionarios del siglo XIX, reducto de los militares liberales, anticlericalismo extremo. Algunos de sus hombres llegan al poder en el llamado “Trienio constitucional” (1820 – 1823). Se mezcla con otros fenómenos, como los de las sociedades secretas de los Comuneros y los carbonarios.
            En 1824 es prohibida. De 1854 a 1868 participa en medios políticos, militares e intelectuales. En 1868 adquiere nuevo protagonismo, con ocasión de la revolución producida ese mismo año. Con la Restauración es prohibida, de nuevo, en 1874.
A raíz de la proclamación de la Segunda República española alcanza su mayor esplendor, al menos en su expresión política, pese a sus múltiples escisiones y obediencias. La relación de masones ilustres en este periodo de la historia de España es abultadísima. Como dato significativo recordaremos que de los 470 diputados de la Cortes Constituyentes de la República, 183 eran masones. Sin embargo el número total de masones en España no parece superara los 5.000 por entonces. Otro sector en el que existía un importante número de masones era el del ejército.
Señalemos algunos nombres ilustres de la política española de aquellos años, masones todos ellos: Diego Martínez Barrio, Alejandro Lerroux, Fernando de los Ríos, Casares Quiroga, Largo Caballero, Manuel Azaña, Marcelino Domingo, Nicolau d’Olwer, Abad Conde, Luis Jiménez de Asúa, Emiliano Iglesias, Ricardo Samper, Álvarez del Vayo, Pedro Rico, Belarmino Tomás, Luis Araquistáin, Llopis, Domingo Barnés, Portela Valladares. Presentes, todo ellos, especialmente en el PSOE, Partido Radical, Partido Radical – Socialista, Acción Republicana, Esquerra Republicana de Cataluña y Federación Republicana Gallega.
Es prohibida, por última vez, con la consolidación del régimen surgido de la guerra civil, hasta su legalización a finales de los años 70.
La masonería española actual retoma algunas de sus constantes históricas: la fragmentación y su escaso número en comparación al de otros países.
            Veamos cuales son las principales obediencias en la actualidad:
-         Gran Logia de España. Mayoritaria. Su número oscila entre 1.500 y 3.000 miembros. Forma parte de la masonería regular. Está reconocida por la Gran Logia Unida de Inglaterra. No acepta mujeres.
-         Gran Logia Simbólica de España. Unos 500 miembros. Es una obediencia irregular. Sus logias son sólo masculinas, sólo femeninas o mixtas. Está afiliada al CLIPSAS. Masonería liberal. Ha alcanzado cierta notoriedad en los medios de información al tratarse de la primera obediencia española que eligió a una mujer como “Gran Maestra”, hecho acaecido en Zaragoza a mediados del 2000.
-         Gran Logia Federal de España. Escisión de la Gran Logia de España. Tiene en torno a los 400 miembros. De orientación regular.
-         Gran Logia de Canarias. Unos 200 miembros. Orientación irregular y de ámbito territorial.
-         Gran Logia de Cataluña. De similares características de la anterior. Unos 200 miembros.
-         Gran Oriente de Cataluña. Unos 100 miembros. Similar a las dos anteriores.
-         Logia del Derecho Humano. Masonería irregular, mixta. Unos 100 miembros.
-         Gran Logia Femenina Francesa. Sólo mujeres. Irregular. Unas 40 integrantes.
-         Gran Oriente de Francia. Varias logias levantinas pertenecen a esta obediencia irregular y liberal.

 

Nota final.
En el próximo número de esta publicación digital figurará, Dios mediante, otro artículo en el que se estudia, con cierto detenimiento, la naturaleza de este conjunto de organizaciones. Esta serie finalizará con un tercer artículo relativo a las relaciones entre la Iglesia católica y la masonería. En ese tercer artículo se incluirá una bibliografía relativa a estos temas, que comprende obras de autores muy próximos a la masonería, detractores de la misma e, incluso, publicaciones de dos obediencias presentes en España a las que ha tenido acceso el autor.

 

Arbil, Anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 41, enero de 2001.
Reproducido en apologetica.com, 2001.
Reproducido en conoze.com, diciembre 2001.

Cartoon Network: un “magazine” infantil enfocado al consumo televisivo.

     “Cartoon Network” es una nueva revista mensual dirigida a nuestros niños y adolescentes. Su magnífica presentación apenas recoge contenidos dignos de tal denominación, siendo su única función la publicidad del canal televisivo de dibujos animados del que toma su nombre.

 

Una revista para la publicidad de un canal temático.
            La revista “Cartoon network” es una nueva publicación, presente en el mercado español, dirigida al público infantil y adolescente.
Está editada por el Grupo Zeta, estando concebida a modo de suplemento mensual infantil de los diarios de dicho grupo, en los que se ha hecho mucha publicidad de la misma, así como de Prensa Española (ABC). Su precio es de 200 pesetas, pudiéndose adquirir de forma conjunta o independiente con cualquiera de los diarios de dichos grupos.
Su nombre viene prestado por el canal temático de dibujos animados “Cartoon Network”, al que se puede acceder a través de Canal Satélite Digital, Quiero TV, y también mediante antena parabólica, ya comunitaria, ya individual.
Impresa a todo lujo, color y en magnífico papel. Predominio absoluto de las imágenes sobre el texto, con un tono desenfadado y aparentemente informal. Su precio parece barato pero, estudiando su contenido, llegamos a la conclusión contraria. Y para ello analizaremos el contenido de su número 2, correspondiente al mes de julio de 2001.
De sus 52 páginas, un total de 8’5 constituyen publicidad directa (películas de cine y vídeo, otras revistas, helados, iconos y melodías de móviles) destinada al público infantil o juvenil. Nada de ello resultará desconocido a los padres españoles en las próximas semanas de este verano. Ya se sabe: “hay que estar en la onda”.
Además, parte del resto de la revista bien puede calificarse de “publicidad indirecta”. No en vano, 2 páginas contienen diversos artículos y comentarios sobre productos de consumo de ocio: cine, música, libros y juegos.
Y del resto del contenido, casi todo se refiere de forma directa y expresa a los productos ofertados en dicho canal temático. Artículos sobre diversos personajes del Canal: 7 páginas. Noticias del Canal: 1 página. La programación de lunes a domingo del Canal: 2 páginas. La web del Canal: 1 página (describe 4 juegos a los que se puede acceder por esa vía). Bazar de productos relacionados con el Canal: otras 2 páginas. En total: 13.
Si sumamos todas esas páginas, llegamos a un 45% de espacio dirigido al consumo, especialmente, al “interno” generado por el propio Canal. Aquí tenemos la primera clave del producto: su destinatario es el niño consumidor de televisión y, por ello, sus padres.

 

Otros contenidos.
            Veamos el resto de contenidos de la publicación.
            Apenas hay 13 páginas de historietas. En concretos, 10 corresponden a una historieta de Dexter y 3 páginas, cada una de ellas con una historieta de otro personaje: Johnny Bravo. Su sentido del humor, muy americano y escaso por cierto, no parece estar concebido para niños ni, tampoco, para adolescentes.
            Junto a la portada, otras 3 páginas se extienden, de forma excesiva dados sus mínimos contenidos, a modo de índice.
            Media página explica el acuerdo, alcanzado entre el Grupo Zeta y Warner Bros, cuyo objeto es la edición de esta revista.
            Pasatiempos y su solución: 4’5 páginas.
            Boletín de suscripción: media página.
            Póster de personajes del Canal: 4 páginas.
            La sección “Cartoon fans” dedica 2 páginas a la reproducción de dibujos de los lectores.

 

El papel de los padres.
No existe ni una sola referencia al papel pedagógico que pueden desempeñar los padres en la selección, disfrute y valoración de ninguno de los productos difundidos en esta revista.
Con ello pudiera deducirse que a los padres, únicamente, les queda la responsabilidad, si desean ejercitarla, de la selección de historietas del Canal destinadas a sus hijos.
            Con los contenidos antes analizados, y el rol asignado a los padres, debemos preguntarnos si este “producto” está destinado realmente al público infantil o a sus padres. Y la respuesta es clara: a ambos. A los niños, como directos destinatarios. A los padres, por supuesto, quienes tras la lectura de la revista se pondrán en unos minutos “al día” en lo que respecta a las novedades generadas por el propio Canal; al que, a priori, se valora “inocente” al proyectar exclusivamente dibujos animados.

 

¿Una revista éticamente neutra sin alternativas?.
Continuemos con el análisis.
En primer lugar, ya hemos visto que se trata de una revista destinada al consumo de televisión, a niños y adolescentes por lo tanto. Un estrato social de progresivamente mayor capacidad de gasto.
“Consumo, luego existo”, rezaba un viejo chiste de los años 70. El actual sistema parece ratificarlo y esta revista “educa” en el consumo, evidentemente.
Antes hemos visto que predominaban los contenidos “consumistas” en la revista, cuyo porcentaje alcanzaba en una primera apreciación un 45%, al que podríamos añadir prácticamente todo el resto de la revista, al girar en torno a esos personajes americanos de dibujos animados.

Por todo ello, el “consumismo”, y la mentalidad global, uniformizadora y “americanizante” derivada del mismo,  constituyen la columna vertebral de esta publicación. No encontramos apenas referencias a valores sociales o humanos, salvo si así puede considerarse, la página titulada “¿A qué Supernena (nombre de las protagonistas de una de las series emitidas en el Canal) te pareces más?”. En dicha página se nombran algunos valores, con la excusa de un test, como son el liderazgo, la espontaneidad, espíritu de lucha, disciplina, esfuerzo…

            En definitiva: una programación televisiva que es única causa justificativa del restante contenido de la revista. Un producto extremadamente pobre.
            Con ocasión del análisis que efectuamos, hace ya casi un año, a otra revista, “Megatrix: ¿revista o catálogo?” (Anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 37, septiembre de 2000), realizábamos algunas reflexiones que vamos a reproducir aquí por ser plenamente adecuadas y actuales.
“Los contenidos de esta revista, descritos anteriormente, sólo constituyen un indicio de la situación que se vive. Estamos inmersos en una sociedad industrializada, individualista y apoyada en los intercambios de todo tipo basados en el consumo. Es más, el “consumismo” se ha erigido como auténtica “pseudo-religión” de masas. En ese contexto, la revista no es una excepción.
Ante ese panorama, en el que parece todo está mediatizado y dirigido, ¿no hay alternativas?
Desde la atomización y el puro individualismo, que caracteriza nuestra sociedad, no es posible resistir a la “ola” de los valores dominantes y el poder real. Pero desde la pertenencia a otros espacios humanos,  depositarios de intensos vínculos comunitarios y valores diferentes a los dominantes, es posible afrontar la existencia también a nivel familiar y educativo. Y, de hecho, existen experiencias pedagógicas y sociales, en muchos casos marginales, de carácter alternativo, impulsadas desde diversos ambientes en cuyo origen encontramos una confesión religiosa, una escuela filosófica, etc.
Dentro de nuestra tradición, es la Iglesia católica –“Maestra de humanidad”- la gran promotora, desde sus orígenes, de nuevos valores y espacios sociales, generando relaciones personales cuyos frutos son personas transformadas que experimentan y transmiten un especial gusto por la vida.
También hoy día, diversas realidades y movimientos de la Iglesia vienen generando agrupaciones alternativas que intentan afrontar la educación y la vida de la familia desde la vivencia de los valores evangélicos.
Esos espacios se concretan en nuevos colegios, asociaciones de padres, grupos de encuentro y apoyo, redes informales de intercambio de información, asociaciones de ocio y tiempo libre, pequeñas publicaciones, etc.
Pero profundizar en ello ya sería objeto de otro artículo”.
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 47 – 48, julio – agosto de 2001

La educación de la persona: una urgencia inaplazable.

     Unas reflexiones en torno a la educación, el papel de la familia y la Iglesia como espacio de reconstrucción de la propia humanidad.
El drama del humanismo ateo.
De Lubac afirmó que no es cierto que no pueda construirse una sociedad sin Dios. Pero el drama del humanismo ateo ha sido que esa sociedad sin Dios se ha vuelto en contra del hombre. Y ahí están sus tristes resultados para acreditarlo, destacando, entre ellos, la destrucción de la familia y de la misma persona.
La persona humana, sujeto de la sociedad post-moderna, global y consumista, se encuentra atomizada, sola, sin maestros a los que mirar y seguir, carente de un juicio claro, y sin capacidad de discernimiento ante los retos que la vida le presenta. Esta persona, indefensa ante las modas y la presión del poder cultural dominante, embriagada por una aparente libertad sin límites, es el resultado, en buena medida, de la destrucción de la familia tradicional y de la pérdida de contenido y sentido de la labor educativa de padres y maestros.
Los padres han abdicado de su labor educativa, y en esa renuncia late un desinterés por el destino de los otros, de los hijos. Al optar por lo fácil, no transmitiendo a los hijos una tradición y una base de valores y juicios, se priva a esos hijos de unas herramientas imprescindibles para afrontar su futuro, apoyándose la relación padres - hijos en cimientos de escasa solidez.
En dicha relación predomina un modelo en el que lo afectivo e instintivo prevalece frente al riesgo de educar. El temor a una posible pérdida del afecto del hijo se convierte en la directriz de las relaciones padres – hijos, renunciando con ello a las funciones propias de la familia, especialmente la educativa y formativa.
El modelo de familia impuesto desde el poder, es el de un grupo de iguales, de amigos, de colegas diríamos con lenguaje de la calle, con los roles respectivos desdibujados. Pero un padre y un hijo no son iguales: ni en derechos ni en deberes, ni por biología, ni por el papel social, ni por la experiencia.
Los padres caen en la afectividad fácil e inmediata, huyendo de la corrección como instrumento básico en la educación del hijo. Y con ello se priva al hijo de la posibilidad de acceso a unos juicios y unas referencias en valores con los que contrastarse ante las circunstancias de todo tipo que la vida presentará. Por esa dramática cesión, los hijos quedan, en buena medida, indefensos ante los retos de la vida y la presión del poder dominante.
En estas circunstancias, ¿qué hacer?
Angelo Scola, rector de la Lateranense,  respondió de esta forma ante una pregunta similar: es imprescindible la existencia de colegios católicos en los que la figura del maestro sea una posibilidad concreta de encuentro personal, una referencia inmediata y objeto de la mirada del educando con una presencia humana que le proporcione certezas y criterios sobre los que afrontar la vida. Por ello, la labor educativa de la Iglesia pasa necesariamente por la fidelidad de los movimientos y de las órdenes religiosas enseñantes al propio carisma, siendo su misión de una necesidad imprescindible y de una urgencia inaplazable. Un espacio físico concreto, en definitiva, para la construcción de la persona.

El entorno de estas reflexiones.
Estos juicios y reflexiones se emitieron con ocasión de una tertulia informal celebrada por un grupo de amigos pertenecientes, buena parte de ellos, al movimiento de Comunión y Liberación, junto a varios sacerdotes implicados en distintos niveles de la pastoral juvenil y universitaria, en un monasterio del norte de Navarra donde disfrutaban de la Semana Santa. Una tertulia que, de forma no prevista, desembocó en la expresión de esas preocupaciones por la persona y su educación, por la familia y la Iglesia. Un grupo de amigos que, activos en la sociedad actual, son, al igual que otros muchos pertenecientes a múltiples realidades de la Iglesia universal, una posibilidad para la educación de la persona y la reconstrucción de su propia humanidad.
No son las opiniones de unos expertos, ni de profesionales del tema, pero son expresión de una vida, de novedad y una posibilidad de presencia en el mundo.    
            Sirvan estas líneas como una invocación al papel educativo y misionero de todo católico.


Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº  46, junio de 2001                                                               

Sirvan estas líneas como una invocación al papel educativo y misionero de todo católico.Sirvan estas líneas como una invocación al papel educativo y misionero de todo católico.Sirvan estas líneas como una invocación al papel educativo y misionero de todo católico.Sirvan estas líneas como una invocación al papel educativo y misionero de todo católico.