Madrid 1939. Del golpe de Casado al final de la Guerra Civil. (Almena Ediciones).
Luis Español Bouché. “Madrid 1939. Del golpe de Casado al final de la guerra civil”. Almena Ediciones. Madrid. 2004. 280 pp.
Luis Español Bouché. “Madrid 1939. Del golpe de Casado al final de la guerra civil”. Almena Ediciones. Madrid. 2004. 280 pp.
España se encuentra en una dramática situación: un terrorismo “clásico”, el de ETA, no ha sido superado, cuando se sufre, de golpe, el acoso del islamista, característico de la era de la globalización; desconocido, imprevisible, opaco. Y más, cuando puede camuflarse con facilidad entre los cientos de miles de musulmanes residentes en España; quienes configuran una auténtica sociedad, hermética, ajena y paralela a la española.
El día 11 de marzo, España padeció, en miles de personas concretas, una de las expresiones más oscuras e imprevisibles de la moderna globalización. Por todo ello, es fundamental intentar conocer la naturaleza de esta novedosa modalidad de terrorismo.
Todo indica, en esta ocasión, que el responsable ha sido el fundamentalismo islamista, pionero de esta modalidad de guerra y agresión; si bien pudo realizarlo cualquier otro grupo terrorista, de cierta entidad, consecuente con su dinámica original, unas motivaciones ideológicas y su plena inserción en nuestra época.
El terrorismo siempre obedece a una estrategia muy concreta. Un grupo pequeño, motivado y muy bien formado, pretende forzar un cambio político mediante un enfrentamiento armado asimétrico que persigue la derrota -o rendición- de un enemigo en principio mucho más poderoso. Ni el tiempo, ni el espacio (ambos, factores determinantes de la guerra convencional), ni las reglas de convivencia asumidas mayoritariamente por una sociedad concreta o, incluso, por la sociedad internacional; nada de todo ello es obstáculo para este tipo de agresión terrorista que, sin duda, marcará este nuevo siglo.
El terrorismo moderno fue iniciado por los nihilistas rusos en su lucha frente al régimen zarista. Desde entonces, finales del siglo XIX, se ha practicado abundantemente y con un protagonismo creciente; siendo las guerrillas marxistas – leninistas las que lo aplicaron con una elaboración teórica más depurada, indudable voluntarismo, y una despiadada resolución. Pero tales guerrillas, después de propiciar cambios históricos que han afectado a un tercio de la humanidad, están en declive, habiendo desaparecido la mayoría de ellas. No podía ser de otra manera. La caída del Muro de Berlín, el hundimiento de los regímenes marxistas en buena parte del mundo, la revisión del comunismo en China, las mutaciones ideológicas de los partidos comunistas occidentales, etc.; todas esas circunstancias, junto a otras, han influido decisivamente en este aparente eclipse.
El actual terrorismo islamista desborda a la guerra convencional y al terrorismo “clásico”, ya lo decíamos, al asimilar y servirse de algunas de las características de la globalización: empleo de las modernas tecnologías, comunicación por Internet, descentralización organizativa y centralización estratégica, voluntad de ocasionar el máximo daño posible, resonancia mediática, sofisticado cálculo estratégico, persecución con sus acciones de costes económicos de efectos planetarios… Y todas esas características concurren en los crímenes del 11- M. Falta, no obstante, una circunstancia generalmente asociada a este tipo de atentados, según han destacado los especialistas en seguridad internacional: el valor simbólico del lugar elegido; evidente en las Torres Gemelas, y escasamente visible en la Estación de Atocha.
España ha sido víctima, por lo tanto, de un acto de terrorismo pensado fríamente con una implacable y calculada lógica. Este “nuevo” terrorismo elimina, conscientemente y con mayor decisión que sus antecesores, la frontera entre combatientes y población civil; circunstancia que, en definitiva, es una elevación cuantitativa, que no cualitativa, de las prácticas del terrorismo clásico.
ETA no ha alcanzado los niveles letales del terrorismo islámico, parece ser. Pero, sin duda, para sobrevivir en este nuevo siglo, deberá adaptarse y tomar de la globalización cuantas técnicas le permitan continuar con su “larga marcha”. De hecho, ya lo vienen haciendo en buena medida: empleo de nuevas tecnologías, repercusiones mediática y política, dispersión geográfica de sus bases operativas, ingeniería financiera...
No todos los terrorismos contemporáneos son idénticos o asimilables, pese a sus semejanzas. Por otra parte, se ha llegado a afirmar que la participación de terroristas suicidas es una de sus características determinantes. Pero no es cierto. Si algunas organizaciones se han servido de estos modernos kamikazes, ha sido, exclusivamente, para obviar una de las mayores dificultades presentes en todo acto terrorista: la huida del escenario del atentado. Es decir, por una cuestión meramente utilitaria y táctica. Y, todo indica que, para la materialización de los atentados de Madrid, no fue necesario emplear terroristas suicidas; lo que obligar a extraer algunas conclusiones acerca de los –aparentemente poco estrictos- niveles de seguridad españoles, evaluados y desbordados en todo caso por los criminales estrategas de la matanza del 11-M. Pero, además de la anterior, más enseñanzas deberán extraerse para el futuro, si queremos que nuestra sociedad se defienda con eficacia y libertad de probables agresiones.
Y, por último, no olvidemos un dato fundamental: la necesaria convergencia de todo grupo terrorista bajo una común estrategia antisistema, lo que puede generar insospechadas posibilidades y conexiones internas.
El Semanal Digital, 7 de abril de 2004.
Miguel A. Ardid Pellón y Javier Castro-Villacañas. “José María Gil Robles”.Ediciones B. S.A. Barcelona. 2004. 300 pp.
La vida pública de este protagonista –o testigo- de algunos de los sucesos más relevantes de la España del siglo XX, todavía hoy sigue generando apasionados debates. Los dos autores de este libro, desde miradas contrapuestas, nos descubren el que, a su respectivo entender, constituye, a modo de luces y sombras, su legado para la historia.
A un ilustre aragonés afincado en Cataluña, Miguel A. Ardid Pellón, le ha correspondido el honor de defender los méritos políticos de José María Gil Robles, uno de los principales protagonistas de los sucesos de mayor calado político acaecidos en el siglo XX español. Numerosos fueron sus méritos, nos asegura: acatar la República pese a serias reservas ideológicas, agotar sus vías pacíficas apostando por la legalidad constitucional en todo momento, encuadrar y movilizar disciplinadamente a amplias masas sociales en principio desafectas al régimen republicano..., y todo ello desde una incuestionable lealtad a sus convicciones católicas y monárquicas durante toda su vida.
Hace ya bastantes meses, Ediciones B estrenó un sello propio, CARA Y CRUZ, con la loable pretensión de retratar a los principales protagonistas de la historia española del siglo XX. No podía faltar, Gil Robles, en esa exclusiva lista de 20 ilustres apellidos. Y, en esta ocasión, si ha sido al ilustre aragonés a quien ha tocado defender y destacar los aciertos del político democristiano, la tarea más ingrata le ha correspondido jugarla al joven Javier Castro-Villacañas. Su veredicto es muy distinto. A su juicio, Gil Robles cometió gravísimos errores, muchos ellos derivados de la particular interpretación de Gil Robles de uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia: la accidentalidad de las formas de gobierno. Menospreciándolas se habría cerrado posibilidades decisivas, juzga. No jugó a fondo todas sus posibilidades, por ejemplo, en las crisis del bienio radical-cedista, precipitando de esta forma el desmoronamiento de la República. Consecuencia de este principio fue, también, su incapacidad para mantener la unidad de la derecha monárquica durante la República. Tampoco permitió, por esa indefinición consciente y manifiesta, que cuajara un partido republicano de derechas; lo que habría podido sostener a una República embestida por la izquierda sovietizante y el potente anarquismo revolucionario.
Nuestro joven escritor es igualmente duro cuando enjuicia las actuaciones posteriores de don José María. Su accidentalismo no le impidió oponerse a todos aquellos católicos que colaboraron desde el interior del Régimen franquista para su perfeccionamiento y con vistas a una futura restauración monárquica. La CEDA fue un partido corporativo y antiparlamentario. De haber sobrevivido, seguramente, habría derivado en alguna modalidad de las modernas democracias cristianas. Pero, en cualquier caso, esos principios iniciales, en buena medida, habrían sido recogidos por ese Régimen al que se opuso Gil Robles casi desde sus inicios.
Cometió otros errores. Así, se habría equivocado por completo al analizar las posibilidades reales del nuevo Régimen: seguro, Gil Robles, de que no podría resistir el acoso internacional al término de la segunda guerra mundial, optó por una Monarquía que agrupara a gentes y partidos, de los dos bandos, comprometidos con una democracia posibilista a la occidental, como salida a la situación política. Por ello se negó rotundamente a cualquier compromiso de don Juan de Borbón con Franco: para no contaminar esa esperanza que pretendía ser la “Monarquía de todos” en la que creía. No le falta ahí, razón, a Castro-Villacañas, pues, ciertamente, la Monarquía que hoy disfrutamos es el resultado, también, de aquellos pactos entre ambos citados que llevaron, en última instancia y como efecto colateral, al ostracismo del político salmantino.
También se equivocó, ya en el crepúsculo de su vida, en su apuesta política personal, en los años de la transición española a la democracia. Su análisis político del momento le llevó a una fórmula, la del Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español, que fracasó por completo al carecer de una base social y presentarse fragmentada y privada del apoyo de la Iglesia católica.
Curiosamente, ambos autores, manteniendo posturas tan encontradas en sus valoraciones, parten de los mismos presupuestos: consideran que posibilismo y accidentalismo fueron los pilares del actuar de Gil Robles. Y lo que para uno es virtud, para el otro es grave defecto. Sin duda, y no pudiendo entrar en las fantasías de la política-ficción, para llegar a sus respectivas conclusiones, ambos autores son deudores de muy distintas subjetividades en las que la concepción de la política se remite a principios y cosmovisiones muy diversas.
Este libro no cierra, ciertamente, el debate existente sobre la figura y protagonismo histórico de José María Gil Robles. Y más cuando muchos de los interrogantes existentes nunca obtendrán una respuesta segura, pues es imposible volver atrás en el tiempo. Pero, en cualquier caso, nos coloca, a los españoles de hoy, que vivimos en una sociedad desideologizada y consumista, ante una reciente historia que sacó con sangre lo mejor, y también lo peor, de unas destrozadas generaciones de españoles a las que debemos nuestro inmerecido bienestar.
El Semanal Digital, 17 y 18 de abril de 2004.
Jesús Bastante. “Los curas de ETA. La Iglesia vasca entre la cruz y la ikurriña”. Prólogo de José Bono. La Esfera de los libros. Madrid. 2004. 428 pp.
Javier Jordán. “Profetas del miedo. Aproximación al terrorismo islamista”.Ediciones Universidad de Navarra, S.A. Pamplona. 2004. 220 pp.
El terrorismo islamista plantea un novedoso conflicto armado que desborda los cauces conocidos de la guerra convencional y de los terrorismos del siglo XX. Un fenómeno que mantendrá, con toda seguridad, un tenebroso protagonismo en el siglo XXI.
Javier Jordán, profesor en la Universidad de Granada, es un experto en asuntos de seguridad, defensa y terrorismo; lo que acredita con este libro, especialmente con el magnífico apartado dedicado a la estructura de Al-Qa´ida.
Es un texto inquietante. El desafío de Al-Qa´ida desborda los conceptos de tiempo y territorio de la guerra convencional, los parámetros de las guerrillas tercermundistas y las estrategias de los diversos terrorismos del siglo XX. Con un dominio de las nuevas tecnologías, con células distribuidas por todo el mundo camufladas entre las comunidades musulmanas, con la firme voluntad de causar daños especialmente devastadores y, si puede ser, con cámaras de TV en directo; Al-Qa´ida ha desarrollado un nuevo tipo de guerra. Y todo ello con una firme base de creencias religiosas, aunque sean discutibles desde la ortodoxia interna del islam. Sin duda, recuerda el autor en varias ocasiones, la inexistencia en el islam de una autoridad religiosa central facilita la configuración de este fenómeno.
Alimentada por conflictos enquistados (Palestina, Chechenia, etc.), se afirma en la página 58 del libro que, “… durante la segunda mitad del siglo XX fue tomando cuerpo una corriente doctrinal que justificaba religiosamente el empleo de la violencia con el fin de restablecer la gloria del islam y derrotar a los enemigos de la religión… Los principales teóricos del yihadismo fueron personas con formación teológica no tradicional, que elaboraron un discurso político-religioso al que añadieron elementos ideológicos del comunismo y del fascismo. La mezcla de referencias islámicas y discurso antisistema también se encuentra presente en los siguientes defensores teóricos de la yihad terrorista”.
Existen dos Al-Qa´ida, la expresión más emblemática de esa yihad terrorista: la organización de Bin Laden y la constelación de grupos terroristas coaligados, en una red de redes, que también agrupa a ONGs islámistas, organizaciones caritativas, incluso personalidades de algunos gobiernos; con una misma causa y similares objetivos.
Se trata de un nuevo tipo de conflicto armado: una guerra total que no diferencia entre combatientes y civiles, asimétrica, de desgaste, que no busca el chantaje y sí la completa derrota del adversario. La victoria sobre los rusos en Afganistán marcó el camino.
Para el desarrollo de su estrategia, Al-Qa´ida busca la movilización de los musulmanes, el reclutamiento de los más decididos, formándolos y adoctrinando cuidadosamente, y la captación de cuantiosos recursos económicos. Y lo están consiguiendo. En este contexto, Bin Laden no es imprescindible.
El libro resalta otra faceta muy importante: los efectos económicos de este terrorismo. Para los atentados del 11 de septiembre, Al-Qa´ida invirtió medio millón de dólares (un misil Tomahawk cuesta el triple); ocasionando unas pérdidas incalculables que han impactado (conforme las cifras reflejadas en sus páginas 167 y 168), por su magnitud macroeconómica, en la economía mundial.
¿Cuál ha sido la respuesta del adversario? Jordán recuerda una circunstancia. Las cámaras de la CNN fueron testigo, años atrás en Somalia, de un incidente en el que perdieron la vida varios militares norteamericanos. Su impacto en la opinión pública indujo a los islamistas a considerar que el enemigo yanqui era naturalmente cobarde, de ahí que “Más que un error en inteligencia, el 11 de septiembre fue resultado del fracaso estratégico de la disuasión norteamericana” (página 135). Por ello, la intervención americana en Afganistán cogió de sorpresa a los estrategas islamistas. No obstante, los norteamericanos, asegura el autor, son eficaces a corto plazo; pero no les resulta sencillo consolidar regímenes amigos. Y su discurso del “eje del mal”, cuestiona, ha radicalizado las posturas desplazando a los moderados.
En el fondo de esta crisis existe una confrontación entre dos concepciones antagónicas del mundo. Un Occidente laicista y relativista frente a un islam, expansivo por naturaleza, para el que Estado, sociedad y religión son dimensiones inseparables. En estas circunstancias, sólo se podrá dialogar con el islam desde la propia identidad, con un correcto diagnóstco de la realidad, y sin complejos.
¿Qué puede pasar en el futuro? El autor aventura algunas claves. La desaparición de los refugios de Al-Qa´ida en Sudán y Afganistán ha dificultado su labor; pero no la impide. Dado su manifiesto interés por las armas de destrucción masiva, no excluye que intenten algún atentado con armas biológicas. Necesitan, en cualquier caso, actuar para seguir vivos. Y un cambio de régimen (en Arabia Saudita, Pakistán, etc.), generaría nuevas expectativas.
Sus previsiones, en definitiva, no son nada optimistas, ya que, tal como asegura, en su página 208, “Mientras no se solucionen las causas de fondo todo lo que podrá hacerse será gestionar el conflicto y minimizar los daños”. Un futuro imprevisible que España, quiera o no quiera, tendrá que afrontar.
En el artículo anterior nos aproximamos a la realidad política básica de Navarra. En esta ocasión, lo haremos analizando sus categorías sociopolíticas más decisivas.
El navarrismo ha generado una perspectiva de Navarra más sentimental que intelectual, pese a existir un desarrollo doctrinal e ideológico del mismo. Esta perspectiva considera que Navarra reúne unas características históricas, culturales, políticas, económicas y sociales, que le proporcionan el soporte imprescindible de una identidad colectiva diferenciada, para vivir, con autonomía, dentro del común proyecto español.
Está representado, políticamente hablando, por Unión del Pueblo Navarro y, en buena medida, por el Partido Socialista Obrero Español. Especialmente el primero, hace propio el contenido del moderno navarrismo político, entendido –ya lo veíamos- como la concepción política, histórica y cultural de Navarra que la concibe como un espacio territorial e histórico, autónomo y diferenciado dentro de la unidad española, dotado de una fuerte personalidad y unas características particulares entre las que destacan, con fuerza propia, los elementos vascos de su cultura y tradición.
El pensador y político tradicionalista Víctor Pradera sentó, junto a otros juristas, intelectuales y políticos navarros, en las primeras décadas del siglo XX, las bases teóricas y conceptuales del navarrismo moderno. A partir de unos presupuestos particularmente regionalistas y foralistas, delimitó sus elementos históricos fundamentales: tradición católica, identidad jurídica e institucional, mestizaje cultural, fortaleza asociativa, pluralismo temperamental y de las gentes navarras, participación en la empresa común española, rechazo de la raza como factor determinante de la identidad colectiva…
El PSOE procede de una tradición política distinta, la de la izquierda socialista, centralista y laicista, pero, después de los devaneos de la transición, asume como propios los principios fundamentales del actual navarrismo político en el marco de desarrollo establecido por la vigente Constitución española.
Sin embargo, merced a las continuas campañas promovidas desde las fuerzas políticas nacionalistas y algunos intelectuales de la izquierda, el mismo término "navarrismo" goza de una cierta impopularidad. Tal vez ello esté motivado, en buena parte, por la asociación al navarrismo de algunas expresiones rudimentarias manifestadas en sectores de la población navarra y que implican una degeneración del mismo, en un sentido instintivo, antivasco visceral: nos referimos a las actitudes de los llamados despectivamente “navarreros”. Por el contrario, navarristas convencidos asumen como propio el legado vasco, considerando, incluso, que constituye un patrimonio cultural decisivo.
UPN y PSOE superan ampliamente los 200.000 votos, defensores sin ambigüedad, aunque generalmente silenciosos, de la identidad y autonomía de Navarra. Ello no quiere decir que todo ese electorado se identifique plenamente con las tesis navarristas. Existe un sector de la población navarra, en parte de procedente de la emigración de los años 60 (cuyos hijos en muchos casos han engrosado las filas abertzales) y de profesionales y trabajadores establecidos en Navarra en las últimas décadas, cuya seña de identidad principal es su única condición de “españoles”. Estos navarros se identifican en mayor medida, aunque sin llegar a asumir por completo postulados navarristas, con quiénes se oponen más decididamente al expansionismo nacionalista, por considerar a este último como un factor desestabilizador y agresivo hacia una comunidad –en la que se han establecido- económicamente pujante y con altas tasas de bienestar social que no pueden disociar de la unidad española.
Desde Gara y los medios de la izquierda abertzale, a UPN y PSOE se les denomina despectivamente, en particular al primero de ellos, como “unionistas”, en un intento, que no ha gozado de fortuna, de equiparar semánticamente la situación navarra con la del Ulster.
La constitución, hace algo más de dos años, de la Sociedad de Estudios Navarros, que pretende el estudio y la aportación de soluciones a los retos del futuro, y la salida al mercado de la ya desaparecida revista Navarra en marcha, junto a los nuevos aires de la Fundación Sociocultural Leyre, marcan una nueva etapa e impulso del navarrismo. Las dos primeras iniciativas fueron impulsadas por Jaime Ignacio del Burgo, uno de los políticos más significativos de Navarra en las últimas tres décadas. Pudiera entenderse que todo ello responde al objetivo de dotar al navarrismo de unos instrumentos de los que, tradicionalmente, ha carecido. Con las citadas entidades se cubrirían los ámbitos de la acción cultural y de la investigación sociológica e histórica. La publicación mensual, por su parte, pretendía vulgarizar los conceptos básicos de dicha concepción, a la vez de sostener e impulsar a la opinión pública navarrista, poco dotada de medios conceptuales y culturales frente la avalancha mediática y social nacionalista. La desaparición de la publicación, Navarra en marcha, dejó un hueco que, antes o después, deberá ser cubierto mediante algún nuevo medio de comunicación.
En este concreto contexto, navarrismo, españolismo y constitucionalismo, sin ser términos idénticos, sí pueden considerarse análogos.
De la mano de Juan Cruz Alli se ha ido modelando un ambiguo "nacionalismo navarro" encarnado en su partido, Convergencia de Demócratas de Navarra y, especialmente, en sus exiguas juventudes. Como antecedentes de esta concepción política encontramos algunas expresiones, casi marginales, como son las ideas "napartarras" del intelectual Campión (quien terminó en el PNV), cuyo rebrote a finales de los años 70 del pasado siglo XX (de la mano del estudioso roncalés nacionalista José Estornés Lasa) no tuvo relevancia alguna; y el federalismo republicano y fuerista de finales del XIX. Pretende, a partir de una concepción moderna del hecho autonómico español, que el nacionalismo navarro, en el marco de una tradición cuasi–federal, impulsada desde la izquierda y partidos “burgueses” claramente nacionalistas, asuma las diversas expresiones culturales presentes en Navarra sin complejos; en un intento de desactivar también la virtualidad política, de efectos planificados a largo plazo, del voluntarismo nacionalista manifestado a todos los niveles en Navarra.
Es loable su intento de alejarse de la folklórica imagen "navarrera". Pero esta concepción política carece de figuras relevantes. Tampoco está dotado de un cuerpo doctrinal desarrollado y su suerte parece estar excesivamente vinculada a la estrella, lentamente declinante, del actual fundador. Por otra parte, esta concepción desdibuja la participación navarra en la empresa española, en sintonía con otras tendencias nacionalistas periféricas actuales, incurriendo en un pragmatismo inestable y poco preciso que no atrae voluntades.
No obstante, la mentalidad “napartarra” ha alcanzado a algunos sectores navarristas, ya por exceso o por complejo, lo que no es imposible que genere tensiones, en un futuro, en el seno de UPN.
El nacionalismo vasco nació “bizkaitarra”. Sabino Arana apenas escribió acerca de Navarra. Sin embargo, algunos de los primeros teóricos del nacionalismo vasco fueron navarros.
Buena parte de la intelectualidad navarra de finales del siglo XIX, y primeras décadas del XX, era vasquista, culturalmente entendida; pero no políticamente. Ya en el carlismo, y en otros sectores sociales navarros, muchos intelectuales se decantaron por un vasquismo cultural, antesala en algunos casos muy concretos del vasquismo político que con los años cuajó en el Partido Nacionalista Vasco. Por ello, no puede confundirse vasquismo y nacionalismo vasco.
Para el nacionalismo vasco, Navarra no sólo forma parte de Euskal Herria, sino que es su madre. Por otra parte, sólo Navarra podría ser el antecedente territorial que encarnara, en unos pocos años de su historia medieval al menos, una presunta unidad política de la mayoría de los vascos. Por ello, el que Navarra sea una comunidad política e institucional diferenciada de la vasca es una “herejía” incomprensible para los nacionalistas. De ahí su empeño en modificar la realidad política actual, siendo el navarrismo su principal enemigo a batir.
El PNV no supera, pese a inversiones millonarias, una presencia política e institucional meramente testimonial (no llega a los 3.000 votos). Ha correspondido a EA el liderazgo en Navarra del llamado nacionalismo moderado, hecho explicable en buena medida por el origen navarro de su fundador: Carlos Garaicoechea.
En la actualidad, el electorado conjunto de ambos partidos está estancado, no llegando a los 20.000 votos, pese a costosas inversiones en campañas políticas de todo tipo, medios de comunicación, y múltiples expresiones culturales. Su electorado ha sido condicionado completamente por la feroz competencia de la izquierda abertzale que, en Navarra, también tiene colores propios. No obstante, su coalición con Aralar les abre insospechadas posibilidades años atrás.
En el próximo artículo nos acercaremos a la realidad política de la izquierda abertzale, a Izquierda Unida, a las expresiones políticas del catolicismo, y al llamado “carlismo sociológico”.
El Semanal Digital, 4de marzo de 2004
En dos artículos anteriores hemos efectuado una aproximación a la plural realidad política de Navarra, a través de algunas de sus categorías sociológicas más decisivas: navarristas, napartarras y nacionalistas vascos. Terminaremos este viaje acercándonos a la izquierda abertzale, a los neocomunistas, al llamado “carlismo sociológico”, y, por último, a la expresión política de los católicos.
La izquierda abertzale.
Navarra también es particular en este campo. Es el único territorio en el que, desde su nacimiento, la izquierda abertzale supera en votos (entre 35 y 45.000) y vitalidad, al conjunto del nacionalismo moderado. Algunos de sus líderes más representativos, además, proceden de Navarra: Iñaki Aldekoa, Patxi Zabaleta, Floren Aoiz, Adolfo Araiz, etc.
Nutrida tanto de navarros de pura cepa, como de emigrantes e hijos de emigrantes, la izquierda abertzale sustituyó en su día a la potente extrema izquierda maoísta, en el espacio político radical, que, nacida en parte al calor de algunos sectores eclesiales, desapareció casi de repente a lo largo de la transición española a la democracia.
Sin embargo, pocos han sido, en número, los militantes navarros de ETA, siendo igualmente un porcentaje muy pequeño el de quienes han llegado a ostentar cargos de relevancia dentro de esa organización. Así lo afirma Fernando Reinares en su libro “Patriotas de la muerte. Quiénes han militado en ETA y por qué” (Taurus, 2001), al establecer en sus anexos estadísticos que los navarros de ETA supondrían un 7’7% del total de 431 militantes de la organización objeto de estudio en lo que respecta al territorio de nacimiento (aunque la tendencia era la de aumentar con los años).
Es en este entorno donde encontramos a la tribu de los "jarraitus" y su particular estética "borroka". Son las juventudes del MLNV, con un activismo y voluntarismo excepcional: desde la "kale borroka" hasta sus éxitos electorales en la Universidad Pública de Navarra (no olvidemos el mínimo porcentaje de votantes en dichos procesos académicos).
Con una especial incidencia en la zona norte y centro de Navarra, su presencia se mantiene, con altibajos, de forma estable y una representatividad constante.
La escisión de Aralar convulsionó su implantación, junto a la ilegalización de Batasuna. Los principales dirigentes de Aralar son navarros, gozando alguno de ellos (caso de Patxi Zabaleta) de un indudable prestigio que podría llegar a arrastrar, incluso, a sectores de la izquierda “españolista”. Aralar lidera a la reciente coalición electoral Nafarroa Bai, que intentará desbancar al PSOE de su liderazgo de la oposición a UPN, el próximo 14 de marzo. Y, de conseguirlo, tendremos que estar atentos a posibles futuros movimientos orientados a la articulación de una “coalición a la catalana”. En cualquier caso, lo consiga o no, ya está ocasionando un auténtico terremoto en la política navarra de consecuencias imprevisibles.
A caballo entre la izquierda abertzale y la izquierda ex comunista, se sitúa Batzarre. Integrada por los residuos de las antiguas LKI y EMK (Liga Comunista Revolucionaria y Movimiento Comunista), cuenta con una veterana militancia (la mayoría en torno a los 40 años) y cierta representatividad institucional en el Parlamento y algunos ayuntamientos navarros. Además, es muy conocida su capacidad de movilización y la originalidad de sus campañas. Tiene dos almas: la vasquista, inclinada hacia la izquierda abertzale, y la izquierdista internacionalista, más orientada hacia Izquierda Unida, coalición en la que han confluido algunos de sus antiguos camaradas del resto de España. El próximo 14 de marzo, apoyará a Nafarroa Bai, engrosando de esta forma sus exitosas posibilidades.
Si sumamos todos los votos nacionalistas, “moderados” y radicales, nunca han superado el 18% del censo navarro, siendo el 13’80% el recibido por esas fuerzas en las elecciones del 99. En este contexto, los comicios del 14 de marzo serán un auténtico test de sus expectativas reales.
En Navarra nunca arraigó el Partido Comunista de España. Su techo electoral se ha alcanzado, paradójicamente, con la fórmula de Izquierda Unida, en la que los comunistas son una estricta minoría, no siéndolo ninguno de los líderes de IU más representativos en Navarra.
La coalición en Navarra se ha decantado por una ambigua pertenencia a la Izquierda Unida del País Vasco, con unos niveles de autonomía política indudables, en un intento de superar la dicotomía navarrismo/abertzalismo, en el marco de una concepción federalista del Estado español. Sus integrantes son, en general, moderados partidarios de una integración de Navarra en Euskadi. No verían -pese a lo anterior- con malos ojos que, en una España federal, Navarra siguiera constituyendo una entidad autónoma diferenciada de la de sus vecinos. En cualquier caso, el futuro de sus tesis pasa por el desarrollo discutible de su coalición.
El carlismo, sociológicamente hablando, parece haber desaparecido. Sus hijos biológicos, de hecho, se encuentran presentes en todo el espectro político actual de Navarra.
Ni el minúsculo Partido Carlista, genuino representante del carloshuguismo progre (la rama socialista, federalista y autogestionaria), ni la refundada y rejuvenecida Comunión Tradicionalista Carlista, han logrado reestructurar al pueblo carlista. Tal vez ello sea así, por el único motivo de que tal pueblo ya no existe desde hace varias décadas. O tal vez, por tratarse –PC y CTC- de sus expresiones más ideologizadas, cuando el carlismo se trató de un movimiento popular y escasamente doctrinario al servicio de la Dinastía considerada como legítima, al menos en sus orígenes.
Del carlismo se conservan algunos tics en la política navarra, que, en buena medida, se confunden con un cierto temperamento de sus gentes: sentido de grupo, inclinación al asociacionismo, generosidad personal, apego a las tradiciones, espontaneidad, cierto populismo, sustrato religioso, valoración del hecho familiar…
Este fenómeno causa admiración a los foráneos. ¿Qué ha sido del carlismo? Se preguntan y nos preguntan cuando vienen a Navarra. En nuestros días sigue asombrando su aparente rápida desaparición, salvo para quiénes, todavía hoy carlistas, no admiten esta afirmación. Sin duda constituye una cuestión que debe estudiarse a fondo; con ello se proporcionarían, probablemente, algunas claves para entender el presente de Navarra.
Encontramos a católicos en todo el espectro político navarro: desde la CTC hasta Batasuna, aunque no en las mismas proporciones.
Igualmente, encontramos a democristianos en UPN (de la mano de Jaime Ignacio del Burgo), en Convergencia (que se define como social cristiano; lo que difícilmente casa con su apoyo a la legislación contraria a la familia que ha apoyado en varias ocasiones), y en el PNV.
Por otra parte, algunos de los movimientos eclesiales más pujantes, presentes en Navarra, consideran la vocación política como una opción estrictamente personal, de la que sólo sus protagonistas deben responsabilizarse. Ello explica, en parte, la tremenda dispersión del voto católico navarro. Con todo, no puede decirse que no tenga ninguna relevancia o proyección sociológica. Navarra cuenta con un porcentaje de jóvenes católicos practicantes un poco por encima de la media española; por el contrario, también concurre un porcentaje muy elevado de ateos militantes, muchos de ellos alineados con las opciones de la izquierda abertzale.
No obstante, pasadas polémicas desatadas acerca de la conveniencia de la fundación de un partido católico, no han tenido apenas eco en Navarra, salvo dentro de los restringidos medios del tradicionalismo, que las han seguido con interés pero con prevenciones.
Estos son, en breves trazos, los principales colores del plural mapa político navarro; un escenario en lenta pero constante evolución y que puede deparar, todavía, muchas sorpresas.
Nacionalistas vascos, abertzales, vasquistas, napartarras, navarristas, foralistas, españolistas… tales términos son las principales etiquetas manejadas, habitualmente, para informar de la realidad política y social de Navarra. Veámoslos con cierto detenimiento.
Para muchos españoles, no digamos ya entre numerosos visitantes extranjeros, navarro y vasco son términos sinónimos. Sin embargo, tal percepción es producto de una notable confusión; buscada en buena medida. Históricamente, los territorios de la Comunidad Autónoma Vasca y la Comunidad Foral de Navarra se integraron en el proyecto común español, configurándolo en buena medida, pero siguiendo su propio camino y calendario. Culturalmente, los ingredientes vascos son fundamentales para la identidad de Navarra, pero no de forma exclusiva ni uniforme en toda su diversa extensión territorial y calado cultural. Jurídicamente, ambas comunidades disfrutan de regímenes con peculiaridades propias no asimilables. Incluso geográficamente, nada tiene que ver la extraordinaria variedad paisajística y climatológica de Navarra, con la del reducido territorio vasco. ¿Dónde está, entonces, el origen de la confusión? En estos artículos intentaremos exponer algunas claves necesarias para comprender las raíces de la cuestión.
Navarra siempre ha estado en el centro de la estrategia del nacionalismo vasco. Incluso algunos de sus precursores e ideólogos, nacieron en esta tierra. Pese a su aparente estabilidad actual, las pretensiones soberanistas del plan Ibarretxe, las continuas manifestaciones nacionalistas convocadas en Navarra, algunos zarpazos del terrorismo etarra que han golpeado a hombres de esta tierra, y la constitución de la coalición electoral nacionalista Nafarroa Bai; ponen en evidencia la persistencia de una situación plural, compleja y, para algunos, abierta. En este contexto, ¿cuál es la realidad política de Navarra?
Navarra goza en la actualidad de una razonable estabilidad política, de un indudable bienestar social y de un notable crecimiento económico. Ya se superaron los tiempos –la transición- en que el desconcierto y la incertidumbre marcaron a sus gentes. Es entonces, en plena transición, cuando el PSOE de Navarra se desvinculó del de Euskadi, optando sin lugar a dudas por la plena autonomía de Navarra, al igual que la fenecida Unión de Centro Democrático, dando la espalda al proyecto nacionalista vasco. Así se salvó la particularidad de Navarra mediante su articulación diferenciada, dentro del nuevo “Estado de las Autonomías”, como una Comunidad Foral provista de una fuerte identidad. Los temores a una anexión traumática de Navarra por la naciente Euskadi se despejaron progresivamente, pese a contemplarse la posible revisión legal de su situación en la Constitución española (la Disposición Transitoria Cuarta, que establece un procedimiento para su integración en la Comunidad Autónoma Vasca, pero no para su salida de la misma), lo que provocó el voto negativo de algunos sectores del navarrismo político y el positivo de la mayoría.
Desde entonces, su particular “status” se ha consolidado, y la viabilidad económica e institucional de Navarra se han afirmado. Sus indicadores económicos son magníficos, encontrándose a la cabeza del desarrollo español, con un crecimiento superior a la media de la CEE. Y la posibilidad de integrarse en la vecina Comunidad Autónoma Vasca, desvanecida en su día, no se ha planteado de forma realista en los últimos 5 lustros, pese a la persistente campaña cultural y política del nacionalismo vasco desarrollada sin desmayo en todos estos años.
Un partido regionalista hermanado con el Partido Popular (éste no existe como tal en Navarra), Unión del Pueblo Navarro (UPN, en lo sucesivo), detenta en la actualidad el gobierno de la Comunidad y muchas de las alcaldías navarras. El principal partido de la oposición, el PSOE, mermado en votos por los escándalos Urralburu y Roldán, con un liderazgo sin afianzar en la actualidad, ha mantenido una relación aceptable con el anterior, al igual que el sindicato mayoritario en Navarra, la Unión General de Trabajadores.
La escisión, espectacular en su día, sufrida por UPN de la mano de quien fuera presidente del Gobierno de Navarra, Juan Cruz Alli, y que originó la formación de un nuevo partido, Convergencia de Demócratas de Navarra (CDN), mantiene, con avances y retrocesos puntuales, cierta incidencia y representatividad que en algunos momentos han sido decisivas.