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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Reseñas bibliográficas

“El desafío cristiano. Propuestas para una acción social cristiana” (Editorial Planeta, S.A.).

Josep Miró i Ardèvol. “El desafío cristiano. Propuestas para una acción social cristiana”. Editorial Planeta, S.A. Barcelona. 2005. 296 pp.

 

El laicismo excluyente pretende que el Estado expulse a la religión de la vida pública. En este contexto, ¿puede el catolicismo impulsar la regeneración moral y política de esta sociedad?

 

El pasado 15 de marzo, de la mano del rector de la Universidad Abat Oliba-CEU de Barcelona, Josep María Alsina Roca, y del máximo líder convergente, Artur Mas i Gavarró, se presentó públicamente el nuevo libro de Josep Miró i Ardèvol, uno de los rostros más conocidos del nuevo catolicismo social español.

El subtítulo del mismo expresa claramente su intencionalidad: sacar al cristianismo de las sacristías y de la atonía, y proponerlo, desde la carne de una comunidad humana responsable y atractiva, como un instrumento positivo para la regeneración moral, social y política de toda nuestra sociedad. Pero se trata de una propuesta, también, abierta a toda persona y sensibilidad colectiva –agnósticos, de otras religiones, etc.– preocupadas por el futuro común. Casi nada.

Partamos de una premisa: el volumen constituye, sin duda, el texto programático más novedoso y ambicioso elaborado, desde el catolicismo social español, en las últimas décadas de vida pública.

Pero no se trata de un programa teórico nacido en un laboratorio de ideas bien resguardado de los rigores de la vida real. Al contrario: nuestro autor conoce bien el terreno que pisamos todos los días y que está modelado desde la ideología de la desvinculación y un laicismo excluyente particularmente anticatólico.

El producto del modelo social, impuesto desde el poder dominante, difundido gracias a la casi absoluta unanimidad mediática y política, es una sociedad desestructurada, fragmentada, integrada por individuos atomizados y debilitados cuyo principal norte vital es la satisfacción inmediata del deseo y la huida del sufrimiento. El autor es consciente de todo ello, desmenuzando pacientemente en su obra esta realidad, con la precisión de un cirujano, al analizar los efectos de la desvinculación: la crisis de la familia, la idolatría política, la manifiesta injusticia social y la ruptura antropológica que mediante leyes y técnicas pretende modificar la propia naturaleza humana. Pero una cosa debe quedar clara: lo peor, en términos sociológicos y con sus devastadores efectos humanos, todavía está por venir.

El declive demográfico, una creciente violencia social, la pérdida del sentido de la existencia, la exaltación de una vida personal que contradictoriamente admite su limitación utilitarista en el inicio (aborto) y término (eutanasia), un discurso pacifista que sin una base ética profunda tolera la existencia de decenas de guerras en todo el mundo, la injusticia social integrada como espectáculo... Ante semejante panorama, podría propugnarse la creación de una sociedad alternativa y esperar la crisis final. Josep Miró i Ardèvol propone lo contrario: discernir la realidad, encauzar socialmente a las fuerzas sociales creativas, y proponer una regeneración, moral y política, desde la identidad católica. Ciertamente, no debería ser de otra manera: el catolicismo, por su universalidad y su vocación de respuesta a todas las circunstancias humanas, debe presentar rostro y palabra al mundo... aunque no siempre lo haya hecho.

El poder dominante actual pretende que, entre el individuo y el todopoderoso Estado, no exista nada. Por ello, no admite a una Iglesia que, en este contexto, deviene en "contracultura" al proponer sentido y casa a los hombres y mujeres de hoy. Pero no toda la posmodernidad es hostil. Y de ello se sirve el autor para proponer, desde una base intelectual multidisciplinar muy sólida, un plan de acción que movilice a una de las escasas identidades sociales que, a pesar de todo, permanece viva y operativa.

Y, para quienes todavía alberguen algunos reparos hacia las propuestas de esta personalidad pública, de firmes y nunca disimuladas convicciones catalanistas, proponemos, para su apreciación, una breve cita procedente de su página 142: "Afirmar la catalanidad no es negar que se sea español, sino formular otra concepción diferente del ser de España". Una prueba más de la universalidad que se deriva del hecho cristiano, lo que facilita una amplia plataforma para la posible convergencia de las distintas sensibilidades del catolicismo social frente a los dramáticos retos actuales.

El panorama editorial de los libros y autores católicos ofrece, cada año, cientos de títulos de todo tipo. El que comentamos, por todo lo expuesto, no es uno más. Y si la esperanza que porta no llega a fructificar, se deberá a uno, o a ambos, de los motivos siguientes: o el poder estatal laicista termina imponiendo su proyecto hegemónico, anulando toda resistencia cívica; o el incipiente movimiento social que invoca no logra concitar las fuerzas precisas que el reto exige; encontrándose la sociedad española, en cualquier caso, más desarmada de lo estimado. El autor, pese al dramático análisis de la realidad social efectuado a lo largo del libro, considera que se está, todavía, a tiempo. Esperemos que no se equivoque.
El Semanal Digital, 26 de marzo de 2005

“Del poder y de la gloria” (Ediciones Encuentro).

Rafael Navarro-Valls. “Del poder y de la gloria”. Ediciones Encuentro. Madrid. 2004. 344 pp.

 

 

No es común que un libro de ensayos ya publicados, años atrás en otro medio, presente unos contenidos frescos y actuales. Este texto es una de esas excepciones.

 

 

El gran protagonista del libro de Rafael Navarro-Valles, que agrupa artículos publicados fundamentalmente en el diario El Mundo (en un arco temporal trazado desde el 19 de marzo de 1989 al 25 marzo de 2004), es el poder: tanto el temporal como el espiritual. Agrupados temáticamente, y cronológicamente a su vez, los divide en cinco partes: Del poder; De la gloria; Las “divisiones acorazadas” de Juan Pablo II; Sexo, Matrimonio y Derecho; Cultura y Universidad; Conciencia contra ley.

 

 

Por lo que respecta a la primera parte, es decir, la que reflexiona en torno al poder, se centra fundamentalmente en la trayectoria de los presidentes de los Estados Unidos a lo largo del siglo XX; no en vano, éstos vienen siendo los hombres más poderosos del mundo. Todos ellos desfilan por sus páginas, descubriéndonos el autor, con ellos, su faceta de extraordinario conocedor de la política norteamericana y de las principales corrientes de su opinión pública. De esta manera, nos introduce en la política interna de los Estados Unidos mostrándonos numerosas aristas: los juegos de contrapoderes, el equilibrio institucional, los estilos de gobierno, las diversas políticas exteriores... Pero también entra en la relevancia del “factor humano”, es decir, en los respectivos temperamentos de los sucesivos presidentes; una cuestión de peso. Pensemos, por ejemplo, en la repercusión pública de las peripecias financieras y afectivas de un Clinton mucho más complejo, humanamente hablando, de lo apreciado inicialmente.

 

 

Juan Pablo II es la personalidad que más espacio suma en este volumen, encarnando el poder espiritual más aceptado universalmente. Y, en las actuales circunstancias, siendo muchos los que en el seguimiento de su enfermedad no disimulan una insana curiosidad y expectación, este libro le sitúa, razonándolo, en el lugar que le corresponde: una de las figuras más significativas del siglo XX, habiéndose convertido en la conciencia y voz moral de una humanidad convulsa y sin rumbo. La razón de semejante papel la encontramos, seguramente, en una afirmación del escritor recogida en su página 205: “Juan Pablo II cambió el parámetro político por el histórico y cultural. Es decir, la táctica oportunista por el recurso a la conciencia ética y moral” (página 205).

 

 

También son abordados, en el texto, otros numerosos asuntos que, en buena medida, son expresión y proyección del poder: las objeciones de conciencia, la reforma de la universidad en España, las actuales distorsiones del derecho de familia, diversas dimensiones del aborto, los retos de la novísima bioética...

 

 

Y, otro espacio de la máxima actualidad, al que dedica apasionantes páginas, es el de los nuevos límites del laicismo: la vocación del Estado, los riesgos del laicismo antirreligioso, los otros fundamentalismos, las diversas expresiones de la libertad religiosa... En la España de hoy estamos sufriendo una convulsión que cuestiona los parámetros antes vigentes en esos temas, decisivos en la configuración de toda sociedad, de la mano del gobierno del PSOE; más en línea con un jacobinismo radical, que con el laicismo templado de algunas izquierdas europeas más maduras. Tal vez, en la raíz de todo ello anide lo que el autor denomina “peligro totalitario” que, según nos explica en su página 178: “... acecha a Occidente con un nuevo ropaje: el de las ideocracias intolerantes con toda moralidad objetiva. Desde la caída del muro de Berlín se ha difundido en la cultura europea lo que se ha llamado una cierta «mentalidad de búnker», tras la que alguna intelligentsia se atrinchera, y que parece alimentar una agresividad latente hacia toda valoración objetiva de conductas con vocación universalista”.

 

 

Entrando, ya, en políticas concretas, no podemos desconectarlas de la concepción previa que se tenga de la persona humana; no en vano afirma, en su página 206, que a muchos políticos: “La desconfianza en el hombre y en su naturaleza les lleva a una política desvitalizadora, esto es, a una política de manipulación del individuo según la idea política previa, más que a una política de análisis de lo que la persona es en realidad y obrar luego en consecuencia”. Es decir, la ideología mediatiza su acción, al interpretar la realidad en lugar de asumirla tal y como se presenta.

 

 

Frente a las actitudes anteriores, ajenas a lo mejor de la tradición europea, el autor se decanta por un matizado realismo que tiñe todas las páginas del libro de múltiples maneras. Así, por ejemplo, afirma en la página 122 que “... habría dos derechas y dos izquierdas. La derecha e izquierda moderadas considerarían la historia como una continuidad, en la cual el género humano progresa poco a poco, desde lo francamente intolerable a lo simplemente aceptable. La derecha e izquierda utópicas y revolucionarias considerarían la Historia como una alternativa de catástrofe y salvación, en la cual, parafraseando a Schlrsinger, «un brusco vuelco en el camino llevaría a la humanidad a un nuevo cielo y una nueva tierra»”.

 

 

El autor es un brillante y veterano jurista de prestigio internacional. Sin embargo, esas cualidades no impiden que su lenguaje y razonamientos sean perfectamente inteligibles; superando brillantemente la natural aridez que, para los no iniciados en las ciencias jurídicas, reflejan generalmente los discursos legales. Es más, su lectura, por la lógica interna de todos y cada uno de los ensayos presentados y por su magnífico empleo del lenguaje, es accesible para una gran mayoría de lectores que disfrutarán con unas exposiciones actuales y cautivadoras.

 

 

Este libro, de esta manera, se muestra como un cualificado testimonio de tres lustros en los que la historia humana parece haberse acelerado en una dirección peligrosamente incierta; sirviéndose su autor, para desentrañar las claves de este proceso, de una aplastante lógica jurídica, las armas de la razón y su sentido común. Un texto, en definitiva, cristiano; fruto de la serena y profunda reflexión de un gran humanista.

 

 

 

El Semanal Digital, 12 de marzo de 2005

 

 

“100 preguntas – clave sobre la «New Age». Catecismo nada elemental con sus respectivas respuestas” (Editorial Monte Carmelo).

Manuel Guerra Gómez. “100 preguntas – clave sobre la «New Age». Catecismo nada elemental con sus respectivas respuestas”. Prólogo de Monseñor Francisco Gil Hellín. Editorial Monte Carmelo. Burgos. 2004. 176 pp.

 

¿Es la “New Age” la expresión “espiritual” de lo “políticamente correcto”? ¿Se trata de una “espiritualidad” nacida frente a la Iglesia católica? ¿Es fruto del irracionalismo religioso? Manuel guerra proporciona a las anteriores, y a otras muchas, las respuestas precisas.

 

La “New Age”, o Nueva Era en su traducción española, es una compleja realidad ya consolidada en todo el mundo. Nacida en 1962, si bien numerosos movimientos motrices son anteriores, está modelando las creencias vitales y el comportamiento de millones de contemporáneos. Sus expresiones son pluriformes, siendo difundidas a través de recursos de todo tipo. Libros, revistas dietas alimenticias, músicas, gimnasias, disciplinas “espirituales”,  comunidades holísticas, restaurantes vegetarianos, centros culturales, sectas de pretensiones religiosas, escuelas filosóficas, métodos de desarrollo del potencial humano, programas televisivos y radiofónicos, congresos y encuentros, medicinas alternativas, exposiciones artísticas… Todas esas manifestaciones (¿quién no ha entrado en contacto con algunas de ellas?) configuran, de hecho, un entramado social que se está institucionalizando mediante los rasgos externos de una religión: con sus ritos, jerarquías, cosmogonías… Sin embargo, al contrario de una Iglesia católica a la que pretende sustituir (al igual que a las demás religiones institucionales salvo, tal vez, las “orientales”), se ha ganado las simpatías de los centros motores de lo “políticamente correcto”.

 

Calificada por el autor como un “autismo pseudo – religioso” (página 99), esta corriente, omnipresente en ocasiones de forma inadvertida, encaja muy bien con algunas teorías científicas; pero también con los valores vitales, culturales y éticos predominantes hoy día. En este contexto, el autor asegura que, en las raíces de este fenómeno, encontramos a la masonería, la teosofía y el ocultismo; lo que no parece una casualidad, vistos sus efectos.

 

No obstante, algunas de sus consecuencias no dejan de ser sorprendentes. Así, el autor se atreve a plantear una paradójica hipótesis: a la “New Age” se le podría acusar, perfectamente, de ser el verdadero “opio del pueblo”; pues no plantea, de ninguna manera, la llamada “cuestión social”. Al contrario, su modelo vital es individualista, hedonista, subjetivista; huyendo del esfuerzo, del espíritu de servicio, de la capacidad de sacrificio...

 

Para la “New Age” todo se reduce a energía. Incluso la propia materia, en consonancia con algunas modernas teorías científicas, no sería sino una forma acumulada de energía. Dios también sería la expresión más desarrollada de la energía presente en todo el cosmos; pero no un ser personal al que poder dirigirse como a un padre. Jesucristo, en consonancia, no sería el Hijo de Dios, sino un receptor cualificado de esa energía; un modelo más a seguir, al igual que otros “maestros” que vendrían acompañando a la humanidad desde hace milenios. En este sentido, no es una corriente nueva: los gnósticos de los siglos II y III mantuvieron análogas posiciones, incluso con términos y conceptos muy parecidos. Pero, ¿cómo han resurgido unas doctrinas que, en su momento, no prosperaron, y que debieran chocar, en buena lógica, con la triunfante mentalidad moderna, supuestamente racional y científica? Seguramente, una afirmación atribuida a Chesterton lo explicaría de forma muy sencilla: “Cuando la gente deja de creer en Dios no es que no crea en nada, es que cree en cualquier cosa”.

 

Pero, pese a tales objeciones, todo ello no quiere decir que la “New Age” no intente responder, en alguna medida, y pese a tratarse de un sucedáneo (según afirma en la página 157), a las necesidades de trascendencia de los hombres y mujeres del siglo XXI. Eso sí, sustituyendo fe por sentimentalismo, con el objetivo final de “biensentirse”.

 

En este contexto, la Iglesia católica es objetivo de la “New Age”, ya que la espiritualidad de la Era de Acuario, aseguran sus seguidores, debe suplantar, mágica e irremediablemente, a la espiritualidad de la Era de Piscis. Pero, esta Iglesia, arrinconada y expulsada del foro público por el neopaganismo, ¿es consciente del reto? Eso parece. Y para facilitar una respuesta, desde el conocimiento, el debate y el diálogo, Manuel Guerra, escritor de otros 24 libros entre los que destaca su definitivo ”Diccionario enciclopédico de las sectas” (B.A.C., Madrid, 2001, 1.053 páginas, 3ª edición), propone el presente, a través de 100 preguntas y sus respectivas respuestas, en atractivo formato de libro de texto. Un esfuerzo que merece la pena, pues la ausencia de criterio, algunos complejos y las tácticas oportunistas de disimulo y proselitismo de los agentes de la “New Age”, han llevado a la confusión a muchos; siendo su expresión más dramática aquéllos que han caído bajo el influjo de sectas destructivas que se mueven como pez en el agua de la “New Age”.

 

Aunque no guste, se impone un hecho objetivo: el de la labor humanizadora de la Iglesia, verdadera educadora de la razón. Por ello sigue vigente su propuesta de diálogo, desde su identidad y su integridad, con el mundo moderno.

 

De esta forma, el libro constituye un instrumento privilegiado que describe este fenómeno minuciosamente, formulando criterios para concretar qué creencias y métodos son propios de la “New Age”, y proponiendo remedios. Pero no se trata de un texto únicamente adecuado para católicos. Es más, constituye una guía que, con unidad de criterio, contempla el fenómeno desde sus múltiples expresiones lindantes con la ciencia, la mística, la parapsicología, la psicología, las ciencias religiosas… Con objetividad y sirviéndose de la razón como herramienta para afrontar la realidad. Con criterio católico, en definitiva.

 

 

El Semanal Digital, 26 de febrero de 2005

 

“El generalato en España. La elección y la formación de nuestros generales hasta 1964”. (Grafite Ediciones).

 

Jesús María Ruiz Vidondo. “El generalato en España. La elección y la formación de nuestros generales hasta 1964”. Preámbulo de José Luis Orella Martínez. Grafite Ediciones. Basauri (Vizcaya). 2004. 192 pp.

 

 

El protagonismo de algunos generales, en la historia reciente de España, exige una mayor atención de los investigadores a las numerosas perspectivas que ofrece la que se denominó, durante décadas, como “cuestión militar”.

 

El generalato francés, un modelo militar clásico de gran influencia en el ejército español, entró en crisis con la primera guerra mundial; alcanzándose la conclusión de que los generales alemanes estaban mejor preparados, lo que redundó en la marcha general del conflicto. En España, fue la guerra en Marruecos la que empujó a los responsables de nuestro ejército a análoga conclusión. Ahí arranca un mayor esfuerzo por la capacitación profesional del generalato; elite determinante en la configuración y consiguiente conducción de un ejército que pretenda los  imprescindibles niveles de disciplina, capacitación técnica, dotación material y unidad doctrinal que requiere la guerra moderna.

 

Concurrían, entonces, otras circunstancias históricas que condicionaron, en buena medida, las concretas tomas de decisión de esos responsables políticos. Tanto la Dictadura de Primo de Rivera, como la República y el régimen del General Franco, trataron de avanzar en la profesionalización del generalato y demás integrantes del ejército español. De esa conciencia brotaron, entre otras medidas, los diversos centros formativos superiores que, con mayor o menor fortuna, persiguieron esa finalidad. Pero tal voluntad estaba mediatizada por otra pretensión común a todos esos sucesivos regímenes: el control ideológico de jefes y oficiales, buscando conscientemente su fidelidad política. Para alcanzar ambos objetivos se emitió, sucesivamente, una compleja maraña de resoluciones legales y sus desarrollos administrativos, de múltiples consecuencias prácticas y paradojas, que nuestro autor cita prolijamente. Así, en la configuración y evolución del nuevo generalato, pesaron particularmente las diversas modalidades entonces existentes de ascensos: antigüedad, méritos de guerra, elección, y por simpatía.

 

El autor insiste también en otro hecho histórico de particular relevancia: el acceso al generalato de varias generaciones de militares que, jugando diversos papeles en la historia del ejército español, se sucedieron temporalmente como sus elites dirigentes. Marcadas por las guerras en Marruecos, éstas alcanzaron cierta cohesión interna, tanto en lo relativo a la reforma militar, como en su percepción colectiva de la situación política de la nación española. Tales serían: la del 74, la del 86, la del 98 y la de 1923. Otro aspecto de la cultura militar, realmente crucial, es la existencia, por entonces, de una verdadera pugna entre diversos modelos: el heroico, el orgánico-burocrático, el técnico, y el humanista. Todo ello determinó un intrincado escenario profesional que, para mayor complejidad, no era indiferente a la lucha partidaria que, progresivamente, polarizaba los ánimos en la sociedad española hasta su definitivo enfrentamiento de 1936.

 

No obstante, y siendo fundamental el papel del generalato en todo ejército, encontramos en España una paradoja histórica. Fueron fundamentalmente capitanes y coroneles, y no los generales en su conjunto, quienes jugaron un protagonismo decisivo en la sublevación de julio del 36, marcando en buena medida la evolución posterior de la guerra. Por ello, el capítulo dedicado en el libro a la situación del generalato de 1930 a 1939, con especial atención al papel de Manuel Azaña, alcanza particular interés.

 

Generalato, ejército y sociedad constituyen tres realidades en íntima relación. También en la actualidad; y más cuando, pese a la profunda transformación social, orgánica y doctrinal de nuestras fuerzas armadas, el número de los interesados en historia militar, y las diversas temáticas relacionadas con el ejército, crece significativamente. Por todo, ello el libro reseñado, obra de un discípulo del General de Brigada D. Miguel Alonso Baquer, puede proporcionar pistas orientadoras de futuras investigaciones historiográficas e, incluso, de relevantes cuestiones pendientes de debate social.
El Semanal Digital, 5 de febrero de 2005

 

“Diez montañeros con ideales” (Barrabés Editorial).

Pedro Estaún. “Diez montañeros con ideales”. Barrabés Editorial. Cuarte (Huesca). 2004. 168 pp.

 

 

 

En una sociedad individualista y consumista, ¿puede aportar algo, al hombre de hoy, la montaña? Pedro Estaún, con su propuesta de diez modelos humanos que supieron unir altos ideales y amor a las montañas, así lo afirma.

 

 

“Por aquella época era agnóstica; no creía ni practicaba nada de la religión. No obstante, siempre que se encontraba ante la grandiosidad y belleza de las montañas sentía su pequeñez y pensaba que alguien debía haberlas creado. Dios se iba metiendo en su alma a través de la naturaleza. Llegó, incluso a elaborar su propia filosofía, seleccionando valores y formando su esquema social. Estando en aquellas tierras pasó por su mente quedarse en un monasterio budista para tratar de buscar ese sentido sobrenatural que interiormente intuía. Regresó sin resolver sus dudas”. Este testimonio personal de Guadalupe Escudero, recogido en la página 154 del libro que reseñamos, se identifica con una actitud ante la vida muy extendida hoy día.

 

 

Sin duda, la práctica del montañismo puede facilitar la formulación de preguntas sobre la naturaleza del hombre y su relación con Dios; al igual que el amor a una persona concreta, la contemplación de una obra de arte, o la entrega a un ideal, se remiten, en última instancia, a un amor más grande, a una belleza más plena, o a un ideal más alto. Pero ese paso no es automático. Y más en un tiempo en que individualismo y consumismo tiñen todos los comportamientos personales y colectivos. Así, recordemos un hecho: muchos jóvenes prefieren, antes que la del montañismo, la práctica de otros deportes que implican un menor esfuerzo y una más inmediata e intensa emoción. Un fruto de nuestro tiempo. Con la realista conciencia de este preciso contexto, el autor propone, al lector, unos modelos humanos que supieron aunar, en circunstancias personales e históricas muy dispares y en algunos casos muy difíciles, ideales religiosos y sociales, voluntad de esfuerzo y superación, espíritu aventurero y capacidad de sacrificio, compañerismo y amor a la montaña...

 

 

Dos futuros papas (Achille Ratti y Karol Wojtyla), tres exploradores y pioneros del montañismo (Henry Russell, Andrés Espinosa y Luis Amadeo de Saboya), un joven francés resistente fusilado a los 21 años (Francis Lagardère), un estudiante italiano volcado en la acción caritativa (Pier Giorgio Frassati), una médico que sacrificó su propia vida en aras de la hija que llevaba en sus entrañas (Gianna Beretta), un empresario suizo cuya vida quedó marcada por su encuentro con el Opus Dei (Toni Zweifel), y una religiosa que encontró la correspondencia a los ideales intuidos, en sus expediciones montañeras por todo el mundo, en su entrega a los más necesitados. A todos ellos les unía un amor inmenso a las montañas, que sólo pueden entender quienes mantienen una relación casi personal con algunas de ellas, y otro, de vocación infinita, a Dios.

 

 

Es de agradecer que sea una editorial especializada en montaña, con tres años de intensa vida apoyada en la rica y plural experiencia profesional del grupo Barrabés, la que haya sacado a la luz esta obra que, probablemente, no habría desentonado como otro título más en alguna colección, con nombre de resonancias bíblicas, de una editorial confesional. Es posible y siempre positivo, por lo tanto y aunque algunos lo nieguen, el diálogo entre cristianos y no creyentes; entre personas, en definitiva, sin prejuicios y abiertas a las diversas hipótesis que presenta la realidad.

 

 

Disfrutemos de su lectura y, sin dejarlo para fecha indeterminada, visitemos las montañas: sintamos el frío sobre el rostro y el calor de los rayos de sol, disfrutemos de la belleza que nos ofrecen sin pedir nada a cambio, escuchemos los sonidos del silencio y del viento, apoyémonos para ello en amigos más veteranos...

 

 

Y, no lo olvidemos, para practicar montañismo no es preciso jugarse la vida temerariamente, ni disfrazarse con exquisitas ropas de marcas de rabiosa moda, ni viajar a lejanas tierras...

 

 

Gracias, Pedro, por recordárnoslo. Gracias, Barrabés.

 

 

El Semanal Digital, 23 de enerote 2995

 

“Lo que Europa debe al Cristianismo” (Unión Editorial).

Dalmacio Negro. “Lo que Europa debe al Cristianismo”.Unión Editorial. Madrid. 2004. 338 pp.

 

Dalmacio Negro profundiza, en una obra de hondo calado, en las razones últimas de la transformación descivilizadora de la Europa cristiana de nuestros antepasados en una sociedad nihilista.

 

Dalmacio Negro, Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Catedrático emérito de la Universidad San Pablo-CEU, y uno de los analistas más agudos del actual panorama intelectual español, disecciona, en su reciente obra, los fundamentos éticos, religiosos, estéticos e ideológicos de la desconcertada Europa de hoy.

 

Las culturas griega y romana han jugado un papel importante en la configuración de Europa gracias al cristianismo, asegura el autor junto a otros; no en vano, la Iglesia las ha readaptado y reelaborado por completo. Así, Europa, aunque reniegue de sus orígenes y de su historia, es una obra de la Iglesia. Europa sin el cristianismo no es nada. Le debe todo: el sentido de su Historia, la idea de progreso, el laicismo vertebrador de la sociedad, el anhelo de justicia, las expresiones concretas de libertad, la igualdad formal y real, la voluntad de trabajo, la propia democracia, la familia como núcleo fundamental de la sociedad, el impulso de la ciencia, la capacidad de la técnica, la dignidad humana como límite insalvable…, incluso el mismísimo Estado, ahora enfrentado a su madre, sería inconcebible sin la aportación cristiana.

 

Esas y otras ideas han sufrido, por incidencia del romanticismo y otros movimientos, una profunda transformación. Un ejemplo. La tolerancia ha dado paso al indiferentismo; lo que priva de defensas a cualquier sociedad. También la democracia sufriría una gran distorsión, dando paso a la imposición demagógica de una minoría. Si a ello le unimos la desesperanza colectiva, que ha llevado a los europeos a no procrear, el futuro de esta civilización no parece muy halagüeña, pudiéramos deducir.

 

Su juicio es claro: la vocación de la Iglesia es universalista; por el contrario, el Estado, particularista, por naturaleza, tiende a la expansión permanente. El choque entre ambas realidades era inevitable. Y, en esta pugna, aunque la moderna Europa, estructurada en Estados nacionales busca ahora mismo su articulación superior, pese a haberse nutrido en todas sus ideas-madre del caudal filosófico y ético del cristianismo, ha prescindido, entre otras muchas, de la decisiva idea de la Creación desde la nada. De esta forma, únicamente quedaría la nada: tal sería la raíz última del nihilismo subyacente en las labores de gobierno y la misma vida cotidiana de los europeos hoy. El Estado, por otra parte, no soporta que otras realidades sociales puedan interferir en su acción ante los ciudadanos aislados y atomizados que pretende dirigir. Tal vez en ello estriba otra de las razones de su rechazo de la religión cristiana.

 

La crisis del cristianismo europeo es la crisis de Europa, en buena medida. ¿Subsistirán los logros europeos, considerados modélicos para todo el orbe, una vez anegada la savia procedente de sus raíces cristianas? Con seguridad, un inmenso vacío se abre ante el futuro colectivo europeo, debiendo partir, acaso, de la nada. Así, otra pregunta, que inevitablemente plantea el texto, es la siguiente: esta Europa socialdemócrata, nihilista y anticristiana, ¿de dónde sacará fuerzas para articular su futuro y afrontar nuevos retos? Difícilmente las encontrará entre sus debilitadas Iglesias cristianas, ya que éstas “…ni siquiera quieren aparecer como grupos de presión mientras otros grupos menores presionan contra ellas a través del Estado” (página 164). Con todo “…el problema no consiste solamente en si en Europa existe todavía fe, sino si existe una cultura viva o si lo que pasa por tal es una cultura que se desmorona” (página 154).

 

“Sin religión, que contra el tópico, introduce racionalidad, al apoderarse el irracionalismo del vacío, se disuelven las culturas y mueren las civilizaciones” (página 190). De esta forma, la Europa postcristiana será la primera sociedad, además de los experimentos totalitarios del pasado siglo XX, que se construya sobre el nihilismo que emerge al apartar la religión de las conductas individuales y colectivas.

 

Pero, las anteriores, no son cuestiones intelectualistas e irrelevantes; al contrario. “La revolución de mayo del 68 ha contribuido poderosamente a imponer el clima intelectual, moral y estético del postmodernismo imperante en Europa. Cuyos rasgos más acusados son el pensamiento débil, que sustituye la eticidad por el moralismo emocional y produce en las masas la atrofia de la inteligencia y la libertad compensadas con la independencia y lo lúdico…” (página 119). Se trata, por tanto, del modelo humano soporte de una nueva sociedad. Además, “… las cristalizadas élites europeas están generando e irradiando con sus prejuicios, su irresponsabilidad, su amoralismo y su cinismo, con sus caprichos, en definitiva, con su nihilismo activo y pasivo, una profunda crisis moral e institucional” (página 125). De esta forma, nos atrevemos a afirmar, mientras descendemos a un terreno muy próximo, que la sonrisa y el talante de Rodríguez Zapatero son la expresión española de un fenómeno continental, ya que “… el ataque generalizado contra toda religión por parte de la gnosis progresista, apoyada en el Estado, con su optimismo externo cifrado en el ideal de un hombre autosuficiente en un nuevo mundo sin dramas, tiene éxito en Europa” (página 170).

 

La obra ha visto la luz en un momento importante para el futuro de nuestra sociedad. El referéndum, convocado en España para la ratificación de un tratado constitucional europeo, debería ser una privilegiada ocasión para que las realidades vivas españolas se replantearan las razones últimas de su voluntad de vivir junto a los demás europeos; y en qué condiciones. Al contrario, también con este motivo, la sociedad española se encuentra un tanto mareada por propagandas baratas, eslóganes superficiales, y buenas dosis de cinismo; eludiendo las exigencias del reto. El libro de Dalmacio Negro es una formidable excepción a lo anterior. Por ello, además de por sus indudables cualidades –rigor cartesiano, profundidad analítica, documentación exhaustiva, visión global-, debería convertirse en una obra de referencia para cualquier estudioso, analista u hombre de vocación pública, que se introduzca con seriedad en las manifestaciones, dilemas y contradicciones del ser europeo.

 

 

El Semanal Digital, 8 de enero de 2005

 

“El islamismo contra el islam. Las claves para entender el terrorismo yihadista” (Ediciones B, S.A.).

Gustavo de Arístegui. “El islamismo contra el islam. Las claves para entender el terrorismo yihadista”. Ediciones B, S.A. Barcelona. 2004. 394 pp.

 

La célebre y especialmente cuestionada “teoría del choque de las civilizaciones”, lanzada por Samuel Huntington, ha encontrando unos inesperados y entusiastas seguidores: los islamistas yihadistas.

 

En el proceso de “descivilización” que sufre Europa, expresión empleada por Dalmacio Negro en su reciente e imprescindible libro Lo que Europa debe al cristianismo (Unión Editorial, Madrid, 2004), conforme el criterio de muchos bienpensantes progresistas, el islam encarnaría una admirable civilización tolerante, humanista, liberadora… Pero esta acrítica perspectiva es desmentida por la verdad de la historia y por una inquietante actualidad marcada por el terrorismo islamista. ¿Cómo encajar entonces, con tan benévola mirada, los atentados del 11 S y 11 M?

 

Sólo es posible una explicación ante la actitud anterior: interesa, al estrecho cálculo de algunos, potenciar al islam en tanto con ello se debilita al cristianismo. Semejante perspectiva, discutible cuanto menos, debilita la capacidad de respuesta de Europa. En la actual situación, que nos presenta entre otros nuevos retos, un evidente desafío terrorista islamista, se precisan análisis certeros, diagnósticos correctos, y propuestas realistas; lo que desde una mitología progresista políticamente correcta, cuajada de temores y complejos, ello no parece posible.

 

El islamismo yihadista nace del islam conservador, aunque no se identifica necesariamente con él. En ello insiste Gustavo de Arístegui a lo largo de toda su obra, un texto necesario y urgente que sistematiza una notable base documental imprescindible para afrontar, desde el conocimiento y el análisis, la verdadera entidad del reto islamista y sus relaciones con el conjunto del islam. Con esta voluntad, además de una introducción, divide su libro en diez capítulos: introducción al islam, el islamismo tradicional, sus bases ideológicas, causas y excusas de su aparición y expansión, el islamismo moderno, el funcionamieno de Al-Qaeda y el Frente Islámico Mundial, modus operandi de las células y comandos islamistas, su financiación, el islamismo en España y, por último, escenarios y conclusiones. El de las “causas y excusas” es uno de los más sugestivos del texto. La pervivencia en la memoria colectiva musulmana de diversos agravios históricos (el pacto Sykes-Picot de 1916, por ejemplo), injusticias enquistadas (la guerra de Chechenia, la situación palestina…), fracasos políticos (de los diversos regímenes de los países musulmanes), percepciones desfiguradas de su propia identidad y de la naturaleza de Occidente (victimismos y nostalgias), etc.; todo ello no invita al optimismo. Así, el resquemor del islam hacia Europa persistirá, sin duda, alimentando nuevas generaciones de yihadistas. Su largo texto se completa con gráficos, anexo documental, relación de páginas web, bibliografía y un glosario.

 

Europa debe mirar esta realidad de frente y con los ojos abiertos: el reto planteado es total. No en vano, el islamismo yihadista pretende no sólo derrocar a los regímenes musulmanes juzgados por ellos mismos como “impíos”, sino recuperar todo territorio que en algún momento de la historia fue musulmán y, en última instancia, la islamización de todo el mundo. Y para tal empresa, sus líderes no admiten barreras morales de ningún tipo: todo está permitido. Cualquier modalidad de agresión terrorista, en consecuencia, puede ser imaginada, planificada, intentada… y justificada.

 

El autor insiste en otra idea: el islamismo yihadista no es el islam. Es más, ambos son, esencialmente, opuestos entre sí. Esta teoría, no obstante, encuentra una dificultad cierta: en gran parte del mundo musulmán, teológicamente hablando, predomina, ya sea en el sunnismo o en el chiismo, una orientación conservadora que comparte muchos de sus presupuestos básicos con el islamismo yihadista; no encontrándose siempre nítidamente trazada su frontera.

 

En tales circunstancias, ¿existe alguna fórmula que facilite una respuesta, frente al terrorismo islamista, desde el propio islam, que pueda ser potenciada desde los países democráticos y pluralistas? Para Gustavo de Arístegui esta posibilidad pasa por la democratización y la progresiva apertura de los regímenes políticos musulmanes. Pero, no lo olvidemos, esos conceptos generalmente valorados como deseables (democracia, tolerancia, derechos humanos…) y en buena medida destilados desde el cristianismo, poco significan para la inmensa mayoría de musulmanes: no en vano, en el islam no ha irrumpido ningún episodio histórico o teológico de significado análogo a lo que supuso para el cristianismo la Reforma protestante, conforme el deseo de algunos intelectuales. Para el islam, política, sociedad y religión, forman un todo único; y teológicamente, difícilmente podría ser de otra manera. Entonces, ¿cómo puede, el islam, frenar a sus radicales violentos? Tal vez habría que explorar la vía propuesta por Massimo Introvigne, experto en nuevos movimientos religiosos, quien afirmaba el pasado 5 de noviembre, en declaraciones recogidas por la agencia ZENIT, que “La alternativa al fundamentalismo no es el Islam progresista sino el conservador”. Y, la suya, parece ser una propuesta realista que no pretende violentar al islam desde los prejuicios laicistas occidentales. Por lo tanto, esas sociedades deberán explorar su propio camino; una senda que procure evitar al nihilismo y relativismo que configuran nuestra insegura Europa. En este contexto, alcanza particular trascendencia la experiencia política liderada por el primer ministro turco, el islamista conservador Recep Tayyip Erdogan.

 

Pero, para que lo anterior prospere, mucho debe cambiar, y no sólo en el islam. Europa debiera intentar prescindir del tamiz distorsionador de la ideología progresista anticristiana que todo lo mediatiza. Sin un decidido ejercicio de fidelidad histórica, desde una firme identidad colectiva, restaurador de su alma y moral, no será posible oponer, al reto islamista, alternativas vitalmente atractivas y realistas.

 

Mientras tanto, España seguirá en primera línea de las miras yihadistas: el recuerdo de Al Andalus es una herida sangrante para ellos. Si antaño formó parte de la umma, debe retornar a la misma, aseguran. Aunque nos empeñemos en mirar hacia otra parte, los españoles no podemos quedar al margen de esta realidad impuesta.

 

Gustavo de Arístegui ha elaborado un buen producto que responde adecuadamente a la urgencia de la temática, circunstancia que se refleja en ciertas reiteraciones y en su estilo; pero que no empaña su gran mérito: mirar al islam con realismo, profundidad, sin falso optimismo y, también, con humana simpatía.

 

El Semanal Digital, 25 de diciembre de 2004

 

“El Evangelio de los audaces. Diez gobernantes que ejercieron el poder sin renunciar a sus creencias” (LibrosLibres).

Gustavo Villapalos y Enrique San Miguel. “El Evangelio de los audaces. Diez gobernantes que ejercieron el poder sin renunciar a sus creencias” LibrosLibres. Madrid. 2004. 260 pp.

 

 

 

¿Es posible ser católico y político, simultánea y coherentemente? Las biografías de diez relevantes personalidades del pasado siglo XX confirman esta posibilidad.

 

 

Konrad Adenauer, Balduino I de Bélgica, Georges Bidault, Álcide de Gasperi, Ángel Herrera Oria, Robert Kennedy, Giorgio La Pira, Aldo Moro, Robert Schuman y Enrique Shaw. A todos ellos les unía su común catolicismo. Pero no uno acomodaticio o tímido. Es más. Sus vidas públicas, segundo rasgo compartido, estuvieron determinadas decisivamente por esas convicciones. Sus trayectorias vitales atravesaron buena parte de un siglo XX arrastrado por los totalitarismos, pagando un alto precio por su coherencia: dos de ellos murieron asesinados, otros cinco sufrieron la persecución nazi, y ninguno llevó una vida fácil. Sin embargo, su ejemplo, aparentemente, ha sido despreciado por la mayoría de los europeos de hoy día, habiéndose impuesto una mentalidad nihilista que reduce el complejo y universal hecho religioso en un sentimiento personal e íntimo de algunos sin apenas expresiones públicas. De esta forma, lo “políticamente correcto” excluye la experiencia religiosa del foro público.

 

 

Los autores del libro, en su trabajo, no han querido limitarse a proponer personalidades que ejercitaron, principalmente, la acción política partidaria. Así, encontramos unas apasionantes páginas dedicadas al monarca belga Balduino I; a la figura tal vez más trascendental en la historia de la Iglesia española del siglo XX, Ángel Herrera Oria; y al empresario católico argentino Enrique Shaw, formador y evangelizador, escasamente conocido en España. Sin duda, una buena prueba de la capacidad creativa del catolicismo impulsando cualquier expresión pública de naturaleza política.

 

 

Por su parte, y tratándose del único político no europeo estudiado en el libro, la personalidad de Robert Kennedy, generalmente ensombrecida por la figura mítica de su hermano presidente, John Fitzgerald, deslumbra y conmueve por su contagiosa humanidad, su profunda religiosidad, y su sacrificio incomprensible.

 

 

Dentro del grupo mayoritario, contemplado en la obra, predominan los políticos de identidad demócrata-cristiana: seis de ellos, nada menos. Sin duda, ha constituido la modalidad política partidaria católica más relevante en la segunda mitad del pasado siglo; pero no por ello, la única posible. Recordemos, a título de ejemplo, a nuestros postergados José Calvo Sotelo y Víctor Pradera.

 

 

A buena parte de los aquí reunidos les movía otra pasión: la edificación de una nueva Europa a partir de sus cenizas, dramático resultado de la segunda guerra mundial, auténtica guerra civil europea. Fieles a sus firmes creencias, idearon unas ambiciosas modalidades de articulación política con el objetivo de imposibilitar, en el futuro, una confrontación análoga a las sufridas en tantas ocasiones. En esa dirección, el papel de los democristianos franceses y alemanes fue decisivo. De ahí la trascendencia de la labor desplegada por Konrad Adenauer, Georges Bidault y Robert Schuman.

 

 

Encontramos, en dicho texto, tres italianos: Álcide de Gasperi, Giorgio La Pira y Aldo Moro. Y no podía ser menos: sus vidas fueron ejemplares y configuraron a la fuerza más representativa de la Democracia Cristiana mundial en una coyuntura histórica apasionante.

 

 

No obstante, transcurridas unas décadas desde la desaparición de la mayoría de todos ellos, asistimos a una paradoja. Los actuales arquitectos del proceso de unidad europea, con la orientación de sus obras, les están dando la espalda: y no se reconocen, apenas, en las creencias últimas que sostuvieron el esfuerzo de aquellos verdaderos “padres forjadores”. Por otra parte, sus mismos herederos políticos, democristianos y centristas, han perdido convicción, profundidad evangélica, ambición… La prueba de ello: apenas quedan políticos audaces y con firmes convicciones que arrastren. El caso Rocco Buttiglione, con todas sus aristas e implicaciones, es un buen ejemplo ilustrativo de ello. Hoy día, tememos, Adenauer o Schuman también habrían sido marginados.

 

 

Durante décadas el pueblo católico europeo estuvo articulado por la Acción Católica, impulsada y dirigida por los obispos, y representado en la confrontación política directa por una Democracia Cristiana de innegable base popular. La fórmula resultó efectiva, en líneas generales, durante unas décadas; pero entró en crisis. Y una crisis, ciertamente, que coincidió con la desaparición pública de esos grandes hombres que lideraron pueblos y sociedades.

 

 

Mucho ha cambiado el mundo desde que vivieron los protagonistas del libro. La Iglesia católica, también. Su pueblo, las organizaciones laicales, sus obras sociales y públicas, al igual que la Democracia Cristiana, no podía ser menos, se encuentran sumidos en una profunda crisis de identidad. Y, a escala continental, de un lógico laicismo se ha derivado a una creciente confesionalidad sectaria anticristiana.

 

 

Muchos, y no necesariamente católicos, echamos en falta una política de principios fuertes, que vaya más allá de los valores comunes mínimos, que son más proclamas que convicciones operativas capaces de movilizar a un pueblo, hoy desarticulado, sin esperanza en el futuro, minado por el individualismo, y desconcertado por la irrupción de identidades exteriores ajenas a su olvidada tradición. La fórmula de una nueva política restauradora no puede ser la misma que la ya practicada en otras épocas. Pero algo en común deben compartir: el liderazgo de unos hombres coherentes que vivan desde sus ideales, en diálogo con un pueblo que, sin complejos, reconstruya su identidad con fidelidad a sus raíces.

 

 

El Semanal Digital, 11 de diciembre de 2004