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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Reseñas bibliográficas

Los mitos del nacionalismo vasco: de la guerra civil a la secesión.

 

El prolífico escritor José Díaz Herrera ofrece la «otra historia» del Partido Nacionalista Vasco: la de la traición, la mentira, el juego sucio, la eliminación de cualquier opositor… Y todo ello siempre con la mirada en su único objetivo final: la secesión.

 

                El prolífico escritor José Díaz Herrera nos ha ofrecido ya un nuevo título: Los mitos del nacionalismo vasco. De la guerra civil a la secesión (prólogo de César Vidal, Planeta, Barcelona, 2005, 887 páginas, 27,50 €). Su grueso volumen no debe asustar al lector pues, como en tantas ocasiones, la realidad supera cualquier ficción. No en vano, la historia «oculta» del Partido Nacionalista Vasco (PNV) es apasionante, aunque escandalosa. Y lo es al desarrollarse, en buena parte, en una sucesión de mentiras, traiciones y dobles juegos.

 

                A pesar de sus orígenes en parte cristianos, no ha tenido escrúpulo alguno en eliminar sistemáticamente a cuantos enemigos pudieran hacerle sombra llegada la circunstancia propicia: así, es terrorífica la larga relación de asesinatos de derechistas perpetrados en la Euskadi de Aguirre, ya directamente, ya por inhibición. Su lucha por el control económico de la región y el consiguiente enfrentamiento con las familias derechistas de Neguri, es otro capítulo que Díaz desarrolla ampliamente a lo largo de 7 décadas del siglo XX.

 

                No se puede resumir, en unas pocas líneas, la enorme cantidad de datos, procedentes de documentos clasificados en diversos archivos (Departamento de Estado USA, FBI, CIA, servicios secretos de Italia…), que avalan las tesis sostenidas por el autor. Menciones unas pocas de ellas.

 

                El autor mantiene que el PNV no fue fiel a la Segunda República, ni a lo largo de la guerra civil en el norte, que para los gudaris vascos acaba con la traición de Santoña, ni en la restante. De hecho, durante los tres primeros meses, se inhibió casi por completo. Es más, solicitó reiteradamente pertrechos militares para su ejército; e incluso la costosa ofensiva de Belchite se ejecutó para aliviar la presión sobre el norte, oportunidad que de nuevo desaprovechó Aguirre. El autor nos narra un sorprendente viaje realizado por José Antonio Aguirre por la Europa ocupada por los nazis, llegando a entrevistarse en la misma Alemania con algunos de sus dirigentes; acariciando por un tiempo, incluso, la idea de un «protectorado» en el País Vasco bajo la tutela del «Nuevo Orden». ¿Sorprendente? Ya en América, Aguirre pone a disposición de los diversos servicios secretos norteamericanos sus hombres y contactos de la diáspora vasca, de quienes se sirve para espiar a antiguos compañeros republicanos y a cuantos movimientos subversivos inquietaran a sus nuevos amos. ¿Es un fruto, acaso, de un coherente amor a la libertad de TODOS los pueblos? Por todo ello, la vida política de José Antonio Aguirre, contradictoria, incomprensible en sus cambios, mesiánico e incorregible en sus tácticas, es la columna vertebral del libro, encarnando como nadie, acaso, el espíritu genético del nacionalismo vasco.

 

No podía ser de otra manera, de modo que entra de lleno en las indiscutibles estrechas relaciones existentes entre el PNV y ETA, entidades, que nacidas al calor del nacionalismo y del seno de las mismas familias en ocasiones, nunca han roto el cordón umbilical que les une, lo que ilustra con detallados episodios bien acreditados. Así, a modo de ejemplo reseñamos aquí, recuerda que a los dos años de su fundación, son detenidos 150 etarras. José María Leizaola, lehendakari en el exilio, envió un telegrama al Departamento de Estado de Estados Unidos, lamentándose que el régimen franquista hubiera apresado a «150 patriotas vascos (…) militantes nuestros». En semejante crisis, el PNV aportó a ETA a unos 300 jóvenes procedentes de su organización juvenil, EGI. Tarradellas, en una ocasión, recriminó a Leizaola sus tratos con los terroristas, advirtiéndole que el PNV terminaría siendo su rehén; a lo que le respondió: «tú ocúpate de lo vuestro, que nosotros nos ocuparemos de lo nuestro». Unos pequeños, pero radiantes, botones de muestra.

 

                Al autor se le advierte especialmente orgulloso de su análisis y descripción del Concierto económico y el cupo vasco, calificándolos de insolidarios al apoyarse tales en falsificaciones y «lagunas» sistemáticas que permiten, con sus ganancias, mantener una tupida red de clientelismo que le sostiene eficazmente en el poder. Discriminatorio e injusto, concluye.

 

                Semejante historial lo explica, el escritor, como lógico fruto de una «una concepción totalitaria y mesiánica del poder». Conclusión que no podemos menos que hacer propia.

 

                Un libro esclarecedor, coherente, apasionante y apasionado.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 104, abril de 2006

 

Los españoles de Stalin.

Los españoles de Stalin.
Belacqva, Barcelona, 448 páginas, 2005.
Daniel Arasa.

 

La metodología de un historiador, que recurre particularmente a fuentes orales, y la agilidad propia de un experimentado periodista, sumadas, han generado un libro, especialmente recomendable, fruto de la pluma de Daniel Arasa; quien lleva camino de convertirse en el mejor conocedor de la plural y casi universal presencia española en diversos y muy alejados escenarios de la Segunda Guerra mundial.
Las casi 450 páginas de este texto nos trasladan al, seguramente, más cruel frente de aquel conflicto: el inmenso territorio de la entonces Unión Soviética. Por ello, el subtítulo escogido, tal vez por impulsos comerciales, La historia de los españoles que sirvieron al comunismo durante la Segunda Guerra mundial, puede inducir a cierta confusión; ya que el lector no encontrará aquí a los que igualmente sirvieron a las consignas del Partido Comunista de España -es decir, la sucursal española del estalinismo- en otros escenarios de la contienda. Recordemos, así, su decisivo papel en el seno de la resistencia francesa.
El autor afina mucho sus datos. Fueron 749 los españoles encuadrados en diversas unidades del Ejército Rojo, que pronto se denominaría Ejército Soviético, procedentes de los diversos colectivos entonces presentes en el más extenso país del mundo: niños de la guerra, dirigentes comunistas, aviadores en formación, marinos en tránsito, y algunos exiliados por razones ideológicas. Una buena parte de ellos ingresaría en unidades del NKVD; maniobra cuya finalidad última era resguardar sus vidas y preservarlos -no llegaron a combatir- para el futuro que Stalin y los máximos dirigentes del PCE les habían reservado en España una vez finalizara el conflicto mundial. Pero otros contingentes no gozaron de análoga suerte. Es más, quienes lo hicieron dentro de las poderosas unidades guerrilleras soviéticas, en la retaguardia invasora, sufrieron enormes pérdidas cifradas en un 30 o 40 por ciento de muertes. Y ello sin contar a los jóvenes españoles movilizados en el cerco de Leningrado, fallecidos en su inmensa mayoría.
Todos estos españoles pidieron, desde el primer momento y en masa, un puesto en primera línea de combate. Movidos por sus ideales comunistas, no podían menos que manifestar así su agradecimiento al Estado soviético que les había ayudado durante la Guerra Civil, acogiéndoles posteriormente una vez derrotados. Además, no lo olvidemos, y salvo Mongolia Exterior, la Unión Soviética era el único país donde el comunismo se había implantado; por lo que era obligado defender a la Patria del proletariado. Incluso algunos buscarían desquitarse de la reciente derrota sufrida en su patria natal; no obstante, Stalin jamás permitió que, con ocasión de la presencia de la División Azul entre los invasores, se reprodujera una escenario -a escala- de la pasada guerra civil española.
Daniel Arasa, al igual que en otros de sus libros, nos enmarca magníficamente las peripecias padecidas por estos españoles en el contexto histórico mundial, a la vez que lo hace –igualmente- en la situación interna de la dirección comunista española resultante de la prematura muerte de José Díaz y la rivalidad por el liderazgo existente entre Jesús Hernández y Dolores Ibárruri, Pasionaria, quien ofrendaría con la vida de su hijo Rubén Ruiz Ibárruri, entregada en el frente de Stalingrado el 3 de septiembre de 1942, su fidelidad a Stalin. Pero el autor también entra en esas historias que casi nunca cuentan; como las de aquellos niños que, para sobrevivir, derivaron a la delincuencia, o en las de quienes fueron dispersados por Siberia y Asia central soviética.
El autor tiene la capacidad de presentar un relato detallado y muy preciso, fresco y vivaz; pero también inequívocamente crítico con diversas expresiones del totalitarismo sufrido por millones de personas de tantas nacionalidades y que llevó, igualmente, a algunos españoles, comunistas convencidos, a los campos de concentración soviéticos sin motivo aparente. Tampoco escaparon, pues, de una de las más sorprendentes expresiones de un terrorismo estalinista que, además de perseguir a sus enemigos, también anulaba, con peregrinas excusas, a muchos de sus incondicionales. Por cierto, en tales campos coincidirían con la inmensa mayoría de los desertores de la División Azul, unos 70; compartiendo, inexplicablemente, reclusión y padecimientos durante una década en un lastimoso y asombroso periplo por la más triste geografía soviética.
Daniel Arasa, en este texto, desarrolla otra virtud: su constatada capacidad de extraer lo más positivo de los seres humanos; sin que por ello ignore sus miserias, contradicciones y graves errores de todo tipo. Por ello, las últimas líneas del libro comentado reflejan magníficamente tal espíritu. Después de recordar que las intensas experiencias vividas en la Unión Soviética reforzaron los ideales comunistas de algunos de esos españoles y, por el contrario, para otros acarrearon su decepción más absoluta, finaliza afirmando que «Sin embargo, unos y otros –y a ellos se suman los que combatieron en las filas del otro bando, la División Azul- coinciden en un punto: el pueblo de los países que formaban la URSS es una gente maravilosa por su bondad, su sencillez y su generosidad».

 

 

Altar Mayor, Nº 106, marzo-abril de 2006

Ester y Ruzia: dos judías en las entrañas del totalitarismo estalinista.

Una interesante sorpresa editorial: los recuerdos de dos judías que sufrieron en sus carnes los rigores del estalinismo, sobreviviendo y transmitiendo sus vivencias a su nieta escritora.

 

                Masha Gessen es una periodista norteamericana afincada en Moscú. Allí han vivido la mayor parte de sus vidas sus dos abuelas: Ester y Ruzia. De las innumerables conversaciones mantenidas con ellas, y de los recuerdos familiares desgranados y rememorados con admiración en incontables eventos, brota este relato histórico: Ester y Ruzia. Unas memorias familiares. De las purgas de Stalin al Holocausto y del auge del sionismo a la caída del comunismo (Ediciones Península, Barcelona, 2006, 318 páginas).

 

                El largo subtítulo nos habla de los hitos históricos que marcarán las existencias de las dos familias, ambas judías, protagonistas de esta apasionante y dramática historia.

 

Ester nace en una familia sionista militante, aunque atea, de Bialystok; una floreciente ciudad de la que formaba parte una de las más numerosas y creativas comunidades judías de la Polonia oriental y que será ocupada, inicialmente, por los soviéticos en 1939. Esta circunstancia le permitirá trasladarse a estudiar a Moscú. Poco después, su madre será deportada por los rusos a Asia central. Por su parte Jakub, su padre, a la espera de juicio como burgués contrarrevolucionario, se librará milagrosamente de la deportación; pero, al situarse al frente de su comunidad a raíz de la ocupación alemana que sigue a la invasión de la Unión Soviética, desaparecerá en el Holocausto.

 

                Ruzia es otra judía, pero fruto de una familia producto de un tan alardeado igualitarismo soviético para el que el origen racial, al menos nominalmente, era indiferente.

 

                Ambas sobrevivirán a la Segunda Guerra Mundial con enormes sufrimientos, perdiendo a sus primeros maridos. No obstante, harán lo indecible por estructurar una vida familiar, a partir de sus padres supervivientes, los hijos que nacen en su transcurso, los maridos que les acompañarán sucesivamente, y sus amigos.

 

Aunque les unen muchas cosas (son muy vitales, se mantienen fieles a su identidad judía, se centran en sus familias, son intelectuales y grandes lectoras), afrontarán la realidad de manera distinta. Así, Ester será una rebelde, llegando a enfrentarse al NKVD, que tratará de reclutarla. Por su parte, Ruzia se ganará la vida como censora, tanto de crónicas periodísticas como de traducciones de obras literarias de autores extranjeros, de modo que conocerá en sus entrañas algunos de los más perversos y sutiles mecanismos del totalitarismo soviético. Y, ambas dos, tendrán que sortear las trampas del sistema; lo que lograrán hacerlo con bastante fortuna. Llegarán a conocerse un día, de cuya circunstancia se derivará, años después, la llegada a la vida de nuestra narradora.

 

                Sus vidas son inseparables de la atmósfera asfixiante de un estalinismo progresivamente paranoide: las hambrunas, las sucesivas purgas, el Gran Terror, el antisemitismo, el permanente miedo a la delación, un control social formal e informal absolutos, etc.

 

                El texto desenmascara por completo la perversidad del totalitarismo. Pero deja en el aire, aunque esboce algunas posibles respuestas, una pregunta que puede responder el lector. A la muerte de Stalin, tanto verdugos, como sus víctimas, y los hijos de todos ellos, se sintieran huérfanos y desorientados. ¿Cómo fue posible ello? Esa absoluta dependencia psicológica de Stalin fue, acaso, uno de sus logros más diabólicos. Ester y Ruzia, por el contrario, fueron excepciones, pues para ellas su desaparición constituyó una fuente de alegría y esperanza; pórtico de una verdad oculta y negada sistemáticamente.

 

                A pesar de su ateismo, su identidad cultural judía, que les hace valorar especialmente el espacio humano de la familia, les permitirá sobrevivir. No obstante, ello presenta una evidente paradoja, que ya advierte Serguéi, segundo marido de Ester a quien nunca «consiguió hacerle comprender cómo era posible que la realidad de su nacimiento, de un idioma no utilizado, de una religión no practicada y de un país remoto constituyera el componente más importante de su ser» (página 281). Pero, en esta época de implacable homogeneización cultural, ¿mantendrán su identidad los descendientes de Ester y Ruzia? Esta inevitable pregunta nos lleva a una importante cuestión, objeto de permanente debate en el judaísmo, pero que también nos afecta a los cristianos. Así, la identidad judía, ¿puede prescindir de su base religiosa y mantenerse operativa? No parece sencillo; siendo mayor que nunca el riesgo de una total asimilación de no apoyarse en una fuerte experiencia comunitaria y espiritual. Pero no queremos cerrar este debate, sino estar atentos al mismo; no en vano, el pueblo judío ha conservado identidad al mantenerse fiel a su tradición espiritual; más allá de una sentimental pertenencia racial. Un motivo de reflexión, en todo caso, para los mismos cristianos. Por todo ello, echamos de menos, en este texto, una más profunda exploración del sentido de la trascendencia humana.

 

                Un libro, en definitiva, magníficamente narrado, teñido por una fuerte sensibilidad femenina, y de profundas resonancias históricas.
               

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103 de marzo de 2006

 

El exilio republicano de Milagrosa Romero Samper.

      Siguiendo la estela de los textos de Donato Barba y Pío Moa, dedicados por Ediciones Encuentro a estudiar la oposición durante el franquismo, en concreto a democristianos y cierta extrema izquierda respectivamente, corresponde a Milagrosa Romero Samper encarar el reto de presentarnos una panorámica del llamado exilio republicano. Y lo supera magníficamente.

 

                Ediciones Encuentro nos sigue ofreciendo, convenientemente dosificadas y respondiendo a una cuidada selección, novedades de su colección La oposición durante el franquismo. En esta ocasión, después de exponernos a los grupos democristianos de la pluma de Donato Barba y las experiencias en la extrema izquierda de Pío Moa, le ha correspondido a la historiadora Milagrosa Romero Samper analizar el complejo, siempre subjetivo y mitificado, exilio republicano*.

 

                Pero, aunque algún lector manifestara temores ante esta temática, una virtud contundente del texto le animará en su lectura hasta el final: su absoluto dominio del idioma. No sobra una palabra. Todo dato y cada reflexión encuentran perfecta expresión escrita. No siempre, sobre todo entre historiadores jóvenes, tal virtud está presente. Podemos afirmar que este libro es un ejemplo magnífico de impecable escritura, perlada de sutiles ironías y suaves, pero no por ello menos contundentes, afirmaciones y conclusiones.

 

                El libro incorpora varias novedades. Así, el primer exilio que estudia es el de los asilados en las embajadas y consulados extranjeros durante la Guerra Civil; que afectó especialmente a personas de la derecha que buscaron, en buena medida, su ulterior incorporación a la España nacional. También, al hablar de las fuerzas políticas presentes entre los exiliados y emigrantes españoles, se estudia, con la misma dedicación que a cada una de las fuerzas republicanas, a la Falange y a los monárquicos, que contaron con no pocos seguidores entre los españoles emigrados, especialmente en la América Hispana.

 

                La introducción del libro –consideraciones historiográficas sobre el exilio- proporciona útiles precisiones y sugerencias que permitirán afrontar con mayor lucidez las lecturas posteriores.

 

                La Primera parte analiza y desmenuza la salida de España: asilo en embajadas, niños de Moscú y de Morelia, la Casa de España en México, los campos de refugiados, las vías diplomáticas, los organismos de ayuda a los refugiados (SERE y JARE, fundamentalmente), y las limitaciones a la emigración americana.

 

                La Segunda parte ofrece un lúcido panorama de la política fuera de España: la división de fuerzas tras la derrota, los grupos políticos del exilio, los proyectos políticos (las diversas Juntas), la configuración del «legitimismo» republicano, el bloqueo internacional al régimen y su posterior decaimiento, la evolución política del exilio paralela a la consolidación del régimen; cerrando esta parte con unas interesantes consideraciones sobre la llamada «Tercera España».

 

                Su epílogo, Donde habita el olvido, proporciona unas desapasionadas pero clarividentes consideraciones en torno al fenómeno de la llamada recuperación de la memoria histórica y la batalla cultural y política en ella subyacente, y otras consideraciones de máxima actualidad. Unas páginas memorables, cuyas conclusiones inquietarán al lector, pues confirman la indisimulada voluntad política e historiografía de ciertas izquierdas en su consciente proyecto de modificación de la conciencia histórica nacional; lejos de la objetividad y el sentido común, y prescindiendo del sentido de realidad.

 

                Las izquierdas, ya en el exilio, persistieron en algunos de sus grandes defectos: división, enfrentamientos, pérdida del sentido de la realidad, ruptura entre teoría y acción. Tuvieron que desaparecer físicamente los grandes protagonistas del Frente Popular y del exilio republicano (Azaña, Largo Caballero, Prieto, Negrín, Martínez Barrio…) para que sus herederos contactaran con la pequeña oposición interior y retomaran el pulso real del pueblo español. Anticomunismo de unos, legitimismo republicano de otros, alineamiento con las posturas de la URSS por parte de los siempre poderosos comunistas, autoexclusión de los nacionalistas vascos… todo ello se traba –en este libro- en peculiar simbiosis con los grandes eventos internacionales: evolución de la Segunda Guerra Mundial, triunfo de las potencias aliadas, división de Europa, creación y evolución de Naciones Unidas; en los diversos proyectos exteriores impulsores de un cambio más o menos pacífico en España. Y siempre con la perspicacia e indudable anticipación de futuro de un hábil Francisco Franco.

 

                Un magnífico trabajo de Milagrosa Romero Samper que no debiera pasar desapercibido.

 

 

(*) La oposición durante el franquismo/3. El exilio republicano.
Milagrosa Romero Samper.
Ediciones Encuentro, Madrid, 2005, 340 pp.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103, marzo de 2006

 

“La farsa de la autodeterminación. El Plan Ibarretxe: al asalto del País Vasco y España” (Ediciones Áltera, S.L.).

Santiago Abascal Conde. “La farsa de la autodeterminación. El Plan Ibarretxe: al asalto del País Vasco y España”. Prólogo de José María Aznar. Ediciones Áltera, S.L. Barcelona. 2005. 378 pp.

 

 

Todas las reclamaciones y estrategias políticas desplegadas por el nacionalismo vasco, a lo largo de su historia, están unidas por el mismo hilo conductor: una particular interpretación del derecho de autodeterminación externo o de secesión.

 

El tantas veces mencionado, y escasamente conocido en profundidad, derecho de autodeterminación de los pueblos, en su proyección externa, ha sido contemplado por Naciones Unidas exclusivamente en supuestos coloniales y de regímenes racistas. No obstante esta acepción mayoritaria, ha sido el hilo conductor de todas las reclamaciones y estrategias desplegadas por el conjunto del nacionalismo vasco a lo largo de su historia; particularmente en las últimas décadas. El nacionalismo vasco lo interpreta, desde su íntima naturaleza excluyente y con una mirada antidemocrática, como el derecho a la secesión de un supuesto “Pueblo Vasco” de España. Y, para ello, niega sin pudor alguno la existencia de la soberanía nacional detentada por el pueblo español.

 

El nacionalismo vasco, más allá de matices doctrinales y partidarios, está unido por la misma pretensión: la independencia. Y sabe perfectamente que la misma no es admisible desde las previsiones legales de la Constitución española; y ello es así por mucho que se violente alguna peculiar interpretación de unos pocos de sus preceptos. Pero tampoco lo es desde el vigente Estatuto de Autonomía. Por ello, el Plan Ibarretxe no podía prosperar en el actual marco normativo... salvo que un sector sustancial de sus defensores se rindiera ante las pretensiones secesionistas.
Al nacionalismo no le falta, ciertamente, una cualidad: la tenacidad,  que seguramente carecen los actuales dirigentes socialistas, traicionando de esta manera su propia tradición política, incompatible en sus esencias con las raíces etnicistas y las pretensiones del nacionalismo vasco. Por ello, su enésimo intento de secesión revistió esa forma concreta: el Plan Ibarretxe. La elecciones autonómicas vascas del pasado 17 de abril enterraron, aparentemente y según el juicioso criterio de muchos analistas, al citado plan. Pero ello no quiere decir, en absoluto, que el nacionalismo renuncie a sus pretensiones. Todo lo contrario. Lo de menos es el nombre del intento, pues seguro que en breve nos encontraremos ante una nueva versión del anterior. Y más cuando creen percibir, entre sus oponentes políticos, cansancio, desmoralización... y entreguismo. Pues, ¿cómo calificar la actitud socialista mostrada ante Ibarretxe, nada más presentar su plan, asegurándole, en palabras de José Luis Rodríguez Zapatero en el Congreso de los Diputados el 1 de febrero de 2005, “…voluntad de diálogo, optimismo en las posibilidades de llegar a un encuentro…”? Y, si al PNV le faltan ideas, que se las pidan a las chicas del PCTV, que seguro que las tienen.

 

Santiago Abascal ha dado en la diana: el Plan Ibarretxe sólo es una expresión más del ejercicio del derecho de autodeterminación a la manera de los nacionalistas secesionistas y etnicistas. Por ello su libro es tremendamente actual; proporcionando una magnífica visión de conjunto de toda la trayectoria nacionalista, de sus mitos, razones, objetivos y estrategias. Pero, también, realiza un magnífico recorrido por los orígenes y diversas formulaciones del derecho de autodeterminación, estudiando su recepción en el derecho internacional y en diversos derechos nacionales.
España está en crisis. Su misma naturaleza está cuestionada. El actual marco legal de convivencia, que ha funcionado razonablemente bien en las últimas décadas, también sufre una profunda revisión. Pero el mérito no corresponde tanto a los nacionalistas –es su obligación intentarlo, en definitiva- como a un PSOE que ha olvidado su propia tradición política; irresponsablemente, pues no ignoran los enormes riesgos. Bien les vendría estudiar la Historia, recordar los fundamentos y las razones que hicieron posible la Constitución de 1978, y aplicar un poco de su –casi- infinita capacidad crítica a los fundamentos y pretensiones nacionalistas. Si los socialistas fueran más coherentes, la crisis ya se habría superado.

 

Mientras ello acontece, hace bien Abascal en recordar y fundamentar algunas premisas básicas: el derecho de autodeterminación ni es un derecho, en la formulación nacionalista, ni es democrático. Es el pueblo español el titular de la soberanía nacional. Existe un derecho incuestionable y escasamente alegado: el de la unidad de la nación española. Y existe un marco constitucional que encaja todo ello y lo hace posible democráticamente.
Los riesgos implícitos en la alternativa nacionalista son muchos: crispación, tensiones  colectivas, exclusión de los no nacionalistas... No merece la pena intentarlo. Así lo señala el sentido común y la lógica democrática. Por todo ello, bienvenido sea este libro; con sus razones, reflexiones y argumentos.
El Semanal Digital, 22 de mayo de 2005

“En busca de Andreu Nin. Vida y muerte de un mito silenciado de la Guerra Civil” (Plaza & Janés).

José María Zavala “En busca de Andreu Nin. Vida y muerte de un mito silenciado de la Guerra Civil”. Prólogo de Stanley G. Payne. Plaza & Janés. Barcelona. 2005. 582 pp.

 

Investigando la verdad sobre la desaparición del líder revolucionario Andreu Nin durante nuestra Guerra Civil, el autor nos traslada hasta el corazón de la Revolución rusa y los entresijos de la presencia soviética en España, desvelándonos la naturaleza genocida del experimento comunista.

 

José María Zavala propone, al lector, un viaje que él mismo inicia en Alcalá de Henares, última localidad que vio con vida al famoso dirigente revolucionario Andreu Nin; y que desemboca fatalmente en un episodio español de la orgía de sangre que supuso para Rusia, y miles de comunistas de otros muchos países, las sucesivas purgas desatadas por Stalin.

 

Andreu Nin fue uno de los dirigentes comunistas más atractivos de la época, y uno de los pocos españoles que conoció profundamente la realidad de la Unión Soviética; quedando deslumbrado por sus “logros revolucionarios”, pero ignorando el infinito dolor desatado. Habiendo militado en todas las organizaciones revolucionarias de la época, recalará en la “patria del socialismo”, donde permanecerá nueve años, incorporándose a las estructuras burocráticas de la Internacional Sindical Roja. Allí simpatizará con las posturas políticas de la llamada “Oposición de Izquierdas”, alineándose con León Trotski. Ya en España, se empeñará en la construcción de un partido comunista crítico con la burocratización y la pérdida de las esencias revolucionarias, según sus análisis, experimentadas en la Rusia Soviética y atribuidas a Stalin. Con el concurso de otros comunistas radicales, nació de su impulso el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), acusado en 1937 de trotskismo por los estalinistas del Partido Comunista de España; pese a que había roto con la disciplina de la Internacional de Trotski años atrás.

 

Cientos de miles de comunistas rusos, opositores de cualquier tendencia y personas de todas las condiciones (incluida la mayor parte de la vieja guardia bolchevique), fueron víctimas de las sucesivas purgas organizadas por Stalin y sus secuaces. Los trotskistas se convirtieron en objetivos preferentes de las mismas; de manera que también el POUM fue colocado en primera fila de una larga serie de enemigos mortales a exterminar. Aprovechando su penetración en las estructuras de la república del Frente Popular, los ejecutores más fieles de la política estalinista, encabezados por Alexander Orlov, jefe del NKVD en España, desplegaron una verdadera conspiración. Su objetivo era representar, con los hombres del POUM como víctimas propiciatorias, un proceso análogo a los desarrollados en Moscú –supuestamente- en defensa de la revolución frente a todo tipo de enemigos, interiores y exteriores, reales o ficticios. Así, fueron acusados de ser agentes franquistas y de la Gestapo, mediante pruebas falsificadas que los implicaban presuntamente en una red de espías quintacolumnistas. Nin y el POUM se convertirían en víctimas cualificadas de los sucesos de mayo del 37 en Barcelona, que consolidaron el predominio comunista en Cataluña a costa del desplazamiento de la anarcosindicalista CNT de la dirección del Frente Popular.

 

Nin resistió las bárbaras torturas que le sometieron. Ello le honra: decenas de miles de comunistas rusos y de otras muchas nacionalidades, cedieron a las presiones, chantajes y torturas, y terminaron reconociendo increíbles acusaciones “fabricadas” a conveniencia por los chequistas, lo que no les salvó la vida, ni las de sus familiares presentados como moneda de cambio. Nin tampoco sobrevivió; ni siquiera se conoce el destino último de su cuerpo torturado. Pero es seguro que no cedió, resistió, murió en el empeño y salvó al POUM de su anunciado exterminio.

 

Nin fue un dirigente comunista independiente: bien formado, reflexivo, carismático, trabajador, austero… Todo ello, no obstante, no le exonera de su responsabilidad en la hecatombe de la Guerra Civil. Tampoco pretendió implantar un comunismo “de rostro humano”. Los juicios de Stanley G. Payne, en esa dirección, expresados profusamente en su libro Unión Soviética, comunismo y revolución en España (1931-1939), editado en 2003 por la misma editorial, son irrebatibles. Sus invocaciones a la guerra civil sin consideración alguna de sus dramáticas consecuencias humanas, su tremendista violencia verbal, los llamamientos a la lucha sin cuartel contra las clases sociales enemigas y la Iglesia, su defensa a ultranza de la revolución…, anunciaban sin retórica alguna sus objetivos reales: la implantación en España de una república socialista más radical, si cabe, que la rusa. El POUM, a su manera, aunque no influyó decisivamente en la marcha general del conflicto, contribuyó a su desencadenamiento y a su prolongación. Tácticamente se equivocaron, pues se esforzaron para que la revolución avanzara paralelamente a la marcha de la guerra. Y se enfrentó, por ello, a un implacable PCE que, ejecutando ciegamente las personalísimas y en ocasiones desconcertantes órdenes de Stalin, impulsaba una estrategia por etapas, aunque también con la mirada puesta en una república de nuevo tipo, en transición a la dictadura del proletariado.

 

José María Zavala ha escrito un libro tan apasionante como riguroso. Sus apéndices son extraordinarios: diversos documentos facsímiles, y sus transcripciones, decisivos para la aclaración de las circunstancias concretas en que Nin fue asesinado. Dentro de esa documentación destaca el mismísimo expediente policial de Nin, elaborado durante varios lustros. Una cronología, la relación de los trabajos publicadas por Nin, y una bibliografía comentada de las 30 obras fundamentales editadas al respecto, completan un texto cuya lectura golpeará la sensibilidad del lector.

 

 

El Semanal Digital, 30 de abril de 2005

“Contra la balcanización de España” (La Esfera de los libros, S.L.).

Pío Moa. “Contra la balcanización de España”. La Esfera de los libros, S.L. Madrid. 2005. 217 pp.

 

 

 

El historiador Pío Moa está tomando la palabra, en la ágora nacional, con determinación; no en vano, asegura, la democracia y la convivencia españolas sufren una agresión sin precedentes que únicamente puede acarrear sufrimientos innecesarios.

 

 

Pío Moa, especialmente conocido en su faceta de concienzudo historiador, pero también como polemista crítico e independiente, lanza con su reciente libro, una voz de alarma: la democracia española atraviesa una profunda crisis. Y los principales responsables de la misma serían, a su juicio, los movimientos secesionistas de los nacionalismos vasco y catalán, así como un terrorismo islamista que ha logrado trastornar el rumbo del país. A todos ellos les unirían varios objetivos comunes: destruir la unidad y la democracia españolas (según recoge en la página 20 del libro que reseñamos). Pero, en esta labor disolvente, contarían con cierta aquiescencia de la izquierda española.

 

 

Nos encontraríamos, así, en una paradójica situación: valores generalmente enarbolados por la izquierda “progresista”, como son la igualdad ante la ley, el pluralismo y la fraternidad, habrían pasado, merced a semejante deslizamiento, a ser patrimonio del denostado y demonizado nacionalismo español. Pero Moa, ahí, matiza. Se trataría no tanto de un nacionalismo cerrado, excluyente y totalitario, sino de un verdadero patriotismo liberal extremadamente respetuoso con la diversidad intrínseca de las Españas.

 

 

El patriotismo español sería, para muchos, la fuente de todos los males; y los nacionalismos disgregadores, por el contrario, la fotografía de un futuro mejor y sin tensiones... Pero, tal concepción olvida que, según nos recuerda Moa, “... la aportación nacionalista ha consistido sobre todo en crear problemas innecesarios, perturbar la convivencia y socavar las libertades: en suma, ha contribuido a las convulsiones del siglo XX, junto a los movimientos revolucionarios que han hecho fracasar por dos veces la democracia”.

 

 

La izquierda española, particularmente la encabezada por Rodríguez Zapatero, estaría iniciando una segunda Transición, pero ¿hacia dónde? Ya sabemos, eso sí, lo que pretenden los secesionistas: una nueva Constitución que ampare la independencia, de hecho, del País Vasco y Cataluña, apenas maquillada con alguna retórica formulación común. Por ello, es dramática la pérdida de la conciencia histórica por parte de una izquierda que está renunciando a su tradición política, en lo que tiene de integradora de los pueblos de España.

 

 

Dar cancha a los terroristas es muy peligroso, nos recuerda por otra parte Moa. Lo que para Rodríguez Zapatero son manifestaciones de “buen talante”, para los terroristas son muestras de debilidad y, por lo tanto, cuña con la que arrancar más y más exigencias. Por ello, ya que la presente batalla política se plantea, ante todo, en el terreno de la opinión pública, es necesaria una movilización ciudadana que defienda las bases políticas que le han permitido alcanzar niveles nunca conocidos de bienestar económico, libertades individuales y públicas, y seguridad jurídica: la concepción democrática de una España plural que parte de la realidad y de la verdad histórica.

 

 

Moa vuelve a sorprendernos. A su juicio, los regeneracionistas incurrieron en el mismo mal que nacionalistas e izquierdistas desmemoriados: una interpretación ideológica e irreal de la Historia de España. Y es que, nuestro autor, de esta manera mete el dedo en la llaga de tantos males contemporáneos. Las ideologías, particularmente las totalitarias, interpretan la realidad; en lugar de asumirla como un hecho verídico sobre el que asentar una convivencia colectiva y un destino compartido.

 

 

Ya hemos comentados, en otros espacios, diversos libros de Moa. Siempre nos ha impactado su libertad, independencia y rigor como investigador. Pero esos frutos no nacen de un voluntarismo apriorístico. Ello brota de una percepción de la realidad sin filtros que la distorsionen. Por el contrario, España, la visión de España, está siendo distorsionada sin piedad. Algunos han inventado diversas imágenes de España que no corresponden en absoluto con la realidad: así, Al Ándalus sería el mejor ejemplo de una sociedad tolerante, desarrollada y abierta. Pero la anterior, al igual que otras recreaciones de nuestro pasado y muchos proyectos sobre nuestro futuro, son más un fruto del prejuicio ideológico y de los propios gustos, que de la clara percepción de una verdad tozuda que los desmienten.

 

 

Así estamos. Si todo es relativo, no importa la Historia, ni el pasado, ni la realidad: prevalece, por encima de todo, el propio deseo, el proyecto ideológico y cualquier “moda”. Pero, lo más dramático de esta situación no es sólo el autoengaño en que muchos caen, sino la distorsión de la convivencia y la irresponsable negación de unas razones que facilitaron nuestro devenir colectivo. Todo ello violentado, además, por la pretensión de encaminarnos, se quiera o no, en un dirección desconocida que, si miramos a otras experiencias análogas de nuestro pasado (las crisis de 1923 y 1936), sólo puede presagiar calamidades y sufrimientos innecesarios.

 

 

 

El Semanal Digital, 23 de abril de 2005

 

 

“Tres manzanas cayeron del cielo” (El Cobre Ediciones, S.L.).

Micheline Aharonian Marcom. “Tres manzanas cayeron del cielo”. El Cobre Ediciones, S.L. Barcelona. 2005. 268 pp.

 

 

 

Esta novela, a partir de los recuerdos de una superviviente, y desde la sensibilidad femenina de su nieta narradora, nos introduce en los “hitos” del genocidio armenio de 1915.

 

 

 

No es posible acompañar al trágico destino del pueblo armenio abocado a su genocidio en 1915, recorriendo estas páginas escritas por la descendiente de una superviviente, sin experimentar un profundo dolor.

 

 

Es una novela que destila, por todos sus poros, la sensibilidad volcada por la escritora sobre el tesoro de los dolorosos recuerdos de su abuela. Con trazos breves, pero vigorosos e intensos, describe con maestría un mundo que desaparece, siendo eliminado implacablemente en todas sus expresiones.

 

 

No elude escenas sangrientas que describen, certeramente, las fases de un genocidio racionalmente diseñado por sus instigadores, los “Jóvenes Turcos”. Acreditado por diplomáticos, misioneros, militares e historiadores, para ello se siguieron sucesivas fases: la eliminación de seiscientos de sus intelectuales y dirigentes (acción ejecutada un 24 de abril; fecha elegida por las comunidades armenias de la diáspora para conmemorar el genocidio); la eliminación de todos los hombres armenios de Turquía con edades comprendidas entre los 15 y los 45 años; la deportación y muerte por inanición de un millón de personas por los desiertos de Siria. Además, muchas mujeres y niños fueron raptados y violados; el patrimonio personal y cultural de todos ellos, destruido; su riqueza, expropiada… Millón y medio de personas fueron eliminadas sistemáticamente en un primer genocidio, del siglo XX, que apenas toleró la supervivencia de unos pocos testigos impotentes y abrumados.

 

 

Las mujeres son, tristemente, las principales protagonistas de este drama; no podía ser de otra manera, pues sus varones ya habían sido eliminados al poco de ser llamados a filas (una mera excusa, transformándose las trincheras por ellos cavadas en sus propias fosas comunes). Hasta 1918, en que se consumó la fase más cruel del genocidio (matanzas de armenios hubo otras, anteriormente, y también posteriores hasta 1923), esas mujeres fueron testigos y víctimas de lo acaecido, adaptándose, sobreviviendo y, en la mayoría de los casos, sucumbiendo, con sus miedos y leves esperanzas a un destino incierto y pavoroso.

 

 

Diversos personajes llenan de vida a estas asfixiantes y claustrofóbicas páginas: Anaguil, verdadero hilo conductor de la novela, nos mostrará todo un mundo desde el velo que le permite vivir al resguardo de una familia musulmana a la que paga periódicamente por permitirle sobrevivir; Lucine, una criticada amante del cónsul americano; Sargis, poeta que enloquece al permanecer oculto en un agujero con la única visita de su madre; Dickran, uno de tantos bebés muertos por inanición en el transcurso de la deportación, quien, desde sus “recuerdos”, traza algunas de las líneas más conmovedoras del libro… Enraizados en su pueblo, Mezre, y en su cultura, sufren la agonía de sus gentes, en circunstancias personales muy distintas, pero también en una común e incierta “prórroga” de sus vidas.

 

 

El peso de los rumores, la leve esperanza de la incertidumbre, la necesidad de sobrevivir día a día, el intimismo de la convivencia, el sufrimiento añadido del engaño, la obligada venta de los objetos de valor y cotidianos que daban forma a una, ya, desaparecida vida apacible y que reclaman la memoria de los ausentes añorados… Un libro lacerante que conmueve al lector, denuncia a los genocidas, proporciona rostro a las víctimas… y contribuye a mantener viva la cultura de un pueblo.

 

 

El padre de la protagonista ofrecerá su cuello, estirándolo, al verdugo que lo degollará. Mansamente y con resignación. Por los libros de historia sabemos también hubo algunos casos de resistencia armada. Pero fueron los menos. Lo entonces allí acaecido, aún no reconocido por Turquía, fue un verdadero genocidio, pues, conforme a ese concepto determinado por Naciones Unidas en 1948, un Estado, el turco, en nombre de una ideología intentó exterminar por completo a un pueblo milenario, sirviéndose de todo su poder y sin permitirle oportunidad alguna de supervivencia. Por ahorcamiento, inanición, fusilamiento, por fuego, ahogamiento… hombres, niños, mujeres embarazadas. Nadie debía salvarse.

 

 

Pero unos pocos lo lograron y todavía hoy, de la mano de sus descendientes, siguen denunciando una verdad ocultada al mundo de la que nadie ha rendido cuentas.

 

 

Para que no se olvide. Para que no se repita nada semejante.

 

 

 

El Semanal Digital, 9 de abril de 2005