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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

El juicio objetivo e imparcial de Mario Mauro ante la mal llamada «tregua» de ETA.

Quienes pretenden aplicar el método científico al ámbito de las Ciencias Humanas parten de los peligros de la casi inevitable subjetividad, de todo investigador, o escritor, como una de las principales dificultades para llegar a cualquier conclusión verídica y compartida.

 

Por ello proponen diversas medidas que, aplicándolas a la investigación en cuestión, asegurarían una mayor objetividad; que difícilmente podría darse entre los afectados de manera directa por el fenómeno o la situación  de que se trate.

 

Acaso por ello, cuando tratamos de desentrañar las claves de una noticia, si seguimos tales premisas de manera absoluta, podemos caer en un problematicismo metódico que cuestione por completo nuestra elemental objetividad, empujándonos hacia un relativismo que impide afirmar con convicción cualquier proposición.

 

Para evitarlo, los seguidores de dicho método propugnan, entre otras normas, que el investigador no se encuentre implicado directamente en un fenómeno dado: ser observadores externos, ajenos, fríos y, si puede ser, indiferentes. De esta manera, si bien venimos afirmando en nuestro caso, y con convicción, determinados análisis y juicios de valor ante la mal llamada «tregua» de ETA –no en vano se trata únicamente de la suspensión temporal de una parte de sus actividades terroristas-, es juicioso preguntarse si, tal vez, la pasión nos ciega y la subjetividad propia de nuestra innegable implicación personal, nos determinan indefectiblemente. Pero ello, sin llegar hasta el extremo de la duda total: estéril, por definición.

 

Por ello, hemos querido escuchar lo que opina Mario Mauro, vicepresidente del Parlamento Europeo -en una entrevista realizada por Fernando Toda para el semanario ALBA (Nº. 79, 7 al 13 de abril de 2006) con motivo de su presencia en la Convención Católicos y Vida Pública recientemente celebrada en Barcelona- en torno a esta cuestión. Lo reproducimos literalmente.

 

«Pregunta: En España hay una gran expectación ante el anuncio de la tregua de ETA. ¿Cómo ha vivido Europa el comunicado de la banda terrorista?

 

Respuesta: Con mucha prudencia. Esta acción aparentemente unilateral no dice nada sobre cambiar su estrategia en relación al futuro del País Vasco. Además, existe el temor de que sea un instrumento táctico para imponer el control sobre la sociedad. También se tiene preocupación porque ETA no ha renunciado a nada ni ha pedido perdón. Y existe cierta perplejidad, porque España ha hecho ver a Europa que ETA no es más que un grupo terrorista, pero ahora se habla de político».

 

Imparcial, ajeno, sin implicación personal en el «conflicto»…, pero contundente, conciso y particularmente clarividente.

 

No podríamos haberlo resumido y expresado mejor. Para nuestra satisfacción como analista. Para nuestra intranquilidad como ciudadano.

 

Página Digital, 11 de abril de 2006

Terrorismo y totalitarismos

Los orígenes del totalitarismo.
Hannah Arendt, en su fundamental libro Los orígenes del totalitarismo (Taurus, Madrid, 1974), realiza un esfuerzo sin precedentes para la comprensión, descripción y análisis de la verdadera naturaleza del totalitarismo; un fenómeno específico del siglo XX que encontramos en la base de las mayores sangrías padecidas por la humanidad. Afirma, en su página 564, que «Si la legalidad es la esencia del gobierno no tiránico y la ilegalidad es la esencia de la tiranía, entonces el terror es la esencia de la dominación totalitaria». Un terror absoluto que de medio instrumental deviene en fin por encima de leyes y principios de todo tipo, hasta el punto de que, según señala unas líneas más adelante, «“culpable” es quien se alza en el camino del proceso natural o histórico que ha formulado ya un juicio sobre las “razas inferiores”, sobre los “individuos incapaces de vivir”, sobre las “clases moribundas y los pueblos decadentes”».
            Existe, pues, una evidente conexión entre terror y totalitarismo. Pero, ¿qué entendemos por totalitarismo?
Se considera, generalmente, que el totalitarismo se caracteriza por divinizar al Estado absoluto, de modo que éste exige la total subordinación de los grupos sociales y de la misma conciencia de todos y cada uno de los individuos a sus dictados políticos y culturales, sirviéndose para ello del empleo sistemático de la violencia. Conforme esta concepción, el Estado se atribuye un poder ilimitado, prescindiendo de los derechos fundamentales del hombre, y sin reconocer la división de poderes. Partiendo de una concepción que prescinde por completo de la persona, prima a la voluntad y el poder, por encima de la razón y la libertad. También le caracterizarían el empleo demagógico de la propaganda, la movilización de las masas encuadradas por un rígido partido único, y el rechazo de toda moral precedente.
Su método pasa, por lo tanto, por la dominación total de las personas, de modo que, tal y como describe Arendt en la página 554, «El totalitarismo busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos. El poder total sólo puede ser logrado y salvaguardado en un mundo de reflejos condicionados, de marionetas sin el más ligero rasgo de espontaneidad. Precisamente porque los recursos del hombre son tan grandes puede ser completamente dominado sólo cuando se convierte en un espécimen de la especie animal hombre».
            Todo totalitarismo se sustenta en una ideología que absolutiza una «idea» desde la que desarrolla una cierta racionalidad, ya sea por el método deductivo o por el dialéctico.
            Sus expresiones más conocidas y depuradas han sido, sin duda, los regímenes marxistas implantados a lo largo del siglo XX, que llegaron a sumar a un tercio de toda la población mundial, y el nacional-socialista alemán. Todos ellos llevaron hasta las últimas consecuencias las exigencias de sus respectivas ideologías, desatando los genocidios más brutales que jamás haya conocido la humanidad. Ambos regímenes sacrificaron a millones de personas en aras de un futuro ideal, tal y como lo concebían a la luz de sus dogmas políticos y unas supuestas leyes que regularían el devenir de la Historia y de la Naturaleza; pues ambas coincidirían. Así, en nombre de la clase social o de la raza implantaron un régimen de terror que alcanzó a todas las expresiones de la vida pública y privada, de modo que bien pueden calificarse como regímenes terroristas en gran escala. La violencia se constituyó, de esta manera, en la base y razón de ser de tales «experimentos sociales».
Pero, además de tales experimentos concretos, existiría una tentación totalitaria en toda ideología, caso de propugnar la asunción de la sociedad entera por el Estado, sacrificando toda razón a la «razón de Estado».
           
Totalitarismo y terrorismo.
            La inmensa mayoría de los grupos terroristas han compartido -o comparten- ideologías totalitarias. Y si la extensión del terror es su instrumento fundamental -y su razón de ser como medio para alcanzar sus objetivos políticos mediante el control progresivo de las personas- así prefiguran, desde sus inicios, la tentación totalitaria que en mayor escala han desplegado los regímenes políticos mencionados; modelo ideal al que imitar o superar.
            El terror desatado por los grupos terroristas y el terror desplegado por los regímenes totalitarios comparten diversas características (voluntad de dominación psicológica de las masas, método de control social, suprema ley justificativa de su existencia); no en vano asumen las mismas premisas ideológicas e idénticos objetivos últimos. Por ello, la práctica totalidad de los grupos terroristas, fue alimentada por alguna de las grandes ideologías totalitarias del siglo XX o, desde la irrupción del yihadismo, por una arbitraria interpretación pseudoteológica y totalitaria del islam.
            La mencionada autora también establece la conexión directa entre terrorismo y totalitarismo en su página 414 al afirmar que: «El activismo declarado de los movimientos totalitarios, su preferencia por el terrorismo sobre todas las demás formas de actividad política atrajeron al mismo tiempo a la élite intelectual y al populacho, precisamente porque este terrorismo era tan profundamente diferente del de las primeras sociedades revolucionarias. Ya no se trataba de una cuestión de política calculada que viera en los actos terroristas el único medio de eliminar a ciertas personalidades relevantes, quienes por obra de su política o de su posición, se habían convertido en el símbolo de la opresión. Lo que resultaba tan atractivo era que el terrorismo se había convertido en una clase de filosofía a través de la cual se podía expresar el resentimiento, la frustración y el odio ciego, en un tipo de expresionismo político que recurría a las bombas para manifestarse, que observaba con placer la publicidad otorgada a los hechos resonantes y que estaba absolutamente dispuesto a pagar el precio de la vida por haber logrado obligar al reconocimiento de la existencia propia sobre los estratos normales de la sociedad».
            Ideología orientada al totalitarismo, búsqueda de publicidad mediante el empleo del terror, extensión del odio y del temor… la esencia del terrorismo.

 

Para defenderse de los totalitarismos.
Conviene, pensamos, extraer algunas conclusiones y enseñanzas para el futuro.
1ª. Toda ideología totalitaria constituye un grave riesgo para cualquier colectividad: su percepción falseada y reinterpretativa de la realidad entraña enormes riesgos para la salud moral de sus seguidores y para la vida de sus oponentes.
2ª. Del análisis de diversas experiencias que, desde presupuestos totalitarios incurrieron en prácticas terroristas o en otras modalidades de atentados contra los derechos humanos, consideramos que el mejor antídoto preventivo es la existencia de una sociedad civil viva, creativa, consciente de su potencial, orgullosa de su tradición y realista en el diagnóstico de la realidad.
3ª. Debemos insistir en las posibilidades reales de cambio antropológico de la propaganda masiva de una ideología totalitaria; aunque revista apariencias moderadas, aceptables y pseudodemocráticas.
Acaso la última afirmación resulte chocante y aparentemente contradictoria. Pero no son pocos los que se plantean tal posibilidad. Es el caso del intelectual francés Alain de Benosit, quien en su último libro publicado en España se interroga si no serían posibles otras expresiones totalitarias diferentes a las ya conocidas. Si ya Ernst Nolte adivinara un «liberalismo totalitario», Alain de Benoist le descubre algunos rasgos de su presumible rostro en la página 153 de su ensayo Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX. 1917-1989 (Ediciones Áltera, Barcelona, 2005, 187 páginas): «naturaleza intrínsecamente prometeica de la actividad científica, automatización de la técnica (“todo lo que puede ser hecho técnicamente lo será prácticamente”), aceleración de la concentración industrial y constitución de monopolios, uniformización de las costumbres y orientación cada vez más conformista de los pensamientos, anomia social derivada de la paradójica conjunción del individualismo y el anonimato masivo, extensión de la “arbitrariedad cultural” que condiciona la socialización de los individuos a través de los medios de comunicación».
Tales características podemos encontrarlas en España. Nuestra sociedad, atomizada por un individualismo impulsado desde las factorías mediáticas e intelectuales de los emergentes poderes reales, se encuentra anestesiada y neutralizada ante modelos sociales que, aparentemente libertarios, arrastran a las mujeres y hombres de hoy hacia un pensamiento único cuya consecuencia es la pérdida de raíces, la ausencia del sentido de pertenencia y de la propia libertad individual y social. En este contexto, hechos muy concretos fruto de políticas concretas, caso del programa secesionista de determinadas regiones puesto en marcha, la progresiva eliminación de la libertad de educación, la imposición de un «pensamiento políticamente» correcto desde la escuela, la trivialización de la vida humana en su inicio y término, y la desarticulación de la vida familiar en beneficio de su modelos aberrantes, responden a impulsos de matriz totalitaria. En esta situación, únicamente desde la fidelidad a la propia tradición es posible afrontar los retos de la vida cotidiana, de la posmodernidad, de la globalización, y de la política real.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103, marzo de 2006.

 

Los españoles de Stalin.

Los españoles de Stalin.
Belacqva, Barcelona, 448 páginas, 2005.
Daniel Arasa.

 

La metodología de un historiador, que recurre particularmente a fuentes orales, y la agilidad propia de un experimentado periodista, sumadas, han generado un libro, especialmente recomendable, fruto de la pluma de Daniel Arasa; quien lleva camino de convertirse en el mejor conocedor de la plural y casi universal presencia española en diversos y muy alejados escenarios de la Segunda Guerra mundial.
Las casi 450 páginas de este texto nos trasladan al, seguramente, más cruel frente de aquel conflicto: el inmenso territorio de la entonces Unión Soviética. Por ello, el subtítulo escogido, tal vez por impulsos comerciales, La historia de los españoles que sirvieron al comunismo durante la Segunda Guerra mundial, puede inducir a cierta confusión; ya que el lector no encontrará aquí a los que igualmente sirvieron a las consignas del Partido Comunista de España -es decir, la sucursal española del estalinismo- en otros escenarios de la contienda. Recordemos, así, su decisivo papel en el seno de la resistencia francesa.
El autor afina mucho sus datos. Fueron 749 los españoles encuadrados en diversas unidades del Ejército Rojo, que pronto se denominaría Ejército Soviético, procedentes de los diversos colectivos entonces presentes en el más extenso país del mundo: niños de la guerra, dirigentes comunistas, aviadores en formación, marinos en tránsito, y algunos exiliados por razones ideológicas. Una buena parte de ellos ingresaría en unidades del NKVD; maniobra cuya finalidad última era resguardar sus vidas y preservarlos -no llegaron a combatir- para el futuro que Stalin y los máximos dirigentes del PCE les habían reservado en España una vez finalizara el conflicto mundial. Pero otros contingentes no gozaron de análoga suerte. Es más, quienes lo hicieron dentro de las poderosas unidades guerrilleras soviéticas, en la retaguardia invasora, sufrieron enormes pérdidas cifradas en un 30 o 40 por ciento de muertes. Y ello sin contar a los jóvenes españoles movilizados en el cerco de Leningrado, fallecidos en su inmensa mayoría.
Todos estos españoles pidieron, desde el primer momento y en masa, un puesto en primera línea de combate. Movidos por sus ideales comunistas, no podían menos que manifestar así su agradecimiento al Estado soviético que les había ayudado durante la Guerra Civil, acogiéndoles posteriormente una vez derrotados. Además, no lo olvidemos, y salvo Mongolia Exterior, la Unión Soviética era el único país donde el comunismo se había implantado; por lo que era obligado defender a la Patria del proletariado. Incluso algunos buscarían desquitarse de la reciente derrota sufrida en su patria natal; no obstante, Stalin jamás permitió que, con ocasión de la presencia de la División Azul entre los invasores, se reprodujera una escenario -a escala- de la pasada guerra civil española.
Daniel Arasa, al igual que en otros de sus libros, nos enmarca magníficamente las peripecias padecidas por estos españoles en el contexto histórico mundial, a la vez que lo hace –igualmente- en la situación interna de la dirección comunista española resultante de la prematura muerte de José Díaz y la rivalidad por el liderazgo existente entre Jesús Hernández y Dolores Ibárruri, Pasionaria, quien ofrendaría con la vida de su hijo Rubén Ruiz Ibárruri, entregada en el frente de Stalingrado el 3 de septiembre de 1942, su fidelidad a Stalin. Pero el autor también entra en esas historias que casi nunca cuentan; como las de aquellos niños que, para sobrevivir, derivaron a la delincuencia, o en las de quienes fueron dispersados por Siberia y Asia central soviética.
El autor tiene la capacidad de presentar un relato detallado y muy preciso, fresco y vivaz; pero también inequívocamente crítico con diversas expresiones del totalitarismo sufrido por millones de personas de tantas nacionalidades y que llevó, igualmente, a algunos españoles, comunistas convencidos, a los campos de concentración soviéticos sin motivo aparente. Tampoco escaparon, pues, de una de las más sorprendentes expresiones de un terrorismo estalinista que, además de perseguir a sus enemigos, también anulaba, con peregrinas excusas, a muchos de sus incondicionales. Por cierto, en tales campos coincidirían con la inmensa mayoría de los desertores de la División Azul, unos 70; compartiendo, inexplicablemente, reclusión y padecimientos durante una década en un lastimoso y asombroso periplo por la más triste geografía soviética.
Daniel Arasa, en este texto, desarrolla otra virtud: su constatada capacidad de extraer lo más positivo de los seres humanos; sin que por ello ignore sus miserias, contradicciones y graves errores de todo tipo. Por ello, las últimas líneas del libro comentado reflejan magníficamente tal espíritu. Después de recordar que las intensas experiencias vividas en la Unión Soviética reforzaron los ideales comunistas de algunos de esos españoles y, por el contrario, para otros acarrearon su decepción más absoluta, finaliza afirmando que «Sin embargo, unos y otros –y a ellos se suman los que combatieron en las filas del otro bando, la División Azul- coinciden en un punto: el pueblo de los países que formaban la URSS es una gente maravilosa por su bondad, su sencillez y su generosidad».

 

 

Altar Mayor, Nº 106, marzo-abril de 2006

La Iglesia católica y el terrorismo.

La Iglesia católica ha mantenida siempre la misma postura ante toda manifestación de terrorismo, independientemente de las justificaciones política alegadas.
«No se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa plaga del mundo actual: el fenómeno del terrorismo, entendido como propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de terror e inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se aduce como motivación de esta acción inhumana cualquier ideología o la creación de una sociedad mejor, los actos del terrorismo nunca son justificables». Este contundente y claro párrafo fue redactado por Juan Pablo II en su carta encíclica Sollicitudo Rei Socialis, de 1997, recogiendo el mismo criterio unánime que manifestó en numerosas ocasiones: recepciones a diplomáticos, visitas pastorales, documentos de todo tipo...
Pero, antes de profundizar en el criterio católico, podemos preguntarnos, ¿acaso tiene alguna relevancia hoy el juicio de la Iglesia en torno al terrorismo? Lo tiene y por varias razones: por seguir manteniendo, pese a haberse reducido considerablemente, cierta capacidad de influencia social y en la educación de numerosas conciencias individuales; por tratarse de una de las identidades colectivas más vivas que existe en España y en buena parte del mundo; por conservar una notable ascendencia moral también sobre personas y pueblos que no son católicos; por mantener un criterio unánime, destilado en una experiencia de dos mil años, que no se pliega a las modas dominantes; y, especialmente, por proponer un juicio moral global al terrorismo, en una época en que la propia moral es cuestionada en su misma existencia y aplicaciones prácticas.
Pocas instituciones humanas, en todo el mundo, mantiene un criterio, adaptado a las circunstancias y lugares concretos, tan unánime y elaborado en torno al terrorismo; incluso cuando le ha llevado a serios desencuentros con algunos sectores proclives al terrorismo procedentes de pueblos católicos. Pensamos en su radical condena del terrorismo en Irlanda del Norte cuando una organización, que gozaba y goza de bastante apoyo social, se arrogaba la representatividad y defensa de la población católica. Por otra parte, recordemos cómo numerosas organizaciones cívicas de todo el mundo se han constituido en defensa de los derechos humanos y de las víctimas del terrorismo y otras expresiones de la violencia política, desde ambientes católicos, pagando en muchas ocasiones un alto tributo en sangre por ello.
Este juicio, firme y sin ambigüedades, si bien han existido excepciones inevitables en un cuerpo social tan numeroso como plural en sus expresiones y contextos, es paralelo y coherente con su histórica condena al fenómeno del totalitarismo; no olvidemos la estrecha ligazón existente entre ambos. En 1931, Pío XI denuncia al fascismo italiano en Non abbiamo bissogno. En 1937 denuncia por medio de su encíclica Mit Brennender Sorge al nacionalsocialismo alemán. También condenará al comunismo en su encíclica Divini Redemptoris.
En España, durante unos años alcanzó cierta polémica la postura de la Iglesia católica al respecto, juzgada desde algunos sectores como poco decidida y ambigua, especialmente con motivo de su posición ante el llamado Pacto antiterrorista. Así, el vicepresidente primero del Gobierno en febrero de 2001 acusaba expresamente a la Iglesia de mirar hacia otro lado; lo que se sumaba a las críticas que se vertían desde hacía años contra la misma Iglesia vasca, marcada por la orientación nacionalista de buena parte de su clero y nefasta burocracia eclesial. Al recordar esta polémica, no podemos menos que alegar un hecho: desde los primeros atentados terroristas, las declaraciones, posicionamientos, manifestaciones, etc., emitidas con claridad y contundencia por la Iglesia, suman cientos de páginas. A José Francisco Serrano Oceja corresponde el mérito de haber compilado los textos más significativos, en la línea anterior, produciendo el voluminoso libro La Iglesia frente al terrorismo de ETA (BAC, Madrid, 2001). Pocas instituciones españoles, públicas o privadas, pueden presentar ante la sociedad española un repertorio tan completo, sistemático y puntual que avale una postura firme y coherente durante todas estas décadas.
No obstante, la Conferencia Episcopal se manifestó al respecto con un documento excepcional, seguramente uno de los más importantes que nunca haya elaborado: la Instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias (fechada el 22 de noviembre de 2002 con motivo de la LXXIX Asamblea Plenaria de la misma).
Se trata de un documento relativamente breve pero por completo recomendable: tanto para los creyentes, como para cualquier persona de buena fe. Allí se analiza y enjuicia al terrorismo globalmente y desde una perspectiva moral. Denso, sistemático, claro, riguroso. El texto, no obstante sus indudables méritos, pasó sin pena ni gloria. Hubiera sido deseable haberlo afrontado desde una postura analítica pluridisciplinar y desde diversos ámbitos sociales españoles no confesionales; en realidad, era una auténtica invitación al diálogo, al debate y a la búsqueda colectiva de soluciones. Pero, ya fuera por prejuicios ideológicos, falta de rigor o por apremios políticos e intelectuales más inmediatos, ciertamente se trata de un documento casi olvidado. Pero la responsabilidad no hay que buscarla únicamente fuera de la Iglesia. No en vano, ¿qué acogida se le ha dispensado en la propia Iglesia?, ¿se ha estudiado, debatido, difundido...?
En la primavera de 2005 vio la luz la obra colectiva titulada Terrorismo y nacionalismo. Comentario a la Instrucción pastoral «Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias» (BAC, Madrid, 2005).  Se trata de un estudio sistemático de la citada Instrucción pastoral efectuado por diez hombres y mujeres de la Iglesia española, intelectuales de primera fila, que, analizando la restante producción editorial español sobre el terrorismo, supone la aportación intelectual más compleja que se ha realizado durante décadas. Esperemos que disfrute de mejor suerte que el texto que lo originó.
Pero, después de estas reflexiones en torno a la oportunidad y pertinencia del texto en cuestión, destacaremos sumariamente algunos aspectos del mismo.
Estructurado en 44 breves puntos, califica al terrorismo como forma específica de violencia armada. Establece la pertinencia de un juicio de esta materia, que no es otro que el terror criminal ideológico. Lo califica, posteriormente, como «intrínsecamente perverso y nunca justificable», definiéndolo igualmente como una «estructura de pecado». Denuncia los dos efectos más importantes del terrorismo: el intento de extensión sistemática del odio y el miedo. Denuncia como inmoral «toda forma de colaboración» con el terrorismo. Juzga al nacionalismo totalitario como la matriz del terrorismo de ETA, determinando qué peligros concretos supone para la convivencia española. En el punto 29, al nacionalismo que pretende en todo caso la independencia por encima de todo se equipara, en el caso de las personas, a un «individualismo insolidario». Así, afirma que «La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no en el de una secesión»; coincidiendo de esta manera con la doctrina emanada por el Derecho Internacional y Naciones Unidas al respecto.
Por último, la Iglesia se propone, dentro de un abanico de medidas tendentes a la conquista de la paz y de reflexiones específicamente religiosas, como instrumento de conversión para los terroristas y de acompañamiento de sus víctimas.
Hemos visto, por tanto, que la Iglesia católica ha condenado y condena con rotundidad y sin excepciones al terrorismo, enjuiciándolo como un conjunto de actos perversos y profundamente inmorales perpetrados contra el ser humano, su dignidad, su integridad y su vida; pero también contra la sociedad en su conjunto.
Las manifestaciones efectuadas en ese sentido por Juan Pablo II y Benedicto XVI en las últimas décadas, y en foros muy distintos, han sido innumerables. No es una casualidad que a la muerte del primero de ellos, católicos y no católicos, creyentes de todas las religiones, agnósticos y ateos, hayan coincidido en que fue uno de los mayores promotores de la paz a la vez que denunciaba la inmensa injusticia de cualquier manifestación de terrorismo, independientemente de la causa que alegue defender. Pero ese concepto de paz no se entiende como algo vacío de significado o una meta a alcanzar a cualquier precio. Los derechos humanos serían la otra cara de la paz, entendiéndola como la paz derivada de la justicia, la verdad, el amor a los demás, el apoyo a las víctimas, la búsqueda del bien común y la equidad en las relaciones internacionales.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103, marzo de 2006.

Apuntes para una historia de Foro El Salvador.

Un parto doloroso y tardío.
            El de Foro El Salvador no fue un parto sencillo. Por una parte, llegó algo tarde. Por otra, fue doloroso. Pero difícilmente podría haber sido de otra manera. Llegó tarde, pues entrada en años y con malas rutinas vivía su madre: una Iglesia local vampirizada por el nacionalismo, esclerotizada y envejecida, que pocas facilidades, por no decir ninguna, había dado a las nuevas expresiones de la creatividad católica universal encarnada en los llamados «nuevos movimientos eclesiales». Y fue doloroso, como correspondía a su estado biológico. De modo que, cuando el 10 de junio de 1999 en el hotel Ercilla de San Sebastián tuvo lugar la presentación pública del Foro, su nacimiento fue recibido, a partes iguales, con nuestras de escepticismo o de frialdad… que tornaron rápidamente en general indiferencia, cuando no en abierta hostilidad. Pero esas escasamente deseables muestras de desafecto expresadas ante la nueva criatura no se manifestaron únicamente entre padres y hermanos, sino que los primos, tíos y vecinos, miraron hacia otro lado; como si el evento no fuera con ellos y la criatura no entrara con todos los honores dentro de la familia… o de sus planes.
De su fundacional «Manifiesto por la verdad, la justicia y el perdón en Euskadi», hecho público aquel 10 de junio de 1999, recordaremos unos pocos párrafos en los que se calificaba, ya inicialmente, como «alarmante y escandaloso el amedrentamiento al que han sido y son sometidos aún los ciudadanos no nacionalistas en el País Vasco; las agresiones y amenazas que les impiden presentar en libertad y en igualdad de condiciones su opción política en las elecciones». Rechazaban, en consecuencia, «incluir en una lista electoral a presuntos asesinos que se vanaglorian de tal condición y la hacen valer como seña de identidad ideológica». Aseguraban que «ETA debe disolverse y entregar las armas sin reclamar contrapartidas políticas que no son acordes con la democracia ni con el verdadero espíritu de la Iglesia, que prohíbe matar y que añade la ley del amor a las leyes de los hombres». No aceptaban un proyecto de construcción nacional que se «cimienta sobre las bases etnoculturales y que genera necesariamente procesos de exclusión incompatibles con el respeto a los derechos y libertades de todos los ciudadanos». Por todo ello, «La paz no puede llegar de la mano del chantaje político ni del empecinamiento en una violencia ideológica que ratifique y reemplace a la violencia armada; ni del olvido, la injusticia o la mentira» Y se adoptaba ese nombre al considerar como válida «la experiencia de reconciliación vivida tras la guerra de El Salvador así como el programa de acción marcado por Francisco Estrada, rector de la UCA desde 1989, después del asesinato de los jesuitas, y resumido por el sacerdote José María Tojeira en tres palabras fundamentales e indisolubles: verdad, justicia y perdón». Después de rechazar tanto los crímenes del GAL como los de ETA, valoraban como «descomunal» el esfuerzo de sus víctimas para las que proponía precisas medidas de acompañamiento y reconocimiento. Se realizaban algunas consideraciones, todavía vigentes, en torno al perdón y la generosidad y, por último, en su punto noveno, manifestaban su alarma ante «la grave hegemonía del nacionalismo en la Iglesia vasca y el uso perverso que hoy se hace de la doctrina de la caridad y del perdón para amparar al nacionalismo de ETA y a sus cómplices políticos. Lamentamos lo desatendidos que hoy se encuentran por nuestra Iglesia los fieles que no son de ideología nacionalista y las propias víctimas del terrorismo…». Releyéndolo… ¿no lo encontramos totalmente vigente?

 

Lógicas reacciones.
            De manera inmediata, algunos de los supuestos firmantes rechazaron haber apoyado el manifiesto. Además, se acusó a sus promotores de romper la unidad eclesial, de actuar movidos por intereses políticos, de rebeldía y soberbia… Todo un repertorio característico de lo «clericalmente correcto», dentro del País Vasco, pero, curiosamente, también al sur del río Ebro.
            Objetivamente analizadas las circunstanciasen en que el evento se produjo, pensamos que no podía haber sucedido de manera distinta: ni el propio nacimiento, ni tales reacciones.
            La Iglesia vasca venía sufriendo un largo proceso de esclerotización y de envejecimiento, que la burocracia clerical, y la autodenominada laica progresista, no podían frenar a pesar de servirse de buenos medios: una tupida red de centros, órdenes religiosas todavía muy presentes en casi todo el territorio vasco, programas, comisiones, subcomisiones y comités de subcomisiones. Mientras tanto, la sociedad marchaba en otras direcciones: hacia el nacionalismo etnicista radical, de carácter explícitamente pagano y anticristiano; o abocado al consumismo de la globalización y la uniformización cultural de unos valores reducidos a su mínima expresión. ¿Podría haber actuado de otra manera? Acaso pudo: dando entrada a las nuevas realidades eclesiales; abriéndose a la feligresía mayoritariamente no nacionalista; etc. Pero, ciertamente, no lo hizo. Y el divorcio Iglesia/sociedad se aceleró y acentuó como en pocos otros espacios del Estado español.
            Con todo, la criatura vino al mundo con un rostro muy definido: el proporcionado por el jesuita Antonio Beristain Ipiña (pionero de la Victimología y la Criminología y activista por los derechos humanos); Fernando García de Cortázar (jesuita, historiador de enorme prestigio y uno de los mayores intelectuales españoles); y José Luis Orella (laico de denominación de origen Navarra, crianza vizcaína), también historiador. Cuarentas firmas más respaldaban el manifiesto fundacional en representación de medio millar de católicos «de la base». Y, poco después, un cura rural, Jaime Larrínaga, presidente del Foro, protagonizaría una epopeya que mostraría, a una sociedad adormecida y a una Iglesia que no quería mirar ciertas realidades, su auténtica crudeza, sin atenuantes ni justificaciones.
            No obstante, esa extrañeza, en buena medida, se fue limando. Y a ello contribuyeron diversos gestos, pronunciamientos y actitudes manidestadas entre los diversos interlocutores eclesiales y sociales; y, acaso, algunos posicionamientos del mismo Foro en apoyo de concretas manifestaciones de jerarquías de la Iglesia española; expresión de su plena comunión católica. Así, el 23 de noviembre de 2003 expresó su apoyo a las críticas que el entonces presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio María Rouco, dirigió al llamado plan Ibarretxe. El portavoz del Foro se manifestó, después de que el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, se desvinculara de la oposición de Rouco al proyecto soberanista del lendakari, calificándola como «postura personal». El Foro manifestó su discrepancia respecto a las declaraciones de Uriarte y sostuvo que Rouco «no puede pedir el voto para un partido», pero sí «dar sus razonamientos como presidente de la Conferencia Episcopal». El portavoz añadió que en su colectivo estaban «muy identificados» con las palabras de Rouco, porque en su trayectoria ha demostrado tener «clarividencia» y, además, «puede hablar con más libertad que los obispos vascos». Y no fue la única muestra de sincero apoyo.
            Como prueba de esa progresiva recepción, recordemos, a título de ejemplo, la sesión celebrada el 14 de marzo de 2005 titulada ¿La unidad de España, en cuestión? organizada por la histórica y revitalizada Asociación Católica de Propagandistas en Madrid. En el encuentro, moderado por Ezequiel Puig-Maestro Amado, participaron como ponentes Jaime Larrinaga, como presidente del Foro El Salvador, María Teresa Compte, doctora en Ciencias Políticas y Sociología; y Pedro Fernández Barbadillo, profesor del Instituto de Humanidades del CEU y periodista. Un ejemplo de pluralidad en la comunión, reconocimiento y hermandad.

 

Naturaleza del Foro.
            Foro El Salvador nació con una marcada característica: la de ser un Foro, un espacio de libertad, un ámbito informal de encuentro de diversas personas y colectivos movidos por el único ideal que merecía la pena; el evangélico, y sin otros aditamentos. No cuajó, pues tampoco se lo propuso nunca, un movimiento férreo, militante, réplica acaso de los habituales en este territorio, sean del color que fueren. Ahí está su debilidad… pero también su riqueza. Marginados de las estructuras diocesanas y parroquiales, sus mensajes y manifiestos llegaban a la clerecía no nacionalista nítidamente y sin adornos. Ésa es una de las grandes paradojas de esta Iglesia local: las estructuras burocráticas han envejecido, a la vez que crecían, separándose más y más de unos fieles cada vez más ajenos al nacionalismo. No en vano, el nacionalismo más dinámico se ha despegado de sus remotos orígenes cristianos para navegar por nuevas y frescas corrientes ideológicas completamente ajenas al espíritu evangélico: marxismo, ecologismo radical, ultrafeminismo, contracultura… Sin duda la Iglesia vasca está cambiando… y más que cambiará. La biología así lo impone.
            Foro El Salvador tenía que nacer, pues al menos un hijo de la Iglesia local tenía que salvar el honor de casi toda una generación de la familia que había acampado por otros territorios, alejándose de sus orígenes: universalidad, amor a los semejantes, crítica de las ideologías, propuesta de un Jesucristo Encarnado y concreto… Su vida, empero, no podía ser fácil. Y sigue sin serlo. Pero las fuerzas biológicas y espirituales que lo engendraron siguen presentes. Su papel, acaso, sea el de dar el relevo, junto a las demás manifestaciones vivas, a otras realidades eclesiales que encarnen a la Iglesia vasca del futuro. En cualquier caso, sigue vivo y con su misma capacidad de crítica, propuesta para la convivencia.
            Su historia no puede deslindarse de las peripecias personales de sus impulsores. Pero tampoco puede confundirse con ellas; pues son muchos los católicos vascos –y de otras regiones españolas- que han encontrado en este Foro un espacio donde reconocerse y seguir ocupando su lugar en la Iglesia universal.

 

Vivir peligrosamente, vivir en el Foro.
            La mayor de todas esas aventuras, acaso, sea la sufrida por su presidente, Jaime Larrínaga. La «carga del cargo», que diría algún castizo. Un sacerdote rural, entregado a sus feligreses, antiguo docente, deportista… un «cura moderno», diríamos con un lenguaje algo trasnochado. El 3 de agosto de 2003 oficiaba por última vez en la que fue durante treinta y cuatro años su parroquia: Maruri. Desde hacía unos meses, Maruri, localidad prácticamente desconocida en el resto de España, formaba parte de las primeras planas de los periódicos y de las cabeceras de los noticiarios. El posicionamiento total que mantenía públicamente su párroco con las tesis de Foro El Salvador, que en realidad venía manteniendo desde siempre, le acarreó una campaña de acoso y derribo por parte de los nacionalistas del pueblo... y del resto de Euskadi. Era todo un espectáculo ver en sus misas dominicales a ateos y agnósticos que asistían a las mismas en solidaridad ante sus crecientes dificultades. Sí era, aquello, ecumenismo y diálogo, pero del de verdad. Finalmente tuvo que marchar, al igual que otros muchos vascos. Pero no por ello ha permanecido alejado de la problemática de su tierra, pregonando sus razones por toda España y en cuantos foros se le ha llamado: centros culturales, partidos políticos, universidades de verano, parroquias…
            Pero esa vida es inimaginable sin el apoyo concreto a las víctimas del terrorismo en sus circunstancias. Recordemos, así, como en enero de 2003, el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, no facilitó la celebración de una misa en homenaje al edil Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA en 1995. La familia de Gregorio acudió a Uriarte ante las reiteradas negativas de los párrocos consultados. No obstante, según denunció su hermana Consuelo, el obispo le comunicó que «los criterios» de la iglesia respecto a las misas íntimas «seguían igual». Por ello, la familia Ordóñez realizó un acto sencillo en el cementerio de Polloe de San Sebastián para rezar una oración en su recuerdo, acompañados, además de otros ciudadanos anónimos, por el miembro de Foro El Salvador, Antonio Beristain, Rubén Múgica, hijo del socialista Fernando Múgica, también asesinado por ETA, concejales del Partido Popular en el Ayuntamiento de San Sebastián y el diputado del mismo partido, Gonzalo  Quiroga.


Un Foro dialogante que propone.
            Foro El Salvador se relacionó, desde sus inicios, con el nuevo movimiento cívico vasco: asociaciones de víctimas, fundaciones, foros, grupos activistas… Y encontró pleno apoyo en algunas entidades, caso del juvenil Foro Arbil y los impulsores de la navarra Fundación Leyre.
            Su vocación pasa por formar parte de una «red de redes». Por ello, participó en diversas plataformas. Así, se integró en la primavera de 2001 en la Plataforma Libertad, formada también por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, el Foro de Ermua, la Asociación por la Tolerancia de Cataluña y el Movimiento contra la Intolerancia. Asimismo, esa Plataforma Libertad formó parte, junto al Foro de Nápoles y al de Viena, de la Plataforma de la Libertad Continental, un organismo de carácter europeo que buscaba «reivindicar espacios de libertad y terminar con la xenofobia y los totalitarismos como el que trata de imponer ETA». Una de sus primeras decisiones fue su petición, realizada a los ciudadanos vascos, para votar a los partidos «que se han dado en llamar constitucionalistas», así como a que secunden la marcha que en «defensa de la libertad» se convocó, por entonces, en Vitoria.
La Plataforma por la Libertad de los Europeos fue otra entidad promovida por el Foro Arbil y por personalidades de reconocido prestigio y entidades de gran relevancia cívica, como Foro El Salvador. Hizo público un Manifiesto por una legislación europea que respetara la dignidad de las personas promoviendo la regeneración social. A su juicio, «el Tratado de la Constitución europea debería reconocer un mínimo de derechos». Proponía una adhesión a la defensa positiva de mínimos para la convivencia, con independencia de las convicciones políticas o religiosas personales. En diez puntos muy concretos pedía: una garantía real y efectiva de la lucha contra el terrorismo, la defensa de los derechos básicos, empezando por el derecho a la vida, el respeto a la fe y el derecho de los padres a educar a sus hijos en sus credos y valores, la educación en la verdad histórica y en el amor a España, la moralidad en el ejercicio de la política, el derecho a la información y el bien común como meta social, con el amor y la justicia como claves para la convivencia. Por último, consideraba negativa para la construcción de Europa cualquier legislación ajena a tales fines, como era el caso de la propuesta de contenidos del Tratado de Constitución europea sometido en referéndum en España el 20 de febrero de 2005.

 

¿Una voz en el desierto?
Sus manifiestos, difundidos y elaborados con ocasión de determinados eventos, fueron una de sus expresiones públicas más conocidas. A lo que acompañaron las numerosas declaraciones de su portavoz, presidente y miembros más destacados a requerimientos de los medios de comunicación.
Así, además del ya mencionado manifiesto fundacional hecho público el 10 de junio de 1999, destacaremos, entre otros, el titulado «El Foro El Salvador, por la verdad, la justicia y el perdón en el País Vasco», elaborado para su entrega a Juan Pablo II en la primavera de 2001.
Le siguió «Por la convivencia en Euskadi», una respuesta, en buena medida, elaborada en el año 2002, al polémico documento «Preparar la Paz» de los obispos de las diócesis vascas; pronunciamiento que coincidió con la petición efectuada el 3 de junio por Monseñor José Manuel Estepa, a la Conferencia Episcopal, de una reunión extraordinaria de la Comisión Permanente para elaborar un comunicado más clarificador sobre dicha pastoral de los obispos vascos. «Debemos saber -dijo- que existe una importante parte del País Vasco que sufre y que tiene miedo, y a la que hay que respetar (…) No es suficiente la nota del Episcopado, hay que ser más claro», concluyó.
Recordemos, por último, la «Comunicación del Foro El Salvador» manifestada en el II Encuentro Cívico celebrado en Madrid, el 11 de diciembre de 2004, y que reunió a asociaciones y grupos de personas preocupadas por los problemas de la violencia política en España.

 

El Foro en la Universidad.
            Los medios universitarios vienen siendo otro espacio en el que Foro El Salvador ha encontrado buna acogida. Recordemos, a modo de ejemplo, algunas de tales ocasiones.
Los prestigiosos Congresos Católicos y Vida Pública, organizados en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid, también vienen acogiendo a diversos miembros y amigos de Foro El Salvador en sus encuentros anuales. Fue el caso del IV, denominado Desafíos globales: la Doctrina Social de la Iglesia hoy, celebrado los días 15,16 y 17 de noviembre de 2002. Así, el domingo 17 de, la mesa titulada «Paz, justicia y perdón», residida por Ramón Armengod, Embajador de España, acogió a Jaime Larrinaga, presidente de Foro El Salvador; Santiago Petchen; Catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid; y Jesús Romero Trillo, por la  prestigiosa Comunidad de San Egidio.
Casi un año después, Jaime Larrínaga participaba en el curso de verano Terrorismo: Nuevos retos y respuestas sociales, de la Universidad Complutense, dirigido por los catedráticos Mikel Buesa y Carlos Martínez Gorriarán, y que dedicó una sesión al tema «La iglesia española frente al terrorismo», junto a Rafael Aguirre, sacerdote y catedrático de Teología de la , el escritor y periodista Iñaki Ezkerra, y Antonio Beristáin, otro histórico de Foro El Salvador.
Universidad de Deusto
            En la Universidad San Pablo-CEU de Madrid, tuvo lugar en el Salón de Grados, un 25 de febrero de 2004, una mesa redonda titulada: Aralar, el rostro amable de la izquierda abertzale, en la que participaron José Luis Orella Martínez, Pascual Tamburri Bariain (profesor de historia, miembro del Consejo Político de UPN, analista de Elsemanaldigital.com)  y el escritor Fernando Vaquero.
La Universidad Cardenal Herrera-CEU organizó en marzo de 2005 unas Jornadas sobre Política, información y terrorismo, que contempló, entre otras actividades, una conferencia titulada: «Terrorismo de ayer, terrorismo de hoy. Del nacionalismo al independentismo», a cargo de José Luis Orella, como portavoz del Foro El Salvador.
Por último, mencionemos la mesa redonda celebrada el 10 de mayo de 2005, en el Aula de Grados de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, sobre el futuro del País Vasco en España en la que participaron el ya mencionado José Luis Orella, el Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Sevilla José Martín Ostos, Gary Bedell, ex diplomático y colaborador habitual de Carlos Herrera en Onda Cero, Antonio Rivero, Director de «La Casa del Libro» y Escritor, y el Doctor en economía de la Universidad de Sevilla, José Manuel Cansino. Fue organizado por Club Minuto Digital.

 

El Foro en la calle.
            Y ha participado en cuantas manifestaciones, concentraciones, encuentros cívicos, etc., han tenido lugar para mantener y extender una visión no nacionalista de la convivencia y de la política y en solidaridad con las víctimas del terrorismo. Ello no quiere decir, no obstante, que se propugne una opción política concreta, pues entre ellos encontramos desde entusiastas de una «derecha social» hasta convencidos socialdemócratas.
            Su presencia en concentraciones y manifestaciones callejeras de todo tipo, en diversas localidades vascas y del resto de España, ha sido, pues, constante en su devenir. Sería interminable citarlas con sus motivos y fechas. Por ello, únicamente, mencionaremos algunas de las últimas. Fue el caso, de entre tantas otras, el de su participación en la celebrada en Madrid por la Asociación Víctimas del Terrorismo, con el lema «Por ellos, por todos. Negociación en mi nombre no» el 4 de junio de 2005. Participaron en primera línea, entre otras, las siguientes personas de relevancia social: Cristina Cuesta (por la Fundación Miguel Ángel Blanco y por COVITE); Ana Iribar, viuda de Gregorio Ordóñez y presidenta de la Fundación que lleva su nombre; Mikel Azurmendi, Profesor universitario, (por las Comisiones de la Diáspora Democrática Vasca); Capilla  Argote, presidenta de la Asociación de Víctimas “Verde Esperanza” (Jaén);  Javier Elorrieta  e Ignacio Martínez Churiaque (vicepresidente y secretario general, respectivamente, de la Fundación por la Libertad); Iñaki Ezkerra, por el Foro Ermua; Jaime Larrínaga, sacerdote y presidente del Foro El Salvador; Antonio Beristain, catedrático y presidente del Instituto Vasco de Criminología; Jesús Laínz, escritor, por la Plataforma Unidad y Libertad, de Cantabria;  Lorenzo Nebrera, por la Confederación Española de la Policía Nacional (CEP); Francisco Caja (presidente de Convivencia Cívica Catalana); Isabel Calero (presidenta de Ciudadanos para la Libertad) y Marita Rodríguez (presidenta de la Asociación por la Tolerancia).
Pamplona fue testigo, el 21 de enero de 2006, de una concentración por la «Unidad de España, por la igualdad y solidaridad de todos los españoles», convocados por el Foro Ermua. José Luis Orella, portavoz del Foro El Salvador, recordó al convocarse que en ella se reivindicaría «la idea de España como una única comunidad nacional, plural y patrimonio de todos los españoles, defendida por gente de toda condición: izquierda, derecha, agnóstica, católica...que tiene en común la defensa de la idea de la unidad nacional».
            «Por ellos. Por todos. ¡… …! En mi nombre ¡no!». Fue el lema que encabezó otra multitudinaria manifestación celebrada el 25 de febrero de 2006 por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Al convocarla, el presidente del Foro El Salvador, Jaime Larrinaga, insistió en la necesidad de salir a la calle «si se quiere dormir con la conciencia tranquila». No se puede hablar más claro.

 

Un compromiso personal y colectivo.
            Pero, desde una postura comprometida nacida de las convicciones, el mismo ejercicio profesional de sus integrantes, y otras oportunidades de participación en diversos foros, han sido ocasión para la exposición y difusión de las ideas del Foro El Salvador en ámbitos diversos.
            Fernando García de Cortázar es uno de los intelectuales españoles más relevantes. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea y en Teología, es Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto. Director de la Fundación Grupo Correo, colabora habitualmente en diversos periódicos de ámbito nacional. Es uno de los más amenos y creativos divulgadores de la Historia. Es director de la revista de pensamiento “El noticiario de las Ideas”. Autor de más de cuarenta libros y guionista de series divulgativas de temática histórica en televisión. El pasado 15 de mazo de 2006 presentó en Madrid su nueva obra Los perdedores de la Historia de España (Planeta, Barcelona, 2006). Con tal ocasión, reiteró su compromiso social cuando, entre otras cuestiones, afirmó que: «Bien está que el historiador hable de los papiros egipcios, pero también debe hablar de lo que está ocurriendo ahora mismo; la gente quiera respuestas a lo que le preocupa, por eso el historiador debe opinar e implicarse en el presente». En este sentido, y al hilo de las posibles negociaciones del Gobierno con la banda terrorista, García de Cortázar fue taxativo: «ETA no puede poner de rodillas a un Estado de Derecho». A su juicio, «los únicos perdedores de esta historia son las víctimas del terrorismo».
            Su compromiso, articulado en Foro El Salvador y Foro de Ermua, ha dado numerosos frutos: artículos, recepción de premios y homenajes, testimonio permanente, divulgación universitaria… Así, como una de tantas perlas universitarias, aquí recordaremos el Curso titulado De la frontera a la globalización. Una nueva ciudadanía. Extremadura y Portugal, organizado por la Universidad de Extremadura en Badajoz a partir del 22 de julio de 2004, fue inaugurado por García de Cortázar con una conferencia sobre Los nacionalismos y la idea de España del siglo XXI.
            Y también colabora con otras entidades. Así, en el IV Seminario Fernando Buesa La laicidad, el poder y lo sagrado, ciudadanía y libertad, habló el 25 de julio de 2005 del nacionalismo como una religión laica.
Veamos otro ejemplo de creatividad y movilización intelectuales. José Luis Orella escribió un libro de historia significativamente titulado Los otros vascos, editado por Grafite Ediciones en 2003; difundiéndose por varias localidades españoles por medio de diversos actos de presentación. Y en esa labor de recuperación de esa otra «memoria histórica», Foro Arbil, Foro El Salvador y Fundación Leyre de Pamplona se dieron la mano para difundir, mediante presentaciones públicas, otro texto histórico del autor navarro Víctor Pradera: Fernando el Católico y los falsarios de la historia (Grafite Ediciones, Bilbao, 2003). Eventos que tuvieron lugar, entre otros, en Zaragoza, en su prestigiosa Biblioteca de la DGA el día 14 de marzo 2003 y en Pamplona el día 16 de mayo. Cultura, compromiso y presencia.
No obstante, el influjo de las ideas del Foro no se ha limitado a sus actuaciones directas y orgánicas, o a las de sus más significativas primeras figuras. No en vano, muchas otras personas se han adherido al mismo, participando en una u otra forma de su «vida», extendiendo sus propuestas y su espíritu en diversos ámbitos asociativos: en ocasiones en el anonimato, en otras, en primera fila y dando la cara.

 

Alegrémonos con el Foro.
En el Foro también ha habido ocasiones para la alegría. Así sucedió cuando la Conferencia Episcopal emitió un documento excepcional, acaso uno de los más importantes que nunca haya elaborado: la Instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias (fechada el 22 de noviembre de 2002 con motivo de la LXXIX Asamblea Plenaria de la misma). Estructurado en 44 breves puntos, califica al terrorismo como forma específica de violencia armada. Establece la pertinencia de un juicio de esta materia, que no es otro que el terror criminal ideológico. Lo califica, posteriormente, como «intrínsecamente perverso y nunca justificable», definiéndolo igualmente como una «estructura de pecado». Denuncia los dos efectos más importantes del terrorismo: el intento de extensión sistemática del odio y el miedo. Denuncia como inmoral «toda forma de colaboración» con el terrorismo. Juzga al nacionalismo totalitario como la matriz del terrorismo de ETA, determinando qué peligros concretos supone para la convivencia española. En el punto 29, al nacionalismo que pretende en todo caso la independencia por encima de todo se equipara, en el caso de las personas, a un «individualismo insolidario». Así, afirma que «La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no en el de una secesión»; coincidiendo de esta manera con la doctrina emanada por el Derecho Internacional y Naciones Unidas al respecto. Y, por último, la propia Iglesia se propone, con un abanico de medidas tendentes a la conquista de la paz y de reflexiones específicamente religiosas, como instrumento de conversión para los terroristas y de acompañamiento de sus víctimas. Difícilmente podría haberse emitido un documento que recogiera, tan espléndidamente, buena parte de los criterios defendidos, en ocasionas en la más absoluta soledad, por los integrante de Foro El Salvador.
También han paladeado algunas otras mieles; caso de diversos homenajes que han disfrutado sus impulsores. Recordemos algunas de tales celebraciones. El 10 de febrero de 2003, Foro Arbil de Bilbao organizó en la Villa de Durango una comida-homenaje a Jaime Larrínaga, cuando todavía era párroco en Maruri y ya estaba protegido por escoltas.
Un año después, correspondió a José Luis Orella ser homenajeado por la Fundación Leyre, el 12 de febrero de 2004, en Pamplona. Unas semanas después, Jaime fue objeto de otro homenaje en Zaragoza el 21 de mayo de 2004, con una cena a la que asistió una plural representación de la sociedad zaragozana. Y, de nuevo, en Pamplona, le tocó otro turno de brindis y discurso, un 1 de junio de 2005, de nuevo a cargo de la Fundación Leyre.

 

            Ésta ha sido, y sigue siendo, la vida de Foro El Salvador. Acaso, un hijo no deseado que está dando bastante guerra y que, tal vez por todo ello, sea finalmente, uno de los más queridos.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103, marzo de 2006

 

Una creciente necesidad: el asociacionismo crítico de los telespectadores ante la deriva de contenidos y de orientación de las televisiones.

Existe una potente interrelación entre el enorme atractivo y poder de las televisiones y los imperativos publicitarios. Reflexiones críticas, sobre el panorama actual de los medios de comunicación, desde la mirada y la voz de Maribel Martínez Eder: pionera del asociacionismo de los telespectadores y radioyentes en España.

 

El poder de los Medios de Comunicación. Una panorámica desde Navarra

El pasado 16 de marzo de 2006 se desarrolló una nueva sesión de los denominados “Talleres de Realidad” organizados por la Fundación Leyre de Pamplona. En esta ocasión se contó con la participación de Dª. MARIBEL MARTÍNEZ EDER, Presidenta de la Asociación Plaza del Castillo y portavoz de FIATYR. Su título: “El poder de los Medios de Comunicación. Panorámica Navarra”.

 

La ponente fue objeto, hace algunos años, y junto a otros pioneros de este campo, de una ilícita campaña de desprestigio desde algunos programas sensacionalistas de Tele 5 por medio de grabaciones no consentidas con “cámara oculta”, con el objetivo de desacreditar al movimiento social de los telespectadores y radioyentes. No por ello ha acusado, desde entonces, desaliento alguno como efecto de la agresión. Igualmente, demostró a los asistentes que tampoco ha rebajado unos firmes criterios mantenidos con coherencia a lo largo de su dilatada experiencia.

Su punto de partida, insistiendo en ello, fue la siguiente afirmación rotunda: “la sociedad española, humanamente hablando, es más rica y mucho más culta que lo que las televisiones reflejan”; no en vano, desde las mismas una minoría impone sus criterios al resto de la sociedad. Prueba de ello sería la existencia de una opinión pública crecientemente crítica ante el actual estado de cosas, lo que se refleja en el cada vez más común comportamiento consistente en “apagar la televisión”. Pero, el poder social, cultural y político de esa minoría, no obstante, es inmenso: puede afirmarse que el poder de los medios de comunicación es superior a los poderes tradicionales; afirmación acreditada por la renuncia del poder político al cumplimiento estricto de las leyes en este medio.

Los imperativos publicitarios.

La ponente destacó, como factor decisivo en la elección de los contenidos y en la orientación de las televisiones, el enorme impacto de la publicidad, cuyo montante económico es gigantesco. Destacó los siguientes aspectos:
1. La presencia de la publicidad desborda a la propia televisión; encontrándola en numerosos ámbitos de la vida social y pública.
2. Los medios de comunicación dependen en sus cuentas de resultados de las cuotas de publicidad; incluidos los de titularidad pública. Una dependencia que determina contenidos y hasta sus horarios.
3. La publicidad “vende” no sólo productos, sino, y ante todo “valores”, por medio de la promoción de determinadas imágenes físicas, que pretenden modelar a toda la población. De modo que la televisión asume un rol de cambio social.
4. La publicidad impacta especialmente en los valores estéticos y mentales de las nuevas generaciones, orientándolas hacia el consumismo y el relativismo.

Expresión divertida y muy extendida de este poderoso influjo es la opinión de quienes aseguran que “lo que más les gusta de la televisión son los anuncios”. Pero la contrapartida cultural y social de tal percepción es que, de este modo, las televisiones se han convertido en un auténtico catálogo de venta de productos de todo tipo. A ello se le suma otro fenómeno: paradójicamente, baja la calidad de los contenidos televisivos, mientras que sube la calidad de la publicidad, como producto estético y tecnológico de incuestionable ingenio en muchos casos.

Otra consecuencia –ya mencionada- de su influencia es que los propios contenidos materiales televisivos están condicionados por una publicidad que reviste diversas formas: los clásicos anuncios, los patrocinios, la publicidad encubierta…

Pero pese a que la legislación contempla una cuota publicitaria, en cortes, del 20% del total de los espacios, es evidente que tal previsión se incumple, derivando en una relajación de la legislación; tanto de hecho como de derecho.

Las españolas son, seguramente, las televisiones con mayor carga publicitaria del mundo. Para alcanzar tales méritos, la ponente recordó como dos series de producción española, punteras hace bastantes años, marcaron “un antes y un después” en la incorporación de diversas modalidades de publicidad en sus contenidos: “Farmacia de guardia” y Médico de Familia”. Desde entonces, nuestro umbral de resistencia ante la invasión publicitaria de los contenidos televisivos se ha rebajado. Pero, igualmente grave, es que nos hemos acostumbrado a ser testigos pasivos y acríticos de toda clase de manifestaciones de violencia, genitalización de los afectos, etc.

 

No se puede separar, aseguró, las tendencias sociales en curso con los contenidos y modelos televisivos. Así, desde tales medios, también se propugna una adolescencia -con todos sus valores externos y físicos- que se adelanta en el tiempo a costa de la infancia; pero que en su temporalidad ya no parece tener fin…

 

Por lo que respecta a este apartado relativo a la publicidad, recordó que los grandes sectores que se sirven de la misma son: automóvil, telefonía móvil, alimentación y limpieza. En este contexto, la Unión Europea está contemplando la regulación de la publicidad encubierta legalizándola; medida de controvertidos riesgos que viene suscitando un gran debate, al menos en otros entornos.

 

¿Televisión versus realidad?

Otra expresión de la degradación de sus contenidos, relacionado con esa capacidad de “aguante” pasivo de los telespectadores, es lo que nos ofrecen las televisiones como “la auténtica realidad”: violencia, expresiones culturales de bajísimo nivel, lenguaje pobre, estética de mal gusto… Paradójicamente, por el contrario, la publicidad promueve modelos inalcanzables para la inmensa mayoría de usuarios…

 

Este contexto de deriva televisiva, en aras de objetivos predominantemente mercantilistas y de cambio social, exige una respuesta colectiva; una acción social positiva y decidida, especialmente en defensa de los más desprotegidos, ante unos contenidos manipuladores: los niños y los adolescentes.

 

La televisión, nos recordó, es un medio potente, extraordinario, próximo, comunicativo… Pero sus contenidos en horas de máxima audiencia son deplorables, aseguró, hasta el punto de que la “crónica negra” ya es un contenido que siempre proporciona material seguro y que se ha incorporado a los informativos estrella. Por todo ello, el concepto de “televisión basura” no ha perdido vigencia y, si bien los actores emisores son responsables de lo emitido, también los ciudadanos tienen una responsabilidad en su transformación por medio de la reivindicación y la participación: pero en primera persona.

 

Además de ese influjo negativo en niños y adolescentes, rebaja del nivel cultural y ético, no puede desdeñarse otros graves efectos negativos del medio televisivo. Es el caso de los comportamientos miméticos que se han podido detectar en fenómenos asociados a determinados crímenes y asesinatos y con el mundo de la pornografía.

 

¿Crisis en los índices de audiencia de la televisión?

Pero aunque, aparentemente, la televisión lo invada todo, a causa de esa degradación está en crisis: los telespectadores se están cansando y buscan fórmulas alternativas de ocio. Prueba de ello es la pérdida, en conjunto, de un buen porcentaje de sus niveles de audiencia: hay menos espectadores que años atrás; y no sólo porque se haya diversificado la oferta en número de cadenas, o por el impacto de Internet y las nuevas tecnologías (consumo casero de DVDs, etc.).

 

Los poderes públicos, no podía ser menos, tienen mucha responsabilidad en todo ello: por acción y, también, por omisión. Así nos comentó, como ejemplo, que el actual gobierno ha ejecutado ciertos signos de importancia: es el supuesto de la clausura de algunas de las televisiones que emitían pornografía en abierto durante la mayor parte de su programación horaria. Nuestra conferenciante valoró como muy positivas tales actuaciones, pero teme igualmente que queden únicamente en eso, en simples gestos aislados; cuando lo que debe hacerse en avanzar decididamente en la línea marcada por la tan esperada Ley Audiovisual.

En su intervención, dialogada constantemente con unos asistentes que la acribillaron a preguntas, también se posicionó ante el impacto cultural de Internet, destacando dos aspectos fundamentales a su juicio: la peligrosa nivelación de tan dispares contenidos, y una auténtica segregación física, tecnológica y mental entre las generaciones.

 

Respecto a la polémica suscitada con la creación del CAC, como respuesta a otra pregunta del público, aseguró que la opinión de las asociaciones del sector es unánime: es necesaria una autoridad audiovisual independiente en la que participe la sociedad con un carácter lo más representativo y cualificado posible y entre cuyas funciones figure, preferentemente, modificar las perniciosas tendencias señaladas.

 

También se debatió en torno a las perspectivas abiertas con el tan anunciado “apagón analógico” y las generadas por la “televisión digital terrestre”: pluralismo en los contenidos, interactividad… Pero que también conlleva algunos riesgos, como es que una concentración de las productoras de los contenidos oferte una aparente pluralidad pero que, en realidad, se trate de una uniformidad cultural de hecho dirigida por el “pensamiento único”.

 

A petición de los asistentes se comentaron otras diversas cuestiones: la situación específica en Navarra, las concesiones de televisión digital terrestre, las “radios piratas”, el papel del Consejo Audiovisual de Navarra, la creación de una Oficina de Defensa de la Audiencia, la salud del movimiento asociativo, la receptividad de los partidos políticos, etc.

Una intensa sesión informativa que invoca a la participación social activa también en este medio.


Dirección electrónica de interés:
www.asociacionplazadelcastillo.org

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103, marzo de 2006

Ester y Ruzia: dos judías en las entrañas del totalitarismo estalinista.

Una interesante sorpresa editorial: los recuerdos de dos judías que sufrieron en sus carnes los rigores del estalinismo, sobreviviendo y transmitiendo sus vivencias a su nieta escritora.

 

                Masha Gessen es una periodista norteamericana afincada en Moscú. Allí han vivido la mayor parte de sus vidas sus dos abuelas: Ester y Ruzia. De las innumerables conversaciones mantenidas con ellas, y de los recuerdos familiares desgranados y rememorados con admiración en incontables eventos, brota este relato histórico: Ester y Ruzia. Unas memorias familiares. De las purgas de Stalin al Holocausto y del auge del sionismo a la caída del comunismo (Ediciones Península, Barcelona, 2006, 318 páginas).

 

                El largo subtítulo nos habla de los hitos históricos que marcarán las existencias de las dos familias, ambas judías, protagonistas de esta apasionante y dramática historia.

 

Ester nace en una familia sionista militante, aunque atea, de Bialystok; una floreciente ciudad de la que formaba parte una de las más numerosas y creativas comunidades judías de la Polonia oriental y que será ocupada, inicialmente, por los soviéticos en 1939. Esta circunstancia le permitirá trasladarse a estudiar a Moscú. Poco después, su madre será deportada por los rusos a Asia central. Por su parte Jakub, su padre, a la espera de juicio como burgués contrarrevolucionario, se librará milagrosamente de la deportación; pero, al situarse al frente de su comunidad a raíz de la ocupación alemana que sigue a la invasión de la Unión Soviética, desaparecerá en el Holocausto.

 

                Ruzia es otra judía, pero fruto de una familia producto de un tan alardeado igualitarismo soviético para el que el origen racial, al menos nominalmente, era indiferente.

 

                Ambas sobrevivirán a la Segunda Guerra Mundial con enormes sufrimientos, perdiendo a sus primeros maridos. No obstante, harán lo indecible por estructurar una vida familiar, a partir de sus padres supervivientes, los hijos que nacen en su transcurso, los maridos que les acompañarán sucesivamente, y sus amigos.

 

Aunque les unen muchas cosas (son muy vitales, se mantienen fieles a su identidad judía, se centran en sus familias, son intelectuales y grandes lectoras), afrontarán la realidad de manera distinta. Así, Ester será una rebelde, llegando a enfrentarse al NKVD, que tratará de reclutarla. Por su parte, Ruzia se ganará la vida como censora, tanto de crónicas periodísticas como de traducciones de obras literarias de autores extranjeros, de modo que conocerá en sus entrañas algunos de los más perversos y sutiles mecanismos del totalitarismo soviético. Y, ambas dos, tendrán que sortear las trampas del sistema; lo que lograrán hacerlo con bastante fortuna. Llegarán a conocerse un día, de cuya circunstancia se derivará, años después, la llegada a la vida de nuestra narradora.

 

                Sus vidas son inseparables de la atmósfera asfixiante de un estalinismo progresivamente paranoide: las hambrunas, las sucesivas purgas, el Gran Terror, el antisemitismo, el permanente miedo a la delación, un control social formal e informal absolutos, etc.

 

                El texto desenmascara por completo la perversidad del totalitarismo. Pero deja en el aire, aunque esboce algunas posibles respuestas, una pregunta que puede responder el lector. A la muerte de Stalin, tanto verdugos, como sus víctimas, y los hijos de todos ellos, se sintieran huérfanos y desorientados. ¿Cómo fue posible ello? Esa absoluta dependencia psicológica de Stalin fue, acaso, uno de sus logros más diabólicos. Ester y Ruzia, por el contrario, fueron excepciones, pues para ellas su desaparición constituyó una fuente de alegría y esperanza; pórtico de una verdad oculta y negada sistemáticamente.

 

                A pesar de su ateismo, su identidad cultural judía, que les hace valorar especialmente el espacio humano de la familia, les permitirá sobrevivir. No obstante, ello presenta una evidente paradoja, que ya advierte Serguéi, segundo marido de Ester a quien nunca «consiguió hacerle comprender cómo era posible que la realidad de su nacimiento, de un idioma no utilizado, de una religión no practicada y de un país remoto constituyera el componente más importante de su ser» (página 281). Pero, en esta época de implacable homogeneización cultural, ¿mantendrán su identidad los descendientes de Ester y Ruzia? Esta inevitable pregunta nos lleva a una importante cuestión, objeto de permanente debate en el judaísmo, pero que también nos afecta a los cristianos. Así, la identidad judía, ¿puede prescindir de su base religiosa y mantenerse operativa? No parece sencillo; siendo mayor que nunca el riesgo de una total asimilación de no apoyarse en una fuerte experiencia comunitaria y espiritual. Pero no queremos cerrar este debate, sino estar atentos al mismo; no en vano, el pueblo judío ha conservado identidad al mantenerse fiel a su tradición espiritual; más allá de una sentimental pertenencia racial. Un motivo de reflexión, en todo caso, para los mismos cristianos. Por todo ello, echamos de menos, en este texto, una más profunda exploración del sentido de la trascendencia humana.

 

                Un libro, en definitiva, magníficamente narrado, teñido por una fuerte sensibilidad femenina, y de profundas resonancias históricas.
               

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 103 de marzo de 2006

 

Navarra, ¿forma parte del «precio político» de la paz?

Una clandestina Mesa Nacional del brazo político de ETA, la ilegal Batasuna, en reunión extraordinaria celebrada en un hotel de Pamplona -la simbólica capital futura de la Euskal Herria unificada e independiente a la que aspira todo nacionalista- hizo público un manifiesto, el día 24 de marzo, que fue interpretado, unánimemente, como una nueva reivindicación de la incorporación de Navarra a Euskadi.

 

No en vano, en dicho manifiesto se afirmaba que «Sin prisas pero sin pausas construir esa Mesa de Solución es un objetivo que debe de construirse desde la no exclusión ni política ni territorial y el respeto a los derechos políticos y civiles de todas las partes»; emplazando a los Estados español y francés a «asumir sus responsabilidades» partiendo de la comprensión de que «la partición y la negación de la voz a Euskal Herria han fracasado».  Acabar con las exclusiones y la partición, afirman con sus característicos eufemismos; lo cual pretende, por si alguien dudaba, la incorporación de Navarra, bajo una fórmula más o menos suave, en la futura Euskal Herria que deberá nacer al término del largo y tortuoso proceso de paz iniciado con la declaración de la llamada tregua de ETA.

 

Tregua, sí; diálogo, también… proceso, ¿para qué?; ¿pero no se trataba de alcanzar únicamente la paz? Entonces, ¿qué requisitos debe reunir «su» paz? Desde la cosmovisión mítica del nacionalismo, únicamente se alcanzará la paz cuando se haya conseguido superar la actual división territorial causada por la existencia de una Comunidad Foral Navarra no integrada CON la de Euskadi y unos territorios vascos «administrados» por Francia. Pero, ¿cómo conseguirlo en la actual coyuntura?: por medio de la «Mesa de solución», afirma Batasuna.

 

Por su parte, para no ser menos y en coherencia con su, de momento, malogrado «plan», el lehendakari Ibarretxe anunció que convocará una «Mesa de partidos» con el objetivo de «normalizar la situación política vasca» para «después del verano».

 

Ya tenemos dos mesas… ¿o serán la misma? Pero, ya que hablamos de Navarra, ¿se propondrá otra Mesa específica para Navarra o será única para todos? Para empezar, pudieran ser dos y, después, ya se vería… Y, ante semejantes ofertas, ¿qué dicen los partidos políticos navarros?

 

Los dos que sustentan el actual ejecutivo Foral (Unión del Pueblo Navarro, UPN, y Convergencia de Demócratas de Navarra, CDN) ya han manifestado que no: se llame como se llame, y tenga el ámbito territorial que tenga. Las formaciones nacionalistas (la coalición Nafarroa Bai integrada por PNV, EA y Aralar; y Batasuna por su parte), apoyan de momento sus respectivas propuestas. Izquierda Unida, bastante fuerte en Navarra, propone su propio plan; pero finalmente, se tendrá que sumar a la propuesta nacionalista resultante. Y, ¿el PSOE-PSN?: «en principio no», «más adelante quizás», ya veremos…

 

La clave está, por tanto, en la postura que adopte el PSOE. Pero para este partido, la opción no es únicamente estratégica, sino táctica. Por principios, y dado su electorado natural, se inclinaría a no participar en mesa alguna. Pero, el año próximo tendrán lugar elecciones municipales y forales y, acaso, una «coalición a la catalana» podría desbancar al centroderecha de UPN-CDN. Y para cuajar tal coalición, el precio pudiera ser ¡participar en una de las mesas!; por voluntad propia o mandato zapateril. Y ello a pesar, incluso, de que la inmensa mayoría del electorado navarro prefiera una «gran coalición» de UPN-CDN y PSOE antes que ninguna otra posible.

 

Pero esa hipotética Mesa no tiene por qué plantear, groseramente, una mera incorporación de Navarra a la Comunidad Autónoma Vasca. En realidad, casi nadie lo propone ya; pues las comunidades Autónoma Vasca y Foral de Navarra serían marcos territoriales «ya superados». Tendrán que imaginar otras fórmulas más apetecibles, presentables y «políticamente correctas»: un «órgano común» vasco-navarro, una «comunidad transfronteriza», etc.

 

Cambiarán las denominaciones, las tácticas, los objetivos intermedios; incluso los términos. Pero el objetivo final de todos los nacionalismos vascos seguirá siendo, por siempre jamás, el mismo: Euskal Herria unificada, euskaldún y, para Batasuna, no les olvidemos, socialista.

 

 

Páginas Digital, 28 de marzo de 2006