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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“Stalin y los verdugos” (Taurus).

Donald Rayfield. “Stalin y los verdugos”. Traducción de Amado Diéguez Rodríguez y Miguel Martínez-Lage. Taurus, Santillana Ediciones Generales, S.L. Madrid. 2003. 620 pp.

 

 

Para la edificación de su régimen de terror, Stalin contó con el concurso entusiasta e implacable de numerosos colaboradores. Destacaron, especialmente, los cinco máximos responsables del Servicio Secreto y el Ministerio del Interior soviéticos de entonces; siendo uno de sus sucesores quien detenta hoy, paradójicamente, el poder en Rusia.

 

Para el autor no hay duda. Stalin edificó el régimen genocida más mortífero de la historia. Para realizar tal afirmación se basa en que el terror, acreditado documentalmente aunque durante décadas muchos occidentales lo negaran, golpeó a todos los estratos sociales de la Unión Soviética: minorías nacionales, vieja guardia bolchevique, fuerzas armadas, intelectuales y artistas, comunistas extranjeros exiliados en la URSS, campesinado, clases medias urbanas, científicos; incluso arrastró a los mismos miembros de esos servicios secretos, principales ejecutores de la represión.
Pero ese régimen no arrancó únicamente de la personalidad psicópata y paranoica de Stalin. Ya Lenin ejercitó, implacablemente, la violencia terrorista con análogos razonamientos ideológicos marxistas que, posteriormente, Stalin llevó hasta sus últimas consecuencias, alcanzando a más amplios grupos humanos. Así, Stalin eliminó, de forma progresiva, mediante purgas y juicios ejemplares, a las diversas corrientes del Partido Comunista y a toda personalidad que pudiera hacerle sombra. Tanto la derecha, como la izquierda y el trotskismo, fueron exterminados, siendo su mera existencia, excusa de futuros supuestos complots alegados para exterminar a millones de personas de toda condición.
Kámenez, Zinóviev, Bujarin, Trotski…, todos ellos compartían, e impulsaron en su momento, la política que después ejecutaría, con diferencias de matiz, Stalin. Defendieron, por ejemplo, la forzosa y violenta colectivización agraria que supuso, por ejecución o hambre, la muerte de millones de campesinos, en beneficio de la clase proletaria urbana, teórico sujeto privilegiado de la revolución comunista. Y todos ellos, al igual que decenas de millares de dirigentes y cuadros comunistas, fueron sacrificados.
Los más directos ejecutores de esta política genocida fueron cinco personas: Dzierzynsky, Menzhinski, Yagoda, Yezhov y Beria, lo que no impidió que algunos de ellos también fueran devorados por la bestia que alimentaron.
Pero no hay que buscar las responsabilidades históricas, de todo ello, únicamente en el interior de la Unión Soviética de entonces. Así, el autor afirma, en la página 222 del libro, que: ”En 1931 se exportaron cinco millones de toneladas de cereal provenientes de un campo que padecía hambre. Aquel cereal pagaría turbinas, cadenas de montaje y maquinaria para la industria minera y financiaría los Partidos Comunistas de toda Europa, Asia y América.
El silencio de Occidente, que salió de la depresión económica en parte gracias a contratos de exportación procedentes de la Unión soviética costeados por la sangre de millones de campesinos, es una mancha para nuestra civilización”.
El autor, extraordinario especialista en Literatura y Lengua rusa y georgiana, nos introduce en el laberinto del Cáucaso natal del biografiado y de la Rusia revolucionaria a partir de su infancia, sus estudios en un seminario ortodoxo, su juventud de activista y terrorista, su ascenso en el partido, las personas que le rodearon y que, en su mayor parte, salieron malparadas. Considera, no obstante, que fue un extraordinario conocedor de la naturaleza humana y de sus más bajas pasiones (de lo que se sirvió para una muy eficaz selección del personal que precisaba en cada período).
Esa condición de especialista, sirve al autor, brillantemente, cuando narra el ambiente de los círculos literarios y artísticos rusos, las relaciones existentes entre escritores y poetas; entre sí y con el poder comunista. Desde este conocimiento se aportan muchas claves que permiten entender algunos de los mecanismos psicológicos de otros millones de personas que participaron activamente en la vorágine, o se resignaron ante ella.
Transcurridas, ya, varias décadas desde que todo aquello terminó, sin embargo, no se ha producido el merecido homenaje y reconocimiento que la memoria de esos millones de víctimas reclama; salvo peculiares “rehabilitaciones” políticas de determinados miembros del Partido Comunista. Es más, el sucesor, en buena medida, de los responsables de aquellos servicios secretos, es el máximo dirigente de la Rusia actual; lo que no parece le acompleje.

 

El libro, magníficamente escrito y traducido, engancha y abruma, llegando a aturdir al lector con el alcance real de la interminable sucesión de matanzas que narra. Así, por ejemplo, cuando se acordaba la eliminación de una persona, por el motivo que fuera, la represión (desde el encarcelamiento, la deportación al gulag o el fusilamiento) alcanzaba a su cónyuge, parejas sexuales en su caso, hijos, padres, hermanos, vecinos incluso. Otro supuesto. La deportación de pueblos o grupos sociales, calificados como contrarrevolucionarios, era precedida por el fusilamiento de todos los varones adultos de cada familia; falleciendo por hambre y frío, a lo largo de su traslado a lejanas regiones de Asia y del Ártico, millares de sus niños, mujeres y ancianos.

 

Pese a todo, la desestalinización no ha pasado de ser, según el autor, la tapadera de ciertas luchas intestinas por el poder que justificó el desplazamiento de algunos por otros, sin rendir las cuentas que Rusia necesita para expiar su memoria colectiva.

 

Todos estos factores concurren en el balance final del texto. Si se ama la verdad, la justicia y la historia, no podemos ignorar todo lo que el autor relata.
El Semanal Digital, 13 de diciembre de 2003.

Pugna entre PSOE y Aralar por el liderazgo de la izquierda navarra.

Desde el pasado día 8 de noviembre se tuvo conocimiento, por la prensa nacional y regional, de las gestiones encaminadas a la conformación de una coalición electoral de las fuerzas nacionalistas vascas presentes en Navarra: Aralar, PNV y EA, fundamentalmente.
                Por su parte, Diario de Navarra aseguraba que, desde una valoración puramente matemática de los últimos resultados electorales, era previsible que la nueva coalición obtuviera un escaño del Congreso de los Diputados a costa del PSOE.
Poco después, José Antonio Urbiola, presidente de un minúsculo PNV navarro, afirmaba que propondría que los dos primeros puestos, de la lista al Congreso, se asignaran a nacionalistas independientes; muestra inequívoca de que sus aspiraciones reales alcanzan a dos de los cinco escaños correspondientes a Navarra.
                Pensamos, no obstante, que el cálculo realizado por Diario de Navarra ha sido muy escueto, olvidando que tal coalición arrastraría, seguramente, a una parte importante del electorado de Batzarre (los restos de LCR y MCE, con cierta incidencia en algunas localidades), a electores nacionalistas de Izquierda Unida e, incluso, a votantes descontentos con el errático rumbo de la actual dirección navarra del PSOE. Por último, no lo olvidemos, podrían sumarse nuevos votantes procedentes de Batasuna que optarían rabiosos, desde una opción posibilista, por el apoyo a una coalición nacionalista con posibilidades reales de forjar un cambio histórico. De esta forma, esta lista podría superar en votos, sin dificultades, al PSOE.
                En el centro de esa estrategia, más cuando ya es la formación nacionalista más votada de Navarra, se encuentra el partido abertzale Aralar. Con un arraigo, en esta comunidad, muy superior al alcanzado en las provincias vascas, está liderado por Patxi Zabaleta, quien goza de una magnífica imagen en los medios de comunicación y en la clase política; ganada por su matizada crítica al terrorismo cuando militaba en el seno de Herri Batasuna. No obstante, también cuenta con detractores. Así, el intelectual Aurelio Arteta, en un artículo publicado el 19 de diciembre en Diario de Navarra, recordaba algunas de sus posturas anteriores, plenamente acordes con la ortodoxia abertzale.
Estas previsiones permiten afirmar que lo que en su día se valoró como una buena noticia (es decir, la aparición de Aralar como corriente crítica interna de Batasuna, después constituida como partido), que debilitaba aparentemente al MLNV, supondría hoy un éxito, inimaginable entonces, para la izquierda abertzale. Aralar demostraría, así, una enorme capacidad de recuperación de su espacio político, no únicamente el abertzale, sino el del nacionalismo vasco en su conjunto e, incluso, el de buena parte del de las izquierdas navarras.
                En este contexto, si algo interesa para la estabilidad política, social e institucional de Navarra, es la recuperación de un maltrecho PSOE que sigue sin reponerse electoralmente. Su actual dirección no logra superar la larga crisis que arrastra. Tampoco se adivina ninguna posibilidad de renovación desde una, dividida y menguada, oposición interna que ha sufrido el abandono de figuras muy representativas, en una dramática sangría. Igualmente, esa estabilidad precisa que su proyección sindical, UGT, se sostenga frente a unos agresivos sindicatos nacionalistas que avanzan lenta, pero imparablemente.
                Una vez liderado el espacio nacionalista vasco de Navarra por Aralar, y desplazando al PSOE de su segunda posición en votos del mapa electoral, ¿cuál sería su paso siguiente? La lógica política nos lleva a pensar que pudiera ser, al igual que en Cataluña, un “pacto de progreso” que también comprendiera al PSOE, de cara a las futuras elecciones forales, en un intento de desbancar a UPN del Gobierno.
El desarrollo de esas opciones, no obstante, será decisivo para el futuro de la sociedad navarra y también, no lo olvidemos, para la materialización, en alguna medida, de la consustancial territorialidad del plan Ibarretxe.
                Y, en cualquier caso, que no olvide el PSOE que, en un hipotético “pacto de progreso”, quien llevaría la voz cantante -sostenido por la novedad de su mensaje, su capacidad de diálogo y pacto, su militancia experimentada y entregada- sería Aralar y no un apocado y titubeante PSOE.
                En definitiva: el panorama electoral navarro (las dificultades para que se extienda un pacto de estas características al País Vasco son mayores, dado el predominio de un PNV que no renunciará a su liderazgo del conjunto de nacionalismo) puede sufrir una convulsión que afectaría poderosamente a las expectativas políticas tanto de constitucionalistas como de nacionalistas vascos. Pero, la formación política navarra que más puede perder es, hoy día, el PSOE; pues dejaría de ser la referencia central de un hipotético recambio de Gobierno, siendo cuestionado su liderazgo, incluso, del espacio político que viene ocupando históricamente, por esta “nueva” y sorprendente izquierda de Aralar.
El Semanal Digital, 27 y 28 de diciembre de 2003

“Copiar y Pegar” (LibrosLibres).

Alberto Fernández-Salido y Carlos Serrano Barrie. “Copiar y Pegar.” Prólogo de Manuel Leguineche. LibrosLibres. Madrid. 2003. 292 pp.

 

 

 

La realidad de la prensa escrita vista desde su “cocina”. Una novela autobiográfica de dos jóvenes periodistas -no llegan a la treintena- que no renuncian a la aventura del Periodismo (así, con P mayúscula); avalada por las entrevistas a 14 periodistas españoles de primera fila, una por capítulo del texto.

 

 

Este trabajo pretende, entre otros objetivos, disuadir a posibles futuros periodistas: no podrán decir, de esta manera, que “nadie nos lo había advertido”. Sin duda, el libro gustará a otros periodistas, a sus sufridos familiares y a lectores interesados por los interiores del Periodismo. Y seguro que proporciona a todos una perspectiva más realista y actual que la transmitida por la memorable película “Primera plana”, o las series televisivas “Lou Grant” y la española “Periodistas”.

 

 

Se nos muestra la realidad, pura y dura, del Periodismo, pero hecha con amor a la profesión: personajes arquetípicos, la universidad y el Periodismo, las prácticas, el papel de los becarios, las relaciones con los jefes, las implicaciones con el poder político, la promoción profesional, las condiciones económicas, el corresponsal de guerra… Y todo ello, atravesado por los imperativos de las cuentas de resultados de las empresas periodísticas. Nos narra un panorama, en buena medida, desconcertante, y que ha evolucionado considerablemente: de un ejercicio muy vocacional (entendido casi como un peculiar “sacerdocio”) con sus tres “Dés” características del periodista (divorciado, desequilibrado y dipsómano), a la chata realidad actual.

 

 

Por otra parte, sigue siendo lugar común considerar a la prensa, y demás medios de comunicación, como el Cuarto Poder. Aquí, por el contrario, se asegura que está condicionada, casi por completo, por lo que denomina ”poder político, financiero y social”. Otro tópico que cae. Se acabó la independencia. Murió el romanticismo.

 

 

Descendiendo a la rutinaria realidad del periodista “normal”, también nos aseguran que su característico espíritu de aventura ha pasado, salvo contadas y envidiadas excepciones, a mejor vida. Los periodistas de hoy día se comportan, afirman, como oficinistas alimentados, en buena medida, por Internet, informaciones ya elaboradas y conformistas ruedas de prensa.

 

 

Pero, en el fondo de la situación, ¿qué ha pasado para que esa profesión, antaño valorada de forma muy positiva por la sociedad, se encuentre tan desprestigiada y devaluada? Tal vez una clave la proporcione Alejandro Echeverría cuando responde, en su entrevista, a una pregunta (página 214), que “…la sociedad actual es tremendamente materialista y la profesión es un reflejo de la sociedad en que estamos viviendo todos”. Pero no se trata –la anterior- de una mera afirmación abstracta sin efecto alguno en la vida cotidiana de periodistas y demás contemporáneos. Así, Alfonso Sánchez-Tabernero asegura, en la página 52, al caracterizar al joven estudiante de Periodismo, que “Es supercrítico con lo que tiene delante y nada crítico consigo mismo”. Una magnífica descripción de la mentalidad de los jóvenes de hoy día, periodistas o no, que se extiende imparable por todos los segmentos sociales.

 

 

El ejercicio del Periodismo siempre ha estado acompañado de una carga, mayor o menor, de romanticismo y pureza, de amor a la verdad, de pasión por contar las cosas que ocurren y de las que el periodista es testigo privilegiado. Y, aunque el diagnóstico del libro sea muy pesimista, la mera publicación del mismo significa que hay esperanzas; pues, no en vano, en el corazón de todo hombre, periodista o no, late un deseo de sentido, de verdad y de belleza que, en toda circunstancia, también en la práctica periodística, pugna por encontrar su correspondencia.

 

 

 

El Semanal Digital, 22 de noviembre y 18 de diciembre de 2003

 

“Juan Negrín. La República en guerra” (Temas de hoy).

Ricardo Miralles. “Juan Negrín. La República en guerra. Prólogo de Paul Preston. Ediciones Temas de Hoy, S.A. Madrid. 2ª edición. Octubre de 2003. 423 pp.

 

 

 

Culto, dotado de un carácter arrollador, bon vivant, optimista nato, fisiólogo de prestigio, comedor compulsivo, voluntarista, delicado en el trato... Juan Negrín, además de todo lo anterior, fue el hombre que, en la segunda parte de la última guerra civil, los comunistas españoles necesitaban para seguir avanzando en su estrategia. Acusado de enormes tropelías, por unos, calificado como gran estadista, por otros, Miralles nos muestra un Negrín, más humano, cuyo peculiar temperamento pudiera explicar, al menos en parte, sus más polémicas decisiones.

 

 

A Juan Negrín, no obstante su significación como último presidente de Gobierno de la 2ª República española durante la guerra civil, le han sido dedicados menos estudios y biografías que a otros políticos contemporáneos. Pero ello no le ha evitado ser objeto de encendidos juicios descalificadores y, por el contrario, de alabanzas sin medida. Con la conciencia de ese hecho, Ricardo Miralles aborda, en su reciente biografía de Negrín, una necesaria, aunque muy difícil tarea, buscando la imparcialidad y el rigor histórico.

 

 

Varias son las acusaciones esgrimidas tradicionalmente contra Negrín: responsable de la entrega casi incondicional del oro del Banco de España a Moscú; dócil marioneta en manos comunistas; empecinado en aumentar el sufrimiento del pueblo español en su intento de enlazar la guerra civil con la mundial en ciernes; responsable de la división del PSOE; culpable de graves errores militares que habrían precipitado el derrumbe de la República.

 

 

Una advertencia previa. Este texto es, ante todo, una biografía política especialmente centrada en el papel que jugó a lo largo de la guerra civil. De esta forma, las circunstancias personales del biografiado apenas son objeto de estudio aquí.

 

 

Miralles parte de un relevante hecho que parece olvidarse: la notoria participación de Negrín, años atrás, en la política interna del PSOE, alineado con la corriente “centrista” de Indalecio Prieto.

 

 

Tras la lectura del libro, un hecho queda muy claro: Negrín no fue el único responsable de los errores que le han sido adjudicados. Otros muchos participaron en su génesis o ejecución, o crearon las bases de lo que, después, Negrín consumó. Así, Largo Caballero y Prieto, junto a las tendencias que lideraron dentro del PSOE (“izquierdista” o “bolchevizante” y “centrista”, respectivamente), no desempeñaron un papel ejemplar a lo largo de aquellos años, precisamente. Veamos un ejemplo demoledor. Largo Caballero impulsó, en tanto le convenía a su estrategia, la unión con los comunistas; opción que en algunos momentos también apoyó Prieto. Después, ambos descubrirían, horrorizados, que aquéllos a los que pensaban “absorber” seguían su propio camino, con determinación y sin escrúpulos. En este contexto, de gravísimas responsabilidades políticas, fue Negrín quien llevó esa lógica precedente hasta sus últimas consecuencias. Circunstancia a la que debemos sumar otra de carácter psicológica: él mismo se definió como un vitalista que necesitaba creer, sin fisuras, en la victoria de su causa, pues de no tener tales convicciones, no habría podido trabajar y luchar. De esta forma, los comunistas encontraron en Negrín a un personaje que podía servir a sus intereses, coincidiendo todos ellos en una táctica fundamental: “resistir es vencer”, consigna que, para los irreductibles, resumía la única alternativa posible ante las anunciadas represalias que seguirían a la capitulación. El PCE adquirió, en esas dramáticas circunstancias, un papel de progresiva centralidad política y militar, pero con un lastre decisivo: los imperativos estratégicos de la política exterior de la Unión Soviética.

 

 

En este sentido, el texto es novedoso. Sin llegar a rehabilitar por completo al doctor Negrín, pone en evidencia las divisiones e inconsistencias de un PSOE, principal partido del Frente Popular, que no estuvo a la altura de las circunstancias. Posteriormente, algunos, de los protagonistas del drama de la guerra civil, intentaron justificar su actuación personal responsabilizando, para ello, a Negrín de las decisiones más críticas; y este libro lo descubre.

 

 

La evidente antipatía del autor a determinados historiadores y antiguos comunistas conversos al anticomunismo, que también han contribuido a demonizar la figura de Negrín, no empaña los indudables méritos de esta biografía.

 

 

 

El Semanal Digital, 15 de noviembre de 2003

 

Marxistas-leninistas y nacionalistas vascos.

Las organizaciones terroristas más sangrientas de la reciente historia española, PCE(r)-GRAPO y ETA, comparten un conjunto de presupuestos, ideológicos y estratégicos, derivados de la teoría y práctica marxista-leninista en su versión maoísta. Sin embargo, si analizamos su evolución e incidencia, observamos que no son comparables ni en el apoyo social alcanzado, ni en su capacidad de distorsionar la convivencia. Esta constatación, ¿qué significa?

 

Por otra parte, existe otro interrogante del máximo interés. ETA, por encima de todo, ¿es una organización nacionalista o, por el contrario, es netamente marxista-leninista? Una u otra respuesta debiera condicionar –al menos en un plano teórico- la política de alianzas entre las diversas fuerzas que se denominan nacionalistas vascas. De tratarse de una organización nacionalista ante todo, nada impide una alianza formal y material con el llamado nacionalismo moderado. De prevalecer unos componentes ideológicos y estratégicos marxista-leninistas, por encima de otros ingredientes doctrinarios, no sería comprensible tal alianza por sus seguros efectos desestabilizadores a medio y largo plazo. En este segundo supuesto, la parcial coincidencia táctica entre PNV/EA y el brazo político de ETA, manifestada primero en Estella-Lizarra y ahora con el plan Ibarretxe, sería contra natura, escapando de toda lógica política.

 

Retrocedamos en el tiempo. El lehendakari Ardanza reclamaba a la Asamblea Nacional de su partido en febrero de 1996: "nuestro primer objetivo deberá consistir en desenmascarar, ante las propias bases del MLNV y ante toda la sociedad, el auténtico proyecto estratégico de la actual dirección de la Izquierda Abertzale. Su carácter esencialmente revolucionario y anti-sistema, así como su intención manipuladora de la ‘cuestión nacional’, deberán quedar al descubierto. Sería el modo más eficaz de provocar en el MLNV las contradicciones internas necesarias para que el soporte social abertzale del Movimiento comience a cuestionar el proyecto político de la actual dirección y, con él, el sentido y la utilidad de la ‘lucha armada’".

 

Así, ETA y el autodenominado MLNV instrumentalizarían la cuestión nacional en aras de una estrategia revolucionaria antisistema, similar a la practicada en otros lugares de todo el mundo. En el País Vasco, la manifestación específica de esa subversión, en su vertiente marxista-leninista sería, para Ardanza, ETA y su MLNV. Tal organización no sería nacionalista vasca en absoluto, sirviéndose de un barniz nacionalista a efectos puramente tácticos.

 

Pero este criterio, sin embargo, no ha prevalecido en el seno del PNV.

 

Recordemos algunos datos. ETA nace en el seno del nacionalismo vasco, se desarrolla en ese común “humus” e incorpora en las décadas siguientes –esa es la razón de su éxito- numerosos ingredientes marxistas y cuantas novedades antisistema le permiten crecer y ensanchar su base social. ETA, por tanto, no sólo es marxismo. Es, ante todo, nacionalismo vasco, si bien, muy distinto al de sus mayores del PNV. Seguramente, esta tesis no la compartía Ardanza, al menos en 1996.
Por nuestra parte, creemos que, en ETA y el MLNV, marxismo y nacionalismo se funden en una nueva teoría y práctica, en una organización social completa de nuevo cuño, generadora de un modelo totalitario de vida; una nueva sociedad en germen que avanza consolidando espacios de poder abertzale. Pero, por si hay dudas acerca de su naturaleza, tendremos que remitirnos, además de a lo que dicen de sí mismos, a lo que otros dicen de ellos; particularmente, los que se proclaman, por encima de todo, nacionalistas. Y aquí no hay dudas.
Para la mayor parte de los actuales dirigentes del PNV y de EA, el conjunto del MLNV es, ante todo, una expresión más del nacionalismo, otra columna vertebral sobre la que construir la futura nación vasca; aunque mediante técnicas y tácticas dispares. Ese es el criterio de Xavier Arzalluz y la actual dirección jelkide. Y la prueba material de ello es el plan Ibarretxe, concebido como un acuerdo entre nacionalistas, propio de una comunidad nacionalista que intenta configurar una nación, eso sí, prescindiendo de todos los que no comulguen con dicho ideario. Veamos un testimonio ilustrador. En el libro ETA. El saqueo de Euskadi (José Díaz Herrera e Isabel Durán, Editorial Planeta, Barcelona, noviembre de 2002) en su página 669 se reproduce la transcripción de una esclarecedora conversación entre responsables del PNV y Herri Batasuna, celebrada el 26 de marzo de 1991. Xavier Arzalluz afirmó ante sus interlocutores radicales: “Nosotros somos los de siempre, nacionalistas. Sin revolución, sin marxismos ni tiros, pero con los mismos objetivos que vosotros. En el futuro, en el País Vasco sólo van a quedar dos fuerzas nacionalistas, el PNV y HB, por lo que habrá que pensar en algún tipo de colaboración”. Es decir: el PNV encarnaría el nacionalismo de siempre, mientras que el MLNV constituiría una suerte de neonacionalismo a causa de sus novedosas incrustaciones ideológicas.
Por otra parte, las organizaciones que no renuncian a su neta identidad marxista, no se reconocen en absoluto, salvo marginales excepciones, con el mundo abertzale; considerándolo, es más, como una peligrosa desviación nacionalista, incluso pequeño-burguesa.
En conclusión: ETA y el autodenominado MLNV es, ante todo, una organización nacionalista vasca; si bien han integrado una estructura doctrinal y táctica, en buena medida, marxista-leninista.
Pero, también concurre otro factor que explica, al menos en parte, el relativo éxito social y político del MLNV. Una premisa previa. No olvidemos que el nacionalismo vasco llamado moderado ha disfrutado –y disfruta- de los recursos derivados del ejercicio de una gran cantidad de competencias políticas de enorme repercusión cultural y económica (Gobierno Vasco, Juntas Forales, entes locales…): una moderna clientela. Y para ilustrar tales afirmaciones nos limitaremos a remitirnos a las muy conocidas denuncias efectuadas, en este sentido, a través de decenas de casos concretos por el citado matrimonio de periodistas en su libro. Mencionemos un aspecto muy concreto. El PNV ha entendido la euskaldunización como un instrumento para la construcción nacional; para configurar una conciencia nacional que buena parte de la población vasca carecía. En el citado libro todo indica que la euskaldunización de la población adulta la ha dejado el PNV en manos de AEK, cuya vinculación con el MLNV es innegable. Y no es el único caso. En definitiva, el MLNV también se ha servido de espacios legales, beneficiándose de la periferia del poder de algunas instituciones públicas. Por el contrario, el PCE(r)-GRAPO nunca disfrutó, en modo alguno, de posiciones análogas.
Son dos, por tanto, las causas que han impedido que la violencia de ETA no quedara ahogada: poder alimentarse de una realidad preexistente (el nacionalismo), no partiendo de cero; y unas estructuras estatales inhibidas ante su violencia o que, incluso, le ofrecen un espacio propio en la vida pública, posibilitando experimenten nuevas fórmulas de liberación nacional y de construcción social alternativa con cierto amparo normativo.
El PCE(r)–GRAPO, como prototipo de organización marxista–leninista ortodoxa, extremadamente rígida, fue –y sigue siéndolo- irrealmente dogmática. No gozó, en ningún momento, de esas dos ventajas de las que se ha beneficiado el MLNV y que le han permitido extenderse y consolidarse. No estaba anclado en la periferia de un poderoso partido comunista oficial del que pudiera alimentarse, sino en la marginación más absoluta; incluso despreciado por un PCE más preocupado en su propia continuidad que por desarrollar un programa revolucionario. Tampoco encontró tregua alguna por parte de los aparatos del Estado y de los medios de comunicación.
                Los dos factores (pertenencia a la comunidad nacionalista y proximidad al poder público detentado por los nacionalistas en el Gobierno Vasco y otras instituciones) explican las notables diferencias existentes entre las citadas organizaciones terroristas, si bien comparten, en buena medida, una ideología totalitaria enemiga de la persona; y que, en el caso de ETA, cuenta con la sorprendente complicidad de un partido burgués –el PNV- cuya razón exclusiva de ser es el nacionalismo.
                Naturalmente, esa parcial coincidencia táctica de marxistas-leninistas y nacionalistas vascos moderados, en esta fase, no excluye que, en un futuro más o menos cercano, compitan ferozmente entre sí. Son nacionalistas. Pero, en el caso de ETA, también son marxistas-leninistas y su modelo de sociedad, evidentemente, no es el mismo que el del PNV y sus socios de EA. Pero éste, en las actuales circunstancias, ya es otro asunto.
El Semanal Digital, l0 de octubre de 2003

“Stalin. La estrategia del terror” (Ediciones B, S.A., para el sello Javier Vergara Editor).

Walter Laqueur. “Stalin. La estrategia del terror.” Traducción de Aníbal Leal. Ediciones B, S.A., para el sello Javier Vergara Editor. Barcelona. 2003. 426 pp.

 

 

La persona de Stalin y su régimen, el estalinismo, son inseparables. Pero, ¿es el estalinismo la lógica consecuencia del leninismo?, ¿o del mismo marxismo?, ¿o lo es, acaso, de la idiosincrasia secular del pueblo ruso? Walter Laqueur no cierra la cuestión, pero presenta ante los ojos del lector una realidad que, aunque en parte ocultada interesadamente por estalinistas occidentales, cuando menos, abruma y horroriza.

 

 

Hace tres décadas, al intentar exponer, a convencidos comunistas españoles, los terribles crímenes del estalinismo, éstos, simplemente, los negaban; afirmando que se trataba de una burda mentira de los enemigos del comunismo y de la Unión Soviética. En este libro, Walter Laqueur parte de la verdad objetiva de los hechos. Así, las masivas purgas de bolcheviques y militares del Ejército Rojo, las grandes hambrunas que -provocadas artificialmente- asolaron Rusia y Ucrania, las deportaciones de presuntos “enemigos de clase”, los asesinatos masivos de familiares y amigos de integrantes de todas las categorías anteriores; todas esas atrocidades, antaño discutidas, en este texto son el punto de partida incuestionable del estudio de una persona, y su régimen, que han marcado dramáticamente buena parte del siglo XX.

 

No se trata de una biografía lineal. Tampoco aborda de forma sistemática todas las posibles facetas de la compleja figura de Stalin. Pero éste está presente en cada página y cada párrafo. Y su resultado es el análisis profundo, por un experto en historia soviética, de un régimen que, con la perspectiva de los años, no parece concebible llegara a implantarse. También plantea otros interrogantes. Un ejemplo: los “procesos de Moscú”. ¿Cómo es posible que veteranos bolcheviques, altos dirigentes del partido, jerarcas del Ejército Rojo, en su inmensa mayoría, apenas presentaran resistencia y admitieran las tremendas acusaciones contra ellos formuladas como mera excusa, cuando ya la sentencia de muerte estaba decidida de antemano?
Pero, ante todo, ¿quién fue Stalin? El autor afirma que el biografiado carecía de conciencia, identificándose de forma absoluta sus objetivos personales con la ideología del partido. Entonces, ¿fue el más fiel discípulo de Lenin?, ¿o, acaso, un psicópata?
Todavía, hoy, no se ha producido en Rusia una total ruptura con ese pasado fatal. Ese régimen de terror se proyectó socialmente en forma de ausencia de iniciativa personal, silenciosa resignación, miedo  generalizado, discurso acrítico, etc. Y, tal vez, una de sus expresiones más masivas y espectaculares fuera la del “culto a la personalidad”; más propia de un exótico monarca oriental. De hecho, el proceso de desestalinización, iniciado por algunos de sus discípulos supervivientes al poco de producirse su muerte, encontró enormes resistencias, tanto entre los estalinistas militantes, como en muchas estructuras estatales y del mismo Partido Comunista.

 

El libro se escribió en plena glásnost. En 1990. Ya entonces, el autor no confiaba en que, en un hipotético futuro, pudieran descubrirse nuevas fuentes escritas reveladoras de datos revolucionarios; pues muchos archivos, sencillamente, han sido destruidos y la mayoría de los protagonistas de la época o han muerto o son ancianos mayores de 80 años. En cualquier caso, y habiendo transcurrido nada menos que 13 años desde que se escribió el libro, no hubiera estado de más un apéndice que nos presentara cuantas novedades relevantes se hayan producido, tanto en el terreno de la investigación histórica, como de la percepción, por parte de la misma sociedad rusa, del estalinismo y sus efectos en la actual situación política de esta nación.

 

Por último, señalar que, sin duda, este texto, de haberse editado en español en su día, habría facilitado enormemente la comprensión de las claves de la transición rusa; una cuestión generalmente muy opaca para la mayoría de observadores españoles.

 

 

El Semanal Digital, 1 de noviembre de 2003.

“Cien preguntas sobre el islam. Una entrevista a Samir Khalil Samir” (Ediciones Encuentro).

Centro di Studi sull´Ecumenismo. Giorgio Paolucci y Camille Eid (entrevistadores). “Cien preguntas sobre el islam. Una entrevista a Samir Khalil Samir”. Traducción de Miguel Montes. Revisión de términos árabes y de los datos relativos a España por Juan Pedro Monferrer. Ediciones Encuentro. Madrid. 2003. 223 pp.

La presencia de doce millones de musulmanes en Europa, así como el fenómeno del terrorismo integrista islámico, especialmente desde el 11 de septiembre de 2001, plantean numerosos interrogantes que requieren un profundo estudio, más allá de los tópicos de lo “políticamente correcto”. Este libro constituye un inmejorable punto de partida para esta apremiante labor.

El islam es, ante todo, un proyecto omnicomprensivo de religión, sociedad y Estado. Ahí radica su incompatibilidad con la laicidad europea. Por otra parte, así como en el cristianismo (padre de la cultura europea y de los derechos humanos) la razón precede a la revelación, en el islam sucede al contrario: la revelación es previa a la razón. Además, se concibe como la última religión revelada, habiéndolo sido de forma completa, por lo que debe permanecer inamovible. De tales premisas se derivan un conjunto de cuestiones imprescindibles para entender la naturaleza del islam, los límites del diálogo con el mismo, y sus pretensiones últimas en su interacción con Occidente.

No se trata de asuntos intrascendentes. La inferioridad de las mujeres en el islam y sus consecuencias jurídicas (más allá del problema del hiyab en las escuelas públicas europeas). Las relaciones con los creyentes de otras religiones, consideradas como inferiores. La pugna de diversas organizaciones (muchas de ellas, fundamentalistas) por el control de la educación de los jóvenes musulmanes europeos. El fenómeno de los conversos y sus posibilidades de interlocución entre las dos culturas. El modelo de integración de los musulmanes en Europa (ante el evidente riesgo de creación de guetos incomunicados con la sociedad de acogida). La recepción europea –en su regulación laboral, educativa y social- de los elementos básicos de la religión musulmana. La violencia de base existente en el islam, ya en sus orígenes, y las distintas interpretaciones de la jihad. Sus difíciles relaciones con la modernidad, al presentarse como una cosmovisión cerrada. La ambigüedad de muchos de sus posicionamientos. Las dificultades derivadas de la ausencia de una autoridad central. El auténtico papel de las mezquitas, en absoluto equiparables al de las iglesias cristianas. Todos estos problemas, y algunos otros, aquí se abordan desde un profundo conocimiento de las fuentes originales y la valoración positiva de la tradición cristiana, como bases imprescindibles para un diálogo constructivo.
Más allá de lo politically correct, Samir Khalil, jesuita egipcio autor de más de 20 libros y 500 artículos, especialista en islam y cristianismo oriental, proporciona en la entrevista (en realidad son 111 preguntas, junto a cinco breves apéndices), unas claves históricas, teológicas y sociopolíticas, que permiten afrontar con realismo el reto del impacto del islam en nuestra sociedad.

Pese a lo que pudiera pensarse, el formato elegido -entrevista- no resta valor a los juicios e informaciones vertidas. Así, las numerosas citas literales del Corán y de otros textos (tanto de fuentes cristianas, como legales europeas), todo ello ilustrado por concretas experiencias personales del autor (docente en prestigiosas universidades y centros especializados de Beirut, Belén, El Cairo y otras ciudades de todo el mundo), desmienten cualquier sospecha de superficialidad.
           
Frente a los tópicos relativistas e igualitarios del multiculturalismo, predominantes en los discursos mediáticos y políticos hoy día, la vía propuesta por este especialista –quien realiza además una atractiva exposición de los fundamentos del cristianismo- bien puede sentar las bases de un diálogo constructivo con esta fuerte identidad colectiva que, sin complejos, ya está presente entre nosotros.

El Semanal Digital, 4 de octubre de 2003.

Terremoto político en Navarra.

La constitución en Navarra de la coalición electoral nacionalista vasca Nafarroa Bai, que cuenta con el apoyo de Aralar, PNV, EA y Batzarre, ha generado muchas expectativas. La antigua Batasuna, que no ha logrado imponerle sus condiciones, ha quedado fuera, propugnando el voto nulo mediante el empleo, el 14 de marzo, de papeletas que, con aspecto oficial, recogen su propuesta de “Autodeterminazioa orain”. Sus promotores, no obstante, confían en que un número importante de seguidores radicales les vote, al igual que electores tradicionalmente progresistas; ilusionados por el seguro ascenso de una fuerza de izquierdas que pueda poner en aprietos, en un futuro próximo, a UPN.
El próximo 14 de marzo, esta coalición obtendrá con toda seguridad, al menos, uno de los cinco diputados navarros; pudiendo sumar otro más, y uno de los cuatro senadores. Todo un terremoto político, especialmente si supera a un PSOE navarro, errático y sin pulso, que perdería de esta forma su debilitado liderazgo del espacio “progresista” y de izquierdas; y más cuando algunos de sus electores más moderados votarán, por miedo a la marea nacionalista, a UPN.
En el centro de la operación encontramos a Aralar, formación que sigue empeñada en identificarse con la izquierda abertzale; lo que indica que su mito fundacional es ETA y que sus señas de identidad siguen siendo las de la “independencia” y el “socialismo”.
Para entender su espíritu, es fundamental conocer su valoración del terrorismo, al que denominan “violencia política”, situándola así al mismo nivel que la desarrollada, presuntamente, por el Estado.
El documento titulado “Posición de Aralar ante la lucha armada”  afirma, entre otras cuestiones, que: “Euskal Herria, como cualquier otro Pueblo, tiene derecho a emplear la fuerza. Si las vías políticas se cierran, la lucha armada se dotaría de legitimidad”; y  “La presencia y la práctica de la lucha armada, tal y como se lleva a cabo en la actualidad, supone una limitación para la acción política de la Izquierda Abertzale. Su empleo obstaculiza los avances de los abertzales en general y de la Izquierda Abertzale en particular. La lucha armada hoy no es conveniente”.
Otro texto de Aralar, de interés al respecto, es la sexta resolución adoptada en su “Primera Conferencia Política”, de octubre de 2003, en la que valoran que “proceso de paz” y “proceso soberanista” son independientes, no debiéndose condicionar mutuamente.
En definitiva: rechazan el terrorismo, exclusivamente, por mera conveniencia táctica.
Pero, aclarada esta cuestión, ¿cuáles son sus otras señas de identidad?
Ante la pérdida de referencias sufrida por la extrema izquierda, en las dos últimas décadas del siglo XX (caída del comunismo soviético, desaparición de la mayor parte de guerrillas marxistas-leninistas, crisis de las izquierdas), se precisaba su adaptación –también de la vasca- a la nueva situación internacional. Como respuesta a este reto, Aralar articula un atractivo discurso progresista, aparentemente novedoso, despojándose de las formas más “anticuadas”. Por ello, muchos de los conceptos empleados por Aralar los encontramos en diversas formaciones nacionalistas de izquierdas presentes en España (ERC, BNG, CHA…), así como en otras latitudes: antimilitarismo, ecología, pueblos sin nación, resistencia a la globalización, feminismo, solidaridad internacional, reparto de trabajo, integración inmigrantes, reconstrucción de espacios comunitarios progresistas… Se despega, de esta forma, del marxismo – leninismo ortodoxo, dando lugar a una peculiar síntesis de nacionalismo e izquierdismo radical, teñida de totalitarismo.
En coherencia con todo lo anterior, ya en octubre de 2003, los miembros de Aralar acordaron sus objetivos a corto, medio y largo plazo: articulación de las fuerzas progresista (¿pacto de progreso “a la catalana”?), desobediencia civil (a concretar), Europa de los pueblos sin nación (Alianza Libre Europea), resistencia a la globalización, impulso de todo tipo de movimientos sociales progresistas (lo que parece excluir a las modalidades asociativas propias de otros medios sociopolíticos), presencia institucional abertzale en Navarra y Álava, mayoría abertzale en Guipúzcoa y Vizcaya, etc. Todo un ambicioso programa que busca avanzar en el proceso hacia la autodeterminación, la territorialidad y la soberanía, empleando todo tipo de medios, salvo una inconveniente “lucha armada” que pudiera dar una excusa para el ejercicio del “derecho a veto” al Estado español.
En este contexto, aventuremos una hipótesis acerca de la naturaleza de Aralar.
Batasuna llevó a su ámbito de trabajo, en su día, la radicalización que le impuso la dirección de ETA, lo que cerró la vía política institucional. Aralar sería la solución de recambio, nacida en el seno de la izquierda abertzale -aunque con tensiones e incomprensiones de muchos correligionarios- para superar esa crisis y, desde presupuestos parcialmente nuevos en sintonía con los movimientos de renovación de la izquierda internacional, retomar la vía política; con la pretensión de dar la batalla por el liderazgo y relanzamiento del nacionalismo vasco en Navarra y condicionar el plan Ibarretxe. Y todo ello sin excluir pactos con las izquierdas estatales en Navarra (siguiendo el “modelo catalán”).
Por todo ello, más allá de las palabras amables políticamente correctas, y de un barniz de discurso utópico y progresista, su programa encierra una carga de fondo –la de la ideología nacionalista- que puede afectar profundamente a la convivencia navarra.

 

 

Páginas para el mes, Nº 75, marzo de 2004