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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Actualidad nacional

Navarra: el final de la calma.

En política nunca se puede decir “para siempre”. Tampoco en Navarra es posible afirmar que nada cambiará, pese al claro predominio de una opinión pública mayoritariamente partidaria de su continuidad como Comunidad diferenciada. Las próximas elecciones del 25 de mayo, de la mano de un PSN-PSOE sin pulso político pero con pretensiones de acceder al Gobierno Foral, pueden traer importantes sorpresas.

Encuestas.
Las últimas encuestas publicadas, en los medios de comunicación de ámbito regional, han aportado extrema inquietud en las filas del centro derecha navarrista. Según las mismas, el partido actualmente en el Gobierno, Unión del Pueblo Navarro (UPN, en lo sucesivo), seguiría siendo la fuerza política más votada, pero sin conseguir la mayoría absoluta y sin apenas un margen de maniobra que le permita constituir nuevo Ejecutivo, después de las mismas. Su último apoyo, aunque esporádico, Convergencia de Demócratas de Navarra (el partido que surgió de la escisión protagonizada por el ex dirigente de UPN Juan Cruz Alli) podría quedar fuera del Parlamento Foral; por lo que la soledad del centro derecha sería total. El PSN-PSOE mejoraría resultados, Izquierda Unida se mantendría, la coalición nacionalista PNV-EA podría ganar un escaño, Aralar (los presuntos moderados escindidos de Batasuna) se estrenaría con otro. Y todos juntos podrían llegar a superar en número los escaños de UPN.
La principal incógnita a resolver en estos comicios, tanto en Navarra como en el País Vasco, es el destino de los miles de votos abertzales radicales. ¿Podrá la sustituta de Batasuna, la plataforma AuB, presentarse a los mismos? En caso afirmativo, las encuestas le otorgan 3 posibles escaños; de modo que la fragmentación de las fuerzas anti–UPN sería mayor, por lo que una alternativa de Gobierno tendría más dificultades en cuajar. Pero, de no lograr presentarse y difuminarse el voto abertzale duro, todo puede cambiar.
Puede darse la circunstancia, en definitiva, de que UPN, siendo la fuerza más votada, no pueda formar Gobierno: es más, si se repite la fórmula practicada en Baleares y seguida en Aragón, una coalición de todas las demás fuerzas políticas podría alcanzarlo, desplazando a UPN. ¿Ciencia ficción, mero cálculo político o falta de conciencia nacional en la izquierda llamada constitucionalista también en Navarra? En cualquier caso, la ausencia de un efectivo liderazgo y la carencia de una línea política precisa, ha llevado a destacados militantes del PSOE de Navarra, como el histórico Víctor Manuel Arbeloa o la ex-alcaldesa de Burlada, Pilar Aramburu, a abandonarlo en los últimos meses; decepcionados por la crisis permanente en que se desenvuelve la vida de la formación liderada por Juan José Lizarbe.
Si una característica puede destacarse del actual Partido Socialista Obrero Español -en realidad, una dramática debilidad- es la carencia de una conciencia nacional determinante; a lo que se une la voluntad de “tocar poder”, sea como sea. Esa peligrosa combinación, alimentada por las veleidades federalistas del dirigente catalán Pascual Maragall, ha propiciado que el PSOE haya dado paso a pactos de gobierno incomprensibles a priori, a ambiguas propuestas de reforma constitucional, y a silencios escandalosos de la actual Dirección socialista. También se ha visto sus efectos en el País Vasco. Patxi López y su equipo directivo han borrado, en buena medida, sus señas de identidad tradicionales. Con la casi exclusiva voluntad de marcar diferencias con el Partido Popular, están desarrollando una línea táctica confusa y poco definida, que no excluye pactos con el nacionalismo según evolucionen las circunstancias políticas. Pero, de seguir las cosas así, éstos últimos no los necesitarán para nada, por lo que su papel de “moderador”, simplemente, no tendría sentido.
En cualquier caso, una fase termina en Navarra a causa de la falta de rumbo de los actuales dirigentes socialistas: la de la entente, más o menor cordial, entre UPN y el Partido Socialista, que ha sido fundamental para la estabilidad institucional y social de esta tierra y clave del espectacular crecimiento económico de la última década.

¿Una revolución a corto plazo?
Planteemos una hipótesis. Patxi Zabaleta: futuro Consejero de Cultura del Gobierno de Navarra. Se trata de una posibilidad que no puede descartarse, en coherencia con el planteamiento antes expuesto, y que dibujaría un nuevo escenario de consecuencias imprevisibles a corto y medio plazo: el inicio de una nueva revolución cultural desde claves nacionalistas. Este histórico dirigente de Aralar, fogueado en mil batallas, no carece de programa político. Al contrario. Su inteligencia sólo puede equipararse a su frialdad y persistencia en los objetivos de siempre. Que nadie espere de su partido cambios significativos, renuncias programáticas esenciales o una acomodación burguesa. Rodeado de una aureola de eficacia y pragmatismo, resultando simpático en medios políticos y de comunicación adversos; la claridad y fijeza de las posiciones de Patxi Zabaleta contrastan con la frivolidad y la carencia de ideas de los socialistas navarros. Una mezcla que, de producirse en el futuro, sólo puede traer tensiones y dramáticas sorpresas.
Sigamos con las preguntas. Acordado un Gobierno de coalición “a la contra”, ¿se implantaría la propuesta de un “Órgano Común Permanente” entre las Comunidades navarra y vasca? Esta posibilidad, radicalmente rechazada por UPN en su día y perseguida por los nacionalistas, de prosperar supondría, en última instancia, un balón de oxígeno para el Plan Ibarretxe ante sus detractores abertzales radicales; pues subsanaría parte de las carencias achacadas al requisito soberanista de la “territorialidad”, al dar pie a que Navarra participe, de alguna manera, en su estrategia secesionista. Otro aspecto a tener en cuenta que, junto a la lucha que se anuncia por el control de Álava, sitúa a Navarra, de nuevo, en el preferente punto de mira de un nacionalismo vasco en plena ofensiva en todos los terrenos.
Pero, ante este posible vuelco de la situación política, no debe achacarse toda la responsabilidad a un PSN-PSOE sumido en una larga crisis de identidad y liderazgo. También UPN tiene su parcela en este campo, pues no ha sabido responder a las expectativas de sus electores, quiénes también reclamaban una política cultural sin complejos y en profundidad. UPN no ha sabido trabajar a largo plazo. Ha dejado vía libre, salvo medidas anecdóticas, a los agitadores que se sirven del euskera y del sistema educativo para formar una generación proclive a los postulados nacionalistas a través de las ikastolas públicas y privadas y numerosas asociaciones de todo tipo. Ha trabajado, fundamentalmente, a corto plazo manejando las grandes cifras de la economía, inhibiéndose ante los movimientos culturales y del mundo de la educación; que también conforman, de manera muy especial, a los futuros electores y a las nuevas generaciones navarras.

El futuro de UPN.
De perder el Gobierno, lo que ya no parece imposible, ¿cómo afectaría a UPN?
¿Futura crisis de liderazgo, acaso? No olvidemos que sus máximos responsables, Miguel Sanz y Rafael Gurrea, sufren serios problemas de salud; lo que podrían inhabilitarles para la política activa en un futuro próximo.
De confirmarse los peores augurios, ¿podrán sus sucesores mantener unido al partido? O, por el contrario, ¿sufrirá el centro derecha navarro la suerte de sus correligionarios alaveses? ¿Qué postura adoptará la Dirección nacional del Partido Popular ante la previsible crisis de su socio?
Numerosos interrogantes, en definitiva, que nos llevan a un escenario en el que todo es posible, acabando –seguramente- con la tranquilidad política, de los últimos lustros, que ha permitido un desarrollo económico y social (educación, sanidad y prestaciones sociales) excepcional para el conjunto de España.
En política nunca se puede decir “para siempre”. En Navarra, para intranquilidad de los navarros, tampoco.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 67, marzo 2003

El PNV y la lucha contra el terrorismo: el perro del hortelano.

¿Podrá mantenerse el PNV, indefinidamente, en su “neutralidad” frente al terrorismo de ETA? ¿Cómo definir las relaciones existentes entre PNV y ETA? Una relación histórica, basada en su común nacionalismo, que se verá sometida a duras pruebas en el futuro.

El saqueo de Euskadi.

“Durante los últimos veinticinco años, el Partido Nacionalista Vasco no ha parado de jugar a la estrategia del perro del hortelano: no sólo no ha acabado con ETA sino que tampoco ha permitido que aquellos que sufren en sus carnes el azote terrorista pongan los medios para poner fin al último grupo terrorista de Europa”. Así resumen, en la página 804, los autores del libro ETA. El saqueo de Euskadi (Editorial Planeta, Barcelona, noviembre de 2002, 830 páginas) el papel del PNV ante el terrorismo de ETA. Consideran, además, que el PNV actúa de esta forma, con plena conciencia a partir del nacionalismo que comparte con ETA, siguiendo los dictados de un puro cálculo táctico; sin minusvalorar la existencia de implicaciones y afectos familiares entre ellos. Una de las pruebas que ofrecen en apoyo de esta tesis figura en la página 669, cuando reproducen la transcripción de una conversación, entre responsables del PNV y Herri Batasuna, celebrada el 26 de marzo de 1991. Xavier Arzalluz afirmó ante sus interlocutores radicales: “Nosotros somos los de siempre, nacionalistas. Sin revolución, sin marxismos ni tiros, pero con los mismos objetivos que vosotros. En el futuro, en el País Vasco sólo van a quedar dos fuerzas nacionalistas, el PNV y HB, por lo que habrá que pensar en algún tipo de colaboración. Por eso es falso eso que decís de que estemos impulsando a la Ertzaintza contra ETA. Lo que estamos haciendo es frenándola. La Ertzaintza podía tener datos sobre un comando en Donosti y no ha procedido (a su detención). No creemos que sea bueno que ETA sea derrotada. No lo queremos para Euskal Herría”.

El matrimonio formado por José Díaz Herrera e Isabel Durán, especializado en investigación periodística, vuelve a escribir sobre el País Vasco y Navarra. De su lectura se impone, entre otras, una conclusión fundamental: es inconcebible la violencia de ETA sin el apoyo expreso del PNV, particularmente en circunstancias críticas de su historia. Ya en los primeros -y difíciles- años de vida de ETA, el PNV salió en su defensa y no sólo con buenas palabras. Un ejemplo contundente. Después del Consejo de Guerra de Burgos de 1970, como consecuencia del acoso policial, ETA se encontraba diezmada, sin apenas estructuras operativas, líderes ni militantes. De EGI (Eusko Gaztedi Indarra), las juventudes del PNV, partieron de la mano de Eustakio Mendizábal, Txikia, en torno a 300 militantes, para engrosar las filas de ETA. Este oportuno refuerzo proporcionó a la diezmada organización un soporte humano imprescindible para su supervivencia y la violenta campaña que siguió a las pocas semanas de producirse este desembarco. No queda claro, en el citado libro (estos hechos se narran en su página 679), si ese trasvase de militantes fue el resultado de una operación política, fríamente calculada del PNV para evitar la desaparición de la organización que en el futuro podía proporcionarle singulares beneficios; o producto del atractivo de la línea de ETA sobre las juventudes de un partido centenario entonces anquilosado, sacudido por el impacto de las ideologías radicales de moda por aquellos años. No olvidemos que toda la sociedad europea se vio afectada por esas corrientes izquierdistas que, alcanzando todas las esferas de la vida, y con la mirada puesta en los movimientos de liberación del tercer mundo, aspiraban a una transformación revolucionaria de la sociedad, la política, la religión; hasta las prácticas sexuales. Lo cierto es que, desde entonces, tal como se describe en el libro, los contactos entre ambas organizaciones no han faltado nunca.

ETA nació como una escisión del PNV, dentro del caudal del nacionalismo vasco. Seguramente, tal como ocurrió con escisiones anteriores, caso de Jagi-Jagi, los líderes del PNV pensaron que, antes o después, los militantes de ETA regresarían al PNV, sancta santorum del nacionalismo. Pero ahí se equivocaron. ETA creció y, sin perder sus raíces nacionalistas, se alimentó de otras corrientes ideológicas completamente alejadas de las conformadoras del partido madre, transformándose en una organización revolucionaria y anti-sistema. Transcurridas unas décadas, desde entonces, ya está claro que jamás regresarán a “casa”. Tienen sus propias ideas, han alcanzado la mayoría de edad, han pagado un tributo en sangre por ello y aspiran a relevar al padre y dirigir la casa; una “casa” que ya no es el viejo “alderdi”, sino todo el País Vasco de su quimera. Pero, ¿es consciente el PNV de la verdadera naturaleza de ETA?

El criterio de Ardanza en 1996.

El lehendakari Ardanza planteó a la Asamblea Nacional de su partido en febrero de 1996: "desenmascarar, ante las propias bases del MLNV y ante toda la sociedad, el auténtico proyecto estratégico de la actual dirección de la Izquierda Abertzale. Su carácter esencialmente revolucionario y anti-sistema, así como su intención manipuladora de la ‘cuestión nacional’, deberán quedar al descubierto. Sería el modo más eficaz de provocar en el MLNV las contradicciones internas necesarias para que el soporte social abertzale del Movimiento comience a cuestionar el proyecto político de la actual dirección y, con él, el sentido y la utilidad de la ‘lucha armada’".

De este texto podemos deducir varias conclusiones:

Ardanza realizó un singular diagnóstico de la naturaleza de ETA, calificándola de organización esencialmente revolucionario y antisistema.

Advierte el peligro y perversidad del MLNV; de lo que se deriva la necesidad de combatirlo.

En consecuencia, propone una estrategia concreta frente al MLNV: desenmascarar el proyecto revolucionario de su dirección ante sus propias bases y así cuestionar la utilidad de la lucha armada.

El análisis se realiza desde una óptica plenamente nacionalista: ETA manipularía la cuestión nacional. Es el proyecto de nación, por tanto, lo que juzga la conveniencia y adecuación de ETA al mismo. ETA sería, antes que nacionalista, comunista, revolucionaria y anti-sistema.

Vemos que, al menos en ese momento histórico, y nada menos que según el juicio del entonces lehendakari, el nacionalismo vasco moderado era consciente de la naturaleza de ETA y de sus reales expectativas políticas a medio y largo plazo.

Sin embargo, desde entonces, el nacionalismo vasco moderado ha prescindido, en la práctica de su evolución táctica, de tales presupuestos. Ha ignorado la peligrosidad derivada de la intrínseca naturaleza del MLNV estructurado por ETA, por una parte y, por otra, al no cuestionar sustancialmente su proyecto y darle cobertura con su propia estrategia soberanista, le ha proporcionado legitimidad.

El cambio estratégico del PNV.

¿Qué ha ocurrido para que se haya dado este cambio?

Muchas cosas: Ardanza dejó de ser lehendakari y ante la parálisis del pacto de Ajuria Enea propuso el llamado Plan Ardanza poco antes de finalizar su mandato; se negocia y cristaliza el pacto de Lizarra; consecuencia de lo anterior, tiene lugar la llamada tregua unilateral de ETA; posteriormente, la ruptura del espejismo; le sigue el inesperado éxito electoral del PNV del 13/05/01; coronando este proceso, finalmente, el Plan Ibarretxe. En cualquier caso, todo ello indica que se ha producido un cambio histórico en la opción estratégica del PNV y sus aliados de EA, optando por la independencia y la secesión a medio plazo, cuando años atrás, la concebían más como un objetivo ideal, que como una aspiración realista; subordinado en cualquier caso al final del terrorismo.

Ahora, también el PNV apuesta por alcanzar la independencia a corto plazo, pero sin condicionarlo a la desaparición de ETA. Es más. Trata de incorporar a Batasuna a su propia estrategia. Siendo justos, esto no quiere decir que el PNV no advierta las sustanciales diferencias existentes entre ambos proyectos nacionalistas. Seguramente sigue considerando necesario limitar el espacio político y social del MNLV, así como reducir o eliminar en su día la violencia de ETA. Tal vez por ello, habría optado por la vía de reducir la bolsa electoral de Batasuna, sirviéndose de los beneficios indirectos derivados de su deslegalización; intentando aglutinar una parte del voto abertzale radical al plantear una alternativa política secesionista que satisfaga a esos miles de votos abertzales, lo que impediría regresaran a Batasuna. En este sentido, el Plan Ibarretxe también es la respuesta encaminada a la conservación del voto abertzale.

Sin duda, por debajo de la superficie, existe un complejo “tira y afloja” entre el PNV y Batasuna; una competición inevitable, pues ambos intentan liderar la movilización nacionalista en aras de su respectivo modelo de país, tratando de incorporar al otro, por las buenas o por la fuerza de los hechos, a su propia estrategia. El objetivo es el mismo: la independencia. Pero en el ritmo y los medios no hay acuerdo. Batasuna emplea todo tipo de medios y su opción es la ruptura unilateral e inmediata. El PNV opta por una estrategia gradualista en la que el agotamiento del techo autonómico y la “soberanía compartida” serían fases intermedias encaminadas al mismo fin.

¿Cómo hacer frente a ETA?

Para afrontar al terrorismo de ETA, y su complejo soporte social, se puede intentar desde diversa vías:

Policial y judicialmente. Es la vía que ha sido empleada con mayor o menor fortuna durante todos estos años de democracia. Es imprescindible la cooperación internacional para su mayor efectividad. Se han dado pasos importantísimos en los últimos años en ambos sentidos. Pero, pese a todo, ETA sigue activa.

Políticamente, a través de las instituciones representativas democráticas locales, autonómicas, nacionales e internacionales.

Social y culturalmente.

El PP y el PSOE optaron por la vía policial y judicial, fundamentalmente. Pero con la grave carencia de no haberse producido, durante muchos años, la imprescindible colaboración internacional, en particular, la francesa. Posteriormente optaron por la plena confrontación política, asociando nacionalismo vasco en general con ETA en particular al intentar desbancar del gobierno vasco a los nacionalistas en las elecciones del 13 de mayo de 2001. Y también vienen probando la vía de la movilización social y cultural, especialmente la primera, a través del Foro de Ermua y el nuevo movimiento ciudadano de resistencia y pacifista vasco; si bien hay que especificar que no se trata de un movimiento homogéneo.

El PNV ha mantenido una postura cambiante, poco decidida en cualquier caso, dependiendo de las concretas circunstancias políticas y de sus propios intereses de partido; lo que ha desesperado y exasperado a buena parte de la opinión política española.

Nos situábamos en 1996, con un análisis muy claro y una estrategia concreta; todo ello, en parte, retomado por un “plan Ibarretxe” que pretende, además de avanzar sustancialmente hacia el soberanismo, atraer electores de la izquierda abertzale, privándole así del colchón humano que justifica y alimenta a ETA. Así opina Joxan Rekondo en su artículo ¿A quién favorece el “plan Ibarretxe” (revista electrónica Goiz-Argi, Nº 25, enero de 2003). Pero, podríamos preguntarnos: el PNV ¿actúa libremente o es rehén de ETA?

Algunas reflexiones.

Si la ruptura de la llamada tregua propició la radicalización del PNV, y éste era un objetivo perseguido por ETA desde la lógica interna de su análisis –de raíz maoísta- de la fase actual de la “guerra prolongada y de desgaste”, ¿no es ETA la organización que lidera realmente el actual proceso? Todo parece indicar que el MLNV ha logrado radicalizar al PNV y sus socios, pero no ha logrado liderar el proceso; lo que también pretende realizar el PNV con la mirada puesta a largo plazo al considerar a Batasuna como un formidable rival al que deberá frenar antes o después.

Afirmábamos, más arriba, que el PNV intenta controlar electoralmente al MLNV y reducir de forma progresiva su incidencia social; lo que debiera eliminar la actividad terrorista. Pero esto no es tan fácil, entre otros motivos, por haber olvidado –o al menos, aparcado temporalmente- el presupuesto desde el que partía Ardanza: ETA es una entidad revolucionaria cuyo proyecto no se agota con la independencia. También olvida que su base social no coincide con su electorado. Prueba de ello es una reflexión de ETA emitida con motivo del desastre electoral de Batasuna, en su publicación ZUTABE, en el que valoraba el 13-M. Indicaba que no puede confundirse “recuperar votos” y “dar un nuevo impulso a la base social”, lo que “no se conseguirá mediante movimientos o iniciativas políticas de alto nivel. Para lograr este objetivo, será fundamental el trabajo en los pueblos y barrios. Comunicación directa y trabajo de relaciones e interpelación, adecuación de estructuras organizativas de los barrios... esos son los cambios que hay que analizar y poner en marcha tanto para un futuro inmediato como a largo plazo”.

Por todo ello, para vencer a ETA habrá que hacer algo más allá que intentar aglutinar votos procedentes de una ilegalizada Batasuna. En definitiva, el PNV, si quiere despejar el futuro del País Vasco, deberá modificar sustancialmente su estrategia, haciendo propia, de una vez, la propuesta de Ardanza de 1996. Pero, ¿realmente quiere el PNV frenar al MLNV? Además, se impone una objeción: su común nacionalismo, ¿no es impedimento absoluto para una empresa de esa envergadura? Y, de decidirse finalmente, ¿tendrá reservas y energías suficientes?

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 66, febrero de 2003

¿Crisis en el nacionalismo vasco?

El nacionalismo vasco muestra algunas fisuras ante las próximas elecciones municipales y forales del 25 de mayo de 2003, circunstancia a la que se suma el último comunicado hecho público por ETA, el pasado día 5 de diciembre, en el que ataca ferozmente al PNV. ¿Se trata de divergencias meramente circunstanciales o cuestionan el actual rumbo estratégico del conjunto del nacionalismo vasco?

 

El nacionalismo vasco está viviendo un auténtico terremoto político causado por dos circunstancias: la ruptura de las negociaciones celebradas entre PNV y EA de cara a una posible coalición, ante las elecciones municipales y forales del 25 de mayo, y el contenido del último comunicado hecho público por la organización terrorista ETA.

 

La ruptura PNV – EA.

En la tarde del pasado 11 de noviembre se escenificó, con diversas excusas, la ruptura de las negociaciones mantenidas entre PNV y EA, en las que ambos intentaban formalizar una coalición ante el próximo reto electoral.

Es posible que pesara, particularmente, el miedo de Eusko Alkartasuna de ser engullido por el PNV, partido del que procede y que disfruta de un peso político y social notablemente superior, así como cierta inflexibilidad del PNV al pretender un acuerdo más amplio que el propuesto por sus socios del gobierno vasco. También podía adivinarse la sombra de Aralar, la nueva formación procedente de la izquierda abertzale, a la que también miran con buenos ojos los demás integrantes del llamado Foro de Bayona (Zutik y Batzarre, los restos de las antiguas LCR y MCE, que mantienen cierta implantación en el País Vasco y Navarra, respectivamente).

Aralar, por su parte, busca la consolidación de un espacio político propio, lo que explica su convocatoria de una marcha, inicialmente prevista para el domingo 22 de diciembre en San Sebastián, casualmente coincidente en fecha con la organizada en Bilbao por el Lehendakari Ibarretxe; y que finalmente ha aplazado hasta el día 4 de enero de 2003. El rechazo de Aralar a participar en la citada convocatoria del Lehendakari, realizada bajo el lema de “ETA kanpora” (ETA fuera), no le ha ahorrado graves críticas emitidas por antiguos correligionarios; en esta ocasión, en labios de Arnaldo Otegui. No podía esperarse otra cosa de quiénes consideran que dividir a la izquierda abertzale es una falta injustificable. Con todo, Patxi Zabaleta, principal dirigente de Aralar, ha participado, portando la pancarta con la que se iniciaba, el domingo 22 de diciembre, en la marcha realizada en Pamplona, en favor de la excarcelación del preso de ETA Bautista Barandalla; al parecer, gravemente enfermo. Que participara en esa marcha de Pamplona y no en la de Bilbao, pese a las críticas recibidas, es una muestra más de la complejidad en la que se mueve esta nueva agrupación.

Con todo, la gran incógnita sigue siendo el futuro de Batasuna y su repercusión electoral. ¿Qué pasará con sus votos?

Las encuestas adivinan cierto cansancio entre su electorado, que podría buscar, al menos una parte del mismo, nuevos amarres electorales, tal como lo hizo en las últimas elecciones vascas. Pero tengamos en cuenta que el espacio social de Batasuna no coincide con su electorado. Aunque no logre superar las dificultades que se le están presentando en el plano puramente político, y que previsiblemente impedirán su presencia en las citadas elecciones, su movimiento social sigue casi intacto.

Son varios los interesados en la captación del voto radical: todas las fuerzas políticas nacionalistas buscan beneficiarse, en mayor o menor medida, de la bolsa de Batasuna. Por ello es importante observar la evolución de los acontecimientos, los posicionamientos futuros de los líderes de Batasuna y, ante todo, la postura de ETA, que buscará algún tipo de beneficio a cambio: una aceleración en los plazos del Plan Ibarretxe, una mayor resistencia de las diversas instituciones vascas en contra de la deslegalización de su brazo político, una disminución de la presión de la Ertzaintza…

 

El último comunicado de ETA.

La organización terrorista ETA, con su último comunicado hecho público a través del diario Gara el pasado día 5 de diciembre, ya se ha manifestado en buena medida, aunque quedan muchos interrogantes por resolver. Han rechazado contundentemente el Plan Ibarretxe, acusándolo de pretender una nuevo estatuto, con el objetivo de deshacer a la izquierda abertzale y conseguir una situación de mayor comodidad para el País Vasco en España; por lo que no dudan en calificar a Ibarretxe de traidor y otros gruesos epítetos. Bajo la expresión de “libre voluntad”, no se ocultaría otra cosa, en palabras textuales, que “mantener las poltronas de los del PNV, proteger su dinero y negocios, asegurarles su cómoda forma de vida. ¿Quién pagará esa factura? Los de siempre. Como siempre. El pueblo”. Igualmente le acusan de emplear a la Ertzaintza en contra de los ciudadanos vascos.

No podemos olvidar que, desde algún ambiente próximo al PNV, se había sugerido la existencia de una tregua tácita de ETA. En su comunicado lo han desmentido radicalmente, acompañando como prueba la reivindicación del atentado con explosivos, recientemente realizado, contra una conservera en Azagra (Navarra). Este atentado parecía evidenciar una gran debilidad en su capacidad operativa, lo que podría explicarse por las seguras dificultades en que se encontraría la organización terrorista ante la avalancha que viene sufriendo: éxitos policiales, proximidad de la deslegalización de Batasuna, clausura de sedes, cerco financiero, colaboración judicial y policial francesa y de otros países (Méjico, Argentina, Venezuela), medidas judiciales contra diversos frentes de ETA, etc. En cualquier caso, sea fruto de una extrema debilidad, o de no querer ir mas allá (para no hundir el Plan Ibarretxe, anteriormente), ETA sigue manifestando su voluntad de constituir la vanguardia del nacionalismo vasco; lo que sin duda pone en relieve la competición en que se encuentra enzarzada con el PNV. El atentado del 17 de diciembre, que costó la vida del joven guardia civil Antonio Molina en Collado Villalba (Madrid) y que evitó una casi segura ulterior explosión terrorista, de consecuencias insospechadas, acredita esta tesis; al igual que la reciente caída de dos de sus comandos, en el sur de Francia, cuyo objetivo era desarrollar en España una campaña de atentados.

                El comunicado, en definitiva, constituye uno de los mayores ataques dialécticos realizados por ETA contra el PNV, poniendo de relieve la disparidad existente entre sus respectivas opciones tácticas: tanto en calendario como en medios a emplear. El gradualismo del PNV choca frontalmente con la impaciencia de ETA que, además, teme ser desplazada de su ámbito de influencia por la nueva orientación de un PNV que, aunque lo niegue, mantiene una táctica que pasa por la captación y disposición de una importante bolsa electoral procedente de la izquierda abertzale; lo que, en estas circunstancias de intenso acoso, ETA encuentra particularmente irritante.

 

La primacía de los intereses de partido.

La situación interna del nacionalismo vasco es compleja. Cada partido mira por sus intereses electorales y pretende mantener o mejorar su posición por lo que pueda venir. Por ello, bien puede afirmarse que, por encima de tácticas a medio y largo plazo, están prevaleciendo los intereses particulares de cada partido. El Plan Ibarretxe, que intenta responder a las expectativas electorales logradas con su éxito del 13 de mayo de 2001, se habría beneficiado de la sólida coalición electoral de PNV-EA, reduciendo, además, el margen de maniobra de Aralar como fuerza emergente. Esta incongruencia podría perjudicarles; lo que no debe pasar desapercibido a los partidos constitucionalistas, especialmente al Partido Popular.  Por lo que respecta a los socialistas, las posturas de Odon Elorza y de las Juventudes Socialistas de Euskadi, en favor de una consulta popular y del acercamiento de los presos de ETA, no les favorecerá ni en la claridad de su mensaje electoral ni en las consiguientes expectativas de voto.

El objetivo que se ha marcado Ibarretxe y el resto de la dirección jelkide es, cuanto menos, consolidar la bolsa de votos procedente de Batasuna y, si es posible, ensancharla. Igualmente, en aras de la viabilidad del Plan, aspiran a que la suma de votos de todas las fuerzas nacionalistas alcance una mayoría relativa que implique, al menos, cierto avance social estadísticamente relevante.

En las próximas elecciones, en la perspectiva del Plan Ibarretxe, donde se juega especialmente su futuro es en Alava, que tiene la llave de los movimientos futuros de los estrategas soberanistas, por la importancia del principio de la “integridad territorial”. Un nuevo éxito de los partidos constitucionalistas en esta provincia constituiría un serio revés para el Lehendakari.

De todas formas, estamos en diciembre y, todavía, puede producirse algún movimiento sorpresa que rompa las actuales expectativas electorales.

                En resumen: casi todo sigue igual. Esas fisuras del mundo nacionalista indican la primacía de puntuales intereses de partido por encima de las expectativas soberanistas a medio plazo. Por eso, la crisis debe analizarse en esos dos ámbitos: el de las relaciones entre el PNV y EA, por una parte, y las del anterior bloque con ETA y su entorno, por otro. La línea estratégica nacionalista, en definitiva, sigue moviéndose por los mismos parámetros. En este contexto, las retóricas manifestaciones del PNV frente a ETA, que han logrado arrastrar al PSE-PSOE en la marcha del domingo 22 de diciembre en Bilbao, responden a una precisa táctica que pretende ganar respetabilidad internacional, consolidar el apoyo de las restantes fuerzas nacionalistas presentes en España y tender puentes hacia el PSE-PSOE. Pero también es expresión de la competición intranacionalista por el control del conjunto, del ritmo y de los objetivos del actual proceso soberanista.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 64, diciembre de 2002

La fractura social vasca y el PNV.

      Se ha responsabilizado al Partido Nacionalista Vasco de exacerbar la incuestionable división social existente en el País Vasco. ¿Es una acusación demagógica o es una consecuencia de su política?

 

Las dos opciones de los partidos constitucionalistas.

                Durante algún tiempo convivieron, en el seno del Partido Popular, dos tendencias en torno a la posible estrategia a seguir en el País Vasco. Por una parte, algunos propugnaban superar al nacionalismo en las urnas, con el objetivo de acceder al Gobierno vasco para, desde allí, intentar desactivar las factorías clientelistas nacionalistas y contrarrestar la revolución cultural impulsada en las últimas décadas. Estaban, por otra parte, quiénes consideraban que la unidad de los demócratas frente al terrorismo de ETA debía guiar su acción política y electoral; por ello perseguían restaurar unas buenas relaciones con el PNV, excluyendo cualquier confrontación con este partido. Obviamente, en la motivación de esas diferentes estrategias, subyacían dos valoraciones muy distintas de la naturaleza íntima del nacionalismo vasco, de las relaciones reales existentes entre sus diversas culturas políticas y de sus objetivos últimos.

                Las elecciones autonómicas del 13 de mayo de 2001 despejaron, aparentemente, las dudas: la primera opción habría fracasado. Procedía, tal vez, ensayar la segunda propuesta.

                Por su parte el PSOE-PSE-EE, de la mano de Nicolás Redondo Terreros, también había hecho propia, en líneas generales, esa primera opción que, en definitiva, suponía plantar cara al nacionalismo gobernante. Después de la derrota de mayo, ante la contestación interna, Redondo dimitió; decantándose el partido, en un proceso inesperado que denotaba una gran fragilidad interna y una cierta desorientación al menos, por la reedición de alguna experiencia en la línea de las ya intentadas conforme la segunda estrategia que antes mencionábamos. Se pretendía, en otro marco político y con otro lenguaje, una reedición del Pacto de Ajuria Enea, la expresión más desarrollada, en su día, de esa segunda estrategia, y, tal vez, participar de nuevo en el Gobierno vasco. Pocos días tardarían Patxi López y sus seguidores en comprender que esa estrategia ya no entraba en las expectativas del Partido Nacionalista Vasco.

                El PNV apostó por avanzar aceleradamente hacia el soberanismo, como ya es sabido; mediante una reedición del Pacto de Lizarra, ahora bautizado Plan Ibarretxe, con el agravante de recurrir, para ello, al brazo político de ETA sin contrapartidas previas y sin pretender el cese del terrorismo. Invocando a la mayoría social que dice representar, el PNV buscaba una mayoría política cualificada que le permitiera avanzar en ese sinuoso y complicado proceso soberanista. Salvo su socio Eusko Alkartasuna y Batasuna, que lo hace de forma realmente tortuosa para los jelkides, sólo Izquierda Unida le siguió.

                En estas circunstancias, los partidarios en el Partido Popular de la segunda alternativa ni siquiera pudieron llegar a plantear la conveniencia de retomar otra estrategia distinta, pese al fracaso temporal de la diseñada por José María Aznar y Jaime Mayor Oreja. El PNV, en definitiva, no les dejaba otra opción: se trataba, ya, de una cuestión de Estado, de asegurar su supervivencia frente a los envites nacionalistas.

                Igualmente, el PSOE-PSE-EE quedó sin argumentos ni espacio para maniobrar, debiendo retomar la pesada tarea de reelaborar, otra vez, una estrategia realista que le permitiera afrontar el reto nacionalista, intentando marcar a su vez alguna diferencia –y no sólo de tono- con el Partido Popular.

 

La fractura social y el Plan Ibarretxe.

                El PNV optó, como consecuencia directa de sus planes, por prescindir políticamente de esa media sociedad vasca, de convicciones españolistas, que no comparte su proyecto; en definitiva, por oficializar y ahondar la escisión civil y la fractura social. ETA, por su parte, viene contribuyendo, a su manera, en el ensanchamiento del foso que existe entre nacionalistas y constitucionalistas, entre nacionalistas vascos y españolistas: mediante la sangre vertida, en sus mil asesinatos, y el sufrimiento de decenas de miles de víctimas de dentro y fuera del País Vasco.

                El PNV, ante esta realidad, no puede alegar ingenuidad alguna. Ya tenía conocimiento de la estratificación social vasca, que manifestaba una fractura interna entre dos maneras de entender la sociedad, la cultura, la política y las relaciones de convivencia. Igualmente, tenía múltiples pruebas de la catadura moral y política de sus actuales compañeros de viaje, elegidos libre y conscientemente. Y todo ello en unas circunstancias en las que pudieron optar por una política distinta que liderara a la mayoría social vasca real, afrontando su principal reto: la fractura social y el miedo generados por el terrorismo.

                ETA y su movimiento, también, son el principal enemigo del PNV a medio y largo plazo. No lo olvidemos: no pararán hasta conseguir un Estado socialista y revolucionario vasco, alejado de la democracia burguesa que les ha permitido crecer y moverse sin apenas restricciones durante dos décadas y media. A corto plazo, pueden permitirse ser útiles a los ¿ingenuos? planes políticos del PNV, en aras de esa mayoría política y social vascas que persigue Ibarretxe y que la disidencia de Confebask ha evaporado. Pero, en cualquier caso, esos planes avanzarán –de hacerlo- a costa de la media sociedad que no comparte ni sus objetivos ni su visión del mundo.

En este contexto, esa ingenua invocación a la mayoría social vasca, como justificación de su estrategia soberanista al no contar con el soporte político necesario, es puro maquillaje, cuando no un sarcasmo. Hablan de aglutinar y liderar a la mayoría social, pero en realidad sólo están interesados en la mayoría social nacionalista, aunque busquen otros aliados que les proporcione legitimidad política. Y no es lo mismo, evidentemente. En su estrategia secesionista de “hacer pueblo, hacer nación, hacer Euskal Herria”, la escisión social, la fractura civil, es inevitable y necesaria. Una nación a costa de otra; labor apuntalada, dramáticamente, por la sangre vertida por ETA.

 

El Plan Ibarretxe, ¿es la única política posible para el PNV?

Para un partido católico en sus orígenes y, todavía, en buena parte de su base militante, democristiano durante décadas, con un histórico norte ético marcado por la vivencia cristiana de su pueblo; esa coincidencia, aunque sea casual y meramente táctica, con los terroristas, es demoledora. No será una confluencia perseguida; pero ahí está y, por ello, algún día tendrá que responder ante todo el pueblo vasco.

                La dinámica del PNV, aunque intente amortiguar las seguras pérdidas sociales, corre el riesgo de desestructurar a la sociedad que dice encauzar, de forma fatal, lo que propiciaría, en una hipotética Euskal Herria independiente, un seguro asalto revolucionario del MLNV. El PNV, en definitiva, está despejando el camino de ETA y sus seguidores, quiénes pueden encontrar una sociedad escindida, agotada, asustada y con sus defensas consumidas por las convulsiones previas.

                La política de unidad de los demócratas frente a ETA fue un instrumento que cumplió su papel durante un tiempo, sin llegar a agotar todas sus potencialidades, que finalmente se quebró. Frente a un engranaje revolucionario bien engrasado y en marcha, el PNV todavía está a tiempo de elegir otros compañeros de viaje y proporcionar expectativas de futuro y esperanzas a una sociedad atormentada. Sin embargo, conforme más se interne en la senda soberanista, mayores dificultades encontrará para desandar el camino hecho y tender puentes hacia esa media sociedad vasca constructiva de la que parece querer prescindir. Y mayor será su dependencia de ETA y su fragilidad.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 63, noviembre de 2002

Una consecuencia ineludible del “Plan Ibarretxe”.

¿Dónde puede desembocar la sucesión vertiginosa de acontecimientos políticos vividos en el País Vasco y Navarra? Consecuencias del “Plan Ibarretxe”. Unas reflexiones al respecto.

 

La posición de Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica.

A lo largo de los últimos años han sido numerosos los textos que, periódicamente, ha difundido Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica como expresión de la preocupación de nuestro Foro ante los acontecimientos desarrollados en el País Vasco y Navarra, protagonizadas, de una u otra forma, por el nacionalismo vasco en su conjunto.

De ahí que nuestras aportaciones hayan sido, fundamentalmente, de dos tipos: artículos de carácter histórico y reflexiones políticas -tácticas y estratégicas- en un intento de comprensión de la realidad.

Nos ratificamos en los juicios de fondo mantenidos a lo largo de estos años; juicios, en algunos casos, no del todo compartidos, en su momento, por tertulianos de los grandes medios de comunicación, desconocedores de la naturaleza última del nacionalismo vasco, o marcados por prejuicios de carácter ideológico que, especialmente en la izquierda, han determinado sus análisis y decisiones políticas. Afortunadamente, ante la contundencia de los hechos, en este terreno se ha avanzado bastante, produciéndose algunas rectificaciones significativas.

Para nosotros siempre ha estado claro que el nacionalismo vasco no sólo no renunciaba a su objetivo último, la independencia, sino que trabajaba en todos los frentes posibles, constantemente, explorando nuevas fórmulas que le permitiera avanzar hacia tal fin; todo ello alimentado por una cosmovisión de pretensiones totalitarias. Así, en esta reflexión en voz alta, hemos constatado que el PNV, en coherencia con su naturaleza íntima, se decantaba progresivamente por la ruptura y la independencia; a la vez que explotaba políticamente su control del Gobierno vasco con el objetivo nada disimulado de transformar la sociedad mediante la imposición de un cambio cultural de hondo calado que facilitara el triunfo de sus planes.

 

Ex democristianos y marxistas leninistas.

No todos los partidos nacionalistas vascos son iguales, ciertamente. No tienen la misma ideología, ex democristianos unos y marxistas-leninistas otros; no tienen, tampoco, las mismas pretensiones últimas ante la sociedad vasca. No comparten las mismas convicciones éticas ni algunos planteamientos tácticos. Existe una coincidencia estratégica fundamental: la independencia y la construcción nacional. Pero ahí acaban las mismas. El MLNV, estructurado en torno y por ETA, no renuncia, además, a la implantación de un modelo socialista, marxista-leninista, revolucionario, en ruptura absoluta con el orden burgués imperante. Lo anterior, sin duda, genera no poca alarma entre algunos elementos especialmente conscientes del nacionalismo moderado; una minoría, en todo caso.

Otra perspectiva del problema es la proporcionada por el conjunto de consideraciones tácticas que hemos realizado, con motivo de determinados hechos de relevancia política, en este medio, y que, en esta ocasión, no reproduciremos: el “escenario” vasco experimenta en su ritmo una aceleración tal que, en una publicación mensual como es ésta, no es posible seguir exhaustivamente la sucesión de todos los eventos de cierta trascendencia.

 

El “Plan Ibarretxe”.

Casi nadie duda, ya, de la voluntad rupturista y secesionista del nacionalismo moderado, subyacente, de forma explícita, en el llamado “Plan Ibarretxe”. Calificado como un nuevo “Plan de Estella” por sus detractores, pero esta vez sin luz ni taquígrafos y sin la condición del cese de la práctica terrorista de ETA, se trata de una vía que pretende los mismos objetivos de Lizarra: una secesión ordenada a medio plazo.

El PNV no actúa con libertad en esta aventura. Las advertencias del entorno de ETA han sido claras: “nosotros hemos puesto los muertos y los kilómetros, no nos conformaremos con un mero autonomismo”. Y ello, con el agravante de que las vías legales, que pretende seguir el PNV y sus aliados, son vías muertas: callejones sin salida que colocarán a sus impulsores en una difícil situación. Sus iniciativas morirán en el Congreso de los Diputados o en el Tribunal Constitucional. Al menos esa es la hipótesis más lógica, salvo un terremoto en el PSOE que no parece factible.

Por lo que respecta a Navarra, no es previsible un cambio espectacular en la tendencia política de su electorado. El porcentaje electoral nacionalista, que no llega al 20%, no podrá forzar por vías legales la situación actual: el “Plan Ibarretxe”, en lo que respecta a Navarra, es papel mojado. Ello supone otro fracaso sobreañadido a la vía ideada por los actuales dirigentes jelkides.

Puede observarse, también, un efectivo reparto táctico de funciones entre los distintos “actores” del nacionalismo vasco. Al Gobierno vasco del PNV y, en menor medida, a sus socios de EA, corresponde explorar y agotar las vías legales y jurisdiccionales, tanto a nivel de Estado español como de las instituciones europeas. La presión en la calle y las movilizaciones “populares” siguen siendo coto del entramado de Batasuna en sus diversas fachadas. Y ETA sigue haciendo lo que siempre ha hecho: matar cuando puede, a la vez que tratar de forzar la orientación y el sentido del proceso soberanista desde fuera.

En sus reuniones con los interlocutores sociales vascos, el lehendakari Ibarretxe viene asegurando que el referéndum por la autodeterminación no se hará en tanto persista el terrorismo. ¿Es una mera excusa tranquilizadora o tiene, acaso, la certeza de la proximidad de una nueva tregua táctica de ETA? Con la experiencia de los últimos años, considerar que una nueva tregua fuera la definitiva, en tanto persista la voluntad del MLNV de forzar las condiciones actuales acelerando el proceso independentista, es de ingenuos. Sea cual sea la respuesta, Ibarretxe y sus apoyos demuestran escasa perspectiva histórica.

En este contexto, la respuesta a algunos de los interrogantes fundamentales planteados proporcionaría luz sobre el incierto e inquietante futuro. Especialmente: ¿está dispuesto el PNV a llegar hasta el final de su plan, hasta las últimas consecuencias? En caso afirmativo, ¿qué hará cuando la vía elegida se agote? De persistir, entonces, en la secesión, sólo quedaría al PNV y sus socios la vía de la insumisión y la resistencia civil, con el riesgo procedente de las seguras provocaciones de ETA, empeñada en imponer su calendario y sus métodos. Y de renunciar al objetivo de la independencia, retomando la vía autonomista, dadas las intenciones inamovibles de ETA, ya sabemos lo que les esperaría a los hombres y mujeres del PNV…

 

El final de este camino.

Lo dramático del caso es que, haga lo que haga, sea cual sea la respuesta a ambos interrogantes, el PNV se encontrará finalmente frente una ETA dispuesta a impedir que “otros recojan los frutos del árbol” que mueve y a retomar el liderazgo del nacionalismo vasco en el “nuevo escenario”.

            En resumen: la parcial coincidencia estratégica y el reparto táctico de funciones no impedirán el enfrentamiento radical entre PNV, un partido “burgués” y de “orden”, y ETA, una organización revolucionaria dispuesta a todo y con una acreditada voluntad de lucha y de triunfo.

Con estas perspectivas, ¿hasta donde está dispuesto a llegar el Presidente Aznar? Y su sucesor, ¿persistirá en la misma línea? Creemos que, ya lo sea uno de los “delfines” populares o el Sr. Rodríguez Zapatero, se mantendrá firme en la misma orientación, en coherencia con la voluntad manifestada, de múltiples maneras, por la opinión pública española y en apoyo a los cientos de miles de compatriotas acosados por la maquinaria totalitaria nacionalista vasca.

Los acontecimientos se suceden. En cualquier momento puede haber sorpresas. Lo ocurrido a raíz del rechazo de CONFEBASK al “plan Ibarretxe” es buena prueba de ello.

A estas alturas del conflicto, ¿puede haber algún punto de encuentro entre nacionalistas moderados y constitucionalistas? Existe, en impecable lógica, uno al menos: la lucha común frente al terrorismo de ETA.

En cualquier circunstancia, la lucha contra la violencia revolucionaria organizada debe primar por encima de las divergencias políticas: más si existe una voluntad de supervivencia del sistema democrático. Pero, por encima de otras consideraciones, se trata de un imperativo ético para todos aquellos que rechacen los métodos terroristas. Y a ese objetivo deben orientarse los esfuerzos de quiénes tienen la capacidad –y esperemos que, también, la voluntad- de superar esta situación de incertidumbre y quiebra social.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 62, octubre de 2002.

El PNV, ¿un nuevo Zentrum?

“¿Acaso creen que ilegalizando a Batasuna, desaparecerá la violencia?” Ese es el principal argumento esgrimido por el PNV ante la posibilidad de que, empleándose los mecanismos previstos en la nueva Ley Orgánica de Partidos Políticos, quede Batasuna fuera de la legalidad; expectativa que los asesinatos de Santa Pola han acelerado.
Pero con este argumento, aparentemente elemental y transparente, el PNV se equivoca.
No confundamos principios y medios. Aquí, y ahora, lo que se juega se sitúa, en primer término, en el orden de los principios. Un elemental sentido de la justicia exige que ETA sea perseguida hasta las últimas consecuencias, desde la legalidad democrática, con todos los medios que el ordenamiento constitucional pone a su disposición. Por justicia y respeto a la memoria del millar de asesinados, víctimas del terrorismo de ETA, y a la de los miles de sus familiares, golpeados sin remedio para siempre. Como reconocimiento a los innumerables exiliados que, a la fuerza, ya no viven en su tierra vasca. Para compensar –aunque sea mínimamente- el miedo que sufren, a causa del terror cotidiano al que están sometidos, cientos de miles de amenazados. Para romper el muro del aislamiento que padece media sociedad vasca. Para reparar, en lo que se pueda, los daños morales causados a la ciudadanía española. Batasuna tiene que ser ilegalizada. Es más: esa medida tenía que haberse tomado hace dos décadas. Pero no se tuvo ni la lucidez ni el coraje necesarios para concebirla, a causa del profundo complejo de inferioridad de quiénes pudieron hacerlo, ante un nacionalismo, entonces, crecido y moralmente triunfante.
El PNV argumenta, frente a lo inevitable, con un razonamiento táctico. Es posible que, al menos en parte, tenga razón, y que a corto plazo aumente la violencia, la brecha social vasca se ensanche y los ánimos de los violentos se desboquen. Se trata, en cualquier caso, de una opción que no se ha intentado, todavía, en España, y cuyos efectos, a medio y largo plazo, pueden ser beneficiosos en la lucha contra el terrorismo, al igual que otras medidas vienen probando su eficacia en este terreno en los últimos años, caso de la cooperación internacional y la presión judicial. No olvidemos, por otra parte, que constituye un recurso ya empleado por otros Estados de nuestro entorno político y geográfico. Pero, sobre todo, es cuestión de JUSTICIA.
Siguiendo por este nuevo camino se corre un alto riesgo, naturalmente. Ya sabemos que ETA y sus seguidores no son colegiales, ni aficionados. Luchan, desde hace décadas, con todas las armas a su alcance para triunfar. Por eso, el PNV no descubre nada nuevo. Y, también por lo mismo, no podemos creerle. ¿Qué ocultos motivos tiene, entonces, el PNV para oponerse a la ilegalización de Batasuna?
En el orden de los valores éticos, ningún principio inspirador de las esencias democráticas y humanistas del PNV puede oponerse: no es un partido revolucionario y antisistema.
El PNV quiere la independencia, pero también es un partido realista y pragmático. Al menos, lo fue. Lo que le da pánico, realmente, es la incertidumbre. Quiere controlar la situación: lleva muchos años haciéndolo o, al menos, creyéndolo así. Con una estrategia secesionista a corto o medio plazo sin definir por completo, el que una de sus piezas se desbarate, puede afectar al resto. No le interesa que un sector de “su” pueblo esté fuera de la ley. Con Batasuna en las alcantarillas, ¿qué partido “gestionará” sus votos y con qué condiciones de ETA?, ¿se desatará una ofensiva sin aparente término desde la organización terrorista?, ¿rebrotará con mayor virulencia la “kale borroka”?, ¿se volverá esa izquierda violenta radical contra los acomodados burgueses del PNV, harta de que otros “recojan las nueces”? Y ahí el PNV, a causa de sus responsabilidades de gobierno ante la sociedad civil vasca, tiene mucho que perder. Pero es esa misma sociedad, a la que el PNV se debe, la que más puede padecer: en estabilidad interna, en desarrollo económico, en cohesión social, en seguridad personal, incluso, en credibilidad internacional... Este histórico, exdemocristiano y viejo PNV, es un partido “burgués”: le encantaría una secesión pacífica y ordenada, “civilizada”, guardando todos los muebles de su casa en perfecto orden. Y después, que todo continuara igual. Es un partido ingenuo, por tanto: desconoce, mejor dicho, no quiere ver, la naturaleza profundamente rupturista y revolucionaria de ETA y Batasuna. Y eso que, ETA, ya a mediados de los 60, rompió con el Gobierno vasco, con el credo democrático y el cristianismo; todo lo más querido por su padre, el PNV.
El PNV se equivoca, pues, subordinando los principios a los medios, traiciona una trayectoria histórica en la que la rectitud de conciencia y la fidelidad a los principios del humanismo cristiano, marcaron su vida en la intemperie, la guerra y la clandestinidad. Pero el ejercicio del poder le ha transformado: se ha vuelto arrogante, desprecia a los débiles (a las víctimas, en este caso), rechaza su propia historia para lanzarse en brazos de un hijo desnaturalizado que jamás volverá “a casa”. O, acaso, ¿ha sido “infectado” por el mismo virus que ha provocado la fiebre de su hijo? En realidad, al PNV le traiciona su comodidad: no quiere ver más allá de las apariencias, le horroriza perder la posición en las instituciones vascas que ha alcanzado por primera vez en la historia, el poder en definitiva. Y en ese ejercicio de cinismo ha perdido, además, el sentido de la realidad: alimenta la criatura que puede volverse en su contra, que ya no controla y que no le admite lecciones. Una compleja realidad social combatiente que tiene un proyecto propio político-militar que no acaba en la independencia, y que no cejará hasta forjar, con métodos revolucionarios, la sociedad socialista que persigue.
Por ello, le da pánico que Batasuna sea ilegalizada. Cree, ingenuamente, que en la legalidad será más fácil contener al MLNV y que, una vez Euskal Herria sea independiente, el movimiento se desinflará.
El PNV tiene que elegir: la fidelidad a su historia y a la realidad o imitar al Zentrum y entregarse a los nuevos paganos.

 

El semanal digital, Nº 90, 12 de agosto de 2002.

El nacionalismo vasco en marcha por la independencia.

Con la aprobación del denominado “dictamen de autogobierno”, sucesivamente, por el Gobierno de Vitoria y el Parlamento vasco, los días 9 y 12 de julio, se materializa la mayor crisis sufrida por la nación española en las últimas décadas de historia común.

 

El dictamen de autogobierno, del día 12 de julio, del Parlamento vasco.

                Determinados analistas y tertulianos lo temían; algunos políticos, caso de Jaime Mayor Oreja, lo esperaban: finalmente, a lo largo de los días 9 y 12 de julio, se escenificó el primer gran movimiento de la estrategia rupturista diseñada por el conjunto del nacionalismo vasco. El llamado “dictamen de autogobierno” no significa otra cosa, en definitiva, que la reedición del Pacto de Lizarra, sin luz ni taquígrafos y sin la condición previa del cese de la “lucha armada” por ETA; ejecutándose en los ámbitos institucionales controlados por los nacionalistas vascos. Constituye, en cualquier caso, un gravísimo reto planteado contra la común historia de la nación española.

                En unas significativas declaraciones efectuadas por Javier Arzallus, pocos  días antes, a los diarios del Grupo Z, afirmó que al nacionalismo vasco, a su juicio, no le quedaba otra solución que la “guerra política”, siendo necesario pasar a la acción pues “defendiendo siempre se pierden posiciones”. Además, entendía que la existencia de ETA no es un impedimento para el desarrollo de su estrategia. La independencia, en definitiva, sería su gran objetivo, estando contemplada desde 1949 por el PNV. Este es el contexto y el sentido del dictamen para el PNV.

Este reto es un hecho y el PNV ya no puede echarse atrás, bajo pena de que Batasuna retome el liderazgo del nacionalismo. De seguir adelante, cosa que harán de una u otra forma, tendrán enfrente a un Estado español cargado de recursos y al que ya no le resta espacio para negociar. ¿Qué harán los nacionalistas vascos a continuación?: ¿una consulta popular por la autodeterminación? ¿resistirán con alguna fórmula jurídico-administrativa la ilegalización de Batasuna? ¿dotarán estructuras para la asunción unilateral de las competencias pendientes, a su juicio, de transferencia?

 

El artículo 155 de la Constitución española.

“1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras Leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.

2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las comunidades Autónomas”.

Es el concreto contenido del, tantas veces mencionado, artículo 155 de la Constitución española, instrumento legal operativo máximo de la legitimidad del Estado, que proporciona al Gobierno nacional unos recursos nunca empleados y que admiten una graduación, dependiendo de los pasos que adopte inmediatamente el nacionalismo vasco.

Ante este desafío deberá, además, jugar una doble batalla fundamental, tanto exterior como interior: la de la opinión pública, las razones y los sentimientos. Es en este terreno, antaño ámbito de las técnicas de la “agit-prop”, donde los nacionalistas vascos han demostrado una particular habilidad desde hace muchos años, jugando las bazas del victimismo y del general desconocimiento de la “cuestión vasca” (lo que denunciamos en nuestro artículo Los falsos mitos del “conflicto vasco”, número 39 de esta publicación digital, noviembre de 2000).

                La situación es por completo novedosa, salvo que nos remontemos a la IIª República española. No hay paralelismo alguno con la vivida en los años de la “transición española a la democracia”. Entonces existía la expectativa de poder alcanzar un marco jurídico común (la Constitución española del 78) y una vía particular que explorar y agotar (el Estatuto vasco).

                Es un salto al vacío el que se está realizando el PNV y sus socios del tripartito, ahora, empujados por Batasuna, formación de la que -les guste o no- son rehenes. El  PNV queda, en todo caso, en una delicada situación: de fracasar asume, casi en solitario, los mayores riesgos, al ser el partido soporte del actual Gobierno vasco, más habiendo alcanzado el acuerdo con la abstención de Batasuna en el parlamento; una agrupación que no participa en el tripartito y cuyas conexiones con el terrorismo empiezan a ser conocidas en todo el mundo. Y de triunfar, será el responsable del colapso social inicial producto de la fractura humana y moral del país que dice defender.

                Buena parte del dictamen de autogobierno es un fuego de artificio: ni Navarra ni Iparralde (el País Vasco francés) están por la labor. Pero recoge las pretensiones mínimas de Batasuna y ETA: la denominación de Euskal Herria, un nuevo marco jurídico apenas dibujado y el derecho a la autodeterminación; una prueba más del radicalismo emprendido y de la existencia de algún tipo de acuerdo previo. No en vano, Batasuna y ETA no se han movido; por lo que es el PNV el que ha cambiado ostentosamente de táctica (criterio que mantenemos en esta revista desde hace años; véase nuestro artículo El PNV y su estrategia hacia la independencia de Euskal Herria, número 34, junio de 2000).

                Las semanas que restan hasta el término del ultimátum son fundamentales: el Gobierno deberá tomar una decisión firme, intentando anticiparse, además, a los posibles movimientos que desarrollará, en cualquier caso, el conjunto del nacionalismo. Lo que no puede hacer es no reaccionar: la amenaza y el chantaje recogidos en el dictamen de autogobierno  son el mayor desafío sufrido por este Estado de derecho. Y como señalaba lúcidamente Libertad Digital el pasado 9 de julio, “a la democracia española ya no le queda nada por conceder y muy poco por padecer”.

 

El peso de ETA.

La organización terrorista ETA se encuentra, operativamente, en muy mal momento. Podrá golpear, pero ya no tiene la capacidad material de trastornar y condicionar la actual situación. Pero, paradójicamente, en el momento de mayor debilidad orgánica, obtiene mayor respaldo que nunca al núcleo de sus propuestas. Y ello, precisamente, cuando la acción judicial de Baltasar Garzón, y los mecanismos derivados de la Ley de Partidos, amenazaban con ahogar -también- a la expresión política de ETA creando un nuevo escenario. ¿Qué hubiera sucedido de haberse adoptado estas medidas hace 20 años?

El día 24 de julio, coincidiendo con la noticia de la marcha del País Vasco del catedrático universitario Francisco Llera (director del Euskobarómetro), se ha comentado en la prensa diaria el comunicado de ETA publicado en el último número de su portavoz Zutabe. La cabeza del MLNV afirma que el proyecto soberanista del PNV y sus aliados es impreciso, asegurando que hay que romper amarras con España sin pedir permiso y pidiendo, en definitiva, una aceleración y radicalización del proceso. Más allá de algunas afirmaciones retóricas, es evidente que ETA persiste en el papel que más le gusta: tutelar desde la sombra el nuevo proceso. Y piden a los demás nacionalistas que garanticen la presencia de su brazo político, Batasuna, en las instituciones: es el precio que deberá pagar el PNV por la abstención de Batasuna en el Parlamento vasco y que permitió prosperar el dictamen de autogobierno.

El nacionalismo vasco, en el entorno de las instituciones, puede –y lo hará- tensar aun más la situación, buscando concretas fórmulas, aunque sea saliendo “por la tangente” como dice Arzallus, para “avanzar” en la “construcción estatal vasca”. En este contexto, una aplicación del artículo155, que debe modularse al máximo, incluso restringida puede ser nefasta si no se emplean a fondo los recursos de opinión pública en juego, tal como nos lo ha recordado un clarividente Pío Moa.

                El Gobierno del Partido Popular cuenta con los apoyos necesarios: el Parlamento, la Constitución, los recursos legales y materiales de ella derivados, la inmensa mayoría de la opinión pública española; y con el concurso de casi toda la oposición. Es significativa la progresiva toma de posición de un PSOE que, aunque precisa de una línea y un espacio propios en el País vasco y Navarra, viene reafirmándose en una visión de Estado, producto de la conciencia del reto histórico presente. Prueba dramática de ello constituye las dramáticas declaraciones de Ramón Jaúregui al pedir que no se celebren elecciones municipales allí donde, por presión, no se puedan presentar listas del PSOE-PSE y del PP.

                Esta crisis política también está planteada a nivel mediático y jurisdiccional (con el previsible recurso de inconstitucionalidad que presentará el Gobierno español). Y no podemos descartar alguna iniciativa en instancias internacionales, entorno en el que se mueven “como pez en agua”, aunque su asociación a Batasuna les puede perjudicar en extremo.

                Al tomar posesión de su nuevo cargo como Ministro de Administraciones Públicas,  el día 10 de julio, Javier Arenas proclamó la voluntad del Gobierno y su responsabilidad política en el mantenimiento de la Constitución en su integridad, pero sin concretar qué medidas contempla de materializarse las amenazas nacionalistas. Pero éstas no se quedarán en meras declaraciones, por lo que ha llegado el momento de la acción.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 59 - 60, julio – agosto de 2002

El nacionalismo vasco en ebullición.

El nacionalismo vasco es un movimiento social dinámico, y de amplia proyección institucional desde hace algo más de dos décadas, que atraviesa, actualmente, una delicada coyuntura interna. Aralar y la posible ilegalización de Batasuna constituyen los nuevos factores que pueden modificar su complejo equilibrio interno.

 

Aralar, la nueva formación abertzale surgida entre los críticos con la "lucha armada" de Batasuna, liderados por el navarro Patxi Zabaleta, celebró, conforme lo previsto, su congreso constituyente en el penúltimo fin de semana de junio en Vitoria. Ninguna novedad en lo que respecta a la designación de su liderazgo, determinación de su línea política y las previsibles reacciones de Batasuna: Patxi Zabaleta de coordinador, históricos militantes (Miren Egaña, Iñaki Aldekoa, Julen Madariaga, por mencionar tres) entre los nuevos cargos directivos, notable esfuerzo para evitar un acento "excesivamente navarro" entre los anteriores, apertura inicial ante posibles alianzas pre-electorales, protesta y manifestación de jóvenes de Batasuna en reproche por la división derivada –a su juicio- de su comportamiento político en el campo abertzale…

Sin duda, su creación constituye la mayor novedad producida en el interior del mundo abertzale radical: un grupo se escinde, por primera vez en muchos años, de manera orgánica, rompiendo amarras con ETA y marcando su propia estrategia y línea políticas. Pero con este paso, novedoso, sin duda, no todo está decidido en ese entorno: está por ver la respuesta de la fogueada militancia abertzale radical. Sin duda, entre los más veteranos, su aparición se habrá recibido con muchas expectativas, algunas reservas y secretas esperanzas. Por el contrario, entre los sectores más juveniles y entre la casi decena de miles de militantes que constituyen la columna vertebral de las movilizaciones por los presos etarras, y del conjunto del MLNV, el rechazo es evidente.

Otra incógnita de hondo calado es el juego que desarrolle Aralar en torno a las posibles alianzas electorales y sus repercusiones: dentro del conjunto del nacionalismo vasco, en la futura gobernabilidad de las distintas instituciones vascas y en el camino emprendido para la "superación del actual marco jurídico y político".

Es evidente, y pública, la buena relación personal y la sintonía política de la nueva formación con Batzarre, en Navarra, y Zutik, en el País Vasco (los residuos de las antiguas Liga Comunista Revolucionaria y Movimiento Comunista de Euskadi). Su alianza puede reportarle una pequeña, pero veterana y motivada, base militante y cierta representación institucional, particularmente en Navarra. Esta posibilidad, además, puede aplazar el antiguo y soterrado debate que se mantiene en el seno de ambos grupitos excomunistas radicales, desde hace años, producto de su división entre los más inclinados hacia el mundo abertzale y los más proclives a Izquierda Unida (aunque han perdido, los segundos, cierto entusiasmo ante el curso de la coalición de Madrazo y Llamazares).

Eusko Alkartasuna es otro posible socio. De hecho, ya han mantenido conversaciones "informales" con Aralar sobre el futuro del espacio electoral abertzale, ante los cambios que se avecinan producto de la previsible ilegalización de Batasuna, ya aprobada la Ley de partidos políticos por el Parlamento español, junto a Batzarre, Zutik y a los franceses de Abertzaleen Batasuna.

Las tres formaciones -Aralar, Batzarre – Zutik y EA- podrían constituir, en definitiva, una coalición electoral netamente independentista, de orientación progresista, que contemple de forma explícita el rechazo a la "lucha armada" en su programa; pudiéndose extender al Partido Nacionalista Vasco en Navarra, territorio en el que ésta última formación apenas existe.

Incluso, a través de algún cualificado dirigente a título personal, el mismísimo PNV les ha "tirado los tejos", opción difícilmente defendible por quiénes aseguran que su voluntad es la de seguir militando en la "izquierda abertzale".

La estrategia electoral y de futuro de Aralar estará condicionada, en cualquier caso, por la que desarrolle el PNV, formación clave en la constelación nacionalista vasca, y líder del actual proceso soberanista en curso de superación del actual marco jurídico y político, tras la debacle electoral de Euskal Herritarrok.

"¿Ha llegado el momento para que empecemos a movernos en busca de nuestra independencia en Europa? Yo diría que sí, sin dudar". Esta afirmación la lanzó el presidente del PNV, Javier Arzallus, en la sede de su partido en la localidad vizcaína de Artea el pasado sábado 15 de junio de 2002. Además, según dijo, en "tres o cuatro" legislaturas debe haberse "conseguido o encaminado", y todo ello al margen de la violencia de ETA, que sólo lo retrasa y da argumentos a los que "amenazan con los tanques". Incluso aseguró que el PP quiere que "HB saque un montón de votos" con tal de que el PNV no los consiga. Recordó, igualmente, la consulta de autodeterminación que pretende convocar el lehendakari Juan José Ibarretxe, asegurando que los que se oponen a ella "no tendrán derechos, si se llaman demócratas, a impedirlo".

Empieza, por consiguiente, a concretarse el proceso. Aquel sábado proporcionó varias pistas acerca de la vía a seguir: algún tipo de plebiscito, a medio plazo, con apariencias de legalidad, que persiga la obtención de una mayoría cualificada, a determinar en su porcentaje. Para ello, sólo pueden imaginarse tres alternativas: la vía contemplada en la Constitución española (descartada por no ser factible, dada la oposición declarada de PP y PSOE), la convocatoria de un referéndum desde el Gobierno vasco (que no sería reconocido por el Gobierno central, pudiendo éste oponerse con todos los recursos materiales y legales previstos en la normativa vigente), o la transformación material de una convocatoria electoral concreta en un referéndum.

En las próximas elecciones municipales y autonómicas, el PNV tiene varias opciones: desde incorporar a militantes de Batasuna en sus listas electorales (previo pacto concreto y a corto plazo con el MNLV), pasando por estabilizar una coalición electoral con EA (lo que viene ensayando en las últimas convocatorias electorales) que podría extender a Aralar (con o sin miembros de Batasuna, problemática opción, pues supondría incurrir en el más agresivo "frentismo"), hasta presentarse en solitario.

En cualquier caso, las posiciones están más claras que nunca: no hay lugar para tibiezas ni para ambigüedades. El objetivo es la independencia, los nacionalistas lo consideran factible y su estrategia lo persigue.

Pero sigue existiendo otra cuestión decisiva sin resolver: la gestión de los miles de votos de Batasuna, una vez ilegalizada esta formación. ETA, cabeza del conjunto del MLNV, sólo está interesada en una "gestión democrática" de los mismos, es decir, en un "préstamo" provisional en aras de un único objetivo: la independencia, por lo que, de cederlos, lo haría provisionalmente, a muy corto plazo y con la expectativa de alcanzar rápidamente su razón de ser, lo que, en última instancia, podría acelerar el "calendario" que empieza a marcar el PNV. En este contexto, es perfectamente factible la presencia de militante abertzales radicales en listas del PNV, aunque a un precio que sería interesante conocer...

Lo que difícilmente ETA puede tolerar es una apropiación incondicional de esos votos por parte de otras fuerzas nacionalistas. De ahí la máxima delicadeza manifestada por todos los demás grupos al respecto: ETA no permitirá que "ningún pescador gane en río revuelto", en "su" río...

Es mucho lo que se juegan. De optar Batasuna electoralmente por la opción anterior, se magnificaría la mayoría relativa del PNV (o minoría mayoritaria, según se mire); pudiendo alegar éste ante los foros internacionales, la existencia de una presunta voluntad mayoritaria del pueblo vasco por la independencia; denunciando de paso la ausencia de una voluntad democrática del Estado español para solucionar el "conflicto vasco" (acreditada –a su juicio- por la inflexibilidad de una Constitución que "en la práctica" impide el ejercicio del derecho a la autodeterminación). Esta estrategia sería más factible sumándose, a los anteriores, los votos obtenidos por el otro "bloque" nacionalista resultante: previsiblemente, el de EA y Aralar, que parecen tener muy claro que no pactarán electoralmente con Batasuna, en tanto no rechace la "lucha armada".

En este contexto de fuerte marejada en el mundo abertzale en la que el PNV busca ensanchar su base social y electoral a toda costa, ¿qué pueden hacer las fuerzas españolistas?

La respuesta es sencilla, pudiéndose resumir en tres conceptos, concebidos a largo plazo: resistencia política, unidad moral, lucha cultural. Tres conceptos de los que los integrantes de la recién creada Fundación para la Libertad tienen clara conciencia.

El PNV persistirá en sus tácticas. Se servirá de todos los medios a su alcance, tal como viene haciendo desde hace años. Por eso, poca paz pueden esperar los españolistas, quiénes seguirán sintiendo el peso del nacionalismo en todas las esferas de la vida social, cultural y política. Que el País Vasco pierda unos miles de futuros ciudadanos, exiliados o emigrados (depende del criterio del observador), no parece ser obstáculo para el PNV y sus estrategas; empeñados en que el sufrimiento ajeno no constituya motivo suficiente para rectificar objetivos y tácticas. Otro frente que intentarán activar es el interno español: la búsqueda de apoyos mediáticos y otros "autorizados" que expliquen y justifiquen la necesidad de alcanzar un "pacto" que solucione definitivamente el actual "contencioso". Y no olvidemos al frente internacional: tienen que ganar "respetabilidad" y crédito ante otras fuerzas políticas e instituciones internacionales; lo que difícilmente alcanzarán de incorporar a sus listas electorales a radicales defensores de la "lucha armada".

En esta tesitura, las fuerzas españolistas no pueden dormirse, ni confiar únicamente en la capacidad moldeadora de las conciencias de la televisión como principal táctica a medio y largo plazo. Cuentan con la Constitución y sus medios y recursos, con la casi absoluta unanimidad del cuerpo electoral español, con la "memoria" de las víctimas y la credibilidad en los foros internacionales. Este patrimonio deberán administrarlo con prudencia, perspectiva de futuro y determinación.

 

 El semanal digital, Nº 84, 1 de julio de 2002.