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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Reseñas bibliográficas

“Madrid 1939. Del golpe de Casado al final de la Guerra Civil”. (Almena Ediciones).

Luis Español Bouché. “Madrid 1939. Del golpe de Casado al final de la guerra civil”. Almena Ediciones. Madrid. 2004. 280 pp.

 

 

El golpe de Casado, en el Madrid de marzo de 1939, pretendió poner fin a la guerra civil mediante un acuerdo, entre militares, que limitara las anunciadas represalias de los vencedores y, de paso, anegar el intento comunista de prolongar el conflicto hasta enlazarlo con la inmediata conflagración europea; única posibilidad de pervivencia del ya derrotado régimen frentepopulista.

 

Todo periodo histórico de transición atrae el interés de los investigadores. Así, algunos episodios acaecidos en las últimas semanas del Madrid frentepopulista desataron fuertes controversias entre historiadores: el carácter del golpe de Casado, el papel de los comunistas, la táctica del ejército franquista, la influencia de la política internacional, los nombramientos militares como detonante o provocación del golpe…

 

Esos polémicos nombramientos que, entre otros, ascendían al propio Casado a general, sin duda, existieron. Con ellos, Negrín intentó colocar a comunistas de entera confianza al frente de lo que quedaba del Ejército frentepopulista. Son varias las dudas al respecto: si llegaron a publicarse, si fueron parcialmente efectivos… Pese a las lagunas documentales, las contradicciones testimoniales y la circulación restringida -en su día- de los diversos diarios oficiales afectados, el historiador realiza un estudio sistemático de los materiales existentes, fundamental ya para cualquier investigación futura. Pero, ¿qué se pretendía con ellos?, ¿controlar al Ejército frentepopulista y prolongar la resistencia enlazando con la próxima guerra o, desde otra perspectiva, provocar un golpe del que se tenía constancia estaba en gestación? La respuesta no es fácil y tal vez no obtenga nunca respuesta definitiva. No sólo las memorias publicadas son selectivas, pretendiendo muchos de sus protagonistas justificarse, sino que imperativos de política partidaria mediatizaron esos testimonios; y más cuando los principales protagonistas han fallecido. En cualquier caso, buena parte de los objetivos pretendidos por el Consejo golpista se frustraron por la sublevación comunista en Madrid y la huida de la flota a Bizerta, perdiendo así toda baza ante los pacientes vencedores.

 

En un clima de deterioro institucional, de abandono de responsabilidades, de desconcierto generalizado, del “sálvese quien pueda” en definitiva, algunas figuras alcanzaron, con su comportamiento, una alta estatura moral: el anarcosindicalista Cipriano Mera, el socialista moderado Julián Besteiro, el propio Casado. Desdibujado queda Miaja. Por el contrario, Negrín juega un papel muy negativo, siendo los máximos dirigentes comunistas los que se llevan la peor parte en este reparto. Muy contundentes son las críticas, también, a los nacionalistas vascos: descritos como racistas, oportunistas... Ese patético clima moral y político repercutirá, muy negativamente, en la organización del exilio y su polémica financiación a través de JARE y SERE.

 

Otra cuestión importante que estudia nuestro historiador, e íntimamente relacionada con las postrimerías del episodio, es el pacto nazi-soviético de 1939; especialmente sus repercusiones en Francia, pero también las producidas entre los españoles allí exiliados. Es paradójico que, derrotada Francia, sean entregados socialistas y republicanos a las autoridades del nuevo Estado, mientras que los comunistas se libraban de ello; otra dolorosa circunstancia más que alimentó el anticomunismo de muchos socialistas españoles, finalmente escarmentados.

 

También aborda, desde la memoria de algunos personajes significativos que la conocieron por dentro, la relación entre Masonería y partidos republicanos. Su conclusión: ni la Masonería es la culpable de todos los males que se le atribuyeron, ni era la entidad apolítica y neutra que se proclamaba...

 

El anexo documental recoge algunos escritos e intervenciones del máximo interés. Así, los diversos discursos pronunciados en la noche del 5 al 6 de marzo de 1939 por los miembros del Consejo Nacional de Defensa. Es el caso, también, de algunos artículos, particularmente el que recoge las últimas horas en libertad de Besteiro, y el apasionante testimonio vital de Rafael Sánchez-Guerra.

 

Por algunos latiguillos, y breves reflexiones, es evidente que el autor no simpatiza ni con franquistas ni con comunistas. No obstante, esa toma de partido no le priva de lucidez en su trabajo, exponiendo objetivamente otros aspectos trascendentales que demuestran su olfato como historiador: el papel de la criptografía, las acciones del SIM, el comportamiento de los artilleros, las víctimas de aquellos meses, el papel crucial de las comunicaciones, el tesoro del Vita…

 

El texto es muy ameno, dramático en ocasiones, riguroso en todo caso. La derrota final, algunas actuaciones de la “quinta columna”, la caída de Alicante, las divisiones entre los exiliados, los problemas de representatividad de la República una vez derrotada…; todo ello es expuesto desde aristas muy dispares, proporcionando una magnífica radiografía del intento desesperado por un acuerdo de paz que pretendía reducir los daños sufridos por los españoles con la mirada puesta, incluso, en una reconciliación que, entonces, no era posible. Lástima. Es dramático, y particularmente doloroso, observar cómo existía una coincidencia en los anhelos de independencia nacional y cese del derramamiento de sangre española, al menos sobre el papel, en casadistas, negrinista y franquistas. Sin embargo, el drama se había desatado y el golpe de Casado no pudo impedir que se representara hasta sus últimas y, fatalmente, previsibles consecuencias.

 

El Semanal Digital, 12 de junio de 2004

“José María Gil Robles.” (Cara y Cruz. Ediciones B).

Miguel A. Ardid Pellón y Javier Castro-Villacañas. “José María Gil Robles”.Ediciones B. S.A. Barcelona. 2004. 300 pp.

 

La vida pública de este protagonista –o testigo- de algunos de los sucesos más relevantes de la España del siglo XX, todavía hoy sigue generando apasionados debates. Los dos autores de este libro, desde miradas contrapuestas, nos descubren el que, a su respectivo entender, constituye, a modo de luces y sombras, su legado para la historia.

 

A un ilustre aragonés afincado en Cataluña, Miguel A. Ardid Pellón, le ha correspondido el honor de defender los méritos políticos de José María Gil Robles, uno de los principales protagonistas de los sucesos de mayor calado político acaecidos en el siglo XX español. Numerosos fueron sus méritos, nos asegura: acatar la República pese a serias reservas ideológicas, agotar sus vías pacíficas apostando por la legalidad constitucional en todo momento, encuadrar y movilizar disciplinadamente a amplias masas sociales en principio desafectas al régimen republicano..., y todo ello desde una incuestionable lealtad a sus convicciones católicas y monárquicas durante toda su vida.

 

Hace ya bastantes meses, Ediciones B estrenó un sello propio, CARA Y CRUZ, con la loable pretensión de retratar a los principales protagonistas de la historia española del siglo XX. No podía faltar, Gil Robles, en esa exclusiva lista de 20 ilustres apellidos. Y, en esta ocasión, si ha sido al ilustre aragonés a quien ha tocado defender y destacar los aciertos del político democristiano, la tarea más ingrata le ha correspondido jugarla al joven Javier Castro-Villacañas. Su veredicto es muy distinto. A su juicio, Gil Robles cometió gravísimos errores, muchos ellos derivados de la particular interpretación de Gil Robles de uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia: la accidentalidad de las formas de gobierno. Menospreciándolas se habría cerrado posibilidades decisivas, juzga. No jugó a fondo todas sus posibilidades, por ejemplo, en las crisis del bienio radical-cedista, precipitando de esta forma el desmoronamiento de la República. Consecuencia de este principio fue, también, su incapacidad para mantener la unidad de la derecha monárquica durante la República. Tampoco permitió, por esa indefinición consciente y manifiesta, que cuajara un partido republicano de derechas; lo que habría podido sostener a una República embestida por la izquierda sovietizante y el potente anarquismo revolucionario.

 

Nuestro joven escritor es igualmente duro cuando enjuicia las actuaciones posteriores de don José María. Su accidentalismo no le impidió oponerse a todos aquellos católicos que colaboraron desde el interior del Régimen franquista para su perfeccionamiento y con vistas a una futura restauración monárquica. La CEDA fue un partido corporativo y antiparlamentario. De haber sobrevivido, seguramente, habría derivado en alguna modalidad de las modernas democracias cristianas. Pero, en cualquier caso, esos principios iniciales, en buena medida, habrían sido recogidos por ese Régimen al que se opuso Gil Robles casi desde sus inicios.

 

Cometió otros errores. Así, se habría equivocado por completo al analizar las posibilidades reales del nuevo Régimen: seguro, Gil Robles, de que no podría resistir el acoso internacional al término de la segunda guerra mundial, optó por una Monarquía que agrupara a gentes y partidos, de los dos bandos, comprometidos con una democracia posibilista a la occidental, como salida a la situación política. Por ello se negó rotundamente a cualquier compromiso de don Juan de Borbón con Franco: para no contaminar esa esperanza que pretendía ser la “Monarquía de todos” en la que creía. No le falta ahí, razón, a Castro-Villacañas, pues, ciertamente, la Monarquía que hoy disfrutamos es el resultado, también, de aquellos pactos entre ambos citados que llevaron, en última instancia y como efecto colateral, al ostracismo del político salmantino.

 

También se equivocó, ya en el crepúsculo de su vida, en su apuesta política personal, en los años de la transición española a la democracia. Su análisis político del momento le llevó a una fórmula, la del Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español, que fracasó por completo al carecer de una base social y presentarse fragmentada y privada del apoyo de la Iglesia católica.

 

Curiosamente, ambos autores, manteniendo posturas tan encontradas en sus valoraciones, parten de los mismos presupuestos: consideran que posibilismo y accidentalismo fueron los pilares del actuar de Gil Robles. Y lo que para uno es virtud, para el otro es grave defecto. Sin duda, y no pudiendo entrar en las fantasías de la política-ficción, para llegar a sus respectivas conclusiones, ambos autores son deudores de muy distintas subjetividades en las que la concepción de la política se remite a principios y cosmovisiones muy diversas.

 

Este libro no cierra, ciertamente, el debate existente sobre la figura y  protagonismo histórico de José María Gil Robles. Y más cuando muchos de los interrogantes existentes nunca obtendrán una respuesta segura, pues es imposible volver atrás en el tiempo. Pero, en cualquier caso, nos coloca, a los españoles de hoy, que vivimos en una sociedad desideologizada y consumista, ante una reciente historia que sacó con sangre lo mejor, y también lo peor, de unas destrozadas generaciones de españoles a las que debemos nuestro inmerecido bienestar.

 

El Semanal Digital, 17 y 18 de abril de 2004.

 

“Los curas de ETA. La Iglesia vasca entre la cruz y la ikurriña.” (La Esfera de los libros).

Jesús Bastante. “Los curas de ETA. La Iglesia vasca entre la cruz y la ikurriña”. Prólogo de José Bono. La Esfera de los libros. Madrid. 2004. 428 pp.

 

 

La crónica periodística de décadas de vida española marcadas por una relación conflictiva y parasitaria: Iglesia católica y nacionalismo vasco.

 

Jesús Bastante es un periodista, especializado en información religiosa, que cuenta, pese a su juventud, con una dilatada experiencia profesional en medios eclesiales; lo que le cualifica para aproximarse, con esta larga crónica, a una de las expresiones más problemáticas y dolorosas de la actual Iglesia española.

 

Debemos partir de una pregunta previa: nacionalismo vasco y catolicismo, ¿son consustanciales? Evidentemente, no. La Iglesia es anterior al nacionalismo y éste último se ha nutrido, además, de diversas y, en ocasiones contradictorias, corrientes vitales y de pensamiento. No obstante, durante muchos años, y casi sin discusión, aparentaron ser inseparables. Inmenso error. Pero aquello cambió, aunque cueste reconocerlo; hasta el punto de que el mayor núcleo de ateos militantes del Estado español se encuentra entre los jóvenes de una izquierda abertzale, estructurada desde ETA, que se ha alimentado de nacionalismo-revolucionario, marxismo-leninismo, feminismo radical, ideologías “emancipatorias” de todo tipo, ecologismo extremo, etc.

 

Un dato, de particular trascendencia en cualquier caso, emerge de la marea de nombres, fechas, documentos y circunstancias que nos desgrana el autor en su texto: la feligresía católica vasca, progresivamente, es, en sus convicciones políticas, menos nacionalista y más constitucionalista. Por el contrario, importantes núcleos del clero, de los religiosos, y de las estructuras diocesanas, mantienen –siempre según el autor- un marcado tono nacionalista; aunque muy envejecidos. Sin duda, ese “intentar marchar al ritmo del pueblo y de su cultura”, que llevó a tanto clérigo a posturas nacionalistas y radicales (una actitud que, conviene recordarlo, no ha sido un fenómeno exclusivamente vasco), en la actualidad les está alejando de la sociedad. Una paradoja histórica que muestra sin tapujos la verdadera naturaleza del nacionalismo y los perniciosos efectos de esa ideología totalitaria.

 

Pero, en esta atribulada Iglesia local, no todo ha sido unanimidad nacionalista, y así lo destaca el autor. Foro El Salvador, la entidad que agrupa a  un núcleo organizado de católicos vascos movilizados frente al nacionalismo totalitario y excluyente, surgió, como una voz profética, en defensa apasionada de las víctimas del terrorismo; denunciando contundentemente la infección nacionalista del cuerpo eclesial. Nació con  múltiples dificultades; desconociendo muchos de los católicos españoles, todavía hoy, su realidad y planteamientos. Se les acusó, incluso, de incurrir en algunos de los mismos vicios –por ellos denunciados- practicados por los nacionalistas; así como de romper, nada menos, la unidad eclesial. Transcurrido un tiempo, algunas de sus exigencias han sido recogidas por la propia Conferencia Episcopal Española en su instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y sus consecuencias, de 22 de noviembre de 2002. Y no podía ser de otra manera; recordemos la larga sucesión de posicionamientos, claros y sin ambigüedades de ningún tipo, pronunciados a lo largo de todos estos años, recogidos en La Iglesia frente al terrorismo de ETA (BAC, 2001), una voluminosa compilación de textos, en ese sentido, efectuada por José Francisco Serrano. La historia, con el tiempo, contribuye a colocar a cada uno en su sitio.

 

En este contexto, de oposición a algunas actitudes eclesiales contaminadas por el nacionalismo, también encontramos cierto protagonismo de seglares católicos vascos, aunque cada uno con sus matices: Carlos García de Andoin, José Luis Orella, Inmaculada Castillo de Gortázar, Javier Elzo... Y no olvidemos otra circunstancia: ¡la mayoría de las víctimas del terrorismo etarra tenían una pertenencia católica!

 

No obstante, la vida de la Iglesia, a lo largo de todos estos años, no ha estado determinada únicamente por la política asfixiante que se denuncia en el libro. No olvidemos su inmenso trabajo en la cultura, la educación, la sanidad, entre los marginados... Por ello, es bueno alejar, un poco al menos, el prisma de la política para intentar entender qué ha ocurrido desde una perspectiva más global. De esta forma, podremos extraer una conclusión: aquellos grupos cristianos que se han dejado arrastrar por la ideología nacionalista han perdido, progresivamente, la sustancia de la fe. Tengamos presente, por otra parte, la meritoria, y en ocasiones callada, labor de pastores abnegados, como Fernando Sebastián en Navarra y el propio Ricardo Blázquez en Bilbao, quienes están aportando nuevos aires a sus ámbitos respectivos.

 

En este sentido, la Iglesia, al igual que toda la restante sociedad vasca, también ha sido víctima del impacto de la ideología nacionalista en su ser. Otra víctima más. En tanto le interesaba, el nacionalismo se ha alimentado de múltiples recursos de la Iglesia, de las actitudes de algunos de sus pastores y de muchas gentes bienintencionadas, para, posteriormente, prescindir de todo ello; o, desde otras corrientes nacionalistas más radicales, recurrir a modernas ideologías de moda que, presuntamente, cabalgan a lomos de la historia. El nacionalismo, ante todo, es eso: nacionalismo. Y cualquier compañero de viaje será vampirizado en aras de su proyecto totalitario y excluyente.

 

Esa es la lección. Para la Iglesia, para España, para todos los vascos.

 

 

El Semanal Digital, 13 y 14de marzo de 2004.

 

“Cobardes y rebeldes. Por qué pervive el terrorismo.” (Temas de hoy).

Edurne Uriarte. “Cobardes y rebeldes. Por qué pervive el terrorismo”.Temas de hoy. Madrid. 2003. 286 pp.

 

 

La ciudadanía constitucionalista vasca se ha adelantado, con  movilizaciones y análisis, a la acción de sus políticos. Espoleados por una dura realidad y pertrechados con argumentos elaborados por intelectuales -generalmente izquierdistas- que han roto con prejuicios y tópicos del pasado, esos sectores cívicos han ganado un protagonismo que no buscaban: frente al fanatismo nacionalista, la indiferencia y la cobardía predominantes en la sociedad vasca.

 

El terrorismo de ETA pervive por varios motivos. De forma próxima, merced a la coartada institucional, moral y táctica que le ha proporcionado el nacionalismo llamado democrático a lo largo de los últimos años; especialmente con su radicalización y opción por la independencia. Remotamente, se alimentó por causas muy diversas. De todas formas, no se puede proporcionar una respuesta precisa, a este interrogante, si no se considera el ambiente político y la mentalidad predominantes en la transición.
Durante años, con motivo de cualquier atentado mortal de ETA, se escuchaba en muchos ambientes un latiguillo dialéctico especialmente cruel: “algo habrá hecho”, refiriéndose a la víctima. Poco a poco, esa auténtica justificación, tan extendida, dejó paso a una cierta indiferencia y al miedo. Predominaba, en cualquier caso, una mentalidad y una cultura política progresistas para las que, según afirma la autora en su libro, en la página 60, “No importaban las evidencias de los crímenes, las evidencias del totalitarismo, del ejercicio del terror. A pesar de todo eso, una parte de la izquierda siguió considerando que, al fin y al cabo, Batasuna se situaba en su mismo ámbito de intereses o era parte de lo que percibían como su clase social.” Pero esa percepción, fruto de prejuicios ideológicos y sectarismos ajenos a la realidad de las personas, se proyectaba en todos los ámbitos de la vida, de modo que, por ejemplo, “En el mundo académico, el terrorismo ni siquiera existía. No era un problema…” (página 143).
Por otra parte, denuncia Edurne Uriarte, las élites políticas carecieron, durante dos décadas, de una estrategia firme y de un análisis preciso de la realidad e implicaciones del terrorismo, pues, así lo recuerda en su página 120, “el Estado ha tenido la percepción de que no podía acabar con facilidad con el terrorismo o que sería más sencillo llegar a algún tipo de acuerdo para acelerar el final”. Se ignoraba, así, que “No es posible tener una estrategia antiterrorista eficaz si se mantiene una puerta abierta al diálogo permanentemente” (página 116).
En ese sentido, el pacifismo articulado en Gesto por la Paz cumplió un importante papel, en su día, iniciando y manteniendo una respuesta social, de rechazo al terrorismo, inexistente durante años. Pero se quedó en un pacifismo genérico que no analizaba a fondo las raíces políticas del terrorismo. Ese paso lo dieron los intelectuales del Foro de Ermua y los activistas de ¡Basta Ya!, exigiendo al Estado que asumiera su responsabilidad, desde una toma de conciencia de su legitimidad, junto a un análisis en profundidad de las relaciones entre terrorismo y nacionalismo. Fernando Savater explica éstas últimas magníficamente, recuerda la autora: los peces necesitan del agua para vivir, aunque no se pueden confundir con ella. Esa es la relación entre terrorismo y nacionalismo en la actualidad.
Y, mientras esos sectores de la sociedad reaccionaban, e intelectuales y políticos tomaban conciencia de su responsabilidad histórica, varias generaciones de españoles “Se han educado en el cuestionamiento de la idea de España…” (página 225); otro triste fruto del progresismo, dominante en la educación, la cultura y los medios de comunicación, que contribuyó a la debilidad de la respuesta social y política al terrorismo.
Los sectores sociales vascos que se han movilizado (víctimas y sus familiares, pacifistas, intelectuales de izquierdas, ciudadanos constitucionalistas) han marchado por delante de los políticos, en todo caso. El Partido Popular pronto asumió el discurso y análisis de los anteriores, impulsando medidas políticas, policiales y judiciales desde su posición de gobierno. También el PSOE, por un tiempo, asumió esos planteamientos de la ciudadanía rebelde. Pero la consiguiente exigencia, de unidad de acción de los partidos constitucionalistas, no ha cuajado por la actitud de una parte de la izquierda política -temerosa de perder su identidad si secunda la decidida estrategia impulsada por los populares- que antepone a ese necesaria unidad sus intereses de partido, aliñados por vetustos prejuicios sectarios.
El libro constituye, contundentemente, una autocrítica de la actitud de la izquierda y de muchos de sus lugares comunes. Por ello, no gozará de popularidad entre los sectores autodenominados progresistas. Pero también rompe otros mitos. Ese es el caso de la supuesta juventud inconformista y revolucionaria que, en el País Vasco, no ha secundado las movilizaciones ciudadanas frente al terrorismo, o que lo ha nutrido contra toda lógica. Igualmente, cuestiona el sentido real de muchos términos generalmente empleados, al abordar posibles soluciones a esta situación, tales como diálogo, negociación, paz…
El fanatismo de los terroristas y su entorno político más inmediato, la comprensión inicial de muchas izquierdas entonces y del nacionalismo moderado en la actualidad, la indiferencia y cobardía de muchos; todas estas actitudes, descritas lúcidamente por la autora en su libro, contrastan con la rebeldía de una minoría que, heroicamente, ha tardado años en encontrar un rostro, su espacio, un discurso coherente y una proyección política.
En estas circunstancias, sobre los hombros de los políticos pesa una enorme responsabilidad. Deberemos exigirles, a todos ellos: claridad de juicio, firmeza y compromiso, conciencia de la legitimidad democrática del Estado y de su misión, impulso de los cambios sociales positivos, superación de viejos prejuicios ideológicos… Un reto tremendo que no permite dilación ni excusa algunas.
El Semanal Digital, 21 y 22 de febrero de 2004

Los mitos de la represión en la Guerra Civil.

La operación político-cultural denominada “recuperación de la memoria histórica” se basa, en buena medida, en una serie de tópicos y mitos acerca de la Guerra Civil española que son desmentidos y desvelados desde una perspectiva científica, muchos de ellos, en la nueva obra del historiador Ángel David Martín Rubio.

 

                Prologado por Pío Moa, por medio de 14 jugosas páginas que enmarcan sistemáticamente la problemática historiográfica tratada en este libro y algunas de sus derivaciones actuales, Grafite Ediciones engrosa su interesante Biblioteca de Historia con el nuevo libro de Ángel David Martín Rubio: Los mitos de la represión en la guerra civil (Madrid, 2005). No es la única novedad ofrecida en esta colección: simultáneamente ha presentado al lector una reedición de la imprescindible obra de José María Fontana Los Catalanes en la Guerra de España, extensamente prologado, a su vez, por el historiador José Luis Orella, de la Universidad San Pablo – CEU.

 

                Sus 284 apretadas páginas profundizan, con un criterio de servicio a la verdad desde la fidelidad a las fuentes históricas y al sentido común, en algunos de los aspectos más dolorosos de la Guerra Civil española: la represión y sus víctimas en ambos bandos.

 

                El autor, quien cuenta con el aval de diversos trabajos previos de investigación histórica (los libros Paz, Piedad, Perdón… y Verdad. La represión en la guerra civil: una síntesis definitiva y Salvar la memoria: una reflexión  sobre las víctimas de la Guerra Civil, fundamentalmente), estructura su obra en ocho capítulos: Los precedentes: la violencia en la Segunda República; Alzamiento y Revolución; El concepto de represión; La cuestión de las cifras; El reparto geográfico de las víctimas; Los mitos de la represión; ¿Persecución religiosa o represión socio-política?; y por último, Algunas consideraciones sobre la represión en las dos zonas. Una bibliografía completa el texto.

 

                Son los capítulos V y VI, es decir, El reparto geográfico de las víctimas, con especial consideración a los casos de Madrid, Badajoz y Paracuellos, y Los mitos de la represión, los que por contenido y volumen, constituyen el corazón de la obra.

 

                A partir de un tratamiento sistemático de los datos estadísticos disponibles, su contexto y su interpretación, el autor nos expone, con la perspectiva científica del investigador, el estado actual de la cuestión. Sus conclusiones, aunque claras y contundentes, pueden calificarse de “políticamente incorrectas”, al desmentir buena parte de las teorías predominantes al respecto. Así, por ejemplo, determina que no es cierta la afirmación de que la represión perpetrada en el territorio dominado por el Frente Popular fuera de naturaleza incontrolada, producto del miedo a los sublevados y de la inexistencia de un verdadero Estado; lo que se habría tratado de controlar, posteriormente, mediante los llamados Tribunales Populares. Es más, a partir de los datos objetivos aportados y analizados por el autor, se impone la conclusión opuesta: fue fruto de un programa concreto, planificado desde las direcciones de algunos partidos políticos y de la Administración, que perseguía el exterminio del mayor número posible de los identificados como posibles opositores a un régimen político que, con voluntad revolucionaria, empezaba a implantarse. El caso de Paracuellos es, en ese sentido, significativamente paradigmático.

 

                Otro mito que desmonta, aunque de naturaleza distinta, es el de las matanzas de Badajoz, aportando los testimonios objetivos de algunos periodistas extranjeros, particularmente el del portugués Mario Neves, en absoluto simpatizante con los sublevados, y los datos estadísticos demográficos disponibles, que desmienten inequívocamente la fantasiosa versión difundida en su día y recuperada actualmente de manera incomprensible. Efectivamente, hubo matanzas en Badajoz; pero no se produjeron en una plaza de toros donde habrían asistido –presuntamente- “las fuerzas vivas” a modo de macabro simulacro de espectáculo taurino. Por otra parte, las efectivamente perpetradas tampoco alcanzaron, numéricamente, las dimensiones difundidas con esa falsa versión. Aspecto que, aunque relevante, no las justifica.

 

                Los temas tratados son numerosos y del máximo interés, incluyendo cuestiones poco desarrolladas generalmente, como esclarecedoras reflexiones en torno a las ejecuciones disciplinarias practicadas en el Ejército Popular, las producidas en el seno de las luchas intestinas entre diversas facciones frentepopulistas, la represión de intelectuales y personalidades de significación derechista o moderadamente republicana en territorio controlada por el Frente Popular, la incidencia de la persecución religiosa en los territorios de las diversas diócesis afectadas, etc.

 

                Es un hecho. Existe un amplio grupo de historiadores que vienen promoviendo una auténtica campaña propagandística de supuesta “recuperación de la memoria histórica”, tanto mediante estudios generales como provinciales o regionales, pero desde una mirada mutilada de la realidad que les empuja a una exaltación acrítica e incondicional del Régimen del Frente Popular. No obstante, cuentan con unos apoyos mediáticos casi absolutos. Por ello debemos preguntarnos: ¿qué se persigue con esta operación? Para el autor está claro: se reivindica intencionada y únicamente la memoria de los integrantes y de las políticas, expuestas de manera distorsionada además, del bando frentepopulista. En definitiva, enjuician con distintas varas de medir ambas realidades; fruto de una contaminación ideológica que anula a los objetivos y al mismo uso de los métodos históricos; descalificando a sus autores.

 

                Pero, hoy día, ya en el siglo XXI, ¿qué sentido tiene todo ello? Sin duda, tales movimientos responden a unos objetivos concretos: ¿acaso tratan de eliminar, o desvirtuar al menos, los nobles impulsos –y eficaces- de una generosa transición que se creía ya sólidamente implantada en la conciencia nacional?

 

                Sin duda, este tipo de operaciones responde a motivaciones políticas en última instancia, de carácter o impulso totalitario. No en vano, de totalitaria debe calificarse toda manipulación de la verdad histórica obrada por una ideología que pretende modificar, radicalmente, la realidad, al servicio de un sector social al que supuestamente afirma querer beneficiar. Encontramos, de esta manera, a medios de cierta izquierda que pretenden enlazar directamente la legitimidad de la actual democracia con la Segunda República; un régimen particularmente sectario, ciertamente. Es más, omiten que el mismo murió a manos, en buena medida, de una izquierda, ya sovietizada, ya empeñada en romper España desde postulados nacionalistas, que lo concebía como mero trampolín táctico de un proyecto revolucionario antidemocrático.

 

                No se trata, por lo tanto, de una polémica hueca o artificial: podría llegar a afectar profundamente, incluso, a los fundamentos de la futura convivencia española. Un lujo que, ciertamente, no nos podemos permitir. Debemos insistir en ello: la verdadera reconciliación, y una sana convivencia nacional, únicamente pueden apoyarse en el respeto y reconocimiento de la verdad. Una verdad despreciada en el horizonte ideal de esos movimientos políticos y culturales.

 

                Por todo ello, bienvenido el nuevo libro de Ángel David Martín Rubio.

 

 

 

Los mitos de la represión en la guerra civil.
Ángel David Martín Rubio. Prólogo de Pío Moa. 284 páginas.
Ediciones Grafite, Madrid, 2005.
www.grafite-ediciones.com

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 94, junio de 2005

 

“Terror en Chechenia” (Ediciones del bronce).

Anna Politkovskaya. “Terror en Chechenia. Traducción de María García Barris. Ediciones del bronce. Barcelona. 2003. 280 pp.

 

 

La de Chechenia, una guerra olvidada en las puertas de Europa, ya no es objeto de atención, apenas, por parte de los medios de comunicación. Este libro, escrito con amor a las personas y un patriotismo crítico, intenta romper el silencio.

 

Este texto es una recopilación de artículos de Anna Politkovskaya, una periodista del diario independiente moscovita Nóvaya Gazeta, siendo merecedor de diversos premios internacionales, periodísticos y literarios. Desde sus primeras páginas se golpea a la sensibilidad del lector, no en vano, narra una sucesión de atrocidades que, parece, nos trasladan a cruentos episodios, de la Segunda Guerra Mundial o de recientes conflictos balcánicos, en que civiles indefensos eran las principales víctimas: matanzas indiscriminadas, secuestros de vivos -o de sus cadáveres- presuntamente perpetrados por militares rusos bajo petición de rescate, operaciones de “limpieza” dirigidas contra la población civil, saqueos, expulsiones masivas, etc.
Existe un contraste doloroso, si miramos a la más palpitante actualidad. La guerra de Irak ha generado un seguimiento e interés exhaustivos: desde ONG’s de todo tipo, pasando por los omnipresentes medios de comunicación, y significativas organizaciones internacionales. Chechenia, sin embargo, sufre un conflicto de larga duración (cuyas raíces remontan a 150 años atrás al menos) que ha producido un número de víctimas más elevado que el padecido en el del Irak actual; y todo ello suscitando escaso interés.
Esta escritora actualmente exiliada, que participó en las negociaciones en torno al secuestro masivo de rehenes en el teatro Nord-Ost de Moscú, en octubre de 2002, nos sitúa ante uno de los dilemas políticos de la Rusia de hoy y que resume, telegráficamente, de la siguiente manera: Yeltsin gozaba de autoridad pero no de popularidad, Putin goza de popularidad pero no de autoridad. Aquí puede radicar una de las claves de una guerra que necesita mantenerse para –según la autora- seguir promocionando carreras profesionales y negocios, dirigidos por militares de alta graduación, alimentados por el esfuerzo bélico y económico que exige este conflicto. Y ello en el marco de un régimen político que no logra despegarse, del todo, de poderosos vicios totalitarios arraigados merced décadas de comunismo. Esta realidad demuestra, en cualquier caso, la existencia de un sistema político sui generis en evolución, muy frágil o, al menos, de enormes quiebras y contradicciones; sobre todo si lo miramos desde la ortodoxia de una democracia a la occidental.

 

Todo indica que –proporcionando diversas pruebas a lo largo del texto- parece existir un consenso, de los grandes actores de la escena mediática y política internacionales, en considerar que este conflicto sea únicamente un problema interno de Rusia que no precisa de control o mediación externa alguna.

 

De esta guerra se desconoce casi todo: el número real de víctimas, si sobreviven en realidad los comandantes rebeldes, la capacidad real de la guerrilla para seguir resistiendo, la verdadera autoría de numerosos crímenes perpetrados por elementos uniformados... Y esa ignorancia forzosa, impuesta manu militari, permite mantener el expolio del petróleo checheno y de sus habitantes por los diversos grupos armados; estando las autoridades más preocupadas en mantener sus sangrantes negocios que en restablecer la normalidad ciudadana y el respeto de los más elementales derechos humanos. De ahí el terror y el desconcierto en el que se desenvuelven la vida de los civiles chechenos. Los guerrilleros los utilizan en muchas ocasiones como escudos humanos. Pero la administración rusa les niega todo tipo de recursos y de derechos. En estas circunstancias, olvidados del mundo exterior, ¿qué esperanza les queda?, ¿hacia donde mirar? Resultado de todo ello: la destrucción de los lazos comunitarios de la sociedad chechena y la aparición en los supervivientes de un odio inmenso que no se apagará…
           
El libro proporciona interesantes informaciones, tanto de la realidad rusa, como de la chechena, plurales en cualquier caso. Así, por ejemplo, nos informa que dentro de la resistencia armada chechena pugnarían, por su predominio, wahabitas fundamentalistas, ajenos al particular islam local, y partidarios de la occidentalización de una improbable Chechenia independiente.

 

No se trata de un documento antiruso. Ante todo, no lo olvidemos, la autora es rusa. Y el texto refleja, por otra parte, el dolor que le produce la actual situación de su país desde un patriotismo crítico y un humanismo sincero y conmovedor. De esta forma, desfilan por sus páginas chechenos humildes, honrados militares rusos, políticos de primera fila, madres de soldados muertos… y todo tipo de personas, en su inmensa mayoría víctimas inocentes, que en silencio y con su humanidad destrozada, reclaman voz, justicia, verdad y paz.

El Semanal Digital, 3 de enero de 2004.

“Los otros vascos. Historia de un desencuentro” (Editorial Vasco Aragonesa y Grafite Ediciones).

José Luis Orella. “Los otros vascos. Historia de un desencuentro. Editorial Vasco Aragonesa y Grafite Ediciones. Bilbao. 2003. 256 pp.

 

 

Durante muchos años el centroderecha vasco ha vivido en la marginación política. Superada la inicial sopa de siglas, y plantando cara al terrorismo, a sus cómplices y a la indiferencia, hoy día puede afirmarse que el Partido Popular, sin olvidar a Unidad Alavesa, encarna el alma de buena parte de los otros vascos: aquéllos que no quieren ser nacionalistas.

 

 

La sociedad vasca es plural y, en consecuencia, el nacionalismo no detenta la exclusividad del ser vasco; aunque esos datos objetivos de la realidad no gusten a Ibarretxe, Otegui y otros. Actualmente el nacionalismo vasco, en su conjunto, controla el poder gubernamental autonómico y la mayor parte de mecanismos rectores de la vida social, cultural y económica del País Vasco. A pesar de lo anterior, y de los efectos paralizantes del miedo al tiro en la nuca: buena parte de los vascos se siguen identificando con el proyecto nacional español. Todo ello bien lo sabe el autor de este libro. Navarro, profesor de historia en la Universidad San Pablo - CEU, portavoz de Foro El Salvador (que agrupa a católicos vascos movilizados contra el nacionalismo totalitario), y actual presidente de Foro Arbil (entidad inspirada en los criterios teóricos y de acción de la Doctrina Social de la Iglesia).
José Luis Orella afronta, en esta ocasión, una cuestión que no podía aplazarse: la investigación histórica del actual centroderecha vasco. Y lo hace con urgencia, reflejándose en el estilo del texto. No podía ser para menos. Algunos de sus protagonistas ya han muerto (Julen Guimón, Luis Olarra, Chus Viana…), bastantes han sido asesinados (Gregorio Ordóñez, Miguel Ángel Blanco…), y otros muchos han abandonado su tierra o la actividad política (o ambas, como Pablo Mosquera). Famosos unos, conocidos otros, anónimos la mayoría; el tributo pagado por el centroderecha vasco, en defensa de su mera existencia como colectividad y de la presencia viva española en esta tierra, ha sido muy alto.

 

Esta corriente política vasca actual se ha nutrido, nos recuerda el autor, de tres fuentes principales: el llamado “carlismo sociológico”, el liberalismo moderado y la derecha católica. Pero ha tardado bastantes años en consolidar una expresión estable y significativa. Ya en los primeros años de la transición española a la democracia, sus hombres y mujeres fueron objeto de una feroz persecución terrorista que pretendía su extirpación como fuerza política organizada. Asesinando a algunos de sus militantes y líderes más significativos, los terroristas buscaban la eliminación de posibles núcleos activistas de esa corriente. Casi lo consiguieron. Pero debe añadirse otro factor que ha dificultado su configuración como opción relevante en el panorama político vasco: su inicial dispersión en numerosas siglas. Superada esa fragmentación, poco a poco, y de la mano de unos hombres y mujeres admirables, de las cenizas de este sector político surgieron, finalmente, el Partido Popular, actualmente punta de lanza del constitucionalismo, y la ejemplar, en tantos aspectos, Unidad Alavesa.

 

Pero esta opción política no nace de la nada. También responde, en alguna medida, a la movilización de un sector de la sociedad vasca que ha dado lugar a lo que el autor denomina afortunadamente, en uno de sus capítulos, como el país de los foros; cuando describe la estructuración del movimiento cívico de resistencia, frente al nacionalismo excluyente, integrado por víctimas del terrorismo, intelectuales, pacifistas y activistas sociopolíticos.
           
En los últimos años se ha venido observando, aparentemente, cierta inflación de textos relativos a la realidad política vasca; muchos de ellos centrados en el terrorismo y en el PNV. Es lógico y era deseable: el silencio, el miedo y la pasividad, finalmente, han dado paso a la denuncia, la investigación y el testimonio. La pervivencia del terrorismo, una excepción en la Europa actual, con la carga de dolor y sufrimiento que castiga a toda la sociedad española desde hace tres décadas, y las prácticas hegemónicas del nacionalismo excluyente, en detrimento de un sector significativo de la población vasca, exigían esta producción escrita sin restricciones.

 

El nacionalismo vasco, tanto el etnicista “moderado”, como el abertzale radical, comparten proyecto y estrategia. No busca un acuerdo con sus opositores políticos. No pretende la integración de todos los vascos. Al contrario, persigue la imposición de su proyecto a pesar de todos los que no opinan como ellos. Dentro de esta dinámica, diálogo, democracia, acuerdo, pluralismo, paz… son palabras cuyos significados originales han sido distorsionados, por los intelectuales orgánicos y los publicistas del nacionalismo, en aras de sus intereses tácticos. Por ello, es bueno que se conozca toda la realidad vasca, toda su historia, toda la verdad.

 

Un texto, en definitiva, que era necesario, dramáticamente actual y que puede señalar toda una línea de investigación histórica.

El Semanal Digital, 24 de enero de 2004.

“Mussolini” (Península/Atalaya).

R. J. B. Bosworth. “Mussolini”. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Ediciones Península. Barcelona. 2003. 636 pp.

 

 

El fundador del fascismo sigue generando, todavía hoy, cierto interés entre los historiadores. Formando parte destacada del grupo de dictadores del siglo XX, todo indica que fue un personaje muy distinto a un Stalin o un Hitler, asemejándose, especialmente por sus notables límites y contradicciones, a la mayoría de compatriotas.
Nos situamos ante una biografía de Benito Mussolini realizada por un historiador –australiano anglosajón- que se declara antifascista. Ello no le impide, sin embargo, romper con la mayoría de los mitos generalmente asumidos por los numerosos detractores del fascismo (¿no sería más correcto hablar de fascismos, en plural, incluso en la misma Italia?). Así, no se encuentran, en el libro, descalificaciones ideológicas o apriorísticas del personaje de ningún tipo. Pero tampoco sus nostálgicos partidarios quedarán satisfechos. Descubre, en todo caso, un Duce humano, y mucho: pasional, depresivo, sensual, contradictorio, intuitivo, inconstante, grandilocuente, voluble, explosivo, creativo...
La biografía de Mussolini es la historia de un fracaso. Se propuso cambiar Italia por completo, modernizando sus estructuras burocráticas y económicas, proporcionándole un imperio. Quiso desbordar, en soluciones revolucionarias, al socialismo del que procedía. Pretendía, pese a su pesimismo antropológico, y nada menos, cambiar la mentalidad de los italianos. Y fracasó en todo ello. Incluso su vida personal no fue en absoluto coherente y unívoca; circunstancia que pagaron, con un alto precio,  todos sus familiares, antes o después.
Mussolini es mostrado sin reservas. Veremos que, más allá de sus ampulosos discursos, las poses teatrales y sus apelaciones a los grandes principios, se aburría solemnemente con los pequeños detalles, sustanciales para una buena gestión de gobierno; y no digamos ya para el efectivo control de la marcha de una guerra casi universal que asoló también a Italia por segunda vez.

 

El Duce no carecía de humanidad. Cuando describe el hecho histórico del asesinato del famoso parlamentario socialista Matteoti, un auténtico hito en la configuración de la leyenda negra del fascismo, el autor informa detalladamente que, en contra de lo que pudiera presumirse, “… el propio Mussolini llegaría al extremo de enviar ayuda económica a la viuda de los hijos de Matteoti, tal vez una prueba de culpabilidad, pero no un acto de la crueldad y la insensibilidad implacables que mostrarían más tarde otros dictadores. Un dictador con un reflejo al menos de corazón contrito, tanto por la suerte de sus sicarios como por la de sus víctimas, si es que Mussolini fue eso, resulta un personaje insólito en el escenario brutal de la historia del siglo XX” (página 222).
El libro, ante todo, desmitifica: al Duce, al fascismo, y al antifascismo incluso. Es el caso también, entrando en un ejemplo significativo, de su supuestamente temida y tenebrosa policía secreta, asegurando que “…el personal de la Ovra, formado por unos 375 hombres en 1940, era bastante escaso. Ese número indica sin duda lo reducida que era en realidad la clase política de Italia y lo superficial que habían sido la penetración del fascismo, del antifascismo y de cualquier ideología moderna como religión política en la vida de la inmensa mayoría de los italianos” (página 248).
La participación en la guerra –clave del fracaso histórico del fascismo- se determinó cuando, contra el criterio de la mayor parte de los demás dirigentes fascistas, Mussolini consideró que ésta duraría apenas unos meses escasos más, proporcionando a Italia la posibilidad de beneficiarse de un nuevo equilibrio en el que disfrutaría de un papel decisivo. Su objetivo, retomando las decimonónicas aspiraciones de la Italia liberal, no era otro que dejar de ser la más pequeña de las grandes potencias y afrontar, de forma decisiva, el reto de la modernización. Se equivocó; pero además “Lo que quedó claro por detrás de los acontecimientos y las actitudes de los primeros meses de la guerra fue el enorme fracaso estructural de la modernización fascista tanto del Ejército como de la sociedad” (página 404).
A ese dramático escenario, como a tantos otros, según nuestro escritor, Mussolini se dejó arrastrar, de forma fatalista, por los acontecimientos; habiendo contribuido a alimentarlos desde la verborrea violenta que envolvía la mayor parte de los mensajes fascistas, predeterminándolos de alguna manera.
Incluso sus ulteriores racismo y antisemitismo fueron concesiones demagógicas a los que parecían “vientos favorables de la historia” procedentes de una –a la vez- temida y admirada Alemania nazi.
El escritor demuestra un amplio conocimiento de las fuentes históricas del fascismo (acreditado por las 88 páginas que ocupan las notas del libro), del contexto histórico de la Italia del siglo XX e, incluso, de los autores revisionistas y las corrientes políticas neofascistas.

Con todo, sorprende que un Mussolini incapacitado por el cúmulo de carencias que expone el autor, pudiera mantenerse en el poder durante más de dos décadas sin apenas contestación interna. Tal vez, la explicación ajustada, al menos en parte, sea la proporcionada por el autor: resultar una consecuencia más del tradicional divorcio de la política oficial con la vida real de los italianos, independientemente del régimen político vigente en cada momento.

El Semanal Digital, 3 de enero de 2004.