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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“Cobardes y rebeldes. Por qué pervive el terrorismo.” (Temas de hoy).

Edurne Uriarte. “Cobardes y rebeldes. Por qué pervive el terrorismo”.Temas de hoy. Madrid. 2003. 286 pp.

 

 

La ciudadanía constitucionalista vasca se ha adelantado, con  movilizaciones y análisis, a la acción de sus políticos. Espoleados por una dura realidad y pertrechados con argumentos elaborados por intelectuales -generalmente izquierdistas- que han roto con prejuicios y tópicos del pasado, esos sectores cívicos han ganado un protagonismo que no buscaban: frente al fanatismo nacionalista, la indiferencia y la cobardía predominantes en la sociedad vasca.

 

El terrorismo de ETA pervive por varios motivos. De forma próxima, merced a la coartada institucional, moral y táctica que le ha proporcionado el nacionalismo llamado democrático a lo largo de los últimos años; especialmente con su radicalización y opción por la independencia. Remotamente, se alimentó por causas muy diversas. De todas formas, no se puede proporcionar una respuesta precisa, a este interrogante, si no se considera el ambiente político y la mentalidad predominantes en la transición.
Durante años, con motivo de cualquier atentado mortal de ETA, se escuchaba en muchos ambientes un latiguillo dialéctico especialmente cruel: “algo habrá hecho”, refiriéndose a la víctima. Poco a poco, esa auténtica justificación, tan extendida, dejó paso a una cierta indiferencia y al miedo. Predominaba, en cualquier caso, una mentalidad y una cultura política progresistas para las que, según afirma la autora en su libro, en la página 60, “No importaban las evidencias de los crímenes, las evidencias del totalitarismo, del ejercicio del terror. A pesar de todo eso, una parte de la izquierda siguió considerando que, al fin y al cabo, Batasuna se situaba en su mismo ámbito de intereses o era parte de lo que percibían como su clase social.” Pero esa percepción, fruto de prejuicios ideológicos y sectarismos ajenos a la realidad de las personas, se proyectaba en todos los ámbitos de la vida, de modo que, por ejemplo, “En el mundo académico, el terrorismo ni siquiera existía. No era un problema…” (página 143).
Por otra parte, denuncia Edurne Uriarte, las élites políticas carecieron, durante dos décadas, de una estrategia firme y de un análisis preciso de la realidad e implicaciones del terrorismo, pues, así lo recuerda en su página 120, “el Estado ha tenido la percepción de que no podía acabar con facilidad con el terrorismo o que sería más sencillo llegar a algún tipo de acuerdo para acelerar el final”. Se ignoraba, así, que “No es posible tener una estrategia antiterrorista eficaz si se mantiene una puerta abierta al diálogo permanentemente” (página 116).
En ese sentido, el pacifismo articulado en Gesto por la Paz cumplió un importante papel, en su día, iniciando y manteniendo una respuesta social, de rechazo al terrorismo, inexistente durante años. Pero se quedó en un pacifismo genérico que no analizaba a fondo las raíces políticas del terrorismo. Ese paso lo dieron los intelectuales del Foro de Ermua y los activistas de ¡Basta Ya!, exigiendo al Estado que asumiera su responsabilidad, desde una toma de conciencia de su legitimidad, junto a un análisis en profundidad de las relaciones entre terrorismo y nacionalismo. Fernando Savater explica éstas últimas magníficamente, recuerda la autora: los peces necesitan del agua para vivir, aunque no se pueden confundir con ella. Esa es la relación entre terrorismo y nacionalismo en la actualidad.
Y, mientras esos sectores de la sociedad reaccionaban, e intelectuales y políticos tomaban conciencia de su responsabilidad histórica, varias generaciones de españoles “Se han educado en el cuestionamiento de la idea de España…” (página 225); otro triste fruto del progresismo, dominante en la educación, la cultura y los medios de comunicación, que contribuyó a la debilidad de la respuesta social y política al terrorismo.
Los sectores sociales vascos que se han movilizado (víctimas y sus familiares, pacifistas, intelectuales de izquierdas, ciudadanos constitucionalistas) han marchado por delante de los políticos, en todo caso. El Partido Popular pronto asumió el discurso y análisis de los anteriores, impulsando medidas políticas, policiales y judiciales desde su posición de gobierno. También el PSOE, por un tiempo, asumió esos planteamientos de la ciudadanía rebelde. Pero la consiguiente exigencia, de unidad de acción de los partidos constitucionalistas, no ha cuajado por la actitud de una parte de la izquierda política -temerosa de perder su identidad si secunda la decidida estrategia impulsada por los populares- que antepone a ese necesaria unidad sus intereses de partido, aliñados por vetustos prejuicios sectarios.
El libro constituye, contundentemente, una autocrítica de la actitud de la izquierda y de muchos de sus lugares comunes. Por ello, no gozará de popularidad entre los sectores autodenominados progresistas. Pero también rompe otros mitos. Ese es el caso de la supuesta juventud inconformista y revolucionaria que, en el País Vasco, no ha secundado las movilizaciones ciudadanas frente al terrorismo, o que lo ha nutrido contra toda lógica. Igualmente, cuestiona el sentido real de muchos términos generalmente empleados, al abordar posibles soluciones a esta situación, tales como diálogo, negociación, paz…
El fanatismo de los terroristas y su entorno político más inmediato, la comprensión inicial de muchas izquierdas entonces y del nacionalismo moderado en la actualidad, la indiferencia y cobardía de muchos; todas estas actitudes, descritas lúcidamente por la autora en su libro, contrastan con la rebeldía de una minoría que, heroicamente, ha tardado años en encontrar un rostro, su espacio, un discurso coherente y una proyección política.
En estas circunstancias, sobre los hombros de los políticos pesa una enorme responsabilidad. Deberemos exigirles, a todos ellos: claridad de juicio, firmeza y compromiso, conciencia de la legitimidad democrática del Estado y de su misión, impulso de los cambios sociales positivos, superación de viejos prejuicios ideológicos… Un reto tremendo que no permite dilación ni excusa algunas.
El Semanal Digital, 21 y 22 de febrero de 2004

Violencia y reconstrucción de la izquierda postcomunista en Aralar.

                En un artículo anterior realizábamos una aproximación a la ideología y naturaleza política de la formación Aralar desde su identificación con la izquierda abertzale, su programa común traducido en la llamada “alternativa KAS” y la “alternativa democráica”, y su posición ante los “presos vascos”. Para comprender ambas cuestiones, ideología y naturaleza, reflexionaremos, a continuación, en torno a su análisis de la violencia, sus objetivos a corto y medio plazo, su valoración de los movimientos sociales y su perspeciva ante la reconstrucción orgánica y programática de la izquierda radical postcomunista.

 

Aralar y la violencia.
Esta nueva formación elaboró, en su día, un clarificador documento titulado “Posición de Aralar ante la lucha armada”, en el que diferencian varios niveles de reflexión que reproducimos literalmente:
“a) Ideológico. Euskal Herria, como cualquier otro Pueblo, tiene derecho a emplear la fuerza. Si las vías políticas se cierran, la lucha armada se dotaría de legitimidad.
b) Estratégico. Hoy en día las vías políticas, aun con sus dificultades y obstáculos, no son imposibles en Euskal Herria. Además, todos los avances que se realicen deben sustanciarse y acumularse en el campo político y social. Hoy la lucha armada ha dejado de tener legitimidad.
c) Táctico. La presencia y la práctica de la lucha armada, tal y como se lleva a cabo en la actualidad, supone una limitación para la acción política de la Izquierda Abertzale. Su empleo obstaculiza los avances de los abertzales en general y de la Izquierda Abertzale en particular. La lucha armada hoy no es conveniente”.
Es decir, la “lucha armada” no ayuda en estos momentos, no es oportuna. Y no se descarta, un día, retomarla si se dan condiciones para ello.
Otra declaración de Aralar interesante al respecto es la reflejada en la sexta resolución, de su primera conferencia política, celebrada en ocubre de 2003, en la que consideran que el “proceso de paz” y el “proceso soberanista” son dos procesos independientes que no deben condicionarse. Ello implica que la eliminación de la violencia no es prioritaria para Aralar, rechazando su empleo únicamente por mera conveniencia táctica.

 

Aralar y la crisis de la izquierda radical.
Aralar, en diversos documentos, determina sus contenidos ideológicos, más allá de las cuestiones específicamente vascas, por decirlo de alguna manera. Su marco de referencia está integrado, también, por conceptos comunes a todas las izquierdas postcomunistas: antimilitarismo, ecología, pueblos sin nación, resistencia a la globalización, feminismo, solidaridad internacional, reparto de trabajo, integración inmigrantes, reconstrucción de espacios comunitarios progresistas…
Ante la pérdida de referencias sufrida por la extrema izquierda en las dos últimas décadas del siglo XX (caída del comunismo soviético, desaparición de la mayor parte de guerrillas marxistas-leninistas), se precisaba su adaptación –también de la vasca- a la nueva situación internacional. Aralar articula ese discurso izquierdista mundial, en construcción, con nuevas referencias, despojándose de las formas más “anticuadas”.
La crisis de la izquierda en general (transformación del antiguo PCI, “nuevo laborismo”), tiene su reflejo en esa extrema izquierda que necesita adaptarse a los nuevos tiempos para continuar con su labor revolucionaria. Por ello, muchas de las expresiones y conceptos empleados por Aralar los encontramos en diversas formaciones nacionalistas e izquierdistas presentes en España, así como en otras latitudes.

 

Aralar y el futuro:
En todos sus documentos se otorga extrema importancia al papel de los movimientos sociales y “populares”, equiparándolos, en importancia y trascendencia, a la lucha política “institucional”. De ahí la necesidad de coordinarlos. Por ello, también insisten en la creación de “espacios comunitarios de progreso”, lo que excluye fórmulas asociativas propias de la derecha y otros medios sociopolíticos.
Ya en octubre de 2003, los miembros de Aralar establecieron sus objetivos a corto, medio y largo plazo, tanto a nivel vasco, estatal español, como a nivel internacional: coalición abertzale, articulación fuerzas progresista (¿pacto de progreso al estilo catalán?), desobediencia civil (a concretar), Europa de los pueblos sin nación (Alianza Libre Europea), resistencia a la globalización, impulso de todo tipo de movimientos sociales, presencia institucional abertzale en Navarra y Álava, mayoría abertzale en Guipúzcoa y Vizcaya, etc.
Todo un programa que, combinando movimientos sociales y movilizaciones populares con iniciativas políticas tradicionales (coaliciones electorales, etc.), busca avanzar en el proceso hacia la autodeterminación, la territorialidad y la soberanía, empleando todo tipo de medios, salvo una “lucha armada” que pudiera otorgar “derecho a veto” al Estado español.

 

Conclusiones.
Aralar nace de la izquierda abertzale, y por ella, con la mayor parte de su bagaje ideológico, táctico (salvo la “lucha armada”, lo que requiere reajustar el papel de los demás ámbitos de lucha), y estratégico. Aralar rechaza la violencia por consideraciones meramente tácticas. Y asume los principios fundamentales de la alternativa KAS, aunque sin denominarlos expresamente con esa nomenclatura. Pretende, incluso,  monopolizar –con el tiempo- la expresión política de la izquierda abertzale.
Batasuna llevó a su ámbito de trabajo la radicalización que impuso la dirección de ETA, lo que le llevó al agotamiento de la vía política institucional. Aralar es la solución de recambio, nacida en el seno de la izquierda abertzale, para intentar superar esa crisis y, desde presupuestos parcialmente nuevos, retomar una vía política con la pretensión añadida de retomar el liderazgo del nacionalismo vasco en Navarra y condicionar el plan Ibarretxe. Y todo ello sin excluir pactos con las izquierdas estatales, en un intento de desalojar a la derecha (siguiendo el modelo “catalán”) de ámbitos institucionales y sociales en los que se encuentra presente.
Su ideología nacionalista pervive sin una sola modificación sustancial, y se reajusta –también a nivel orgánico- a los cambios de la izquierda socialista mundial; tras la pérdida de sus referencias anteriores por la crisis del comunismo, la extinción de la mayoría de guerrillas, el revisionismo laborista y la transformación del PCI. Se despega, de esta forma, del marxismo – leninismo ortodoxo, dando lugar a una peculiar síntesis, de nacionalismo e izquierdismo radical, teñida de totalitarismo.

 

El Semanal Digital, 4 y 5 de febrero de 2004.

 

Aralar y el “programa común” de la izquierda abertzale.

Aralar e izquierda abertzale.
El partido político Aralar disfruta de una particular incidencia en la Comunidad Foral de Navarra, donde lidera al resto del nacionalismo vasco allí presente. Nació como tendencia interna de Batasuna, escindiéndose posteriormente de esa organización, lo que le acarreó ciertas tensiones con sus antiguos compañeros de proyecto y militancia.
No obstante, y por voluntad propia, Aralar sigue formando parte de la autodenominada izquierda abertzale; si bien, se trataría de una “nueva” izquierda abertzale, frente a la “oficial” encarnada por los actuales sucesores de Batasuna.
En este contexto, debemos preguntarnos: ¿qué significa sentirse y ser izquierda abertzale?
Ante todo, una cosa: que su mito movilizador y fundacional es ETA. Ello supone compartir la ideología y estrategia del autodenominado MLNV, así como la mayor parte de sus opciones tácticas; todo ello destilado en la llamada “alternativa KAS” y, posteriormente, en la “alternativa democrática”.
ETA construyó, progresivamente, el MLNV; un conjunto de organizaciones de nuevo cuño, dependientes de la dirección de ETA, que combinan tácticamente el terrorismo (la “lucha armada”), las movilizaciones sociales (de los movimientos autodenominados populares), y la participación política “clásica”.
El MLNV se nutre de dos grandes tradiciones ideológicas y estratégicas: el marxismo – leninismo – maoísmo (particularmente, su perspectiva de trabajo táctico de la “guerra popular prolongada” mediante una organización político - militar), y el nacionalismo revolucionario vasco (no tanto de base etnicista, como lingüística, “el euskara es nuestro único territorio libre”).
En la actualidad existirían otras entidades abertzales no controladas, aparentemente, por esa dirección oculta de ETA: Elkarri, tal vez, y Aralar.

 

El programa común de la izquierda abertzale.
Los puntos de la llamada “alternativa KAS”, que posteriormente se transforma en la denominada “alternativa democrática”, comprenden el programa mínimo de toda la izquierda abertzale. Con varias formulaciones análogas a lo largo de los años, recoge las señas de identidad de este proyecto radical (amnistía, legalización de los partidos independentistas, expulsión de Euskadi de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, mejora de las condiciones de vida de la clase obrera, y reconocimiento de la soberanía nacional vasca mediante el ejercicio del derecho a la autodeterminación hacia un Estado que englobe a todos los territorios vascos).
Si a ello sumamos sus históricas consignas de “independencia” y “socialismo”, identificamos las principales señas de identidad de este sector político, que nace con una clara voluntad de ruptura con las tradiciones ideológicas y vitales del Partido Nacionalista Vasco.
Todas esas cuestiones se recogen, aunque con matices en algunos casos, en los diversos documentos ideológicos de Aralar; especialmente en el denominado “Bases de identidad de Aralar” y en las trece resoluciones de la “primera conferencia política de Aralar” celebrada en octubre de 2003.
Para aclarar la verdadera naturaleza de Aralar debemos constatar un hecho objetivo. Aralar no nace cuando es asesinado Miguel Angel Blanco, por poner un ejemplo significativo. Aralar nace cuando las condiciones políticas, en que se desenvuelve la izquierda abertzale, no pueden explotarse a causa del cautiverio en que cae en coherencia con el pleno desarrollo de la política de “socialización del sufrimiento” y el triunfo de la ponencia Bateginez en el proceso de debate interno de Batasuna, en que resulta derrotada Aralar. Abocada Batasuna a su expulsión del juego político, se precisaba, desde la misma izquierda abertzale, una nueva vía de trabajo que permitiese recuperar su propio espacio y relanzar nuevas iniciativas sociales y políticas.
De esta forma, encontramos una paradoja. La escisión de Aralar aparentaba ser, inicialmente, un proceso que debilitaba a la izquierda abertzale. Pero, al contrario, observamos que le está permitiendo retomar la iniciativa política del nacionalismo vasco, proporcionando nuevas posibilidades de acción política a la izquierda abertzale; lo que no quiere decir que no encuentre resistencias en su seno. Todo ello, que puede chocar con una lógica democrática normal, es coherente con la dialéctica marxista: así, una fuerza política es más fuerte cuanto mejor soporta la división. Lo importante sería la unidad material, no la unidad formal: lo prioritario es una concordancia estratégica, aunque puedan existir discrepancias tácticas.
Aralar, de esta forma, asume, en buena medida, la terminología, el análisis y el discurso ensayado por Elkarri; entidad que ha contribuido a la radicalización del PNV, pese a su apariencia “pacifista” y “políticamente correcta” si se observa superficialmente.

 

Aralar y los presos.
Para conocer la ideología y naturaleza política de esta formación, puede ayudar el contenido del documento titulado “Comunicado de Aralar a los presos/as políticos vascos”. Allí se afirma: los presos “políticos” vascos son signo y “víctimas rehenes del contencioso de Euskal Herria con los estados de España y Francia”; encarcelados por su condición de “disidentes políticos”, serían “presos políticos” y de “conciencia”; la solución a su situación pasa por la amnistía, que a su vez no puede separarse del “contencioso vasco” y de la negociación política que pondría fin al mismo; no pueden quedar relegados en ese proceso, aunque sin carácter de vanguardia; ETA e IPARRETARRAK deben aceptar la primacía de las decisiones de los partidos políticos y de los movimientos sociales; destacan la necesidad de movilizarse para conseguir la agrupación de los presos en Euskal Herria.
Resumiendo: la única novedad, en relación a la tradicional posición de la izquierda abertzale en este terreno, es la que supone “resituar” a los implicados directamente en la “lucha armada” en un nuevo esquema de acción táctica en el que pierden relevancia, por lo que no pueden mantener, por coherencia, carácter de vanguardia.

Otros aspectos quedan pendientes de estudio. Es el caso de la postura explícita de Aralar ante la violencia, sus objetivos a corto y medio plazo, su valoración de los movimientos sociales y su papel en la reconstrucción programática y orgánica de la izquierda radical postcomunista; asuntos que veremos en un próximo artículo.

 

El Semanal Digital, 28 de enero de 2004.

Los mitos de la represión en la Guerra Civil.

La operación político-cultural denominada “recuperación de la memoria histórica” se basa, en buena medida, en una serie de tópicos y mitos acerca de la Guerra Civil española que son desmentidos y desvelados desde una perspectiva científica, muchos de ellos, en la nueva obra del historiador Ángel David Martín Rubio.

 

                Prologado por Pío Moa, por medio de 14 jugosas páginas que enmarcan sistemáticamente la problemática historiográfica tratada en este libro y algunas de sus derivaciones actuales, Grafite Ediciones engrosa su interesante Biblioteca de Historia con el nuevo libro de Ángel David Martín Rubio: Los mitos de la represión en la guerra civil (Madrid, 2005). No es la única novedad ofrecida en esta colección: simultáneamente ha presentado al lector una reedición de la imprescindible obra de José María Fontana Los Catalanes en la Guerra de España, extensamente prologado, a su vez, por el historiador José Luis Orella, de la Universidad San Pablo – CEU.

 

                Sus 284 apretadas páginas profundizan, con un criterio de servicio a la verdad desde la fidelidad a las fuentes históricas y al sentido común, en algunos de los aspectos más dolorosos de la Guerra Civil española: la represión y sus víctimas en ambos bandos.

 

                El autor, quien cuenta con el aval de diversos trabajos previos de investigación histórica (los libros Paz, Piedad, Perdón… y Verdad. La represión en la guerra civil: una síntesis definitiva y Salvar la memoria: una reflexión  sobre las víctimas de la Guerra Civil, fundamentalmente), estructura su obra en ocho capítulos: Los precedentes: la violencia en la Segunda República; Alzamiento y Revolución; El concepto de represión; La cuestión de las cifras; El reparto geográfico de las víctimas; Los mitos de la represión; ¿Persecución religiosa o represión socio-política?; y por último, Algunas consideraciones sobre la represión en las dos zonas. Una bibliografía completa el texto.

 

                Son los capítulos V y VI, es decir, El reparto geográfico de las víctimas, con especial consideración a los casos de Madrid, Badajoz y Paracuellos, y Los mitos de la represión, los que por contenido y volumen, constituyen el corazón de la obra.

 

                A partir de un tratamiento sistemático de los datos estadísticos disponibles, su contexto y su interpretación, el autor nos expone, con la perspectiva científica del investigador, el estado actual de la cuestión. Sus conclusiones, aunque claras y contundentes, pueden calificarse de “políticamente incorrectas”, al desmentir buena parte de las teorías predominantes al respecto. Así, por ejemplo, determina que no es cierta la afirmación de que la represión perpetrada en el territorio dominado por el Frente Popular fuera de naturaleza incontrolada, producto del miedo a los sublevados y de la inexistencia de un verdadero Estado; lo que se habría tratado de controlar, posteriormente, mediante los llamados Tribunales Populares. Es más, a partir de los datos objetivos aportados y analizados por el autor, se impone la conclusión opuesta: fue fruto de un programa concreto, planificado desde las direcciones de algunos partidos políticos y de la Administración, que perseguía el exterminio del mayor número posible de los identificados como posibles opositores a un régimen político que, con voluntad revolucionaria, empezaba a implantarse. El caso de Paracuellos es, en ese sentido, significativamente paradigmático.

 

                Otro mito que desmonta, aunque de naturaleza distinta, es el de las matanzas de Badajoz, aportando los testimonios objetivos de algunos periodistas extranjeros, particularmente el del portugués Mario Neves, en absoluto simpatizante con los sublevados, y los datos estadísticos demográficos disponibles, que desmienten inequívocamente la fantasiosa versión difundida en su día y recuperada actualmente de manera incomprensible. Efectivamente, hubo matanzas en Badajoz; pero no se produjeron en una plaza de toros donde habrían asistido –presuntamente- “las fuerzas vivas” a modo de macabro simulacro de espectáculo taurino. Por otra parte, las efectivamente perpetradas tampoco alcanzaron, numéricamente, las dimensiones difundidas con esa falsa versión. Aspecto que, aunque relevante, no las justifica.

 

                Los temas tratados son numerosos y del máximo interés, incluyendo cuestiones poco desarrolladas generalmente, como esclarecedoras reflexiones en torno a las ejecuciones disciplinarias practicadas en el Ejército Popular, las producidas en el seno de las luchas intestinas entre diversas facciones frentepopulistas, la represión de intelectuales y personalidades de significación derechista o moderadamente republicana en territorio controlada por el Frente Popular, la incidencia de la persecución religiosa en los territorios de las diversas diócesis afectadas, etc.

 

                Es un hecho. Existe un amplio grupo de historiadores que vienen promoviendo una auténtica campaña propagandística de supuesta “recuperación de la memoria histórica”, tanto mediante estudios generales como provinciales o regionales, pero desde una mirada mutilada de la realidad que les empuja a una exaltación acrítica e incondicional del Régimen del Frente Popular. No obstante, cuentan con unos apoyos mediáticos casi absolutos. Por ello debemos preguntarnos: ¿qué se persigue con esta operación? Para el autor está claro: se reivindica intencionada y únicamente la memoria de los integrantes y de las políticas, expuestas de manera distorsionada además, del bando frentepopulista. En definitiva, enjuician con distintas varas de medir ambas realidades; fruto de una contaminación ideológica que anula a los objetivos y al mismo uso de los métodos históricos; descalificando a sus autores.

 

                Pero, hoy día, ya en el siglo XXI, ¿qué sentido tiene todo ello? Sin duda, tales movimientos responden a unos objetivos concretos: ¿acaso tratan de eliminar, o desvirtuar al menos, los nobles impulsos –y eficaces- de una generosa transición que se creía ya sólidamente implantada en la conciencia nacional?

 

                Sin duda, este tipo de operaciones responde a motivaciones políticas en última instancia, de carácter o impulso totalitario. No en vano, de totalitaria debe calificarse toda manipulación de la verdad histórica obrada por una ideología que pretende modificar, radicalmente, la realidad, al servicio de un sector social al que supuestamente afirma querer beneficiar. Encontramos, de esta manera, a medios de cierta izquierda que pretenden enlazar directamente la legitimidad de la actual democracia con la Segunda República; un régimen particularmente sectario, ciertamente. Es más, omiten que el mismo murió a manos, en buena medida, de una izquierda, ya sovietizada, ya empeñada en romper España desde postulados nacionalistas, que lo concebía como mero trampolín táctico de un proyecto revolucionario antidemocrático.

 

                No se trata, por lo tanto, de una polémica hueca o artificial: podría llegar a afectar profundamente, incluso, a los fundamentos de la futura convivencia española. Un lujo que, ciertamente, no nos podemos permitir. Debemos insistir en ello: la verdadera reconciliación, y una sana convivencia nacional, únicamente pueden apoyarse en el respeto y reconocimiento de la verdad. Una verdad despreciada en el horizonte ideal de esos movimientos políticos y culturales.

 

                Por todo ello, bienvenido el nuevo libro de Ángel David Martín Rubio.

 

 

 

Los mitos de la represión en la guerra civil.
Ángel David Martín Rubio. Prólogo de Pío Moa. 284 páginas.
Ediciones Grafite, Madrid, 2005.
www.grafite-ediciones.com

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 94, junio de 2005

 

Máscara y rostro del totalitarismo del siglo XX: Li Zhensheng. Un fotógrafo chino en la Revolución Cultural.

Una magnífica exposición, que recoge algunas de las fotografías de un testigo privilegiado de la Revolución Cultural china, muestra buena parte de las facetas más controvertidas de uno de los experimentos totalitarios más sangrientos del siglo XX.
Una gran exposición.
Esta exposición, organizada por la Fundación “La Caixa” y presentada inicialmente en 2003 en París, todavía puede ser visitada en Zaragoza en la sala municipal de la Casa de los Morlanes (Plaza de San Carlos, 4) hasta el día 17 de julio.
Li Zhensheng trabajaba, hacia 1960, en el “Diario de Heilongjiang”. Testigo privilegiado, en su calidad de fotógrafo propagandista al servicio de los movimientos que la impulsaron, de la épica Revolución Cultural china, también será una víctima más; en un proceso por supuesto desviacionismo ideológico. Por ello, durante dos años trabajará en el campo desempeñando los trabajos manuales más duros. También, esconderá buena parte de sus miles de negativos fotográficos bajo el suelo de su apartamento; reincorporándose a su antiguo periódico, ya como su director, hacia 1972. Una década después se traslada a Pekín como docente de Periodismo en el Instituto Internacional de Ciencias Políticas de la Universidad, hasta su jubilación.
La exposición recoge unos dos centenares de magníficas fotografías en blanco y negro y perfectamente concebidas que, si bien muchas de ellas en su día entrarían en la categoría de propaganda, desvelan el verdadero carácter de la Revolución Cultural china: una manifestación brutal del totalitarismo que enajenó por completo la vida de esa nación.
Manifestaciones multitudinarias, representaciones teatrales propagandísticas, procesos a dirigentes revisionistas del partido, ejecuciones, vejaciones, trabajos multitudinarios de miles de personas desalinizando terrenos destinados al regadío..., ningún aspecto de la revolución escapa al ojo crítico del fotógrafo. Es una paradoja: lo que pudo ser exaltación de una de las fases de la revolución, con el transcurrir de los años se descubre como su denuncia. La máscara y el rostro.
Cinco secciones.
La exposición está dividida en cinco partes, coincidentes con otras tantas fases en que puede dividirse la Revolución Cultural.
La primera se denomina “Rebelarse es bueno” (diciembre de 1964 a abril de 1966). En esos años, el Movimiento para la Educación Socialista, impulsado por Mao Tse-tung, lanza una campaña contra las desviaciones ideológicas del Partido Comunista y contra la corrupción en todos los ámbitos de la vida pública china. Equipos de trabajo procedentes de la ciudad, durante un año, se trasladan a medios rurales donde organizarán concentraciones, manifestaciones, obras de teatro y sesiones críticas contra los cuatro elementos perniciosos: terratenientes, campesinos ricos, contrarrevolucionarios y otros.
“¡Bombardead el cuartel general!” (mayo a septiembre de 1966), es la segunda fase. El 16 de mayo se lanza formalmente la Gran Revolución Cultural Proletaria: “Todo el Partido debe seguir las consignas del camarada Mao Tse-tung, mantener en alto la bandera de la Revolución Cultural Proletaria, denunciar sin concesiones la posición burguesa reaccionaria de las denominadas autoridades académicas que se oponen al Partido y al socialismo, condenar y repudiar las ideas burguesas reaccionarias en el campo del trabajo intelectual, la educación, el periodismo, la literatura, el arte y la prensa, y tomar las riendas de estos ámbitos culturales”. A su vez nacen los Guardias Rojos, quienes movilizarán a la nación, organizando manifestaciones gigantescas, procesando a todo tipo de autoridades anteriores, llegando en su crítica revolucionaria a niveles esperpénticos, como el recogido en la secuencia fotográfica de Li Fanwu, máximo cargo del Partido en la región, cuando es denunciado como “arribista” ¡por su peinado parecido al de Mao!
“El sol rojo en nuestros corazones” (octubre de 1966 a abril de 1968). Es la fase conocida como culto a la personalidad, en la que Mao es elevado a la categoría de un dios por la llamada “banda de los cuatro”, que lidera su propia mujer, Jiang Qing, y que llevará su imagen y sus palabras, especialmente las recogidas en el “Pequeño Libro Rojo” de Mao, a todos los hogares, centros de trabajo, escuelas, calles y rincones de la geografía china. Esta fase será testigo de las luchas internas entre diversas facciones de los Guardias Rojos, que ensangrentarán toda china en una espiral de violencia, siendo recogidos algunos episodios por las cámaras de nuestro fotógrafo. Por ejemplo, la lucha por la “captura” de un autobús propagandístico.
“La revolución no es una cena de gala” (abril de 1968 a septiembre de 1972). Consolidado su poder, Mao disuelve a los Guardias Rojos y lanza otro movimiento de masas: el Programa de las Escuelas de Mandos 7 de Mayo, que combina por toda China el trabajo manual con sesiones de adoctrinamiento masivo e intensivo a partir del estudio de los escritos de Mao. Su objetivo: la erradicación del sistema de clases.
“Morir luchando” (septiembre de 1972 a octubre de 1976). Es el último apartado de la exposición. China es objeto de una lucha entre los ortodoxos liderados por la esposa de Mao, empeñados en una permanente lucha de clases, y las corrientes modernizadoras de Zhou Enlai y Deng Xiaoping. Muerto Mao el 9 de septiembre de 1976, un mes más tarde, los líderes de la “banda de los cuatro” serán detenidos, frenándose algunos de los excesos revolucionarios.
Totalitarismo y comunismo.
Las fotografías expuestas son de una extraordinaria calidad: magníficamente encuadradas y estudiadas, parecen ser el fruto de una depurada técnica cinematográfica o de concienzudas puestas teatrales en escena. El autor persigue, no obstante el oficial criterio propagandístico, la captación visual de los sentimientos humanos de los retratados: humillación, entusiasmo, fanatismo, ilusión, alegría, dolor, sufrimiento... En una de las fotografías, por ejemplo, un grupo de monjes budista portan un cartel denigratorio de sus convicciones religiosas: el autor pidió les pidió que levantaran sus rostros, de modo que cada uno de ellos se muestra como un verdadero libro que rezuma profundo dolor. Pero hay más. Autorretratos en los que imita diversos modelos revolucionarios. Un proceso, contra periodistas desviacionistas, liderado por nuestro fotógrafo, ¡cuyo lugar ocupará él mismo pocos meses después! No falta el humor, como una fotografía de su boda en la que los dos esposos portan un cartel, a modo de los empleados en los procesos públicos de depuración, en el que se anuncia “matrimonio en viaje hacia el socialismo”. Y siempre la imagen omnipresente e inaccesible de Mao y sus rimbombantes consignas.

Nos situamos ante el retrato desnudo de una de las expresiones más dramáticas del totalitarismo en el siglo XX. Pero, ¿qué entendemos por totalitarismo? Proponemos la siguiente definición aproximativa: la divinización del Estado absoluto que exige la total subordinación de los grupos sociales, del individuo y de la conciencia de cada uno de ellos, a sus dictados políticos y culturales, sirviéndose para ello también del empleo arbitrario y decidido de la violencia. Conforme este concepto, el Estado se atribuye un poder ilimitado, prescindiendo de los derechos fundamentales del hombre y sin reconocer la división de poderes. Pero no existe una única modalidad de régimen totalitario; así, comprendería a todos los diversos regímenes que nacen y se desarrollan con una pretensión de totalidad, de modo que llegan a la asunción de la sociedad entera por el Estado, sacrificando toda razón a la “razón de Estado”. Todos los experimentos comunistas lanzados a lo largo del siglo XX entran dentro de esta categoría. También el comunismo chino y, particularmente, la Revolución Cultural que tantas simpatías ganó entre muchos intelectuales y universitarios occidentales a partir del mayo del 68 y que, por ejemplo, en España originó algunas formaciones de extrema izquierda, como la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), el Partido del Trabajo de España (PTE) y su Joven Guardia Roja (JGR), el sanguinario PCE (r) y su GRAPO, el Movimiento Comunista de España (MCE, nacido de una escisión de ETA), y numerosos otros grupúsculos. Por cierto, muchos de sus militantes, y algunos de sus dirigentes, terminaron en las filas del PSOE, sin que tengamos constancia de que jamás hayan mostrado arrepentimiento alguno de su adhesión intelectual a la “limpieza ideológica y de clase” allí perpetrada. Pero también fueron maoístas los comunistas que consumaron el genocidio camboyano, o los que lanzaron una de las guerrillas terroristas más crueles que ha conocido el final del siglo pasado: Sendero Luminoso, en Perú. No obstante, conocemos las excusas de estos burgueses cómplices y vividores: “las intenciones y las ideas eran buenas, pero utópicas, y por ello se incurrió en excesos”. Un razonamiento infantil  y demagógico que no les exculpa y que ignora el infinito sufrimiento humano ocasionado. Ya se sabe: para los marxistas la colectividad es todo y la persona, nada. Y, el que tuvo, retuvo; que diría el castizo.

                La exposición constituye, por todo ello, una magnífica oportunidad para adentrarse en la naturaleza, manifestaciones y efectos de la Revolución Cultural; uno de los experimentos totalitarios más deslumbrantes y dramáticos del siglo XX.
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 94, junio de 2005

 

Entrevistamos a Jaime Larrínaga: víctimas del terrorismo, negociación con ETA, retos éticos, Iglesia y sociedad.

Una vez celebrada la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, el pasado 4 de junio de 2005 en Madrid, en contra de la negociación del Gobierno con la organización terrorista ETA, hemos entrevistado a D. Jaime Larrínaga, cofundador de Foro El Salvador, al objeto de conocer algunas de sus reflexiones en torno al futuro del País Vasco y la situación política actual.

D. Jaime Larrínaga, en su día, alcanzó una notable celebridad mediática, aunque no buscada, por su decidido posicionamiento público en defensa de las víctimas del terrorismo. Ello le llevó, junto a otros, a la fundación de Foro El Salvador (entidad vasca que agrupa a católicos movilizados en defensa de las víctimas del terrorismo y frente al nacionalismo excluyente); a que le fuera asignara escolta policial (primer caso de sacerdote vasco en semejante situación); y a dejar finalmente su querida parroquia de Maruri, en Vizcaya, a causa de la presión totalitaria desplegada por el nacionalismo vasco excluyente en contra de su persona y de quienes le apoyaban. Transcurridas, ya, unas semanas desde la celebración de la multitudinaria manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo en contra de la negociación del Gobierno con la organización terrorista ETA, hemos querido entrevistarle para que nos expusiera algunas de sus reflexiones en torno al futuro del País Vasco y la situación política actual.

Pregunta: ¿Siguen vigentes las razones que le impulsaron a la fundación, en su día y junto a otros compañeros y amigos vascos, Foro El Salvador?

Respuesta: Son tiempos importantes los que vivimos. Por esa razón, mis respuestas a la entrevista no quiero que sean “correctas políticamente” sino más bien, “correctas a mi conciencia”. El Foro EL SALVADOR empezó su andadura, demasiado tarde, dos años después de la liberación de lo que quedaba de Ortega Lara y del vil asesinato de Miguel Angel Blanco. El Foro EL SALVADOR denuncia, con todas las fuerzas, las barbaridades y atrocidades de ETA y de sus cómplices: los nacionalistas, muchos de los empresarios que siguen pagando el impuesto revolucionario y la Iglesia vasca por su conducta generalmente nacionalista. Al mismo tiempo, el Foro quiere, sin tibiezas, apoyar a las víctimas, los más pobres de nuestra sociedad, así como darles el calor cristiano que pedían y no encontraban por ninguna parte.
Todos somos conscientes de cómo la sociedad española ha rectificado positivamente su relación con las víctimas, como recientemente demostró en la manifestación del 4 de Junio en Madrid. Pero no nos podemos dormir y por esta razón  el  Foro EL SALVADOR, cumpliendo con su misión de ser la voz de las víctimas, denuncia y protesta de que el Gobierno de España está a punto de cometer el mayor atentado contra las víctimas del terrorismo, negociando y sólo escuchando a los terroristas de ETA. Dialogar con ellos es darles una parte de la razón, y cómo un Gobierno, mínimamente digno, puede hablar precisamente con los asesinos que quitaron para siempre la palabra a tanta gente. No se puede construir la paz sin justicia, y la justicia debe ser independiente a quien esté en el poder: la derecha o la izquierda. Escuche el Gobierno a las víctimas, y no a ETA y a Ezquerra Republicana.
La dignidad de un pueblo está en las víctimas. El Gobierno que las olvida,  pierde toda su dignidad y su credibilidad.  

P.: Transcurridos varios años desde la creación de Foro El Salvador, según su criterio, ¿se observan indicios de cambio, en la Iglesia vasca, orientados a la acogida de las víctimas del terrorismo y en contra de la polarización social provocada por un nacionalismo excluyente que, al parecer, también sedujo en el pasado a un sector significativo de la misma?

R.: Actualmente la sociedad vasca esta fracturada, está rota, por obra y gracia del terrorismo de ETA, con la complicidad activa y pasiva de las jerarquías políticas -Gobierno vasco- y eclesiásticas. En ella, algo menos de la mitad, según las estadísticas, es nacionalista y, además, separatista, y tiene todos los derechos.  El otro grupo, más de la mitad de la población, es constitucionalista, no puede hablar libremente ni expresarse, y siempre bajo la amenaza del atentado contra sus bienes o contra sus vidas. Hay un tercer grupo -una minoría- que se declara nacionalista separatista y terrorista, y que habla con la fuerza bruta de las pistolas y de las bombas.
La mayor parte de los textos de los obispos vascos adolecen de la ambigüedad, las evasivas, los eufemismos y la equidistancia entre víctimas  y verdugos. Sin embargo, a finales del año 2.000 D. Ricardo Blázquez tuvo un recuerdo para las víctimas y pidió perdón “por la falta de atención que ha podido tener la Iglesia de Vizcaya con las víctimas del terrorismo”. Incluso D. Ricardo ha decidido presidir, contra el parecer del presbiterio, los funerales de todas las víctimas del terror.
Mns. Setién  en el Club Siglo XXI de Madrid en 1.991 defendió el reconocimiento del derecho de autodeterminación como solución al problema de la violencia -la Iglesia vasca nunca utiliza el término terrorismo -.
En 1.995 los prelados vascos apoyan una negociación entre ETA y el Gobierno en la que la propia Iglesia vasca se prestaba a hacer labores de mediación. Y pese a la indignación de los sectores no nacionalistas, la Conferencia Episcopal salió en defensa de los obispos vascos.
La Iglesia vasca  nunca ha dicho que la coincidencia con los fines de ETA contamina la actividad de cualquier partido nacionalista. En general los obispos vascos no han sido mucho más generosos con las víctimas de ETA, ni más duros con los asesinos encarcelados. Todos, en mayor o menor medida, se han mostrado comprensivos con los etarras y poco piadosos con las víctimas.

P.: El nuevo movimiento cívico vasco viene sufriendo sucesivas derrotas: los partidos constitucionalistas no lograron expulsar al PNV del Gobierno vasco en las elecciones autonómicas, se ha roto la unidad constitucionalista, el PSE-PSOE se deja arrastrar en una verdadera deriva táctica e ideológica, José Luis Rodríguez Zapatero y sus aliados nacionalistas han desmontada buena parte de la arquitectura antiterrorista edificada desde los gobiernos del Partidos Popular, se ha dividido artificial y sectariamente a las víctimas del terrorismo... En estas durísimas circunstancias, la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo en Madrid, el pasado 4 de junio, ¿puede suponer un punto de inflexión en esta dramática trayectoria?

R.: A partir del 4-Junio cada uno sabe dónde esta. Con las víctimas o con los intereses de algunos partidos políticos. El 4 de Junio pudimos manifestar claramente  nuestra situación: los que fuimos a la manifestación y apoyamos totalmente a las víctimas, y los que no fueron, plegándose a los intereses de los partidos. La crisis que ha surgido en estos últimos tiempos en los movimientos cívicos servirá para fortalecernos más aún a los que nos hemos quedado con las víctimas y su memoria: VERDAD, JUSTICIA, PERDÓN Y PAZ. No se puede alcanzar la paz fuera de esta memoria.
Ahora, cuando el Gobierno quiere establecer su política terrorista con los nacionalistas, para quienes las víctimas son molestas, es precisamente ahora cuando no les debemos fallar. Los que estamos con las víctimas protestamos y denunciamos la política del Gobierno, nefasta para los que sufren la pérdida de un ser querido. Después del 4-J, y después de la crisis y de la espantada de algún movimiento, los que nos hemos quedado con las víctimas, nos hemos fortalecido.

P.: El movimiento cívico vasco sufre una profunda crisis en parte derivada de la renuncia del socialismo oficial español a algunos de sus presupuestos ideológicos más importantes. Al quedar el Partido Popular como principal valedor del constitucionalismo, ¿no se corre el riesgo de que este movimiento sea instrumentalizado por el Partido Popular y pierda frescura, iniciativa y anclajes sociales?

R.: Es verdad que algunos movimientos han sucumbido a los encantos de nacionalistas y socialistas. En este último año las víctimas han ido perdiendo el calor y el apoyo y no quisiéramos que sufran la soledad y el olvido por parte de la sociedad, como en los años ochenta. Los medios de comunicación en España, en su mayoría, se han plegado a los intereses de los poderosos, del Gobierno y de las minorías nacionalistas. ¡Qué horror, estar con los terroristas antes que con las víctimas! El PSOE, cuando estaba en la oposición, tuvo una política digna con el Gobierno del PP, en la política antiterrorista y en la defensa y apoyo de las víctimas, como es la Justicia restaurativa.
Todas las víctimas de ETA, también las del bando socialista, tienen que sufrir de nuevo esta afrenta por parte del Gobierno. Que el PP, con esa masa social que representa al 40% de la población española, nos apoye en nuestros planteamientos, no significa que vayamos a perder nuestra independencia ni traicionar a nuestros principios. Dentro del amplio programa del PP, el problema de las víctimas, un problema concreto y puntual, coincide fundamentalmente con el de los movimientos cívicos. Nosotros no nos hemos adaptado, ellos se han adaptado a nuestro programa y exigencias, de la misma forma en la que se adaptaron los socialistas cuando estaban en la oposición. Pero ahora en el poder, se han alejado de nuestro programa y se han aliado con los nacionalistas y sus defendidos, los terroristas.

P.: Desde que, personalmente, se implicó en la defensa de las víctimas del terrorismo, ¿ha mejorado su situación?, ¿se ha avanzado en el reconocimiento social de su dolor y heroica aportación a la construcción de la convivencia nacional?

R.: Sin ninguna duda. Como se demostró en la manifestación del 4-J. Actualmente las víctimas no son las personas olvidadas o tapadas de la sociedad española. Son reconocidas y queridas en gran parte de España. Aunque queda mucho por hacer por ellas en el País Vasco, por la política nacionalista del Gobierno y la actuación, poco clara y valiente, de la Iglesia vasca.

P.: Los grandes medios de comunicación españoles, ¿están contribuyendo a la clarificación social y moral de la sociedad española o, por el contrario, algunos de ellos, están impulsando cierto oscurecimiento de su conciencia ética y la desmovilización social?

R.: En la gran manifestación del 4-J, las víctimas y los miles de españoles que llenaron las calles de Madrid no cesaron de agradecer, a lo largo de todo el recorrido, a la Cadena COPE, por su postura clara a favor de las víctimas. No nos tenemos que olvidar de otros medios, como ONDA CERO, INTERECONOMÍA y otras emisoras más modestas, todos ellos con una actuación digna y honesta con las víctimas.
Otras emisoras, poderosas, privadas y públicas, financiadas además por todos los españoles, incluidas las víctimas, se dedican a dividir, a debilitar y a ofender a las pobres víctimas, así como a desmantelar todo el trabajo realizado en estos últimos años por los distintos movimientos cívicos españoles.
El 4-J la manifestación de cerca de un millón de españoles en Madrid, un hecho sin precedentes contra la política antiterrorista del Gobierno, el que sólo fuese TELEMADRID el que informase toda la manifestación, significa que la libertad así como la democracia actualmente en España están en grave crisis. Fuera de la Comunidad de Madrid no pudieron enterarse de lo que pasó en Madrid. El Gobierno, como hacen todas las Dictaduras, informa sólo de lo que le interesa. Y los diarios, la mayoría plegados a los intereses del Gobierno, publicaron que sólo se manifestaron 60.000 personas. De auténtica risa. ¡Cómo manipulan y tergiversan la realidad! Da pena que en España -no podemos olvidar que estamos en Europa- tengamos esta democracia bananera. Tenemos poca tradición democrática; aún tenemos que trabajar mucho. Tenemos poca prensa independiente y que informe bien.

P.: Son unos hechos objetivos, y fácilmente perceptibles, la ausencia de compromiso social y la desmovilización ciudadana de buena parte de la sociedad española ante los graves dilemas históricos que se le han planteado en la última década ¿Qué razones explican, a su juicio, esta realidad?

R.: Hasta hace más o menos 40 años, la sociedad española era una sociedad primitiva, arcaica, subdesarrollada. Es en los últimos años del franquismo cuando se da una fuerte transformación en la sociedad española. Se da el paso del subdesarrollo al desarrollo, en el que nace una clase media, alta y media, numerosa y fuerte y que empieza a tener cada vez más protagonismo en la vida pública española. Es gracias a esa clase media por la que se hace pacíficamente la transición de la dictadura o dictablanda, a la democracia. Pero la clase media española, que cada día vive mejor, carece de tradición reivindicativa.
Actualmente se nota en este sector una gran preocupación por consolidar una verdadera vertebración de nuestra España plural, como una política clara exterior, sin olvidarnos de los grandes temas como son la familia, la educación, el matrimonio,...
No puede funcionar una España de autonomías o federal sin solidaridad. Y actualmente España, sometida y dirigida por la política nacionalista de los catalanes y vascos, carece de esa solidaridad necesaria.
Para mí, la clase media española, que es la que da estilo, la que marca las pautas, debería de participar más en consolidar la forma de Estado, así como en establecer las bases políticas y sociales de igualdad de derechos y deberes de todos los españoles, no de los territorios, como ocurre en toda Europa.

P.: El PSOE, particularmente el vasco, ¿tiene posibilidades de un recambio, en su liderazgo, coherente con la tradición política de izquierdas que aseguraba buscar la justicia social y la igualdad ante la Ley de los españoles?

R.: Los socialistas vascos que podrían liderar un cambio están “anulados” o en dique seco, como es el caso de Nicolás Redondo, Gotzone Mora, Rosa Díez, Maite Pagaza... Los actuales líderes del PSOE en el País Vasco están tan afectados por el “virus nacionalista”, que están totalmente “vacíos” como socialistas. Deplorable la conducta reciente de Patxi López, candidato socialista a Lehendakari, con María San Gil, líder del PP, y con los representantes políticos de ETA. La línea oficial del socialismo vasco ha perdido su identidad y no se ha librado aún de su tradicional odio a la derecha, pero a la derecha española, no a la derecha vasca nacionalista, a la que es capaz de hacer cualquier trabajo sucio, porque las dos odian a la derecha española por distintos motivos.

P.: ¿Qué ha hecho mal el centroderecha español para merecer la situación de marginación en que se encuentra?

R.: Los socialistas no supieron digerir la derrota del Gobierno de Felipe González, basada fundamentalmente en la gran corrupción que había en su Gobierno, como en los aledaños del poder. Tampoco muchos de la izquierda se han olvidado aún de la guerra civil, por lo que el odio a la derecha es ya congénito para ellos.
Cuando el centroderecha español gozó de la mayoría para gobernar con Aznar, el Gobierno infravaloró el poder de los medios de comunicación, entregándolos a grupos de poder que actualmente se han convertido en el mayor enemigo del centroderecha y al mismo tiempo en los grandes aliados y cómplices del poder socialista actual.
Y el Gobierno actual, que nace viciado el 14-M del año 2.004, es un sometimiento a la dictadura de las minorías nacionalistas, cuyos fines no son la unidad de la nación española con su pluralidad regional y con la solidaridad entre sus distintas tierras, sino la fractura de España, un volver a la Edad Media, una auténtica irracionalidad de los nacionalistas. Pero lo más grave de todo esto es que, sabiendo cómo piensan los nacionalistas catalanes y vascos, el Gobierno socialista siga las directrices nacionalistas. Todo por intentar marginar y aislar al PP, que representa a un gran sector de la población española. Con esa mentalidad, muy difícilmente se puede gobernar. ¡Qué odio debe tener la izquierda! Muchas veces me pregunto si les interesa España a los socialistas.

P.: ¿Cuáles son las raíces, a su juicio, de las constantes muestras de anticatolicismo militante de amplios sectores sociales españoles encabezados por el actual Gobierno y el partido que le sustenta?

R.: El papel positivo de la Iglesia en la normalización de la vida política española en los últimos años del franquismo y en la transición a la democracia, ha sido reconocido públicamente por todos. Las relaciones de la Iglesia con el gobierno de Felipe González fueron normales. Pero actualmente en el Gobierno de Rodríguez Zapatero están aflorando muestras de anticatolicismo por parte de muchos socialistas, nostálgicos de aquel sectarismo de la 2ª República que a la postre condujo a la guerra civil española.
España, uno de los países europeos más católico, y sin embargo no hay en Europa un país en el que el anticatolicismo sea mayor que en España, especialmente por parte de la izquierda. Una raíz sería esa tradición de la izquierda.
También en España hay una gran incultura religiosa, y sin embargo todos discuten de religión, todos creen saber de religión y de política. La realidad es que la ignorancia religiosa en España es muy grande, y el futuro que se nos avecina, muy negro. Las leyes de Educación del Gobierno socialista agravarán aún más la situación.
Otra de las raíces es el falso concepto del progresismo que la izquierda nos vende. El progreso, en vez de acercarnos a la libertad, a la verdad y a la justicia, el concepto que nos quieren vender nos encadena a la barbarie, al error y a la injusticia.
Y para terminar, hay que decir sin miedo que en los últimos tiempos, en el campo social, la Iglesia española no ha dado motivos para justificar, de alguna forma, ese anticatolicismo.

P.: ¿Todavía tiene algo que aportar la Iglesia católica al hombre posmoderno, satisfecho, consumista, hipercrítico y nihilista de hoy?

R.: Sin ninguna duda. A pesar de que el hombre actual pueda gozar de todos los logros materiales, sin embargo no es feliz, no es un hombre satisfecho. Tiene mucha sed de amor, de felicidad, de libertad, de verdad. La vida no es sólo materia, tiene un profundo sentido trascendental, que viene a dar un pleno sentido a la vida. Esta es la misión de la Iglesia, por mandato de Cristo: ser Luz y Camino para los hombres, satisfacer las grandes necesidades de los hombres y de las  mujeres, descubriéndonos la gran misión que tenemos en nuestro mundo. El plan que Dios tiene para los hombres y las mujeres es apasionante y totalmente feliz: desarrollarnos plenamente en un mundo en el que somos los señores y a la vez responsables de toda la creación.
Esta es la gran misión y el servicio de la Iglesia a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo.

P.: La Iglesia española, ¿tiene alguna capacidad para impulsar la regeneración ética y ciudadana de la vida social, cultural y política españolas?, ¿debe hacerlo?

R.: Nadie duda de la capacidad de la Iglesia para impulsar una regeneración ética en toda la vida española. Yo diría más, es obligación de la iglesia ser luz del mundo y sal de la tierra. Pero no para imponerse y tener todo bajo su poder, sino para cumplir con el gran mandato de Cristo: SERVIR a todos los hombres y a todas las mujeres, ayudar a cada uno a desarrollarse plenamente, recordándonos que somos IMAGEN y SEMEJANZA de Dios.
La Iglesia no olvida nunca que en todo hombre y en toda mujer está Dios,  Nos recuerda la Iglesia que la persona humana es el icono de la Divinidad.

P.: Por cierto, D. Jaime, pero ¿no estábamos todos de acuerdo en que “los curas no deben meterse en política”?

R.: A los políticos no les gusta que los curas u otras personas ajenas al mundo político, les molestemos. Los curas, que se queden en la sacristía, dicen los políticos. No hay que olvidar que en el País Vasco “meterse en política” es criticar al nacionalismo, mientras que defenderlo, que es lo que hacen la mayoría de los sacerdotes, no supone intervenir en política.
No se puede llevar el Evangelio, la Buena Nueva, si no se respetan los derechos humanos, como el derecho a la vida como ocurre en Euskadi desde hace muchos años. Sin derechos humanos, es difícil llevar a Dios. Tenemos que recuperar al hombre en su plenitud de derechos, para encontrar a Dios. El hombre y la mujer me interesan, y mucho, lo que más. En ellos esta Dios.
El Papa Benedicto XVI, cuando era cardenal Ratzinger, decía que sin libertad no puede haber una verdadera revelación de Dios. Es muy difícil llevar a Dios a hombres y mujeres que carecen de libertad. Sin ninguna duda, Dios nos quiere libres, y todo lo que hagamos a favor de la libertad, recibe todas las bendiciones de Dios. Este es uno de mis “leit-motive” en la lucha por la libertad en el País Vasco; muy importante para mí, pues una sociedad que se acostumbra a vivir sin libertad, se acostumbra también a vivir sin Dios.
Trabajar por los derechos humanos es lo más evangélico.

P.: ¿Nos permite, para terminar una pregunta personal? Para mantenerse en pie, fiel a la Iglesia y al compromiso con los más débiles de nuestra sociedad, ¿en qué -o quien- se apoya Jaime Larrínaga?

R.: En verdad es difícil mantenerte en pie, con dignidad, en contra de gran parte de sociedad “políticamente correcta”, incluso perdiendo la amistad de muchos amigos –no pudieron ser verdaderos amigos los que no saben respetar- y familiares. La explicación está en la fuerza interior, en esa fe en Cristo que me hace fuerte para nadar contra-corriente y para ayudar y defender a las víctimas. Por esta conducta, hace tiempo que duermo felizmente. Gracias, víctimas.
“Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por defender la justicia y la libertad de los más pobres”, en este caso de las víctimas. “Estad alegres y contentos”. Son palabras de Jesús para todos.
También gracias a tanta gente, hombres y mujeres, que venía todos los domingos a participar en la Eucaristía que presidía en Maruri y a manifestarme el apoyo y el cariño. Venían con gran sacrificio para apoyarme en mi lucha por la libertad y por las víctimas, pero volvían también contentos a sus casas y con muchas ganas de luchar, durante la semana, por los derechos humanos, pisoteados en el País Vasco.
Gracias también  a tanta gente que me escribió y me escribe felicitándome y animándome a seguir fiel a las víctimas. Gracias a todos.

Aprovecho, finalmente, la entrevista, para compartir unas reflexiones que me parecen fundamentales. Ante los acontecimientos que se precipitan, -decisiones de los jueces con respecto a asesinos de ETA, vuelta del brazo político de ETA a las instituciones, libertad de actuación para los grupos juveniles de ETA...-, que son cesiones del Gobierno a los terroristas, mientras ellos sólo prometen no atentar (¿) a cargos políticos, pero el terror y el miedo siguen y son ellos, los terroristas, los que dirigen la política de Rodríguez Zapatero: lanzo un S. O. S. a la sensatez de la sociedad española. No permitamos locuras por parte del Gobierno.

Muchas gracias.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 94, junio de 2005

“Terror en Chechenia” (Ediciones del bronce).

Anna Politkovskaya. “Terror en Chechenia. Traducción de María García Barris. Ediciones del bronce. Barcelona. 2003. 280 pp.

 

 

La de Chechenia, una guerra olvidada en las puertas de Europa, ya no es objeto de atención, apenas, por parte de los medios de comunicación. Este libro, escrito con amor a las personas y un patriotismo crítico, intenta romper el silencio.

 

Este texto es una recopilación de artículos de Anna Politkovskaya, una periodista del diario independiente moscovita Nóvaya Gazeta, siendo merecedor de diversos premios internacionales, periodísticos y literarios. Desde sus primeras páginas se golpea a la sensibilidad del lector, no en vano, narra una sucesión de atrocidades que, parece, nos trasladan a cruentos episodios, de la Segunda Guerra Mundial o de recientes conflictos balcánicos, en que civiles indefensos eran las principales víctimas: matanzas indiscriminadas, secuestros de vivos -o de sus cadáveres- presuntamente perpetrados por militares rusos bajo petición de rescate, operaciones de “limpieza” dirigidas contra la población civil, saqueos, expulsiones masivas, etc.
Existe un contraste doloroso, si miramos a la más palpitante actualidad. La guerra de Irak ha generado un seguimiento e interés exhaustivos: desde ONG’s de todo tipo, pasando por los omnipresentes medios de comunicación, y significativas organizaciones internacionales. Chechenia, sin embargo, sufre un conflicto de larga duración (cuyas raíces remontan a 150 años atrás al menos) que ha producido un número de víctimas más elevado que el padecido en el del Irak actual; y todo ello suscitando escaso interés.
Esta escritora actualmente exiliada, que participó en las negociaciones en torno al secuestro masivo de rehenes en el teatro Nord-Ost de Moscú, en octubre de 2002, nos sitúa ante uno de los dilemas políticos de la Rusia de hoy y que resume, telegráficamente, de la siguiente manera: Yeltsin gozaba de autoridad pero no de popularidad, Putin goza de popularidad pero no de autoridad. Aquí puede radicar una de las claves de una guerra que necesita mantenerse para –según la autora- seguir promocionando carreras profesionales y negocios, dirigidos por militares de alta graduación, alimentados por el esfuerzo bélico y económico que exige este conflicto. Y ello en el marco de un régimen político que no logra despegarse, del todo, de poderosos vicios totalitarios arraigados merced décadas de comunismo. Esta realidad demuestra, en cualquier caso, la existencia de un sistema político sui generis en evolución, muy frágil o, al menos, de enormes quiebras y contradicciones; sobre todo si lo miramos desde la ortodoxia de una democracia a la occidental.

 

Todo indica que –proporcionando diversas pruebas a lo largo del texto- parece existir un consenso, de los grandes actores de la escena mediática y política internacionales, en considerar que este conflicto sea únicamente un problema interno de Rusia que no precisa de control o mediación externa alguna.

 

De esta guerra se desconoce casi todo: el número real de víctimas, si sobreviven en realidad los comandantes rebeldes, la capacidad real de la guerrilla para seguir resistiendo, la verdadera autoría de numerosos crímenes perpetrados por elementos uniformados... Y esa ignorancia forzosa, impuesta manu militari, permite mantener el expolio del petróleo checheno y de sus habitantes por los diversos grupos armados; estando las autoridades más preocupadas en mantener sus sangrantes negocios que en restablecer la normalidad ciudadana y el respeto de los más elementales derechos humanos. De ahí el terror y el desconcierto en el que se desenvuelven la vida de los civiles chechenos. Los guerrilleros los utilizan en muchas ocasiones como escudos humanos. Pero la administración rusa les niega todo tipo de recursos y de derechos. En estas circunstancias, olvidados del mundo exterior, ¿qué esperanza les queda?, ¿hacia donde mirar? Resultado de todo ello: la destrucción de los lazos comunitarios de la sociedad chechena y la aparición en los supervivientes de un odio inmenso que no se apagará…
           
El libro proporciona interesantes informaciones, tanto de la realidad rusa, como de la chechena, plurales en cualquier caso. Así, por ejemplo, nos informa que dentro de la resistencia armada chechena pugnarían, por su predominio, wahabitas fundamentalistas, ajenos al particular islam local, y partidarios de la occidentalización de una improbable Chechenia independiente.

 

No se trata de un documento antiruso. Ante todo, no lo olvidemos, la autora es rusa. Y el texto refleja, por otra parte, el dolor que le produce la actual situación de su país desde un patriotismo crítico y un humanismo sincero y conmovedor. De esta forma, desfilan por sus páginas chechenos humildes, honrados militares rusos, políticos de primera fila, madres de soldados muertos… y todo tipo de personas, en su inmensa mayoría víctimas inocentes, que en silencio y con su humanidad destrozada, reclaman voz, justicia, verdad y paz.

El Semanal Digital, 3 de enero de 2004.

“Los otros vascos. Historia de un desencuentro” (Editorial Vasco Aragonesa y Grafite Ediciones).

José Luis Orella. “Los otros vascos. Historia de un desencuentro. Editorial Vasco Aragonesa y Grafite Ediciones. Bilbao. 2003. 256 pp.

 

 

Durante muchos años el centroderecha vasco ha vivido en la marginación política. Superada la inicial sopa de siglas, y plantando cara al terrorismo, a sus cómplices y a la indiferencia, hoy día puede afirmarse que el Partido Popular, sin olvidar a Unidad Alavesa, encarna el alma de buena parte de los otros vascos: aquéllos que no quieren ser nacionalistas.

 

 

La sociedad vasca es plural y, en consecuencia, el nacionalismo no detenta la exclusividad del ser vasco; aunque esos datos objetivos de la realidad no gusten a Ibarretxe, Otegui y otros. Actualmente el nacionalismo vasco, en su conjunto, controla el poder gubernamental autonómico y la mayor parte de mecanismos rectores de la vida social, cultural y económica del País Vasco. A pesar de lo anterior, y de los efectos paralizantes del miedo al tiro en la nuca: buena parte de los vascos se siguen identificando con el proyecto nacional español. Todo ello bien lo sabe el autor de este libro. Navarro, profesor de historia en la Universidad San Pablo - CEU, portavoz de Foro El Salvador (que agrupa a católicos vascos movilizados contra el nacionalismo totalitario), y actual presidente de Foro Arbil (entidad inspirada en los criterios teóricos y de acción de la Doctrina Social de la Iglesia).
José Luis Orella afronta, en esta ocasión, una cuestión que no podía aplazarse: la investigación histórica del actual centroderecha vasco. Y lo hace con urgencia, reflejándose en el estilo del texto. No podía ser para menos. Algunos de sus protagonistas ya han muerto (Julen Guimón, Luis Olarra, Chus Viana…), bastantes han sido asesinados (Gregorio Ordóñez, Miguel Ángel Blanco…), y otros muchos han abandonado su tierra o la actividad política (o ambas, como Pablo Mosquera). Famosos unos, conocidos otros, anónimos la mayoría; el tributo pagado por el centroderecha vasco, en defensa de su mera existencia como colectividad y de la presencia viva española en esta tierra, ha sido muy alto.

 

Esta corriente política vasca actual se ha nutrido, nos recuerda el autor, de tres fuentes principales: el llamado “carlismo sociológico”, el liberalismo moderado y la derecha católica. Pero ha tardado bastantes años en consolidar una expresión estable y significativa. Ya en los primeros años de la transición española a la democracia, sus hombres y mujeres fueron objeto de una feroz persecución terrorista que pretendía su extirpación como fuerza política organizada. Asesinando a algunos de sus militantes y líderes más significativos, los terroristas buscaban la eliminación de posibles núcleos activistas de esa corriente. Casi lo consiguieron. Pero debe añadirse otro factor que ha dificultado su configuración como opción relevante en el panorama político vasco: su inicial dispersión en numerosas siglas. Superada esa fragmentación, poco a poco, y de la mano de unos hombres y mujeres admirables, de las cenizas de este sector político surgieron, finalmente, el Partido Popular, actualmente punta de lanza del constitucionalismo, y la ejemplar, en tantos aspectos, Unidad Alavesa.

 

Pero esta opción política no nace de la nada. También responde, en alguna medida, a la movilización de un sector de la sociedad vasca que ha dado lugar a lo que el autor denomina afortunadamente, en uno de sus capítulos, como el país de los foros; cuando describe la estructuración del movimiento cívico de resistencia, frente al nacionalismo excluyente, integrado por víctimas del terrorismo, intelectuales, pacifistas y activistas sociopolíticos.
           
En los últimos años se ha venido observando, aparentemente, cierta inflación de textos relativos a la realidad política vasca; muchos de ellos centrados en el terrorismo y en el PNV. Es lógico y era deseable: el silencio, el miedo y la pasividad, finalmente, han dado paso a la denuncia, la investigación y el testimonio. La pervivencia del terrorismo, una excepción en la Europa actual, con la carga de dolor y sufrimiento que castiga a toda la sociedad española desde hace tres décadas, y las prácticas hegemónicas del nacionalismo excluyente, en detrimento de un sector significativo de la población vasca, exigían esta producción escrita sin restricciones.

 

El nacionalismo vasco, tanto el etnicista “moderado”, como el abertzale radical, comparten proyecto y estrategia. No busca un acuerdo con sus opositores políticos. No pretende la integración de todos los vascos. Al contrario, persigue la imposición de su proyecto a pesar de todos los que no opinan como ellos. Dentro de esta dinámica, diálogo, democracia, acuerdo, pluralismo, paz… son palabras cuyos significados originales han sido distorsionados, por los intelectuales orgánicos y los publicistas del nacionalismo, en aras de sus intereses tácticos. Por ello, es bueno que se conozca toda la realidad vasca, toda su historia, toda la verdad.

 

Un texto, en definitiva, que era necesario, dramáticamente actual y que puede señalar toda una línea de investigación histórica.

El Semanal Digital, 24 de enero de 2004.