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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Reseñas bibliográficas

Manuel Azaña y la guerra de 1936. Un libro políticamente incorrecto.

     En su nuevo libro, el historiador Federico Suárez reflexiona en torno a la figura política y humana de Manuel Azaña. También lo hace respecto a la naturaleza de la guerra civil española. Un libro de gran interés que respeta los datos y las fuentes históricas.

 

Introducción.
            Ediciones RIALP ha lanzado a las librerías un nuevo título del historiador Federico Suárez titulado “Manuel Azaña y La guerra de 1936” (Madrid, 2000).
            De formato pequeño, letra grande y cuidada presentación, este volumen recoge dos estudios independientes, aunque estrechamente relacionados por la temática desarrollada; no en vano Manuel Azaña fue una figura fundamental en la Segunda República española que antecedió a la guerra civil.

 

Manuel Azaña.
            En el primero de los dos ensayos de este libro, el autor reflexiona en torno a la figura de Manuel Azaña a partir de hechos históricos documentados y datos objetivos. El empeño del historiador es claro: prestar más atención a la realidad que a las palabras.
            Es un estudio breve, de unas 180 páginas. Agrupa un total de 10 capítulos, siendo el primero una introducción. Los posteriores capítulos están centrados en diversas épocas de su vida pública, siguiendo un recorrido cronológico y vital.
            Azaña es desmitificado. Se nos descubre como un personaje de particulares características: engreído, desdeñoso, soberbio, orgulloso, oportunista. Uno a uno, los mitos construidos en torno a su figura caen deshechos. Su papel en el Ateneo de Madrid, el salto a la política, su papel real en la caída de la monarquía (permaneció escondido durante tres meses hasta el mismísimo 14 de abril), su protagonismo en la configuración de la República, el papel decorativo desempeñado como Presidente durante la guerra civil; todo ello queda en su justa dimensión, una vez puestos en evidencia los hechos auténticos que acontecieron.
            Pero no por ello dejan de destacarse sus virtudes, que también las tenía: su formación literaria, su labor en el Ateneo, etc.
            El autor nos demuestra que Azaña se rodeó de gente poco capacitada, cuyo principal activo era su amistad personal, lo que repercutió directamente en las concretas labores de gobierno durante el primer bienio republicano.
Como Presidente de la República, se pone en evidencia el papel decorativo al que, progresivamente, va reduciéndose su figura, siendo Azaña dramáticamente consciente de ello, manifestando en diversos testimonios una impotencia patética..
            Y una faceta como político que queda cuestionada es la de su   producción ideológica, que no parece superara las grandes y genéricas afirmaciones, buscando el efecto e impacto inmediato ante las masas.
            Destaca, a partir de rigurosas fuentes documentales, un hecho decisivo en el final de la vida de Manuel Azaña, conocido pero silenciado, que molesta a sus biógrafos oficiales: su conversión al catolicismo en las últimas semanas, cuando ya no tenía papel que representar en el “teatro del mundo”. Aquí su figura se engrandece, aferrándose a sus últimas y clarificadoras palabras: “Jesús, piedad, misericordia”.
            La figura política y humana de Azaña es desvelada, en este texto, sin máscaras. Sería conveniente que los “azañistas” de nuevo cuño estudiaran este libro, para ser conscientes con ello de los límites de este político, al que se remiten, como base del proyecto ideológico que pretenden aplicar en la España de nuestros días.

 

La guerra de 1936.
            En la segunda parte del libro, a partir de unos artículos publicados con anterioridad en la revista de pensamiento Razón Española, reflexiona sobre diversos aspectos de la guerra civil española, fundamentalmente en lo que respecta a su naturaleza.
            Especial importancia atribuye al carácter religioso de la guerra civil, al que dedica varios capítulos: el término “Cruzada”, la Carta colectiva de los Obispos españoles de 1 de abril de 1937, la polémica entre el lehendakari José Antonio Aguirre y el cardenal Gomá.
            Tres breves capítulos son los dedicados a las causas de la guerra civil. En el primero reflexiona en torno a la actitud del ejército de África y su invocación al objetivo de “restablecer el imperio del orden dentro de la República”, lo que evidenciaba, a su juicio, el total deterioro de la convivencia ciudadana en los meses previos al alzamiento, constituyendo  factor desencadenante del mismo.
            En el tercero de estos capítulos se sacan a relucir algunos datos que apuntan hacia la preparación de un golpe de estado por parte de socialistas y comunistas, al que se adelantó finalmente el alzamiento militar y cívico.
            El último capítulo, titulado “dos actitudes ante el tema”, reflexiona acerca de los numerosos libros publicados en torno a la guerra civil, de pretensiones históricas, denunciando el afán doctrinario y poco histórico de los más difundidos, mientras que estudios muy rigurosos han encontrado dificultades en su edición y distribución. A título de ejemplo reproduce las cifras, que han publicado algunos historiadores, relativas al número real de víctimas mortales del bombardeo de Guernica y otras circunstancias relacionadas con el mismo. Tales historiadores han afirmado que se trata de varios miles, pero esas cifras no se apoyan en fuentes documentales de ningún tipo. Por contra, el experto Jesús Salas Larrazábal las reduce considerablemente, basándose en fuentes escritas del momento.
            Este libro es muy oportuno ante la inflación de textos dedicados a la guerra civil y la Segunda República, tendenciosos y preconcebidos en su orientación y conclusiones muchos de ellos. El texto puede ayudar a desarrollar un sentido crítico antes los mismos, al realizar consideraciones y exponer reflexiones muy interesantes y meditadas aunque, tal vez, “políticamente incorrectas”.
Un libro para estudiar y tener muy presente.

 

Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 46, 2/2001

La Falange Nacional de Chile: entre el corporativismo católico y la democracia cristiana.

     La Democracia Cristiana de Chile es un partido político, de antigua tradición e interesante historia, que arranca del corporativismo católico y se incorpora, progresivamente, a la corriente política predominante entre los católicos después de la segunda guerra mundial.

 

            El politólogo José Díaz Nieva ha escrito un magnífico libro, editado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, titulado Chile: de la Falange Nacional a la Democracia Cristiana (Madrid, 2000), en el que estudia a esa fuerza política fundamental en la historia de Chile a lo largo del siglo XX.
            El texto se basa en la amplia tesis doctoral, elaborada con anterioridad por el autor, Los orígenes de la Democracia Cristiana en Chile: la Falange Nacional, presentada en la Universidad Complutense de Madrid, en la que obtuvo la máxima calificación en 1993.
            La Falange Nacional nace, en 1934, como consecuencia de la petición efectuada por la Jerarquía católica a los jóvenes estudiantes de la ANEC (Asociación Nacional de Estudiantes Católicos) y a los teóricos de la Liga Social para que se implicaran en política en defensa de los valores católicos.

 

La Falange Nacional.
            Durante los primeros 5 años de vida, su historia se superpone al Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora, las recreadas juventudes del Partido Conservador a las que dieron vida los estudiantes católicos de la ANEC, que renovaron, no sin polémica, a ese histórico y petrificado partido.
            Posteriormente, la Falange Nacional iniciará andadura propia, abandonando las filas conservadoras, aunque no pasó de ser un partido de minorías selectas, con una gran organización, buenos pensadores, cierta influencia social y una afiliación que no parece superara los 20.000 militantes.
            Es en 1957 cuando, junto a otras fuerzas de matriz social-católica, formará la Democracia Cristiana, constituyendo su núcleo rector, ejercitando una gran influencia en la marcha futura del nuevo partido.
            Ya el nombre, Falange Nacional, induce a reflexiones y a una línea de investigación sobre sus posibles vinculaciones con la Falange Española. El autor nos revela que dos han sido las interpretaciones al respecto. La primera de ellas considera que se eligió el término “falange”, al calificar a la juventud conservadora como uno de los “dedos” del Partido Conservador. Así, tales autores, buscarían deslindar este partido de cualquier relación con Falange Española, considerando que sus fuentes doctrinales serían otras. Para otros autores, al contrario, existen influencias evidentes de carácter doctrinal, simbólico y retórico. En cualquier caso, su ideología, por aquel entonces, podría enmarcarse en líneas generales dentro de la corriente del corporativismo católico derivado de las encíclicas papales de temática social, más que en cualquier forma ligada al incipiente fascismo. De todas formas, Falange Nacional, dentro de las corrientes del momento, recibe influencias procedentes de varias concepciones ideológicas. En la recepción de esas novedades doctrinales, fue determinante el viaje realizado por Europa, con ocasión de la celebración en Roma del Congreso Iberoamericano de Universitarios Católicos en 1933, por parte de varios futuros dirigentes de la Falange Nacional: Eduardo Frei y Manuel Antonio Garretón. Pudieron escuchar a Benito Mussolini, asistir a clases de Jacques Maritain en París, contactaron con las potentes e innovadoras organizaciones católico – sociales de Bélgica (no está aclarado si llegaron a conocer a León Degrelle, fundador del REX y responsable entonces del departamento de prensa de la Acción Católica belga), viajaron a España donde trataron a Gil Robles y contactaron con Renovación Española y FE de las JONS. El autor nos recuerda, además, que un escritor español que ejerció notable influencia, en la incipiente Falange Nacional, fue Ramiro de Maeztu con su Defensa de la Hispanidad, lo que se refleja en el hispanoamericanismo como una de sus señas de identidad más acusadas.

 

El libro de José Díaz Nieva.
            Con una extensión de 250 páginas, el texto dedica especial atención, en su primer capítulo, a los ricos antecedentes históricos, doctrinales y eclesiales de la Falange Nacional, así como del restante espectro social -  cristiano del momento.
            La historia y evolución de Falange Nacional es objeto de estudio en el segundo capítulo del libro.
El tercer capítulo, relativo a la organización y estructura falangistas, ocupa buena parte del libro (el apartado aplicado a su organización interna suman 40 magníficas páginas), dedicando un cierto espacio a las publicaciones falangistas chilenas y a sus escritores.
            El capítulo cuarto es el dedicado a la ideología de Falange Nacional, centrándose en varios aspectos fundamentales. Son muy interesantes las consideraciones que hace en torno a su postura ante el comunismo, en particular con ocasión de su negativa a apoyar la Ley para la Defensa Permanente de la Democracia promulgada el 3 de septiembre de 1948, oponiéndose con ello a la ilegalización del Partido Comunista, pues los falangistas chilenos consideraban que la lucha frente al comunismo consistía en “traer soluciones mejores que las comunistas”.
            Igualmente interesante es el apartado dedicado a las relaciones con la Iglesia católica, cuya Jerarquía condenó la posición falangista ante el comunismo.
            El aspecto más estudiado aquí, dentro de la ideología de la Falange Nacional, es el corporativismo, que evolucionará, progresivamente, hacia un concepto distinto, el comunitarismo, en transición hacia la Democracia Cristiana. Para el autor está claro que, en esta faceta del corporativismo, las influencias fascistas son evidentes. Pero, creemos nosotros, para un desarrollo teórico corporativista era suficiente recurrir a fuentes doctrinales específicamente católicas, cuyo modelo arranca de la Edad Media, tal como el mismo autor menciona.
            Los anexos son de notable interés: los 24 puntos fundamentales del partido, Directivas, evolución del voto, los representantes en el Congreso y un breve cancionero.
            El libro, pese a estar centrado en la Falange Nacional, nos asoma, de forma privilegiada, sobre aspectos generalmente poco conocidos, por el lector español, de la realidad política e histórica de Chile: el “padre de la patria” Diego Portales, el sistema de partidos en Chile  y la evolución doctrinal e ideológica de los mismos.
            En cualquier caso, asombra ver como en Chile, país laicista y de gran tradición masónica, la labor de la Iglesia alcanzó semejante penetración en su sociedad, siendo capaz de generar novedosas formas asociativas de voluntad misionera y transformadora, movilizando numerosas voluntades, entre las que destacan algunos políticos e intelectuales que han sido determinantes en la historia reciente de Chile.
            Un ejemplo para reflexionar y más motivos para conocer y estudiar el libro que aquí comentamos.
Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 45, 1/2001

Navarra y el nacionalismo vasco: un nuevo libro sobre la identidad de la Comunidad Foral.

     ¿En qué factores radica la identidad de Navarra? La respuesta es fundamental, más cuando desde el nacionalismo vasco se identifica al componente “vasco” de Navarra como columna vertebradora, no sólo de esta Comunidad Foral, sino del proyecto hegemónico de Euskal Herria.

 

Introducción.
            Un reciente libro estudia la identidad de Navarra a partir de aspectos fundamentales de su historia, en particular sus orígenes, y de los pensadores que han reflexionado en torno a los rasgos diferenciadores de este territorio. Se trata de “Navarra y el nacionalismo vasco; ensayo histórico-político sobre las señas de identidad originaria del Viejo Reino” (Biblioteca Nueva, Madrid, 2001), obra del historiador José Manuel Azcona Pastor y del que fuera Secretario General de la Diputación Foral de Navarra, Joaquín Gortari Unanua.
            No es un libro destinado a lectores especializados, pero no por ello se trata de un texto superficial; muy al contrario, es complejo en su trama, cargado de datos, con unas pretensiones globalizadoras en su intento de comprensión de la “navarridad”. Inevitablemente, tales reflexiones deben hacerse, en ocasiones, desde una posición dialéctica ante las afirmaciones de los nacionalistas vascos, de ahí su título. No en vano algunos de los primeros teóricos del nacionalismo vasco eran navarros que consideraron que Navarra sólo podría ser ella misma en un marco más amplio: Euskal Herria. Pero es paradójico que, por ejemplo, un Fray Evangelista de Ibero, capuchino, integrista, sabinista sin complejos lo calificaríamos hoy, encuentre sus seguidores más acérrimos entre los anticristianos marxistas hipercríticos de Herri Batasuna.
           
La identidad de Navarra.
            Los autores asumen a Ángel Martín Duque cuando éste determina los signos de Navarra, tal como los manifiesta a su juicio la historiografía desde el siglo X, a saber:
1.      Identidad cristiana de Navarra.
2.      Conciencia de identificación con el solar nativo, conservado como Reino.
3.      Edificación progresiva de un sistema particular de gobierno de naturaleza pactista.
4.      Conciencia colectiva de integración en el marco general de España.
Cristianismo, Fueros, un espacio físico muy concreto y vinculación indudable con España son, por lo tanto, los caracteres que identifican a Navarra como ente histórico diferenciado y autónomo dotado de una fuerte personalidad, pero no por ello, ajeno a empresas superiores.
Este carácter, sedimentado en una conciencia y unas Instituciones características, ha sufrido múltiples agresiones, si bien los navarros han salido airosos hasta la actualidad: tendencias uniformadoras en época de los Borbones, la crisis vivida tras la primera guerra carlista, nacionalismo expansionista de los vecinos que profesan esa fe separatista, etc. Pero Navarra siempre ha encontrado defensores de su identidad: entre los legisladores de las Cortes de Cádiz, entre los propios liberales navarros que ante la situación generada por las guerras carlistas no dudaron en defender la esencia de la personalidad navarra y, también, entre los políticos demócratas que en la actualidad encabezan hoy día la resistencia ante las continuas ofensivas nacionalistas.

 

Estructura del libro.
            El volumen tiene una extensión de 328 páginas de amplio formato.
            A la breve introducción, que es un magnífico alegato de la particularidad navarra a través de los siglos, le siguen nada menos que 10 capítulos.
            El primero de ellos (“Los hitos”) está dedicado a enmarcar el problema de Navarra: narraciones de viajeros, su imagen popular, las pretensiones políticas de los nacionalistas vascos, etc.
            En “Los vascones conquistan Vasconia”, se expone de forma muy clara y pedagógica la realidad de los orígenes históricos de este territorio y su relación con la potencia civilizadora romana.
            El capítulo III, “Dos tierras distintas y un solo reino verdadero”, nos traslada a las viejas crónicas navarras, sus Instituciones y símbolos diferenciadores. Estudia también las relaciones con várdulos, caristios y autrigones, pueblos celtas vasconizados por navarros y cuyos sucesores reinventan idealmente un pasado acorde a su proyecto hegemónico separatista.
            A lo largo de casi 30 páginas, en el capítulo titulado “La Unión inexistente”, descubre la historia de los proyectos fracasados de un Estatuto de Autonomía único para Navarra y las provincias Vascongadas acaecida en la Segunda República Española.
            La conciencia social” es el capítulo dedicado al desarrollo de la conciencia fuerista en los siglos XIX y XX y la aparición de defensores de otros proyectos, caso del nacionalismo separatista vasco, también en Navarra.
            A lo largo de casi 100 páginas se aportan un total de 36 pequeñas biografías de escritores y políticos, cuyo nexo es su navarridad y fuerismo, aunque de posiciones ideológicas encontradas. Aquí desfilan: Pascual Madoz, Joseph Agustín Chaho,  Arturo Campión, Francisco Navarro Villoslada, Serafín Olave, Miguel de Orreaga, Víctor Pradera, el conde de Rodezno, Rafael García Serrano, Rafael Aizpún Santafé, Rafael Gambra Ciudad, etc. Hay que reconocer el tremendo esfuerzo de objetividad de los autores en este capítulo, pues no han tenido problemas en agrupar en esta serie a carlistas, nacionalistas vascos, fueristas católicos, liberales, falangistas, etc. De todos ellos destaca Víctor Pradera, como autor de algunos de los conceptos y argumentos modernos del navarrismo frente al separatismo vasco. Este pensador tradicionalista (sobre el que recientemente ha salida a luz una biografía escrita por el profesor José Luis Orella, BAC, 2000) también tiene un espacio importante en la investigación histórica, en concreto en lo que respecta al papel de Fernando el Católico y a la incorporación de Navarra a España. Denuncia al espíritu agramontés (partido medieval contrario a esa unión) como ajeno a la navarridad y antecedente remoto del actual nacionalismo vasco.
            “Las tribulaciones del nacionalismo vasco y el falseamiento del pasado”, es el expresivo título dado al capítulo séptimo dedicado a Sabino Arana (quien apenas escribió sobre Navarra), sus sucesores y la evolución del nacionalismo vasco en Navarra, que nunca ha superado en votos un 18% del total de los emitidos.
            La identidad a través del arte”, se repasa en el capítulo VIII, con especial atención a la pintura y arquitectura.
            Campos del espíritu” es el magnífico capítulo dedicado al estudio del sustrato cristiano de Navarra. En estas páginas se refleja la asombrosa historia que ha generado unas obras personales y colectivas admirables, de las que todavía los navarros de hoy día nos sentimos tributarios. Un total de 30 páginas que saben a poco pero que son un esfuerzo de concreción y reconocimiento desde un realismo sin apenas complejos.
            El último capítulo es el titulado “El Régimen foral de Navarra”. En él se repasan con cierto detenimiento los orígenes, evolución, supervivencia y adaptación progresiva de las leyes específicas de Navarra, concretadas en LOS FUEROS, monumento vivo de la identidad navarra. Los contenidos de este capítulo debieran difundirse por otros cauces, pues en muchos casos son los propios navarros grandes desconocedores de la realidad de esta seña fundamental de su identidad colectiva.

 

Algunas reflexiones.
            Cuando en un artículo anterior comentábamos el libro de Jaime Ignacio del Burgo “El ocaso de los falsarios” (número 42 de esta publicación), echábamos de menos en el mismo una consideración más elaborada de las señas de identidad del Reino de Navarra y, en particular, el casi inexistente espacio dedicado a la inseparable relación entre el cristianismo y Navarra. En este denso texto, tales lagunas se colman sobradamente y, por ello, ambos textos son complementarios.
            Este libro es tributario, lo reconocen los propios autores, de una magna obra presente en las librerías navarras desde hace unos años: “Signos de identidad histórica para Navarra”, un trabajo colectivo editado magníficamente por Caja de Ahorros de Navarra (Pamplona, 1996). Pero tiene la virtud de facilitar su conocimiento desde una perspectiva divulgativa dentro de una perspectiva global.
            No es un libro escrito contra el nacionalismo vasco. Los autores parten de la propia identidad navarra, de su evolución y concreción a lo largo de los siglos y de su progresiva toma de conciencia. En esa evolución histórica, enmarcada en el proyecto de España, el nacionalismo vasco aparece como un factor artificioso, violento, irreal, distorsionador de esa natural y pacífica evolución. Sin embargo, esa ideología ha demostrado una asombrosa capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, absorbiendo cuantas corrientes ideológicas le permiten “nadar a favor de la corriente”, en un voluntarioso intento consciente de subversión histórica.
            Pero, como enseñanza y reflexión final, tenemos que sacar alguna conclusión operativa para el futuro de esta Navarra diseccionada en el libro.
            Como soporte de esta trayectoria histórica, y columna vertebradora de su devenir, sólo el cristianismo ha proporcionado las fuerzas espirituales, intelectuales y materiales imprescindibles para ello.
            Al hecho cristiano tendrá que mirar Navarra de nuevo, sus gentes, sus Instituciones, si quiere encarar el futuro con éxito y respeto a la memoria de sus forjadores.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 43, marzo de 2001.

El ocaso de los falsarios: argumentos para desenmascarar al nacionalismo vasco.

El último libro del político navarro Jaime Ignacio del Burgo denuncia los tópicos nacionalistas, descubriendo la falsedad histórica sobre la que se basa el discurso separatista vasco.

 

Un nuevo libro de Jaime Ignacio del Burgo.
            Jaime Ignacio del Burgo es un político navarro, de convicciones democristianas, al que la actual Navarra debe mucho. Sin su aportación a la actividad política durante la transición, junto a la de otros políticos como Jesús Aizpún, es posible que Navarra no disfrutara de su actual situación.
            Político en activo, autor de numerosos libros, experto en Derecho Foral navarro y articulista prolífico, nos ha sorprendido con este nuevo libro, en el mercado gracias a su hijo Jaime Arturo, impulsor de la nueva editorial Laocoonte.
            Espoleado por el ¡Basta ya! de la sociedad vasca, manifestado en el verano del 2000, quiere denunciar en este libro las falsedades de la propaganda nacionalista vasca, difundidas desde hace más de 100 años, especialmente a partir de Sabino Arana, al que descubrirá en algunos de sus textos más emblemáticos como una persona dogmática, intolerante y racista.

 

La estructura del libro.
            El libro llega a las 196 páginas, de densa lectura y magnífica presentación.
            A la breve introducción le siguen seis capítulos.
Arzallus o la reencarnación de Sabino Arana es el primero de ellos. El paralelismo es sugerente: etnocentrismo lindante con el racismo, radicalismo, verborrea exagerada, orígenes familiares carlistas, etc. Sin embargo, desconcierta que Sabino Arana fundara al final de sus días una Liga de Vascos Españolistas cuya intención era defender la autonomía vasca dentro de la unidad española. Su sinceridad es dudosa, pero es un hecho que los nacionalistas olvidan. Otra paradoja es que sus obras completas no se encuentran en las librerías; tal vez para evitar que su contenido evidencie la ideología real del fundador, sobre la que se sustenta el Partido Nacionalista Vasco. A lo largo de unas ocho páginas, el autor reproduce párrafos demoledores de Sabino Arana: en ellos reinventa la historia transformando pequeñas escaramuzas en gloriosas batallas medievales, se posiciona en contra de la Diputación Navarra al apoyar ésta con dinero la lucha española en Cuba, se distancia del carlismo por considerarlo movimiento español, ignora la estrecha relación de Vizcaya con Castilla (sólo estuvo vinculada a Navarra durante 58 años en total), manifiesta un feroz desprecio por los alaveses, etc. A continuación estudia muy detenidamente el papel de Arzallus en la génesis de la Constitución española y las tendencias internas del PNV de entonces, sus problemas con Carlos Garaicoechea, su control del partido desde la presidencia del EBB, sus famosos excesos verbales y las polémicas que protagoniza.
El segundo capítulo reflexiona en torno al conflicto. Jaime Ignacio del Burgo reúne en estas páginas una serie de pensamientos en torno a la guerra civil, el papel del nacionalismo moderado y sus relaciones con ETA, la violencia de esa organización y las reacciones que ha provocado en el PNV. En las inevitables referencias históricas, recuerda que el PNV de Navarra, al inicio de la guerra civil, se adhirió al alzamiento por su ideología católica y fuerista. Otro episodio histórico que recuerda es la aceptación del Convenio de Vergara por parte de los batallones carlistas guipuzcoanos y vizcaínos, frente a la oposición de los navarros que lo sufrieron con fusilamientos. Nos recuerda también que buena parte de la oficialidad del ejército de la regente María Cristina era vasca y que muchos navarros ilustres eran liberales. En definitiva: la primera guerra carlista también enfrentó a navarros y vascos entre sí, como consecuencia de su condición de españoles. A raíz de ese enfrentamiento fue suprimido el régimen foral vasco, en parte por la intransigencia de los propios vascos. Por el contrario, el régimen foral navarro sobrevivió: mediante realistas negociaciones y fórmulas jurídicas cuyo fruto fue la ley paccionada de 16 de agosto de 1841. Pese a todo, en 1877, a las Vascongadas se les otorgaron los Conciertos Económicos de la mano de Cánovas. Destaca, por otra parte, el nacimiento de la sociedad “euskara” cuya intención era crear puentes con los vecinos vascos. Habla, también, de la conversión del navarro Arturo Campión al nacionalismo vasco. Es interesante recordar, por otra parte, que en 1871 la Diputación navarra consiguió que el proyecto de Constitución federal de la I República reconociera a Navarra como un estado específico distinto del formado por las Vascongadas. Estudia, también las diversas vicisitudes estatutarias de la II República, en particular el proyecto de Estatuto elaborado en Estella por la Sociedad de Estudios Vascos que Navarra no aceptó. La guerra civil, el franquismo, la Constitución y la constante ratificación en este complejo periplo histórico de una evidente voluntad de la mayoría de los navarros por su autonomía, pese a las maniobras y continuas presiones de nacionalistas vascos de todas las tendencias, son otros aspectos contemplados en este capítulo. También dedica un espacio a la Navarra de Ultrapuertos (la Baja Navarra), que durante 300 años formó parte de Navarra. Todo ese territorio, al que los nacionalistas llaman Iparralde, es claramente partidario de la permanencia en Francia. Es en este capítulo, largo y denso, donde nos recuerda el documento elaborado en 1986 por la Comisión Internacional sobre la violencia en el País Vasco, contratada por el propio Gobierno  Vasco y cuyas recomendaciones  señalaban el respeto al Estatuto, el rechazo de la violencia etarra con rotundidad, las ventajas del bilingüismo, etc.
El vascuence ¿idioma tradicional o caballo de Troya?, es el capítulo que dedica el autor a reflexionar en torno a la situación pasada y presente del euskera. Tiene especial interés al recordar la realidad histórica del pueblo vasco. Cuando llegan los romanos, los vascones ocupaban un territorio parecido al de la actual Navarra. Las provincias vascongadas, por entonces, estaban pobladas por várdulos, caristios y autrigones, pueblos de estirpe celta, que fueron “vasconizados” por los navarros en torno al siglo V y VI de nuestra era. Lo demás son hipótesis y mitos. El territorio vascón estaba adscrito al “convento jurídico” de Zaragoza, mientras que los otros citados dependían del de Clunia (Burgos): eran pueblos distintos, por lo tanto. Todos los testimonios indican que los vascones se acomodaron a la realidad del imperio, lo que explica la presencia de vascones en diversas legiones por toda la geografía romana, los numerosos hallazgos arqueológicos romanos en Navarra y la ausencia de guerras entre unos y otros. Otra novedad fundamental que acaece al término del imperio romano es la irrupción del cristianismo en Navarra. Con la invasión visigoda, los vascones se desplazan hacia el norte, “colonizando” a esas tribus celtas. Tudela fue musulmana durante 400 años, más tiempo que Toledo. Para defender al cristianismo se alza el reino de Pamplona, que dos siglos después pasa a llamarse de Navarra. Se trataba de una realidad plural integrada por pobladores navarros (vascoparlantes o no) y no navarros (no vascoparlantes). Así, el euskera no fue en ningún momento de esta época el idioma común de los navarros. Nos recuerda el autor, más adelante, que las famosas Glosas Emilianenses, primera manifestación del castellano, se redactaron cuando ese territorio riojano formaba parte de Navarra, de ahí que Menéndez Pidal concluyera que el monje autor de las mismas era navarro. Ese romance navarro es el idioma en el que se escribe el Fuero General (siglo XIII), adoptando el romance como lengua oficial 50 años antes que Castilla. De hecho, el romance navarro, el castellano y el aragonés, según las últimas investigaciones lingüísticas, eran la misma cosa. Años antes, la gesta de Roncesvalles había sido protagonizada por navarros, estando ausentes en ella los vascongados. Y pronto tanto Alava, como Vizcaya y Guipúzcoa pasaron a la obediencia castellana por propia voluntad y sin apenas resistencia. También estudia el papel político atribuido al euskera por uno de los ideólogos que más ha influido en ETA: Federico Kruzwig.
Reflexiona, por otra parte, en torno a los esfuerzos realizados en la “normalización” y ”recuperación” del euskera y sus ambigüedades. Rechaza que el euskera haya sido perseguido por romanos, castellanos, incluso, en el franquismo: es en los años 60 del pasado siglo XX cuando se crean numerosas ikastolas para estudiar en euskera. No hay que confundir, por tanto, represión del euskera con represión del nacionalismo vasco. En definitiva, el euskera es fundamental parta la construcción de la conciencia nacional de Euskal Herria. Ejemplifica lo absurdo de los planteamientos nacionalistas al respecto: así, cuando se llega a euskerizar históricos términos castellanos o franceses porque “suenan a euskera”. Por último, estudia la Ley Foral de 1986 sobre el vascuence.
El capítulo titulado la ofensiva nacionalista es un completo repaso a las maniobras de todo tipo realizadas, por los nacionalistas vascos, frente a la inequívoca voluntad de la inmensa mayoría de navarros por el autogobierno, refrendado en múltiples elecciones y en los diversos resultados electorales. Tales esfuerzos contrastan con la casi nula presencia de EA y PNV en Navarra, siendo más numerosa la de HB. Denuncia en estas páginas la nueva ofensiva nacionalista desatada a partir del Pacto de Lizarra. Defiende el Pacto de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra de 1982. Denuncia la falta de respeto a Navarra desde el Gobierno Vasco. Frente a ello, el informe de la Real Academia de la Historia de junio de 2000 es una buena base para el reforzamiento de la conciencia histórica de Navarra mediante una correcta enseñanza de la historia real.
La rebelión de los demócratas, quinto capítulo del libro, repasa la historia reciente del país Vasco y sus protagonistas, todo ello condicionado por la extrema violencia de ETA y la ambigüedad de los “moderados”: la destrucción de UCD, la consolidación del PP, la evolución de HB, PNV y EA hasta llegar a Estella y la Asamblea de Municipios Vascos, los conceptos de territorialidad y soberanía, y el llamado ámbito vasco de decisión. La ruptura de la llamada “tregua” y la feroz ofensiva del verano del 2000 ha devuelto la unidad de los demócratas, reflexiona, frente el progresivo aislamiento del PNV. Por último, el autor realiza algunas consideraciones en torno al papel de la Ertzaintza en la lucha antiterrorista, la kale borroka, las reformas penales en marcha, el pago del impuesto revolucionario, etc.
Y, por último, el ocaso de los falsarios. Parte de la manifestación de 100.000 vascos realizada en San Sebastián el 23 de septiembre de 2000 bajo el lema de la plataforma ¡Basta ya! Nos recuerda que en Navarra sí se votó afirmativamente a la Constitución, dato que ocultan los nacionalistas. Reflexiona en torno al Estatuto, el respeto a las mayorías, las vías legales para la autodeterminación, el rechazo de la violencia, el papel de UPN, del Foro de Ermua, de Gesto por la Paz y el posible papel de un lendakari popular.
           
La reincorporación de Navarra a España.
El apéndice final del libro, a modo de adenda histórica, cierra el texto: en donde se habla de la muerte o de la resurrección de Navarra, según se mire.
Con una extensión de nada menos que 40 páginas, lo dedica a las complejas circunstancias históricas que rodearon la incorporación de Navarra a España –o reincorporación según se considere- de la mano de Fernando el Católico. Nos proporciona mucho información referente a los problemas sucesorios, los pactos dinásticos, las fuerzas presentes en el panorama de la Navarra del momento, las luchas intestinas entre agramonteses y beaumonteses, etc. Resulta complicado, pero evidencia que también en torno a estos hechos los falsarios de la historia han tejido su particular modo de interpretar la realidad.
En el desarrollo de las citadas tesis, es evidente la influencia del pensador tradicionalista navarro Víctor Pradera (rescatado del olvido por el profesor José Luis Orella Martínez, con su reciente obra Víctor Pradera; un católico en la vida pública de principios de siglo. BAC, Madrid 2000) y, en concreto, de su obra Fernando el Católico y los falsarios de la historia.
Nacionalistas vascos, ciertos tradicionalistas jaimistas navarros y algunos historiadores, se han identificado con una interpretación simpatizante de la causa agramontesa, como si esa facción encarnara en su día la identidad navarra. Ello todavía se refleja hoy en un sentimiento anticastellano, incluso antiespañol, de cierta indiferencia en muchos casos, de algunos navarristas. Sin duda, esa mentalidad es caldo de cultivo del nacionalismo vasco. Fernando el Católico es reivindicado por Víctor Pradera y, en esta línea, Jaime Ignacio del Burgo expone esa adenda histórica de indudable interés. Desde esta perspectiva, la incorporación de Navarra a España fue legítima, tanto legal, como moralmente.

 

Comentarios finales.
Especialmente en las primeras páginas, el libro engancha, proporcionando un torrente de datos desmitificadores del nacionalismo vasco y de su fundador Sabino Arana. Poco a poco, el libro pierde ese inicial carácter histórico, para entrar de lleno en la polémica política actual, lo que le llega afectar al estilo, recurriendo a largos párrafos en los que encadena numerosas ideas.
Pero, pese a ello, sobre todo para los no navarros, proporciona un arsenal de datos y argumentos que desmitifican los lugares comunes presentados desde la ofensiva nacionalista a todos los niveles: históricos, culturales, políticos.
También para los navarros, en muchos casos ignorantes de su propia historia, será oportunidad para tomar conciencia de su tradición cultural.
Sin embargo, echamos de menos un espacio dedicado al papel –esencial- del cristianismo en la configuración de Navarra.
Sin el cristianismo, la Navarra pasada y presente no puede entenderse. La tradición cultural e histórica de Navarra parte de la realidad del cristianismo, que generó un pueblo, una realidad viva y una creatividad a todos los niveles, que todavía hoy produce frutos indudables.
Por otra parte, el autor, reconociéndole una indudable valentía al afirmar, por ejemplo, que el franquismo no persiguió al euskera y a la cultura vasca (afirmación políticamente incorrecta), no desarrolla el mismo sentido crítico ante otros aspectos de la realidad política y cultural actual. El actual estado del bienestar, del que Navarra hace gala, tan contradictorio con la tradición cristiana, no puede ser el modelo de sociedad para un heredero consciente de esa tradición cultural e histórica sobre la que se asienta.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero de 2001
Reproducido en pagina.de/agli,
 web de la Asociación Gallega para la Libertad de Idioma.

Masonería egipcia, rosacruz y neo-caballería.

     En este artículo se analiza un libro que permite adentrarse en el complejo mundo de las sectas ocultistas de inspiración rosacruz, martinista y de la llamada masonería de rito egipcio.

 

Un libro del Grupo Anaya.
            El Grupo Anaya, conjunto de editoriales especializadas para las que la calidad es su principal seña de identidad, se ha lanzado al lucrativo negocio de la publicación de textos dirigidos al amplio público interesado en el ocultismo y otras disciplinas de orientación esotérica: Oberon Historia.
            Uno de los primeros libros editados por ese nuevo sello de Grupo Anaya es “La tradición oculta. Masonería egipcia, rosacruz y neo-caballería”, de Gérard Galtier (370 páginas. Madrid, 2001). Tiene una magnífica presentación: papel de máxima calidad, encuadernación, sobrecubierta negra con letras e ilustraciones doradas. Sin embargo, son múltiples las erratas que lo salpican: letras que faltan o se repiten, sílabas mal separadas, palabras repetidas incluso. Pese al aspecto exterior, ha faltado una corrección a fondo.
            En cualquier caso, los estrategas de Anaya han vislumbrado que, en lo que a esoterismo se refiere, existe una posibilidad de rentabilidad comercial y, por ello, ahí están esos diversos títulos publicados desde ese sello editorial.
            En la solapa, Gérard Kloppel, Gran Maestre del Rito de Menfis – Misraim (masonería irregular de rito egipcio) alaba, con entusiasmo en un breve párrafo, el libro. Y no es de extrañar, pues es parte interesada. El autor estudia la genealogía de diversas asociaciones secretas, buscando una filiación y legitimidad históricamente consistentes que las justifiquen. Ahí radica la indudable intencionalidad del autor, más cuando, respecto a muchos de los círculos estudiados, apoya su presunta legitimidad de origen y filiación, incluso a falta de documentos escritos. Y para ello realiza conjeturas y afirmaciones del tipo de “no se descarta que en esa localidad pudiera haber contactado con los supervivientes de…”.

 

Rosacruces, masones, martinistas.
            A lo largo del libro desfilan buena parte de los ocultistas más famosos de los últimos siglos: Cagliostro (presunto fundador del primer rito “egipcio” de la masonería y del que derivarían los demás ritos de la misma tendencia), los hermanos Bédarride, Péladan, Guaita, Eugéne Aroux, Arcad dÓrient Vial, Yorker, Lagrèze, Rudolf Steiner, Victor Blanchard, Papus, Bricaud, Spencer Lewis, etc.
            El libro se estructura en torno a varias “tradiciones” ocultistas: la ya mencionada masonería de rito egipcio y cuya existencia se desenvuelve en la periferia de la masonería regular, las órdenes de inspiración rosacruz, las sociedades secretas católicas y realistas de Toulouse que derivaron en algún caso en extraños cenáculos ocultistas y, por último, el martinismo.
            Recíprocas excomuniones entre antagonistas, expulsiones, escisiones, orígenes oscuros… El libro es una sucesión de personalismos, en algunos casos de extravagante comportamiento y doctrina que generan “escuela”, presuntas “filiaciones iniciáticas” que dan lugar a una “tradición”, coleccionistas de ritos y diplomas ocultistas de todo tipo con múltiples militancias en organizaciones masónicas y paramasónicas, etc. No realiza un estudio doctrinal con profundidad de todos esos grupos y autores ocultistas, pero al menos proporciona alguna pincelada orientativa.
            Es de agradecer que el autor no tenga reparos, desde su evidente simpatía por la masonería de rito egipcio y la rosacruz (organizaciones a su juicio más espiritualistas que la racionalista masonería regular y la irregular de evidentes tentaciones políticas), en afirmar en varios lugares del texto que existe una lógica contraposición entre la concepción católica de la vida y la propugnada desde estas “escuelas” iniciáticas.
Pese a su claridad en muchos aspectos, mezcla, en otros, verdad y fantasía, mito y realidad, historia con deseos. Así, nos sorprenderá al afirmar que el Apostolado de la Oración y las Conferencias de San Vicente de Paúl pudieron tener alguna relación con esos mencionadas cenáculos ocultistas de origen católico y que derivaron, según afirma en su libro, en grupúsculos extravagantes. Relacionado incidentalmente con lo anterior, nos recuerda que el famoso e influyente escritor, en ámbitos muy diversos, René Guénon, escribió en unas pocas ocasiones para la revista católica, de indudable ortodoxia, “Regnabit”. Un dato, sin duda, a tener en cuenta.
            Son muy interesantes las afirmaciones que hace respecto a las relaciones de algunas de las asociaciones, aquí estudiadas, con los grupos carbonarios, confirmando las mutuas y recíprocas implicaciones.
            El autor también trata, con ánimo desmitificador, las diversas corrientes del movimiento sinárquico, al que reduce toda su presunta realidad conspiradora en limitadas declaraciones de ambición política. A su entender, para el movimiento sinárquico, el mejor “programa” político para la humanidad sería el derivado de un gobierno mundial cuya acción se basara en los valores del ocultismo desarrollados por ciertos “colegios de superiores”, que impartiría, inevitablemente, una justicia natural y cósmica. Todo ello, a su juicio, alejado de tenebrosas y complejas “conspiraciones” contra la Iglesia católica y los gobiernos legítimos.
            Hemos afirmado que el autor se esfuerza en buscar “legitimidad en la filiación” (la existencia de una línea sucesoria histórica en la iniciación) de los múltiples grupos que estudia. Hasta tal punto es así que AMORC (Antigua y Mística Orden Rosa Cruz), la orden norteamericana que tanta publicidad realiza, por todo el mundo, en la búsqueda de adeptos, en modalidad de cursillos por correspondencia incluso, no es cuestionada en sus orígenes; más cuando los “expertos” en el tema aseguran que su raíz debe señalarse, exclusivamente, en su creador Spencer Lewis, quién combinó imaginación, gusto por la estética “egipcia”, mercantilismo, y textos de dudosa procedencia ocultista “seria”.

 

Relaciones con la “new age”.
            Pese a las limitaciones indicadas, el texto es recomendable, con las prevenciones de las mismas derivadas, para quien quiera navegar en las turbulentas aguas del esoterismo francés, especialmente, y sus derivaciones en otros ámbitos geográficos.
            Todos estos asuntos, ¿tienen algún interés hoy día?
            Lo tiene, en la medida que estas corrientes han realizado su aportación en la conformación de la “new age”. Esta corriente “espiritual” constituye un evidente reto para la Iglesia católica. Netamente diferenciada de la misma, la “new age” es fuente de confusión para muchas conciencias católicas, integrando un pensamiento “políticamente correcto” en el plano “espiritual”. Esta corriente, “iniciática” y elitista por definición, priva de posibilidad al hombre de encontrarse, cara a cara, con una presencia concreta y humana que encarne la verdad de su propia vida; una compañía posible para todos que se prolonga en la historia a través de la Iglesia católica.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 45, mayo de 2001.
Reproducido en conoze.com, diciembre 2001.

Jesús Monzón. El líder comunista olvidado por la Historia.

Martorell Pérez, Manuel: Jesús Monzón. El líder comunista olvidado por la Historia.
Editorial Pamiela. Pamplona. Junio 2.000.
285 páginas.
2.500 pesetas.

 

A partir de testimonios orales, fundamentalmente, el autor ha elaborado una biografía de este desconocido dirigente comunista navarro.
Manuel Martorell, periodista especialista en oriente medio, y autor del libro Los kurdos: historia de una resistencia, realiza esta incursión histórica manifestando, en el trabajo que nos ocupa, cierta curiosidad por el carlismo, del que destaca en el texto "su raíz popular, la sinceridad de su comportamiento y la profundidad de sus convicciones.
            De familia acomodada afincada en el Baztán, con amigos íntimos pertenecientes a todo el espectro político de la Pamplona anterior a la guerra civil (el nacionalista vasco Estanis Aranzadi, el cedista Ignacio Ruiz de Galarreta, el tradicionalista Tomás Garicano Goñi, el republicano Ignacio Usechi, etc.) Jesús Monzón llegó a ser uno de los máximos dirigentes del Partido Comunista de España en los años 40.
Persona culta, bon vivant, tolerante, compartió en el verano de 1.934 el primer premio otorgado por la “Hermandad del Arbol” con el falangista Rafael García Serrano.
Estudia en Barcelona y Madrid, simpatizando con el marxismo e ingresando en el Partido Comunista de España. Finalizados sus estudios, regresa a Navarra, donde pronto destacará en la pequeña agrupación regional del PCE. Llegó a organizar en Navarra una importante huelga junto a los sindicatos carlistas (huelga general en la construcción, junio de 1.935), en la que demostró gran capacidad de liderazgo y de alcanzar acuerdos con fuerzas ideológicamente distintas.
La pamplonica Aurora Gómez Urrutia será la mujer de su vida, si bien la muerte del único hijo del matrimonio, Sergio, causará la separación de ambos durante años. Estuvo unido con otras tres mujeres en algunos periodos de su vida. Volverá con Aurora al ser excarcelado en 1.959.
Se entrevistó con Casares Quiroga al objeto de denunciar los preparativos insurreccionales carlistas; pero el entonces Presidente del Gobierno republicano no le otorgó especial importancia.
Tras ocultarse en Pamplona, al iniciarse la guerra civil, pasa a zona republicana, donde llegó a ser Gobernador Civil de Alicante (desde el 31/07/37) y de Cuenca (desde mayo de 1.938).
Responsable en Francia del Partido Comunista de España al finalizar la guerra civil, reconstruye el PCE en ese país dividido, creando las bases de las que luego fueron las “Agrupaciones Guerrilleras Españolas”, que se anticiparon en la “resistencia” a los mismos comunistas franceses.
Impulsa y organiza el intento de invasión del Valle de Arán, en 1.944, por varios miles de comunistas españoles procedentes de Francia. Será detenido en el interior de España en 1.945.
En 1.948 es juzgado en Consejo de Guerra y condenado a 30 años de prisión. En el aplazamiento del proceso y en la desestimación de la petición fiscal de pena de muerte, influyó sin duda la mediación, de algunos amigos navarros bien situados en el “nuevo régimen”, realizada en este sentido.
De forma paralela, el PCE de Santiago Carrillo lo procesa y expulsa, acusándole de una retahíla, de presuntos crímenes, propia de la fraseología estalinista que se impone en el mundo comunista.
Tras casi 14 años de prisión, es excarcelado, impartiendo posteriormente clases de economía en centros formativos vinculados al Opus Dei (México, Barcelona y Baleares). Muere en Pamplona en 1.973.
Siendo dirigente del PCE, Monzón elaboró una estrategia, a mediados de la década de los cuarenta, mediante la llamada “Unión Nacional”, que pretendía agrupar a toda la oposición antifranquista, desde los carlistas y alfonsinos, hasta los comunistas. En este sentido, se anticipó alguna década a la política de “reconciliación nacional” que desarrolló años después Santiago Carrillo. Precisamente este personaje sale malparado en esta biografía. Como peón del estalinismo, procesará a Monzón, expulsándolo del partido. Llegará a ordenar, con motivos diversos, la eliminación física de algunos correligionarios que asumieron posiciones “monzonistas”, que equiparó al “desviacionismo titista”. Es significativo el papel desarrollado por Carrillo, como auténtico fiscal, en el proceso seguido en el PCE contra Carmen de Pablo, máximo dirigente del partido en Francia durante la segunda guerra mundial, sentimentalmente unida a Monzón. El autor nos describe a Santiago Carrillo como un experto interrogador, implacable y manipulador, que incurre en todos los tópicos del estalinismo, persiguiendo derrumbar política y psicológicamente a esa mujer; lo que logrará por cierto.
            Jesús Monzón no ha dejado una autobiografía. Sus documentos personales tampoco nos han llegado pues, poco antes de morir, los mandó quemar a una sobrina. De haber escrito sus memorias “el partido habría quedado mal”, según sus propias palabras. No quería perjudicar a un PCE que, a su juicio, debiera jugar un papel importante en el futuro político de España. Por ello, el autor se ha tenido que basar, sobre todo, en testimonios orales.
La biografía es irregular en el tratamiento de algunos periodos de la vida del protagonista. Habiendo fallecido la mayoría de las personas próximas a Monzón, que hubieran podido realizar interesantes aportaciones al respecto, la ausencia de fuentes documentales impide colmar las lagunas existentes en la biografía.
Por otra parte, la pena de olvido, impuesta por el PCE al que fuera uno de sus más importantes e innovadores dirigentes, fue eficaz, lo que se traduce en que Monzón apenas es mencionado, cuando no ignorado directamente, en los libros y estudios publicados por los protagonistas más importantes en la historia del PCE. Sin embargo, Joan Estruch en su reciente libro, “La historia oculta del PCE” (Temas de hoy, 302 páginas, año 2.000), ya le dedica varias páginas con cierta profundidad.
            Para los familiarizados con la historia de Pamplona, será un placer la lectura de esta biografía, estrechamente unida a Navarra.

 

Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 45, 1/2001.

El libro de España.

F.T.D.: El libro de España.
Editorial Edelvives. Zaragoza. 1.999.
384 páginas.
2.200 ptas.

 

            Dentro de la moda de reeditar libros con significado sentimental y nostálgico, referentes a nuestro pasado más inmediato, encontramos una iniciativa interesante de la zaragozana Edelvives, sucesora de la primera editorial de los Hermanos Maristas en España, la FTD de Barcelona (Frère Théophane Durand).
            “El libro de España”, edición facsímil de la de 1.928, fue un texto estudiado por cientos de miles de españoles para los que fué uno de sus medios de encuentro con la realidad española, en una época en la que no existía televisión, apenas radio y, por supuesto, internet no se podía ni adivinar.
            Concebido como medio de lectura de clara orientación pedagógica, el hilo conductor de la narración lo marca las peripecias de dos hermanos, Gonzalo de 10 años y Antonio de 14, huérfanos de padre y madre. Ambos regresan, a la muerte de su padre, de Francia a España, en busca de su abuela, residente en Andalucía. Viven diversas peripecias, perdiendo el escaso dinero que portaban en el inicio del viaje, por lo que de camino tendrán que desarrollar trabajos temporales en diversos lugares, conociendo a lo largo de casi toda la geografía española a buenas personas que les facilitarán su viaje.
            Sus trabajos y las relaciones personales que surgen progresivamente, serán excusa para un repaso de la realidad de las diversas provincias españolas, con especial atención a sus figuras históricas, religiosas y literarias de la mano de un texto “Claros varones de España” que les acompaña en el viaje y cuya lectura ilustrará su tránsito.
            Con una concepción cristiana de la vida muy precisa, parte de una visión “casticista” de España, para la que la religiosidad católica tradicional ha sido el motor y fundamento de las grandes figuras, obras y empresas nacionales.
Al texto le acompañan unas magníficas ilustraciones en blanco y negro que reproducen retratos, escenas típicas, paisajes, monumentos y episodios de las andanzas protagonizadas por los dos hermanos. Así, nos proporcionan algunas sorpresas en las mismas, como por ejemplo en la página 58, al retratar el dibujante el castillo - palacio de Olite (en Navarra) anterior a la restauración conocida por nuestros contemporáneos. Otras muchas imágenes de pueblos y ciudades nos muestran una España rural, poco industrializada, en la que las grandes obras públicas empezaban a notar su presencia.
La primera edición sale en plena dictadura de Primo de Rivera: 1.928. Figuran algunas referencias del momento histórico, así al hablar del Palacio Real de Madrid nos lo presentan como residencia de S.M. Alfonso XIII, pero gran parte del texto es intemporal, permaneciendo vigente en lo que a datos históricos y tendencias económicas generales refleja (como curiosidad, en la página 2 nos habla de un marino que pudo comerciar con Francia aprovechando la baja del franco posterior a “la guerra”; la primera guerra mundial).
El libro cultiva otros valores, como las normas de buena educación y un cierto ascetismo vital. Por ejemplo, a raíz de un incidente con un pelotari blasfemo, se dice que en España no es necesaria una Ley Seca, pues el carácter de los españoles es austero “por naturaleza ante la copa y aun sobrio” (página 264). Todo ello encajado dentro del “programa” regenerador, apolítico, moralizante y patriótico de la Dictadura de Primo de Rivera.
Esta edición facsímil reproduce literales algunas peculiaridades ortográficas de la época, así como la acentuación original del libro; que fueron corregidas en ediciones posteriores.
Con la guerra civil se editó en 1.938 una nueva versión, con algunas modificaciones impuestas por el curso de la contienda desde el sector nacional. Así, el padre de los dos hermanos ya no sería un marino fallecido, sino un militar falangista muerto en el asalto al cuartel de la Montaña en Madrid, en julio de 1.936. El tío de los dos hermanos, antiguo emigrante, también tendría las mismas convicciones.
Este libro todavía era objeto de lectura en algunos colegios a principios de los años 70. Por todo ello podemos deducir fácilmente que el número de sus lectores ha sido realmente alto, siendo iniciados en ciertos aspectos de la vida a través de este magnífico medio de conocimiento y contraste con la tradición en la que habían nacido y en la que, todavía, se iban a desenvolver. Muchos de ellos aprendimos gracia al texto, tal como señalan las palabras que figuran en la presentación del libro en la solapa de su sobrecubierta, “a amar a España”.

 

Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 45, 1/2001.

La gran persecución. España, 1931 – 1939.

Cárcel Ortí, Vicente: La gran persecución. España, 1931 – 1939.

Planeta + Testimonio. Madrid. 2.000

370 páginas.
2.600 Ptas.

 

            El sacerdote valenciano Vicente Cárcel Ortí, una de las mayores autoridades hoy día en historia eclesiástica contemporánea, española y europea, es el autor de este libro que está causando cierto impacto en los ambientes católicos españoles.
            Con una indudable base histórica, no tiene reparos en responder a las múltiples cuestiones que, desde posiciones muy críticas, se han reprochado a la Iglesia católica con ocasión de las primeras beatificaciones, de mártires de la guerra civil española, realizadas por Juan Pablo II. Por ello afronta, con valentía y total claridad, los prejuicios manifestados en este terreno, entrando sin temor en consideraciones lindantes con la política, la sociología y la opinión pública manifestada y dirigida desde los medios de comunicación mayoritarios. Al afrontar todos esos temas, el historiador es riguroso y nada superficial, basándose en fuentes documentales diversas, señalando pistas que iluminen futuras investigaciones históricas.
El libro se inicia con una recopilación de textos lapidarios, de diversos autores, que señalan algunas pistas del contenido del libro. Tales textos tienen en común que destacan el carácter de persecución que se desató, especialmente en los tres primeros meses de guerra civil, en la zona de obediencia republicana contra los católicos de cualquier condición.
            La introducción encara los temas centrales que desarrollará más adelante: el inicio de la persecución religiosa ya en 1.931 y la carta colectiva de los obispos españoles de 1 de julio de 1.937.
            La primera parte está dedicada a la persecución producida entre 1.931 y 1.936. Es interesante el estudio que realiza del comportamiento de la jerarquía católica y sus fieles ante el nuevo régimen, que lo aceptaron en general, buscando acomodo e intentando colaborar lealmente, pese a la legislación promulgada y la adopción de medidas, de indudable sectarismo, como la expulsión de los jesuitas. Aquí se contemplan también los asesinatos de sacerdotes y religiosos producidos en la revolución de octubre de 1.934, desatada por algunas izquierdas principalmente en Asturias.
            La segunda parte, titulada “1.936 – 1.939: Holocausto”, proporciona una visión panorámica de la persecución desatada, una vez en marcha la guerra civil. Destacan algunos aspectos, como la premeditación en el desarrollo y ejecución de la persecución, el memorándum del ministro de Justicia de la República Irujo (del PNV), la carta conjunta del episcopado de 1.937 con especial atención a las ausencias en la misma del Cardenal Vidal y el obispo Múgica, el informe del embajador francés (protestante) ante la República de febrero de 1.938, los intelectuales católicos extranjeros y su actitud ante la guerra, la Iglesia “clandestina” y otros complejos aspectos.
            La tercera parte, “¡Casi diez mil mártires!”, es de un notable interés, pues clarifica conceptos básicos, lo que ayuda a comprender la tremenda coyuntura histórica, como los de caídos, víctimas y mártires. Se evidencia la existencia de auténticos mártires cristianos, asesinados a causa de su fe religiosa, incluso sin mediar ningún ánimo personal en su contra. No murieron en combate, ni fueron héroes de guerra o de una ideología política. El cuadro que describe, con numerosos casos muy concretos, perfectamente documentados y conocidos hasta el detalle, horrorizan por la crueldad desatada contra personas de todo tipo, edad, sexo y condición, por la exclusiva circunstancia común de sus creencias católicas. Diferencia, por otra parte, beatificación y canonización.
            La siguiente parte, “Hoy nos habría gustado que…”, constituye un conjunto de interesantes reflexiones, desde una perspectiva actual, en torno a cuestiones polémicas planteadas en torno a este asunto: el presunto poder económico de la Iglesia, la relación entre la persecución política y la persecución religiosa, las relaciones con Franco, el perdón dado y pedido por la Iglesia, la campaña de insultos y calumnias desatadas con ocasión de las ceremonias de beatificación desarrolladas en Roma, etc.
            La quinta y última parte, colofón de la obra, reflexiona, entre otros temas, sobre la presencia de las ideologías en siglo XX y las guerras desatadas por las mismas y la actitud de reconocimiento y acogida de Juan Pablo II a los mártires del siglo XX.
            Una bibliografía y el índice onomástico completan esta obra, polémica, clara y valiente.

 

Revista de historia contemporánea Aportes, Nº 45, 1/2001.