Javier Fernández López. “General Vicente Rojo: mi verdad”. Prólogo de Gabriel Cardona. Mira Editores, S.A. Zaragoza. 2004. 418 pp.
La historia del ejército del Frente Popular, en la Guerra civil española, no puede entenderse sin el concurso del general Vicente Rojo, un militar de incuestionables cualidades castrenses y demostrada capacidad táctica.
Esta biografía de Vicente Rojo, ante todo, es un texto de orientación castrense. Lo militar domina el contenido del libro: la personalidad, vocación y obra del general; pero también, los valores que caracterizan la identidad de esta institución conforme la perspectiva del autor.
Uno de los calificativos más empleados por los historiadores, al aproximarse a la figura y significación del general Vicente Rojo, es el de contradictorio. Sus firmes convicciones católicas contrastaban, en todo caso, con su fidelidad al Frente Popular a lo largo de toda la Guerra civil y, también, posteriormente. Recordemos, no obstante, que un reducido puñado de militares que escogieron idéntica trinchera, también compartían el mismo credo religioso de Vicente Rojo.
De tal contradicción también se hace eco un historiador de éxito, Pío Moa, que no comparte con el autor de esta última –de momento- biografía del general Rojo, evidentemente, criterios y conclusiones análogas ante muchas de las cuestiones determinantes de este decisivo periodo histórico para España. Son varias las referencias que le dedica en su libro El derrumbe de la Segunda República y la Guerra Civil (Ediciones Encuentro, Madrid, 2001). Así reproduciremos, entre otras: “cerebro militar de las izquierdas” (página 474), “jefe militar «republicano», casi siempre muy acorde con los comunistas, e incongruentemente religioso” (página 496), “principal artífice de la estrategia del Frente Popular” (página 507). Sigue siendo, por tanto, y también en nuestros días, signo de contradicción.
Al iniciarse la guerra civil, Vicente Rojo era uno de los militares más cualificados de la Infantería española. Pese a su rango de entonces, comandante, ya había destacado en el estudio de las novedades técnicas de la ciencia militar de la época, dirigiendo e impulsando la Colección Bibliográfica Militar, una revista imprescindible para entender la historia y realidad del ejército español. También había destacado en la docencia y formación de las nuevas generaciones de Oficiales, elaborando, para ello, sólidos manuales de reconocido prestigio en el ámbito castrense. En este contexto, su adhesión al Frente Popular, en julio de 1936, le proporcionó, a sus líderes, una inesperada baza que jugarían a fondo.
Vicente Rojo fue un incuestionable táctico militar, hasta el punto de que existe unanimidad, entre historiadores de diverso signo, al juzgar que la evolución de la Guerra civil no podría entenderse sin su concurso. Su solidez y capacidad profesionales, que ninguno de los anteriores cuestiona, desmienten, en cualquier caso, que Franco y sus estrategas fueran una simple camarilla de ineptos. De esta forma, en los más decisivos teatros de operaciones de la contienda, Vicente Rojo se descubrió como un formidable rival para sus enemigos; o adversarios, como a él mismo le gustaba calificarlos.
Sin embargo, ¿cómo es posible salvar, o al menos intentar entender, esa aparente contradicción personal? ¿Católico y colaborador de los comunistas, mientras sus hermanos en la fe eran perseguidos con saña? Para Javier Fernández López no hay duda: fue un militar fiel a la bandera con la que se comprometió por juramento; una fidelidad literal, hasta el final y por encima de todo. Y si depositó su confianza en muchos comunistas, ello se basó en que se desenvolvieron como soldados disciplinados con los que podía contar.
Fuera, ya, de los medios castrenses, en los últimos años de su vida defendió, según afirma el autor, la pertinencia de un “comunismo cristiano” como solución a los problemas sociales de la época. Igualmente, ya se había distanciado, una vez en el exilio, de los políticos frentepopulistas; destacando por encima de todo, y en toda circunstancia, el carácter, la capacidad de sacrificio y las virtudes de los combatientes a los que guió. Y su periplo vital por la América Hispana, particularmente en Bolivia donde dejó una indeleble huella entre la familia militar, acreditó una vez más las extraordinarias cualidades que templaban un temperamento forjado en la milicia.
Por todo ello su figura alcanzó una altura humana, y un atractivo, que el autor sabe lúcidamente rescatar, en su obra, y que debe incorporarse, pese a sus contradicciones, al acervo común de la memoria colectiva de todos los españoles.
Daniel Arasa. “La invasión de los maquis. El intento armado para derribar el franquismo que consolidó el Régimen y provocó depuraciones en el PCE”. Belacqva de Ediciones y Publicaciones S.L. Barcelona. 2004. 424 pp.
Hace ya 60 años, un 19 de octubre, los maquis invadían el Valle de Arán; último gran coletazo bélico de la Guerra civil española. Un magnífico libro detalla aquel episodio.
El término “maquis” es una palabra francesa. La invasión del Valle de Arán, intento liderado por el PCE para derribar el régimen franquista en octubre de 1944, pudo asociarse al españolísimo término de “guerrilla”. Pero, popularmente, no ocurrió de esa manera. Algo muy significativo, sin duda. Esta lúcida apreciación de Daniel Arasa, recogida al final de su libro (página 391), proporciona una interesante clave explicaiva sobre el fracaso del intento: el pueblo español, por agotamiento, cansancio o por convencimiento, no se identificó con esos españoles que regresaban a su patria con la voluntad de torcer el rumbo de la historia subidos en la ola que, imparable, ahogaba a los fascismos.
El largo subtítulo, del libro que reseñamos, también ha sido redactado afortunadamente. Y acierta de lleno: Franco aglutinó a sus seguidores y el PCE, por su parte, sufrió unas profundas depuraciones que le alejaron aún más de la inmediata conquista del poder.
El autor ha realizado un extraordinario esfuerzo, especialmente a través de dos centenares de entrevistas a protagonistas del episodio (combatientes de ambos lados, campesinos afectados por los enfrentamientos, políticos, sacerdotes, alcaldes…), obteniendo merecida recompensa: un magnífico texto. Su trabajo por afrontar objetivamente este episodio, lo que logra magistralmente, no le impide realizar duros juicios. Veamos algunos. El ejército franquista pudo prevenir, perfectamente, el intento; pero por simple ineficacia no lo intentó siquiera. Otros más. El pueblo español no se identificó con los maquis: ni existía ambiente propicio para una insurrección popular, ni el ejército se encontraba tan dividido como para derrumbarse al primer envite, ni los aliados aguardaban la primera ocasión para reintroducir la República. Moscardó, por su parte, actuó imprudentemente en las primeras jornadas de la invasión, lo que pudo costarle caer prisionero de los maquis. Santiago Carrillo, a su vez, es presentado como un implacable peón del estalinismo. Así, el dirigente del PCE Jesús Monzón, con su optimismo infundado y sus erróneos análisis de la realidad española, elaborados desde la clandestinidad, erró sin paliativos en su estrategia al propiciar la invasión; pero se arriesgó personalmente con disciplina y espíritu militante. Posteriormente, de la mano de Carrillo, el navarro y otros, fueron purgados bajo la peregrina acusación de desviación “titista”, mera excusa para permanecer en gracia con el “sol todopoderoso” del comunismo mundial y limpiar de supuestos emboscados un PCE que controlaría durante décadas.
Anécdotas de todo tipo, análisis políticos, historia contemporánea, estudios militares, la vida cotidiana… El texto reúne todos esos contenidos en un auténtico tratado que, gracias a su dinámico estilo periodístico, engancha al lector, seduciéndolo de principio a fin.
Pero los maquis también lo intentaron por el Roncal navarro. Allí, sin embargo, encontraron unas fuerzas armadas que reaccionaron con celeridad y una población civil que no sólo no los acogió, sino que, a partir de la base de los numerosos excombatientes allí desmovilizados, levantó una milicia que no les concedió tregua alguna, causándoles pérdidas superiores a las sufridas en el Valle de Arán.
La suerte de los maquis presos en las cárceles franquistas, los fusilamientos, el trato dispensado a los prisioneros por ambas partes, el comportamiento de los maquis con los sacerdotes de los pueblos que ocuparon; a todos estos dramáticos asuntos también les reserva, el autor, espacio apropiado y, siempre, datos que rompen tópicos.
Pero el intento armado arrastró otros, aunque muy inferiores en medios, hombres y pretensiones, que también menciona Arasa en sus episodios más significativos. Todo ello en unos momentos extremadamente delicados, desde la perspectiva política internacional, para el régimen franquista; lo que le obligó a un cambio de imagen ante los aliados. Y sin olvidar los movimientos que iniciaban los monárquicos juanistas con vistas a una restauración.
Pese a sus grandilocuentes proclamas, algunos de los oficiales más conscientes de los contingentes maquis, no confiaban en la victoria; hasta el punto de tener prevista, desde sus inicios, la retirada del Valle de Arán para evitar que sus hombres cayeran en masa. No obstante, el ejército contrario tampoco se encontraba en las mejores condiciones materiales y humanas. Faltó empuje, decisión… y, sobre todo, el pueblo no se sumó a quienes no renunciaban a su derrota. Han transcurrido seis décadas. Ya era hora de que este episodio se conociera con precisión y en su contexto. Este libro, con su bagaje, colma excelentemente tan altas expectativas.
Pío Moa. “1934: Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda. Prólogo de Stanley G. Payne. Coordinación general: Javier Ruiz Portella. Ediciones Áltera, S.L. Barcelona. 2004. 376 pp.
Pío Moa divulga, con su nuevo libro, una de sus tesis más polémicas: la guerra civil española empezó en octubre de 1934 de la mano de un PSOE bolchevizado.
Profundo disgusto habrán sufrido los “mandarines” de la historiografía “oficial” y “políticamente correcta”. Pío Moa vuelve a presentar, ante los lectores españoles, un nuevo trabajo en el que insiste con una de sus tesis más queridas y trabajadas: la guerra civil española se inició, realmente, en octubre de 1934, con la insurrección armada de un PSOE bolchevizado y una Esquerra enloquecida.
Pero, aunque el tema, crucial para entender muchos sucesos posteriores, ya lo trató en otros textos (particularmente en Los orígenes de la Guerra Civil española, Ediciones Encuentro, Madrid, 1999), en esta ocasión su enfoque es, en alguna medida,distinto. Ante todo aclarar que se trata de un libro de carácter divulgativo muy sencillo de leer; facilitado por la inexistencia de notas a pie de página. Por otra parte, incorpora un precioso material documental, que ocupa más de 150 páginas, avalando sus polémicas afirmaciones.
Javier Tusell acusó al historiador reseñado, en su día, de recurrir a discutibles fuentes secundarias. Para desmentirlo, el material aportado parece incuestionable: demoledores artículos facsímiles procedentes de Renovación (órgano de las Juventudes Socialistas), El Socialista, La Humanitat (de la Esquerra), El Debate (católico de derechas, legalista y moderado); reseñas de discursos incendiarios de Largo Caballero; implacables fragmentos de actas de reuniones del Comité Nacional de la UGT socialista que reflejan, sin lugar a dudas, la deriva revolucionaria del sindicato y el descabalgamiento, de su dirección, de Julián Besteiro y los moderados; reportajes, sobre el terreno, de los hechos revolucionarios publicados en Estampa.
“Las Juventudes Socialistas dicen: El proletariado no se movilizará por conquistas parciales más o menos ambiguas, por huelgas condenadas al fracaso en esta República de terror blanco, por reivindicaciones de tipo pequeñoburgués y sentimental. El proletariado se movilizará tan sólo ante esta consigna concreta: Por la dictadura de clase, por la insurrección armada, por el Poder” (Renovación, 4-8-1934). Este texto, reproducido en la página 266 del libro, no se limitó, en su día, a ser una irresponsable bravata de meras pretensiones tácticas. Era uno de tantos textos con los que, de manera clara y diáfana, se empujaba a los militantes socialistas a emprender el camino de la insurrección armada y la conquista revolucionaria del poder, con el objetivo alcanzar el comunismo utópico final, mediante la violencia implacable desplegada por la dictadura del proletariado. Pretensión, la anterior, completamente alejada de una supuesta defensa del orden republicano, ante una presunta provocación derechista, tal y como son justificados, tales sucesos, por algunos historiadores.
La Esquerra y Lluís Companys -homenajeado el pasado viernes 15 de octubre en Barcelona por el ejecutivo catalán con ocasión del 64º aniversario de su muerte- son los otros grandes protagonistas del golpe revolucionario. Tal vez, por ello, Pío Moa, movido por un incuestionable afán por la verdad histórica, ha denunciado recientemente, en los diarios Libertaddigital.com y La Razón, la falsificación histórica sobre la que quieren construir su proyecto de sociedad, los herederos políticos de ambas fuerzas –en alguna medida- en singular interpretación de su verdadero papel. Optaron por el golpe revolucionario y, pese a ello, intentaron arrogarse la fiel custodia de una legalidad republicana que despreciaban y que acataron, en su día, como vía rápida para la consecución de sus objetivos totalitarios. Semejante mentira histórica ha sido resucitada –otra vez- con irritante persistencia. Por ello el libro es tremendamente actual… y necesario.
Pero Pío Moa no se limita a describir la crisis de octubre. Para entenderla se precisaba enlazarla con los más relevantes acontecimientos históricos, anteriores y posteriores, de la época. Por ello, también escribe sobre las otras rebeliones organizadas contra la República, realiza precisiones en torno al alcance real de la represión ejercida sobre los revolucionarios, y describe la creación artificial de un ambiente propicio a la guerra civil que desembocó finalmente en su reanudación en julio de 1936.
En este contexto, de dolorosa actualidad, se precisa una catarsis en algunos medios políticos. Ciertos partidos políticos -PSOE, ERC y PCE, entre otros- deben revisar su pasado histórico y, al menos, no persistir en falsificaciones históricas que, únicamente, pueden envenenar la convivencia social española generando unas tensiones innecesarias. El PSOE está marcado, históricamente, por la tentación totalitaria; tal vez de ahí procedan esos renovados afanes suyos por el control de la sociedad civil desde el poder político, cultural y mediático, y el correspondiente acoso a las identidades colectivas no asimilables a su proyecto.
Pío Moa, al denunciar las vacías descalificaciones sufridas por sus textos, siempre ha reclamado, a sus detractores, datos e informaciones que rectifiquen los recogidos en sus obras, como condición imprescindible para un debate serio. Pero, paradójicamente, el silencio ha sido la principal respuesta a su propuesta, cuando no los insultos. Un debate científico es necesario también en torno a estas cuestiones. Es una exigencia lógica y racional. De momento, no lo ha conseguido. ¿Será distinto en esta ocasión?
Alan M. Dershowitz. “¿Por qué aumenta el terrorismo? Para comprender la amenaza y responder al desafío”. Traducción de Gabriel Rosón. Ediciones Encuentro. Madrid. 2004. 260 pp.
La articulación y límites del binomio libertad-seguridad han recobrado, desde el impacto de los masivos atentados terroristas del 11 S y el 11 M, dramática actualidad. En este contexto, nadie mejor que un judío estadounidense, jurista, activista por los derechos civiles, y experto en la práctica contraterrorista israelí, para aportar luz desde la perspectiva del chocante pragmatismo norteamericano.
Bastante valor han reunido en Ediciones Encuentro para presentar, al lector español, el libro que en esta ocasión comentamos; no en vano, lo integran un sugerente conjunto de reflexiones sinceras, particularmente pragmáticas y sin complejos, en torno al fenómeno mundial del terrorismo. Si a ello le sumamos que se trata de una elaboración intelectual típicamente norteamericana, ya tenemos los ingredientes de un producto “políticamente incorrecto”. Al menos en Europa.
A los norteamericanos los pintamos malvados o ingenuos, cuando no infantiles. Este, generalmente compartido, inicial juicio de valor, podría ser acreditado por algunas de las sorprendentes reflexiones del autor. Nos referimos, por ejemplo, a la polémica social planteada por la propuesta de un documento nacional de identidad en Estados Unidos. Tal discusión, irrelevante en España donde nadie discute su existencia, es fundamental para muchos norteamericanos –tanto republicanos como demócratas- que consideran que su implantación constituiría un enorme retroceso en sus concretas libertades. Todo ello contrasta, aparentemente, con las consideraciones que también realiza en torno a una problemática que, en principio, horrorizaría a cualquier europeo: la posible justificación moral de una cobertura legal que autorizara, con precisas cautelas judiciales, la aplicación de la tortura, en casos extremos, a terroristas, con el objetivo de evitar una masacre cierta e inminente.
El autor, norteamericano de familia judía ortodoxa, es un jurista y docente universitario activista por las libertades civiles gran conocedor de la jurisprudencia contraterrorista norteamericana e israelí; lo que le convierte en un excepcional observador del conflicto entre israelíes y palestinos. Otra sorpresa del libro. El autor sugiere que, a causa de su altísima estatura moral, el prestigioso Tribunal Supremo israelí tiene mucho que aportar en un necesario debate, realista y sin restricciones –y que de momento no se está suscitando en España- sobre los retos del moderno terrorismo y sus implicaciones en nuestra sociedad.
El binomio libertad-seguridad, en su aplicación europea, también ha sido directamente golpeado por el terrorismo. No obstante, la sociedad española no se ha planteado su alcance real; tal vez por habernos puesto a mirar en otra dirección para no ver una realidad inimaginable e inquietante. De nuevo, el pragmatismo yanqui contrasta con los prejuicios de la ideología predominante en Europa.
La tesis central del libro es sencilla. El terrorismo (que para algunos sería la continuación de la guerra con otros medios) crece en todo el mundo, cuantitativa y cualitativamente, por una razón de peso: el éxito que ha alcanzado. La opción por la práctica terrorista –asegura- es una decisión táctica racional, elaborada por cultivadas elites dirigentes, que persigue objetivos políticos; siendo premiada por las actitudes confundidas, acomplejadas y cobardes, de determinados países europeos, buena parte de la comunidad internacional, y organizaciones religiosas. Y, para confirmarlo, analiza el comportamiento de algunos gobiernos europeos que sufrieron, en su día, acciones terroristas palestinas. Su juicio es duro: Alemania, Francia e Italia, particularmente, han cedido ante las presiones de los terroristas palestinos, llegando, incluso, a premiarles en los foros internacionales. Por miedo, por simpatías ideológicas… Pero lo más grave no termina aquí. Este comportamiento inspiraría el modelo activista de Osama Bin Laden y su legión de seguidores, a los que denomina terroristas “apocalípticos”, para diferenciarlos de los marxistas del siglo pasado. Para afrontar esta amenaza no existen atajos: sólo es posible el éxito desde la firmeza y la unidad internacional, ya que si algún gobierno apoya a los terroristas, aunque sea mínimamente, entonces, buena parte de los mecanismos de respuesta pierden efectividad. De ahí, los debates morales, cívicos y jurídicos, que desarrolla a lo largo de su libro.
Para un observador español, buena parte de los conceptos y de los debates recogidos, en el libro, pueden resultar extraños: el marco legal y algunos de los valores de fondo, propios de la sociedad y tradición norteamericana, difieren en alguna medida de los nuestros. España no es Estados Unidos, evidentemente. Pero nos une el reto de un nuevo terrorismo, masivo y global, que podría acceder a armas de destrucción masiva…; aunque muchos no lo quieran ver. Y para articular las necesarias respuestas, que tendrán que adoptarse, mejor reflexionar y debatir ahora, que no después de un nuevo y masivo golpe.
Jorge Cabezas. “Infiltrados. De ETA a Al Qaeda. Editorial Planeta, S.A. Barcelona. 2004. 272 pp.
La historia de la infiltración de una mujer policía en el comando Donosti y el caso de las escuchas del CESID en la sede de Herri Batasuna de Vitoria, constituyen la excusa para una narración de la evolución y adaptación de los diversos servicios de información españoles al estado democrático y a los retos del terrorismo.
La infiltración policial en el seno de las bandas armadas constituye, en la ya larga historia del terrorismo, una de las técnicas más clásicas y eficaces desplegadas por el estado, para combatirlo, junto al empleo de redes de confidentes. Esas arriesgadas acciones persiguen el mejor conocimiento interno de la estructura real de una organización terrorista y la detención de sus integrantes, evitándose con ello precisas acciones terroristas. En la lucha del estado democrático contra ETA no podían faltan casos relevantes de infiltración que han prestado magníficos servicios. El autor, desde esta premisa, nos narra la historia de la policía que llegó, en su infiltración en los medios abertzales de San Sebastián, en la década de los noventa del pasado siglo, hasta el interior del mismísimo comando Donosti; proporcionando, entre otras, unas oportunas informaciones que permitieron, a Jaime Mayor Oreja y sus colaboradores, concluir que la “tregua” de la organización era aprovechada para fortalecerse.
Con idénticos fines, este tipo de operaciones, de extraordinario riesgo personal para sus protagonistas, se complementa con otras actuaciones, operativas y de inteligencia, en ocasiones en los límites de la legalidad. Por ello, el segundo caso que el autor nos narra extensamente es el de las escuchas del CESID en la sede de Herri Batasuna en Vitoria.
No obstante, este libro es mucho más que la narración de dos peripecias vitales, ya que, ambos episodios -que vienen a confirmar que “la realidad supera cualquier ficción”- son la excusa y el hilo conductor del objeto real del libro: la evolución y el desarrollo de los diversos servicios de información españoles en su adaptación a las exigencias éticas y legales del estado democrático y a las innovaciones tecnológicas de la globalización.
Guardia Civil, Policía y CESID, no siempre compartieron su información. Al contrario, incluso, en algunas circunstancias llegaron a obstruir acciones de los otros servicios; siempre desde una concepción patrimonialista de la información que pretendía retener, a toda costa, al que consideraban terreno propio. Parece ser, así lo asegura el autor, que tales prácticas son cosa del pasado, siendo, algunos recientes éxitos antiterroristas, palpable prueba de ello, a los que ha contribuido notablemente la cooperación judicial y policial francesa.
El libro es apasionante, describiendo -de forma muy amena- la evidente transformación de los servicios de información; lo que se traduce en su creciente cualificación y especialización profesional, la incorporación de nuevos métodos de trabajo, y su actualización tecnológica.
El autor destaca otra circunstancia decisiva para el éxito de la lucha antiterrorista, además de la progresiva eficacia de las fuerzas policiales. Esa no es otra que el preciso momento en que se comprendió –con Jaime Mayor Oreja al frente- que esta lucha no podía limitarse a la desarticulación de los comandos y a la detención de sus dirigentes. Había que combatir a ETA en todos su frentes pues, tal como afirma en su página 231 ”(…) actuaba como un estado en la sombra, ocupando aquellos espacios de la sociedad que en su día serían el recambio para la instauración de un nuevo estado vasco”.
Pero también plantea una circunstancia inquietante. Se nos explica que abundante documentación, requisada a la banda en su día, permaneció durante casi una década sin analizar. Durante aquellos años, en que se consideraba prioritaria la lucha contra la expresión armada de ETA, otras posibles vías de trabajo se descartaron. Posteriormente, el análisis de tales informaciones fue determinante para la ilegalización de diversas formaciones abertzales, la desarticulación de parte del aparato de extorsión de la banda y del de finanzas, o para la suspensión del diario Egin. De haberse dedicado, entonces, más medios humanos y materiales, previo análisis táctico y la correspondiente decisión de los máximos responsables de la seguridad nacional, tal vez se habría acortado este largo camino, evitándose con ello muertes y sufrimientos. Todo ello exige a los gestores de los servicios de información, un riguroso trabajo de inteligencia; y a los gobernantes y políticos, facilitar esa labor con todas sus consecuencias.
El libro estaba pensado para hablar de los servicios de información en su lucha contra ETA, pero los terribles sucesos del 11 M han obligado al autor, sin duda, a realizar una pequeña incursión en el mundo del terrorismo islámico. Y allí manifiesta un durísimo juicio de valor. No es comprensible que una banda de vulgares delincuentes aficionados, muy conocidos y bastante controlados por alguna unidad policial, lograra golpear de forma tan dura a la sociedad española. Huyendo de teorías conspiracionistas, a las que no concede crédito alguno, el escritor se decanta por la explicación más sencilla: más que por otra razón, se pudo consumar la masacre, ante todo, por la incompetencia profesional de los policías que mantenían contactos y confidentes en ese entorno. Pero este tremendo fracaso no puede, no debe, enmascarar una realidad evidente: se ha progresado notablemente en la lucha contra ETA, hasta el punto de doblegarla.
En cualquier caso, el libro señala un camino sin retorno en el que deberán transitar los servicios de información españoles en su lucha contra todos los terrorismos: la anticipación a las acciones terroristas mediante un paciente trabajo de inteligencia, también a través de la infiltración en las redes terroristas y otras acciones operativas, pero siempre desde la legalidad y con cobertura judicial en los supuestos en los que pueda existir conflicto con alguna libertad individual o pública.
José Peña González. “Alcalá Zamora”. Editorial Ariel, S.A. Barcelona. 2002. 262 pp.
Alcalá Zamora ya ha pasado a la historia como una figura clave del primer tercio del siglo XX español, pese a haber permanecido olvidado durante décadas. Quiso ser puente entre distintas generaciones y regímenes políticos; encarnando algunas de las mejores virtudes del carácter español, pero también decisivas carencias.
Para comprender la trascendencia histórica del ilustre político y jurista Don Niceto Alcalá Zamora y Torres, constituye una gran ayuda el juicio efectuado, por el autor del texto que aquí reseñamos en su magnífica introducción, cuando asegura que fue una figura puente de diversas y encontradas realidades de su tiempo. Así, habría intentado serlo entre la generación del 98, que por edad era la más próxima, y la reformista del 14. También trató de ser puente, pensando en un sector significativo de la sociedad española, entre una Monarquía agotada a la que sirvió y la República que pretendía ser –al menos para unos-solución a la crisis; intentando constituirse, en todo caso, en factor de moderación para beneficio de todos.
Católico sincero, actuó en política con una clarividencia que entonces apenas fue comprendida -ni seguida- por los “suyos”, por lo que su principal ambición careció de la imprescindible base social que precisaba para consolidarse; nos referimos particularmente a la configuración de un espacio político de centro que aceptara a la República sin reservas. Pero fracasó en ello, sumándose las masas del catolicismo social del momento a la política posibilista, pero distante hacia la República, de la CEDA, cuando no a las posturas radicales del tradicionalismo y de la extrema derecha alfonsina.
Sus encuentros -y desencuentros- personales marcaron, al menos en parte, su acción política. Romanones, Canalejas, Azaña, Gil Robles, Lerroux…; el trato que mantuvo con todos ellos, personajes fundamentales en el devenir histórico de España, también explican determinadas decisiones políticas, tanto las acertadas como las menos afortunadas.
Se consideró a sí mismo el hombre imprescindible para una alta empresa moral y política: la instauración de una República para todos. Pero no valoró bien sus propias fuerzas, subestimando además la capacidad de otros grandes protagonistas del momento. La mayor parte de su vida pública la desarrolló en el estrecho marco de la “vieja política” que denunciara Ortega. Ello, tal vez, le incapacitó para acometer tan magna empresa, en la que el temperamento y ambición de las principales fuerzas protagonistas (PSOE, CEDA, radicales, republicanos de izquierda…) poco tenían en común con los de los partidos de la Restauración (conservadores, diversas facciones liberales) en los que se desenvolvió durante más de dos décadas el propio Alcalá Zamora.
Nuestro autor reproduce, entre otros, un significativo juicio premonitorio enunciado por Don Niceto en una ocasión decisiva de su vida, en la que hizo pública su conversión republicana: “…una República que se entregue en sus comienzos sólo a los republicanos está destinada a morir y a morir inevitablemente” (discurso de Valencia, 13 de abril de 1930; reproducido en nota 36 a pie de página 147). Acertó. Aquí se resume el nudo gordiano de esa ambición política, de su clarividencia entonces incomprendida, y de su fracaso. Pretendió que la revolución republicana fuera únicamente política. Aspiraba a incorporar al nuevo régimen a la burguesía acomodada y a las masas católicas, inicialmente desafectas, liderándolas; pero su partido (Derecha Liberal Republicana) fracasó estrepitosamente. Quiso ser factor de moderación, pero fue instrumentalizado por extremistas y sectarios. Y, en contradicción con su propia filosofía política, no quiso dar ningún protagonismo a un Gil Robles del que desconfiaba por completo; dejando con él fuera del juego a unas masas sociales que, pese a su mínima identificación con la República, fueron leales a la misma hasta el extremo.
José Peña González, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad San Pablo y miembro de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, en esta aproximación biográfica no puede sustraerse a su condición de jurista; lo que se plasma particularmente en las páginas 178 a 251, desarrollando diversas consideraciones relacionadas con la elaboración de la Constitución republicana, la configuración del poder presidencial, etc. Recurriendo especialmente a diversas aportaciones historiográficas y documentales cordobesas, realiza, con este libro, un necesario acercamiento a la obra de quien fuera el primer presidente de la República que siguió a Alfonso XIII en la Jefatura del Estado. Una figura, en todo caso, decisiva para la comprensión de lo entonces ocurrido en España; cuyas dicotomías no hemos superado en buena medida.
Pol Ubach. “¿Aún votas, merluzo? Las degeneraciones de la democracia y el insulto a los lectores”. Producciones y Representaciones Editoriales, S.L. 2ª edición, abril de 2004. Barcelona. 2004. 152 pp.
Nuestra joven democracia disfruta, aparentemente, de una razonable buena salud. No obstante, el sistema, con la Constitución a la cabeza, podrían perfeccionarse. Pero, ¿son necesarias, realmente, algunas reformas?, ¿qué orientación deberían adoptar en tal supuesto? Este libro, cuyo elemento más provocativo es su título, propone, desde el sentido común, algunas sugerencias bastante concretas.
Nuestra joven democracia, la española, ya marcha camino de una interesante madurez. Casi nadie lo discute. Y lo hemos celebrado. Con todo, algunas voces se han elevado, reclamando cambios, generalmente orientadas al menoshacia una reforma del Senado que le proporcione un carácter más territorial. Pero, en el caso del libro que reseñamos, no es ésta su propuesta para tan ilustre institución. El autor considera que el propio Congreso se estructura con una representatividad territorial. De acentuarla además, en el caso del Senado, serían los nacionalismos periféricos los grandes beneficiarios de la reforma; lo que no redundaría en la generalidad de los ciudadanos. Por ello propone transformarlo en una cámara de representación de intereses: que sean los consumidores, los profesionales liberales, los estamentos universitarios, los sindicalistas, etc., quienes defiendan directamente allí a sus colectivos. Una propuesta que no habría que rechazar a priori pero que, seguramente, no encontrará eco alguno, pues algunos prejuicios siguen siendo muy fuertes.
También propone otras reformas pensadas para devolver, a nuestra democracia, una mayor representatividad popular en coherencia con sus orígenes, mirando a la Atenas clásica y no a Estados Unidos. Es el caso de la “democracia digital directa” mediante el empleo de nuevas tecnologías, la implantación de listas abiertas y desbloqueadas, convocatoria de referéndum, una disminución de la burocracia…
La democracia, también a juicio de este autor, proporciona indudables beneficios: generosos espacios de libertad, buenos niveles de representatividad y estabilidad… Pero, al igual que cualquier otra institución, necesita perfeccionarse; no en vano, el transcurso del tiempo, el predominio de nuevos valores y los retos culturales, exigen adaptaciones para prevenir su anquilosamiento. Todo ello no le impide valorar duramente al “Estado de las Autonomías”, uno de los logros más celebrados, y que, al contrario, no duda en calificar de fracaso histórico: los secesionistas no se han conformado y, por otra parte, se habría engrosado la burocracia hasta unos niveles difícilmente soportables.
Pero existen otros riesgos. Una de las posibles distorsiones procede de la que denomina partitocracia, por la que los partidos políticos se sirven a ellos mismos antes que a los ciudadanos; alcanzando su mayor peligro cuando se contaminan de ocultos influjos de grupos económicos de presión.
Por ello, hay que estar despiertos y echarle un poco de imaginación al asunto; que es lo que hace el autor desde un indudable pragmatismo, huyendo de prejuicios ideológicos. Reconoce, este escritor, haber incurrido en algunos excesos propios de la juventud: un idealismo que le llevó a posturas extremas. Enmendados tales, reconoce los méritos del sistema, propugnando su perfeccionamiento con un lenguaje común y mucha ironía; jalonando sus razonamientos con referencias a numerosas vicisitudes de nuestra reciente historia colectiva (políticos tránsfugas, cambios de gobierno, anecdotario de partidos). También recurre a citas de autores como Gustavo Bueno, Norberto Bobbio, José Saramago y otros consagrados. Más discutible es, sin embargo, su recurso a la que denomina “liturgia” democrática, comparándola con el modelo “mágico-religioso” que habrían servido de base a la concreta práctica democrática norteamericana, producto de la mentalidad puritana, y que rechaza en alguna medida. No podemos olvidar, sin embargo, que más allá de lo exagerado de ese planteamiento, realizado con cierto animus jocandi e intención pedagógica como métodos de aproximación al problema, la base religiosa de nuestra democracia es evidente: guste o no guste, los derechos humanos, de los que surgieron las bases de la cultura democrática moderna, sólo nacieron en una sociedad alimentada por el cristianismo, y no por el islam o el budismo, por mencionar otros contextos.
Otra cuestión que plantea, con unas soluciones discutibles desde nuestro punto de vista, es la relativa a la responsabilidad de los electores en la reforma del sistema. Para ello sugiere varias fórmulas para acelerarla: el voto en blanco, el nulo, o el emitido en favor de nuevas formaciones políticas inicialmente minoritarias.
Una última mención a un reciente fenómeno, directamente relacionado con el tema que nos ocupa, y que no trata el autor. Desde algunas plataformas cívicas “transversales” (estamos pensando especialmente en hazteoír.org y e-Cristians.net) se vienen articulando nuevas modalidades de participación política a través de internet: movilizaciones ciudadanas puntuales, campañas de opinión, interlocución ante políticos e instituciones públicas, etc. Así, la vía de la reforma del sistema, desde dentro y especialmente desde sus sectores sociales más vivos, es posible. Y muy conveniente.
Rafael Pi. “¿Fumas porros, gilipollas? De las muchas miserias del porro y del porrero”. Producciones y Representaciones Editoriales, S.L. Barcelona. 2004. 122 pp.
No es fácil encontrar, hoy día, alegatos partidarios de la prohibición, de los derivados del cannabis, ante un agresivo liberacionismo que, como otra expresión más del pensamiento “políticamente correcto”, parece que se impone socialmente. Este libro, más allá de lo provocativo de su título, constituye una excepción.
En las librerías de nuestras ciudades, medios de comunicación e, incluso, entre los intelectuales españoles, son muy comunes las manifestaciones partidarias de la legalización del cannabis y sus derivados; cuando no, incluso, de todas las demás drogas. Es más, esos tópicos y lugares comunes circulan libremente a través de revistas periódicas magníficamente presentadas de gran difusión. Vivimos en una situación paradójica: todavía prevalece, en prácticamente todo el mundo, la postura prohibicionista; no obstante, apenas es posible encontrar alegatos, medianamente extensos y razonados, que la avalen. Este texto es una excepción, evidenciando la necesidad de una revisión y rearme de los argumentos opuestos a la extendida mentalidad liberacionista que, tal vez, pretende la próxima legalización del cannabis; una vez que –parece- ha renunciado a la de otras drogas (heroína, cocaína, sintéticas…) cuyos nefastos efectos son generalmente reconocidos.
Los liberacionistas aseguran la inocuidad del cannabis; frente a ello, el autor recurre a la lógica y al sentido común invocando que las madres aseguran que el carácter de sus hijos ha cambiado, negativamente, desde que consumen porros. También rebate la afirmación liberacionista, de que el consumo de drogas estaba muy extendido en las sociedades tradicionales, asegurando –el autor- que se circunscribía a concretas prácticas mágicas o religiosas siempre bajo control del mago de la tribu. En la actualidad, por el contrario, es un fenómeno de masas asociado a la cultura del ocio, siendo en Occidente donde se consume especialmenteentre sectores sociales medios y altos; mientras, en el resto del mundo, son los sectores más desfavorecidos, empobrecidos e ignorantes, los que caen en su consumo.
El autor recupera, en otro momento, uno de los argumentos clásicos del prohibicionismo, particularmente denostado por los liberacionistas: “El porro sitúa en el atrio del templo de las drogas” (pág. 26). Y lo dice alguien que afirma haber experimentado con un buen número de ellas, porros incluidos, habiéndose quedado en el camino, por esa causa, algunos amigos que cayeron en ese infierno…
Goza de actualidad, por otra parte, el supuesto efecto terapéutico del cannabis; recordándonos, en la página 30 del texto, que la Academia de Medicina de Francia, en 1998, afirmó que no se ha demostrado que tales derivados sean superiores a los medicamentos clásicos.
El escritor no es un moralista: al contrario, manifiesta posiciones semi-utilitaristas, recurriendo polémicamente, incluso, a un inquietante y cuestionado personaje ocultista, Aleister Crowley, como ejemplo excepcional –a su juicio- de personalidad fuerte que “controlaba el consumo” de drogas y que, evidentemente, sería una excepción no asimilable a la inmensa mayoría de mortales. Y otra reflexión del escritor relacionada, en parte, con lo anterior. El estímulo químico de la percepción sensorial sería una forma más de alienación personal y, por ello, rechazable. Como corolario, recuerda que la obligación del Estado es velar por la salud pública, educando en valores, más allá de una pasiva permisividad. No parece, sin embargo, que la sociedad marche en esa dirección: se impulsan valores finalistas desmovilizadores (paz, amor, tolerancia…), según el autor, mientras que otros valores instrumentales (sacrificio, esfuerzo, entrega…) son ignorados.
En este contexto, de cambio social, proporciona una clave del trasfondo real del actual debate, en la página 118, cuando afirma que “…los derechos se aprenden antes que los deberes. Los primeros son «progresistas», los segundos «autoritarios». Tal es el clima que se ha desprendido de la noción de lo políticamente correcto. Es en ese clima en donde el porro ha logrado alcanzar cierto reconocimiento social”. Si es el hedonismo el ideal social, la legalización del cannabis será, antes o después, consecuencia inevitable...
Para contrarrestar lo anterior propone, nuestro autor, un viaje al interior de uno mismo: y todo lo que distorsione esa humanizadora experiencia vital sería negativo, alienante. También los porros.
En otro aspecto que nos presenta del problema, el geopolítico, sus tesis son arriesgadas. Asegura que Marruecos, en buena medida, vive del tráfico de cannabis. No existiría voluntad para su erradicación, pese a la inyección europea de enormes sumas a tal fin. Así, afirma, su contrabando no sería sino una más de las armas empleadas por Marruecos en el conflicto -de baja intensidad- que mantiene con España, persiguiendo debilitarla. Un razonamiento que, quienes estén en desacuerdo, deberán impugnar con argumentos y no con meras descalificaciones.
Pese a su pequeña extensión, el libro tiene ese indudable mérito: razona, rebate los tópicos liberacionistas generalmente no cuestionados, y argumenta, en un debate social que, aparentemente, apunta en una única y fatal dirección. Mucho se juega nuestra sociedad, de esta forma, como para decantarse, finalmente, por las tesis liberacionistas apoyándose únicamente en los endebles argumentos de sus “progres” partidarios.