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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Actualidad nacional

Las bazas del plan Ibarretxe.

                Ya lo conocemos, finalmente. Y el calendario de su desarrollo implica dos años más de tensiones y confrontación. De esta forma, el plan Ibarretxe presidirá, por completo, la política nacional, envenenando la convivencia común en un futuro inmediato. Y todo ello a la espera de una firme y clara respuesta desde el Estado de Derecho.
Ya tenemos plan Ibarretxe.
Ya se ha dado a conocer. Y las reacciones no han tardado en producirse. Más allá de matizaciones, en tono y actitud, existe una –casi- general unanimidad en que el plan no tiene posibilidad alguna de prosperar. Las previsiones legales, con su exigencia de mayorías cualificadas y largos trámites, para la reforma de la Constitución, dificultan en grado extremo sus pretensiones. No parece factible, por tanto, que por otro cauce legal o de negociación, pudiera avanzarse en su calendario de ejecución por la política de hechos consumados, saltándose a la Constitución y al Estatuto vasco. De esta forma, sus posibilidades de éxito se reducen casi por completo.
También se ha producido una general coincidencia en el siguiente análisis: el plan Ibarretxe es un proyecto secesionista que busca la independencia a medio plazo y por etapas; si bien sus impulsores lo han negado. Pero, si alguien avala esa pesimista interpretación, ese es Arnaldo Otegui, encantado con la propuesta pues, según afirma, es producto de su  programa; es decir, de ETA. Por ello, cuando desde el Partido Popular, en palabras de Jaime Mayor Oreja, se ha afirmado que es una “herencia política de ETA”, aunque ello disguste tremendamente al PNV, a este juicio no le falta ninguna lógica.
Pero, estando así las cosas, se impone un interrogante. Si el plan no tiene posibilidades de éxito, dadas las previsiones del ordenamiento jurídico español, ¿cómo es que el PNV y sus aliados se han lanzado a esta aventura?, ¿acaso su perspectiva nacionalista les ha cegado, hasta tal extremo, de no permitirles ver la realidad?, o ¿se trata de una imposición externa, de ETA por tanto?
En cualquier caso, esa aparente “falta de realismo político” contrasta con la trayectoria del PNV, caracterizada por un agudo pragmatismo; aunque las tensiones internas –presentes en toda su ya larga historia- entre independentistas y autonomistas, hayan oscurecido cíclicamente esa preclara tendencia.
No pensamos que el PNV sea un partido de pretensiones suicidas. Si se ha lanzado a ello, será porque ha calculado el peso de los diversos factores en juego, las posibilidades de éxito y los riesgos existentes. Algún aspecto –creerán- de particular incidencia en la realidad facilitará el desarrollo de su programa.
Las bazas del plan.
Reflexionemos en torno a algunos de esos posibles factores en juego.
La unidad táctica del nacionalismo vasco. Por primera vez, en decenios, el nacionalismo vasco se une, pese a aparentes discrepancias y matices, en un proyecto que, a corto y medio plazo cuanto menos, situaría al País Vasco camino de lo más próximo a un Estado soberano.
El control nacionalista de la vida política, social y cultural del País Vasco. Este control, construido desde hace casi tres décadas, ha neutralizado buena parte de los anticuerpos de la sociedad civil vasca. No obstante, el nuevo movimiento cívico de resistencia vasca ha abierto una brecha en las pretensiones hegemónicas del nacionalismo que, sin duda, provocará nuevas y contundentes reacciones desde el mismo.
La división de los constitucionalistas. La postura  de oposición al plan, del Partido Popular, es muy clara. Y también el PSOE se ha manifestado en contra del mismo. Pero la táctica socialista actual que busca, ante todo, diferenciarse de las políticas populares, le ha llevado a una seria incoherencia: rechazo claro del plan, por una parte, pero sin buscar la necesaria unanimidad, con los otros protagonistas políticos, que cierre el paso -de forma contundente- a la desestabilización dimanante del plan.
El cansancio o indiferencia de algunos sectores de la sociedad española. Ya lo hemos comentado en otra ocasiones. Con la pérdida, en la conciencia colectiva, de determinados valores cívicos, entre ellos, el del sentimiento de pertenencia nacional y el de la valoración positiva de la historia española; se ha producido una atonía muy extendida entre sectores sociales españoles. Por otra parte, otros sectores no son indiferentes: simplemente, están hartos. Y seguro que a éstos, los imprevisibles acontecimientos de los próximos dos años, les facilitarán posicionarse en una respuesta instintiva, aunque poco articulada, del tipo de “si se quieren ir, que se vayan, y nos dejen en paz”.
Las tendencias disgregadoras procedentes desde Cataluña y Galicia. Las pretensiones independentistas del BNG, en Galicia, y de ERC, en Cataluña, ya eran conocidas. Pero no dejaban de ser posturas minoritarias en sus propios ámbitos territoriales. Pero, con la propuesta del ambiguo debate federalista impulsado por Maragall desde la tribuna del PSC-PSOE, se ha abierto brecha –innecesariamente- en ese imprescindible consenso entre quiénes consideran que Constitución y Estatutos son vías y cauces adecuados para la definitiva articulación territorial de España. Por otra parte, la radicalización de CiU, en parte espoleada por el crecimiento electoral de ERC, ha acrecentado la sensación de que “el plan Ibarretxe es el principio, pero no el final de la crisis”.
La inexistencia de un consenso, entre los constitucionalistas, en torno a las concretas medidas legales de respuesta al plan. La reciente declaración institucional del Gobierno español, anunciando firmeza y resolución, era necesaria. Pero su invocación a una respuesta de la sociedad civil no debe eludir la responsabilidad de los políticos, quiénes deberán consensuar una batería de medidas legales, como respuesta a las diversas eventualidades derivadas de la puesta en marcha del plan Ibarretxe.
La proximidad de unas elecciones generales que, hipotéticamente, pudieran generar una nueva mayoría que precise de apoyos estables de la minoría parlamentaria del PNV. En este contexto, no puede descartarse una política de negociación y mercadeo que busque, por parte del PNV, la imposición de una versión remozada del plan Ibarretxe.
Una posible nueva “tregua” de ETA. Ello reforzaría el presunto realismo de la propuesta, como histórica vía pacificadora, de particulares resonancias en medios políticos internacionales. Recordemos, no obstante, que tenemos fresca una precisa experencia anterior que desmiente la bondad de tales planteamientos. Pero, de llegar a producirse, no puede descartarse un efecto de “espejismo” en algunos sectores, predispuestos a una “negociación a la baja”, de la sociedad española.
Otros aspectos en juego.
Existen algunos otros factores que, sin duda, dificultarán notablemente las pretensiones soberanistas del PNV y su plan. Así, la resolución política alavesa de rechazo activo del mismo. También, la firme actitud del Gobierno de Navarra. Y, un factor externo: la pérdida de credibilidad, a nivel internacional, de la causa del nacionalismo vasco, causado por la inserción de ETA en las listas internacionales de organizaciones terroristas, y por el aislamiento político del PNV que le ha instalado en  la marginación de los grupos minoritarios del espectro del Parlamento Europeo.
Otra circunstancia a tener en cuenta. Dadas las contradicciones internas de Izquierda Unida en tales temas, esta formación ha quedado inhabilitada como posible protagonista activo en la resolución de la crisis, salvo un radical cambio de su rumbo político que afectara, especialmente, a su delegación vasca o socio, Ezker Batua.
La polémica está servida. Las intenciones, de unos y otros, parecen estar, definitivamente, claras y diáfanas. Ahora, esperemos serenos las respuestas políticas concretas al desafío del plan Ibarretxe que, contemplando las anteriores consideraciones, se elaboren desde el Gobierno, el Partido Popular, el PSOE y los agentes sociales y mediáticos españoles.
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 74, octubre de 2003

Para el otoño: inestabilidad generalizada y fuertes vientos procedentes del golfo de Vizcaya.

    De nuevo, además de por diversas apasionantes convocatorias electorales, el otoño político estará azotado por los vientos procedentes del País Vasco: el plan Ibarretxe y la inestabilidad desde allí generada a causa del rumbo secesionista del -antes denominado- “nacionalismo moderado”.

Otro otoño caliente.

         De nuevo, sin duda, otro evento político generado en el País Vasco – nos referimos al famoso plan Ibarretxe- gozará de un notable protagonismo a lo largo del próximo otoño; unos meses en los que se sucederán diversas convocatorias relevantes en España, tales como las nuevas elecciones a la Asamblea de Madrid (en octubre) y a la Generalitat catalana (en noviembre).

         Sobre todas estas convocatorias también planeará, con mayor o menor incidencia, dicho plan secesionista. Así, en Madrid, dada la postura nada unánime de los socialistas al respecto, será un argumento a esgrimir por el Partido Popular en su reproche al PSOE por su falta de visión de Estado en unas circunstancias especialmente delicadas. En el caso catalán, ERC y, de alguna manera CiU, también estarán expectantes ante la evolución y desarrollo de un plan que puede ser modelo a imitar, incorporándolo a sus respectivas tácticas partidarias. Y no olvidemos la postura revisionista y federalista de Maragall y su PSC, principales detonantes de la pérdida del sentir nacional de un PSOE a la deriva en este terreno fundamental para el futuro y la convivencia españolas.

Respuestas al plan Ibarretxe.

         De momento, son tres las respuestas políticas elaboradas frente al plan Ibarretxe: una primera de rechazo absoluto al mismo, con invocaciones a la fortaleza de la legalidad vigente, por parte del Partido Popular; la propuesta “Más Estatuto” de un PSOE que, ingenuamente, cree que con ella podrá contentar, al menos, a ciertos sectores nacionalistas vascos, frenando de esa manera el plan del lehendakari y; por último, el “Federalismo de libre elección” de la Izquierda Unida vasca que apuntala, en definitiva, el plan del PNV.

         Pero tenemos otra respuesta, fundamental, que conviene analizar aquí. Y no es otra que la expresada, en varias ocasiones, por la organización terrorista ETA de forma, aparentemente, contradictoria.

         Cuando, a mediados de septiembre, trascendió a los medios de comunicación el análisis del plan Ibarretxe que figuraba en el boletín interno etarra Zutabe, en su número 101 del mes de junio, se produjo una reacción que rezumaba estupor entre quiénes no comprendían la aparente contradicción existente entre el matizado apoyo al plan, allí expresado, y las explosivas descalificaciones al mismo de los comunicados públicos de la organización terrorista. No obstante, otros observadores, periodistas y políticos, aseguraron que las tesis del Zutabe 101 avalaban su creencia de que el nacionalismo vasco, pese a la externa división entre radicales y demócratas, entre marxistas-leninistas y etnicistas, es uno en su naturaleza y objetivos; lo que salvaría esa contradicción.

La actitud de ETA.

         Efectivamente, en dicho análisis es determinante la siguiente frase que reproducimos a continuación: «No debemos olvidar que en la base de las propuestas que actualmente realizan PNV, EA e IU, está el impulso promovido por la izquierda “abertzale”», por lo que «tras muchos años de resistencia, avivada por la izquierda abertzale, se ha encauzado una dirección firme, clara y efectiva en la construcción nacional». Así, y siempre según ETA, gracias a la acción y presión del autodenominado MLNV que dirige, el nacionalismo moderado, finalmente, se habría movido en la dirección siempre señalada por la banda terrorista; es decir, hacia la ruptura consciente con la Constitución española y el Estatuto vasco. Y, en resumen, ante tan significativo cambio táctico, histórico diríamos nosotros, para Zutabe, la izquierda abertzale debe adoptar una postura «positiva y constructiva».

         Todo ello parece estar en contradicción con otros pronunciamientos, tanto anteriores como posteriores a ese mes de junio en que está fechado el Zutabe, de la banda terrorista, en los que acusaba al plan de todos los males posibles para un nacionalista: programa para la guerra, españolismo, autonomismo…

         Sin embargo, la contradicción sólo es aparente. Ante todo hay que recordar la naturaleza de la ideología y estrategia de ETA y su MLNV. Sus categorías políticas y argumentales no responden a la lógica común, pues siempre se deben interpretar desde una coherencia de base marxista-leninista para la que cuenta, ante todo, avanzar a cualquier precio, ganar nuevos espacios, derrotar progresivamente al enemigo recurriendo a medios de todo tipo: desde la acción clandestina de partidos ilegales, pasando por el terrorismo, la cooperación temporal con aliados tácticos, incluso la acción institucional si es posible. Desde esta perspectiva, el plan Ibarretxe, para los estrategas de la banda, sería otro instrumento más, una oportunidad para avanzar, pese a sus discrepancias con los medios y plazos allí indicados, pues, en definitiva, han optado por una vía táctica y un calendario distintos que tienden al mismo fin. Y si el plan Ibarretxe fracasa, no pasa nada, desde su perspectiva, pues la organización de vanguardia, es decir ETA, persistiría, en cualquier caso, con su liderazgo y acción clarificadoras para todo el nacionalismo vasco, proponiendo nuevas fases y tácticas. Pero si se avanza en los objetivos marcados en el plan, el camino hacia la independencia se acortaría notablemente, consolidándose, además, los espacios ya ganados. Otro asunto es que, llegado el momento, tengan que pasar cuentas a los moderados, quiénes no siempre les han facilitado las cosas, sino que, incluso, han colaborado con los españoles por mero oportunismo, siempre según su juicio.

         Si nos remitimos al pasado inmediato, observamos que en otras ocasiones también han apostado por alternativas aparentemente contradictorias y de forma simultánea. Así, con motivo de la llamada “tregua armada unilateral”, ETA apostó por agotar esa vía y alcanzar el mayor número de objetivos políticos; a la vez que se rearmaba y se nutría de nuevos recursos humanos para cuando fuera necesario.

         No lo olvidemos. Zutabe es un documento para los militantes, para la elite revolucionaria, la doctrina destilada más pura. Los comunicados públicos de ETA son otra cosa, pues pretenden, además de proporcionar unos criterios de interpretación y de acción a su masa de seguidores, unos efectos publicitarios que también persiguen presionar al nacionalismo moderado.

         Por todo ello, la contradicción es muy relativa.

         En este contexto, el PNV no es un convidado de piedra. El partido jeltzale necesita, a corto plazo, del concurso de la izquierda abertzale por dos motivos: para sacar adelante su proyecto en el Parlamento vasco y para ganar ampliamente las próximas convocatorias electorales, reteniendo a los electores ya trasvasados desde el MLNV.

         De esta forma, existe una compleja comunidad de intereses mutuos entre los nacionalistas vascos radicales y los llamados moderados, además de -parcialmente- unos mismos objetivos finales.

         En esta nueva situación, en el espacio político nacionalista, quedan algunos “flecos”. Por ejemplo, la postura de las formaciones políticas Aralar, Zutik y Batzarre, especialmente de la primera; ya secunden  el plan o las consignas de ETA.

         Resumamos. PNV y MLNV persiguen el mismo objetivo de la independencia de la “nación vasca”. Igualmente, han optado por la “construcción nacional”, es decir, la creación y consolidación de espacios sociales, culturales y políticos, que preparen su advenimiento, constituyendo el anticipo, ya, de esa “nación en marcha”. Pero discrepan en los medios y en los plazos. De ahí esas críticas mutuas, desencuentros e incluso, alguna sangre derramada.

Otros aspectos.

         El próximo otoño será, pues, muy importante. El PNV, de la mano de Ibarretxe, hará público el texto definitivo de su propuesta de “libre asociación”; por lo que será entonces cuando se pueda anticipar un calendario de las actuaciones derivadas del mismo, en particular, un intento de referéndum. También tratará de ganar nuevos espacios, especialmente, entre sectores del PSE-PSOE que intenten conciliar el “federalismo asimétrico” de Maragall y algunos aspectos de la propuesta socialista vasca de “Más Estatuto”, con determinadas previsiones del plan Ibarretxe: un rompecabezas de imposible encaje legal.

         Elkarri seguirá propugnando otra “Conferencia de paz” más (¿cuántas llevan?), preparando el camino y el ambiente al plan Ibarretxe, en definitiva, entre algunos medios políticos madrileños e internacionales.

         Y frente a todo ello, junto al nuevo movimiento cívico vasco, un Partido Popular que, en el País Vasco, iniciará el ineludible debate sucesorio, pues Jaime Mayor Oreja ya ha dado a entender que llegó la hora del relevo; una circunstancia que no puede debilitar la firmeza de sus posiciones, única táctica válida y realista del constitucionalismo hoy día.

         Un otoño, en definitiva, cargado con exceso de política. En estas circunstancias, no vendría mal un debate cultural de fondo y un ejercicio de memoria histórica que intenten frenar -además de desmontar los falsos mitos esgrimidos por el nacionalismo vasco- el cansancio que experimentan algunos sectores de la sociedad española ante tantos problemas siempre procedentes del País Vasco. Un hartazgo que, los dirigentes del PNV, tratarán de acrecentar para luego explotarlo en su beneficio.

Pero, a la espera de unas consistentes respuestas políticas, sociales y culturales al plan Ibarretxe, la sociedad española, en su conjunto, debe perseverar, en el contexto de un ejercicio de voluntad de vida y de continuidad histórica, en un permanente homenaje a las víctimas del terrorismo; a las que nunca se agradecerá lo suficiente su sacrificio y entereza. Una altísima referencia humana; un extraordinario modelo a seguir por una sociedad desafiada.

Arbil, anotacionesde pensamiento y crítica, Nº. 73, septiembre de 2003.

¿Vacío de poder en el Partido Popular?

El Partido Popular se encuentra en una situación crítica: la incertidumbre acerca del futuro liderazgo del partido, confirmada la retirada de Aznar, y los errores tácticos de los últimos meses, especialmente los cometidos en torno a la crisis del Prestige, facilitan el camino a la alternativa del PSOE encarnada por José Luis Rodríguez Zapatero. Esta situación, de auténtico vacío de poder o de parálisis, según se vea, ¿es indiferente a los católicos?

 

 

Introducción.

 

"Por ejemplo, (en) el PP (Partido Popular) está muy representado un nuevo fenómeno que es el laicismo de derechas o una herencia no religiosa. El PP no ha abolido la ley del aborto, en el tema de las clases de religión, la situación está como en los tiempos del PSOE..."

 

Este breve y lúcido juicio no procede de ningún medio católico comprometido con la política del Partido Popular, sino del sociólogo Rafael Díaz Salazar, quien lo emitió con ocasión de la presentación de su libro, Nuevo socialismo y cristianismo de izquierdas, el pasado día 8 de octubre de 2002.

 

Tal vez preocupado por lo que se juega, y en coherencia con el juicio anterior, Alberto Ruiz Gallardón ha ofertado, en lo que ha constituido una precisa operación de marketing político, un puesto seguro en las listas al Ayuntamiento de Madrid a la esposa de José María Aznar, Ana Botella. Consciente del profundo disgusto causado por su política familiar entre los sectores más militantes del laicado católico madrileño, acaso el más estructurado y activo de toda España, habría concebido esta estratagema para retener en sus redes unos miles de votos decisivos en su competición con el PSOE; lo que, además, le ha permitido volver a figurar en las quinielas de posibles sucesores de Aznar.

 

 

La postura de Federico Jiménez Losantos.

 

En otro orden de cosas, según algunos confidenciales de internet, causó un profundo disgusto, entre los máximos directivos del Partido Popular, las ácidas y abiertas críticas efectuadas, en COPE y libertaddigital.com, por el periodista Federico Jiménez Losantos contra aspectos fundamentales de la política gubernamental; críticas, buena parte de ellas, agrupadas en su libro Con Aznar y contra Aznar (la Esfera de los Libros, Madrid, octubre 2002).

 

Este periodista, caracterizado por la fidelidad a sus principios, viene realizando una contundente crítica a la acción gubernamental del Partido Popular desde sus alardeadas ideas liberales; lo que –seguro- habrá provocado mucho dolor en quien hizo todo lo que pudo, en su día, en apoyo de un Partido Popular empeñado en alcanzar el gobierno.

 

Ciertamente, algunas de sus denuncias son inquietantes: el incumplimiento de buena parte de su programa electoral, la suicida política de medios desarrollada ante el imperio PRISA, la sorprendente autorización de la fusión de las plataformas digitales y la regulación de las televisiones locales, etc. Y no es necesario ser liberal para compartirlas. También ha destacado en su crítica a la estrategia sucesoria elegida por Aznar. Que sea exclusivamente Aznar quien designe a su sucesor, unos meses antes de las elecciones generales, prescindiendo de los órganos colegiados del partido, de las previsiones estatutarias y de la militancia de la que dice estar tan orgulloso, no es precisamente un ejercicio de ejemplaridad democrática. Al contrario, en la génesis y desarrollo de esa personal decisión, apenas contestada internamente, encontramos actitudes contradictorias con las esencias democráticas: autoritarismo, exclusivismo, opacidad informativa, desprecio de la base afiliada. Y todo esto, sin entrar en el criterio, que también debe considerarse, de su oportunidad -o inoportunidad- para la marcha del partido y de la labor de gobierno. Estas circunstancias están siendo aprovechadas, no podía ser menos, por un PSOE que encuentra un inimaginable apoyo en la torpeza popular.

 

El caso Arriola, la retirada por el ministro Zaplana de parte de las medidas económicas que provocaron la última huelga general, las actuaciones privadas de algunos parlamentarios del Partido Popular que finalmente les llevó a dimitir; son otros factores que parecen indicar que éste se encuentra sumido en una crisis de liderazgo, que se concreta en una pérdida de reflejos y cierta parálisis, que la pasada Convención Nacional del Partido Popular, celebrada los días 18 y 19 de enero, no pudo borrar pese a los triunfales discursos y las grandilocuentes declaraciones de intenciones.

 

Pero, sin duda, ha sido la crisis derivada de la gestión del desastre ecológico ocasionado por el petrolero Prestige, culminada con la dimisión del presunto delfín de Fraga, José Cuiña, la que ha puesto en evidencia la existencia de un auténtico vacío de poder en el partido que ha trascendido a su labor en el gobierno.

 

 

La sucesión de Aznar.

 

La estrategia sucesoria elegida por Aznar, anunciando su retirada con excesiva anticipación y sin hacer pública la identidad de su posible sucesor, ha bloqueado determinados mecanismos internos del partido, facilitando la inhibición de los más implicados en la carrera sucesoria, en ciertas circunstancias políticas, en un intento de no "quemarse" prematuramente.

 

Crisis sería, por tanto, la palabra que resume la situación del partido desde hace ya muchos meses. Crisis, por otra parte, de la que no han sido conscientes, los líderes populares, hasta fechas muy recientes. Aquí encontramos el origen, seguramente, de la reacción en cadena protagonizada por el Partido Popular en este mes de enero, con el anuncio de una serie de medidas contra la delincuencia (en sus ámbitos penal, procesal y penitenciario), en parte ya propuestas en las dos campañas electorales generales anteriores, y el precalentamiento de la reciente Convención Nacional. En este contexto, las opiniones, en su día vertidas, sobre la inconveniencia de la retirada de Aznar, por Alvarez Cascos, son la excepción que no indica una buena salud, sino una enfermedad colectiva con varios síntomas: ausencia de reflejos internos, carencia de sentido crítico, escasa práctica democrática, peso de la rutina en las estructuras orgánicas del partido…

 

Así, las críticas de Federico Jiménez Losantos serían la "voz de la conciencia"; que debiera haber brotado desde otras instancias, tanto internas, como exteriores al partido.

 

Volvamos al juicio emitido por el veterano periodista. En una entrevista publicada en el número 101 de El semanal digital (del 28 de octubre al 3 de noviembre de 2002), sintetizó su diagnóstico de la situación así: "El proyecto del PP en el 90-93 es el programa más completo y coherente que ha tenido. Desde 1999 y especialmente desde la mayoría absoluta, se está liquidando en función de un centrismo vagamente democristiano y populista que destruye la gran aportación de Aznar a la derecha española: liberal, identificada con las libertades y con un sentido claro nacional. La mayoría absoluta está dilapidando la estructura básica de dicha aportación ideológica, lo que la gente vota: las reformas económicas, la unidad de España, la lucha contra el terrorismo...". Y nos preguntamos, ¿en qué consiste, a su juicio, ese "centrismo vagamente democristiano y populista"?

 

Es paradójico que algunos liberales no se reconozcan en la praxis popular, más cuando muchos católicos, que podrían identificarse con la ideología democristiana que, según Federico Jiménez Losantos, marcaría la política del PP, tampoco lo hacen.

 

Hemos visto, pues algunos de los síntomas: el paciente reacciona lentamente, es poco consciente de su enfermedad, pierde defensas y vigor, no busca remedio a las infecciones oportunistas…

 

 

Los católicos en esta coyuntura.

 

Esta situación, de repliegue y vacío del Partido Popular, correspondido por un interés sectario del PSOE en la captación de votos católicos, ¿no requiere cierto esfuerzo de reflexión y acción por parte de los católicos?

 

Ciertamente, los católicos pueden incluirse entre los más desairados por la política popular. No sólo no se ha apoyado decididamente a la familia, salvo retóricas verbales de mínimas consecuencias prácticas, sino que se ha dado amplísima cancha a las llamadas uniones de hecho y a la "normalización" de las uniones de homosexuales.

 

Los católicos no podemos estar contentos con la gestión del Partido Popular; si bien, han sido escasas, aunque significativas, las voces alzadas en este sentido. Lo curioso es que, algunos de quiénes han manifestado mayor conciencia de esta situación, precisamente, están a la izquierda. Por ello, no es de extrañar que, desde el PSOE, se hayan retomado esfuerzos para intentar captar sectores del electorado católico, y no sólo del de convicciones izquierdistas. Aunque los presupuestos teóricos de un posible diálogo entre cristianos y socialistas, tal como se venía planteando últimamente, no carecían de interés –superar históricos prejuicios-, todo parece indicar que se ha vuelto a incurrir en un electoralismo estrecho que sólo pretende apropiarse de una bolsa de votos católicos, en buena medida ya decantados por la izquierda; pues el programa socialista que viene perfilándose difícilmente podrá ser asumido por los católicos que defienden con mayor insistencia los valores sociales de la familia, la defensa de la vida, la presencia y la iniciativa social, etc.

 

La sucesión de Aznar no es cuestión baladí. Mucho se juega el Partido Popular y la misma España, estando pendientes de respuesta algunos problemas de enorme trascendencia: el terrorismo, el desafío nacionalista del "plan Ibarretxe", el aumento del precio de la vivienda, la articulación de Europa, el apoyo decidido a la familia tradicional, una respuesta coherente a los retos de la inmigración, el aumento espectacular del coste de la vida, una política educativa y cultural de contenidos y valores...

 

Cualquiera de los posibles sucesores de Aznar no reúne las necesarias condiciones, subjetivas y objetivas, que le permitan encarnar las propuestas cristianas. Pero no es el objetivo de este artículo valorar las cualidades de uno u otro candidato.

 

Los católicos españoles tenemos propuestas muy concretas, para toda la sociedad, que parten de la experiencia de unas realidades comunitarias alimentadas por la savia de una vida transformada desde la pertenencia a la Iglesia. Y ya existen algunas iniciativas que pueden favorecer esa presencia. Es el caso de las plataformas transversales E-cristians y HazteOir.org. Igualmente, otras, de carácter sectorial, como las organizadas en torno a la familia, empiezan a generar todo un movimiento social a tener en cuenta.

 

En esta línea, Josep Miró i Ardèvol, promotor de E-cristians y de la Convención de Cristianos por Europa, manifestó al diario La Razón, en su edición del miércoles 22 de enero de 2003, entre otras cuestiones: "Mientras el católico esté aislado, como lo está ahora, tendrá una fuerza mínima a la hora de influir en la toma de decisiones políticas", a lo que añadía que "Hay que conseguir una transversalidad, del voto católico, sin romper con el pluralismo, conseguir crear plataformas de presión que agrupen a los católicos para poder hacer oír su voz en la sociedad". Dicha propuesta la ilustró de esta manera: "Si tras un detenido examen, por ejemplo, se estimase que la política familiar de Ruiz Gallardón no es coherente con los valores de la ley natural, se podría así propugnar una abstención organizada frente a dicho político". Por último, "Sin descartar el agrupamiento político en un partido de inspiración cristiana, algo lícito, considero sin embargo que antes de ello es preciso articular organizaciones sociales, mucho más efectivas en la práctica".

 

Y, llegado el tiempo de las campañas electorales, deberemos demandar a los partidos coherencia y firmeza con sus promesas, más allá de las palabras fáciles y las luces de neón, haciendo propia aquella exigencia machacona que hizo famoso a Julio Anguita: ¡programa, programa, programa!

 

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 65, enerote 2003

 

Cara y cruz del nuevo movimiento cívico vasco.

      Probablemente, la principal novedad acaecida en la sociedad del País Vasco, en las últimas dos décadas, haya sido la aparición de un inesperado movimiento cívico que, pese a su pluralismo, mantiene un común denominador: su nacimiento desde el dolor y la movilización ciudadana y su antagonismo con el nacionalismo vasco.

Un movimiento social nacido del dolor y el olvido.
                De la mano de unas pocas personas golpeadas por la violencia de ETA, nacieron, hace ya dos décadas, los primeros grupos de un incipiente movimiento ciudadano en respuesta al terrorismo y otras expresiones de la realidad totalitaria que se empezaba a imponer en el País Vasco y también, aunque en menor medida, en Navarra, de la mano del nacionalismo vasco en sus diversas expresiones y tácticas.
Los primeros en constituirse fueron los grupos de familiares y víctimas del terrorismo de ETA, desamparados por los poderes públicos y sin una voz que les permitiera afrontar las dramáticas situaciones personales, que se les presentaron, asociadas a los atentados que marcaron sus vidas.
En segundo lugar, fruto de una reflexión realizada en buena medida en ámbitos de la Iglesia católica, surgieron los grupos de vocación pacifista. Cientos de concentraciones silenciosas, en decenas de localidades vascas y navarras, jalonan la historia de un movimiento único en Europa.
En tercer lugar, espoleados especialmente por el llamado “Espíritu de Ermua”, los llamados Foros, grupos de vocación intelectual, articularon una respuesta y un pensamiento crítico coherentes a la situación política y social sufrida.
Por último, diversos movimientos activistas se estructuraron, en torno a la acción social y la lucha en el ámbito de la opinión pública, con una marcada vocación política.
                Con sus aciertos y carencias, tales grupos han generado una constelación social, una novedosa red asociativa y humana, que configura la actual resistencia de la ciudadanía vasca a los planes hegemónicos del nacionalismo gobernante y de los visionarios de la violencia ciega.

Familiares y víctimas.
                Los familiares de víctimas de ETA, y las mismas víctimas supervivientes, sufrieron años de extrema dureza en silencio; más cuando apenas existía apoyo institucional a sus numerosas necesidades. Además, socialmente y en los medios de comunicación, este colectivo y sus dramáticas carencias pasaban desapercibidas. Fruto de esa situación de desamparo insultante, se empezaron a alzar voces, como la de Cristina Cuesta en San Sebastián, reclamando atención a su existencia, apoyo material, una voz para su colectivo y el reconocimiento a la memoria de sus familiares asesinados. Así surgió, de su impulso y el de otras personas, en 1981, la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).
                La AVT atiende en la actualidad a unas 6.000 personas, siendo su presidente Sonsoles Alvarez de Toledo. Definida como apolítica y benéfico asistencial, tiene como fines: reivindicar derechos y reclamar justicia, prestar ayuda moral y material a víctimas y familiares, cooperación con cuantas actividades redunden en beneficio de las víctimas, todo tipo de actos que fomenten la solidaridad hacia las víctimas y, por último, promover y asistir en acciones judiciales a favor de las víctimas del terrorismo. La AVT se organiza en 6 áreas sectoriales de trabajo, delegaciones territoriales y una Junta de Gobierno.
                Ya en noviembre de 1998, se constituyó el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE), donde la incansable Cristina Cuesta sigue trabajando, y que pretende ser un interlocutor imprescindible “en cualquier proceso de pacificación que pueda emprenderse en la Comunidad Autónoma del País Vasco”. También persigue defender los derechos éticos y materiales de las víctimas del terrorismo, proteger los principios democráticos básicos, el respeto a la legalidad vigente, y un clima social de libertad y ausencia de coacciones para todos los ciudadanos. Desde una firme postura ética, juzgan como imprescindible que “los criminales reconozcan sus delitos, que asuman el daño causado a millares de personas inocentes y que reconozcan el daño infligido a la sociedad vasca en particular, y a la colectividad española en general”, pues “nunca podrá haber paz sin justicia previa”.
                A nivel nacional, estos colectivos han logrado, después de muchos años, que el gobierno del Partido Popular, finalmente, haya dado pasos decisivos para subsanar las numerosas carencias materiales y morales sufridas por sus asociados. Como frutos concretos de esta política popular, tenemos la novedosa legislación promulgada al respecto y la constitución de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, que deberá reunir todas esas necesarias competencias y medios que precisa un colectivo olvidado, que ha dado un ejemplo extraordinario de dignidad humana, moral y cívica, y que no ha incurrido en venganza alguna.
                En este ámbito, el del entorno humano de las víctimas, han surgido varias fundaciones que han adoptado el nombre de algunas de ellas, con el objetivo de mantener viva su memoria. Nacidas en el área de influencia de los partidos políticos constitucionalistas, y lideradas por familiares directos de las víctimas, encontramos a la Tomás Caballero en Navarra y la Miguel Ángel Blanco, junto a otras, en el País Vasco.
                Así, la Fundación Gregorio Ordoñez, constituida en recuerdo de aquel joven político popular donostiarra asesinado, tiene entre sus principios fundacionales: la conservación y divulgación de los principios éticos y democráticos, la atención a las víctimas del terrorismo, la reivindicación del reconocimiento público de sus derechos y, como novedad en su ámbito, la  promoción de San Sebastián facilitando a sus ciudadanos el acceso a la información en los asuntos públicos locales.
                La Fundación Fernando Buesa Blanco, por su parte, toma su nombre del político asesinado en Vitoria el 3 de noviembre de 2000. Su objetivo es mantener vivo el ejemplo de este socialista, de orígenes democristianos, en favor del progreso social, la búsqueda de la convivencia en paz, la política entendida como un servicio público, la pasión por la libertad y la defensa del pluralismo.

Pacifistas.
                A finales de los años 70, pequeños grupos de militantes cristianos se empezaron a reunir, con el objetivo de reflexionar en torno a la violencia de raíces políticas practicada en el País Vasco y Navarra; realizando algunas concentraciones de carácter no violento en protesta por el creciente terrorismo. Esas concentraciones, que cristalizaron en una dinámica de movilización constante con ocasión de todo tipo de acto violento de raíz política, estaban impulsadas inicialmente por Artesanos de la Paz.
Ya en 1986 se constituye la Coordinadora Gesto por la Paz, a partir de 6 grupos, integrándose en dicha entidad, en 1989, la Comisión Paz en Euskadi de Colectivos Vascos por la Paz y el Desarme. También en 1986 se constituye la Asociación por la Paz de Euskal Herria.
El 24 de noviembre de 1989 confluyen ambas entidades, naciendo la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria, con un total de 52 grupos locales. Esta entidad sigue persiguiendo la paz y una sociedad más justa y más humana, con los siguientes objetivos concretos: fortalecer la movilización ciudadana, hacer tomar conciencia a la sociedad de su responsabilidad frente a la violencia, velar para que la actuación institucional frente a la violencia se enmarque dentro de la legalidad y los derechos humanos, y fomentar una cultura de paz dirigida especialmente a la infancia y la juventud.
Este movimiento mantiene vivo su espíritu originario, denunciando toda expresión de violencia y terrorismo, aceptando puentes con otras entidades, incluso procedentes del entorno del MLNV, caso de Elkarri, que invoquen el cese de la violencia como requisito imprescindible para cualquier avance social o político.

Los Foros.
El brutal secuestro y asesinato, un 12 de julio de 1997, del concejal del Partido Popular de Ermua Miguel Ángel Blanco, originó un movimiento ciudadano de respuesta como nunca se vivió en el País Vasco y Navarra durante las últimas décadas. Para mantener ese “Espíritu de Ermua”, un grupo de intelectuales organizó el Foro de Ermua, entidad en la que tiene un peso decisivo un notable grupo de intelectuales de procedencia comunista e izquierdista. Ese mismo mes, 5 profesores de la Universidad del País Vasco se reúnen, dando como fruto un manifiesto en oposición a la negociación con ETA, llamando a la ciudadanía a la “resistencia contra el fascismo vasco”. Así, el 18 de febrero de 1998 se presentó a la opinión pública el Foro de Ermua, difundiendo el primero de sus textos: “Manifiesto por la democracia en Euskadi”.
Su labor para concienciar al resto de la izquierda española, en la batalla de las ideas y los medios de comunicación, ha sido decisiva: hecho del que, sin duda, tomó nota ETA, lo que le llevó a asesinar al periodista José Luis López de la Calle, uno de los activistas más significativos del grupo. El trabajo de Foro de Ermua ha sido fundamental para que la izquierda española inicie la difícil labor de superar los demonios familiares asociados a una posible percepción positiva de la nación española en este sector político.
En el entorno de esta entidad, aunque con vocación propia, nació accidentalmente y con enormes dificultades Foro El Salvador, reuniendo a destacados clérigos y militantes católicos que, desde una perspectiva evangélica y con la mirada puesta en el proceso de paz vivido en El Salvador, intentan que la Iglesia católica vasca cambie de orientación, asumiendo su misión histórica, emancipada de la hegemonía del nacionalismo vasco en la orientación pastoral de su jerarquía y sus estructuras diocesanas y parroquiales. Algunos de sus rostros más conocidos son: Jaime Larrinaga, párroco de Maruri y primer sacerdote vasco con protección policial, el historiador Fernando García de Cortázar, y Antonio Beristain Ipiña, también jesuita, fundador del Instituto Vasco de Criminología. Nacido al margen de cualquiera entidad o movimiento eclesial, ha encontrado dificultades de interlocución ante otras realidades eclesiales; desconociendo todavía hoy buena parte de la Iglesia católica española a esta realidad nacida de la base.

¡Basta ya!
                ¡Basta ya! configura un nuevo tipo de organización de pretensiones explícitamente políticas: con una manifiesta vocación de participación en la vida pública y en el campo de batalla de la opinión, difundiendo específicos pronunciamientos de hondo calado político, tomando la iniciativa con diversas movilizaciones y propuestas políticas. Fernando Savater ha sido unos de los intelectuales que más ha destacado en las actuaciones de la entidad; ejerciendo, con su condición de portavoz, un indudable liderazgo en esta plataforma próxima, de alguna manera, al PSE-PSOE.
                Sus principios básicos son: trabajar contra el terrorismo en cualquiera de sus formas, apoyo a las víctimas de la violencia política, y la defensa del Estado de Derecho, la Constitución y el Estatuto de Autonomía del País Vasco. Subraya su carácter activista, más allá de la mera denuncia, por lo que ha realizado numerosas movilizaciones y actuaciones públicas de hondo calado mediático; habiendo recibido el premio Sajarov por la defensa de los derechos humanos que concede el Parlamento Europeo. La entidad considera que, entre las razones de su nacimiento, también se encuentra el “auge del nacionalismo étnico y xenófobo entre los partidos nacionalistas moderados y otras entidades abertzales, que pretenden pactar con ETA acuerdos favorables para los intereses nacionalistas excluyendo a los vascos con otras ideas e identidades”. De todo ello se deriva que, a su juicio, la denuncia ética del terrorismo no sea suficiente, por lo que, en coherencia, realizan una crítica política del mismo. Así, conciben a las movilizaciones ciudadanas como instrumento de denuncia, pero también, como medio de recuperación de la calle, recordando así a las instituciones cuáles son sus obligaciones.
                ¡Basta ya! carece de organización profesional. Tampoco tiene una junta directiva. Ha optado por presentar portavoces autorizados ante la opinión pública. Con esta dinámica política, no obstante, afirman no pretender sustituir a los partidos políticos, ni competir con otros grupos sociales. Pero desean que sus actuaciones no estén marcadas por el terrorismo, por lo que pretenden que las mismas se desarrollen de forma independiente de los actos terroristas.
                Existen otras entidades de carácter mixto, caso de la Fundación por la Libertad, de la que una de sus figuras más conocidas es su presidente, Edurne Uriarte, cuyo papel está por desarrollar y que, sin duda, confluirá en la línea general de todas las anteriores entidades. Como fin fundacional tiene establecido el análisis, la reflexión y la difusión de los valores de la democracia y la libertad. Pretende de forma expresa “la defensa de un País Vasco plenamente integrado en la nación española, y una cultura vasca entendida e integrada en la pluralidad que configura la cultura española”. Para la consecución de esos objetivos, tiene clara conciencia del papel de la educación para llegar a toda la ciudadanía. Un factor novedoso que tiene un difícil, pero decisivo, papel a jugar en el futuro.
                Dentro de este ámbito podríamos hablar del colectivo Ciudadanía y Libertad, entidad que afirma, ante todo, su compromiso con la Constitución española y el Estatuto vasco, se afirma integrada por vascos que consideran tienen los mismos derechos y deberes que los de convicciones nacionalistas, propugna la cooperación y la convivencia entre todos los vascos, y, por último, antepone la dignidad de la persona a lo colectivo, considerando como su patria la libertad y los derechos humanos. Para ello exigen que las instituciones defiendan y celebren la democracia, recuperando la memoria histórica. De ahí que esta entidad, en Vitoria, haya realizado diversas acciones públicas en defensa de la Constitución y el Estatuto, así como alguna llamativa presentación de libros. Se muestran especialmente preocupados por el valor de las palabras, su sentido político y el valor pedagógico del lenguaje.
Otra entidad que podemos mencionar aquí es el colectivo ¡Libertad ya!, nacido en el ámbito de las víctimas navarras de ETA, con cierta vinculación a Unión del Pueblo Navarro, y con una clara vocación de participación en la batalla por la opinión pública, impulsando concretas iniciativas sociales.
                Citemos, por último, a la asociación Denon Artean (Paz y Reconciliación), que desarrolló una importante labor de movilización social en momentos muy difíciles, especialmente en Guipúzcoa.

Cara y cruz.
                Ya hemos visto que, sin duda, estas asociaciones, que en ocasiones comparten militantes y actuaciones, objetivos y tácticas, han protagonizado éxitos indudables en los terrenos de la opinión pública, el apoyo a las víctimas, la iniciativa social y ciudadana, y la elaboración de un pensamiento -coherente y sistemático- de crítica al nacionalismo vasco y al régimen de partido establecido por el PNV, así como al terror de ETA y su entorno. En definitiva, su naturaleza es reactiva, pues viene definida por su origen, es decir, es producto de una sana y necesaria reacción social frente a una clamorosa injusticia histórica y a la renuncia de sus obligaciones por los poderes públicos.
                Además, estos movimientos también han sido semilleros de líderes sociales y vocaciones políticas. Así, el polémico Javier Madrazo (actual socio del Gobierno Vasco, de Izquierda Unida) procede de Gesto por la Paz, al igual que Maite Mur, concejal del ayuntamiento de Pamplona por UPN. De Foro de Ermua procede Ernesto Ladrón de Guevara, uno de los actuales líderes de Unidad Alavesa. Igualmente son numerosos los familiares de víctimas del terrorismo que se han incorporado a la vida pública. Es el caso, entre otros, de Javier Caballero (hijo del concejal pamplonés de UPN, asesinado por ETA, Tomás Caballero), reciente Consejero de Presidencia, Justicia e Interior del Gobierno de Navarra por UPN.
                Sin embargo, existe un campo de vital importancia donde apenas se han dado pasos al respecto. Es el campo de la educación, si bien, Gesto por la Paz ha intuido esa importancia; al igual que la joven Fundación por la Libertad, al menos en un nivel teórico. Así como al movimiento de recuperación del euskera le siguió el movimiento de las ikastolas, de momento no existe un fenómeno análogo en la línea de las propuestas cívicas de estos movimientos que, sin duda, han constituido por otra parte un interesante tejido social, de mayor penetración en las grandes ciudades del País Vasco.
                Sí se han empezado a dar algunos pasos en las universidades vascas, de la mano de profesores que valerosamente han denunciado la violencia cotidiana etarra, el apoyo académico dado a los presos de ETA, etc. En ese sentido, la concejal del PSE-PSOE de Getxo, Gotzone Mora, ha sido una figura modélica. Pero, por el contrario, la política educativa desarrollada por el gobierno vasco, durante muchos años, ha supuesto que miles de docentes hayan abandonado el País Vasco, por no encajar en los planes lingüísticos y pedagógicos del gobierno del PNV, y su sustitución por un profesorado afín o resignado. En cualquier caso, es el terreno de la educación donde, con vocación de futuro, deberán volcar sus esfuerzos y su imaginación estas entidades, como lógica prolongación de su trabajo intelectual y social. Ese ámbito constituye el privilegiado entorno social donde un nuevo modelo humano puede proporcionar a la juventud vasca un estilo de vida distinto, basado en unos principios de construcción y colaboración social, que huya de la violencia y del totalitarismo.
                Otro entorno social y geográfico, donde apenas han podido incidir estos novedosos movimientos sociales vascos, es el de los pequeños pueblos del interior, cotos cerrados del nacionalismo radical donde los constitucionalistas viven –prácticamente- en la clandestinidad, en las catacumbas, sin que sea posible expresión alguna, pública o privada, de su identidad.
                En resumen: apoyo a las víctimas de ETA y reconocimiento de su memoria, movilización ciudadana y recuperación de la calle, construcción de un movimiento pacifista, movilización de intelectuales y elaboración de un pensamiento articulado, iniciativa política y participación decidida en los medios de comunicación. Esa es la cara positiva de esta pujante realidad social; tales son las herramientas enarboladas por estos modélicos colectivos y asociaciones nacidas a pesar de la presión totalitaria del PNV y el régimen de partido organizado desde el Gobierno vasco y las instituciones públicas que controla. La cruz, ya lo hemos visto: su escasa penetración en los pueblos pequeños y la inexistencia de un tejido docente específico y de un movimiento pedagógico que eduque a las nuevas generaciones en los valores impulsados por estas entidades, que permita un País Vasco en paz, articulado armoniosamente con el resto de España en el marco de la nueva Europa.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 71 – 72, julio – agosto de 2003.

Elecciones del 25 de mayo en el País Vasco y Navarra:

La mayoría de los comentaristas políticos han afirmado que las elecciones del 25 de mayo no han aportado novedad alguna en el País Vasco, pues todo seguiría igual. ¿Realmente es así?

 

            No se trataba de unas elecciones municipales y forales ordinarias. Lo que se jugaba en el País Vasco y Navarra era, nada menos, que el  refrendo de la comunidad nacionalista al proyecto soberanista de Ibarretxe. Debemos partir de una premisa. Ibarretxe y los suyos pretenden avanzar en el soberanismo en cualquier caso y a pesar de la postura y número de los constitucionalistas. Descartado un improbable trasvase de votos procedente de ese sector antagónico, Ibarretxe pretendía en estas elecciones ampliar la base social de apoyo a su proyecto, conquistando nuevas parcelas de poder municipal y en las Juntas Generales, fagocitando para ello una buena parte del antiguo electorado radical abertzale. Y en buena medida, con la excepción de Álava, donde también ha avanzado PNV/EA, lo han conseguido. En este aspecto, las elecciones sí han sido esclarecedoras.

Por su parte, los partidos constitucionalistas pretendían revalidar su estrategia, en un intento de mantener el actual marco de convivencia, basado en el Estatuto y la Constitución, frenando el avance nacionalista. De ahí las expectativas creadas con Bilbao. Dos proyectos de futuro, en definitiva, incompatibles en tanto se mantengan en su actual diseño. En estas circunstancias, no parece fácil tender puentes entre ambos; lo que viene quedando en evidencia desde que la lucha contra ETA dejó de unirles merced al sorprendente deslizamiento de un partido antaño “de orden” (el PNV) hacia las posturas antisistema y rupturistas de sus antiguos enemigos y actuales competidores.

 

País Vasco.

            El liderazgo de Patxi López en el seno del PSE-PSOE se consolida, aunque no ha terminado con la crisis del sector “redondista”.

El PP ha revalidado resultados. Pero, al margen de los mismos, tiene pendiente la difícil designación de un liderazgo alternativo al de Jaime Mayor Oreja, quien probablemente retomará mayores responsabilidades políticas de ámbito nacional.

Unidad Alavesa retrocede notablemente, confirmando los pesimistas augurios emitidos con ocasión de la retirada de su líder Pablo Mosquera. 

Izquierda Unida, más nacionalista que nunca, mejora resultados.

            La coalición PNV/EA atrae un porcentaje muy importante del antiguo voto de Batasuna, especialmente en Vizcaya, frustrando en Bilbao las altas aspiraciones de los partidos constitucionalistas. El vaciamiento electoral de la izquierda abertzale, de esta forma, está prosperando como táctica del PNV para hacer frente a ETA, aunque a cambio de una radicalización que será el precio a pagar para su conservación. Deberá investigarse, no obstante, si esta política le ha supuesto pérdida de votos en sus franjas más moderadas y si su destino, de haberse producido tal, ha sido el PP o la abstención.

Los votos nulos indican la persistencia de un importante “núcleo duro” de abertzales que siguen las consignas de ETA como principal referente. Esos “ladrillos” constituirán unas armas que ETA esgrimirá frente al PNV/EA en su carrera por el liderazgo del nacionalismo vasco, al que no renuncia. Pero los antiguos votantes de Batasuna también han optado por otras opciones, no siendo homogéneos sus comportamientos en todos los territorios ni en todas las localidades. De esta forma, un puñado significativo ha recalado en Aralar, la escisión moderada que rechazó en su día la lucha armada, consiguiendo una pequeña representación municipal y en las Juntas Generales de Guipúzcoa.

Apenas ha habido cambios significativos en los apoyos obtenidos por ambos bloques, globalmente considerados. Se han producido, eso sí, transferencias de votos en el seno de cada uno de ellos, con una especial trascendencia del producido dentro del campo nacionalista, al constituirse el PNV como “el partido” por antonomasia, dejando al entorno radical en una delicada posición, más cuando la capacidad operativa de ETA está muy mermada.

En el País Vasco, por tanto, las cosas no siguen del todo igual. Así, la sociedad vasca deberá hacer frente, en un corto plazo de tiempo, a una sucesión de citas vitales: presentación del Plan Ibarretxe en su nueva versión, posible adelanto de las elecciones autonómicas, sustitución de Arzalluz al frente del PNV y, por último, probable consulta en clave soberanista. En definitiva: la fractura social y política persiste dramáticamente sin indicios de apaciguamiento.

En estas circunstancias, PSOE y PP carecen de otra alternativa real que no sea la de resistir, salvo un cambio inesperado en el rumbo del PNV.

No parece fácil se puedan tender puentes entre ambos sectores. Sólo una realidad transversal podría, tal vez, intentarlo: la Iglesia, siempre que no actúe desde equidistancias sangrantes, fruto de fríos cálculos estratégicos.

 

Navarra.

            En Navarra también era mucho lo que se jugaba UPN que, de no haber conseguido mayoría absoluta, corría el riesgo de perder el Gobierno frente a una coalición “a la contra”. Los inesperados resultados de su antigua escisión -4 escaños son los alcanzados por CDN- le socorrerán con toda seguridad, alcanzando una clara mayoría absoluta en el Parlamento. Sumando, de esta forma, 27 escaños, UPN es la principal fuerza, el partido de gobierno clave, sin el que no puede concebirse la política en el territorio foral. En Navarra, concluimos, no tiene ninguna viabilidad aventura soberanista alguna.

            La segunda opción, pese a todo y más allá de lo que representan los 11 escaños de un consumido PSOE, es el nacionalismo vasco: PNV/EA, Aralar e IU que, cada uno con 4 escaños, suman un total de doce. Y ello sin contar con el voto radical nulo auspiciado por Batasuna, que suman casi 25.000 voluntades, y los casi 8.000 votos de Batzarre (las antiguas LCR y MCE). Para esta afirmación nos basamos en que su sintonía en temas trascendentales es casi total, respondiendo a una unidad de fondo que supera las formales divisiones de esos partidos, lo que explica que varios miles de votos de la antigua Batasuna hayan recalado, en mayor o menor medida, en cada una de esas tres formaciones. Debe destacarse, en este sentido, el magnífico resultado alcanzado por Aralar en su primera convocatoria electoral: casi un tercio de los antiguos electores de Batasuna.

El PSOE navarro no remonta. Sin un efectivo liderazgo, sus bases se muestran desorientadas. Pero deberán reaccionar si no quieren que, de la mano de Aralar, la izquierda navarra reordene ese espacio a su costa, perdiendo en ese proceso el terreno que todavía ocupa; una posibilidad en absoluto deseable pues supondría una convulsión política de efectos insospechados.

 

            De esta forma, con la excepción alavesa y el camino propio navarro, aunque el Plan Ibarretxe se consolida, sigue sin materializarse la territorialidad, su requisito sustancial y principal objetivo; carencia, no lo olvidemos, principal reproche de ETA a esta estrategia del PNV/EA.

 

“Paginas para el mes”, Nº 68, junio de 2003.

Elsemanaldigital, 2 de junio de 2003.

Una valoración de urgencia de los resultados electorales del 25 de mayo: ¿todos contentos?

Una vez conocidos los principales resultados de las elecciones celebradas en España, el pasado domingo 25 de mayo, se impone su valoración y unas reflexiones al respecto.

 

Los resultados y su valoración.

                Los resultados de las elecciones municipales, autonómicas y forales del 25 de mayo de 2003, han aportado datos relevantes, despejándolas de las numerosas incógnitas que las cargaban de interés.

                Primer dato a considerar: ha ganado en número de votos, aunque por un estrecho márgen, el PSOE.

                El Partido Popular se mantiene en Madrid, Castilla León, Murcia, Valencia y La Rioja. Recupera Baleares. Mejora resultados en zonas de Galicia, Canarias, Cataluña, Cantabria y Asturias.

                El PSOE avanza, pero muy lentamente. Mantiene sus feudos de Andalucía, Extremadura y Castilla La Mancha, aumentando su cantada ventaja sobre el PP en Aragón.

                Izquierda Unida avanza en buena parte del territorio nacional, aumentando globalmente su nivel de voto; alcanzando algunas de sus altas expectativas mediante cierta captación de voto joven. Merced a sus notables esfuerzos, ha sido capaz de rentabilizar electoralmente las movilizaciones sociales, capitalizadas en buena medida por esa formación, producidas en los meses anteriores. Por el contrario, no ha prosperado otra alternativa de la izquierda, es decir, la de los verdes de Mendiluce, pese a su oportunista “salida del armario” y el acoso sufrido por la izquierda del caviar.

En Cataluña, CiU mantiene buenos resultados, ERC crece considerablemente, el PSC es castigado en Barcelona (lo que debería hacer reflexionar a Maragall), y el PP de Piqué mejora resultados en algunas localidades (lo que no quiere decir que su liderazgo se afiance con ello).

                Veamos otras Comunidades. Canarias confirma el predominio de Coalición Canaria, con un creciente PP. Galicia contempla un importante ascenso del BNG. Aragón, además de la victoria del PSOE, es testigo de un auge importante de la nacionalista de izquierdas Chunta Aragonesista, castigando a un PP huérfano allí de líderes carismáticos. Baleares castiga al pacto progresista “a la contra”, dando la mayoría absoluta al PP.

                En el País Vasco, la coalición PNV/EA suma un porcentaje muy importante del antiguo voto de HB, especialmente en Vizcaya, frustrando en Bilbao las altas aspiraciones de los partidos constitucionalistas. El PSOE y el PP mejoran levemente resultados, triunfando en San Sebastián y Vitoria, respectivamente. Batasuna mantiene, por la vía del voto nulo, un importante porcentaje de apoyos, superior al 50% del obtenido en otros comicios, particularmente en Guipúzcoa, lo que le proporciona argumentos para el mantenimiento de sus posiciones.

                En Navarra, en contra de las previsiones, UPN mejora resultados, sin alcanzar la mayoría absoluta. El PSOE mantiene su bajo nivel de voto.

                Los partidos que podríamos instalar, gráficamente, “en la estela de Le Pen”, han presentado escasas listas en localidades muy concretas, demostrando su mínima implantación. Tales concebían estas elecciones a modo de laboratorio para, de ser propicias aunque en pequeña cuota, utilizarlas como trampolín. Sus resultados han sido irrelevantes.

                El populista GIL pierde dos tercios de votos y representación, salvo en Marbella.

                Familia y Vida no alcanza su difícil pretensión de convertirse en partido bisagra en Madrid, obteniendo una pequeña cosecha de votos de singular alcance estratégico en esa Comunidad.

                Cinco grandes ciudades eran especialmente relevantes en lo que respecto a los resultados municipales. Madrid ha dado la victoria al candidato Alberto Ruiz Gallardón. Barcelona ha castigado al PSC. Bilbao sigue en manos nacionalistas. Zaragoza da la espalda al PP y se entrega al exministro Belloch. Valencia ratifica las previsiones de las encuestas otorgando la mayoría absoluta al PP.

 

Algunas reflexiones.

                Las previsiones estadísticas y los escrutinios a pie de urna, en esta ocasión, se han aproximado notablemente a la realidad.

                No se ha producido el “vuelco” de votos augurado por algunos, salvo en la comunidad de Aragón a causa del impacto del Plan hidrológico Nacional.

                El electorado permanece notablemente fijado.

¿Dónde ha ido el voto joven, casi dos millones de nuevos votantes? Una cuestión que deberá estudiarse pero que no parece proporcione sorpresas relevantes. 

El Partido Popular ha sufrido cierto desgaste, producido por la embestida del “Prestige” y por las consecuencias del posicionamiento del Gobierno en la guerra de Irak; aunque en menor grado de lo previsto. En este contexto, Aznar podrá gestionar su sucesión según sus particulares previsiones, aunque tal vez en esa secreta lista se cuele, con muchas posibilidades, Alberto Ruiz Gallardón, líder carismático que ha cosechado uno de los mayores éxitos para el PP en estas elecciones, cuyo fondo doctrinal se desconoce...

El ascenso electoral del PSOE confirma el liderazgo de José Luis Rodríguez Zapatero. No obstante, para “tocar poder”, el partido queda en manos de algunas fuerzas nacionalistas de voluntad rupturista: ERC, BNG y CHA. Además, ¿cómo coaligarse a nivel nacional con Izquierda Unida, cuando esta formación en el País Vasco prefiere al PNV?

En el País Vasco, las cosas siguen igual. La sociedad vasca deberá hacer frente a una sucesión de citas vitales: presentación del Plan Ibarretxe en su nueva versión, posible adelanto de las elecciones autonómicas (tal vez se descarte esta posibilidad, pues el avance electoral del PNV/EA no ha sido tan significativo, al haber conseguido nuevos apoyos únicamente entre el electorado radical), sustitución de Arzalluz al frente del PNV y, por último, probable consulta en clave soberanista. Apenas ha habido cambios significativos entre los dos bloques. Se han producido, eso sí, transferencias de votos en el seno de cada uno de ellos, con una especial trascendencia dentro del campo nacionalista. En definitiva: la fractura social persiste. Y lo que es más grave, la estrategia soberanista de Ibarretxe seguirá adelante, frente a esa otra media sociedad vasca. En estas circunstancias, PSOE y PP carecen de otra alternativa real que no sea la de resistir, salvo un cambio inesperado en el rumbo del PNV. No parece fácil se puedan tender puentes entre ambos sectores. Sólo una realidad transversal podría hacerlo: la Iglesia, siempre que no actúe desde equidistancias sangrantes, fruto de fríos cálculos estratégicos.

                En Navarra también era mucho lo que se jugaba UPN, de no haber conseguido mayoría absoluta en número de escaños, corría el riesgo de perder el Gobierno frente a una coalición “a la contra”. Los sorpendentes resultados de su antigua escisión, 4 escaños alcanzados por CDN, le socorrerán alcanzando así una clara mayoría absoluta en el Parlamento, más cuando Alli ya ha anunciado que jamás se coaligará con partidos soberanistas. A destacar el voto alcanzado por Aralar, recogiendo otros 4 escaños, en buena medida gracias a esa casi mitad de antiguos electores de Batasuna que han optado por el voto útil. El PSOE navarro no remonta, manteniendo a duras penas sus ya bajos resultados, lo que puede suponer el inicio de una reordenación del espacio de la izquierda en Navarra, liderada tal vez por Aralar, cuyos efectos, a medio plazo, podrían distorsionar el actual marco de convivencia.

 

Elecciones y catolicismo social.

                El electorado católico ha sufrido un revulsivo. Por una parte, la invocación al “mal menor”, al “bien posible”, o a la “permeabilidad” de los distintos partidos a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, ha protagonizado buena parte de las reflexiones realizadas en ese sector. Por otra, la concurrencia a los comicios, aunque de forma muy restringida, de una formación que se identificaba plenamente con algunos de los principios de la DSI, los de la familia y la vida, ha generado un necesario debate –aunque en ambientes muy restringidos- acerca de la legitimidad de las diversas opciones políticas para los católicos; en el que deberá profundizarse y cuyas conclusiones podrían sentar las bases de una nueva forma de presencia católica en política.

No obstante, la escasa cosecha electoral de Familia y Vida no le priva de trascendencia al fenómeno y plantea serios interrogantes: ¿existe un voto católico? ¿cuál es la salud del pueblo católico? En este contexto de debate interno del catolicismo social, el Partido Popular, que en la campaña ha intentado mantener al electorado de esta procedencia con sus promesas de última hora en torno a la familia, deberá acreditar con hechos sus intenciones, dando cancha a distintas aplicaciones del principio de subsidiariedad, si quiere evitar que la fractura existente con este sector se ensanche en el futuro.

En cualquier caso, la tan aireada transversalidad de los políticos católicos debe pasar, de ser una bonita declaración de principios, a eficaz instrumento de uso, en diálogo con su pueblo y sus pastores. Pueblo católico, movimientos eclesiales, pastores, políticos, plataformas transversales… deberán dialogar entre sí, confluyendo en la misma dirección; todos ellos con la legítima pretensión de que la Iglesia aporte su potencialidad de regeneración, también a la vida pública, desde su siempre novedosa compañía humana.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 69, mayo de 2003

Unas elecciones decisivas para la estrategia soberanista de Ibarretxe.

Enganchar a Navarra, de alguna manera, al Plan Ibarretxe, y la recuperación de Álava para el nacionalismo vasco: objetivos prioritarios del PNV y sus socios para las próximas elecciones del 25 de mayo. Una dramática opción entre el actual marco de convivencia -imperfecto y con tensiones- y un salto al vacío de dimensiones revolucionarias y consecuencias imprevisibles.

 

                La inquietud se ha apoderado de las filas de Unión del Pueblo Navarro. Según las últimas encuestas, ésta seguiría siendo la fuerza más votada, pero sin conseguir la anhelada mayoría absoluta. Su voluble apoyo, Convergencia de Demócratas de Navarra (el partido que surgió de la escisión protagonizada por Juan Cruz Alli), podría quedar fuera del Parlamento Foral; por lo que la soledad del centro derecha navarrista sería total. El PSN-PSOE mejoraría resultados, Izquierda Unida se mantendría, la coalición nacionalista PNV-EA podría ganar un escaño, Aralar (los presuntos moderados escindidos de Batasuna) se estrenaría con otro. Y todos juntos podrían superar en número de escaños los de UPN.

Otra incógnita, clave en cualquier caso, es el destino de los miles de votos abertzales radicales. ¿Podrá la sustituta de Batasuna, la plataforma AuB, presentarse? En caso afirmativo, las encuestas le otorgan 3 posibles escaños; de modo que la fragmentación de las fuerzas anti–UPN sería extrema, imposibilitando una alternativa de Gobierno “a la contra” según la fórmula estrenada en Baleares y seguida en Aragón. Pero, de no lograr presentarse, difuminándose el voto abertzale duro, todo puede cambiar; no en vano Juan José Lizarbe, secretario general de los socialistas navarros, ha declarado que su objetivo es expulsar a la derecha del Gobierno. Es más, ha rechazdo explícitamente una posible coalición entre ambos; opción, por cierto, la mejor considerada por los navarros en encuestas anteriores.

¿Cómo definir la naturaleza de esa posible coalición, inestable y contra natura?: ¿política ficción, estrecho cálculo matemático, o falta de conciencia nacional en la izquierda constitucionalista? En cualquier caso, la carencia de un efectivo liderazgo y de una línea política firme, han llevado a destacados militantes del PSOE de Navarra, como el histórico Víctor Manuel Arbeloa o la ex-alcaldesa de Burlada, Pilar Aramburu, a abandonarlo en los últimos meses; decepcionados por la crisis permanente de su antigua formación.

                Una cosa es cierta: termina en Navarra la etapa de entente, más o menor cordial entre UPN y el Partido Socialista, que ha sido fundamental para la estabilidad institucional y social de esta tierra y base del espectacular crecimiento económico de la última década.

                Una hipótesis. Patxi Zabaleta: próximo Consejero de Cultura del Gobierno Foral. Una posibilidad que ya no puede descartarse y que, al menos, derivaría en un nuevo impulso a la ya larga revolución cultural experimentada en Navarra. Este fogueado dirigente de Aralar no carece de programa político: al contrario. Su inteligencia sólo puede equipararse a su frialdad y persistencia en los objetivos de siempre. Que nadie espere de él, cambios significativos, renuncias programáticas esenciales o una acomodación burguesa. Rodeado de una aureola de pragmatismo, simpático para amplios medios políticos y de comunicación; su determinación contrasta con el escaso perfil de sus paisanos socialistas. Una alianza que, de producirse, devolvería a la actualidad fantasmas de un pasado que ya se creía superado. Y, acordado un Gobierno de coalición, ¿se implantaría un “Órgano Común Permanente” entre las Comunidades navarra y vasca? Esta posibilidad, radicalmente rechazada por UPN y siempre perseguida por los nacionalistas supondría, además, un balón de oxígeno para el Plan Ibarretxe ante sus detractores abertzales radicales; pues sanaría parte de las carencias achacadas al requisito soberanista de la “territorialidad”, dando pie a que Navarra participe, de alguna manera, en su estrategia. Un aspecto clave a considerar -junto a la lucha por el control de Álava a través de su Diputación Foral- que sitúa a Navarra, de nuevo, en el punto de mira de un nacionalismo vasco que precisa del máximo poder municipal y foral para el plebliscito por la autodeterminación que ha anunciado para 2004.

                Y, volviendo a Navarra, no olvidemos que los máximos responsables de UPN, Miguel Sanz y Rafael Gurrea, han sufrido serios problemas de salud; lo que podrían inhabilitarles para la política activa en un futuro próximo. De confirmarse los peores augurios, ¿podrán sus sucesores mantener unido al partido? ¿Qué postura adoptará la Dirección nacional del Partido Popular ante la previsible crisis de su socio?

                Por todo ello, las expectativas de las elecciones en Navarra –y en el País Vasco, por supuesto- trascienden el ordinario recambio de ayuntamientos diputaciones y Gobierno Foral. Lo que está en juego es una nueva fase del Plan Ibarretxe, en lucha por una legitimación social que, de momento, carece. Una estrategia que pretende vaciar electoralmente a la izquierda abertzale, asumiendo parte de sus propuestas, avanzando simultaneamente en una secesión por etapas, en un intento de acallar a ETA. Eso sí: todo ello a costa de la mitad de la sociedad vasca y, si se les facilita la ocasión, también la de Navarra.

 

Páginas para el mes, Nº 66, abril de 2003

Una táctica del nacionalismo vasco: hartar al enemigo.

ETA viene practicando una táctica ya ensayada, con anterioridad, por buena parte de los llamados “Movimientos de Liberación Nacional” del tercer mundo. Más próximo -geográficamente- al País Vasco y Navarra, también la aplicó el Ejército Republicano Irlandés, el mítico IRA, durante tres décadas de actos terroristas. No obstante, existe una versión más pacífica y presentable de la misma. Incluso el nacionalismo vasco moderado la viene practicando, mediante otros recursos, con convicción: hartar al enemigo.

 

El antecedente de Irlanda del norte.

Ya lo intentó el IRA (Ejército Republicano Irlandés) en Irlanda del Norte mediante su estrategia de “sickening the british” (hartando a los británicos), cometiendo continuos actos terroristas contra las tropas británicas, si bien, no descuidó otras técnicas revolucionarias complementarias, como la agit-prop, la guerra psicológica, la subversión cultural, el encuadramiento de movimientos sociales de apoyo, el recurso a los medios de comunicación, el empleo de los resquicios judiciales, etc. No obstante, al cabo de los años, podemos concluir que su estrategia no produjo los resultados esperados. El largo y complejo proceso de paz irlandés, al que se llega como consecuencia del fracaso “militar”, con avances y retrocesos, tampoco parece haber conseguido las altas expectativas buscadas por los voluntarios del IRA; estando todavía hoy muy lejos de los niveles de autonomía disfrutados en el País Vasco y Navarra. Sin embargo, sus líderes lo vieron claro en su momento e impulsaron, en consecuencia, un cambio histórico: esa táctica, sustentada fundamentalmente en el terrorismo puro y duro, no resultó. Frente a un enemigo firme, que no cedía, había que intentar otras vías. Por ello optaron por la negociación y el diálogo.

                Por el contrario, sus camaradas vascos no han aprendido la lección y siguen con la misma táctica; tal vez por considerar que se encuentran más cerca de los objetivos propuestos, o por detectar, acaso, un cansancio importante entre sus enemigos: los españoles.

                ¿De donde surge la teoría en la que se apoyan tales tácticas?

                Miremos a la historia y retrocedamos unas décadas.

                En los años 50 y 60 del pasado siglo XX, numerosos movimientos de liberación nacional (MLN, en lo sucesivo), la mayoría de impronta marxista-leninista, se plantearon la misma cuestión. Había que derrotar al enemigo, ya fuera el opresor Estado burgués o la potencia colonial de turno. El reto era importante y parecía imposible: los MLN no eran nada y el enemigo, por el contrario, era todo. Esos MLN debían enfrentarse a los medios -materiales, personales y propagandísticos- inmensos de sus oponentes; mientras que ellos debían levantar un movimiento insurgente -y una nueva sociedad- prácticamente de la nada.

                Encontraron un ejemplo y una teoría. El ejemplo: la revolución china. La teoría: la contenida en el texto de Mao “Sobre la Guerra Popular y Prolongada” (1942). Como resultado de esa reflexión, numerosos grupos armados hicieron propia la guerra popular y prolongada, adaptándola a su concreto escenario como técnica de insurrección. Siguiendo a Mao, se pretendía implicar a toda la población en la lucha (recordemos la llamada “socialización del sufrimiento” y la “kale borroka”), en un intento de agotar al enemigo mediante la lucha armada, junto a otras modalidades revolucionarias subversivas. Ideada y empleada por Mao en China, aplicada por el FLN en Argelia, etc., su éxito más espectacular se alcanzó en Indochina, derrotando los comunistas a los norteamericanos y sus aliados locales.

Mao, Giap y sus aventajados alumnos, no concibieron un combate militar clásico. No se trataba de derrotar a un enemigo en el menor tiempo posible y en un escenario “clásico” de frentes territoriales y posiciones fijas. Aquí, en esta teoría y práctica, tiempo y espacio no importan. Tampoco es válida la división entre combatientes y civiles: todos estarían implicados, aunque no quisieran. Hay que mantener el conflicto durante largo tiempo, lo que implica avances y retrocesos que permitan al movimiento revolucionario consolidarse y ganar nuevos espacios sociales y territoriales; generando, a su vez, una joven sociedad en la que política, guerra y revolución sean inseparables. El objetivo de esa lucha de desgaste: la rendición del contrario por agotamiento, la negociación o la simple claudicación del enemigo.

                Esa es la teoría y práctica hecha propia por el IRA y por ETA en los años 70 y que, en el caso de la segunda organización, todavía considera sustancialmente válida.

                En este contexto, ¿tiene algo qué decir el nacionalismo vasco moderado?

 

Todos juntos contra el enemigo español.

                En diversos artículos, publicados en este mismo medio a lo largo de los últimos tres años, ya hemos denunciado las coincidencias tácticas y el camino común emprendido por todos los nacionalismos vascos. Aparcando diferencias ideológicas, aparentemente irreconciliables, están uniendo sus fuerzas en aras de un objetivo común: la independencia de la nación vasca, si bien, no olvidemos, siguen sin resolver la cuestión –trascendental para ellos, ciertamente- de la modalidad específica de “construcción nacional”.

Sorprendentemente, los llamados moderados, con sus acciones y con sus silencios, expertos en la “lucha cultural” desde la base social y las instituciones públicas que controlan, se suman a ese esfuerzo por agotar al enemigo común; por hartarlo, aunque no practican el terrorismo explícito. Sin duda, un ejemplo paradigmático de agitador, que nos viene a la cabeza, es el de Xavier Arzalluz. Experto demagogo, oportuno provocador, ha sabido conjugar las amenazas, explícitas o implícitas, con las exigencias reiteradas y constantes. No se trata de hablar por hablar. Buen conocedor, sin duda, de las técnicas de la agit-prop, siempre ha buscado un doble efecto con sus intervenciones: interno, de cara al consumo del nacionalismo vasco y, externo, de cara a la opinión pública española y sus élites políticas.

Frente al Estado español y sus recursos, había que emplear todo tipo de recursos. Las armas las empuñaron los cachorros de ETA; los medios legales y la agit-prop cultural las emplean los veteranos del PNV, además de diversas organizaciones del MLNV. En cualquier caso, había que conseguir un mismo objetivo: cansar al enemigo español, agotarlo, desmotivarlo, aprovechar todas sus fisuras internas...

                Y algo están consiguiendo entre todos ellos.

                No es infrecuente escuchar, entre muchos compatriotas, expresiones del tipo: “Que se maten entre ellos”, “Si dependiera de mi, ponía la frontera en el Ebro y me olvidaba de ellos”, etc. Pero, lamentablemente, esas expresiones, más sutiles, también se escuchan entre personas de la elite social: profesores universitarios, periodistas… En esas apreciaciones pesan, sin duda, la insolidaridad y el egoísmo propio de muchos de los que así opinan. Pero, seguro, también en ellos, o al menos en dosis apreciables, pesa el efecto perseguido: están hartos de que las noticias procedentes del País Vasco casi siempre sean negativas, arrojen sangre y dolor; sin que nada conforme a los nacionalistas.

 

No a la guerra.

                Pensamos, por tanto, que existe aparentemente, un cierto desgaste entre la población española, incluso entre amplias franjas sociales no afectadas directamente por el “conflicto”; un factor que el nacionalismo vasco quiere emplear, a modo de palanca, para ablandar la resistencia española ante sus pretensiones. Los efectos de esta guerra psicológica, de esta forma, también contribuyen al esfuerzo para el logro de los objetivos marcados por los estrategas de la tensión y el dolor. Pues de eso se trata: crear una división lo más ancha posible entre los buenos vascos y los odiados españoles.

                Existe un reparto en el trabajo. ETA mata, ensanchando el foso con sangre. El nacionalismo llamado democrático, lo hace con leyes en su ámbito, declaraciones, ideología, cultura… Todo está permitido para construir la nación vasca, una realidad no existente que, de nacer, lo hará a costa de la nación española, de sus vínculos históricos, culturales y humanos.

                Hoy día existe otro factor que puede facilitar esa pretensión nacionalista de hartar al enemigo: el “no a la guerra” manifestado reiteradamente por amplios sectores sociales españoles con motivo de la intervención anglo-americana en Irak, en cuanto expresa no tanto una convicción expresa, cuanto una renuncia previa a la lucha y a la defensa de unas ideas. Si la España que marcha detrás de las pancartas del “no a la guerra” es una población pacifista en cualquier caso, sin voluntad de afirmación, carente de convicciones acerca de su identidad y su destino colectivo; en tal caso, otro trecho más se habrá andado en el camino de la construcción vasca si saben reconducir ese pacifismo hacia un “no al terrorismo”, aunque sea cediendo en todo y a cualquier precio.

                Por todo ello, el anuncio de nuevas fases del Plan Ibarretxe, plante democrático, referéndum, etc., deben preocupar. No tanto por tratarse de propuestas realistas (pues no lo son, al tratarse de iniciativas ilegales que no pueden prosperar en el actual marco constitucional), como por manifestar una voluntad decidida (la nacionalista vasca) frente a otra dubitativa y poco firme (la expresada por importantes sectores de la sociedad española, especialmente entre la llamada izquierda, que parece carecer de una verdadera conciencia nacional).

                Una vez terminada la guerra de Irak, con la mirada puesta en las elecciones del 25 de mayo, nuevos retos se presentarán al pueblo español. Y no serán sólo los de la sucesión de Aznar y la globalización, sino, particularmente, el de su supervivencia como colectividad diferenciada, dotada de una memoria histórica operativa, con capacidad de proyección de futuro también en el exterior de nuestras fronteras.

                Es en este contexto donde debe analizarse –fríamente- el valor material y simbólico de unas elecciones que trasciende por completo los objetivos ordinarios de las mismas. Aquí no se juega una mera renovación municipal, de las diputaciones y del Gobierno Foral. Es el marco de convivencia el que está en juego. Y no sólo en el País Vasco. También Navarra está en la diana. El 25 de mayo se elige entre el actual marco, imperfecto y lleno de tensiones, y un salto al vacío de dimensiones revolucionarias que puede arrastrar a la nación española en su actual configuración.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 68, abril de 2003