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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Navarra: el final de la calma.

En política nunca se puede decir “para siempre”. Tampoco en Navarra es posible afirmar que nada cambiará, pese al claro predominio de una opinión pública mayoritariamente partidaria de su continuidad como Comunidad diferenciada. Las próximas elecciones del 25 de mayo, de la mano de un PSN-PSOE sin pulso político pero con pretensiones de acceder al Gobierno Foral, pueden traer importantes sorpresas.

Encuestas.
Las últimas encuestas publicadas, en los medios de comunicación de ámbito regional, han aportado extrema inquietud en las filas del centro derecha navarrista. Según las mismas, el partido actualmente en el Gobierno, Unión del Pueblo Navarro (UPN, en lo sucesivo), seguiría siendo la fuerza política más votada, pero sin conseguir la mayoría absoluta y sin apenas un margen de maniobra que le permita constituir nuevo Ejecutivo, después de las mismas. Su último apoyo, aunque esporádico, Convergencia de Demócratas de Navarra (el partido que surgió de la escisión protagonizada por el ex dirigente de UPN Juan Cruz Alli) podría quedar fuera del Parlamento Foral; por lo que la soledad del centro derecha sería total. El PSN-PSOE mejoraría resultados, Izquierda Unida se mantendría, la coalición nacionalista PNV-EA podría ganar un escaño, Aralar (los presuntos moderados escindidos de Batasuna) se estrenaría con otro. Y todos juntos podrían llegar a superar en número los escaños de UPN.
La principal incógnita a resolver en estos comicios, tanto en Navarra como en el País Vasco, es el destino de los miles de votos abertzales radicales. ¿Podrá la sustituta de Batasuna, la plataforma AuB, presentarse a los mismos? En caso afirmativo, las encuestas le otorgan 3 posibles escaños; de modo que la fragmentación de las fuerzas anti–UPN sería mayor, por lo que una alternativa de Gobierno tendría más dificultades en cuajar. Pero, de no lograr presentarse y difuminarse el voto abertzale duro, todo puede cambiar.
Puede darse la circunstancia, en definitiva, de que UPN, siendo la fuerza más votada, no pueda formar Gobierno: es más, si se repite la fórmula practicada en Baleares y seguida en Aragón, una coalición de todas las demás fuerzas políticas podría alcanzarlo, desplazando a UPN. ¿Ciencia ficción, mero cálculo político o falta de conciencia nacional en la izquierda llamada constitucionalista también en Navarra? En cualquier caso, la ausencia de un efectivo liderazgo y la carencia de una línea política precisa, ha llevado a destacados militantes del PSOE de Navarra, como el histórico Víctor Manuel Arbeloa o la ex-alcaldesa de Burlada, Pilar Aramburu, a abandonarlo en los últimos meses; decepcionados por la crisis permanente en que se desenvuelve la vida de la formación liderada por Juan José Lizarbe.
Si una característica puede destacarse del actual Partido Socialista Obrero Español -en realidad, una dramática debilidad- es la carencia de una conciencia nacional determinante; a lo que se une la voluntad de “tocar poder”, sea como sea. Esa peligrosa combinación, alimentada por las veleidades federalistas del dirigente catalán Pascual Maragall, ha propiciado que el PSOE haya dado paso a pactos de gobierno incomprensibles a priori, a ambiguas propuestas de reforma constitucional, y a silencios escandalosos de la actual Dirección socialista. También se ha visto sus efectos en el País Vasco. Patxi López y su equipo directivo han borrado, en buena medida, sus señas de identidad tradicionales. Con la casi exclusiva voluntad de marcar diferencias con el Partido Popular, están desarrollando una línea táctica confusa y poco definida, que no excluye pactos con el nacionalismo según evolucionen las circunstancias políticas. Pero, de seguir las cosas así, éstos últimos no los necesitarán para nada, por lo que su papel de “moderador”, simplemente, no tendría sentido.
En cualquier caso, una fase termina en Navarra a causa de la falta de rumbo de los actuales dirigentes socialistas: la de la entente, más o menor cordial, entre UPN y el Partido Socialista, que ha sido fundamental para la estabilidad institucional y social de esta tierra y clave del espectacular crecimiento económico de la última década.

¿Una revolución a corto plazo?
Planteemos una hipótesis. Patxi Zabaleta: futuro Consejero de Cultura del Gobierno de Navarra. Se trata de una posibilidad que no puede descartarse, en coherencia con el planteamiento antes expuesto, y que dibujaría un nuevo escenario de consecuencias imprevisibles a corto y medio plazo: el inicio de una nueva revolución cultural desde claves nacionalistas. Este histórico dirigente de Aralar, fogueado en mil batallas, no carece de programa político. Al contrario. Su inteligencia sólo puede equipararse a su frialdad y persistencia en los objetivos de siempre. Que nadie espere de su partido cambios significativos, renuncias programáticas esenciales o una acomodación burguesa. Rodeado de una aureola de eficacia y pragmatismo, resultando simpático en medios políticos y de comunicación adversos; la claridad y fijeza de las posiciones de Patxi Zabaleta contrastan con la frivolidad y la carencia de ideas de los socialistas navarros. Una mezcla que, de producirse en el futuro, sólo puede traer tensiones y dramáticas sorpresas.
Sigamos con las preguntas. Acordado un Gobierno de coalición “a la contra”, ¿se implantaría la propuesta de un “Órgano Común Permanente” entre las Comunidades navarra y vasca? Esta posibilidad, radicalmente rechazada por UPN en su día y perseguida por los nacionalistas, de prosperar supondría, en última instancia, un balón de oxígeno para el Plan Ibarretxe ante sus detractores abertzales radicales; pues subsanaría parte de las carencias achacadas al requisito soberanista de la “territorialidad”, al dar pie a que Navarra participe, de alguna manera, en su estrategia secesionista. Otro aspecto a tener en cuenta que, junto a la lucha que se anuncia por el control de Álava, sitúa a Navarra, de nuevo, en el preferente punto de mira de un nacionalismo vasco en plena ofensiva en todos los terrenos.
Pero, ante este posible vuelco de la situación política, no debe achacarse toda la responsabilidad a un PSN-PSOE sumido en una larga crisis de identidad y liderazgo. También UPN tiene su parcela en este campo, pues no ha sabido responder a las expectativas de sus electores, quiénes también reclamaban una política cultural sin complejos y en profundidad. UPN no ha sabido trabajar a largo plazo. Ha dejado vía libre, salvo medidas anecdóticas, a los agitadores que se sirven del euskera y del sistema educativo para formar una generación proclive a los postulados nacionalistas a través de las ikastolas públicas y privadas y numerosas asociaciones de todo tipo. Ha trabajado, fundamentalmente, a corto plazo manejando las grandes cifras de la economía, inhibiéndose ante los movimientos culturales y del mundo de la educación; que también conforman, de manera muy especial, a los futuros electores y a las nuevas generaciones navarras.

El futuro de UPN.
De perder el Gobierno, lo que ya no parece imposible, ¿cómo afectaría a UPN?
¿Futura crisis de liderazgo, acaso? No olvidemos que sus máximos responsables, Miguel Sanz y Rafael Gurrea, sufren serios problemas de salud; lo que podrían inhabilitarles para la política activa en un futuro próximo.
De confirmarse los peores augurios, ¿podrán sus sucesores mantener unido al partido? O, por el contrario, ¿sufrirá el centro derecha navarro la suerte de sus correligionarios alaveses? ¿Qué postura adoptará la Dirección nacional del Partido Popular ante la previsible crisis de su socio?
Numerosos interrogantes, en definitiva, que nos llevan a un escenario en el que todo es posible, acabando –seguramente- con la tranquilidad política, de los últimos lustros, que ha permitido un desarrollo económico y social (educación, sanidad y prestaciones sociales) excepcional para el conjunto de España.
En política nunca se puede decir “para siempre”. En Navarra, para intranquilidad de los navarros, tampoco.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 67, marzo 2003

Fernando el Católico y los falsarios de la historia en Zaragoza.

¿Tiene sentido reeditar, a los 80 años de su aparición, el complejo libro resultado de la investigación histórica de un pensador, y político tradicionalista, que murió fusilado en los inicios de la guerra civil española? A ésta, y a otras cuestiones, se respondió en la presentación del libro Fernando el Católico y los falsarios de la historia, organizada por Foro Arbil en la ciudad de Zaragoza, el pasado 14 de marzo.

Un libro de Víctor Pradera Larumbe.

El pasado viernes 14 de marzo de 2003, a las 19’30 horas, se presentó en Zaragoza el libro Fernando el Católico y los falsarios de la historia, escrito hace 80 años por el político y pensador tradicionalista navarro Víctor Pradera Larumbe. A GRAFITE ediciones (http://www.grafite-ediciones.com/) ha correspondido la fortuna de reeditar este libro decisivo en la fundamentación historiográfica del moderno navarrismo –entendido como la concepción política, histórica y cultural que afirma la particular identidad navarra como consustancial a la empresa nacional española- en su pugna con el nacionalismo vasco.

Las circunstancias de la reincorporación de Navarra al proyecto español, siempre levantaron serias divergencias entre historiadores. Muchos consideraron que la postura de una parte de la facción agramontesa (otra parte apoyó al Duque de Alba), empecinada en la defensa a ultranza de la independencia, fue ejemplar y “patriótica”, en detrimento de los beaumonteses, presentados como traidores a Navarra. Ante los equívocos de tales posturas, Pradera saltó a la arena de la polémica historiográfica, demostrando la lealtad de Fernando el Católico a sus familiares navarros; pues llegó a rechazar en siete ocasiones las ofertas de Francia de anexión de Navarra a España, en un intento de salvaguardar los intereses de sus sobrinos. Por otra parte, confirmó la legalidad y legitimidad de la conquista conforme al derecho de la época. Navarra es incorporada conforme a unas Bulas papales que Pradera demuestra verídicas y no falsificadas, tal como achacaron algunos historiadores y polemistas.

De esta forma, prestando un servicio a la verdad del pasado, privaba de argumentos a un nacionalismo vasco que se alimentaba de equívocos históricos en su expansión; sirviendo su Fernando el Católico y los falsarios de la historia, en el futuro, como base para el trabajo de historiadores de prestigio, caso de Jaime del Burgo en su fundamental Historia General de Navarra.

Para una introducción a los contenidos del libro, nos remitiremos al mismo y al artículo de José Luis Orella Por el honor de Fernando el Católico, (Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 50, octubre de 2001).

Acto de Foro Arbil en Zaragoza.

La presentación tuvo lugar en la sala polivalente, a rebosar, de la Biblioteca de Aragón, entidad que proporcionó los recursos habituales empleados en este tipo de actos y que incluyó en su programación oficial. Un buen número de personas no pudo acceder a la sala, por razones de seguridad al tratarse de un semisótano, lo que proporciona una idea del éxito de asistencia; acreditado por los distribuidores del libro en Aragón, presentes en el acto, quiénes realizaron buenas ventas del mismo.

Presentó el acto D. Fernando José Vaquero Oroquieta, redactor de Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica. Caracterizó a Foro Arbil, la entidad convocante, con dos notas: la amistad de sus miembros y su seguimiento de los criterios teóricos y de acción marcados por la Doctrina Social de la Iglesia católica. Recordó la estrecha unión de la entidad con la ciudad de Zaragoza por un doble motivo: Arbil, en el hispánico idioma del euskera significa “pilar”, lo que no precisa mayor explicación, y, en segundo lugar, por lanzarse todos los meses desde esta ciudad la publicación digital de la asociación, que ya cuenta con más de 50.000 lectores mensuales. Después del capítulo de agradecimientos, planteó, en forma de interrogantes, la oportunidad de la reedición de un libro que, pese a tener una indudable importancia, permanecía casi olvidado; pasando, finalmente, a presentar a los ponentes.

Los ponentes.

El primer ponente fue D. José Antonio Herrero Crespo, editor de GRAFITE y del libro, quien explicó las razones de la reedición. De bancario pasó a editor de libros religiosos; y, una vez editor de textos especializados, se ha animado a lanzar una colección de libros que recoja las aportaciones a la empresa española de tantos vascos. Su experiencia personal, así como sus vivencias en el País Vasco, le han llevado a intentar rescatar este apartado fundamental de nuestra historia común que pretende ser anulada por la utopía nacionalista, en un ejercicio de ceguera que pretende reinventar, según sus necesidades, unas bases históricas que carecen, violentando la realidad y una tradición de siglos.

D. José Luis Orella Martínez, biógrafo de Víctor Pradera, Presidente de Foro Arbil y Portavoz de Foro el Salvador, le siguió en el uso de la palabra, extendiéndose en la atractiva figura de Víctor Pradera Larumbe: un político e intelectual de enorme talla moral y gran capacitación personal. Igualmente, expuso las circunstancias políticas del momento en que el autor escribe el libro, apremiado por la ofensiva del nacionalismo vasco al que descubre en su íntima naturaleza; anticipándose en varias décadas a las dramáticas conclusiones a las que vienen llegando la mayor parte de las fuerzas políticas y sociales españolas, después de décadas de ceguera ante las pretensiones del partido jeltzale.

D. Pascual Tamburri Bariain, medievalista, del cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria y redactor de Elsemanaldigital.com, polarizó la atención del público asistente en torno a cuestiones, en un principio poco atractivos para los no iniciados, como el de los títulos de legitimidad de la conquista de Navarra por el rey católico, Bulas papales, líneas sucesoras, continuidades dinásticas, etc. También nos habló del contenido concreto del libro de Pradera, de las circunstancias históricas de la reincorporación de Navarra a la empresa nacional española, acerca de la figura extraordinaria de Fernando el Católico, y de un asunto de vitales repercusiones todavía hoy: el peso real de las polémicas historiográficas en el motor de la ideología nacionalista vasca. Sin duda, precisa de una legitimidad, en sus pretensiones secesionistas, que busca en la historia. Si no la encuentra, manipula historia y pasado; llegando a inventarlo según sus planes. Es lo que ocurrió en su día, cerrando Pradera un capítulo importante de esas polémicas. Es incuestionable, desde entonces, que la reincorporación de Navarra fue legal y legítima, según el derecho de la época. En contra del criterio de los nacionalistas vascos, quiénes aseguran no existió tal base y por lo tanto España estaría “viciada” de partida, Pradera se alzó con los alegatos de una investigación rigurosa; lo que sin duda no le perdonaron y pudiera explicar su trágico fin.

El turno de preguntas del público planteó interesantes cuestiones: desde la posición de los ponentes ante la guerra en Irak, el presunto aragonesismo de Fernando el Católico, su personalidad plenamente medieval, el papel social como creador de opinión de Diario de Navarra, el Príncipe de Viana, etc.

Numerosos aplausos acreditaron la fortuna de muchas de las afirmaciones emitidas; destacando entre el público directivos de entidades navarras radicadas en Zaragoza, miembros de varios departamentos de Historia de la Universidad de esta ciudad, una periodista de “El Periódico de Aragón” y varias decenas de miembros de grupos culturales y juveniles zaragozanos.

La próxima aparición de sendos libros a cargo de los dos historiadores presentes, el titulado Los otros vascos junto a otro que reflexiona en torno a la naturaleza del nacionalismo vasco, pudiera augurar la reedición de una jornada similar, lo que seguro se recibiría con el interés mostrado en esta ocasión.

Algunas reflexiones.

En las intervenciones pronunciadas se constataron dos coincidencias significativas: la afirmación de la necesidad de recuperar la memoria histórica española, como un servicio a la verdad frente a las manipulaciones y la ignorancia, y la de trabajar culturalmente, más allá de la mera política, para afrontar con éxito el reto nacionalista vasco que se presenta en todas las esferas de la vida.

Unas conclusiones, sin duda, de la máxima actualidad y pertinencia.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 67, marzo 2003

Skin-heads y nihilismo contemporáneo.

Ya en su cuarta edición, el libro Diario de un skin (Temas de Hoy, enero 2003) es la crónica de un reportero infiltrado en el movimiento skin-head. Ahí desvela sus complejas relaciones con el neonazismo, pero también las existentes con radicales islamistas y corrientes esotéricas; así como el influjo en el mismo de algunos autores, caso del chileno Miguel Serrano, especialista en los precursores ocultistas del nazismo (la Sociedad de Thule).

Las numerosas entrevistas realizadas al autor, especialmente por radio, han transmitido, entre otras, la idea de que se trata de un movimiento infiltrado por maquiavélicos neonazis. Pero ¿hay algo más?

Identificados por su aspecto (cazadoras bombers, pelo rapado, tirantes, camisas sin cuello, botas con puntas de acero...), nacen en los barrios obreros ingleses a finales de los sesenta. Sus raíces remontan a los mods, el punk, los rude boys, las músicas ska y oi!, los hooligans, etc. En España aparecen hace dos décadas, gestando un mundo casi clandestino de bares, bandas musicales, fanzines y vínculos internacionales; acompañado de una gran ingesta de cerveza y gravísimos incidentes violentos.

Los skins neonazis, muy presentes en determinadas peñas futbolísticas ultras, se agrupan en bandas generalmente asociadas a entidades skins de ámbito plurinacional: Blood and Honour y HammerSkins International. También son numerosos los skins anarquistas y comunistas, implicados en el movimiento “okupa” y con conexiones internacionales: SHARP (Skin Heads Against the Racial Prejudice) y RASH (Red and Anarchist Skinheads).

Y no faltan las mujeres, aunque en escaso número: las skingirls.

Docenas de webs informan, en internet, de los diversos grupos, las actuaciones de las bandas Rock Against Communism, objetos en venta, idearios...

Unos y otros odian a la Iglesia. Para los neonazis es una institución filojudía, origen de los males del mundo blanco. Para los izquierdistas, es enemiga de toda libertad.

El movimiento skin-head, creemos, es otra expresión más del nihilismo contemporáneo; ejercicio de una autoderminación personal llevada hasta el límite que rompe con toda tradición –especialmente con la familia y la Iglesia- y que se separa de los cauces del comportamiento social mayoritario.

¿Cuál es el atractivo del movimiento skin-head entre algunos jóvenes? Junto a su voluntad prometeica, descubrimos una estética que reafirma su identidad, ideales en los que apoyarse, compañeros con los que combatir la rutina y un mundo hostil...

Frente a la violencia y la rabia skin-head, habrá que ofrecer ideales auténticos, hechos vida por personas concretas, más allá de recetas políticamente correctas que no satisfacen.

Habábamos antes de compañerismo, sentido vital, ideales… ¿Acaso el acontecimiento cristiano no puede ofrecer todo ello, multiplicado por cien, mostrando su verdadero rostro al hombre?

Alfa y Omega, Nº 344, 6/03/03, página 29

El PNV y la lucha contra el terrorismo: el perro del hortelano.

¿Podrá mantenerse el PNV, indefinidamente, en su “neutralidad” frente al terrorismo de ETA? ¿Cómo definir las relaciones existentes entre PNV y ETA? Una relación histórica, basada en su común nacionalismo, que se verá sometida a duras pruebas en el futuro.

El saqueo de Euskadi.

“Durante los últimos veinticinco años, el Partido Nacionalista Vasco no ha parado de jugar a la estrategia del perro del hortelano: no sólo no ha acabado con ETA sino que tampoco ha permitido que aquellos que sufren en sus carnes el azote terrorista pongan los medios para poner fin al último grupo terrorista de Europa”. Así resumen, en la página 804, los autores del libro ETA. El saqueo de Euskadi (Editorial Planeta, Barcelona, noviembre de 2002, 830 páginas) el papel del PNV ante el terrorismo de ETA. Consideran, además, que el PNV actúa de esta forma, con plena conciencia a partir del nacionalismo que comparte con ETA, siguiendo los dictados de un puro cálculo táctico; sin minusvalorar la existencia de implicaciones y afectos familiares entre ellos. Una de las pruebas que ofrecen en apoyo de esta tesis figura en la página 669, cuando reproducen la transcripción de una conversación, entre responsables del PNV y Herri Batasuna, celebrada el 26 de marzo de 1991. Xavier Arzalluz afirmó ante sus interlocutores radicales: “Nosotros somos los de siempre, nacionalistas. Sin revolución, sin marxismos ni tiros, pero con los mismos objetivos que vosotros. En el futuro, en el País Vasco sólo van a quedar dos fuerzas nacionalistas, el PNV y HB, por lo que habrá que pensar en algún tipo de colaboración. Por eso es falso eso que decís de que estemos impulsando a la Ertzaintza contra ETA. Lo que estamos haciendo es frenándola. La Ertzaintza podía tener datos sobre un comando en Donosti y no ha procedido (a su detención). No creemos que sea bueno que ETA sea derrotada. No lo queremos para Euskal Herría”.

El matrimonio formado por José Díaz Herrera e Isabel Durán, especializado en investigación periodística, vuelve a escribir sobre el País Vasco y Navarra. De su lectura se impone, entre otras, una conclusión fundamental: es inconcebible la violencia de ETA sin el apoyo expreso del PNV, particularmente en circunstancias críticas de su historia. Ya en los primeros -y difíciles- años de vida de ETA, el PNV salió en su defensa y no sólo con buenas palabras. Un ejemplo contundente. Después del Consejo de Guerra de Burgos de 1970, como consecuencia del acoso policial, ETA se encontraba diezmada, sin apenas estructuras operativas, líderes ni militantes. De EGI (Eusko Gaztedi Indarra), las juventudes del PNV, partieron de la mano de Eustakio Mendizábal, Txikia, en torno a 300 militantes, para engrosar las filas de ETA. Este oportuno refuerzo proporcionó a la diezmada organización un soporte humano imprescindible para su supervivencia y la violenta campaña que siguió a las pocas semanas de producirse este desembarco. No queda claro, en el citado libro (estos hechos se narran en su página 679), si ese trasvase de militantes fue el resultado de una operación política, fríamente calculada del PNV para evitar la desaparición de la organización que en el futuro podía proporcionarle singulares beneficios; o producto del atractivo de la línea de ETA sobre las juventudes de un partido centenario entonces anquilosado, sacudido por el impacto de las ideologías radicales de moda por aquellos años. No olvidemos que toda la sociedad europea se vio afectada por esas corrientes izquierdistas que, alcanzando todas las esferas de la vida, y con la mirada puesta en los movimientos de liberación del tercer mundo, aspiraban a una transformación revolucionaria de la sociedad, la política, la religión; hasta las prácticas sexuales. Lo cierto es que, desde entonces, tal como se describe en el libro, los contactos entre ambas organizaciones no han faltado nunca.

ETA nació como una escisión del PNV, dentro del caudal del nacionalismo vasco. Seguramente, tal como ocurrió con escisiones anteriores, caso de Jagi-Jagi, los líderes del PNV pensaron que, antes o después, los militantes de ETA regresarían al PNV, sancta santorum del nacionalismo. Pero ahí se equivocaron. ETA creció y, sin perder sus raíces nacionalistas, se alimentó de otras corrientes ideológicas completamente alejadas de las conformadoras del partido madre, transformándose en una organización revolucionaria y anti-sistema. Transcurridas unas décadas, desde entonces, ya está claro que jamás regresarán a “casa”. Tienen sus propias ideas, han alcanzado la mayoría de edad, han pagado un tributo en sangre por ello y aspiran a relevar al padre y dirigir la casa; una “casa” que ya no es el viejo “alderdi”, sino todo el País Vasco de su quimera. Pero, ¿es consciente el PNV de la verdadera naturaleza de ETA?

El criterio de Ardanza en 1996.

El lehendakari Ardanza planteó a la Asamblea Nacional de su partido en febrero de 1996: "desenmascarar, ante las propias bases del MLNV y ante toda la sociedad, el auténtico proyecto estratégico de la actual dirección de la Izquierda Abertzale. Su carácter esencialmente revolucionario y anti-sistema, así como su intención manipuladora de la ‘cuestión nacional’, deberán quedar al descubierto. Sería el modo más eficaz de provocar en el MLNV las contradicciones internas necesarias para que el soporte social abertzale del Movimiento comience a cuestionar el proyecto político de la actual dirección y, con él, el sentido y la utilidad de la ‘lucha armada’".

De este texto podemos deducir varias conclusiones:

Ardanza realizó un singular diagnóstico de la naturaleza de ETA, calificándola de organización esencialmente revolucionario y antisistema.

Advierte el peligro y perversidad del MLNV; de lo que se deriva la necesidad de combatirlo.

En consecuencia, propone una estrategia concreta frente al MLNV: desenmascarar el proyecto revolucionario de su dirección ante sus propias bases y así cuestionar la utilidad de la lucha armada.

El análisis se realiza desde una óptica plenamente nacionalista: ETA manipularía la cuestión nacional. Es el proyecto de nación, por tanto, lo que juzga la conveniencia y adecuación de ETA al mismo. ETA sería, antes que nacionalista, comunista, revolucionaria y anti-sistema.

Vemos que, al menos en ese momento histórico, y nada menos que según el juicio del entonces lehendakari, el nacionalismo vasco moderado era consciente de la naturaleza de ETA y de sus reales expectativas políticas a medio y largo plazo.

Sin embargo, desde entonces, el nacionalismo vasco moderado ha prescindido, en la práctica de su evolución táctica, de tales presupuestos. Ha ignorado la peligrosidad derivada de la intrínseca naturaleza del MLNV estructurado por ETA, por una parte y, por otra, al no cuestionar sustancialmente su proyecto y darle cobertura con su propia estrategia soberanista, le ha proporcionado legitimidad.

El cambio estratégico del PNV.

¿Qué ha ocurrido para que se haya dado este cambio?

Muchas cosas: Ardanza dejó de ser lehendakari y ante la parálisis del pacto de Ajuria Enea propuso el llamado Plan Ardanza poco antes de finalizar su mandato; se negocia y cristaliza el pacto de Lizarra; consecuencia de lo anterior, tiene lugar la llamada tregua unilateral de ETA; posteriormente, la ruptura del espejismo; le sigue el inesperado éxito electoral del PNV del 13/05/01; coronando este proceso, finalmente, el Plan Ibarretxe. En cualquier caso, todo ello indica que se ha producido un cambio histórico en la opción estratégica del PNV y sus aliados de EA, optando por la independencia y la secesión a medio plazo, cuando años atrás, la concebían más como un objetivo ideal, que como una aspiración realista; subordinado en cualquier caso al final del terrorismo.

Ahora, también el PNV apuesta por alcanzar la independencia a corto plazo, pero sin condicionarlo a la desaparición de ETA. Es más. Trata de incorporar a Batasuna a su propia estrategia. Siendo justos, esto no quiere decir que el PNV no advierta las sustanciales diferencias existentes entre ambos proyectos nacionalistas. Seguramente sigue considerando necesario limitar el espacio político y social del MNLV, así como reducir o eliminar en su día la violencia de ETA. Tal vez por ello, habría optado por la vía de reducir la bolsa electoral de Batasuna, sirviéndose de los beneficios indirectos derivados de su deslegalización; intentando aglutinar una parte del voto abertzale radical al plantear una alternativa política secesionista que satisfaga a esos miles de votos abertzales, lo que impediría regresaran a Batasuna. En este sentido, el Plan Ibarretxe también es la respuesta encaminada a la conservación del voto abertzale.

Sin duda, por debajo de la superficie, existe un complejo “tira y afloja” entre el PNV y Batasuna; una competición inevitable, pues ambos intentan liderar la movilización nacionalista en aras de su respectivo modelo de país, tratando de incorporar al otro, por las buenas o por la fuerza de los hechos, a su propia estrategia. El objetivo es el mismo: la independencia. Pero en el ritmo y los medios no hay acuerdo. Batasuna emplea todo tipo de medios y su opción es la ruptura unilateral e inmediata. El PNV opta por una estrategia gradualista en la que el agotamiento del techo autonómico y la “soberanía compartida” serían fases intermedias encaminadas al mismo fin.

¿Cómo hacer frente a ETA?

Para afrontar al terrorismo de ETA, y su complejo soporte social, se puede intentar desde diversa vías:

Policial y judicialmente. Es la vía que ha sido empleada con mayor o menor fortuna durante todos estos años de democracia. Es imprescindible la cooperación internacional para su mayor efectividad. Se han dado pasos importantísimos en los últimos años en ambos sentidos. Pero, pese a todo, ETA sigue activa.

Políticamente, a través de las instituciones representativas democráticas locales, autonómicas, nacionales e internacionales.

Social y culturalmente.

El PP y el PSOE optaron por la vía policial y judicial, fundamentalmente. Pero con la grave carencia de no haberse producido, durante muchos años, la imprescindible colaboración internacional, en particular, la francesa. Posteriormente optaron por la plena confrontación política, asociando nacionalismo vasco en general con ETA en particular al intentar desbancar del gobierno vasco a los nacionalistas en las elecciones del 13 de mayo de 2001. Y también vienen probando la vía de la movilización social y cultural, especialmente la primera, a través del Foro de Ermua y el nuevo movimiento ciudadano de resistencia y pacifista vasco; si bien hay que especificar que no se trata de un movimiento homogéneo.

El PNV ha mantenido una postura cambiante, poco decidida en cualquier caso, dependiendo de las concretas circunstancias políticas y de sus propios intereses de partido; lo que ha desesperado y exasperado a buena parte de la opinión política española.

Nos situábamos en 1996, con un análisis muy claro y una estrategia concreta; todo ello, en parte, retomado por un “plan Ibarretxe” que pretende, además de avanzar sustancialmente hacia el soberanismo, atraer electores de la izquierda abertzale, privándole así del colchón humano que justifica y alimenta a ETA. Así opina Joxan Rekondo en su artículo ¿A quién favorece el “plan Ibarretxe” (revista electrónica Goiz-Argi, Nº 25, enero de 2003). Pero, podríamos preguntarnos: el PNV ¿actúa libremente o es rehén de ETA?

Algunas reflexiones.

Si la ruptura de la llamada tregua propició la radicalización del PNV, y éste era un objetivo perseguido por ETA desde la lógica interna de su análisis –de raíz maoísta- de la fase actual de la “guerra prolongada y de desgaste”, ¿no es ETA la organización que lidera realmente el actual proceso? Todo parece indicar que el MLNV ha logrado radicalizar al PNV y sus socios, pero no ha logrado liderar el proceso; lo que también pretende realizar el PNV con la mirada puesta a largo plazo al considerar a Batasuna como un formidable rival al que deberá frenar antes o después.

Afirmábamos, más arriba, que el PNV intenta controlar electoralmente al MLNV y reducir de forma progresiva su incidencia social; lo que debiera eliminar la actividad terrorista. Pero esto no es tan fácil, entre otros motivos, por haber olvidado –o al menos, aparcado temporalmente- el presupuesto desde el que partía Ardanza: ETA es una entidad revolucionaria cuyo proyecto no se agota con la independencia. También olvida que su base social no coincide con su electorado. Prueba de ello es una reflexión de ETA emitida con motivo del desastre electoral de Batasuna, en su publicación ZUTABE, en el que valoraba el 13-M. Indicaba que no puede confundirse “recuperar votos” y “dar un nuevo impulso a la base social”, lo que “no se conseguirá mediante movimientos o iniciativas políticas de alto nivel. Para lograr este objetivo, será fundamental el trabajo en los pueblos y barrios. Comunicación directa y trabajo de relaciones e interpelación, adecuación de estructuras organizativas de los barrios... esos son los cambios que hay que analizar y poner en marcha tanto para un futuro inmediato como a largo plazo”.

Por todo ello, para vencer a ETA habrá que hacer algo más allá que intentar aglutinar votos procedentes de una ilegalizada Batasuna. En definitiva, el PNV, si quiere despejar el futuro del País Vasco, deberá modificar sustancialmente su estrategia, haciendo propia, de una vez, la propuesta de Ardanza de 1996. Pero, ¿realmente quiere el PNV frenar al MLNV? Además, se impone una objeción: su común nacionalismo, ¿no es impedimento absoluto para una empresa de esa envergadura? Y, de decidirse finalmente, ¿tendrá reservas y energías suficientes?

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 66, febrero de 2003

El islam wahhabita.

¿Es el wahhabismo consustancial al islam o es una desviación del mismo? Una aproximación a esta corriente fundamentalista musulmana que se encuentra en la base del terrorismo islámico internacional.

Introducción.

El diario La Razón, en su edición del 11 de diciembre de 2002, afirmaba, en un artículo de su suplemento Fe y Razón, que el wahhabismo había alcanzado en Rusia la cifra de 100.000 adeptos, según las palabras alarmadas de Talgat Tayuddín, líder de los musulmanes rusos (cuyo número oscila entre 12 y 20 millones). Según las mismas fuentes, en parte a causa del vacío ideológico ocasionado por la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética, algunas formulaciones islámicas radicales importadas, refiriéndose especialmente con ello al wahhabismo, crecerían entre los musulmanes de la Comunidad de Estados Independientes; lo que constituiría un serio motivo de inseguridad y temor.

Por otra parte, “no todos los musulmanes son terroristas suicidas, pero todos los terroristas suicidas musulmanes son wahhabitas”, aseguraba recientemente el islamólogo Stephen Schwartz; señalando, así, una concreta genealogía en el origen del terrorismo islámico internacional.

En este contexto, en el que el término wahhabismo, antaño exótico patrimonio de minorías, es fuente de noticias periodísticas y sesudos estudios especializados, podemos preguntarnos: ¿qué es el wahhabismo?, ¿cuáles son las relaciones entre el islam y el wahhabismo?

Chiíes y sunníes.

Retrocedamos en la historia y situémonos en los orígenes de esta pujante religión monoteísta.

El islam experimentó en sus primeros años, ya en vida de su fundador, el Profeta Mahoma, una espectacular expansión territorial. Además, es en su primer siglo de vida cuando se establecieron las principales ramificaciones musulmanas; plenamente vigentes hoy día. Es también en aquellos primeros años cuando, con los cuatro primeros califas, se establece el texto definitivo del Corán. Igualmente, se realiza la primera recopilación de la Sunna, o colección de hechos y dichos de Mahoma según testigos directos de los acontecimientos. De ambos, Corán y Sunna, se deduce la sharia, o ley islámica, que regula el conjunto de actividades públicas y privadas de todo musulmán.

Esos cuatro primeros califas fueron líderes políticos, hombres de acción y autoridades espirituales: el ejemplo ideal al que miran los musulmanes de todas las épocas.

Con Alí, yerno del Profeta y cuarto califa, se produce la primera gran fragmentación entre los musulmanes; que nos llega hasta hoy mismo. Al morir Alí asesinado, sus seguidores crearon un partido, la Chía, considerando que los califas Omeyas que le sucedieron carecían de legitimidad. Los chiíes, aunque respetan la Sunna, no aceptan que sea de carácter sagrado, tal como hacen los demás musulmanes (denominándose sunníes). Por el contrario, los chiíes atribuyen mucha importancia a las enseñanzas transmitidas por los doce imanes sucesores de Alí. El duodécimo y último de tales –el Mahdi- no habría muerto, esperando su retorno. Entre el clero chiíta –conocido bajo el término de mullah- destacan algunos expertos en la interpretación de la sharia, denominados ayatolás.

El chiísmo se caracteriza, además, por cierta desconfianza hacia el poder político, logrando muchas simpatías entre los musulmanes no árabes, especialmente en Irán, donde son inmensa mayoría. La creencia en el retorno del Mahdi, el imán oculto, ha generado una esperanza mesiánica cuya venida se producirá en la Hora Final, implantando un Reino de Justicia, por lo que el martirio tendría un carácter redentor. Un sociólogo iraní, Alí Shariati, asoció ese mesianismo chiíta con determinadas ideas marxistas. De este modo, consideraba que el Mahdi liberaría a los parias de todo el mundo, proporcionando una perspectiva revolucionaria al chiísmo.

A mediados del siglo IX, entre los sunníes, surgieron cuatro corrientes interpretativas que cristalizaron en otras tantas escuelas jurídicas, todavía hoy, únicas aceptadas por los sunníes: hanafí (de Abu Hanifa, la más liberal), la malikí (de Malik), la xafeití (de Chaffi, especialmente vigorosa en Egipto) y la hanbalí (originada en Bagdad, la más rigurosa y en la que se gestará el wahhabismo).

En la actualidad, en torno al 85% de los musulmanes de todo el mundo son sunníes, un 10 % chiíta y el resto pertenece a grupos muy minoritarios (drusos y otros). De todas formas, suniíes y chiíes no están absolutamente separados; siendo sus diferencias, matizadas discrepancias en cuestiones de interpretación y de aplicación de la ley, tanto en su plano individual como colectivo.

En su choque con el mundo occidental de finales del siglo XX y principios del XXI, el islam, ya sea sunnita o chiíta, se manifiesta en buena medida como una corriente radical o extremista poliédrica.

Por ello, dada la multiplicidad de sus expresiones, algunos expertos en la materia diferencian dos corrientes dentro del radicalismo musulmán:

- Integristas. Es el caso de los wahhabitas y los Hermanos Musulmanes, por ejemplo. Valoran la Tradición ante todo, aunque respetan lo positivo que le se haya podido añadir.

- Los fundamentalistas. Caso del chiísmo iraní y de los talibanes afganos. Desprecian lo que no proceda de los preceptos literales.

Todos ellos comparten su creencia en la imperativa articulación de la Umma (comunidad de los creyentes), como efecto ineludible de la recta aplicación del islam. La Umma debe estar unida políticamente y liderada por una autoridad, simultáneamente, civil y religiosa. Tal concepción, en consecuencia, deslegitima a los Estados actuales. Es más, a su juicio, todo nacionalismo sería una forma de shirka (adoración de algo distinto de Alá).

La época dorada del islam, correspondiente al liderazgo de los cuatro primeros califas, es la referencia de todos los musulmanes. Para unos musulmanes, de esa experiencia primigenia, destacarían los aspectos sociales y externos, tendencia representada por las escuelas reformistas. Para otros, prevalecería el esfuerzo por la perfección espiritual; reflejándose especialmente en las corrientes sufíes.

El sufismo.

El sufismo es objeto de gran interés en Occidente, especialmente desde la llamada New Age, al encontrar allí sugerentes ingredientes espirituales susceptibles de oferta en el supermercado religioso actual.

El sufismo no es una tendencia política. Espiritualista y tradicional, propone al fiel musulmán una experiencia religiosa personal; llegándose a hablar, incluso, de un misticismo sufí. Políticamente asumen generalmente posturas conservadoras, pero sin propugnar alternativas concretas. En la época colonial, muchos sufíes encabezaron la resistencia frente a las potencias ocupantes en sus respectivos países, perdurando todavía hoy la memoria de su lucha.

El wahhabismo y el salafismo, corrientes ortodoxas reformistas e integristas, se oponen a las prácticas sufíes, al considerar que difunden ciertas formas de superstición y que, en la práctica, han facilitado la decadencia musulmana.

El sufismo es, ante todo, según los propios sufíes, profundización e interiorización personal del islam. Aunque algunos autores han visto influencias de la mística cristiana, para otros, tales afirmaciones carecen de todo crédito.

El término sufismo (tasawwf) viene de sûf, o hábito de lana que llevaban los sufíes de los primeros siglos.

Son numerosos los sufíes de prestigio que han creado escuela y cuyos seguidores se agrupan en grandes cofradías, algunas extendidas por todo el mundo musulmán, o predominantes en determinadas zonas geográficas. Hassan al-Basri sería uno de los primeros. Nacido en Medina bajo el califato de Omar, la tradición cuenta que recibió sus enseñanzas del propio Alí, yerno del Profeta. Rabî`a al-`Adawiyya, nacido en Basra (sur de Irak), en el siglo II de la Hégira, sería otro de los primeros grandes sufíes.

Los sufíes practican las virtudes de la pobreza (faqr), abandono en la voluntad de Alá (tawakkul), así como la práctica del Dzikr (mención del nombre de Alá) al que pueden acompañar estados de éxtasis y ejercicios de meditación (fikr).

Otros sufíes incidieron en la gnosis (Ma`rifa) o conocimiento de Alá, caso de Nûn al Misri. De Yunayd, sufí de Bagdad, donde vivieron los más célebres, es la siguiente clarificadora sentencia: “El sufismo es lo que Alá hace morir en ti y vivir en Él”. Que el sufismo fuera aceptado en su día, es mérito, en buena medida, de Al-Gazzâlî (1058-1111). Otro maestro sufí de Bagdad fue Abd-al-Qâdir al-Yîlâni (1077-1166), quien fue conocido como “Sultán de los Awliya” (íntimos en el saboreo de Alá). De Andalucía procedía Abû Madyan Shu’ayb. También andalusí era Muhhy d-Dîn ibn Arabî, autor de numerosos textos en los que trató la Doctrina de la Unidad del Ser.

Expresión fundamental del sufismo es la existencia de las llamadas cofradías, o Turûq (plural de tarîqa o vía espiritual). Las conforman los seguidores de determinados maestros sufíes, tal como señalábamos más arriba. Tal vez la más conocida sea la Mawlawî, de la que proceden los famosos derviches danzantes popularizados gracias al turismo masivo europeo practicado en Turquía. Las cofradías sufíes son numerosísimas, siendo su importancia en algunos casos enorme. Así, por ejemplo, varios de los rectores de la Universidad Al-Azhar de El Cairo, que goza de una indudable autoridad en el islam sunnita, han sido sufíes seguidores de uno u otro maestro. Otro caso llamativo, de celebridad sufí, es el de Abd al-Kader, líder de la resistencia argelina frente a los franceses. Por su parte, la cofradía u orden de los Sanûsiya, aunque de origen sufí, tiene gran parecido con el wahhabismo; así el sentido guerrero, su austeridad y el espíritu de sacrificio. Desempeñaron especial protagonismo en la lucha contra el colonialismo en el norte de África (Francisco Díaz de Otazu les ha dedicado un artículo en el número 63 de esta publicación digital). En Asia destaca la cofradía Naqshabandiyya. Fundada en el siglo XIV, se extiende desde Bujara a Turquía, desde China a Java, protagonizando el esfuerzo misionero musulmán en aquellas alejadas tierras.

Vemos, con todo ello, que el sufismo, como camino interior (bâtin), también ha influido en el exterior y la acción (zâhir).

El reformismo musulmán.

En el seno de la gran corriente salafiya (de salaf, grandes antepasados), que promueve la renovación islámica (nadha), surgen los llamados movimientos reformistas.

El wahhabismo es una forma de interpretación estricta del Islam que nace de la mano de Mohamed Ibn Abdul Wahhab y que pretende, al igual que los demás reformistas, la vuelta a la pureza de la época dorada del islam.

De esta forma, reformismo, integrismo y fundamentalismo, sin ser conceptos análogos, en buena medida coinciden.

Los reformistas afirman que sólo la aplicación de la sharia garantiza el orden moral de la comunidad de los creyentes. En ese sentido, todo gobierno es ajeno al espíritu musulmán, especialmente los de factura occidental. Sí serían auténticos gobiernos islámicos, por el contrario, los de los cuatro primeros califas, “los que caminan por el camino recto” (Rashidun): Abu Bekr, Omar, Othman y Alí, tal como veíamos al principio de este artículo.

La restauración del verdadero islam exige esfuerzos de todo tipo (yihad), tanto personales como colectivos, espirituales y materiales; lo que puede llegar a justificar la guerra, siendo su objetivo, en todo caso, la ordenación de toda la convivencia hacia lo justo, prohibiendo lo que consideran impuro. Esto supone el empleo del poder político, sin complejos, desde la fidelidad al Corán y a las tradiciones islámicas (hadits).

El reformismo, en la actualidad, es la principal corriente del islam y se caracteriza por una serie de rasgos comunes:

- El islam afecta a todas las dimensiones de la vida, determinando, por tanto, la política y la sociedad.

- La decadencia y parálisis de las sociedades musulmanas fueron consecuencia de su alejamiento del islam.

- El islam viene determinado por el Corán, las tradiciones islámicas y las realizaciones de la primitiva comunidad musulmana.

- El deber de todo musulmán es la yihad.

- El islam es compatible con la tecnología y la ciencia moderna.

- La restauración del islam exige la lucha de todo musulmán, integrado en organizaciones establecidas con tal fin.

- La restauración del islam exige la vía de una revolución política y social.

El actual islam radical asume como propio todo este caudal reformista, al que matiza con varias precisiones:

- El islam es víctima de una conspiración judía y cristiana. Occidente es el enemigo declarado del islam.

- Un gobierno musulmán es legítimo es tanto aplique estrictamente la sharia.

- Cristianos y judíos son considerados infieles; no como pueblos del Libro.

- Todos los que se resisten al islam, ya sean musulmanes o no, son enemigos de Dios y merecen ser castigados con rigor.

Los reformistas entendieron que se había producido, históricamente, una profunda crisis en las sociedades musulmanas, lo que derivó en la desintegración del poder político, la paralización de la economía y de la ciencia, un estancamiento de la vivencia religiosa y una disminución de la creatividad artística. Todo esto habría coincidido con la eclosión de las potencias occidentales colonialistas; siendo víctimas de su política la mayor parte de los pueblos de tradición islámica. Por ello, la crítica a los regímenes coloniales constituye otra de las novedades del pensamiento reformista, siendo la lucha contra el sionismo, en la actualidad, una continuación de la lucha anticolonial.

Los movimientos reformistas son movimientos sociales antes que políticos; siendo ésta una característica fundamental para entender su naturaleza. Su objetivo principal es la formación de musulmanes piadosos, estudiosos del Corán y que practiquen el proselitismo a través de la predicación y las obras caritativas.

Todos los reformistas propugnan un estado islámico, es decir, gobernado por la ley islámica (la sharia). Ésta, al tener su origen en la revelación divina, no puede ser ni desarrollada ni cambiada: hay que aplicarla, pues debe ser aceptada sin crítica. La sharia es, igualmente, infalible, según los islamistas. Realmente, no hay codificación de la sharia.

El principal reformador fue Jamal al-Din al-Afghaní (1839 – 1897). Hay discrepancias sobre su lugar de nacimiento: en Irán según unos y en Afganistán según otros. Estudió en la India, viviendo la guerra civil de Afganistán en 1866. Se trasladó a Estambul, pero al año tiene que partir para Egipto a causa de las enemistades ganadas entre los clérigos musulmanes tradicionales. De 1871 a 1879 permaneció en El Cairo, rodeándose de un grupo de intelectuales musulmanes. Allí entra en la masonería, de donde es expulsado por su oposición al colonialismo. De nuevo vive en la India durante casi tres años. De allí se trasladó a París, donde fundó la revista Al–orwa al–wothqa (“el vínculo indisoluble”), recogiendo, en sus 18 números editados, los principios fundamentales del reformismo. Viajó a Irán, después lo hará a Rusia en 1889. En 1892 viaja a Inglaterra. Allí publicó artículos muy virulentos contra el sha, quien fue asesinado unos años mas tarde a manos de un discípulo de Jamal al–Din. Murió en Estambul. Su principal texto es el libro Refutación de los materialistas. Del wahhabismo se diferencia en su mayor conciencia crítica ante el desafío occidental.

Entre sus discípulos destacó el egipcio Mohammad Abdoh, quien reformó la futura universidad cairota de Al–Azhar. A partir de entonces, reformismo musulmán y política, en particular la lucha frente a las potencias coloniales, se mezclan de forma indisoluble.

Como consecuencia de su gran influencia floreció, inmediatamente, un importante elenco de intelectuales reformistas en todo el mundo musulmán, incluida la India.

Otro importante movimiento se enmarca dentro del gran río del reformismo: los Hermanos Musulmanes. Fundado por otro egipcio, Hassan Al Banna (1906 – 1949), se trata de un movimiento muy organizado y activista, que arraigó especialmente en Egipto, pero también en Siria, Palestina y otros países musulmanes. A su entender, la Umma es una sola nación, debiendo volver a las enseñanzas del origen del islam para recuperar su grandeza. A su muerte le sucedió Sayyid Qutb (1906-1966), quien murió ahorcado. Consideraba que el islam contiene un compendio suficiente de recetas para resolver los grandes problemas de toda época. Juzgaba que para la aplicación de su programa era imprescindible una revolución política. Los Hermanos Musulmanes fueron perseguidos, en Egipto, por Nasser y sus sucesores. En Siria también sufrieron una gran persecución de la mano del fallecido presidente Assad y su partido laico Baas.

El wahhabismo.

El wahhabismo estructura por completo la sociedad de Arabia Saudita y por ello es bastante conocido a través de los medios de comunicación, al menos, en sus rasgos externos. De hecho, aunque cuenta muchos seguidores en otros países islámicos, esta interpretación estricta sunnita únicamente se ha impuesto, por completo, en Arabia Saudita.

Mohamed Ibn Abdul Wahhab (1703 – 1787) es el teólogo que, en la tradición procedente de Ibn Hanbal (780 – 855) y de Ibn Taymiya (1263 – 1328) formuló esta corriente. La escuela jurídica hanbalí –ya lo hemos visto- es la más rigurosa de las cuatro existentes en el islam sunnita. Establece que la sharia proviene exclusivamente del Corán y de la sunna, o seis compendios de hadits (tradiciones complementarias del Corán, que recogen los hechos y las palabras de Mahoma). Rechaza todos los hadits y la jurisprudencia no coránica.

Mohamed Ibn Abdul Wahhab nació en Neyed, una provincia del centro de la península arábiga. Estudió en Medina, Irán e Irak. De regreso a su tierra, propugnó el retorno a un islam purificado. Organizó la comunidad de los “unitarios” (vinculados al principio de la Unidad divina), ganando numerosos adeptos a los que señaló unas creencias simples y un código moral muy estricto.

Sus creencias se pueden resumir en los siguientes principios básicos:

- Sólo Alá es digno de adoración.

- Las visitas a las tumbas de sabios y santos son ajenas al verdadero islam. De ahí arranca su profundo rechazo a las prácticas sufíes.

- La introducción de nombres de santos en las oraciones equivale a incredulidad.

- Cualquier creencia ajena al Corán, la Sunna, o deducciones de la razón, es equivalente a la incredulidad, lo que debe ser castigado con la muerte.

- Cualquier interpretación esotérica se asimila a la incredulidad.

Se impuso la asistencia obligatoria a la oración colectiva en las mezquitas mediante medidas policiales, prohibió el alcohol, el tabaco y afeitarse la barba. Aplicó la sharia de forma literal (incluidas las penas corporales) según la escuela jurídica hanbalí. Mohamed Ibn Abdul Wahhab convirtió a su causa al emir Mohamed Ibn Saud, cuyo hijo, Abd al–Aziz, conquistó toda Arabia, amenazando Alepo, Bagdad y Damasco. Derrotado por un ejército egipcio, fue decapitado en Estambul.

Rebelándose contra la religiosidad decadente de los turcos, anteriores custodios de las mezquitas de La Meca y Medina, la reforma religiosa wahhabita se tiñó también de un marcado color político.

Pero su recuerdo perduró y otro líder árabe, también llamado Abd al–Aziz (conocido como Ibn Saud), en torno a 1926 fundó la moderna Arabia Saudita, con Medina y La Meca, a la vez que implantaba un islam riguroso según la interpretación wahhabita.

Arabia Saudita.

En Arabia Saudita, en la actualidad, predomina el wahhabismo en su aplicación estricta: mantiene la segregación de las mujeres, prohibe los cines públicos, no permite la conducción de vehículos por mujeres, cualquier práctica religiosa no musulmana en público o privado es perseguida, prohibe las cofradías místicas y el sufismo, aplica un código penal que acepta la amputación de la mano por robo, la flagelación, la lapidación, etc. Para mantener esas normas se creó la Mutawwa´in, una policía de carácter religioso.

Pero la familia reinante, dada su vinculación internacional con Estados Unidos de América, ha sido cuestionada por otros sectores islámicos de dentro y fuera. La ocupación de La Meca en 1979 fue consecuencia de esas graves tensiones internas. También el asesinato del presidente egipcio Sadat se enmarca en las tensiones planteadas por quiénes propugnan un islam purificado. Sin embargo, el magnicidio del rey Faisal de Arabia Saudita el 25 de marzo de 1975 a manos de un sobrino, si bien no está aclarado en sus motivaciones últimas, no parece que tenga ese mismo origen.

La presencia en suelo saudí de 35.000 norteamericanos, con motivo de la guerra del Golfo, suscitó las críticas y el resentimiento de un sector muy radical de ulemas y jeques sunnitas, wahhabitas radicales. En ese malestar podemos encontrar el caldo de cultivo del movimiento de Osama Bin Laden.

Expertos politólogos en la zona afirman que es una simplificación explicar la situación de este país como un enfrentamiento entre partidarios de Estados Unidos y radicales wahhabitas.

Desde 1744 se practica una alianza entre legitimidad religiosa y poder político: la familia real, los al-Saud, ostenta la legitimidad religiosa como protectora de la fe. Esto implica una serie de obligaciones.

Por otra parte, Arabia Saudita no presenta una realidad tan uniforme, tal como pueda parecer desde el exterior, afirman expertos en el área. Así, aseguran que existe de hecho cierto pluralismo: la ortodoxia wahhabita convive con algunas corrientes sunníes reformistas, grupos minoritarios chiíes, un movimiento opositor sunnita salafita y la pervivencia de prácticas sufíes en algunas zonas del país.

Esas tensiones internas no han impedido que, con el inmenso capital procedente del petróleo, desde Arabia Saudita se impulse al islam misionero de múltiples formas y en todo el mundo, habiéndose convertido en una de sus fuentes de financiación más importantes.

Las autoridades religiosas de La Meca –su Consejo de Ulemas- mantienen, además, una gran autoridad en todo el mundo musulmán. Sus ingresos petrolíferos permiten sufragar la peregrinación a La Meca de millones de musulmanes de todo el mundo. Construyen numerosas mezquitas y centros asistenciales, especialmente en África subsahariana, manteniendo a cientos de miles de refugiados palestinos. Igualmente, financian la construcción y el mantenimiento de enormes mezquitas en Europa (como la madrileña situada en la M-30 y, próximamente, otra en Barcelona), así como la expansión musulmana en Filipinas y Asia central.

¿Qué relaciones mantiene con las guerrillas y los grupos armados islamistas? Se trata de una cuestión muy compleja. En ese sentido, se ha señalado la posible alianza, en su día, entre importantes representantes del wahhabismo actual y el Frente Islámico de Salvación argelino. Y no olvidemos que el primero que reconoció al nuevo gobierno talibán de Afganistán, junto al de Pakistán, fue Arabia Saudita. También se ha señalado la confesionalidad wahhabita de buena parte de los dirigentes guerrilleros chechenos. Respecto a las incuestionables vinculaciones de algunos miembros de la numerosa familia real saudí con Osama Bin Laden, no es fácil determinar si tales apoyos son consecuencia de la mera solidaridad familiar o el fruto de comunes convicciones ideológicas. Lo que es indudable es la procedencia wahhabita de la mayor parte de dirigentes y demás integrantes de la red terrorista internacional Al Qaeda.

Otras presencias del wahhabismo en el mundo.

Nos asomaremos, brevemente, a su incidencia en Asia central y en los territorios de la antigua URSS; por su importancia estratégica y por tratarse de naciones en proceso de consolidación y de búsqueda de su identidad colectiva.

Empezaremos por los territorios de mayoría musulmana de la Federación rusa.

En Daguestán el wahabbismo ha chocado frontalmente con el sufismo, lo que supuso una auténtica guerra civil entre 1995 y 1998. En Osetia del Norte también ha hecho acto de presencia, mientras que en Ingushetia, Kabardino-Balkaria y Karachaevo-Circasia, las respectivas autoridades locales, de convicciones laicas, han intentado prevenir su penetración. Adigueya es la región menos islamizada del entorno.

El presidente de Chechenia, Aslan Aliyévich Masjádov, proclamó la República islámica el 5 de noviembre de 1997. El 11 de enero de 1999 anunció una nueva constitución y el 4 de febrero estableció la sharia como la única fuente del derecho checheno. Pese a ello, en los años anteriores, se había opuesto a los sectores que habían adoptado el wahhabismo (caso de Shamil Basáyev y Salman Radúyev), apoyándose en la tradición sunnita practicada en la zona, más próxima a las cofradías sufíes. El 5 de julio y, posteriormente, el 7 de agosto, grupos guerrilleros wahhabitas penetraron en Daguestán. Pese a ser derrotados por las fuerzas federales rusas, sirvió como motivo, junto a los atentados con bombas en Moscú, para el inicio de la segunda guerra ruso-chechena; generalizada al invadir las tropas rusas Chechenia el 30 de septiembre. Todavía hoy continúa la guerra, persistiendo núcleos terroristas en algunas zonas aisladas del interior de Chechenia y en países limítrofes. Con motivo de los atentados con bombas de Moscú, fue identificado como responsable de los mismos Atchemez Gotchiyev, un wahhabí natural de Karachaevo-Circasia. Su lugarteniente era Denis Saitakov, un uzbeko de madre rusa, que había estudiado en una escuela coránica de la república de Tatarstán y que se había entrenado en Chechenia bajo las órdenes del comandante Amir Jatteb, otro mítico guerrillero wahhabí, al parecer jordano.

Hace unos meses la Universidad Islámica de Rusia, localizada en el Tatarstán, un territorio que forma parte de la Federación rusa y que se caracteriza por un marcado acento laicista de total subordinación de la religión al poder político, licenció a su primer grupo de estudiantes coránicos. Estos licenciados pasaron a mezquitas y centros educativos de diversos lugares de Rusia, para atender a parte de los 20 millones de musulmanes que viven en la república. Su rector, Abdurrashid Jazrat Zakirov, afirmó que el wahhabismo está excluido de los planes de estudio. Las autoridades rusas vienen apoyando esta institución para prevenir la penetración de las corrientes wahhabitas.

En Uzbekistán las autoridades locales apoyan a la orden sufí Naqshabandiyya, en un intento de contrarrestar al fundamentalismo musulmán. Dicha orden lideró la lucha antirusa desde la ocupación por los Zares. Este empleo del sufismo local viene de lejos. Durante años, el NKVD y el KGB gobernaron Chechenia–Ingushetia con la ayuda de los dirigentes de dicha orden local sufí. Por ello, muchos musulmanes acusaron a los sufíes locales de colaboracionismo con las autoridades ateas y comunistas. Doku Zavgayev, presidente del Soviet Supremo de Chechenia-Ingushetia en 1990 y cabeza del gobierno pro-ruso en 1996 en Chechenia, era miembro de la orden Naqshabandiyya.

En Kazajistán y en Kirguizistán también se han detectado labores de proselitismo wahhabita, si bien las autoridades políticas intentan detener ese avance mediante el control de las autoridades religiosas.

Azerbaiyán cuenta con un 70% de población chiíta. El islam, desde el desmoronamiento del comunismo, también ha avanzado públicamente allí, si bien existe una división entre las elites: quiénes miran a Irán, modelo de teocracia islámica y quiénes lo hacen hacia la vecina Turquía y su modelo occidental y laico.

Tayikistán ha sufrido durante años el acoso constante de guerrillas fundamentalistas, favorecido por la proximidad de Afganistán. También allí predomina la cofradía sufí local Naqshabandiyya.

¿Incide el wahhabismo en el vecino Marruecos? Allí predomina el malekismo oficial. Con todo, algunos ulemas han pedido a Mohamed VI que defienda la “soberanía del culto” marroquí, en tanto que “Príncipe de los creyentes”, frente al pujante wahhabismo; todo ello según recientes informaciones de elsemanaldigital.com.

Wahhabismo en España.

El wahhabismo, estamos viendo, desarrolla una ofensiva en todo el mundo siguiendo cuatro líneas de acción: expansión misionera mediante cuantiosas inversiones en el África subsahariana, reislamización de los musulmanes de las antiguas repúblicas soviéticas, progresivo control de los musulmanes emigrados a países no islámicos y captación al islam de antiguos cristianos. España, en su contexto, no permanece ajena a tal ofensiva.

Podemos destacar tres factores claves de la situación del islam español: la división de las entidades y organizaciones musulmanas, la pertenencia al sunnismo moderado de la mayoría de los fieles aquí radicados (siendo su grupo principal el de los procedentes del vecino Marruecos), y el chorreo de dinero saudita. En estas circunstancias, el wahhabismo empieza a gozar de cierto predicamento en las mezquitas españolas, si bien existen numerosas organizaciones y entidades islámicas de todo tipo: cofradías sufíes, asociaciones de conversos españoles, grupos chiíes… lo que parece indicar de momento un islam poco monolítico y plural.

Precisamente, esta circunstancia de fragmentación asociativa quiere ser aprovechada por las autoridades wahhabitas, según informó recientemente el diario La Razón en un interesante estudio de R. Ruiz y C. Serrano. El primer paso en su estrategia expansionista sería la constitución y control de un Consejo Superior de Imanes de España, ya en tramitación, dotado de capacidad para la emisión de dictámenes de jurisprudencia islámica (fatwas) y concebido como la “autoridad religiosa islámica, científica y total”. Uno de sus instrumentos sería la construcción de nuevas mezquitas. Así, se unirían en los próximos años a las ya construidas en Marbella y Madrid, la proyectada en Barcelona y otras en Las Palmas de Gran Canaria y Málaga (ciudad a la que se desplazó el Ministro de Asuntos Islámicos de Arabia Saudita para supervisar proyectos cuantificados en cuarenta millones de dólares). Esta estrategia estaría coordinada por el director del Centro Islámico de Madrid, contando con el apoyo del Consejo Continental Europeo de Mezquitas, la Liga Islámica Mundial, la Organización Rabita y la Comisión del Waqf Europeo. Su labor se complementaría con la formación científica y teológica de los futuros imanes (generalmente, de escasa capacitación) en las doctrinas wahhabitas y una generosa financiación.

En la mencionada crónica se informaba, igualmente, de la lucha interna existente dentro de la principal organización islámica española, la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas, por el control de su liderazgo; pugna en absoluto ajena a las actividades de los hombres del wahhabismo en España. En todos estos planes, de extensión de la hegemonía wahhabita en España, particularmente en Málaga, ocuparía una posición clave el imán Mohamed Kamal Mostafa, director de la mezquita de Fuengirola, quien justificó en un libro el maltrato de las mujeres por sus maridos, generando con ello una gran controversia en los medios de comunicación españoles.

Algunas reflexiones finales.

Buena parte de los gobiernos de Oriente próximo han procurado evitar el contagio del fundamentalismo en sus distintas vertientes –chiíta, wahhabita, salafita- mediante una islamización de las leyes, alejándose de esta manera de los modelos occidentales. Sin duda, tales medidas han contribuido a transformar profundamente esas sociedades musulmanas.

El islam avanza, en mayor medida o menor medida, en todo el mundo. Sorprende, por ejemplo, el aumento de conversiones al islam producidas entre los afroamericanos de Estados Unidos; recordemos a la organización Nación del Islam, protagonista de espectaculares movilizaciones multitudinarias. Pero también se han producido captaciones entre miembros de otras etnias; incluso de anglosajones (¿recuerdan al talibán norteamericano?). Igualmente, encontramos incipientes comunidades musulmanas en lugares tan poco proclives, aparentemente, al islam, como es el caso de Perú.

La creciente presencia musulmana también preocupa en Europa desde la concreta perspectiva de la seguridad, pues esas comunidades podrían contagiarse del afán misionero de sus hermanos en la fe y ensanchar en el futuro una fractura social, ya existente, sin precedentes. De hecho, ha generado una profunda preocupación la facilidad con la que se han desenvuelto en Europa los distintos integrantes de la red internacional de Al Qaeda implicados en los atentados del 11 S, gracias al apoyo que han encontrado en medios islámicos. Frente a unas incipientes y jóvenes comunidades, unidas por su fe islámica, la población autóctona europea se caracteriza por un progresivo envejecimiento y por carecer de firmes convicciones sin aparente ambición de futuro. El discurso ideológico predominante en Europa, “políticamente correcto”, habla, ante todo, de tolerancia, multiculturalismo y pluralismo; ignorando los profundos desajustes sociales existentes y la realidad de unas comunidades cerradas, herméticas e impermeables a los principios oficiales de una laicidad neutra. En este complejo contexto, el joven islam europeo puede plantear, en un futuro inmediato, imprevisibles desafíos de indudables efectos sociales y políticos.

Bruce B. Lawrence, jefe del Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de Duke, aseguró recientemente que Osama Bin Laden “tiene secuestrado al wahhabismo”. A su juicio, es la pureza espiritual el objetivo del wahhabismo, mientras que las concomitancias militaristas de Osama Bin Laden lo aproximarían al fascismo, una ideología ajena al islam.

Es decir, para algunos, el wahhabismo es rehén de Bin Laden y sus extremistas. Para otros, ya lo veíamos en palabras de Stephen Schwartz, al contrario, Bin Laden y Al Qaeda son su consecuencia. En cualquier caso, nos enfrentamos a una situación nueva, dramática y universal, cuyas implicaciones religiosas, sociales, políticas, estratégicas, económicas y de seguridad, no alcanzamos, todavía, a vaticinar en todo su alcance.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 66, febrero de 2003

¿Crisis en el nacionalismo vasco?

El nacionalismo vasco muestra algunas fisuras ante las próximas elecciones municipales y forales del 25 de mayo de 2003, circunstancia a la que se suma el último comunicado hecho público por ETA, el pasado día 5 de diciembre, en el que ataca ferozmente al PNV. ¿Se trata de divergencias meramente circunstanciales o cuestionan el actual rumbo estratégico del conjunto del nacionalismo vasco?

 

El nacionalismo vasco está viviendo un auténtico terremoto político causado por dos circunstancias: la ruptura de las negociaciones celebradas entre PNV y EA de cara a una posible coalición, ante las elecciones municipales y forales del 25 de mayo, y el contenido del último comunicado hecho público por la organización terrorista ETA.

 

La ruptura PNV – EA.

En la tarde del pasado 11 de noviembre se escenificó, con diversas excusas, la ruptura de las negociaciones mantenidas entre PNV y EA, en las que ambos intentaban formalizar una coalición ante el próximo reto electoral.

Es posible que pesara, particularmente, el miedo de Eusko Alkartasuna de ser engullido por el PNV, partido del que procede y que disfruta de un peso político y social notablemente superior, así como cierta inflexibilidad del PNV al pretender un acuerdo más amplio que el propuesto por sus socios del gobierno vasco. También podía adivinarse la sombra de Aralar, la nueva formación procedente de la izquierda abertzale, a la que también miran con buenos ojos los demás integrantes del llamado Foro de Bayona (Zutik y Batzarre, los restos de las antiguas LCR y MCE, que mantienen cierta implantación en el País Vasco y Navarra, respectivamente).

Aralar, por su parte, busca la consolidación de un espacio político propio, lo que explica su convocatoria de una marcha, inicialmente prevista para el domingo 22 de diciembre en San Sebastián, casualmente coincidente en fecha con la organizada en Bilbao por el Lehendakari Ibarretxe; y que finalmente ha aplazado hasta el día 4 de enero de 2003. El rechazo de Aralar a participar en la citada convocatoria del Lehendakari, realizada bajo el lema de “ETA kanpora” (ETA fuera), no le ha ahorrado graves críticas emitidas por antiguos correligionarios; en esta ocasión, en labios de Arnaldo Otegui. No podía esperarse otra cosa de quiénes consideran que dividir a la izquierda abertzale es una falta injustificable. Con todo, Patxi Zabaleta, principal dirigente de Aralar, ha participado, portando la pancarta con la que se iniciaba, el domingo 22 de diciembre, en la marcha realizada en Pamplona, en favor de la excarcelación del preso de ETA Bautista Barandalla; al parecer, gravemente enfermo. Que participara en esa marcha de Pamplona y no en la de Bilbao, pese a las críticas recibidas, es una muestra más de la complejidad en la que se mueve esta nueva agrupación.

Con todo, la gran incógnita sigue siendo el futuro de Batasuna y su repercusión electoral. ¿Qué pasará con sus votos?

Las encuestas adivinan cierto cansancio entre su electorado, que podría buscar, al menos una parte del mismo, nuevos amarres electorales, tal como lo hizo en las últimas elecciones vascas. Pero tengamos en cuenta que el espacio social de Batasuna no coincide con su electorado. Aunque no logre superar las dificultades que se le están presentando en el plano puramente político, y que previsiblemente impedirán su presencia en las citadas elecciones, su movimiento social sigue casi intacto.

Son varios los interesados en la captación del voto radical: todas las fuerzas políticas nacionalistas buscan beneficiarse, en mayor o menor medida, de la bolsa de Batasuna. Por ello es importante observar la evolución de los acontecimientos, los posicionamientos futuros de los líderes de Batasuna y, ante todo, la postura de ETA, que buscará algún tipo de beneficio a cambio: una aceleración en los plazos del Plan Ibarretxe, una mayor resistencia de las diversas instituciones vascas en contra de la deslegalización de su brazo político, una disminución de la presión de la Ertzaintza…

 

El último comunicado de ETA.

La organización terrorista ETA, con su último comunicado hecho público a través del diario Gara el pasado día 5 de diciembre, ya se ha manifestado en buena medida, aunque quedan muchos interrogantes por resolver. Han rechazado contundentemente el Plan Ibarretxe, acusándolo de pretender una nuevo estatuto, con el objetivo de deshacer a la izquierda abertzale y conseguir una situación de mayor comodidad para el País Vasco en España; por lo que no dudan en calificar a Ibarretxe de traidor y otros gruesos epítetos. Bajo la expresión de “libre voluntad”, no se ocultaría otra cosa, en palabras textuales, que “mantener las poltronas de los del PNV, proteger su dinero y negocios, asegurarles su cómoda forma de vida. ¿Quién pagará esa factura? Los de siempre. Como siempre. El pueblo”. Igualmente le acusan de emplear a la Ertzaintza en contra de los ciudadanos vascos.

No podemos olvidar que, desde algún ambiente próximo al PNV, se había sugerido la existencia de una tregua tácita de ETA. En su comunicado lo han desmentido radicalmente, acompañando como prueba la reivindicación del atentado con explosivos, recientemente realizado, contra una conservera en Azagra (Navarra). Este atentado parecía evidenciar una gran debilidad en su capacidad operativa, lo que podría explicarse por las seguras dificultades en que se encontraría la organización terrorista ante la avalancha que viene sufriendo: éxitos policiales, proximidad de la deslegalización de Batasuna, clausura de sedes, cerco financiero, colaboración judicial y policial francesa y de otros países (Méjico, Argentina, Venezuela), medidas judiciales contra diversos frentes de ETA, etc. En cualquier caso, sea fruto de una extrema debilidad, o de no querer ir mas allá (para no hundir el Plan Ibarretxe, anteriormente), ETA sigue manifestando su voluntad de constituir la vanguardia del nacionalismo vasco; lo que sin duda pone en relieve la competición en que se encuentra enzarzada con el PNV. El atentado del 17 de diciembre, que costó la vida del joven guardia civil Antonio Molina en Collado Villalba (Madrid) y que evitó una casi segura ulterior explosión terrorista, de consecuencias insospechadas, acredita esta tesis; al igual que la reciente caída de dos de sus comandos, en el sur de Francia, cuyo objetivo era desarrollar en España una campaña de atentados.

                El comunicado, en definitiva, constituye uno de los mayores ataques dialécticos realizados por ETA contra el PNV, poniendo de relieve la disparidad existente entre sus respectivas opciones tácticas: tanto en calendario como en medios a emplear. El gradualismo del PNV choca frontalmente con la impaciencia de ETA que, además, teme ser desplazada de su ámbito de influencia por la nueva orientación de un PNV que, aunque lo niegue, mantiene una táctica que pasa por la captación y disposición de una importante bolsa electoral procedente de la izquierda abertzale; lo que, en estas circunstancias de intenso acoso, ETA encuentra particularmente irritante.

 

La primacía de los intereses de partido.

La situación interna del nacionalismo vasco es compleja. Cada partido mira por sus intereses electorales y pretende mantener o mejorar su posición por lo que pueda venir. Por ello, bien puede afirmarse que, por encima de tácticas a medio y largo plazo, están prevaleciendo los intereses particulares de cada partido. El Plan Ibarretxe, que intenta responder a las expectativas electorales logradas con su éxito del 13 de mayo de 2001, se habría beneficiado de la sólida coalición electoral de PNV-EA, reduciendo, además, el margen de maniobra de Aralar como fuerza emergente. Esta incongruencia podría perjudicarles; lo que no debe pasar desapercibido a los partidos constitucionalistas, especialmente al Partido Popular.  Por lo que respecta a los socialistas, las posturas de Odon Elorza y de las Juventudes Socialistas de Euskadi, en favor de una consulta popular y del acercamiento de los presos de ETA, no les favorecerá ni en la claridad de su mensaje electoral ni en las consiguientes expectativas de voto.

El objetivo que se ha marcado Ibarretxe y el resto de la dirección jelkide es, cuanto menos, consolidar la bolsa de votos procedente de Batasuna y, si es posible, ensancharla. Igualmente, en aras de la viabilidad del Plan, aspiran a que la suma de votos de todas las fuerzas nacionalistas alcance una mayoría relativa que implique, al menos, cierto avance social estadísticamente relevante.

En las próximas elecciones, en la perspectiva del Plan Ibarretxe, donde se juega especialmente su futuro es en Alava, que tiene la llave de los movimientos futuros de los estrategas soberanistas, por la importancia del principio de la “integridad territorial”. Un nuevo éxito de los partidos constitucionalistas en esta provincia constituiría un serio revés para el Lehendakari.

De todas formas, estamos en diciembre y, todavía, puede producirse algún movimiento sorpresa que rompa las actuales expectativas electorales.

                En resumen: casi todo sigue igual. Esas fisuras del mundo nacionalista indican la primacía de puntuales intereses de partido por encima de las expectativas soberanistas a medio plazo. Por eso, la crisis debe analizarse en esos dos ámbitos: el de las relaciones entre el PNV y EA, por una parte, y las del anterior bloque con ETA y su entorno, por otro. La línea estratégica nacionalista, en definitiva, sigue moviéndose por los mismos parámetros. En este contexto, las retóricas manifestaciones del PNV frente a ETA, que han logrado arrastrar al PSE-PSOE en la marcha del domingo 22 de diciembre en Bilbao, responden a una precisa táctica que pretende ganar respetabilidad internacional, consolidar el apoyo de las restantes fuerzas nacionalistas presentes en España y tender puentes hacia el PSE-PSOE. Pero también es expresión de la competición intranacionalista por el control del conjunto, del ritmo y de los objetivos del actual proceso soberanista.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 64, diciembre de 2002

La fractura social vasca y el PNV.

      Se ha responsabilizado al Partido Nacionalista Vasco de exacerbar la incuestionable división social existente en el País Vasco. ¿Es una acusación demagógica o es una consecuencia de su política?

 

Las dos opciones de los partidos constitucionalistas.

                Durante algún tiempo convivieron, en el seno del Partido Popular, dos tendencias en torno a la posible estrategia a seguir en el País Vasco. Por una parte, algunos propugnaban superar al nacionalismo en las urnas, con el objetivo de acceder al Gobierno vasco para, desde allí, intentar desactivar las factorías clientelistas nacionalistas y contrarrestar la revolución cultural impulsada en las últimas décadas. Estaban, por otra parte, quiénes consideraban que la unidad de los demócratas frente al terrorismo de ETA debía guiar su acción política y electoral; por ello perseguían restaurar unas buenas relaciones con el PNV, excluyendo cualquier confrontación con este partido. Obviamente, en la motivación de esas diferentes estrategias, subyacían dos valoraciones muy distintas de la naturaleza íntima del nacionalismo vasco, de las relaciones reales existentes entre sus diversas culturas políticas y de sus objetivos últimos.

                Las elecciones autonómicas del 13 de mayo de 2001 despejaron, aparentemente, las dudas: la primera opción habría fracasado. Procedía, tal vez, ensayar la segunda propuesta.

                Por su parte el PSOE-PSE-EE, de la mano de Nicolás Redondo Terreros, también había hecho propia, en líneas generales, esa primera opción que, en definitiva, suponía plantar cara al nacionalismo gobernante. Después de la derrota de mayo, ante la contestación interna, Redondo dimitió; decantándose el partido, en un proceso inesperado que denotaba una gran fragilidad interna y una cierta desorientación al menos, por la reedición de alguna experiencia en la línea de las ya intentadas conforme la segunda estrategia que antes mencionábamos. Se pretendía, en otro marco político y con otro lenguaje, una reedición del Pacto de Ajuria Enea, la expresión más desarrollada, en su día, de esa segunda estrategia, y, tal vez, participar de nuevo en el Gobierno vasco. Pocos días tardarían Patxi López y sus seguidores en comprender que esa estrategia ya no entraba en las expectativas del Partido Nacionalista Vasco.

                El PNV apostó por avanzar aceleradamente hacia el soberanismo, como ya es sabido; mediante una reedición del Pacto de Lizarra, ahora bautizado Plan Ibarretxe, con el agravante de recurrir, para ello, al brazo político de ETA sin contrapartidas previas y sin pretender el cese del terrorismo. Invocando a la mayoría social que dice representar, el PNV buscaba una mayoría política cualificada que le permitiera avanzar en ese sinuoso y complicado proceso soberanista. Salvo su socio Eusko Alkartasuna y Batasuna, que lo hace de forma realmente tortuosa para los jelkides, sólo Izquierda Unida le siguió.

                En estas circunstancias, los partidarios en el Partido Popular de la segunda alternativa ni siquiera pudieron llegar a plantear la conveniencia de retomar otra estrategia distinta, pese al fracaso temporal de la diseñada por José María Aznar y Jaime Mayor Oreja. El PNV, en definitiva, no les dejaba otra opción: se trataba, ya, de una cuestión de Estado, de asegurar su supervivencia frente a los envites nacionalistas.

                Igualmente, el PSOE-PSE-EE quedó sin argumentos ni espacio para maniobrar, debiendo retomar la pesada tarea de reelaborar, otra vez, una estrategia realista que le permitiera afrontar el reto nacionalista, intentando marcar a su vez alguna diferencia –y no sólo de tono- con el Partido Popular.

 

La fractura social y el Plan Ibarretxe.

                El PNV optó, como consecuencia directa de sus planes, por prescindir políticamente de esa media sociedad vasca, de convicciones españolistas, que no comparte su proyecto; en definitiva, por oficializar y ahondar la escisión civil y la fractura social. ETA, por su parte, viene contribuyendo, a su manera, en el ensanchamiento del foso que existe entre nacionalistas y constitucionalistas, entre nacionalistas vascos y españolistas: mediante la sangre vertida, en sus mil asesinatos, y el sufrimiento de decenas de miles de víctimas de dentro y fuera del País Vasco.

                El PNV, ante esta realidad, no puede alegar ingenuidad alguna. Ya tenía conocimiento de la estratificación social vasca, que manifestaba una fractura interna entre dos maneras de entender la sociedad, la cultura, la política y las relaciones de convivencia. Igualmente, tenía múltiples pruebas de la catadura moral y política de sus actuales compañeros de viaje, elegidos libre y conscientemente. Y todo ello en unas circunstancias en las que pudieron optar por una política distinta que liderara a la mayoría social vasca real, afrontando su principal reto: la fractura social y el miedo generados por el terrorismo.

                ETA y su movimiento, también, son el principal enemigo del PNV a medio y largo plazo. No lo olvidemos: no pararán hasta conseguir un Estado socialista y revolucionario vasco, alejado de la democracia burguesa que les ha permitido crecer y moverse sin apenas restricciones durante dos décadas y media. A corto plazo, pueden permitirse ser útiles a los ¿ingenuos? planes políticos del PNV, en aras de esa mayoría política y social vascas que persigue Ibarretxe y que la disidencia de Confebask ha evaporado. Pero, en cualquier caso, esos planes avanzarán –de hacerlo- a costa de la media sociedad que no comparte ni sus objetivos ni su visión del mundo.

En este contexto, esa ingenua invocación a la mayoría social vasca, como justificación de su estrategia soberanista al no contar con el soporte político necesario, es puro maquillaje, cuando no un sarcasmo. Hablan de aglutinar y liderar a la mayoría social, pero en realidad sólo están interesados en la mayoría social nacionalista, aunque busquen otros aliados que les proporcione legitimidad política. Y no es lo mismo, evidentemente. En su estrategia secesionista de “hacer pueblo, hacer nación, hacer Euskal Herria”, la escisión social, la fractura civil, es inevitable y necesaria. Una nación a costa de otra; labor apuntalada, dramáticamente, por la sangre vertida por ETA.

 

El Plan Ibarretxe, ¿es la única política posible para el PNV?

Para un partido católico en sus orígenes y, todavía, en buena parte de su base militante, democristiano durante décadas, con un histórico norte ético marcado por la vivencia cristiana de su pueblo; esa coincidencia, aunque sea casual y meramente táctica, con los terroristas, es demoledora. No será una confluencia perseguida; pero ahí está y, por ello, algún día tendrá que responder ante todo el pueblo vasco.

                La dinámica del PNV, aunque intente amortiguar las seguras pérdidas sociales, corre el riesgo de desestructurar a la sociedad que dice encauzar, de forma fatal, lo que propiciaría, en una hipotética Euskal Herria independiente, un seguro asalto revolucionario del MLNV. El PNV, en definitiva, está despejando el camino de ETA y sus seguidores, quiénes pueden encontrar una sociedad escindida, agotada, asustada y con sus defensas consumidas por las convulsiones previas.

                La política de unidad de los demócratas frente a ETA fue un instrumento que cumplió su papel durante un tiempo, sin llegar a agotar todas sus potencialidades, que finalmente se quebró. Frente a un engranaje revolucionario bien engrasado y en marcha, el PNV todavía está a tiempo de elegir otros compañeros de viaje y proporcionar expectativas de futuro y esperanzas a una sociedad atormentada. Sin embargo, conforme más se interne en la senda soberanista, mayores dificultades encontrará para desandar el camino hecho y tender puentes hacia esa media sociedad vasca constructiva de la que parece querer prescindir. Y mayor será su dependencia de ETA y su fragilidad.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 63, noviembre de 2002

La claves del fenómeno Le Pen: un libro para adentrarse en el populismo europeo actual.

      Disipada la tormenta electoral francesa levantada por Le Pen; un libro editado en España intenta profundizar en las claves del fenómeno, proporcionando sugestivas ideas, una perspectiva histórica y algunas claves para el futuro.

 

El libro.

                El ascenso electoral de Le Pen en Francia –realmente, una recuperación- generó, en su día, una marea de escritos en los medios de comunicación, así como todo tipo de comentarios entre los tertulianos y columnistas habituales. Pero, transcurridos unos meses, el esfuerzo de reflexión realizado con tal motivo, especialmente desde la izquierda cultural y política, en los grandes diarios de ámbito nacional, se ha esfumado; con la excepción del “dossier” Los nuevos fascismos publicado en la revista izquierdista El viejo topo (octubre de 2002, número 171, páginas 31 a 50, Barcelona).

                La posterior derrota electoral de Le Pen en la segunda ronda, y la fragmentación de la Lista Pim Fortuyn de Holanda, otra de las eclosiones populistas que inquietaron a los voceros de lo “políticamente correcto”, tranquilizaron los ánimos, proporcionando argumentos a quiénes caracterizaron al fenómeno, ante todo, de fugaz.

                Este olvido, o despreocupación, según se mire, intenta romperlo el libro que comentaremos aquí, Las claves del fenómeno Le Pen. El hombre que conmovió el sistema (Producciones y Representaciones Editoriales, S.L., Barcelona, septiembre de 2002, www.pyresl.com). No es el único intento de reflexión global que conocemos al respecto publicado en España, pues debemos mencionar el texto de Ferran Gallego, Porqué Le Pen (El viejo topo, Barcelona, 2002), quien, desde una perspectiva de izquierda crítica aborda la tradición de la derecha radical francesa, la crisis de la izquierda, el imaginario nacional-popular, etc.

                Veamos, pues, el primero de ellos. Su título ya nos descubre sus pretensiones. El autor, Hervè Blanchart, es presentado como un periodista que ha mantenido entrevistas con diversos representantes cualificados del Front National y de otros grupos europeos del mismo espectro político. Creemos que es un seudónimo por varias circunstancias: no figura traductor entre los datos técnicos, una fuente documental decisiva a la que recurre (resumen de un libro que luego mencionaremos) es una web española, algunas referencias expresas (como la contenida en su página 82 al señalar que “En España sabemos …”), diversas menciones a Barcelona y, para finalizar, que figure Madrid como lugar donde se redacta la conclusión mientras que es París la referenciada en la introducción. Todo apunta, por lo tanto, a que el autor sea algún buen conocedor español del tema, barcelonés para más señas, ciudad en la que siempre se ha mirado con especial interés la evolución de los ambientes neofascistas y populistas europeos.

                Este maquillaje de la identidad real del investigador -el autor y editor conocerán sus motivos- no quita valor a la información contenida en este libro. No impide que los razonamientos recogidos sean consistentes y su exposición general consecuente con los mismos. En todo caso, es lamentable que, por las razones que sean, la autocensura se imponga hasta el punto de ocultar la identidad real del autor de un texto que no puede descalificarse a priori. Un indicador, en definitiva, de las limitaciones al pluralismo real existentes en el mundo editorial.

                Ciertamente, puede advertirse una cierta sintonía del autor con el populismo descrito, al menos con algunas de sus posiciones. Pero esto no le impide ser objetivo, al descubrir, por ejemplo, una clave interesante de lo ocurrido en Francia que constituye, además, una importante limitación del populismo: la vinculación delincuencia - inmigración, principal argumento lepenista, ha oscurecido otras propuestas en absoluto viables del partido, tales como la salida de Francia de la Unión Europea, el regreso del franco, etc.

 

Los contenidos del libro.

                En este libro encontraremos, en buena lógica, una evolución histórica: tanto de los medios humanos de la llamada extrema derecha francesa, como de su principal protagonista, Le Pen. La sopa de siglas radicales puede llegar a abrumar al lector no iniciado, pero el autor logra que todas ellas tengan su papel en esta historia, bien por el peso de sus ideas, bien por encontrar en su seno a personas que, posteriormente, desarrollarían un papel de cierto relieve en el Front National. Hablamos, en ese sentido, de Serge Martínez, Bruno Megret, Michel Schneider, Jean Pierre Stirbois, Bruno Gollnish (su previsible sucesor), etc.

Otros personajes con cierto protagonismo en esta historia son Pierre Poujade (en cuyo movimiento encontramos a un joven Le Pen iniciándose en la política populista), Alain Robert, Pascal Gauchon, Tixier –Vignancour, François Duprat, Roger Holeindre, etc.

                Los partidos populistas no son, a juicio del autor, una versión remozada de los grupos de extrema derecha y neofascistas. Se trataría de un fenómeno distinto y de alcance continental, propiciado por el agotamiento del discurso político de los partidos tradicionales y su ceguera ante los efectos no deseados ni previstos por una inmigración descontrolada. Son unas formaciones de nuevo tipo, con escasa carga ideológica, dispares entre sí, y con un electorado en parte también procedente de la izquierda. No impugnan el sistema democrático; al contrario, pretenden rectificarlo siguiendo sus cauces legales. Su espacio natural sería el de la derecha, al incidir en unos valores propios de este campo: orden, seguridad, respeto a la ley. También incorpora elementos propios de un discurso izquierdista, como es la invocación a la protección social. Incluso hace propios algunos conceptos del discurso antiglobalizador, como es el rechazo al pensamiento único, un cierto antiamericanismo y lo que se viene llamando, desde posiciones oficiales, la “regresión comunitaria”.

                Le Pen ha servido de catalizador de estos sentimientos aparentemente dispersos, planteando cuestiones políticamente incorrecta, que ya empiezan a ser afrontadas desde algunos partidos y medios de comunicación: necesidad de un mayor control de la inmigración, lucha contra la delincuencia generada por los ghettos, etc.

En 35 de sus 159 páginas proporciona un auténtico arsenal de argumentos que abordan, de frente y sin complejos, los desajustes sociales generados por una miope política inmigracionista marcada, en Francia y en casi toda Europa, desde presupuestos progresistas; lo que ha facilitado el ascenso de estos partidos populistas. Y lo hace de la mano de un resumen del libro del pensador francés Guillaume Faye, La colonisation de l’Europe, perteneciente al grupo de intelectuales de la llamada Nueva Derecha, en su versión paganizante, por calificarla de manera que nos permita clasificarla fácilmente. Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿cuál es la pretensión real del autor?, ¿informar de la realidad de este fenómeno o, acaso, proporcionar argumentos razonables a quiénes se atrevan a promover, en España, una formación de las caracterizadas en el libro? Seguramente, la respuesta a ambos interrogantes es afirmativa, pues el texto bien puede servir a los dos objetivos.

En líneas generales, si bien los datos y argumentos recogidos son consistentes, algunos de sus contenidos son más ligeros, aunque sin llegar a rebajar la tensión del libro en su conjunto. Uno de los apartados más frágiles, en ese sentido, es el dedicado al presunto antisemitismo de Le Pen, que explica como producto de su persecución por determinados organismos y personalidades de gran peso en la vida pública francesa, todos ellos procedentes de la extrema izquierda y en algunos casos vinculados personalmente con la comunidad judía. No olvidemos que Le Pen es partidario de palestinos y de la posición de Irak…

                España parece ser la excepción europea en las manifestaciones del populismo. El autor, sin duda, es un buen conocedor de la situación española, especialmente la catalana; lo que demuestra sobradamente por las precisas referencias a la evolución y realidad de la extrema derecha española y sus expectativas actuales, después de casi tres décadas de travesía del desierto. Reconociendo, el autor, que el fenómeno de la inmigración no se percibía entre los españoles como un factor generador de especial preocupación, asegura que, ahora, empiezan a cambiar las cosas. De esta percepción, que no es exclusiva de este autor, parece haber tomado buena nota el PP y el mismo PSOE. El primero, al propugnar, a nivel europeo, un endurecimiento de la política de acceso y permanencia de los inmigrantes. El segundo, cuando ha reclamado que los españoles no pueden perder beneficios sociales como consecuencia de una recepción no controlada de la inmigración. Además, tales medidas han sido sugeridas y alentadas por algunos medios de comunicación.

                El futuro nos confirmará si tales medidas llegan a desarrollarse y con qué efectividad, evitando caer en los errores de nuestros vecinos franceses, que  permitieron –seguramente sin pretenderlo- la aparición de “ghettos” ajenos a la legalidad republicana; cerrándose con ello el ascenso de una formación populista en España.

                A caballo entre la investigación periodística y el alegato doctrinario, este texto sienta las bases para una investigación, en profundidad, de esta importante expresión de la actual crisis europea en su dimensión política, ética, filosófica y social.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 63, noviembre de 2002