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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Entrevistamos a Josep Miró i Ardèvol: una mirada al catolicismo social español desde Cataluña.

Conversamos con Josep Miró i Ardèvol, destacado político catalanista antaño, impulsor de la plataforma transversal e-Cristians, presidente de la Convención de Cristianos por Europa y uno de los seglares católicos más conscientes y conocidos en la España de hoy.

 

Hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Josep Miró i Ardévol, fundador de la novedosa plataforma transversal católica e-Cristians, antiguo político catalanista, presidente de la Convención de Cristianos por Europa y uno de los seglares católicos más conocidos en la España de hoy. Nuestro objetivo: conocer su perspectiva de los retos actuales del catolicismo social español.

 

 

Pregunta: El desarrollo de la plataforma transversal e-Cristians ha constituido una de las grandes novedades, acaecidas en el catolicismo social español, en los últimos años. ¿Cuáles son sus razones?, ¿qué impulsa a sus fundadores para lanzarse a esta audaz iniciativa?

 

Respuesta: La constatación de una evidencia: la progresiva desaparición de la concepción cristiana del espacio público y la fragmentación, diáspora en ocasiones, de los católicos. Construir un lugar de encuentro donde puedan confluir las diferentes experiencias de como vivir la fe, con la finalidad de actuar sobre objetivos concretos en la vida pública, desde la centralidad eclesial y la fidelidad al Magisterio es la respuesta que nace de aquella evidencia.

 

 

P.: ¿Cuál es la salud de e-Cristians en la actualidad?, ¿se extenderá a otras comunidades autónomas, además de Cataluña y Madrid?, ¿qué respuesta está encontrando entre los jóvenes?

 

R.: Sí, claro, nuestro objetivo es cubrir toda España. El año que viene, si Dios lo quiere, realizaremos el primer encuentro a escala española. El trabajo entre los jóvenes es difícil en un sentido porque como colectivo son los más afectados por la sociedad de la desvinculación en la que vivimos, pero a la vez su necesidad prácticamente vital de verdad los hace propicios al encuentro con el hecho cristiano. Nosotros hemos puesto en marcha de manera más reciente el ámbito de jóvenes y en ello estamos.

 

 

P.: ¿Ha establecido, e-Cristians, especial sintonía con otras asociaciones católicas españolas y europeas?

 

R.: Sí, claro, con muchas de ellas de todo tipo, de alcance más local unas como por ejemplo,  la Federació de Cristians de Catalunya, de ámbito español, como es el caso de la Asociación Católica de Propagandistas, con quien mantenemos además una estrecha colaboración para la acción en el plano europeo y con movimientos de carácter internacional presentes en España, CL, Regnum Christi, Movimiento de los Focolares, etc. En total son  ya más de 30  las que en otra forma participan en este espacio organizado de encuentro para la acción que es e-Cristians. En el ámbito europeo nuestra acción se desempeña en la Convención de Cristianos por Europa, donde la colaboración con la ACdeP es muy importante y positiva.

 

 

P.: La palabra “transversal” está de moda en algunos ambientes católicos españoles. Desde la experiencia de su entidad, y con el conocimiento de otras iniciativas y realidades europeas, ¿qué le sugiere este término?

 

R.: Algo muy concreto: que el magisterio de la Iglesia  no se supedita a la consigna de partido o grupo, sino que en aquello que le concierne en el horizonte de sentido que guía el juicio y la actuación.

 

 

P.: Las convicciones catalanistas de unos católicos y el españolismo de otros, ¿pueden ser causa insalvable de desencuentro entre ellos?

 

R.: No, en absoluto, como lo vivimos en e-Cristians cada día. Basta con seguir la pauta de la transversalidad que apunto en la anterior pregunta. Nuestra patria fundamental es el Pueblo de Dios que peregrina en la Tierra y que se encarna en condiciones de tiempo y espacio concretas. Nosotros somos el pueblo de la Alianza y  es a ella a la que en primer término servimos.

 

 

P.: ¿Puede seguir sosteniéndose el apoyo electoral de los católicos al Partido Popular y a CiU, en sus respectivos ámbitos?, ¿no se están alejando ambos partidos con sus políticas reales, de forma progresiva, de su electorado católico?

 

 

R.: Creo que sí, pero no de una manera incondicional. Nuestro criterio debe ser romper organizadamente con la idea de que el voto católico es un voto cautivo, cuyo valor por tanto en el mercado es cero. Debemos apoyar a los partidos que más se aproximan a nuestras posiciones en términos concretos, pero no dudar en criticarlos cuando no es así. Esta es la línea que inspira a e-Cristians. Seamos fuertes, y organizados en la sociedad, y los partidos adaptarán mejor sus actuaciones a nuestras propuestas. Si estamos desorganizados, fragmentados, o nos entregamos de pleno a uno de ellos, carecemos de toda relevancia.

 

 

P.:  En la sociedad española, y siguiendo un movimiento de escala planetaria, se impone socialmente un modelo relativista-consumista difundido con el entusiasmo de la mayor parte de medios de comunicación, del poder político y buena parte de los recursos educativos. ¿Puede, la Iglesia católica, ser una alternativa real a esta mentalidad dominante, con una presencia activa, especialmente en el frente de la educación, o debe replegarse a su esfera más íntima?

 

R.: Con toda certeza la respuesta católica al hombre y a la mujer y al conjunto de la sociedad, se da en dos planos. Uno, el esencial, es el de la fe, pero existe otro que nace de la cultura, de la antropología cristiana, y cuya respuesta interesa a todos con independencia de su convicción religiosa. Creo que a la sociedad de la desvinculación que tanto daño produce  solo cabe la alternativa de la Comunidad Responsable y, esta necesita de la cultura –no confesional – de la moral, que nace de la experiencia cristiana.

 

 

P.: La presencia pública católica en España, durante buena parte del pasado siglo XX, estaba impulsada de forma expresa por la Jerarquía, apoyándose para ello en la Acción Católica y la ACNP. Hoy día, observamos una pérdida de vigor en algunas de esas organizaciones tradicionales, así como la aparición de nuevos movimientos eclesiales cuyo interés en la presencia pública es muy diverso, aunque –creemos- que se podría afirmar existe una tendencia hacia el “recogimiento” interno. ¿Es deseable buscar la “unidad de acción” entre los católicos españoles?, ¿existen fórmulas de cooperación, pese a la variedad de carismas e itinerarios pedagógicos?

 

R.: Creo que sí. La ACdeP es una muestra y los congresos “Católicos y Vida Pública“ constituyen un hito. En otro plano publicaciones como esta misma o Hispanidad, son también lugares de encuentro. El punto débil está en el plano de la acción pública dirigida a transformar la política y en ese campo es el que se mueve e-Crisitians. Yo creo que ahora un paso decisivo sería convocarnos todos  a un encuentro para tratar de elaborar unas tareas y objetivos básicos comunes.

 

 

P.: ¿Cuáles son las raíces, a su juicio, de las recientes y constantes muestras de anticatolicismo militante de determinados sectores sociales españoles?, ¿es posible un diálogo constructivo con el laicismo actual?

 

R.: Hay dos tipos de laicismo, el que nace de la neutralidad del estado en lo público que reconoce el hecho religioso en la sociedad como una realidad positiva, y otro el laicismo de la exclusión religiosa que tiene la pretensión de constituir el estadio supremo de la conciencia e instituciones humanas y desde pedestal juzga y condena a la religión a ser excluida del espacio público, como muestra la actual política francesa y existe el riesgo en Cataluña. Con ambos hemos de dialogar. Con el primero hemos de construir ámbitos de trabajo comunes; con el segundo confrontarnos sin complejos en la vida pública, porque ataca y destruye la libertad en su raíz: la conciencia de las personas y su manifestación pública.

 

 

P.: ¿Podría resumir su postura ante el fenómeno, muy visible en Cataluña, de la inmigración, en particular, de raíces musulmanas?

 

R.: El respeto a su libertad religiosa y personal, como es obvio, en el marco de lo que es su derecho y el deber a integrarse en el nuevo marco  legal, cultural, lingüístico, cívico y tradicional de su nuevo espacio de acogida.

 

 

P.: A su juicio, ¿puede afectar a la libertad de Iglesia el histórico cambio de gobierno acaecido en Cataluña?

 

R.: de poder y programa y declaraciones en mano, puede y mucho. Espero y deseo que no sea así. Los veremos en los próximos meses. En cualquier caso, temas centrales como el derecho a los padres a escoger el centro de acuerdo con su ideario, la libertad de enseñar cultura religiosa confesional en la escuela, y el concepto de familia, van a ser tres piedras de toque decisivas para ver la orientación. También el ejercicio de la libertad por parte de la sociedad civil, de las personas y las asociaciones. Hoy la coalición gobernante controla no solo la Generalitat, sino el Ayuntamiento de Barcelona y la Diputación, la mayoría de televisiones locales, además de la radio y la televisión autonómica. Si a eso se le suma la situación de los medios escritos en Cataluña, la tentación a la discriminación y a la limitación del ejercicio de la libertad de expresión, puede ser un riesgo claro, sobretodo considerando los precedentes de la política municipal en la ciudad de Barcelona.

 

 

P.: Desde su experiencia con la Convención de Cristianos por Europa, ¿podría afirmar que están vivas sus raíces cristianas?, ¿permitirá al cristianismo, el neojacobinismo actual, manifestarse como tal en la Europa del futuro?

 

R.: Dependerá en gran medida de nuestra capacidad de respuesta y la decisión en plantearla. Ejemplo: 20 de los 25 países están claramente de acuerdo con incorporar la referencia cristiana en el preámbulo. Solo Francia y Bélgica se oponen taxativamente. ¿Por qué no prospera hasta ahora la iniciativa? ¿Por qué ninguno de los países favorables lo ha asumido como un tema importante? Están de acuerdo pero no hacen nada. Ese es en el fondo el problema de nuestro cristianismo fofo y conformista, que confunde la providencia con la indolencia.

 

 

P.: Una pregunta personal que, creemos, que puede ser de interés para los lectores. No es fácil mantenerse fiel a la propuesta de la Iglesia sin el apoyo de una compañía humana concreta. Josep Miró i Ardèvol, ¿se apoya en algún carisma particular?

 

R.: Soy un católico de parroquia con, eso sí, buenas compañías; sacerdotes, amigos, mi mujer es decisiva en todo esto y, también lo que “robo” de éste o de aquel Instituto o movimiento.

 

 

Muchas gracias.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 77, enero de 2004

 

 

Entrevistamos a Álex Rosal: libros, medios de comunicación, sociedad e Iglesia en España.

Una entrevista al editor, escritor y periodista especializado Álex Rosal; un cualificado observador de la evolución de la Iglesia española y su papel en la sociedad.

 

Álex Rosal es actualmente el editor de Libroslibres y Voz de papel, director del suplemento Fe y Razón, y periodista en ejercicio. Cuenta con una larga trayectoria profesional en el mundo del libro y del periodismo religioso. Todo ello le cualifica como un observador excepcional del catolicismo social español.

 

Pregunta: ¿Goza de buena salud el sector editorial del libro católico? ¿no se edita, acaso, un excesivo número de títulos?

 

Respuesta: Creo que sí. Las editoriales religiosas españolas poco a poco van a más y en los últimos años han surgido nuevos sellos en este campo. Sin embargo, si comparamos nuestro sector con Italia o Francia, estamos a mucha distancia de estos dos países en cuanto a creatividad, innovación y repercusión de los propios títulos en la opinión pública. No debemos ser complacientes. Todavía nos queda mucho camino que recorrer. Y todavía hoy las editoriales religiosas debemos hacer un gran esfuerzo por situar el libro religioso en España al alcance del gran público, ése que habitualmente no acude a un punto de venta especializado, y que va cogiendo el hábito de comprar libros en las grandes superficies.

 

P.: Los nuevos editores y las pequeñas empresas del sector del libro se quejan de las dificultades que presenta el mercado español: altos costes de edición, problemas en la distribución, prepotencia de las grandes editoriales, escasas ayudas, un número estacionado de lectores... No obstante, siguen siendo miles los títulos editados anualmente en España. ¿Qué reflexiones podría ofrecernos desde su experiencia como editor independiente?

 

R.: En España se editan cada año la friolera de 60.000 títulos. Es una barbaridad. Y es verdad que editar hoy en nuestro país es casi llorar. La edición es un sacerdocio, una vocación, y un poquito mal de la cabeza debemos estar los editores para dedicarnos a estar profesión. Pero es apasionante. Es como una droga.  A pesar de todas las dificultades… me niego a adoptar una posición derrotista. El lema de LibrosLibres es: «Aunque somos pequeños, emprendemos grandes empresas». Y todos los días me repito este lema a mí mismo y a los colaboradores. Hay que soñar. Hoy somos pequeños, nuestros títulos no llegan al gran público, nuestras ventas no son todo lo esperado y la influencia de los libros todavía es escasa en la opinión pública española. Pero seguimos trabajando. Hace tiempo leí a Woody Allen afirmar  que «el 90 por cierto del éxito se basa simplemente en insistir». Y con más moral que el Alcoyano, todos los días insistimos una y otra vez en esto de editar libros, con la esperanza de que el genial cineasta no nos haya engañado.  

 

P.: Barioná, el Hijo del Trueno, es el primer libro de su nuevo sello editorial Voz de papel. Tratándose de la primera obra de teatro del existencialista Sartre, de temática navideña y profundo sentido cristiano, su lanzamiento constituye una auténtica provocación al diálogo entre creyentes y no creyentes; entre cristianos y laicistas. ¿Qué acogida le está dispensando público y crítica?

 

R.: Muy buena. En apenas dos meses se han vendido más de 4.000 ejemplares y son muchísimos los reportajes, críticas y artículos de opinión que han hablado de este libro. Desgraciadamente, la mayoría de los suplementos literarios y programas televisivos dedicados a la cultura han optado por el silencio y la marginación. La progresía española sigue en sus trece. Y el sectarismo se ha instalado entre los gurús de la República de las Letras. Pero bueno, lo importante es que este inédito de Sastre, esta obra «católica» del padre del existencialismo francés, ha visto la luz gracias al mérito de José Ángel Agejas, su descubridor, y al buen hacer de Pablo Cervera, que es el director de  Véritas, una colección que pretende el diálogo fe-cultura, y que está avalada por seis universidades católicas: San Pablo-CEU, Francisco de Vitoria, UCAM, Católica de Valencia, Abat Oliba y Cardenal Herrera Oria.

 

P.: En España se editan cientos de publicaciones religiosas en papel; a lo que se suma una creciente oferta en internet. Y siguen apareciendo nuevos productos, como el semanario Alba, www.analisisdigital.com, etc. No obstante, no existe un diario, ya impreso o digital, que sea la referencia de los católicos españoles, como lo fue en su momento El Debate. ¿No deberían sacrificarse algunas de las realidades ya existentes para proponer al lector un instrumento, ya impreso o electrónico, más ambicioso?

 

R.: No. Todas estas iniciativas son muy útiles y definitivas de cara al futuro. Desde hace diez años hay un renacer de los medios de comunicación en el ámbito católico. Es bueno que haya inquietud entre los católicos españoles por tener más altavoces desde donde comunicar la Buena Nueva del Evangelio y eso dará, seguro, como resultado, el nacimiento de nuevos areópagos. ¿Un diario católico? Todo llegará. Posiblemente no sea ahora el momento, pero llegará. De pequeño solía jugar a una maquinita de esas que había en los bares y que se llamaba «la cascada», creo recordar. Consistía en  meter monedas de 25 pesetas. Éstas se amontonaban y caían en cascada. Había dos desniveles, como dos pequeñas bandejas que «empujaban» las monedas. Cuantas más monedas registraba el aparato, más posibilidades había de que cayera algún suculento premio. Con la prensa «católica» pasará algo así. Cuantos más periodistas trabajen en este sector, más empresarios se vean interpelados por la comunicación y más medios existan… el fenómeno «cascada» dará como fruto un diario católico al estilo El Debate.

 

P.: Impulsado por diversas circunstancias, el catolicismo social está manifestando notables muestras de vitalidad: los éxitos en audiencia de COPE, extensión y consolidación de Popular TV, la reciente sucesión de diversos congresos de laicos (Foro de la Familia, Congreso del Apostolado Seglar, Católicos y Vida Pública, el II Congreso Internacional de la Familia en UCAM…), la aparición de nuevos medios informativos, diversas manifestaciones convocadas por entidades pro-vida, una iniciativa legislativa popular en marcha en defensa de la familia, etc. A su juicio, todo ello, ¿es mera reacción defensiva o la expresión de una renovación del catolicismo social en sintonía con la convocatoria de Juan Pablo II a una Nueva Evangelización?

 

R.: Contra el PSOE se vive mejor, es evidente. Cuando estos insensatos del Gobierno se han lanzado contra los católicos españoles de esta forma tan alocada, la gente se ha sentido herida y reacciona. Ay, menudo Gobierno. Zetapé se ha rodeado de gente moderna como Zerolo y Leire Pajín; mete a Vogue en La Moncloa, y en vez de dedicar su tiempo en solucionar los problemas reales de los currantes –vivienda, familia, seguridad, enseñanza, trabajo e hipotecas–, se transforma en el Papa de la nueva religión laica. Y ese elefante medio cojo, resfriado y algo ciego, que  es la Iglesia católica, empieza a coger fuerzas ante lo que considera una agresión sostenida y burda. Los católicos de siempre, los culturalmente cristianos, los que figuran en las estadísticas como «no practicantes», empiezan entonces a sentirse molestos de que les quieran vender la burra. De espectadores pasan a protagonistas. De la omisión a la acción. Los grupos católicos engordan en números y las iniciativas se multiplican. El elefante ya no cojea tanto e incluso anda con cierto gracejo. Es el milagro. Contra el PSOE se vive mejor. A Zetapé hay que hacerle un monumento sufragado por el cepillo de los templos. Ningún documento episcopal, homilía o exhortación apostólica ha logrado despertar del letargo y del aburguesamiento a los miles de «católicos» de bautizo del niño o de funeral del abuelo. A esos católicos que acudían a la parroquia por lo «estrictamente necesario» comienzan a cogerle cariño a la Iglesia. «Algo hay que hacer», comentan en voz alta. El miedo parece dejar el sitio a un incipiente testimonio de orgullo por esa fe aprendida de pequeño y apartada con desdén en la adolescencia. No está mal. En ocho meses, el catolicismo español se ha revitalizado. Ahora bien, a ello hay que unir lo sembrado durante el pontificado de Juan Pablo II. En estos últimos años es cuando se empiezan a ver los frutos. Una nueva primavera eclesial se está mostrando. No tiene nada que ver la nueva ornada de sacerdotes con los de la generación de los sesenta, y perdón si alguien se siento ofendido, pero la realidad es tozuda. Por supuesto, los seglares de entonces y los de ahora son como el día y la noche. Hay una generación de laicos de entre 25 y 40 años que está asumiendo la responsabilidad histórica de «hacer Iglesia», de ser protagonistas de este momento, de crear iniciativas, de construir sociedad civil, de impulsar nuevas acciones de evangelización. Afortunadamente, la palabra «prudencia», que históricamente ha sido sinónimo de cobardía en el ámbito eclesial, no está en el vocabulario de los nuevos seglares católicos y sacerdotes de nuestro país.

 

P.: Los llamados “nuevos movimientos eclesiales”, ¿están desempeñando un papel relevante en ese movimiento de renovación de la Iglesia española? ¿Qué aportaciones, de los mismos, subrayaría en particular?

 

R.: Están ayudando a renovar la Iglesia. Son un fruto maduro del Concilio Vaticano II. Han logrado crear comunidades vivas, con calor humano y espiritual, cercanía y profunda conversión personal. Presentan a un Dios que está vivo, que te ama, que te escucha, que está contigo, que te recibe con los brazos abiertos sin mirar las tonterías que todos cometemos en la vida. Son los nuevos carismas de la Iglesia que ha suscitado el Espíritu Santo, de la misma manera que a lo largo de la Historia de la Iglesia ha ido suscitando el nacimiento de otras espiritualidades que hoy en día consideramos como «tradicionales» pero que en su momento eran «nuevas».  

 

P.: Lo “políticamente correcto” se impone desde el poder político y cultural dominante, generando un tipo humano satisfecho, consumista, nihilista, nada crítico con el poder y las modas, pero duramente cerrado a cualquier propuesta de la Iglesia. En estas circunstancias, ¿puede, la Iglesia católica, constituirse en alternativa real a esta mentalidad, con una presencia social activa, o debe replegarse a la práctica litúrgica y sacramental? ¿Mantiene capacidad de diálogo con los hombres y mujeres de hoy?

 

R.: La tentación de todos los católicos es de quedarnos replegados en la sacristía, que hay buena calefacción y tiene buenos muros para protegernos del mundo. Pero eso no sería muy honrado. No sería cristiano. La oración, los sacramentos, las lecturas de meditación son medios para ser mejores seguidores de Cristo. Nos debe dar las fuerzas necesarias para «salir a la calle»  y ofrecer al mundo que la felicidad en esta tierra se encuentra en Cristo. Que Jesús sana tus heridas y apaga el fuego que hay en tu corazón. Que es un bálsamo en el dolor. Que de Él te puedes fiar por que quiere lo mejor para ti.  

 

P.: ¿Católicos en partidos políticos o partidos católicos?

 

R.: Me da igual. Lo importante es que los católicos que trabajen en la vida pública testimonien su fe, sean coherentes con lo que dicen creer y lo transmitan sin vergüenza ni omisión. Que su fe cristiana esté por encima de la disciplina de partido.

 

P.: La presencia pública y política de los católicos era impulsada, durante buena parte del pasado siglo XX, por la jerarquía, sirviéndose de la Acción Católica y de la ACNP, particularmente. La realidad actual es otra: existe un panorama de pérdida de vigor en algunas organizaciones tradicionales; habiendo visto la luz nuevos movimientos eclesiales cuyo interés en la acción pública es muy dispar, pudiéndose detectar cierta tendencia hacia el “recogimiento” interno. En las actuales circunstancias, ¿es conveniente la búsqueda de cierta “unidad de acción”? Las llamadas plataformas transversales (e-Cristians, etc.), ¿podrían facilitar esa convergencia de tácticas, medios y voluntades?

 

R.: Totalmente. El Congreso de Católicos y Vida Pública impulsado de Alfonso Coronel de Palma desde el CEU, con la siempre inestimable coordinación de Carla Díez de Rivera, así como el nacimiento de E-Cristians, nacido de la mano de Josep Miró i Àrdevol, o el Foro de la Familia y otras iniciativas de ese corte son imprescindibles hoy en día en nuestro Iglesia. Necesitamos plataformas de encuentro para conocernos, querernos y poder trabajar juntos por el Reino de Cristo en la tierra. Desgraciadamente sigue imperando el  «yo soy de Pablo; yo de Pedro; pues yo de Apolo; nosotros pertenecemos a Cefas». Después de 2.000 años de cristianismo, corremos el riesgo de seguir divididos en tendencias, facciones y grupos, que lejos de unirnos en un mismo cuerpo, muchas veces nos sitúan en posiciones contrapuestas, y casi, casi, diría, nos hacen ser adversarios irreconciliables; surgiendo así un «capillismo eclesial» que recuerda mucho a las primitivas comunidades de Corintio: «Yo soy de la base; pues yo de los de la jerarquía; nosotros vivimos el Evangelio con autenticidad; nosotros somos los que cumplimos fielmente la Palabra...». Es la triste realidad de una Iglesia santa, que tiene a su vez en su regazo a muchos hijos que nos creemos muy «cumplidores», pero que no mostramos a diario el camino del Amor que señala el Maestro. En los últimos años hemos gastado demasiada energía en descalificarnos y etiquetarnos mutuamente, más que dedicarnos a transmitir juntos la Buena Nueva del Evangelio. Un anti-testimonio para el mundo. Es hora de poner fin a este «capillismo» e intentar comprendernos, buscando más lo que nos une que lo que nos separa. Evitando las fricciones y malos entendidos, la maledicencia y la crítica. Perdonando ofensas pasadas. Buscando construir más que destruir. Viendo en los demás el rostro de Cristo. Ya lo decía Pablo VI: «Hoy la gente da gran importancia al restablecimiento de la unidad con nuestros hermanos separados, y esto es bueno. Este es un esfuerzo que merece la pena realizar, y todos deberíamos cooperar en él con confianza, humildad y tenacidad. Pero no debemos olvidar nuestra tarea de trabajar aún más por la unidad interna de la Iglesia, que es tan necesaria para su vitalidad apostólica y espiritual». O dicho de otro modo: «En esto conocerán todos –dice Cristo- que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros». Por eso que bienvenidas sean todas estas plataformas de encuentro, pero primeramente para ser un testimonio de unidad ante el mundo, y, posteriormente, como nexo para el trabajo de evangelización.

 

 

P.: ¿Cuáles son las raíces, según su criterio, de las constantes muestras de anticatolicismo militante de algunos sectores sociales españoles coordinados con la acción de gobierno del PSOE y sus aliados? Los católicos autodenominados progresistas, por ejemplo Cristianos socialistas del PSOE, ¿podrían jugar un papel relevante, realmente, en el necesario diálogo entre la Iglesia y esos sectores manifiestamente laicistas?

 

R.: No me gustaría estar en la piel de José Bono, Paco Vázquez o de María Antonia Iglesias, así como de otros miles de católicos de buena voluntad que apoyan al PSOE elección tras elección. Y no me gustaría estar en esa tesitura de ser católico y socialista a la vez, por que no deseo el mal a nadie, y menos, que nadie se vuelva loco, tenga que acudir al frenopático o desarrolle un principio de esquizofrenia. Que acabe gagá, vamos. Por que ya me dirán como se compatibiliza ser católico, y, a la vez, estar apoyando a un partido que quiere más aborto y menos apoyo a la familia, aprobar la eutanasia en el cercano horizonte de unos años, legalizar el matrimonio entre homosexuales y la adopción de niños por parte de éstos, menos clase de Religión, menos Iglesia... ¿Cómo se come todo esto? Algunos me podrán decir: «Y de la guerra en Iraq, ¿qué?». «¿Qué partido español ha sido el más implicado en terminar con esa metedura de pata de Aznar y lograr sacar a las tropas de ese infierno?». Bien, muy bien. Es positivo que el PSOE apoye en algo a la actitud de la Iglesia que tan valientemente clamó contra esa injusta guerra. Pero, seamos serios: ¿Qué le queda al PSOE de sus guiños a los católicos de otra época? Casi nada. Muerto el marxismo y asumido el liberalismo económico, las banderas programáticas de los socialistas son hoy un desatino a la inteligencia de los católicos.

 

P.: Estamos convocados a un referéndum para el día 20 de febrero, en el que se propone la ratificación de un tratado sobre la constitución europea. Entre los católicos ya se han manifestado tomas de postura muy dispares. Esta circunstancia, ¿constituirá un motivo de fractura interna del catolicismo social español o, al contrario, una expresión de su expresividad y capacidad?

 

R.: No lo creo. Es un tema para el debate y la discusión. En este tipo de cuestiones no debe entrar el dogmatismo. Comprendo las razones de sí y del no en el referéndum del 20 de febrero. San Agustín decía que «en lo opinable, libertad, en lo fundamental, unidad, y en todo, caridad». Este asunto pertenece a lo opinable, por lo tanto, libertad.

 

P.: ¿Me permite una pregunta de carácter personal que, creemos, puede ser de interés para los lectores? ¿Dónde encuentra, Álex Rosal, la fuerza para mantenerse firme en un mundo progresivamente hostil a cualquier expresión de una vivencia religiosa?

 

R.: En Cristo. Él me da las fuerzas para perdonar las ofensas; me da la energía para no desanimarme; me muestra la dirección correcta cuando estoy perdido, y me inspira en las ideas.  

 

Muchas gracias.

 

Direcciones electrónicas de interés:

www.libroslibres.info

e-mail: info@libroslibres.info

 

 Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 89, enero de 2005. 

 

 

Familia y Vida: ¿un partido político para el elector católico?

            Una valiente e interesante iniciativa política silenciada por la inmensa mayoría de los medios de comunicación. Algunas cuestiones que plantea.

 

Partido político Familia y Vida.

 

La noticia saltó a la actualidad, a lo largo del mayo, pero de forma casi completamente desapercibida: un grupo de profesionales madrileños constituía un partido político cuyo nombre ya es todo un programa. Familia y Vida, ésta es la denominación de la nueva agrupación que aspirando, inicialmente, a presentarse a las elecciones autonómicas por Madrid, daba sus primeros pasos.

 

De sus promotores, fueron cinco los nombres hechos públicos, todos ellos integrantes de su primera Junta Directiva Nacional: José Alberto Fernández López (presidente), Iñigo Coello de Portugal Martínez del Peral (secretario), Rafael Llorente Martín (tesorero), Gonzalo Castañeda Pérez (vocal), y José María Merino Thomas (vocal).

           

Su programa, aparentemente muy sencillo, está expuesto en el texto “Diez bases de acción política” (disponible en su web www.familiayvida.com). Se propone –afirman- fortalecer la familia y la vida, al constatar que ninguno de los partidos políticos con representación parlamentaria apuesta a fondo por esas realidades. Aunque en algunos medios se ha comentado que sus promotores militaban en el Partido Popular, debe afirmarse que solo era así en uno de ellos.

 

Están descontentos ante la sucesión de decisiones acordadas en contra de la familia y la vida humana: ni el PSOE en su día, ni el Partido Popular actualmente, han desarrollado una política neta y clara en su defensa. Así responden a una pregunta recogida en otro apartado de su web: “lamentablemente, en los seis años que lleva en el gobierno (el Partido Popular) ha dado pocos y titubeantes pasos en defensa de la Vida y la Familia y muchos en contra de ambas instituciones. No podemos seguir confiando en que ese partido o éste gobierno defiendan la Familia y la Vida”.

 

¿Qué entienden por familia, en estos tiempos en que se potencian, desde los medios de comunicación y muchas instituciones públicas, presuntas “alternativas” a la “tradicional”? En su texto “Bases programáticas” la definen de la siguiente manera: hombre y mujer unidos por vínculo matrimonial, libre y público y sus hijos.

 

En resumen, su programa incide en una serie de aspectos “sectoriales” vitales para el futuro de cualquier país, proponiendo una corta lista de medidas que, de llevarse a cabo, revolucionarían una sociedad como la nuestra: apoyo a la familia de forma real tanto económica como legalmente, apoyo a todos los niveles a las mujeres para evitar abortos, implantación del “cheque escolar” (como instrumento para conseguir una mayor libertad y calidad en la enseñanza), profundización en la democracia ante la parálisis de los partidos tradicionales, practicar política de valores y, por último, incentivar la natalidad.

 

Este programa puede ser compartido, plenamente, por los católicos, quiénes, históricamente, conscientes de la dignidad y la fraternidad derivadas de la naturaleza última del ser humano, se han movilizado también por otros objetivos: la justicia distributiva, la solidaridad internacional, la lucha por la paz, la defensa de los derechos humanos.

 

El silencio de los medios de comunicación.

 

El nacimiento de la “criatura” apenas fue recogido en los medios de comunicación. El semanario católico nacional Alfa y Omega fue el primero en anunciarlo, mediante una breve noticia recogida en su número 306, de 9 de mayo. Posteriormente fue el diario La Razón, en crónica del director de su suplemento religioso, Alex Rosal, el día 15 de mayo, el que lo hizo.

 

            También hemos visto alguna fugaz mención en algunos foros de Internet, como es el caso del “Tomás Moro”.

 

En cualquier caso, muy poca cosa. Acostumbrados, como estamos, a la amplia cobertura informativa de cualquier iniciativa de los grandes partidos políticos españoles, el silencio observado, cuando menos, decepciona.

 

            No es una experiencia nueva. En su día, la lista electoral “Europa por la vida”, que nació en medios católicos en defensa del primero y principal derecho básico, también sufrió el boicot de los mass-media, experimentando en sus carnes las consecuencias de un silencio casi absoluto.

 

            Esta situación ha sido denunciada por el periodista Eulogio López el pasado día 27 de mayo (en su publicación digital hispanidad.com, en el artículo titulado “Confesiones poco confesionales, o cómo hacer el canelo”), a la vez que incorporaba algunas otras agudas observaciones. A su juicio, se trata de una iniciativa propia de ambientes católicos, aunque, sin embargo, rechazan la confesionalidad (así se recoge en su 4ª base política). Pero este comportamiento no es una excepción; al contrario, está, casi por completo, generalizado. Existe entre los católicos un gran temor, comprensible por la concurrencia de diversos factores, a la “confesionalidad”, consecuencia, tal vez, de pretéritas experiencias del pasado “cuasi criminalizadas” desde el poder hoy dominante. Pero, por otra parte, no debemos olvidar que una iniciativa de este tipo difícilmente podrá nacer y sostenerse en ambientes no católicos. Guste o no guste reconocerlo, no es fácil que fuera de la Iglesia católica pueda educarse con continuidad a la persona, en una percepción humana de sí misma, proporcionando, además, el respaldo y la compañía precisas para sostenerla en el largo camino de la vida. Ello no quiere decir que no puedan existir coincidencias en temas fundamentales con otras identidades sociales y culturales; lo que permite que los católicos implicados en la política directa, en nombre del bien común, puedan trabajar codo a codo con otros políticos laicos. El siglo XXI será confesional, aseguraba Eulogio López en esta ocasión, aunque esa “confesionalidad” consista –paradójicamente- en una represión absoluta del hecho religioso, especialmente, del católico.

 

            Aunque se confiesan políticamente aconfesionales, ya lo hemos visto, no por ello esconden las ideas religiosas que profesan: consideran, al contrario, que haber prescindido de las mismas constituye una de las causas del deterioro social de Europa. Pero pretenden aglutinar a cualquier persona que comparta esos valores de familia y vida: también a otros cristianos, ateos, agnósticos… En resumen: pretenden construir desde unos ideales, no al revés.

 

            Entendiendo la defensa de estos valores como un deber, han saltado a la arena con una valentía que, en algunos ambientes católicos, no siempre se muestra. Más preocupados por el cuidado de la propia parcela, cuesta abrirse a otras realidades sociales, o valorar y apoyar iniciativas ajenas que, oportunas o no, pueden actuar como catalizadores en un momento histórico.

 

¿Una iniciativa aislada?

 

            El partido fue inscrito en el Registro correspondiente del Ministerio del Interior, libro IV, folio 456, el pasado 22 de mayo.

 

            Este redactor ha realizados diversas consultas entre responsables de algunas realidades sociales españolas, católicas en su mayor parte, para detectar el nivel de percepción de la noticia, los apoyos reales y las expectativas creadas.

 

Estos responsables conocen la noticia, destacando, además, la extraordinaria buena voluntad de sus promotores y el valor del gesto. Pero existe una casi general unanimidad en que la iniciativa nace huérfana de avales concretos. No tenemos constancia, tampoco, de que la jerarquía católica haya realizado ningún movimiento explícito de apoyo o, al menos, de comprensión. Y, en consecuencia con la indudable voluntad de sus promotores, tampoco parece que exista detrás ningún otro tipo de entidad civil. Pero, tememos que sin estos avales, u otros similares, difícilmente puede prosperar una iniciativa que pretende incidir en la realidad política y social, mas allá de actuaciones testimoniales. En consecuencia con ello, en su Base Política 6ª, afirman buscar únicamente, incorporaciones individuales: en esta libertad puede radicar una gran debilidad.

 

            Pero tener un buen programa, unos buenos propósitos, creemos, no basta.

 

            En la historia reciente española, ya lo hemos afirmado en otros artículos, pocos movimientos de estas pretensiones han tenido éxito sin contar con la realidad. Y en el caso de las iniciativas políticas católicas, puede deducirse que fue fundamental, en muchos casos, el apoyo de la jerarquía y de las realidades vivas del catolicismo español para alcanzar algún éxito.

 

Familia y Vida, ciertamente, suscitará la adhesión de determinadas voluntades, cualificadas en muchos casos. Por contra, notables serán los obstáculos (ya hemos visto el significativo silencio de los medios de comunicación) que dificultarán se sumen más apoyos que los de ciertas personas especialmente sensibles a la situación actual de la familia, procedentes en buena parte de medios católicos. No obstante, otros muchos católicos seguirán optando por el voto al “mal menor”, o al “bien posible”, según se vea, que defienden, invocando al realismo, significativos movimientos eclesiales y prelados.

 

¿Una iniciativa inoportuna?

 

            No deja de sorprender que precisamente cuando la polémica en su día suscitada, por el obispo de Mondoñedo – Ferrol al reclamar un partido que defendiera esos valores, ya estaba enterrada (así lo acreditó uno de los periodistas que mejor conocían el evento, Alex Rosal), resurja de nuevo de la mano de los promotores de Familia y Vida.

 

En los últimos meses, ya lo hemos analizado en otros artículos anteriores, se vienen produciendo algunos movimientos novedosos que pretenden subsanar la ausencia de coordinación y de eficacia de determinadas expresiones públicas del catolicismo: la plataforma E-Cristians es un ejemplo de ello. Partiendo de una conciencia clara de pertenencia e identidad católicas, pretende sumar energías y unir fuerzas en aras de concretos objetivos. Por eso, es lícito preguntarse si la iniciativa de Familia y Vida introduce un factor con el que ya no se contaba, distorsionando, tal vez, la actual dinámica. Incluso aunque el partido obtuviera alguna representación parlamentaria, ¿no produciría el “efecto rebote” de que la misma se convirtiera en el “ghetto” que encarnara -casi exclusivamente- los valores propugnados?

 

            Esta iniciativa ha puesto en evidencia otras circunstancias. Así, ¿podemos afirmar que existe un perfil-tipo del elector católico? Sin duda, no es la misma la motivación y el nivel de conciencia de un militante comprometido de un movimiento eclesial, que las de un católico que apenas asiste unas pocas veces a lo largo de su vida a diversas celebraciones litúrgicas, pesando en ello más los convencionalismos sociales que las propias convicciones. Además, ya lo hemos señalado antes, existen sectores sociales que, sin una explícita conciencia católica, valoran positivamente parte de los mismos valores: defensa de la familia, calidad en la educación, el valor de la sociedad frente las agresiones estatalistas, etc.

 

            Entonces, y en el actual momento histórico, ¿qué objetivo debe suscitar el esfuerzo y el concurso de los católicos españoles con vocación pública?: ¿la “libertas ecclesiae” y su proyección social o la conformación de un partido político a la Doctrina Social católica?

 

            Siguiendo al principio de subsidiariedad, la acción social precede a la acción política.

 

            La Iglesia precisa, a través hombres y mujeres integrados en distintas asociaciones y movimientos, de un espacio social propio de construcción: la labor de obras católicas que, reconstruyendo un tejido social humano, sean instrumentos de evangelización. Y ante esta realidad, las fuerzas sociales y políticas estatalistas están empeñadas en laminar progresivamente cualquier manifestación pública de la Iglesia: aquí puede radicar una de las claves explicativas de la reciente ola de anticatolicismo que se vive en España hoy día. Algunos partidos políticos, por el contrario, aunque no se identifiquen plenamente con la Doctrina Social, conceden un espacio a la identidad católica y su capacidad de construcción social, que se ha traducido históricamente en colegios, hospitales, obras caritativas, etc.

 

            En este momento de la historia, ¿dónde incidir?

 

El Foro Español de la Familia

 

            El pasado viernes 7 de junio, el Foro Español de la Familia celebró en Madrid su congreso constituyente, representando a 4 millones de familias. La nueva entidad coordina a 20 confederaciones, 117 federaciones y más de 5000 asociaciones familiares, entre las que encontramos: Acción Familiar, Confederación Católica de Padres de Alumnos, la Federación Española de Familias Numerosas, la Plataforma para la Promoción de la Familia, la Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos de Centros de Enseñanza, etc.

 

            Su principal objetivo es “propagar, promover y defender los valores de las familias nacidas de un matrimonio y constituidas por un hombre y una mujer”, en un tiempo en que son objeto de agresiones culturales, ideológicas, sociales y políticas.

 

            Pretende desarrollar varias estrategias: ser interlocutora con las distintas Administraciones presentando soluciones concretas a los problemas de la familia, sensibilizar a la sociedad sobre el papel que desempeña, potenciar la participación ciudadana y apoyar a las entidades familiares existentes.

 

            Como medidas concretas, algunos de los participantes propusieron: un “Pacto de Estado por la familia” para unificar las ayudas existentes en todas las comunidades autónomas equiparándolas con las europeas y una Secretaría de Estado de la Familia u órgano similar.

 

            Sin duda, esta entidad tiene mucho que aportar a la sociedad española: su presencia era necesaria hace ya bastantes años. Nace con retraso, pero esperemos que ello no sea obstáculo para que se consolide como un interlocutor fundamental, de los poderes públicos, desde una posición cívica fuerte. Otra limitación que tendrá que superar, poco a poco, es la heterogeneidad de las entidades que agrupa: en número de asociados, en potencial, en identidad colectiva, en motivación…

 

En cualquier caso, esta necesaria realidad no podrá pasar desapercibida en la labor del nuevo partido, más cuando la coincidencia de ambas entidades en la mayor parte de sus objetivos es casi absoluta; aunque, evidentemente, los medios a emplear sean distintos.

 

            Pero la nueva entidad no podrá asociar su suerte a la de ningún partido político concreto: los valores que defiende son fundamentales en el sostenimiento de cualquier sociedad, no siendo privativos de ninguno en particular. Y a partir de la realidad concreta, de la política real y de las diversas estrategias a desarrollar por unos y otros, tendrá que actuar, de forma constructiva, con decisión, firmeza e independencia política.

 

Una táctica apenas desarrollada.

 

            No faltamos a la verdad si afirmamos que la presencia de los católicos en la política española se detecta, en mayor medida, en unos que en otros partidos. Al menos en el Partido Popular, en un plano teórico, no se niega espacio a la identidad católica, acreditado recientemente con su actitud ante las clases de religión. Pero la práctica contradice en buena medida esta orientación: prueba de ello ha sido las agresiones contra la familia que han nacido en poderes públicos gestionados por el Partido Popular. Una realidad que cuestiona seriamente la opción de muchos católicos por trabajar en el seno de este partido.

 

En este estado de cosas ¿podemos imaginar un futuro posible?. Desde algunos partidos políticos consolidados que no nieguen virtualidad al hecho cristiano, y desde plataformas de nuevo cuño, es posible aunar esfuerzos –al menos en teoría- dirigiéndolos hacia el mismo objetivo: por ejemplo, exigiendo un apoyo decidido, económico y legal, a la familia de siempre, haciendo valer, si es necesario en la negociación precisa, la fuerza de unos cientos de miles de votos que pueden llegar a ser decisivos. En realidad, este tipo de tácticas apenas se han empezado a desarrollar en España. Actuando fuera de este esquema, lo más probable es que sólo se logre dispersar fuerzas, en lugar de sumarlas, desconcertando a muchos electores comprometidos.

 

            Pero de nada serviría tan ímprobo esfuerzo, si la Iglesia no continúa desarrollando sus obras sociales -afrontando los retos que la vida moderna presenta al hombre de hoy- entendidas como espacios de construcción de la propia humanidad. No podemos dar nada por supuesto. Es necesario, por ello, mirar constantemente a los orígenes, tomar conciencia de los dones recibidos y actuar en sociedad.

 

            ¿Queremos ser realistas? Aprovechemos, entonces, los resquicios del sistema: hagamos sentir nuestra presencia a través de la política activa, con voluntad de incidencia social, en convergencia con la acción propia de diversas entidades sectoriales, las nuevas plataformas transversales y con el concurso de la presencia católica en los medios de comunicación. Y todo ello, en constante diálogo con las obras sociales que la Iglesia necesita para hacerse compañía carnal de los hombres.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, nº 58, junio 2002.

 

www.forumlibertas.com: expectativas cumplidas y retos pendientes.

                Un hecho es incuestionable: el catolicismo social español, en declive durante las últimas décadas, se encuentra actualmente en ebullición. El nuevo diario digital, forumlibertas.com, es su prueba y expresión.

 

Un incipiente movimiento social.

 

El catolicismo social español se encuentra en ebullición. Muchas son sus iniciativas en marcha, de diversas procedencia y calado, algunas desde años atrás. La reciente historia española, y las preocupantes expectativas sociales generadas por el acceso al gobierno del PSOE, imponen a los católicos una razonada reflexión y, seguramente, una movilización colectiva sin precedentes.

 

Poder hablar hoy de catolicismo social ya es, en sí misma, una circunstancia relevante. Décadas atrás, su mera enunciación se considerada improcedente, cuando no una realidad obsoleta en vías de extinción; fruto, en parte, de una teología y una práctica social ahora caducas. Este clima, acorde con la secularización progresiva de las sociedades occidentales, caló profundamente en estratos de la propia Iglesia, impulsándola a un movimiento de repliegue interior paralelo al envejecimiento del clero y las órdenes religiosas, y a la pérdida de calado -de la experiencia cristiana- en amplísimos sectores de la sociedad española.

 

En la actualidad, son otros los síntomas, de carácter positivo, que deben destacarse de la compleja realidad organizativa del catolicismo español: revitalización de determinadas estructuras diocesanas y parroquiales, implantación de nuevos carismas eclesiales, aparición de grupos de activistas católicos (agrupados en plataformas transversales, pequeños partidos temáticos o confesionales, y otras asociaciones), nueva configuración del movimiento asociativo familiar, consolidación de las universidades católicas, lanzamiento de nuevos medios de comunicación... Es algo innegable: el catolicismo social es un hecho. Y se mueve.

 

Pero no todo son luces. También existen sombras: escasa proyección social de algunas de las realidades católicas más amplias, mínima vocación por lo público en otras, fragmentación organizativa, escasos espacios de encuentro y formación de las vocaciones por lo público, desconfianza hacia expresiones ajenas a las nacidas en el entorno del propio carisma, mentalidad de francotirador entre muchos activistas, desprecio o temor a la acción política concreta, escaso diálogo con algunas instancias eclesiásticas… Y todo ello en un contexto de radicalización laicista y acoso a cualquier expresión pública católica.

 

Una sociedad postcristiana.

 

Hay que partir de una premisa: la sociedad española, en buena medida, ha dejado de ser católica, encontrándose inmersa en un cambio histórico, de carácter antropológico, alimentado de relativismo filosófico, vitalismo hedonista y sincretismo religioso; lo que ha incidido sustancialmente en la disolución de la familia, una atomización de la vida social con pérdida de las referencias comunitarias, una acción pública ajena -cuando no expresamente enemiga- de la cosmovisión cristiana…

 

No obstante, todavía perviven rescoldos, de la identidad popular y espiritual que estructuró nuestro pasado, particularmente arraigados en algún caso, a los que se suman esas nuevas realidades eclesiales emergentes; configurando todo ello el mapa poliédrico del actual catolicismo español.

 

Ese movimiento global revolucionario, cultural, social y político, en el que también España está inmersa al igual que los restantes países occidentales, es impulsado por buena parte de los medios de comunicación, sirviéndose para ello de modas y tendencias, figuras representativas del pensamiento, la cultura, el espectáculo, y las modalidades predominantes en el disfrute del ocio. Igualmente, los partidos políticos del sistema, especialmente los autodenominados progresistas, refrendan ese movimiento de cambio, considerando a la Iglesia como una presencia incómoda para su programa hegemónico; otro efecto más de un laicismo confesional y sectario, ya superado en otras latitudes.

 

                Tengamos presente otro factor. En amplios sectores del catolicismo español crece una percepción que afirma su infrarrepresentación política.

 

Consciente de este cambio histórico y de la esperanza que la Iglesia sigue representando para todo el mundo; con mayor o menor conciencia, según los casos, de un contexto crecientemente hostil, este incipiente movimiento social de base católica valora también, al menos algunos de sus más significativos representantes, la necesidad de articulación de una respuesta colectiva y pública, sin pretensión partidista, en defensa del bien común, la libre iniciativa y creatividad social, la libertad pública de la Iglesia y la de sus diversas obras. Ello implica una generosa y ambiciosa conjunción de voluntades y tácticas, postergando estrechos protagonismos.

 

Dentro de este movimiento social y de su creciente creatividad asociativa, debemos destacar la aparición de un diario digital católico.

 

Un nuevo diario digital.

 

Forumlibertas.com, diario digital de inspiración católica y voluntad generalista, ya es una creciente realidad desde el pasado día 15 de junio, fecha en que vio la luz su primer número.

 

Este diario es fruto, fundamentalmente, del impulso de la plataforma transversal e-Cristians, nacida en Cataluña de la mano, entre otros, del expolítico catalanista Josep Miró i Ardèvol. Esta entidad despliega novísimas modalidades de acción pública -sirviéndose de Internet, movilizaciones públicas puntuales y acciones mediáticas- al servicio de los valores propugnados por la Doctrina Social de la Iglesia, con la mirada puesta en el desarrollo de una democracia representativa: solidaridad intergeneracional, justicias distributiva y social, libertad religiosa, libertad de enseñanza, defensa de la vida en toda su extensión… Con estos presupuestos, en su corta, pero intensa trayectoria, e-Cristians ha acreditado una gran solvencia organizativa y táctica, buscando la confluencia de diversas realidades del catolicismo social español en la consecución de objetivos realistas.

 

Forumlibertas.com cuenta, además de la realidad previa de e-Cristians, con el apoyo de significativos periodistas y comunicadores católicos, así como el de otras personalidades, de la Universidad y los movimientos sociales, de inequívoca pertenencia cristiana. Con este bagaje, diariamente se presentan, con criterio católico, los principales hechos de la actualidad política, social y cultural española, proporcionando interesantes claves para su comprensión.

 

Las cartas de los lectores, muy escogidas, los diversos documentos reproducidos en el diario, y las restantes secciones fijas, permiten al lector conocer y contrastar la realidad desde un criterio cultural, global y coherente, del máximo interés también para no católicos. Sin duda, una sociedad articulada y creativa, con diversas identidades culturales en diálogo, es más rica y libre. Y forumlibertas.com es consciente de este elemental principio de la organización social.

 

Pero el nuevo diario no ha nacido de la nada. Así, cuenta con un incuestionable aval previo: la Revista digital semanal de e-Cristians y sus boletines de noticias “Cristianos en la prensa” y “Cristianos en el mundo”; principales instrumentos de comunicación y difusión de la plataforma.

 

                Sus retos siguen siendo muchos: mantener la tensión y objetividad informativas; establecer un contacto fluido con sus lectores y, particularmente, con las realidades vivas del catolicismo español; ampliar la base de lectores y su formación; proporcionar análisis realistas del cambio social. Y todo ello sin incurrir en voluntarismos despegados de la realidad.

 

Ya hemos descrito, en gruesos trazos, algunas de las características de la sociedad en que vivimos y del movimiento de respuesta que empieza a dibujarse desde el catolicismo social. En este contexto, el nuevo diario digital tiene la oportunidad de constituirse en referencia obligada de esa base social católica.

               

En definitiva, y como balance de estas semanas, podemos afirmar que las altas expectativas creadas, con la discreta aparición del diario, se vienen cumpliendo satisfactoriamente. No obstante, los retos pendientes y futuros constituirán, en todo caso, una dura prueba a los animadores de forumlibertas.com.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 82 - 83, julio - agosto de 2004

En la estela de Le Pen: ¿un partido populista en España?

            Una encuesta de ABC, publicada el pasado 23 de septiembre, aborda de frente algunas cuestiones problemáticas relacionadas con el fenómeno de la inmigración más allá de los tópicos políticamente correctos.

 

Una encuesta de ABC.

 

El lunes 23 de septiembre de 2002, en la parte inferior de su portada, el diario ABC destacaba la siguiente noticia: “Encuesta IPSOS-ECO Consulting. El 44 por ciento de los españoles votaría a un partido que limitara el exceso de inmigrantes. ‘La llegada desordenada de inmigrantes no puede repercutir en las ayudas a los españoles’, asegura el secretario de Estado de Inmigración”.

 

Esta encuesta abordaba, a juicio de los entrevistados, los principales problemas de los españoles. En la misma se concluía, entre otras cuestiones, que la inmigración constituye uno de los que mayor preocupación genera hoy día. Con ese ambiguo titular, ¿se pretendía, acaso, proporcionar algunas claves para encarar el futuro, a PP y PSOE, agitando el fantasma del peligro de un Front National a la española?

 

Casualmente, Jon Juaristi ese mismo día, en un artículo publicado en la página 15 del veterano diario madrileño, advertía que “El multiculturalismo a la brava termina siempre por engendrar racismo”.

 

Volvamos a las preocupaciones de los españoles. La afirmación “Con la llegada de emigrantes a España se ha incrementado la delincuencia”, era elegida por un 72’3% de la muestra; matizándose con el dato de un 70’6% de respuestas que afirmaba compartir que “España y los españoles deben hacer un esfuerzo por respetar las culturas, costumbres y religiones de los emigrantes”.

 

Reforzando esa preocupación, Ignacio González, Delegado del Gobierno para la Extranjería y la Inmigración, afirmaba en una entrevista recogida en el mismo medio y día: “… no hemos vinculado nunca la inmigración a la delincuencia, pero lo que no podemos negar son los datos que ponen de manifiesto que hay un número muy importante de delitos que son cometidos por inmigrantes”. Además, el entrevistado hacía propia una afirmación de José Luis Rodríguez Zapatero, por la que aseguraba que no se podía permitir que los inmigrantes quitaran prestaciones sociales a los españoles.

 

Inmigración y delincuencia, en la España de hoy, son dos ámbitos resbaladizos que vienen ganando, de forma progresiva, un mayor protagonismo entre las preocupaciones de los españoles. No obstante, en la asociación de ambos conceptos interfieren los tópicos determinantes de lo “políticamente correcto”; pues son dos cuestiones que están en la base del crecimiento de los partidos de extrema derecha de toda Europa.

 

Los partidos populistas en Europa.

 

Con todo, parece evidente que el Frente Nacional francés, el Partido Liberal Austríaco, la holandesa Lista Pim Fortuyn… poco comparten. Y, desde los gobiernos europeos occidentales, ya se están adoptando algunas medidas correctoras de la problemática generada en torno al binomio seguridad e inmigración para privar de razones a esos nuevos partidos políticos difícilmente encajables en los viejos esquemas de derecha/izquierda o en la genérica  y demagógica calificación de extrema derecha o neofascismo. Sus impulsores, por el contrario, al igual que algunos comentaristas políticos, prefieren otro tipo de calificación: populistas, nacional-populistas…

 

Si se analizan sus ideas, símbolos, estilos de trabajo, puede deducirse sin dudar que no se trata de opciones neofascistas o neonazis “clásicas”. Por otra parte, el espectro social en el que se apoya es muy amplio y su electorado procede, casi, en similar porcentaje, de derecha y de izquierda. ¿Cómo caracterizarlos, entonces?

 

Lluís Bassets al preguntarse en El País el 23/06/02 si existe una ultraderecha similar, en España, a la europea, respondía que “Las nuevas extremas derechas no son necesariamente antisemitas ni partidarias de sistemas totalitarios como venía sucediendo hasta hace unas pocas décadas. Son proamericanas y modernas, chovinistas y xenófobas, pero especialmente arabófobas e islamófobas. Liquidado el comunismo, centran su discurso de confrontación en un antiprogresismo visceral, de sarcasmo y diatriba virulenta, de descalificación sin debate de ideas respecto a todo lo que tenga que ver con la tradición de izquierdas, el Mayo del 68 y el socialismo”. Sin duda, tales afirmaciones requieren matizaciones importantes, pero, en cualquier caso, indican que en el discurso oficial de la izquierda europea empiezan a cambiar algunos de sus tradicionales análisis políticos y sociológicos.

           

Enrique de Diego por su parte, en libertaddigital.com, ya en el último mes de abril, se sorprendía por las reacciones producidas ante el ascenso electoral de Le Pen en la primera ronda francesa, considerando que los medios de comunicación ocultaron, inicialmente, ese previsible ascenso, para luego “diabolizarlo”, interpretando lo sucedido en clave de “autocensura”. A su juicio, “millones de franceses han castigado a un stablishment que no hablaba de la realidad”, a la vez que afirmaba que la seguridad ciudadana es un corolario fundamental de la libertad. Aseguraba, igualmente, que la izquierda, por su parte, es miope si afirma que el aumento de la delincuencia nada tiene que ver con la inmigración. Y continuaba: “En el islamismo, con perdón, hay una alta dosis de xenofobia. Y en las naciones europeas una alta dosis de estupidez. Una combinación desvertebradora, casi explosiva. En todo caso, desvertebradora”.

 

Hervè Blanchart, en uno de los escasos libros publicados recientemente en España en torno al Front National y su líder (Las claves del fenómeno Le Pen, PYRE, SL, Barcelona, septiembre 2002), mantiene una posición próxima, en algunos aspectos, al anterior. Asegura, además, que esos movimientos son una expresión del agotamiento de los partidos del sistema, pero generados desde posturas de derecha democrática con algunos elementos –tanto ideológicos como humanos- procedentes de la izquierda. Así, inmigración y seguridad serían los hechos determinantes, pero no los únicos, de su discurso y ascenso.

 

Esta poliédrica realidad de los partidos populistas ha servido para que se manifieste, poco a poco, una voluntad, también a nivel continental, de superación de los prejuicios que envuelven ambos fenómenos. Ahí podemos situar el sentido último de la encuesta y las declaraciones de algunos políticos: articular una respuesta, desde el sistema, a las inquietudes reales de los votantes, anticipándose con ello a un brote populista no deseado.

 

Pero podemos preguntarnos si esos partidos sólo responden a la problemática principal que denuncian o son el síntoma de una dolencia más seria.

 

Y ahí no existe unanimidad. La autocrítica, especialmente en la izquierda, ha sido importante. Veremos si su política futura es coherente con ella o es un recurso retórico y coyuntural. De momento, superado el maremoto político ocasionado con la irrupción inesperada de los populistas en varias naciones europeas, las aguas vuelven a su cauce; olvidándose, aparentemente, de algunas de las preguntas que se plantearon. La derrota electoral de Le Pen en la segunda ronda francesa, la fragmentación de la Lista Pim Fortuyn de Holanda y el fracaso de los nacional-liberales austríacos el pasado domingo 24 de noviembre, en definitiva, han proporcionado argumentos a quiénes caracterizaron al fenómeno, ante todo, de fugaz.

 

Una aportación desde la izquierda.

 

            La revista de izquierda crítica El viejo topo, ha publicado en su número 171 correspondiente a octubre de 2002, un “dossier” titulado Los nuevos fascismos (páginas 31 a 50, ambas inclusive). Ya su introducción de la página 31 adelanta varias de las conclusiones a las que llegan los autores del dossier. Así: “Esta nueva extrema derecha, además, ha sido capaz de contaminar el discurso y la práctica política de las derechas clásicas e incluso de los que dicen querer circular por terceras vías. Su base social, hoy igual que ayer, está formada por gentes de la clase media y de la clase obrera, atemorizadas por la incertidumbre ante el porvenir y hastiados de la banalidad, la doble moral y la corrupción de la democracia representativa. Populistas anti-sistema pero capaces de pactar con éste, nacionalistas irredentos, los nuevos fascismos no son la mera actualización de los viejos, aunque conservan muchos de sus rasgos y principios; sería un grave error considerarlos como antiguallas, simples resonancias de un pasado que se resiste a ser enterrado. Se trata de un fenómeno con facetas nuevas que se asienta sobre problemas reales. Reales y graves. Ignorar estos equivale a ignorar el peligro que representan para la libertad y la democracia”.

 

            El primero de los autores del dossier, José María Tortosa, en su artículo Fascismos de hoy y de ayer, repasa los tradicionales pronunciamientos de algunos pensadores, especialmente izquierdistas -clásicos y recientes- ante los fascismos. En esta labor llega, incluso, a relacionar este fenómeno con el neoliberalismo, la globalización, los islamismos radicales, etc.; todo ello de la mano de autores como Marx, Hegel, Cándido, Mussolini, Umberto Eco, Jean Baudrillard, Erich Fromm, Talcott Parsons, Nicos Poulantzas, Alain Touraine, Herbert Marcuse, Samir Amin, Immanuel Wallerstein. En la página 33, de Ludovico Incisa, destaca una cita según la cual “El fascismo es una ideología de crisis (…) el evento revela la crisis, no la provoca”.

 

            Marcos Roitman Rosenman es el autor del segundo de los trabajos recogidos, La Nueva Derecha y el fascismo. Son evidentes, a su juicio, los rasgos comunes entre el fascismo y las propuestas de la Nueva Derecha de finales del siglo XX; de modo que analiza las grandes líneas de la segunda, en particular, la crítica cultural a la razón occidental (la ND rechaza por igual a marxismo y cristianismo), la defensa del capitalismo como sistema productivo y la lucha contra el sistema “considerado como un gobierno mundial de transnacionales” (página 43) a través de la violencia, el egoísmo, la heroicidad y la entrega. Para ello cita a Alain de Benoist, Guillaume Faye, Seev Steinhell, Carlos Pinedo, Konrad Lorenz… Podemos destacar la siguiente conclusión que figura en la página 44: “Se trata de una propuesta cultural cuyo atractivo radica en la movilización y el rechazo a la uniformidad nacida del consumismo. Muchos podrían estar compartiendo parte del diagnóstico. En eso consiste su atractivo y su fuerza”.

 

            Para Ferran Gallego, autor del estudio Intrusos en el polvo, “Los movimientos nacional-populistas no son una pura reedición del fascismo, aunque contengan factores de resonancia” (pág. 48). ¿Cómo conectan con los sentimientos populares estos nuevos movimientos? El escritor, autor también del libro Porqué Le Pen (El viejo topo, Barcelona, 2002), asegura que “Por ello, quienes votan a los partidos nacional-populistas indican que lo han hecho porque se sienten cansados de la vieja política, de las mentiras normalizadas durante décadas de infierno. Cansados de la corrupción de una elite, cansados de ser los perdedores de la modernización” (pág. 49). Pero, entonces, nos preguntamos, ¿se trata de una mera reacción sin propuestas ni soluciones? El autor considera que no es así, pues “el nacional-populismo deja de ser una protesta para adquirir el rango de una propuesta, que ofrece soluciones radicales, que ofrece mediaciones pactistas, que es capaz de instalarse fuera del sistema, pero también de llegar a los gobiernos…” (pág. 50). Y concluye: “A la izquierda le corresponde examinar los canales que permiten circular el líquido de desamparo, anomia, inseguridad y recelo que la extrema derecha recibe en los estanques de su inmensa movilización. Si sólo observa la metabolización en un discurso autoritario, reaccionario, xenófobo, nunca aprenderá a cegar las fuentes de su volumen esquivo. De esa ideología que parece perderse entre los dedos, que difumina sus formas, que se fragmenta en fotos incoloras. Pero que es capaz de agruparse en una potente presión social, reventando la resistencia del acero y humillando la duración de la piedra” (pág. 50).

 

Una perspectiva católica.

 

Queremos reproducir, de nuevo (lo hicimos en el número 57 de esta publicación digital en el texto Más allá de la ´satanización` de Le Pen), uno de los juicios más realistas emitidos, de los que hemos tenido conocimiento, con motivo del ascenso electoral de Le Pen en Francia y que puede extenderse a toda Europa. E-cristians, en el editorial de su Revista del día 2 de mayo, aseguraba que todo lo escrito con ese motivo “revela claramente dos hechos: la multitud de causas críticas que puede haber provocado este insospechado resultado y el gran vacío que reina en el campo de las respuestas concretas”. Si eran tantas las posibles causas de ese éxito de la extrema derecha, se preguntaba, ¿cómo no lo había anticipado nadie? Por una parte, advertía el editorialista, algunos electores “no votaron o se divirtieron con el voto protesta”. Pero, por otra, creía evidenciar un problema de ausencia de sentido, pues “La democracia, para funcionar como todo acto humano, necesita un sentido, esto es, la orientación y el horizonte hacia el que avanzar a través de una ruta llena de credibilidad”. Así, “La sociedad francesa, y en gran medida la sociedad europea, ha renunciado a los valores objetivos permanentes para substituirlos por concepciones relativistas y así lo único que se está consiguiendo en construir nuevos conflictos cada vez mayores". Por último, juzgaba necesario “… sin más dilaciones, reflexionar sobre las consecuencias del sentido de la sociedad que se está construyendo”.

 

¿Y España?

 

Hoy día, España, parece ser la excepción de este fenómeno europeo. Pero, si miramos a nuestro pasado más inmediato, sí encontramos algunos amagos: la Unión Nacional de Blas Piñar en los años de la transición, la Agrupación Ruiz Mateos de las primeras elecciones europeas, más recientemente el CDS con Mario Conde y el GIL. En todas esas formaciones, que terminaron fracasando, encontramos ciertos componentes populistas, aunque no arraigaron, tal vez, por la pervivencia en la memoria histórica de los españoles del franquismo, con unas connotaciones generalmente muy negativas y por la mínima solvencia personal de algunos de sus impulsores, en determinados casos.

 

El populismo nace, generalmente, en ambientes muy concretos, facilitando su ascenso determinadas situaciones de crispación social y siendo catalizado todo ello por precisas figuras emblemáticas: Le Pen en Francia, Bossi y Fini en Italia, Haider en Austria, Pim Fortuyn en Holanda… No puede afirmarse, en definitiva, que haya surgido de la nada. En la mayoría de los casos, además, ya existía una cierta base social propicia; también, en ocasiones, algún partido político significativo con una cierta estrategia y unos medios al servicio de la nueva causa. Y sobre todo, un malestar social generado por diversas causas; lo que esos líderes carismáticos supieron reconocer y encauzar.

 

Nada de todo esto parece existir aquí. No olvidemos que la inmigración, factor desencadenante de buena parte de los populismos europeos actuales, aunque viene aumentando de forma notable en España en los últimos años, no alcanza los niveles del resto de la Unión Europea. Con todo, hemos tenido constancia, ahora mismo, de al menos tres intentos, de creación de “algo” parecido en España, que vamos a mencionar muy brevemente:

 

Partido Democrático del Pueblo. Con la pretensión de concurrir a las próximas elecciones municipales en Cataluña, sus alegatos son los característicos de este tipo de partidos populistas, aunque rechazando cualquier vinculación ultra. Carece de un mínimo arraigo, dándose a conocer en algunos medios de comunicación catalanes.

 

Frente Español, proyecto impulsado por una de las familias falangistas al que, de momento, se han adherido independientes y ciertas entidades. Será en enero de 2003, con motivo de su anunciado congreso fundacional, cuando acredite su capacidad real de convocatoria. Bajo el lema “Por la identidad española” y “Juntos podemos”, sus reclamos en internet recuerdan a la fenecida Unión Nacional de hace dos décadas. Disputa a Democracia Nacional el paraguas protector y el reconocimiento internacional del Front National.

 

Democracia Nacional. Con buenas relaciones internacionales y una cierta implantación, intentará alcanzar resultados favorables, en algunas localidades levantinas, en las próximas elecciones municipales; para intentar reproducir en España la marcha ascendente que aupó a Le Pen en Francia. Ya lo intentó con Plataforma España 2000, fracasando estrepitosamente en las últimas elecciones europeas, lo que provocó la marcha de parte de sus dirigentes fundacionales y de los restantes grupitos coaligados. Carece de líderes de relieve, estando formada su actual Mesa Nacional por gente joven en su mayor parte completamente desconocida. Como posible socio en la aventura se ha barajado el nombre de Josep Anglada y su Plataforme per Catalunya, organizadores de una numerosa manifestación en Premiá de Mar, en la primavera última, en contra de la construcción de una mezquita.

 

Algunas conclusiones.

 

Una sociedad ordenada no puede construirse sobre los cimientos del hedonismo y el relativismo: este un principio casi olvidado que debe ser rescatado.

 

Ahora que se debate el futuro de Europa, en sus distintos planos, es el momento de plantear de nuevo el anterior presupuesto; pues se deberá volver a los orígenes que la configuraron -a la vida y los valores que le dieron consistencia- si quiere afrontar con realismo los retos del presente y del futuro. Pero de nada servirán invocaciones a valores o principios, por muy saludables que sean, si no existe un pueblo que les dé vida y los encarne.

 

Por todo ello, consciente de la ausencia de ideales y de horizontes ambiciosos entre los europeos, Juan Pablo II viene insistiendo, entre otros aspectos, en la necesidad de que la futura Constitución europea contemple, de forma expresa, la aportación y el reconocimiento del cristianismo en la configuración de su naturaleza íntima. No es una novedad en su discurso, pues, con otra expresión y en el contexto de su llamamiento a la nueva evangelización de Europa, ya lo formuló hace años con su petición apasionada: ¡Europa, sé tú misma!

 

            El discurso inmigracionista predominante hasta la actualidad en los medios de comunicación, organismos oficiales nacionales e internacionales y ONGs, se encuentra en crisis: tanto desde la derecha, como desde la izquierda, se revisan posiciones y se proponen nuevas medidas. Estas inquietudes no son patrimonio, realmente, de ninguna formación política, aunque determinadas formulaciones ideológicas son proclives a una interpretación “abierta” de la problemática en cuestión; lo que, por políticamente correcta, su aplicación puede desembocar en situaciones explosivas que favorezcan la aparición de una formación antisistema. ABC lo entiende así. Por ello ha intentado anticiparse proporcionando datos que presenten, de forma desapasionada pero interesada, la problemática y que faciliten a los partidos parlamentarios claves y herramientas para afrontar de forma no dogmática y con realismo el futuro que se adivina, anticipándose a los errores cometidos por nuestros vecinos.

 

            El tiempo dirá si ABC ha acertado y los partidos parlamentarios han aprendido la lección, determinando una política de inmigración integrada con la que se aplicará en Europa, inevitablemente, y que, más allá de eslóganes publicitarios, tenderá a un mayor control de accesos y estancias de los inmigrantes.

 

            Hemos visto la autocrítica de cierta izquierda encarnada por El viejo topo. ¿Para cuando una reflexión de similar calado desde la derecha o el centro reformista? También podemos extender la pregunta a nuestra Iglesia. Mas allá de frases hechas, de tópicos generales, ¿para cuando una reflexión evangélica, serena y profunda que encare el malestar social que subyace en el origen de la irrupción real del nacional-populismo?

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nª 64, diciembre de 2002.

 

El referéndum del 20 de febrero y el electorado católico.

Las diversas posturas adoptadas ante la convocatoria de un referéndum para el próximo 20 de febrero, acreditan la fractura existente en el seno del progresivamente consciente y autónomo electorado católico.

 

Un sector social  fragmentado electoralmente.

 

En un artículo anterior describíamos los sucesivos movimientos producidos en torno al sector social constituido por un renovado e incipiente catolicismo social (“A la caza del electorado católico”, Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 88, diciembre de 2004).

 

De esta forma, según veíamos, diversas fuerzas políticas, tanto parlamentarias como extraparlamentarias, veteranas y bisoñas, conservadoras y progresistas, habían realizado invocaciones muy directas a los sentimientos y valores del electorado de neta identidad y pertenencia católicas. A ello se le sumaban otros movimientos procedentes de algunas entidades, nacidas al calor de este sector social, orientadas a la acción política por medio de formas no partidarias de participación pública. Nos referíamos a las llamadas plataformas transversales y a las corrientes de opinión.

 

La conjunción de todos estos movimientos –muy diversos en calado y naturaleza- no puede efectuarse, obviarse, en una única dirección o mediante su confluencia en un único partido político: las diversas tácticas planteadas, las plurales concepciones teóricas de lo político, y las matizadas consideraciones de conveniencia y prudencia, son difícilmente conciliables. No obstante, muchos de sus protagonistas comparten intuiciones, perspectivas críticas, y voluntad de presencia concreta, buscando acuerdos tácticos con miras a un cambio sustancial de la presencia pública católica, en todo caso.

 

El referéndum del 20 de febrero.

 

            La próxima celebración de un referéndum en España el día 20 de febrero, sometiendo a consulta la aprobación de un proyecto de tratado constitucional europeo, ha puesto de manifiesto las divisiones existentes al respecto, tanto entre los partidos políticos, como dentro del catolicismo social.

 

            Los grandes partidos parlamentarios se han posicionado, con mayor o menor entusiasmo, por el voto afirmativo; así como los nacionalistas “moderados” (PNV y CiU). Por su parte, Izquierda Unida, Eusko Alkartasuna, Bloque Nacionalista Gallego y Esquerra Republicana de Catalunya, han optado por el no.

           

Mencionemos las manifestaciones efectuadas hasta el momento, de interés para nosotros, por parte de las entidades mencionadas en el artículo arriba citado.

 

Favorablemente se han manifestado el PSOE, el Partido Popular, con escasa convicción, y el Partido Demócrata Español (PADE), aunque de manera crítica.

 

Por el voto negativo se han decantado: Familia y Vida, Alternativa Española, Partido Social Europeo, Comunión Tradicionalista Carlista y FE/la Falange. No obstante, y pese a la similitud de los motivos alegados por parte de estas entidades, tal circunstancia no ha sido razón suficiente para convergencia táctica alguna; lo que acredita la difícil consolidación y diseño de un camino político autónomo fuera de los grandes partidos.

 

También el partido Solidaridad y Autogestión Internacionalista, nacido desde el Movimiento Cultural Cristiano, nos ha informado que hará pública su postura negativa, aunque por razones, en buena medida, distintas a las anteriores, en coherencia con su particular conciencia socialista y de izquierdas.

 

Hemos recabado información sobre su postura al transversal Movimiento Político por la Unidad y a la Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática, entidades nacidas al calor del Movimiento de los Focolares. No adoptarán una postura orgánica, pero sus integrantes se sienten inclinados mayoritariamente hacia el voto favorable, aunque con reservas.

 

Veamos las posturas de las llamadas plataformas transversales.

 

HazteOír.org, a través de una web específica, www.votano.org, se ha decantado con vigor en esa dirección, desconcertando a quienes asociaban a esta entidad, en líneas generales, con el Partido Popular; evidenciando, en cualquier caso, un cierto divorcio entre los dirigentes y estructura del partido con sectores de su electorado tradicional.

 

            E-Cristians, dada su naturaleza, no promueve otra postura que no sea la de difusión de los pronunciamientos de la Iglesia al respecto; por ello, como tal entidad, no se ha manifestado expresamente por una alternativa u otra. No obstante, alguno de sus impulsores se ha manifestado a título personal a favor del sí.

 

Foro Arbil es otra de las entidades que se ha decantado, de forma particularmente clara y contundente en su web, por el voto negativo.

 

Por su parte, el Foro Español de la Familia y el Pacto por los Derechos y las Libertades, entidades que aglutinan sectorialmente buena parte del asociacionismo de base del catolicismo social español, no han adoptado una postura concreta, probablemente, por no considerarlo de su competencia.

 

Por lo que se refiere a medios de comunicación católicos, también éstos se han hecho eco de las diversas posturas. Así, por ejemplo, www.forumlibertas.com, en su editorial de 13 de enero, recordaba las razones esgrimidas en favor del sí y las alegadas por el no, reforzadas las últimas por la actitud del Gobierno socialista en su intento de uso de la convocatoria como éxito de partido. El documento finalizaba proponiendo la reflexión en torno a otra opción, posible el día 20 de febrero, cuyo efecto sería análogo, a su juicio al voto negativo, salvando la voluntad e identidad europeístas de los católicos: la abstención activa. De esta manera, este órgano digital nacido en su día a impulsos de e-Cristians, parece decantarse por la abstención activa. También Iglesia Digital (en www.libertaddigital.com) se ha hecho eco de opiniones partidarias, tanto del sí, como del no, al igual que los semanarios Alba, Paraula, etc. Igualmente, cadena COPE, en sus programas estrella (La mañana, La tarde con Cristina, La linterna), ha dado cancha a partidarios decididos de ambas posiciones.

 

Fractura en el catolicismo social.

 

            Constatamos, por lo tanto, la existencia de una fractura en el seno del catolicismo social, al menos entre sus expresiones más militantes. Tal circunstancia, fruto de un lógico pluralismo y un ejercicio responsable de la libertad, ¿afecta decisivamente al pueblo católico?, ¿se trata, acaso, de una división ocasional o, por el contrario, es expresión de más complejas razones de fondo? Indicios de esta división ya se venían manifestando en otras circunstancias. Así, recordemos, en el Congreso Católicos y Vida Pública, celebrado en Madrid los días 20 y 21 de noviembre de 2004, la Agencia ZENIT acreditó el divorcio existente, ante la convocatoria de referéndum, entre ponentes y conferenciantes, con buena parte del público asistente: los primeros, generalmente partidarios del voto afirmativo, y los segundos, por el contrario, de un decidido no. De alguna manera, tales asistentes sintonizarían con una sensibilidad -bastante difundida- que percibe esta convocatoria como ocasión privilegiada para una acción autónoma, de los grandes partidos, con efectos políticos y sociales.

 

Renunciando a siglas y personalismos, los partidarios del voto negativo, dispersos en obediencias partidarias y entidades de muy diverso calado, podrían haber constituido una plataforma ocasional, de entidades y personalidades, unificando así esfuerzos, rentabilizando inversiones, y difundiendo, entre un mayor número de ciudadanos, su postura. La acción discierne más que muchas teorías y reuniones. Y, ante el catolicismo social, se ciernen numerosos interrogantes tácticos. La ocasión se ha desaprovechado, aparentemente, por lo que tendrán que buscar nuevos puntos de encuentro y trabajo común.

           

Esta fractura viene a confirmar la existencia de dos líneas divergentes ante la acción política concreta: los partidarios de seguir trabajando en el seno de los grandes partidos ya existentes, algunos incluso con un sentido muy crítico, y los de forjar una alternativa al Partido Popular desde la invocación a unos valores fuertes y a las raíces cristianas de España y Europa. Posibilismo, para unos, claudicación, para otros; ahí encuentran su línea divisoria quienes, desde su respectiva opción, pretenden recuperar ciertos niveles de incidencia política. Esa es la clave de la divergencia.

 

Todo ello muestra la complejidad del puzzle del catolicismo social en su proyección política. No obstante, debe destacarse un aspecto. Salvo quienes encarnan conscientemente posturas políticas testimoniales, sin posibilidad de incidencia real a corto o medio plazo, generalmente se es consciente de que el juego partidario representativo es ineludible, si bien con percepciones tácticas distintas (trabajar dentro de los grandes partidos o forjar una nueva formación); lo que desemboca en el actual desencuentro.

 

            De esta forma, se perfila, progresivamente y con nitidez, la existencia de los dos pulmones que conforman al actual catolicismo social con vocación política. Más allá de la presente discrepancia, ambas sensibilidades bien podrían articularse, en algún modo, con entidades de análogas creencias, si pretenden que su acción política sea fructífera: las plataformas transversales y otros movimientos sociales que ya están en marcha, y siempre que su nivel de compromiso con una opción política concreta, llegado el caso, no excluya cualquier acuerdo con otras fuerzas.

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 89, enero de 2005.

El catolicismo social y las últimas elecciones realizadas en España.

Las elecciones celebradas en España, el pasado domingo 25 de mayo, han supuesto un revulsivo en algunos concienciados sectores del catolicismo social español, aunque sin llegar a afectar al conjunto del pueblo católico. La concurrencia a las mismas del partido Familia y Vida impone una valoración y unas reflexiones al respecto.

 

Los resultados y su valoración.

 

            Las elecciones municipales, autonómicas y forales del 25 de mayo de 2003, han aportado algunas novedades en el mortecino panorama del catolicismo social español, de la mano, en parte, de un partido que se estrenó entonces: Familia y Vida.

 

            Esta formación política, no confesional pero que comparte una parte significativa de los principios informadores de la Doctrina Social de la Iglesia, generó, antes y después de la celebración de estas elecciones, cierta polémica en el seno de pequeños sectores católicos emergentes, que podemos situar en el entorno de algunos de los llamados nuevos movimientos eclesiales.

 

            Hay que partir de una premisa. Muy distintos en sus respectivas metodologías e incidencia social, no todos estos movimientos eclesiales comparten la misma concepción de la política ni, en consecuencia, idéntica manera de afrontarla. Así, existen movimientos que apenas están interesados por la vida pública; no digamos ya por la acción política directa. Para otras de estas entidades eclesiales, la participación en la vida pública, y en la política en particular, es una responsabilidad exclusivamente individual, debiendo tener mucho cuidado en implicar a la Iglesia en esas actividades “sospechosas”. Por último, algún movimiento concibe al ejercicio de la política como una posibilidad en ese entorno, tan peculiar como desprestigiado, en la que el cristiano puede -y debe- manifestarse como tal, proporcionando rostro y brazo al pueblo católico del que forma parte; defendiendo allí la libertad de la Iglesia.

 

            Ciertamente, entre muchos católicos existe una concepción muy negativa de la política y de los políticos. Para éstos, la sospecha preside cualquier aproximación a tales actividades. Otros aseguran, por el contrario, que el ejercicio del poder político puede ser un instrumento para cristianizar la sociedad. De esta forma, mediante leyes “cristianas”, se posibilitaría la “cristianización” de la sociedad. Quienes así piensan olvidan –aseguran sus críticos- que la finalidad de las leyes es el bien común. Tampoco tienen presente, por ejemplo, el significativo caso de la Italia de 1981; en la que pese a una poderosa Democracia Cristiana –entonces- en el gobierno, una sociedad aparentemente católica, el apoyo de la Santa Sede y la movilización de los obispos, se perdió el referéndum del aborto.

 

Frente a ambas posturas, los católicos, que emergen desde algunos de esos nuevos movimientos eclesiales, desacralizan la política y la conciben en un preciso espacio: en el que se puede impulsar iniciativas en línea con los criterios de acción de la moderna Doctrina Social de la Iglesia, en diálogo con el pueblo cristiano y sus pastores. Y, todo ello, sin olvidar la tarea educativa que debe desarrollar la Iglesia en todos los órdenes de la vida. Una postura, no obstante, que genera no pocas discrepancias con las de otros medios católicos.

           

Una mirada a la historia.

 

            Durante casi toda la primera mitad del siglo XX, estuvo vigente un sencillo esquema de vertebración de la acción política de los católicos españoles. A la existencia de un pueblo católico que compartía un conjunto de certezas derivadas de su fe, perfectamente reconocible y con un rostro muy definido, se le sumaba una numerosa organización laica que encuadraba y formaba a sus miembros más motivados (la Acción Católica), y otra entidad especializada que captaba a las vocaciones por lo público (la Asociación Católica Nacional de Propagandistas). Por último, un episcopado cohesionado trabajaba, en estrecho contacto con la AC y la ACNP, orientando a los católicos españoles hacia fórmulas políticas concretas en un contexto histórico progresivamente dramático.

 

            En la transición española hacia la democracia, en la recta final del siglo XX, este esquema ya no tenía sentido alguno. La Acción Católica había sufrido una crisis generalizada, expresión de la evolución y cambios acaecidos en ese pueblo del que procedía. Por su parte, la ACNP también atravesaba una larga travesía del desierto, a la vez que nuevas organizaciones laicales competían, de alguna manera, con las anteriores en la captación de las elites católicas y en la educación en la fe de fragmentos de ese pueblo católico. Por último, entre nuestros obispos prevaleció una postura de prudente distanciamiento ante muchas decisiones políticas contingentes que se adoptaron por aquellos años; una actitud que, en consonancia con nuevas corrientes teológicas y pastorales, no aminoró la confusión existente en un vapuleado pueblo católico que se desvanecía.

 

            Ahora nos encontramos en un momento en el que la citada articulación ya no sirve. El nuevo pueblo que se está configurando, a partir de las realidades vivas del catolicismo español, también tiene ciertas preocupaciones sociales y, para un sector del mismo, actuar en política es una necesidad imperiosa; pues es mucho lo que se juega en ese ámbito.

 

            En este contexto actual podemos diferenciar dos corrientes, más o menos definidas, aunque apenas estructuradas.

 

Para unos, debe recrearse el pueblo católico español y, entonces, ya madura la situación, lanzarse a la arena política. Por lo tanto, todavía no se darían las condiciones para un realista desembarco en política.

 

Otros, por su parte, consideran que la política es una exigencia que no permite dilación alguna y que hay que afrontar ya. Para esta segunda opción, la participación en política, sea en partidos confesionales, sectoriales, o en otros de amplio espectro, es un paso ineludible.

 

            Por último, no olvidemos que existe un sector, todavía con cierta influencia, de católicos progresistas que siguen propugnando una integración anónima, y a título individual, en proyectos de progreso, en partidos de izquierda en definitiva, como fermento o levadura.

 

            En definitiva, ante el reto de la política, entre los católicos españoles, existe una compleja situación de fondo expresada en una notable dispersión de iniciativas, que ha sufrido una leve conmoción por el impacto de Familia y Vida: con su aparición se cuestionan precedentes estilos de trabajo. Por ello, modalidades anteriores de presencia social, que reflejan una actitud defensiva de realidades sociales en retroceso, pueden revisarse.

 

Elecciones y catolicismo social.

 

            El electorado católico ha sufrido, pues, un pequeño revulsivo; al menos entre los militantes más vinculados a asociaciones promotoras de la familia

 

Pero, ¿cómo se ha desarrollado el debate electoral entre los católicos? Por una parte, la invocación al “mal menor”, al “bien posible”, o a la diversa “permeabilidad” de los distintos partidos a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, ha protagonizado buena parte de las reflexiones públicas realizadas por significativos seglares y obispos. Por otra, la concurrencia a los comicios, aunque de forma muy restringida, de esa formación mencionada, que se identificaba plenamente con los principios de la DSI orientados hacia la familia y la vida, ha generado un necesario debate –aunque lo haya sido únicamente en ambientes muy restringidos- acerca de la legitimidad de las diversas opciones políticas, planteando la posibilidad de votar a una opción que rompe con las de décadas anteriores. Un debate, en definitiva, que aunque ha afectado a un número relativamente pequeño de seglares comprometidos, no puede ignorarse y en el que deberá profundizarse. Incluso, tal vez, sus conclusiones podrían sentar las bases de nuevas formas de presencia católica en política.

 

La escasa cosecha electoral de Familia y Vida no le priva de trascendencia al fenómeno y plantea, en cualquier caso, serios interrogantes al catolicismo social español: ¿existe un voto católico? y ¿cuál es la salud real del pueblo católico? Una realidad es evidente. La descristianización de la sociedad española avanza, disolviendo las certezas compartidas durante siglos, con una efectividad sorprendente.

 

En este contexto, de debate interno del catolicismo social, el Partido Popular, que en la campaña ha intentado mantener al electorado de esta procedencia mediante promesas de última hora en torno a la familia y a la educación, deberá acreditar con hechos sus intenciones, dando cancha a distintas aplicaciones del principio de subsidiariedad y defendiendo decididamente la vida humana; todo ello si quiere evitar que la fractura existente con este sector se ensanche en el futuro.

 

Otros interrogantes pueden trasladarse, en lo que le afecta particularmente, al partido Familia y Vida. Que haya perdido casi la mitad de los votos inicialmente cosechados en la repetición de elecciones a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, pesando en esta circunstancia de forma especial la preocupación de los católicos madrileños por el futuro de la enseñanza concertada, no es un dato que sus impulsores puedan ignorar.

 

Reflexiones finales.

 

Por último, tengamos presentes, en esta reflexión, varias premisas.

 

1º. No podemos seguir considerando a España como una sociedad católica “dormida” a la que se pueda “despertar” fácilmente. Este planteamiento, bastante presente todavía, supone ignorar la realidad de la descristianización, lo que además, condiciona, viciándolo, cualquier debate en el sentido del aquí trasladado.

 

2º. Los partidos políticos actuales funcionan, en buena medida, a golpe de demanda social significativa, tal y como nos lo recordaba Ignacio Arsuaga, uno de los impulsores de la plataforma transversal Hazte Oír, en la entrevista que publicamos en el número 74 de Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica. Si el Partido Popular, por ejemplo, no percibe una movilización importante del electorado, preocupado por la situación de la familia, no reaccionará; actuando en función de otras demandas sociales. Para responder a esa expectativa, se requiere: articulación popular, movilización ciudadana, creación de una cultura de participación política.

 

3º. La queja de algunos políticos católicos se resume en una expresión: “nos dejan solos”. Evitarlo, exige apoyarles, dialogar con ellos, hacerles llegar propuestas, pero también, el calor de la compañía cristiana.

 

En este contexto, la transversalidad –un concepto en alza- de los políticos católicos debe pasar, de ser una mera declaración de principios, a eficaz instrumento, en diálogo con su pueblo y pastores, al servicio de la “Libertas Ecclesiae”. Pueblo católico, movimientos eclesiales, pastores, políticos, plataformas transversales… todos deberán dialogar entre sí, confluyendo en la misma dirección; y todos ellos con la legítima pretensión de que la Iglesia aporte su capacidad de regeneración, también a la vida pública, desde su siempre novedosa compañía humana.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 75, noviembre de 2003

Jean – Paul Sartre: ¿el Hijo del Trueno?

La reciente edición en lengua española de la primera obra teatral de Jean–Paul Sartre, un texto de indudable tensión cristiana, ha generado mucho interés en sectores católicos. Por contra, ha pasado desapercibida en los medios intelectuales laicistas: una muestra más del sectarismo del poder cultural dominante.

 

Barioná, el Hijo del Trueno.

 

Voz de papel, un nuevo sello de Libroslibres, ha editado recientemente el primer título de la colección veritas, avalada por seis universidades católicas españolas y dirigida por Pablo Cervera: Barioná, el Hijo del Trueno. Misterio de Navidad (Madrid, noviembre de 2004). El hecho tiene un interés excepcional: se trata de una obrita de teatro de incuestionable tensión cristiana, escrita por el existencialista Jean – Paul Sartre, cuya lectura llevó al teólogo francés René Laurentin a manifestar que “Sartre, ateo deliberado, me ha hecho ver mejor que nadie, si exceptuamos los evangelios, el misterio de la Navidad. Por esa razón le guardo un inmenso reconocimiento”. Sorprendente, cuando menos.

 

            El libro tiene una extensión de 152 páginas, ocupando 43 de ellas un magnífico estudio, elaborado por José Ángel Agejas, que aborda las cuestiones más relevantes de la obra: las noticias de su existencia y la localización de un ejemplar de esta casi olvidada obra, su contexto general, Sartre y el cristianismo, y, por último, la esperanza cristiana y otras esperanzas.

 

La particular circunstancia de esta edición, relevante en todo caso al tratarse de la primera en lengua española, que ha visto la luz 64 años después haber sido escrita por su célebre autor, ha pasado desapercibida en los medios intelectuales y culturales mayoritarios, escasamente sensibles a la experiencia religiosa de tradición cristiana. De esta forma, salvo una pequeña referencia en El Cultural (de El Mundo), la mayoría de comentarios al respecto se han elaborado desde unos medios católicos sorprendidos y agradecidos. Lástima, y más tratándose de la primera obra de teatro de un autor fundamental para entender la naturaleza del mundo actual. No obstante, este hecho, ignorado por la cultura oficialista, plantea interesantes interrogantes sobre su significación histórica y las motivaciones de su autor; suficientes razones para suscitar un serio debate. Todo ello nos lleva a una conclusión: esa cultura mayoritaria se mueve impulsada por criterios sectarios indiferentes a la búsqueda de la verdad y a los intereses reales de la sociedad.

 

En este contexto, nadie pretende afirmar que Sartre fuera un creyente, ni nada parecido. Sartre se caracterizó, casi toda su vida, por un odio visceralmente anticristiano, poco matizado incluso; contribuyendo de manera muy notable a la configuración de buena parte de los tópicos culturales y mentales, predominantes hoy día, que han cristalizado en el relativismo y hedonismo mayoritarios. No obstante, aunque Sartre matizara años después sus motivaciones, fue capaz de escribir una obra profundamente católica; así la calificaremos sin temor a equivocarnos. Lo que no quiere decir que él mismo lo fuera; de hecho, se encargó en desmentirlo expresamente una vez que no pudo ocultarla.

 

La escribió en 1940, como oficial del derrotado ejército francés, mientras permanecía en el campo de concentración alemán Stalag 12 D, cerca de Tréveris, para realzar la celebración de aquella Nochebuena y la posterior Misa del Gallo.

 

El protagonista de la obra, el zelote Barioná, ante el aumento de la presión romana propone a su pueblo la extinción física de su estirpe: no engendrar más hijos, desaparecer. De forma inmediata, paradójicamente, su esposa le confiesa estar embarazada; lo que no había acaecido durante años. Diversos personajes se suceden en la obra, entre ellos el rey Baltasar, que encarnó el propio Sartre en aquella Nochebuena de 1940 ante 12.000 prisioneros de guerra. Este rey es el contrapunto del zelote: abierto a la realidad, confía en el niño que naciendo en Belén contiene toda esperanza y verdad auténticas. Barioná, milagrosamente, cambiará: la mirada que José, el padre del niño, dirige al recién nacido, le transformará, convirtiéndose, en palabras de Baltasar, en el “primer discípulo de Cristo”. Por último, según se adivina, morirá en defensa de la esperanza que le ha encontrado a su pesar, en un intento de evitar que los sicarios de Herodes consuman sus implacables propósitos.

 

La esperanza es cristiana.

 

La persecución radical de la libertad del hombre, y una apertura a algún tipo de esperanza, fueron actitudes constantes en la vida y producción literaria de Sartre. Por su parte, en esta obra, nuestro Barioná, escéptico, pesimista y desesperanzado, encontrará la respuesta a sus angustias en la persona de Cristo. En definitiva: también Sartre, feroz demagogo anticristiano, anhelaba las respuestas que su corazón, al igual que el de cada hombre a lo largo de la historia, exigía. La necesidad de verdad, belleza, sentido, trascendencia, justicia, amor…, está grabada en el corazón de todo hombre. Y ello exige una respuesta. Aunque, tal vez, se termine desistiendo en el empeño o negándola. Pero es innegable: el corazón del hombre es universal y está orientado a una respuesta radical y verdadera.

 

La respuesta de Sartre fue pura desesperación enmascarada en vitalismo voluntarista. No obstante, ha alcanzando un enorme éxito: hasta el punto de que nuestro mundo, en buena medida, es su hijo. Pero, pese a ello, sigue anhelando la esperanza que sólo Cristo puede colmar.

 

Esta edición no debiera haber pasado desapercibida. Con el silencio de la cultura laicista se ha privado a la sociedad española de un necesario debate; al igual que en otras ocasiones recientes. Por ejemplo: los límites del laicismo actual, el sentido y la autorregulación de la televisión, las raíces cristianas de Europa, los fundamentos de toda ética…

 

Si en 1940 un Misterio de la Navidad pudo unir a los prisioneros cristianos y no creyentes de un campo de concentración, así lo afirmó años después el propio Sartre justificando las razones de su obra, hoy, que vivimos, materialmente hablando, mucho mejor, no sería posible. Y, así, se ha negado, a nuestra sociedad, un debate cultural apasionante y la posibilidad de una reflexión esperanzadora. Desde el campo católico, por el contrario, se ha dado el paso hacia el diálogo: el texto ha sido editado y la obra ya ha sido representada en la Universidad Francisco de Vitoria. Esperemos que esos pasos no acaben aquí.

 

Habrá que seguir actuando así en otras muchas ocasiones. Es LA esperanza la que sigue llamando, también de esta manera, a todos; la que el mundo entero, aunque crea no esperarla, aguarda.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 88, diciembre de 2004.