Blogia

Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“Mussolini” (Península/Atalaya).

R. J. B. Bosworth. “Mussolini”. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Ediciones Península. Barcelona. 2003. 636 pp.

 

 

El fundador del fascismo sigue generando, todavía hoy, cierto interés entre los historiadores. Formando parte destacada del grupo de dictadores del siglo XX, todo indica que fue un personaje muy distinto a un Stalin o un Hitler, asemejándose, especialmente por sus notables límites y contradicciones, a la mayoría de compatriotas.
Nos situamos ante una biografía de Benito Mussolini realizada por un historiador –australiano anglosajón- que se declara antifascista. Ello no le impide, sin embargo, romper con la mayoría de los mitos generalmente asumidos por los numerosos detractores del fascismo (¿no sería más correcto hablar de fascismos, en plural, incluso en la misma Italia?). Así, no se encuentran, en el libro, descalificaciones ideológicas o apriorísticas del personaje de ningún tipo. Pero tampoco sus nostálgicos partidarios quedarán satisfechos. Descubre, en todo caso, un Duce humano, y mucho: pasional, depresivo, sensual, contradictorio, intuitivo, inconstante, grandilocuente, voluble, explosivo, creativo...
La biografía de Mussolini es la historia de un fracaso. Se propuso cambiar Italia por completo, modernizando sus estructuras burocráticas y económicas, proporcionándole un imperio. Quiso desbordar, en soluciones revolucionarias, al socialismo del que procedía. Pretendía, pese a su pesimismo antropológico, y nada menos, cambiar la mentalidad de los italianos. Y fracasó en todo ello. Incluso su vida personal no fue en absoluto coherente y unívoca; circunstancia que pagaron, con un alto precio,  todos sus familiares, antes o después.
Mussolini es mostrado sin reservas. Veremos que, más allá de sus ampulosos discursos, las poses teatrales y sus apelaciones a los grandes principios, se aburría solemnemente con los pequeños detalles, sustanciales para una buena gestión de gobierno; y no digamos ya para el efectivo control de la marcha de una guerra casi universal que asoló también a Italia por segunda vez.

 

El Duce no carecía de humanidad. Cuando describe el hecho histórico del asesinato del famoso parlamentario socialista Matteoti, un auténtico hito en la configuración de la leyenda negra del fascismo, el autor informa detalladamente que, en contra de lo que pudiera presumirse, “… el propio Mussolini llegaría al extremo de enviar ayuda económica a la viuda de los hijos de Matteoti, tal vez una prueba de culpabilidad, pero no un acto de la crueldad y la insensibilidad implacables que mostrarían más tarde otros dictadores. Un dictador con un reflejo al menos de corazón contrito, tanto por la suerte de sus sicarios como por la de sus víctimas, si es que Mussolini fue eso, resulta un personaje insólito en el escenario brutal de la historia del siglo XX” (página 222).
El libro, ante todo, desmitifica: al Duce, al fascismo, y al antifascismo incluso. Es el caso también, entrando en un ejemplo significativo, de su supuestamente temida y tenebrosa policía secreta, asegurando que “…el personal de la Ovra, formado por unos 375 hombres en 1940, era bastante escaso. Ese número indica sin duda lo reducida que era en realidad la clase política de Italia y lo superficial que habían sido la penetración del fascismo, del antifascismo y de cualquier ideología moderna como religión política en la vida de la inmensa mayoría de los italianos” (página 248).
La participación en la guerra –clave del fracaso histórico del fascismo- se determinó cuando, contra el criterio de la mayor parte de los demás dirigentes fascistas, Mussolini consideró que ésta duraría apenas unos meses escasos más, proporcionando a Italia la posibilidad de beneficiarse de un nuevo equilibrio en el que disfrutaría de un papel decisivo. Su objetivo, retomando las decimonónicas aspiraciones de la Italia liberal, no era otro que dejar de ser la más pequeña de las grandes potencias y afrontar, de forma decisiva, el reto de la modernización. Se equivocó; pero además “Lo que quedó claro por detrás de los acontecimientos y las actitudes de los primeros meses de la guerra fue el enorme fracaso estructural de la modernización fascista tanto del Ejército como de la sociedad” (página 404).
A ese dramático escenario, como a tantos otros, según nuestro escritor, Mussolini se dejó arrastrar, de forma fatalista, por los acontecimientos; habiendo contribuido a alimentarlos desde la verborrea violenta que envolvía la mayor parte de los mensajes fascistas, predeterminándolos de alguna manera.
Incluso sus ulteriores racismo y antisemitismo fueron concesiones demagógicas a los que parecían “vientos favorables de la historia” procedentes de una –a la vez- temida y admirada Alemania nazi.
El escritor demuestra un amplio conocimiento de las fuentes históricas del fascismo (acreditado por las 88 páginas que ocupan las notas del libro), del contexto histórico de la Italia del siglo XX e, incluso, de los autores revisionistas y las corrientes políticas neofascistas.

Con todo, sorprende que un Mussolini incapacitado por el cúmulo de carencias que expone el autor, pudiera mantenerse en el poder durante más de dos décadas sin apenas contestación interna. Tal vez, la explicación ajustada, al menos en parte, sea la proporcionada por el autor: resultar una consecuencia más del tradicional divorcio de la política oficial con la vida real de los italianos, independientemente del régimen político vigente en cada momento.

El Semanal Digital, 3 de enero de 2004.

Terrorismo moderno y nihilismo.

Una corriente de pensamiento decimonónica, un tanto olvidada, ha recobrado actualidad: el nihilismo. De la mano de las reflexiones filosóficas de André Glucksmann, el nihilismo está emparentado, en modalidades sorprendentes, con el fenómeno actual del terrorismo.

 

Narodnaya Volya.

 

En el nacimiento y configuración del terrorismo moderno desempeñó un papel decisivo la efímera organización terrorista rusa, nutrida por igual de nihilismo y anarquismo, Narodnaya Volya (Voluntad del Pueblo). Esta paradigmática organización, en contra de lo que pudiera parecer como natural dadas sus creencias filosóficas, desplegó una importancia campaña terrorista contra la figura del zar y significativos responsables de su régimen.

 

Nacerá en círculos burgueses y universitarios en 1878, alimentándose de anarquismo y de nihilismo, actuando hasta 1881, año en que casi todos sus dirigentes y militantes cayeron, siendo ahorcados, en su mayor parte, a causa de las declaraciones de un traidor que denunció a sus antiguos correligionarios para salvar su vida: Degayev. El grupo pretendía la emancipación del pueblo ruso del yugo zarista, preconizando para ello la “acción directa” y la “propaganda por los hechos”, conceptos popularizados posteriormente por el anarcosindicalismo, desgastando así al prestigio del Zar y su régimen, a la vez que intentaban concienciar a las masas de su alto destino revolucionario. Al contrario que sus parientes ideológicos occidentales, no aceptaban las actuaciones individuales; sino que pretendían una única organización activista, unitaria y disciplinada, que desarrollara análogas tácticas y estrategias. Destacaron por el uso de explosivos, realizando alguno de sus colaboradores, ciertas innovaciones técnicas como, por ejemplo, la mezcla de la nitroglicerina con determinadas sustancias. Atentaron, hasta en 8 ocasiones, contra el zar Alejandro II, logrando acabar con su vida el 1 de marzo de 1881. Algunos supervivientes se integraron, finalmente, en otros grupos, llegando su influjo al Partido Socialista Revolucionario, principal núcleo opositor al zarismo -que de la mano de su “Organización de Combate” también practicó el terrorismo- hasta la irrupción de los Socialdemócratas bolcheviques y mencheviques.

 

Por las características de sus ideales no parecía razonable que fueran capaces de organizar un grupo estable y cohesionado, cuyos militantes estuvieran dispuestos a sacrificar sus vidas en aras de una ideología materialista que negaba toda trascendencia. Pero lo hicieron. Y marcaron el camino a nuevas generaciones de terroristas rusos y de cualquier otra nacionalidad y época.

 

El nihilismo.

 

Pero, ¿qué es el nihilismo? Entendemos por tal a la doctrina filosófica materialista que niega la existencia de cualquier creencia o realidad substancial. La realidad misma se remitiría a la propia nada. Todo sería un espejismo, todo discutible; ningún aspecto de la apariencia que conocemos como realidad sería objetivo.

 

El caso de Narodnaya Volya fue excepcional: ninguna otra organización en todo el mundo asumió de tal manera el nihilismo, aunque el anarquismo, del que también se nutrió intelectualmente compartiendo muchas ideas, se sintiera su heredero en alguna medida. Por otra parte, posteriormente, otras ideologías más “científicas” y revolucionarias le relevaron en la fundamentación filosófica y militar de las estrategias revolucionarias utópicas que recurrirían al terrorismo, como táctica aceptable moralmente; particularmente el marxismo-leninismo, al que también acompañó, en esa trayectoria, el nacionalismo radical, hasta la irrupción del islamismo yihadista casi un siglo más tarde.

 

André Glucksmann y el nihilismo.

 

Este concepto, el de nihilismo, ha vuelto a ponerse de moda a finales del siglo XX: un determinado nihilismo práctico, poco elaborado doctrinalmente, pero muy extendido en vulgata, se habría impuesto en la mentalidad común y en el comportamiento general de los occidentales de hoy día, quienes habrían abandonado en su mayor parte cualquier creencia religiosa y militancia política o social. Es decir, una mezcla de materialismo práctico y consumista, relativismo moral y naturalismo filosófico.

 

Estas conclusiones, elaboradas en diversos medios intelectuales y teológicos de la Iglesia católica, pero también en otros entornos culturales, ha encontrado un inesperado refuerzo en el polémico intelectual francés André Glucksmann, quien, junto a Bernard Henry Lévy y Alain Finkielkraut, fuera en su día uno de los protagonistas de la llamada “nueva filosofía”.

 

Para André Glucksmann el terrorismo islamista también estaría infectado poderosamente de un moderno nihilismo, entendido ante todo como el deseo de destruir por destruir.

 

A su juicio, existiría dos tipos de nihilismo: el activo, a decir de Nietzsche, que disfruta y promueve la destrucción, y el pasivo, que compartiendo la ausencia de creencias, deja a los terroristas destruir. Glucksmann ha expuesto esta teoría en su libro Dostoievski en Manhattan (Madrid, Taurus, 2002). Según su criterio, los islamistas serían auténticos nihilistas cuyo objetivo es matar por matar, como expresión de su poder. No pretenderían, en realidad, un cambio geopolítico real, ni tendrían nada que ganar. La religión, de esta manera, sería una mera excusa, una grotesca coartada intelectual, para la liberación de su atávica e instintiva pulsión destructiva.

 

Es posible que en muchos islamistas, o por extensión en muchos terroristas, actúe ese ánimo destructivo, activista, de la acción por la acción. Y, tal vez, a ese estado de ánimo, no sólo de los islamistas, también se llegue por el cansancio de la clandestinidad, el remordimiento por los sufrimientos causados, la impotencia personal experimentada al no haber alcanzado los objetivos marcados y la correspondiente huída vital hacia la nada. No obstante su atractivo, los expertos en terrorismo islamista no comparten esta teoría. Por el contrario, aseguran, los islamistas tienen unas convicciones muy concretas, de carácter religioso aunque interpretadas en clave ideológica totalitaria, persiguiendo unos objetivos políticos y sociales precisos, para los que han elaborado unas tácticas y estrategias más o menos adecuadas.

 

El discurso del odio y Occidente.

 

Glucksmann vuelve a abordar esta tesis en su nueva obra El discurso del odio (Madrid, Taurus, 2005), en la que profundiza, desde diversas perspectivas, en torno a la presencia misteriosa del mal y del odio en el hombre. Y lo hace particularmente, en las expresiones de odio hacia Estados Unidos, el judío y la mujer. Así afirma que “Es nihilista la voluntad de existir sin reglas o actuar sin prohibiciones. El horror de Beslan conjuga tres versiones de esta moderna patología. Está el nihilismo último, absoluto, del asesino suicida que se convierte en rehén de su toma de rehenes; no le importa la diferencia entre vida y muerte. Está el nihilismo activo, la estrategia a lo Putin del que se cree que puede permitírselo todo y ya no distingue entre mentira y verdad. Están los nihilistas pasivos, nosotros, que sin principio de realidad, con los ojos cerrados, permitimos todo a los que se lo permiten todo. El nihilista planea por encima de las diferencias humanas, demasiado humanas, más allá del bien y del mal, de la existencia o de la no existencia, de lo verdadero y de lo falso” (página 39).

 

En cualquier caso, las consideraciones de Glucksmann evidencian un dato objetivo y preocupante: la incapacidad moral de buena parte de la sociedad occidental para oponer, frente al terrorismo, ideales, firmeza y principios; y ello, tanto por parte de sus dirigentes, como por la del propio pueblo. Perdido el principio de realidad, si todo es indiferente y relativo, si no existe el bien, pero tampoco el mal, ¿en qué fuerzas morales nos apoyaremos para afrontar el desafío del terrorismo islamista? ¿Tenemos capacidad de sufrimiento y sacrificio? Sin duda, Glucksmann plantea un interrogante dramático de cuya respuesta depende, en buena medida, el futuro de nuestra civilización.

 

                De esta forma, el nihilismo, ideología supuestamente olvidada, recupera una dramática actualidad, también de la mano de su profunda incidencia social, de insospechadas consecuencias prácticas.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 93, mayo de 2005.

 

Partido Comunista de las Tierras Vascas: la dura realidad.

El acceso de la izquierda abertzale al Parlamento Vasco, gracias a los resultados alcanzados por el Partido Comunista de las Tierras Vascas el pasado 17 de abril, tiene la capacidad de condicionar por completo el desarrollo de la próxima legislativa y, tal vez, el propio futuro del País Vasco.

 

Juego sucio.

 

Tanto el PSOE-PSE como el PNV jugaron sucio en las pasadas elecciones autonómicas vascas celebradas el domingo 17 de abril. Los socialistas de Zapatero permitieron la concurrencia de una lista electoral, la del supuestamente desconocido Partido Comunista de las Tierras Vascas (PCTV-EHAK), con el poco disimulado objetivo de fraccionar al nacionalismo vasco y, tal vez en esa coyuntura, alcanzar una cosecha de votos que les aproximara significativamente a los obtenidos por la coalición PNV-EA; cuando no superarlos. Guardaron, eso sí y durante bastante tiempo, las formas: no permitieron la concurrencia de la otra lista (AG) vinculada sin ningún disimulo con Batasuna y que copó la atención mediática y política inicialmente.

 

Por su parte el PNV, sin excesiva convicción, protestaba cara al potencial electorado radical, por la supuesta falta de libertad al impedirse la presencia de esa primera lista vinculada con Batasuna (AG). En realidad estaban encantados: otra oportunidad para vampirizar al electorado abertzale y consolidar una mayoría absoluta. Pero, una vez se desveló el “gol” que le metieron entre unos y otros, sus dirigentes se horrorizaron ante las previsibles consecuencias derivadas de la presencia en el Parlamento Vasco de un grupo numeroso de electos del PCTV-EHAK. Los resultados, no obstante, no fueron tan malos en este sentido. PNV-EA perdieron votos y escaños, al fugárseles casi todos los cosechados, en su día, en las revueltas aguas de la izquierda abertzale; pero, con todo, volvió a ser la primera fuerza; siendo muchas las posibilidades de reedición de un gobierno tripartido análogo al de la legislatura anterior, aunque más débil y, por lo tanto, con un Plan Ibarretxe en zozobra.

 

                El PSOE-PSE jugó fuerte y perdió: pese a permitir la presencia del PCTV-EHAK con la indisimulada pretensión de alcanzar un ilusorio triunfo electoral, apenas recogió la porción de votos procedentes del electorado del Partido Popular que optó por la opción supuestamente más potente del constitucionalismo. El riesgo era muy elevado: “si damos la vuelta –se proponían ingenuamente estos aficionados- a los resultados electorales y condicionamos el futuro Gobierno vasco, tendremos la llave del futuro y la reforma estatutaria irá por donde nosotros queramos”. Pero no contaban con la realidad. Así, los movimientos fundamentales del electorado se han producido dentro de cada bloque: la izquierda abertzale recupera su espacio y el PSOE-PSE recoge los réditos de su triunfo electoral del 14 de marzo de 2003. Pero no existe trasvase de votos entre nacionalistas y constitucionalistas o viceversa, salvo unos escasos miles de moderados del PNV que han votado socialista ante la radicalización del histórico alderdi.

 

Todo sigue igual... ¿todo?

 

                Algunas circunstancias distorsionan la realidad e impiden un análisis objetivo. Veamos la principal. Existen indicios de la existencia de conversaciones entre destacados socialistas e interlocutores cualificados de la izquierda abertzale. Mientras no se sepa con certeza los objetivos de tales conversaciones y los posibles acuerdos, no se podrán calibrar sus consecuencias: ¿mera toma de contacto?, ¿búsqueda de una histórica vía de paz?, ¿un posible acuerdo “a la catalana”?...

 

                El Plan Ibarretxe no goza de buena salud; es evidente. Pero ello no quiere decir que el secesionismo vasco renuncie a sus objetivos. ¿Pasa el futuro, entonces, por una convergencia entre una versión moderada del Plan Ibarretxe y el Plan Guevara de los socialistas? Tal vez. Pero no es imposible que la alternativa real sea otra muy distinta: la de un Plan Ibarretxe remozado y radicalizado gracias al concurso y presión del inesperado PCTV-EHAK. Todo es posible...

 

                Estas elecciones se han cobrado dos víctimas menores. Los abertzales moderados de Aralar apenas han sumado poco más de un par de decenas de miles de votos. Las esperanzas de que esta fuerza, procedente de la izquierda abertzale, aglutinara un número significativo de antiguos votantes de Batasuna en dirección de una inequívoca moderación e integración plena en las reglas del juego, ha fracasado. Unidad Alavesa, por su parte, no ha podido superar la marcha del que fuera su máximo dirigente, Pablo Mosquera, acelerando la fuga de su electorado natural hacia el voto útil del Partido Popular y el PSOE-PSE. Lástima, tenía mucho que aportar.

 

                María San Gil, por su parte, ha aguantado el tirón. Pero queda en una posición secundaria al no poder jugar un papel condicionante, en modo alguno, del futuro juego parlamentario vasco; salvo de alcanzarse un acuerdo cerrado con el PSOE-PSE, no contemplado en coherencia con el actual “talante” Zapatero/Patxi.

 

La naturaleza del PCTV-EHAK.

 

                Nadie se ha engañado. El PCTV-EHAK forma parte  del MLNV. No es exactamente Batasuna, tampoco es ETA, pero su historia es incomprensible sin la del autodenominado MLNV. Sus orígenes son EHK, el pequeño grupo promotor en el año 2000 de una ponencia minoritaria en el proceso Batasuna en el que la izquierda abertzale buscaba una nueva formulación que la abriera a sectores sociales remisos y que, paradójicamente, dio la victoria a la ponencia continuista Bateginez. Alcanzaron, en el citado, muy poco respaldo, pero siguieron en la órbita del MLNV. Por otra parte, los últimos militantes vascos del antiguo prosoviético Partido Comunista de los Pueblos de España  (¿se acuerdan de Ignacio Gallego?) entraron en contacto con ellos, se conocieron, añoraron juntos los altos logros del marxismo-leninismo para la Historia de la Humanidad y se unieron, dando lugar al minúsculo PCTV-EHAK a la espera de una oportunidad. Es decir, se trata de la “guardia de la lealtad” al marxismo-leninismo revolucionario más rancio que en su día alimentó a todo el MLNV.

 

Recordemos un asunto que ya hemos comentado aquí en reiteradas ocasiones. El MLNV es el resultado de una particular simbiosis de marxismo-leninismo y nacionalismo etnicista que estos marxistas ortodoxos no compartían del todo (¿no sería, acaso, una peligrosa desviación social-revisionista o pequeño-burguesa?). Eso sí: pensaban que algún día serían necesarios en el futuro del MLNV, y no se equivocaron. Pero la modalidad de esa dependencia es muy distinta a la que imaginaron. El MLNV no recurre a ellos reconociendo las supuestas equivocaciones táctica y estratégica derivadas de un incorrecto análisis político. Se han dirigido a ellos por que constituían la posibilidad de servirse mutuamente en aras del proyecto revolucionario que comparten a pesar de matices incomprensibles para los no iniciados: una Euskal Herria socialista independiente que entierre a los burgueses y oligarcas, ya sean españoles o vascos. Así lo han entendido los analistas del grupo Goiz Argi, nacionalistas vascos moderados que vienen insistiendo desde hace años, sin que sus correligionarios les concedan excesivo crédito, acerca de la potencialidad revolucionaria de un MLNV que es nacionalista por conveniencia, pero también marxista-leninista y revolucionario en su esencia irrenunciable.

 

Las opciones reales.

 

                En estas elecciones han primado, entre los grandes partidos, los intereses sectarios a corto plazo. Mientras tanto, el autodenominado MLNV sigue jugando fuerte, a ganar, a largo plazo y sin desperdiciar ocasión alguna. Novatos, escasos de imaginación y timoratos los primeros, frente a militantes, voluntaristas, decididos.... y revolucionarios, los segundos.

 

                Desde el engaño, el interés de partido a corto plazo y la miopía política, no se puede construir una convivencia duradera y sólida. Ello explica que el esfuerzo por aislar a ETA y alejarle progresivamente de su base social, mediante la Ley de Partidos y otras iniciativas anteriores, se haya desdeñado infantilmente por Zapatero y sus chicos, desperdiciando los esfuerzos de años.

 

                Las aguas de un posible encuentro entre PNV-EA y PSOE están minadas por la desconfianza mutua y los engañados conocidos... ¿existirán más? Un acuerdo político entre ambos, lo más realista de cara a alcanzar, al menos, un tranquilo gobierno durante una legislatura, no parece sencillo: saben que han jugado con las cartas marcadas, que pueden volver a hacer trampa y, por ello, no se fían los unos de los otros.

 

                En este panorama, pocas alternativas quedan. El PNV-EA formará gobierno, seguramente, con el concurso de Izquierda Unida, aunque Madrazo ya no sea imprescindible. Necesitarán acuerdos para gobernar. Entonces: ¿buscará el reencuentro de la sociedad vasca alejando al terrorismo o continuará por la senda de la secesión? Si opta por lo segundo, francamente, lo tienen fácil, y si no lo tienen claro, que pidan consejo al PCTV-EHAK, que seguro tienen muchas y brillantes ideas. ¿Y Patxi y los suyos? Si realmente estiman a la sociedad que dicen representar, ya pueden darse un baño de realidad, recomponer la unidad constitucionalista, seguir trabajando al encuentro de los sectores nacionalistas moderados asustados por la deriva social y política del País Vasco, y exigir a Zapatero que defienda la presencia y las razones del Estado también con sus ciudadanos vascos..., aunque tenga que dejar de sonreír de vez en cuando.

 

                En cualquier caso, se impone la claridad, la transparencia y una política de principios que busque fórmulas para recomponer la fragmentada comunidad vasca, si es que ello todavía es posible. Y ya que hablamos de principios, ¿alguien se acuerda de las víctimas del terrorismo?, ¿ya no cuentan?

 

                Con este panorama, algo es seguro: la inmensa mayoría de los españolitos de a pie se van a hartar de la política vasca, si no lo estaban ya. Esperemos un poco de lucidez, sobre todo entre los políticos del PSOE, para que esta circunstancia no se convierta también en otra poderosa  herramienta que golpee la maltrecha cohesión y autoestima españolas.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 92, abril de 2005.

 

“La verdad sobre El Código da Vinci”, en Zaragoza.

Crónica de la presentación, en Zaragoza, del libro “La verdad sobre El Código da Vinci”, ante 250 personas; realizada el viernes 25 de febrero de 2005.

 

                El pasado viernes 25 de febrero de 2005 se presentó en Zaragoza, en la sala de conferencias de Ámbito Cultural de El Corte Inglés, de paseo Independencia, a las 19’30 horas y ante una nutrida concurrencia que llegó a superar las 250 personas, el libro del escritor navarro José Antonio Ullate Fabo, “La verdad sobre El Código da Vinci” (LibrosLibres, Madrid, 2004).

 

                Precedido por una campaña militante (invitaciones escritas a personas y entidades, correos electrónicos, llamadas telefónicas y carteles en calles, parroquias, asociaciones culturales y bibliotecas públicas) que se sumó a la realizada por la entidad que acogía el evento, concurrió un numeroso público que, en palabras de una de las periodistas destacadas en el acto, “era excepcional en el panorama cultural zaragozano”.

 

                Del acto se haría eco, posteriormente, el diario Heraldo de Aragón, dedicando media página de la sección cultura, el sábado 26, a una entrevista realizada al autor y a otras noticias relacionadas. También se hizo presente una de las televisiones locales y varias emisoras de radio, entrevistándolo igualmente.

 

                Presentó a los ponentes Fernando José Vaquero Oroquieta, crítico de libros de ElSemanalDigital.com y miembro del Consejo de Redacción de “Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica”, en lugar del anunciado Álex Rosal, editor de LibrosLibres, quien no pudo acudir por exigencias profesionales de urgencia informativa. Explicó la orientación de la editorial, que acoge temáticas, en alguna manera, “políticamente incorrectas”, al partir de perspectivas de pensamiento “fuerte”. Por ello encaja, perfectamente, aseguró, un libro con las características del presentado: pues se atreve a profundizar en las claves de un imprevisible éxito editorial acorde con la mentalidad dominante, analizándolo desde una perspectiva que parte de la creencia de que es posible tener certeza de algo, siendo cognoscible la verdad; en unos tiempos en que todo es discutible, nada es verdadero y los acuerdos de convivencia son fruto de la conveniencia, la moda y los dictados arbitrarios del poder dominante. Agradeciendo la disponibilidad de Ámbito Cultural, y pidiendo excusas a los asistentes, pues su nutrida asistencia hacía incómoda la asistencia al acto al permanecer en pie la mayoría de ellos, dio paso a los dos conferenciantes.

 

                Miguel Antonio Franco Garza, párroco de tres localidades próximas a Calatayud, y Licenciado en Historia de la Iglesia, expuso durante casi 40 minutos, una aproximación al tema desde la incuestionable naturaleza histórica de los evangelios, el impacto de algunos aspectos de los evangelios apócrifos en la piedad tradicional (lo que desmiente la voluntad supuestamente ocultadora de la Iglesia) y su manipulación por ocultistas de todo tipo. Recordó el tipo de comunidad nacida como consecuencia de la resurrección de Jesucristo y la fidelidad a tales hechos históricos constitutivos de la Iglesia. Frente a esta actitud, expuso las ideas básicas de las corrientes gnósticas, tan presentes en el “culto a la diosa” base argumental de la novela de Dan Brawn, insistiendo en la figura histórica de Jesucristo, frente a las invenciones de gnósticos, esoteristas, y ecofeministas vinculados con la “teología feminista”. Una brillante intervención muy aplaudida por el público.

 

                José Antonio Ullate Fabo, autor del libro, periodista y Licenciado en Derecho, se centró en el origen del mismo y en las tres partes en que se divide. Partió de la existencia de dos tramas superpuestas en la cuestionada novela: la propiamente narrativa, desarrollada en 24 horas, y la pseudohistórica que propone una verdadera alternativa espiritual contraria a los fundamentos de la fe católica. Recordó la importancia, en la formación del criterio cultural y moral de la persona, de las lecturas recreativas y ocasionales, precisamente al realizarse en momentos en que la persona se encuentra con “la guardia bajada” intelectualmente, por lo que es más sencillo e imperceptible su infiltración en el juicio de la misma. Recalcó la pérdida de vigor público de los católicos, quienes en gran número desconocen los fundamentos de su fe, asistiendo impasibles a todo tipo de insultos y agravios hacia la Iglesia. También insistió en la importancia del empleo de la razón frente a los irracionalismos, entre ellos el pseudo religioso, que se abren paso cuando la religión católica es apartada.

 

                Un interesante diálogo, que alcanzó niveles de debate y abierta discrepancia en alguna intervención, cerró un acto estimulante para todos los participantes. Varias decenas de personas aprovecharon para pedir al autor firma con dedicatoria en algunos de los numerosos libros que se vendieron a lo largo del acto.

 

Finalmente, un grupo de amigas y amigos zaragozanos acompañaron a los ponentes en un céntrico restaurante, donde repusieron fuerzas, dando cuenta de un elegido “menú de vigilia”.

 

                Uno de los asistentes, histórica personalidad del catolicismo social aragonés, entusiasmado por el desarrollo del acto, comentó que este tipo de actuaciones culturales, con una identidad católica, eran muy necesarios; saliendo del estrecho marco de parroquias y centros católicos. Efectivamente, constituyó una oportunidad de misión y de diálogo con otras sensibilidades culturales en un reconocido foro público. Ello es posible. Existen recursos públicos y privados a los que los católicos, por falta de imaginación o de audacia, renuncian a priori. Y el debate cultural, desde una pertenencia católica, requiere romper las barreras que, en ocasiones, los propios católicos han levantado.

 

Una ocasión, en definitiva, para el agradecimiento y la reflexión enfocada a la acción.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 90, febrero de 2005.

 

Reflexiones en torno a algunos aspectos de los resultados del referéndum del 20 de febrero en España.

Algunas reflexiones y conclusiones en torno a los resultados del referéndum del 20 de febrero, con especial atención a algunas variables del voto negativo.

 

                La celebración del referéndum convocado por el gobierno del PSOE, para la ratificación de un tratado constitucional europeo, el pasado 20 de febrero, generó expectativas y posicionamientos muy diversos en la sociedad española.

 

                Ya conocidos y difundidos los resultados oficiales, intentaremos realizar, en esta ocasión, algunas reflexiones al respecto a partir de algunas conclusiones generalmente admitidas.

 

1.- El gobierno del PSOE ha salido airoso del evento.

 

Convocando el referéndum, le correspondió, en todo momento, salvo por los temores de una previsible alta abstención, la iniciativa, lo que le proporcionó una mayor ventaja sobre el Partido Popular en esta coyuntura, particularmente; y más contando con la complicidad de la inmensa mayoría de los medios de comunicación. Ciertamente, la abstención, fantasma que ha perseguido al PSOE durante toda la campaña, ha sido muy alta; pero al aproximarse a los niveles de las convocatorias electorales europeas, han podido defender su relativo éxito. No obstante, el PSOE no ha logrado movilizar a una parte sustancial de sus propios electores; lo que refleja una base escasamente motivada. Incluso una cifre cercana al medio millón, habría votado negativamente, según estudios estadísticos posteriores. A pesar de haberse difundido algunas sospechas acerca de la sorprendente aceleración en la afluencia de votantes en la última hora de la jornada; aunque con dificultades, el gobierno ha podido arrogarse un éxito que, de no haber llegado, habría cuestionado la acelerada agenda de sus políticas y la misma orientación de los pactos con los nacionalistas. De esta forma, seguramente, seguirá adelante con sus políticas sectarias, y con bastante prisa

 

2.- El Partido Popular marchó a remolque de los acontecimientos. Mariano Rajoy no ha liderado al partido, en estas circunstancias, con unas mayores decisión y firmeza imprescindibles en un intento de contrarrestar esa posición de desventaja inicial, lo que ha facilitado la indisciplina de no pocos de sus militantes y electores.

 

Difícilmente podría haber desbancado a Rodríguez Zapatero en su iniciativa al convocar el referéndum. Pero, además, el Partido Popular ha pagado caro su exceso de moderación y la escasa convicción de sus dirigentes. Ciertamente, varios millones de sus votantes han seguido las consignas de este partido inequívocamente europeísta, pero, tal vez una cifra cercana al millón de votos ha optado por el no; varios cientos de miles lo han hecho por el voto en blanco; y otros muchos (¿más de un millón, acaso?) se han abstenido con una expresa conciencia política no asimilable a la indiferencia de tantos otros. Sin la aportación popular, en cualquier caso, el referéndum no habría sido superado, aunque el gobierno no lo haya reconocido: una prueba más de su verdadero talante. Que tomen nota y obren en consecuencia, de una vez, los dirigentes populares. En cualquier caso, la dirección popular sale debilitada: particularmente cuestionada por un sector de sus bases que demanda mayor perspectiva, definición y audacia en sus respuestas políticas. No obstante, no existe un riesgo de escisión; pero el malestar está ahí, pudiendo redundar en un peligroso desencanto que desemboque, en un futuro, en una parcial desmovilización partidaria.

 

3.- El factor Federico Jiménez Losantos: la articulación de una corriente social crítica.

 

Si alguien puede arrogarse la movilización de unos cientos de miles de ciudadanos en dirección del voto negativo, particularmente motivados e indignados, proporcionándoles unos instrumentos intelectuales a su crítica de la filosofía soporte del referéndum, éste no es otro que el periodista y escritor Federico Jiménez Losantos, director del programa radiofónico La mañana, de COPE. Avalado por una larga, coherente y combativa actuación profesional, se han agregado, en torno a algunas de sus iniciativas (nacidas en buena parte al calor de su relevante papel en COPE), un nutrido plantel de profesores universitarios, profesionales liberales, comunicadores y periodistas. Así, se han generado diversas formas de presencia que vienen configurado, de hecho, una corriente social de opinión en buena medida identificada con el electorado liberal-conservador del Partido Popular; si bien no existe ninguna voluntad de vincularla con unas corrientes actualmente inexistentes, pues estatutariamente no lo permite el propio partido. De la libre iniciativa personal de estos comunicadores, han nacido varias obras muy variadas: la revista de pensamiento La Ilustración Liberal, el diario electrónico LibertadDigital.com, las webs liberalismo.org, AsturiasLiberal, RedLiberal… Y no pocos católicos se han identificado, de forma progresiva y creciente, con buena parte de los presupuestos esgrimidos por este grupo informal de críticos, algunos de los cuáles, también participan, en alguna medida, en los principales espacios de elaboración del pensamiento liberal y conservador, caso de la FAES de Aznar. Seguramente, sin pretenderlo en sus inicios, han configurado una interesante experiencia de agregación social, conjuntada por una lectura crítica de la actual deriva política nacional y sustentada en una defensa de los valores. El tránsito de este camino indica que católicos conservadores y liberales laicos no confesionales pueden coincidir en un común programa de “pensamiento fuerte” y en una misma acción política en el entorno del Partido Popular. Sería deseable que plataformas análogas de otras sensibilidades ideológicas, sin cuestionar la inexistencia de tendencias organizadas en el Partido Popular, se fueran constituyendo, contribuyendo así a la creación de más sociedad y movilizando a nuevos sectores de la opinión pública en aras de la regeneración de la política y la sociedad españolas. El Partido Popular, aunque no llegue a admitir la existencia de corrientes organizadas en su seno, bien haría en dialogar con estas nacientes realidades, dando espacio a sus propuestas, valores y dirigentes. En cualquier caso, no es previsible que, pese a la suma de diversos desencuentros, bases conservadoras abandonen el Partido Popular, dado que no existen expectativas de trabajo político real fuera del mismo; pero ello no quiere decir que se les siga ignorando. La sociedad española, los movimientos sociales y las tácticas políticas, son cambiantes. Pero una cuestión debe quedar muy clara: el Partido Popular no puede seguir  considerando como amarrado sine die a un electorado conservador crecientemente consciente de su identidad y potencialidad y dotado de voz propia.

 

4.- Los otros partidarios del no. La potente movilización de la extrema izquierda y de los nacionalistas, y el fracaso de la irrupción de los partidos que pretenden forjar una alternativa a la derecha del Partido Popular.

 

Izquierda Unidad ha logrado una buena movilización de sus votantes (aunque en algunas regiones, caso de Cataluña, hasta un 40% de ellos lo hayan hecho a favor del sí), arrastrando a la multiforme y, en ocasiones, peculiar, extrema izquierda. ERC, en Cataluña, y Batasuna, Aralar y EA, en el País Vasco y Navarra, también han movilizado satisfactoriamente a sus bases: una prueba más de su extraordinaria politización; lo que contrasta con la desmovilización de las franjas electorales llamémoslas moderadas de la sociedad española. BNG, por su parte, apenas ha incidido en el panorama gallego, en esta ocasión.

 

En otros ámbitos, son numerosas las formaciones, de variado signo, que han propugnado el no. No obstante, ninguna de ellas puede atribuirse, en absoluto, un peso decisivo en la cosecha de tales votos. ¿La razón de esta afirmación?: su mensaje, en ninguno de tales supuestos, apenas ha llegado a unas decenas de miles de seguidores más o menos incondicionales; cifras poco decisivas en la suma final. Una prueba de lo anterior: la mínima capacidad de convocatoria de sus actos públicos en esta campaña. Y ello sin quitarles el indudable mérito de haber intentado romper la abrumadora unanimidad -casi total- de los medios de comunicación en favor del sí, silenciando a los sectores sociales y políticos que han optado por el no.

 

5.- El catolicismo social: dividido ante el referéndum, pero con voluntad de trabajar conjuntamente cara al futuro.

 

El incipiente catolicismo social, nacido al calor de los nuevos movimientos eclesiales y de otras realidades vivas de la Iglesia española, se presentó fragmentado ante la convocatoria; en parte inorgánicamente incorporado al movimiento liberal contestatario de Federico Jiménez Losantos, y en parte encauzado por alguna plataforma transversal, ciertas iniciativas virtuales y otras asociaciones de menor calado.

 

No obstante, pese a que este desacuerdo se ha dado en el seno de muchas familias, movimientos, y otras diversas realidades, es de destacar el respeto generalmente manifestado por las otras opciones enfrentadas y, al margen del resultado final, la voluntad expresa de trabajar conjuntamente mirando al futuro. Esta eclosión de iniciativas y esa voluntad de futuro acreditan una madurez y un crecimiento colectivo que no pueden desaprovecharse, debiéndose extraer bastantes enseñanzas.

 

Reflexiones finales. El futuro: Europa y la configuración de un nuevo mapa político en España.

 

                Algunos están empeñados en forjar una alternativa a la derecha del Partido Popular. Ya lo hemos comentado extensamente en otros artículos publicados en esta revista electrónica. En cualquier caso, tal pretensión no parece fácil: los actores que pretenden encauzar este movimiento son muy diversos, gozan de apoyos muy escasos, se encuentran extraordinariamente fragmentados, carecen de estrategias especialmente elaboradas, y la sociedad, al menos de momento, les ha dado la espalda. Otros muchos estarían encantados de que se consolidara una alternativa semejante: por lo que pudiera debilitar al Partido Popular, y no porque fuera positivo para la sociedad española. Los resultados del referéndum podrían haber apuntado, en alguna medida, en favor de tal opción. Pero, no se deducen tendencias significativas en ese sentido.

 

Al poder le interesa una ciudadanía atomizada, individualista: para poder manejarla. Pero, efecto inesperado y pernicioso de ese estado del cuerpo social, para ese propio poder y para toda sociedad, es la desmovilización moral y ciudadana que esa circunstancia genera y que puede volverse en su contra: lo que ha estado a punto de suceder.

 

En cualquier caso, ya estamos en una Europa -nunca hemos dejado de estarlo- que a algunos no gusta. Pero es la realidad en la que las diversas identidades colectivas y los proyectos de pensamiento que pretenden que la futura convivencia de la sociedad española se construya desde la identidad nacional y la defensa de unos valores “fuertes”, deberán encarar con esfuerzo, generosidad, perspectiva y capacidad de diálogo; generando más sociedad.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 90, febrero de 2005.

 

Instinto de supervivencia y moral de victoria en la nación española ante el Plan Ibarretxe.

Buena parte de los análisis divulgados, con motivo del desarrollo del Plan Ibarretxe, han obviado unos aspectos subjetivos decisivos: el instinto colectivo de conservación, la moral de victoria y el espíritu de lucha de un pueblo.

 

 

Lo habían anunciado; y han cumplido. El nacionalismo vasco, básicamente unido en torno a la propuesta rupturista del lendakari Juan José Ibarretxe, ha lanzado un órdago al Gobierno de la nación española, en lógica coherencia con una trayectoria política inequívoca. Así es el nacionalismo vasco: maximalista en sus pretensiones y objetivos, apegado hasta el extremo a las que considera sus esencias, unido en lo fundamental por encima de sus divisiones. No podía ser de otra manera. En sus presupuestos ideológicos encontramos sus consecuencias. Y éstas, antes o después, tenían que llegar. La pregunta obligada es la siguiente: ¿por qué los nacionalistas han esperado a este momento?

 

                Acaso, podrían haber intentado, en la actualidad, otras tácticas orientadas al mismo objetivo y que ya les habían proporcionado incuestionables beneficios: gradualismo, negociación…

 

                Los nacionalistas “moderados” parten de una contradicción notoria. Aseguran que el Estatuto de Gernika ha sido ninguneado. Pero, en tal caso, ¿cómo es posible afirmar que ha fracasado si no se le ha podido extraer todo el partido posible? Por lo tanto, la premisa desde la que parten, no es correcta. Pero no esperemos que una lógica cartesiana presida sus comportamientos: son nacionalistas y ello determina sus tácticas y su estrategia; aunque buena parte de ello no resulte inteligible para quienes no comparten esos presupuestos ideológicos. No obstante, ello no quiere decir que sus acciones carezcan de lógica interna. Es más, podría afirmarse, sin temor a equivocaciones, que vienen acreditando notables cualidades: son observadores, buenos analistas, muy pacientes, bastante realistas en muchos sentidos… Entonces, ¿por qué han lanzado este reto, sin agotar una vía ya abierta que todavía podía profundizarse y rendir jugosos frutos?

 

                Para algunos, la respuesta al interrogante anterior es evidente. Dados sus presupuestos ideológicos, tenían que intentarlo: su naturaleza les empujaba a ello. Antes o después y hasta el final. Los propios nacionalistas “moderados”, de alguna manera, avalan esa interpretación; pero presentándola de una manera más elaborada: el Plan Ibarretxe sería, así, la oportunidad de oro para facilitar a ETA su desaparición, avanzando sustancialmente en la dirección de la independencia a la cabeza de todo el nacionalismo vasco liderándolo.

 

                Concurre, en todo caso, una circunstancia cualificada. La mayoría de los análisis efectuados en torno a la naturaleza y perspectivas del Plan Ibarretxe coinciden en un diagnóstico: no tiene posibilidades legales de prosperar, considerando los requisitos necesarios para la reforma constitucional y el juego numérico de las mayorías parlamentarias existentes actualmente. Esta circunstancia también es conocida, evidentemente, por los nacionalistas. ¿Por qué se han decidido a dar un paso, tan importante, que pudiera fracasar, desmoralizando, entonces, a su entregada base social?, ¿simplemente por intentarlo?, ¿acaso, por mera “cabezonería” doctrinaria? Algunos comentaristas consideran que se trata de una mera táctica: el Plan Ibarretxe constituiría un programa de “máximos”, por lo que una vez planteado, vendría la negociación, las concesiones mutuas y las “rebajas”. Pero, la puesta en escena del plan, los apoyos concitados (procedentes incluso desde Batasuna), el esfuerzo humano desplegado, las ilusiones colectivas desatadas, las energías aplicadas…, todo ello parece estar encaminado no a una mera negociación “a la baja”, sino a un esfuerzo -planificado como definitivo- dirigido al objetivo final.

 

                Pero si, legalmente, no parece que existan muchas posibilidades razonables de que el plan alcance el éxito perseguido, ¿cómo han podido imaginar este esfuerzo como definitivo?, ¿no son conscientes, acaso, de las dificultades reales?, ¿no será que su ideología les ciega hasta el extremo de hacerles perder contacto con la más elemental realidad?

 

                En la mayor parte de los análisis efectuados al respecto, desde los medios de comunicación y el mundo de la política, se han obviado algunos aspectos importantes; decisivos en cualquier confrontación humana relevante. Partamos de una premisa: nos encontramos ante un verdadero conflicto ideológico. Así, además de los aspectos objetivos del mismo (bases culturales, marco legal, fortaleza numérica y material de los contendientes, posiciones políticas, situación internacional, etc.), concurren unos aspectos subjetivos decisivos y determinantes del “factor humano” y de su identidad colectiva: viveza del instinto de conservación, voluntad de lucha, y moral de victoria.

 

                Todo lo anterior, a los nacionalistas, les sobra: están crecidos. No en vano, llevan varias décadas avanzando implacablemente, sin apenas retrocesos significativos ni resistencias insalvables, en su proyecto de “crear nación”: tanto desde los poderes públicos, como en la misma sociedad. Con el Gobierno de Aznar se les torcieron, un poco, las cosas y, tal vez por ello, comprendieron que podrían encontrar unas resistencias superiores a las previstas, a su estrategia gradualista. Y les entraron prisas: habría que agotar plazos, determinarlos en la “agenda política” de una vez; no fuera que los “radicales” se les adelantaran de nuevo o se perdiera, incluso, el tren de la secesión…

 

                En este contexto, ¿qué moral detenta el adversario, es decir, el pueblo español? Los nacionalistas, tanto “moderados” como “radicales”, la han calibrado, más bien, como escasa. La quiebra del “bloque constitucionalista” en el País Vasco, escenificada con la eliminación de Nicolás Redondo Terreros de la dirección del PSE-PSOE, les empujó a esa expectativa. Otras circunstancias, como la crisis experimentada entre las asociaciones de víctimas del terrorismo y el desconcierto del movimiento cívico vasco de resistencia al nacionalismo, espejo de la crisis existente entre el Partido Popular y el PSOE, lo han contemplado, analizado, y recibido con verdadero alborozo (no había mas que leer algunas reflexiones publicadas en Gara en las últimas semanas).

 

                En definitiva: consideran que “los españoles” están acobardados, sin moral de victoria, sin voluntad de lucha, con un mortecino y decadente instinto de supervivencia. Y, en unas circunstancias así, lo que no parece posible inicialmente, puede devenir real con buenas raciones de voluntad, empuje y determinación.

 

                La retirada de las tropas españolas de Irak también les provocó cierto indisimulado regocijo, fortaleciendo esa percepción: si los españoles no están dispuestos a derramar su sangre en Irak, tampoco lo estarán para hacerlo por el País Vasco. Una fuerte y constante presión, de gran intensidad aunque sin llegar al derramamiento de sangre, podría conseguir lo que en condiciones normales (un pueblo decidido y liderado por dirigentes voluntariosos en un marco legal indiscutible) sería inimaginable; y más después de algún serio fracaso del constitucionalismo, unos cambios políticos imprevistos, varias décadas de desarme cultural, moral y espiritual de los españoles, y el lógico desgaste provocado por decenios de sufrimiento.

 

                Desde el poder público se puede impulsar la “construcción nacional”: mediante el empleo consciente de los medios de comunicación, la modelación de un funcionariado afín, un sistema de enseñanza politizado para el cambio de mentalidades, las políticas de subvenciones a empresas y entidades de todo tipo, una política de revolución cultural… Y los nacionalistas bien lo saben: lo vienen practicando desde hace décadas. Y con bastante éxito. Pero siempre se han preguntado lo siguiente. Los sucesivos gobiernos españoles, ¿por qué no han actuado de manera análoga, desde sus medios casi ilimitados, intentado contrarrestar la labor nacionalista? Y llegaron a sus propias conclusiones: el “enemigo español” carecería de capacidad de análisis y de estrategia; diseñando, lo más, algunas tácticas puntuales y ocasionales. En este contexto, para los nacionalistas sólo existe una lectura posible: los oponentes carecen de voluntad de lucha y su rendición estaría próxima.

 

                Podría plantearse una seria reserva a este análisis. Esa presunta ausencia de moral de victoria, ¿no se confunde, acaso, con el lógico deseo de vivir tranquilos, un ánimo, posiblemente, compatible con la existencia de cierta capacidad de reacción? En definitiva, conforme esta otra perspectiva, la desideologización no implicaría la renuncia a todo principio y proyecto colectivo.

 

Los nacionalistas ya han lanzado su reto. Ahora corresponde a los partidos nacionales, y particularmente al PSOE, responderles desde la legalidad, el realismo, la voluntad de su pervivencia y la moral de victoria; liderando a un pueblo español que así lo reclama. No olvidemos otro aspecto. Los políticos y los gobernantes no deben marchar a remolque de los acontecimientos: deben anticiparse a los mismos. Y si detectan flaquezas, deberán poner los medios para reforzar los mecanismos de respuesta del Estado y la propia moral pública. Tampoco deben parapetarse en la sociedad, concibiéndolo como fácil recurso. Primero hay que agotar los mecanismos legales. Ahí radica su responsabilidad: anticiparse, tomar decisiones, y emplear a fondo los instrumentos legales del Estado de Derecho. Y, si es necesario, movilizar al pueblo; pero nunca como alternativa a la ausencia de reflejos políticos, a la incapacidad o a la cobardía. La sociedad civil puede y debe sugerir, coadyuvar, apoyar… movilizarse, en definitiva. Pero no se le debe pedir esfuerzos que no estén dispuestos a efectuar los propios políticos en primer lugar.

 

                No todos los políticos tienen la misma responsabilidad. El PSOE, en el gobierno, y seguramente determinado por el nuevo “talante” y la coyuntura histórica, puede deslumbrarse con la posibilidad de llegar a constituirse en el “partido de la paz”. Pero ese lógico deseo puede distorsionarse fácilmente por las prisas, las divisiones internas, las contradicciones programáticas, los protagonismos personales y territoriales... Al Partido Popular le resta un papel muy distinto: constituirse en la conciencia crítica y vigilante de un proceso político cuyas consecuencias no están escritas; recordando, además, que existe otra manera de hacer las cosas, que ya produjo sus frutos, y que no agotó todas sus posibilidades e instrumentos. Y que, de nuevo, podría retomarse en gran parte. En este contexto, PSOE y Partido Popular, podrían complementar sus perspectivas y aportaciones. Pero siempre con una condición: los partidos se deben a la nación española y el sujeto de la soberanía nacional es el pueblo español, vascos incluidos.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 90, febrero de 2005.

Aralar: ¿ecosocialismo o izquierda abertzale?

El partido político Aralar nació, inicialmente, como una tendencia interna de Herri Batasuna. Posteriormente, al considerar sus impulsores que la Batasuna resultante del proceso de debate Bateginez ahogaba sus expectativas, abandonaron el partido, constituyéndose como una formación autónoma.
Las pasadas elecciones del 25 de mayo constituyeron su prueba de fuego, obteniendo discretos resultados en el País Vasco, al contrario que en Navarra, donde logró aglutinar casi un 50% del antiguo electorado radical. Es más, el nacionalismo vasco presente en Navarra, que se ha decantado tradicionalmente por sus expresiones más radicales en detrimento de EA y del allí casi inexistente PNV, le otorgó un voto de confianza a la formación, resultando la más votada de ese espectro.
El partido está liderado por el político Patxi Zabaleta, quien disfruta de una magnífica imagen, en la mayor parte de los medios de comunicación y en la clase política en general, ganada a causa de su postura crítica con la “lucha armada” de ETA mientras militaba, en el seno de las filas de Herri Batasuna, con un alto grado de protagonismo. A esa actitud –no carente de contradicciones, tal como ha evidenciado el intelectual Aurelio Arteta en un reciente artículo publicado en Diario de Navarra- se le suma su trato correcto, incluso cordial, a todo tipo de personas; así como una reconocida capacidad de trabajo y diálogo.
En la actualidad, Aralar se encuentra embarcada en una operación política de hondo calado: agrupar a todo el nacionalismo vasco de Navarra, de cara a las próximas elecciones generales, con el objetivo de convertirse en la segunda lista más votada, desplazando así al PSOE. De conseguir tal objetivo, lo que parece factible, podría seguirle una propuesta de “pacto a la catalana” al PSOE, al objeto de desbancar al actualmente gobernante UPN de su posición institucional.
                Con un  despliegue de formas muy estudiadas y un mensaje moderado de izquierda crítica, abierta, moderna, lindante con el ecosocialismo de otras latitudes, Aralar se presenta a sí misma como una opción dialogante, no dogmática, socialista, democrática y nacionalista. Estos contenidos, más allá de sus apacibles formas, debemos preguntarnos, ¿cabe asimilarlos a los propios de la marxista - leninista izquierda abertzale?
Aralar siempre ha declarado sentirse como una parte de esa izquierda abertzale, de la que procede, compartiendo los mismos planteamientos estratégicos (la independencia y el socialismo) y discrepando en algunas tácticas (vías políticas frente a terrorismo); lo que supone una ambigüedad dialéctica y un doble lenguaje preocupantes.
No olvidemos que su origen predetermina a la formación en muchos sentidos. Al proceder –y formar parte- de la izquierda abertzale, está afirmando que su referencia fundacional arranca de ETA, no del PNV. Y ello no resulta indiferente ni carece de consecuencias teóricas y prácticas.
La aparición de Aralar suscitó muchas expectativas. Incluso, se consideró una buena noticia, pues, al menos en principio, se suponía que ello debilitaría a la izquierda abertzale y a ETA, al fragmentarse y aflorar sus contradicciones internas. Quiénes así pensaban, difícilmente podían imaginar que unos pocos años después, ese presunto “factor de debilitamiento” tendría la llave para la recomposición del espacio político de la izquierda abertzale y del restante nacionalismo vasco, al menos en Navarra.
No confiaron, en la aparente bondad del proyecto, los articulistas de Goiz-Argi, la interesante publicación electrónica de un grupo de nacionalistas vascos moderados. En algunos de sus artículos, en los que analizan la naturaleza de Aralar y declaraciones políticas de Patxi Zabaleta, se sirven del materialismo dialéctico para intentar entender ese críptico lenguaje, aparentemente muy claro, tal y como hacen también con Batasuna y ETA. Sus conclusiones no son nada halagüeñas: Aralar, en definitiva, se trataría –siempre según su juicio- de una formación disidente ficticia, “autorizada” a ver la luz justo en el momento oportuno, es decir, cuando el mapa político vasco empezaba a convulsionarse a causa del fortalecimiento de los constitucionalistas y la legalización que se anunciaba, entonces, de Batasuna. Unos juicios, sin duda, que no pueden descartarse a priori, si no queremos caer en cómodos espejismos de efectos adormecedores.

 

El Semanal Digital, 2 de enero de 2004.

Raíces, historia y actualidad de los legionarios de Cristo.

Un libro, que parte detalladamente de los orígenes de la congregación de los legionarios de Cristo en la persona de su fundador, narra sus episodios más relevantes, así como los de las obras más emblemáticas nacidas al calor e impulso del padre Marcial Maciel.

 

 

 

Fundación. Historia y actualidad de la Legión de Cristo.
Ángeles Conde y David J.P. Murria.
Editorial Planeta. Colección: Planeta Testimonio.
Barcelona. 2005.
331 páginas. 19 euros.

 

                La congregación de los legionarios de Cristo y el movimiento laical Regnum Christi están unidos, casi desde sus orígenes, a España. No obstante, y tal vez a causa de su escaso gusto por la notoriedad mediática, su discreto trabajo cotidiano, desarrollado en la catequesis, el apostolado, la enseñanza y la formación, ha pasado bastante desapercibido para una mayoría de españoles. Ello no ha impedido que algunos comunicadores, desde un sensacionalismo alejado de la objetividad de los hechos reales y apoyándose en injurias y falsedades notorias, hayan pretendido distorsionar la historia de estas entidades nacidas del carisma del padre Marcial Maciel desde perspectivas “conspiracionistas” o de “dialéctica de poder”. Por el contrario, el libro que aquí reseñamos nos acerca a la verdad desnuda de una joven realidad que, seguramente por estar viva y dar frutos, ha provocado esos comportamientos nacidos desde el prejuicio anticatólico.

 

                La presencia de esta novedosa institución católica, en numerosos países de todo el mundo, debe enmarcarse en la eclosión que ha experimentado la Iglesia católica por medio de los llamados “nuevos movimientos eclesiales” que sucedieron al posconcilio Vaticano II, si bien algunos de ellos, éste sería el caso (pues nace, realmente, en 1941), ya se venían gestando y desarrollando con anterioridad.

 

                De su lectura, lo primero que llama la atención, hasta causar verdadero asombro, es la tremenda capacidad de trabajo del padre Marcial Maciel. No es caso único, ciertamente: la historia de la Iglesia está atravesada por cristianos que desarrollaron una actividad muy por encima de sus aparentes capacidades humanas y que sólo puede entenderse como instrumentos privilegiados de la Providencia. Así, Marcial Maciel ha trabajado, casi, de todo: granjero, conductor de autobuses, lavandero, vendedor, arquitecto, empresario... Pero también: fundador, apóstol, confesor, padre espiritual…

 

                Recientemente, el padre Marcial Maciel ha dado el relevo a su sucesor al frente de la congregación; lo que prueba, una vez más, la concepción nada patrimonialista de sus obras, su impulso espiritual y su vocación de servicio.

 

                Otro aspecto chocante, en esta historia, es la aparente “simplicidad” en el nacimiento, desarrollo y consolidación de esta institución. El mismo fundador lo reconocía, en algunas ocasiones, cuando afirmaba que él no se propuso fundar nada... Pero de su impulso, de ese “dejarse llevar”, de esa oración constante y confiada con Dios, ha nacido una obra que responde a las necesidades espirituales, incluso materiales, de personas de todas las condiciones.

 

                La suya es una teología y una espiritualidad “cristocentrista”; pero, ambas, hechas vida mediante la oración, una frecuente vida sacramental, y la acción misionera y social. Seguramente, ese vector decisivo, determinante del carisma “legionario”, lo ha dirigido en la dirección correcta: la que le ha permitido arraigar y crecer.

 

                En España los podemos encontrar en algunos colegios nacidos a su impulso, en la Universidad Francisco de Vitoria, en varias ONGs, en diversas entidades juveniles y caritativas, en portales de internet... No rehuyen, por tanto, ni al compromiso concreto con la realidad circundante, ni a dar la cara. En este sentido, los legionarios de Cristo y el Regnum Christi, se insertan, con sus rasgos propios, en un catolicismo social español que, como en el pasado, propone a todos una esperanza y una humanidad nuevas apoyadas firmemente en la roca de la Iglesia.

 

                Pero, todo ello, no surge de la nada. El padre Marcial Maciel nace en un México  que sufrió la virulenta acción del laicismo excluyente y anticatólico, lo que provocó que parte del pueblo mejicano se levantara, en los primeros años del siglo XX, en la “Cristiada”: una sublevación popular que dio testimonio de Cristo con la sangre de sus numerosos mártires, muchos de ellos asesinados cuando ya se había firmado la paz, y que perseguía el reconocimiento de la primera de las libertades; la religiosa. Conoció y vivió, en su localidad natal de Cotija de la Paz (Michoacán), algunos episodios muy concretos de esta difícil y dramática circunstancia de la historia de México que, sin duda, lo marcaron. Así son las cosas en la Iglesia: una vida permanentemente renovada, en los tesoros de la Tradición, genera frutos insospechados.

 

                Pero, la suya, no ha sido una peripecia meramente sencillita, amable y sin sufrimientos: su expulsión de algún seminario, las calumnias recibidas desde dentro y fuera de la Iglesia, la pobreza inicial, el destierro en Roma, etc., avalan una ascesis acrisolada a fuerza de sacrificio, esfuerzo y Gracia.

 

                De todo ello, y de mucho más, habla el libro que reseñamos; que nos permitirá apreciar la vitalidad de la Iglesia, valorar su capacidad de respuesta y de servicio al hombre de hoy, y agradecer su presencia.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 91, enero de 2005.