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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

¿Partido Popular versus derecha social?

Romper con el Partido Popular en Navarra no es la solución. Reorganizarlo, tampoco.

Romper con el Partido Popular en Navarra no es la solución. Reorganizarlo, tampoco.

La maniobra ya ha sido hecho pública por un digital regional  (http://www.tribunadenavarra.es/detalle_noticia.php?num=591): el ex senador por UPN José Javier Viñes, histórico militante de notable ascendencia dentro del partido, ha elaborado -junto a otras personas- un documento en el que propone la ruptura ordenada con el Partido Popular; aunque se titule eufemísticamente “Un nuevo acuerdo UPN-PP”.

 

Su diagnóstico es sencillo. Si UPN no ha alcanzado la mayoría absoluta en las pasadas elecciones forales, lo que acarreó la parálisis institucional navarra subsiguiente, ha sido fundamentalmente a causa de una agotada relación con el Partido Popular. Un análisis apenas avalado por algo de cálculo numérico en torno a la proyección de UPN en la política nacional. Y una explicación muy elemental, en cualquier caso: la culpa siempre la tienen otros; el PP. Nada de autocrítica. Pero, de ser así, ¿acaso los electores únicamente votaron en clave nacional? ¿De nada sirve el “trabajo interior” de UPN en la Comunidad Foral? O, acaso, ¿no será que ese análisis enmascara otras carencias y dificultades?

 

UPN pretendía, ilusoriamente, un nuevo triunfo histórico: ganar las elecciones… ¡y con mayoría absoluta! No fue posible, y ya sabemos qué vino después: sorpresa, parálisis, idas y venidas socialistas (molestos árbitros de la nueva situación), y un gobierno de Miguel Sanz en precario a merced de un desconcertante PSN-PSOE.

 

Ese objetivo era ilusorio, pero legítimo. Y, para alcanzarlo, únicamente eran posibles dos alternativas. La primera y más sencilla: abrirse hacia el centro y los socialistas descontentos (mediante la recuperación de buena parte del electorado de la escisión CDN, al borde ya de la extinción; y movimientos-puente, como el de Ciudadanos de Navarra). Y bien decimos sencilla, pues para ello únicamente se precisaba algo de marketing electoralista, bastante intuición, y mucha improvisión. La segunda, que implicaría un paciente trabajo a largo plazo: una batalla cultural, social y política, en el seno de la sociedad navarra, que persiga ganar para los valores que siempre ha encarnado UPN, nuevas voluntades y sectores sociales. De situarse a la defensiva, a tomar la iniciativa. Es más, ambas alternativas podían -¡deben!- solaparse: trabajo a corto y a largo plazo. Táctica y estrategia.

 

Pero se ha excluido la segunda; no en vano, para tal empeño se precisa una labor de debate ideológico, un oscuro y poco reconocido trabajo social, una dinamización de las estructuras del partido y sus organizaciones amigas… y ¡una buena autocrítica!: reflexionar, diagnosticar, corregir. Y seguir trabajando. Una perspectiva, por cierto, totalmente ausente en el documento del que hablamos.

 

Si un partido actúa a remolque de las tendencias sociales, configuradas éstas por instancias culturales totalmente ajenas, incurrirá en mero electoralismo; alejándose entonces de los valores que lo configuraron y del espíritu de sus fundadores. Así, poco a poco, ese partido perderá su identidad y se convertirá en una simple oficina electoral; casa común de dispares intereses particulares, no siempre defendibles, acogidos a ideales progresivamente ambiguos y etéreos.

 

Por contra, la labor social y cultural sin proyección política se pierde en el esteticismo. No ha sido el caso. De hecho, si alguien trabaja la cultura y los movimientos sociales, en Navarra, no es precisamente el sujeto navarrista.

 

En este contexto, no nos extrañan propuestas como la de Viñes.

 

Si UPN pierde algunas de sus esencias, tal y como denuncian no pocos en privado, pero muchos menos en público, tampoco sería la solución una reorganización del Partido Popular. No en vano, este partido, de ideales y destinatarios similares a los de UPN, también sufre algunos de los vicios antes diagnosticados. Así, desde algunos sectores emergentes (buena parte de víctimas del terrorismo, algunos medios de comunicación, muchos ciberactivistas, el incipiente tejido asociativo identitatio español, objetores a Educación para la Ciudadanía…) se realizan, al Partido Popular, las mismas críticas que hemos escuchado aquí dirigidas a UPN.

 

Pero, aunque nuevos sectores conservadores y liberales no se sientan totalmente acogidos en el PP, y la identidad católica se alarme ante la postergación de sus rostros más representativos en la batalla por las listas y en las estructuras burocráticas populares, han optado en su inmensa mayoría por la misma vía: trabajar desde la sociedad civil y desde el Partido Popular. Ni escisión, ni auto-exclusión.

 

Estos sectores podrían optar por la creación de un partido netamente conservador a la derecha del PP. Así, el segundo podría desplazarse cómodamente hacia el centro, peleando a las claras por los sectores basculantes entre PSOE y PP: profesionales liberales, operarios especializados, inmigrantes nacionalizados… estratos individualistas “políticamente correctos”, en suma. Y ya vendrían después las políticas de alianzas. Como Izquierda Unida y el PSOE, más o menos. Pero ello no va a ocurrir.

 

En todo caso, esa dinámica sería totalmente ajena a la propuesta por quienes opinan que debe reorganizarse el Partido Popular en Navarra como freno a la supuesta deriva de UPN. Sin embargo, unos y otros compartan un diagnóstico análogo: ambos partidos no son capaces de generar respuestas atractivas a los retos actuales, ni identidades colectivas, ni ilusión. No saben, o no quieren, construir una verdadera cultura política.

 

Por todo ello insistimos: romper con el PP, en Navarra, no es la solución; y reorganizarlo, tampoco.

 

 

Diario Liberal, 10 de diciembre de 2007

“No estaban todas las víctimas y sí todo el PP”.

“No estaban todas las víctimas y sí todo el PP”.

Fernando Moraleda es el autor de una de las valoraciones políticas más sintéticas y significativas de la manifestación celebrada en Madrid, el pasado 25 de noviembre, convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Una neta expresión sectaria del pensamiento supuestamente progresista.

 

Al término de la manifestación celebrada en Madrid el pasado 25 de noviembre, convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo bajo el eslogan “Rendición en mi nombre ¡no!”, Fernando Moraleda, secretario de Estado de Comunicación, realizó una valoración muy sintética y significativa. “No estaban todas las víctimas y sí todo el PP”, declaró contundentemente. ¿Simple demagogia?

 

La guerra de cifras, que siempre sucede a toda manifestación controvertida, no debe empañar el análisis de las valoraciones políticas más relevantes, aunque igualmente previsibles. Así, analizaremos esas palabras pronunciadas por Fernando Moraleda.

 

Inevitablemente, su análisis, sintetizado en esa lapidaria frase que encabeza este texto, nos ha recordado al que realizó Gaspar Llamazares en una ocasión similar: “Se ha manifestado la derecha política”.

 

En ambas reflexiones subyace una misma mentalidad: quienes han salido a las calles madrileñas, en ambas demostraciones, son la derecha política. Carecerían de legitimidad democrática, según su perspectiva. No serían pueblo; pues tan alto concepto está reservado por las diversas variantes del discurso progresista, más o menos marxista, a “la colectividad movilizada en línea con el inevitable progreso de la humanidad”. Un movimiento social, convenientemente dirigido, que persigue eliminar, una tras otra, las barreras instaladas por el oscurantismo de la reacción, los explotadores y los poderes fácticos; vestigios de un pasado a derruir.

 

Si antaño esas barreras se eliminaban a golpe de revolución armada, lavándose en sangre los pecados de los opresores, sus herederos proceden ahora con métodos menos expeditivos aunque, acaso, más incisivos: el concurso de unos entusiastas medios de comunicación impulsores del cambio social, la interpretación de las Leyes y el Derecho en clave alternativa, una educación liberadora… Unos instrumentos, todos ellos, al servicio de la utopía y una nueva humanidad. De una ideología, en suma.

 

No. Quienes se manifestaron el sábado en Madrid -sostienen Moraleda y Llamazares- no pueden compartir ni esa mentalidad ni esos objetivos, resistiéndose a los proyectos de cambio social y político propugnados por las fuerzas de progreso. Se impone, así, una conclusión: no son pueblo. Son reacción… son la derecha política.

 

Al contrario, “La izquierda somos nosotros, los que nos preocupamos de los demás. Las derechas son quienes se preocupan de sí mismos”. Esa frase, que según José Luis Rodríguez Zapatero procede de una de sus hijas, fascinándole por su intuición y capacidad interpretativa de la realidad, es otra expresión más de esa cosmovisión izquierdista que se arroga en exclusiva el estandarte del manido progreso. Otra frase redonda… Pero, ¿no les suena a aquello de “liberemos a la humanidad a pesar de sí misma”?

 

¿Unas declaraciones demagógicas?, nos preguntábamos al inicio de este texto. Algo de demagogia hay. Pero, ante todo, el producto de una voluntad utópica que, aunque se estrelle con la realidad en su intento de “asalto a los cielos”, pretende arrojar a la marginación política y al ostracismo social a quienes no compartan sus proyectos. En resumen: sectarismo puro y duro.

 

Paradójica situación a la que arrastra el utópico discurso de nuestras izquierdas: en nombre del pueblo se intenta neutralizar a la mitad del mismo; disolviendo sus valores, tapando su cultura, y, como no, ahogando sus obras sociales.

 

Entonces, ¿alguien, duda, acaso, que las ideologías, con sus connotaciones más negativas, hayan muerto?

 

Revista digital Arbil, Nº 109, noviembre de 2006

Junio de 2005: la derecha social española en busca de su espacio político.

El pasado mes de junio de 2005 ha sido testigo de un hecho sin precedentes en las últimas décadas: la manifestación multitudinaria, en las calles españolas, de una moderna derecha social que busca construir su identidad y su espacio político.

El pasado mes de junio de 2005 pasará a la Historia reciente de España como el tiempo en el que la derecha social española manifestó inequívocamente su existencia, reafirmó una identidad colectiva, salió a la calle y exigió ser escuchada.

 

 Tres manifestaciones multitudinarias sucesivas han acreditado la existencia y configuración de unos sectores sociales ausentes de nuestras calles y plazas en las últimas décadas españolas, al menos en tales números, como un sujeto colectivo público provisto de una identidad y movido por unos valores precisos; una circunstancia de indudable trascendencia política.

 

 Ya con motivo de la celebración de la primera de tales manifestaciones, la del 4 de junio convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo en contra de la negociación con ETA, el coordinador de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, realizó un significativo juicio que explica muchas cosas: “se trata de una manifestación de la derecha política”, dijo al referirse a quienes habían secundado dicha convocatoria días antes. ¿Quiere decir, con ello, que la que denomina “derecha política” no es pueblo?, ¿carece, entonces, de toda legitimidad para manifestarse?, ¿acaso sus planteamientos y exigencias no tienen derecho a expresarse por el supuesto pecado original político de “ser de derechas”?

 

 En las últimas décadas, básicamente, las calles españolas han estado ocupadas, en la expresión colectiva de las manifestaciones políticas multitudinarias, por la izquierda y los nacionalistas; salvo que nos remontemos veinte años atrás, unos tiempos en que la extrema derecha lograba sorprendentes éxitos callejeros que se traducían, invariablemente, en estrepitosos fracasos electorales, que terminaron por hundirla.

 

 Lo visto en el mes de junio ha sido otra cosa. La magnífica articulista progresista Paloma Pedrero, muchos de cuyos textos difícilmente pueden hacer propios los lectores conservadores del diario La Razón, en su escrito del sábado 25 de junio afirmaba también, con la lucidez que le caracteriza, que “Una parte importante de este pueblo tiene un pensamiento conservador y hay tres asuntos que, mal tratados, les patean el alma: la familia, el territorio y su Dios, tres asuntos importantes que el Gobierno actual, como es obligación de los gobiernos, no ha tenido la delicadeza de considerar a la hora de hacer su política social”. Se trata de un análisis muy acertado que nos servirá de partida, y también de conclusión, para las siguientes precisiones.

 

1. Los asistentes a las tres convocatorias no han sido exactamente los mismos sujetos sociales. En la del 4 de junio, convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, predominaban los sectores conservadores, si bien no fueron pocos los progresistas y socialistas presentes. En buen número acudieron muchos movilizados por el Partido Popular. Pero también, los que lo hicieron a impulsos procedentes desde una instancia generalmente bastante crítica con el mismo: un grupo de combativos comunicadores de Cadena COPE, en el que destaca Federico Jiménez Losantos, quien cuenta con diversos apoyos y estructuras que difunden sus postulados (el diario electrónico Libertad Digital, la revista de pensamiento La Ilustración Liberal, diversas páginas web…). También acudió mucho ciudadano “cabreado”, “harto”, que rabiaba por poderlucir los colores nacionales…

 

2. El sábado 11 de junio fue el Partido Popular el gran protagonista de la movilización efectuada en Salamanca en defensa de la unidad del Archivo de la Guerra Civil todavía allí ubicado. Con todo, fue una verdadera demostración de su –hasta ahora- inédita capacidad de movilización y de la existencia de unas bases dispuestas a algo que no se habían molestado prácticamente nunca en hacer: salir a la calle y dar la cara.

 

3. El Foro de la Familia, avalado especialmente por algunas organizaciones próximas a la Iglesia católica, ha logrado, el 18 de junio, un éxito callejero inimaginable meses atrás. El apoyo decidido de algunos obispos, que apostaron decididamente por la misma, ha contribuido a su éxito. Varios miles de nacionalistas catalanes, socialistas cristianos del partido SAIN…, una plural manifestación social que no puede despacharse con unos simples adjetivos simplificadores, cuando no despectivos. También concurrieron muchísimos simpatizantes del Partido Popular. Pero, por la buena recepción entre los manifestantes de los contenidos de algunas pancartas, y otros diversos materiales distribuidos entre los mismos, no es aventurado afirmar que entre muchos de todos ellos estaba muy vivo un sentimiento crítico ante un Partido Popular que ha decepcionado, con su práctica política concreta, a los electores más sensibilizados con la situación de la familia y la defensa efectiva de la vida.

 

Por ello, debemos insistir: sociológicamente, no existe una total correspondencia entre los asistentes a las tres manifestaciones. Pero las mismas indican, desde nuestro modesto entender, una serie de hechos:

 

1. Se está configurando una plural derecha social que comparte un ideario conservador en su concepción de España, la familia, la defensa de la vida y el orden político; si bien algunos sectores son más sensibles que otros a las políticas sociales.

 

2. Esa derecha social no encuentra completo acomodo en el seno de un Partido Popular que notoriamente mira hacia el centro izquierda; es decir, hacia las tendencias sociales aparentemente en ascenso y que valora como el campo de batalla electoral por excelencia. Y más, cuando cree tener cautivos a los votos católicos.

 

3. El Partido Popular, electoralmente y en este inédito indicador social de las movilizaciones ciudadanas, cuenta, como uno de sus activos más sólidos, con los amplios sectores de esa derecha social que todavía cree que este partido todaía puede representarle. Debemos preguntar a los dirigentes del Partido Popular, ¿qué otros sectores sociales articulados, dinámicos, con identidad colectiva y arraigo ciudadano, pueden movilizarse en apoyo de las posturas de su partido, cada vez más aislado social y mediáticamente?

 

4. Ese sentimiento de desamparo, expresado por esos cientos de miles de manifestantes y tambien –previamente- con motivo del referéndum al proyecto constitucional europeo en España, ya ha sido captado por otras instancias: nos referimos a los minúsculos y plurales partidos políticos que, de momento sin fortuna, centran su estrategia de crecimiento en una progresiva sintonía con los sectores más dinámicos y vivos que se han manifestado a lo largo de este mes.

 

Por todo ello, ese mes ha sido muy importante: por lo expresado y acaecido, pero también por el potencial existente. Una realidad que deberá ser correctamente analizada y encauzada, mediante las respuestas políticas más adecuadas, si no se quiere desaprovechar esta nueva ilusión colectiva.

 


(Publicado en Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica Nº 95 – 96, julio – agosto de 2005).

 

 

 

La iniciativa por un partido político católico español se desinfla.

      La polémica generada, en España, en torno a la necesidad de un partido político católico ha durado casi todo un año. ¿En qué situación nos encontramos ahora?

 

Hagamos memoria.
                El pasado curso estuvo marcado, de forma un tanto soterrada, por la polémica entablada en torno a la idea lanzada a favor de la constitución de un partido político católico. Dicha idea fue recogida con general indiferencia, cuando no silenciada, y con el entusiasmo de unos pocos católicos interesados en la presencia cristiana en la política española.
                Sin embargo, esa polémica puso en evidencia varias cuestiones. La primera, que existe un profundo y creciente descontento en amplios sectores del catolicismo español, motivado por la gestión de su voto por parte del Partido Popular que, en muchas cuestiones -ya tratadas en artículos anteriores- actúa a espaldas de sus principios. En segundo lugar, la existencia y acción de diversos grupos, asociaciones y personalidades procedentes del mundo católico, cuyo objetivo común, pese a divergencias en otros aspectos, era y sigue siendo el interés por la vida pública y política. En tercer lugar, esa polémica saca al descubierto, aunque no guste reconocerlo, la profunda debilidad del sentido de pertenencia de los católicos españoles, tanto de sus políticos, como de la “base” de ese pueblo.
                En la ausencia de reacciones –o tibieza de las producidas- también han influido otros aspectos. Así, no podemos obviar que sigue pesando la pretérita vinculación Iglesia y poder político producida en el régimen franquista, lo que generó, en buena parte de una generación, prejuicios de hondo calado, frente a la Iglesia, que todavía persisten. Por otra parte, en numerosos católicos existe el temor de que un partido de esas características pudiera derivar en una agrupación de postulados reaccionarios, generando a la Iglesia un mayor distanciamiento de la sociedad.
                Desde el inicio de la polémica nada, sustancialmente, ha cambiado. Pero, en cualquier caso, la polémica, salvo algunos destellos ocasionales, está ya muerta. Otras preocupaciones de mayor calado la han terminado de enterrar. Ese ha sido el caso de los ataques a la Iglesia católica, arreciados con motivo de los conflictos generados en torno a algunos profesores de religión, la trama de Gescartera, etc. Se ha visto con absoluta claridad que cualquier motivo es bueno para atacar a la Iglesia católica, lo que se traduce, incluso, en la producción cinematográfica española: “Los otros,  “Visionarios”, etc.
                Sin duda, vivimos en una época en la que el anticlericalismo se manifiesta especialmente activo en España (lo ha destacado recientemente, desde una perspectiva de no creyente, pero amante de la verdad, el historiador Pío Moa en su artículo “El anticlericalismo, una plaga de ayer y de hoy”, publicado en Alfa y Omega, número 277 de 18-X-2001), atacando con una virulencia extraordinaria a toda presencia significativa de la Iglesia. Prueba de ello ha sido la campaña orquestada en torno al caso Gescartera, dirigida especialmente contra el clero y las órdenes religiosas que de una u otra manera figuraron en la trama, aunque como víctimas, aspecto que se olvida con indudable intencionalidad.
Mientras tanto, cada vez más a la defensiva, las diversas asociaciones católicas prosiguen con su actividad, siendo la “ghettización” más una realidad que un riesgo.

 

En indudable, por tanto, que se ha producido una ofensiva en toda regla contra lo que significa la Iglesia católica; por el contrario, algunos observadores católicos han valorado que, esta situación de acoso y dispersión no ha sido afrontada con decisión desde la Conferencia Episcopal, respondiendo tarde y con poca perspicacia.

 

Acción pública de los cristianos españoles.
                Los católicos interesados en la acción pública, mientras tanto, se siguen moviendo en los mismos parámetros que en años anteriores, eso sí, con mayor conciencia de la dureza de la situación en la que nos encontramos: acoso mediático, intento de desplazamiento y eliminación del catolicismo, soledad progresiva de los católicos, burla y descrédito social, etc.
                Buena parte de las asociaciones de católicos interesadas en la vida pública se mueven en el terreno de lo “prepolítico”: la formación, el estudio, las relaciones internas. Los políticos católicos, por su parte, continúan desenvolviéndose con la prudencia que les caracteriza, que para algunos observadores es inseguridad y temor. En esa actitud defensiva no se diferencian, seamos realistas, de la que protagonizamos los demás católicos en otros medios sociales y profesionales, en los que nos sentimos minoría cuestionada y despreciada. Hay excepciones, naturalmente, que están pagando un costoso precio por ello.
                Dentro de esos grupos de los que hablábamos al principio de este apartado,  destaca la Asociación Católica de Propagandistas, que sigue prestando un extraordinario servicio al catolicismo social español a través de sus Congresos Católicos y vida Pública, que han alcanzado su tercera edición con el celebrado en Madrid los días 26 a 28 de octubre, dedicado a los medios de comunicación. Por otra parte, se avanza en la consolidación de la Universidad San Pablo de Madrid, sin olvidar su presencia en otras regiones y su voluntad de revitalizar el nervio central de su realidad: la propia ACdP.
                La Asociación para la Renovación y el Diálogo Democrático, nutrida fundamentalmente de personas con vocación por la acción política procedentes del Movimiento de los Focolares, ha participado en algunos encuentros internacionales auspiciados por el Movimiento por la Unidad, proyección política internacional de esa realidad eclesial. Por otra parte, mantienen conversaciones con políticos católicos del Partido Popular, lo que ha llevado a algunos de sus miembros a afiliarse al mismo a título personal.
La Compañía de las Obras, asociación multifacética surgida en el ámbito humano de Comunión y Liberación, movimiento de indudable vocación educativa, continúa con su actividad, depositando ciertas expectativas en una edición española del “Meeting per l’amicizia fra i popoli” que se celebra anualmente y de forma multitudinaria en Rímini. Con la experiencia previa del “Happening” que los universitarios de CL vienen realizando desde hace una década en la Universidad Complutense, se busca un diálogo con la sociedad, a partir de los retos culturales de nuestro tiempo, con voluntad misionera; diálogo entendido como un vehículo, apropiado, a nuestro tiempo, de la creatividad cultural católica y de la “nueva vida” generada por la experiencia cristiana. De contar con novedades más precisas, las proporcionaremos en su día a nuestros lectores. Por otra parte, una de las entidades adheridas a la CdO, la Asociación Cultural Charles Pèguy de Madrid, persiste con su magnífico periódico mensual (que cuenta con una versión digital, paginasparaelmes.com) y los actos públicos que pretenden proporcionar un juicio católico claro sobre diversos aspectos relevantes de la actualidad social, cultural y política. La asociación hermana de la anterior en Barcelona, por su parte, está desarrollando algunas iniciativas en favor de una política familiar decidida, para lo que se ha dirigido en primer lugar, al gobierno nacionalista de Pujol, a la vez que ha realizado una propuesta de convergencia a otras asociaciones familiares católicas españolas para determinadas actuaciones.
                Foro Arbil y Profesionales por la Ética continúan con sus actividades formativas y de opinión, siempre atentos a la evolución del panorama católico social.
Pero, sin la pretensión de ser exhaustivos en la mención de los grupos y movimientos católicos con vocación pública, sin duda, el principal referente, hoy día, de los católicos sociales españoles, es la asociación catalana e-cristians, creadora del boletín y web homónimos. Impulsada, entre otros, por Josep Miró i Ardevol, está generando un incipiente movimiento con pretensiones de llegar a influir en determinadas decisiones trascendentales para la vida social española. La progresiva configuración orgánica de la asociación, su apertura a personas del resto de España, y sus concretas iniciativas, pese a las prevenciones que provoca en no pocos católicos españoles el indudable nacionalismo catalanista de sus promotores, está llevando a su configuración como una referencia fundamental. Por primera vez en muchos años, una entidad católica realista afronta los retos actuales de la vida social y política con iniciativas, propuestas y un cauce de participación. Prueba de su progresiva relevancia es la reciente creación (primeros días de noviembre) de un núcleo de la organización en Madrid de la mano del editor y periodista Alex Rosal y de Jaime Urcelay (Profesionales por la Ética). En ambos recaerá la responsabilidad de imprimir seriedad y continuidad a la nueva entidad, dirigiendo sus esfuerzos hacia los medios de comunicación, políticos, etc. 
En estas circunstancias complejas, respecto a los medios de comunicación católicos, no podemos omitir la magnífica labor de alguno de ellos, desiguales en alcance y calado, pero de indudable mérito. Es el caso de la cadena COPE, en particular de alguno de sus programas, caso “La linterna de la Iglesia”. El semanario “Alfa y Omega”, por su parte, se ha constituido en la referencia escrita imprescindible del catolicismo español, merced a una labor discreta, sistemática, atenta a todos los aspecto relevantes de la actualidad, sin desatender otros aspectos como la formación; todo ello en sintonía con los pastores de nuestra Iglesia. “Fe y Razón”, junto a la página diaria sobre religión de “La Razón”, siguen jugando un papel importante en este ámbito. Poco a poco, sigue ganando peso e influencia la combativa revista “Católicos del siglo XXI” de Santiago Martín. Radio Intereconomía, el periódico electrónico “Hispanidad”, cada uno es su ámbito, también vienen realizando una magnífica labor. Zenit, la gran agencia católica por internet fundada por españoles y el portal catholic.net, son otras dos iniciativas en la red que no pueden obviarse.
Y en el campo de la televisión la gran novedad la constituyen TMT, que emite en Madrid, y EWTN (de Madre Angélica) que continúa expandiéndose por cable.
En cualquier caso, la batalla de la información, importantísima, se afronta con grandes carencias, como es la ausencia de un canal nacional de televisión católica y la inexistencia de un buen equipo periodístico, en la Conferencia Episcopal, que además de ejercer sus funcione propias, reaccione con celeridad y eficacia ante las continuas campañas desatadas mediáticamente contra la Iglesia.
No olvidemos, por otra parte, algunas magníficas experiencias producidas en el marco de una colaboración cultural entre Iglesia, particulares y poderes públicos. Pensamos, a título de ejemplo, en las diversas ediciones de “Las edades del hombre”,  la exposición “La Rioja, tierra abierta”, los diversos actos celebrados en Cantabria (“Anno Domini”) y la magnífica exposición “La luz de las imágenes” de Segorbe (septiembre 2001 a marzo 2002). Esas experiencias pueden mostrar a la Iglesia como una realidad viva y creativa, alcanzando en cualquier caso un cierto impacto social.

 

Profundidad de la crisis.
La crisis de la Iglesia católica es enorme. La existencia de ciertos signos esperanzadores no debe ser excusa para afrontar con realismo la presente coyuntura, que exige una voluntad misionera sin precedentes.
En estas circunstancias de acoso y desasosiego, sigue siendo necesaria la existencia de católicos en la vida pública y en la política. Pero debe darse una condición en esa presencia: la íntima relación y correspondencia entre esos políticos y el pueblo católico. En caso contrario, los políticos actuarían a su libre saber y entender, desconociendo las necesidades de este pueblo e ignorando sus iniciativas. Otro riesgo, de darse ese divorcio, es la tentación de pretender la instrumentalización de algunos movimientos eclesiales por parte de esos políticos que, al actuar en soledad, responden, con su mejor voluntad, a impulsos de cálculo táctico.
Este complejo y multiforme panorama facilita, en definitiva, la dispersión de las lealtades católicas en dispares iniciativas, aparentemente contradictorias, lo que puede derivar en desconcierto y desánimo.
Descartada, ya, la opción por un partido político católico, así como otras posibles iniciativas sociales, barajadas en su día, podemos afirmar que no existe un polo de atracción de los católicos con vocación pública. Ese polo, en estos tiempos, sólo puede surgir, bien a propuesta e impulso de los obispos, bien por la aparición de alguna entidad o figura carismática que actúe de locomotora en terrenos concretos de la acción social. En estas circunstancias, e-cristians puede ser el germen de una nueva modalidad de presencia social católica que no podemos desaprovechar.
Pero, mientras tanto, sólo cabe preparar el futuro siendo fiel cada uno con su carisma y vocación, evangelizando y creando pueblo.
                El reto es enorme, pero esa es la misión de todos los católicos en el lugar que ocupa cada uno: mostrar la Iglesia al mundo como el medio humano donde el acontecimiento del encuentro con Cristo se hace carne. Una Iglesia, en consecuencia, abierta al mundo, con una presencia social con identidad, con derecho a opinar sobre cualquier cuestión en todo tipo de foros, aportando propuestas y soluciones, sirviéndose, si ello es preciso, de las modernas tecnologías y medios de comunicación.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 51, noviembre de 2001.

La “macrofundación” de Aznar y los democristianos del Partido Popular.

Una “macrofundación”, ligada al Partido Popular, se perfila como el privilegiado “observatorio” desde el que José María Aznar, una vez agote su segundo mandato presidencial, tutele el futuro rumbo de su partido. La nueva FAES nace con una identidad liberal clara. ¿En qué lugar quedan, podemos preguntarnos, los políticos democristianos del Partido Popular?

 

La nueva FAES.

La noticia se esperaba. Desde que el rumor se difundiera en alguno de los confidenciales existentes en internet (también nos hicimos eco de ello en diversos artículos publicados en Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica), sólo faltaba el anuncio de la formalización del acuerdo y la difusión de los “detalles” de la operación. Todo ello se hizo público, finalmente, en un acto celebrado el pasado 26 de noviembre de 2001 al que asistieron, además de los más estrechos colaboradores de José María Aznar, “viejas glorias” del partido y “patronos” de las diversas fundaciones afectadas por el proceso.

La nueva fundación aglutina la mayor parte de las existentes en el entorno del Partido Popular, quedando fuera de la misma algunas de ámbito autonómico. La elección de su nombre, Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), correspondiente a una de las seis implicadas, ya es una declaración de intenciones. Se trata de la entidad en la que Aznar ha buscado buena parte de sus apoyos y sus más estrechos colaboradores en los últimos años. Ello constata una voluntad de continuidad con el trabajo desempeñado por FAES, así como un refrendo de su línea ideológica y táctica.

Dentro del Partido Popular, recordemos, no existen tendencias internas organizadas, pero es evidente la existencia de sensibilidades ideológicas que arrancan de la antigua Alianza Popular y de algunas de las “familias” procedentes de la extinta Unión de Centro Democrática. De cada una de esas sensibilidades han cristalizado, a lo largo de los años y con mayor o menor fortuna, diversas fundaciones teñidas, cada una de ellas, de una precisa orientación ideológica. FAES sería, concretamente, la de orientación liberal.

Con un presupuesto anual, previsto inicialmente, de 4.000 millones de pesetas, la nueva FAES pretende acabar con la característica dispersión de iniciativas de las fundaciones “populares”, marcando, además, una línea ideológica clara: la liberal. Se acabó, por tanto, el “rancio conservadurismo” y la “poco fructífera democracia cristiana”, parece deducirse.

Los interrogantes a resolver en breve, y que serán determinantes para su marcha futura, son varios: el control y procedencia de su financiación pública y privada, la posición adoptada ante la realidad de la familia y sus consecuencias fiscales y sociales, el espacio otorgado a la iniciativa social (en particular en el ámbito de la educación), su futuro peso en la generación y formación de “jóvenes promesas” del partido, etc.

La Fundación Humanismo y Democracia, organizada por una parte de los democristianos procedentes de UCD, queda especialmente afectada en este proceso: aunque no desaparece formalmente, se reconvierte en una ONG que agrupará todos los programas de cooperación al desarrollo asumidos, hasta el momento, por ella misma, junto con los impulsados desde la conservadora Cánovas del Castillo. Con todo ello, el reparto de funciones está claro: la cooperación al desarrollo para los democristianos y el “laboratorio de ideas” para los liberales.

Esta distribución funcional, que supone un claro predominio de las posturas liberales en la factoría ideológica popular, puede interpretarse como una pérdida de peso y espacio de los políticos democristianos dentro del Partido Popular. Pero no hay que caer en engaños. Este acuerdo certifica una realidad evidente. La principal elaboración ideológica del Partido Popular se venía desarrollando en el seno de FAES desde hace años. Por otra parte, no lo olvidemos, ese papel se lo había otorgado el propio Aznar: buena parte de sus colaboradores más estrechos proceden de FAES. También trabajaban en su seno algunos políticos de procedencia democristiana, caso de Eugenio Nasarre; pero seguramente su identidad quedó eclipsada por la orientación liberal y aznarista de la entidad.

FAES renace, por tanto, con una personalidad acusadamente liberal y aznarista y unos terrenos muy concretos en los que trabajar: la macroeconomía, los procesos internacionales de transición a la democracia, las grandes líneas de la evolución social, la formación de los cuadros y jóvenes valores del partido, etc.

Lo ocurrido con las fundaciones “populares” era de esperar: una decisión política del actual líder, determinada por el peso real de las diversas sensibilidades presentes en el Partido Popular (no está permitida la constitución de tendencias organizadas; es muy grande el peso de la experiencia de UCD): liberales, democristianos, conservadores…

Por otra parte, pensando en un futuro a medio plazo, José María Aznar necesita de una plataforma, de un “observatorio”, para instalarse y trabajar en los años que dure su voluntario apartamiento de la primera línea de la política partidaria, fiel a su compromiso de no repetir dos mandatos como Presidente del gobierno, tutelando de paso la marcha del partido. Bien dotado de medios, con buenas relaciones internacionales y magníficos contactos con la plana mayor del Partido Popular; FAES constituye una base magnífica para que su conexión con la “alta política” siga vigente y operativa hasta que una nueva ocasión requiera su regreso…

 

¿Pervive una identidad democristiana en el Partido Popular?

Sin embargo, pese a este aparente predominio liberal, sigue existiendo una cierta presencia de democristianos en el entorno más próximo de José María Aznar: es el caso de Javier Arenas, por ejemplo. Pero la identidad democristiana de esos políticos no parece se haya traducido ni en iniciativas de calado que sintonicen con las convicciones del pueblo cristiano, ni en novedosas aportaciones a la vida interna del propio Partido Popular. Tampoco puede afirmarse que toda la acción política del gobierno del Partido Popular sea análoga a la realizada por el PSOE cuando disfrutó de los mecanismos gubernamentales. Es incuestionable que se ha dado cancha a algunas expresiones de la creatividad social y que se han intentado frenar las nuevas propuestas legislativas dirigidas contra la vida de los no nacidos. Pero no ha sido suficiente. La percepción que tienen los sectores más comprometidos del catolicismo social español es que, progresivamente, la acción política “popular” se ha ido distanciando de las convicciones de la base electoral cristiana que le ha apoyado.

La pérdida de peso de los políticos democristianos españoles en el seno del P.P., paralela a ese distanciamiento que hemos observado en el párrafo anterior, viene de antiguo. Hay que relacionarlo con su gran fracaso político: supieron contribuir de forma decisiva al diseño y ejecución de la mismísima “transición”, pero fueron incapaces de consolidar una agrupación netamente democristiana en sintonía con su electorado natural.

La identidad democristiana no es la única posible para la acción política de los católicos españoles, pero es evidente que sobre los políticos de esas convicciones recae una mayor responsabilidad: por haber depositado en ellos sus expectativas muchos electores católicos, encontrándose, además, en algunos casos, cerca de los centros reales de decisión política.

En estas circunstancias, la noticia de la reconversión de las fundaciones del Partido Popular, en el sentido indicado, no aporta nada nuevo; sólo verifica la pérdida de peso de los democristianos y su carencia de un proyecto propio.

¿Qué factores han influido en esas carencias y retrocesos? Podemos apuntar algunos: su desconexión de la base del pueblo cristiano, la falta de apoyo de la jerarquía católica española en momentos clave de la reciente historia, la ausencia de un proyecto de futuro, su propia división interna, el bajo sentido de pertenencia eclesial y la crisis de identidad de alguno de los movimientos eclesiales de origen.

Creemos que hay muchos motivos, y muy serios, que cuestionan el tradicional apoyo otorgado desde importantes sectores del electorado católico a esta formación. Trabajar desde dentro de este partido es una opción, para los católicos con vocación pública, discutible pero evidente. Existen otras formas de hacer política y presencia social; ámbitos de los que los católicos nos venimos retirando y que exigen una acción alimentada por una identidad clara y un sentido de pertenencia eclesial fiel a la tradición católica de España. Así, recordemos que, como posibles alternativas al actual estado de cosas, en los últimos meses se viene hablando, en medios católicos, de plataformas, foros, grupos de presión, escuelas de formación. De hecho, algunas actuaciones novedosas ya están en marcha (de las que hemos hablado en el artículo “La iniciativa por un partido político católico español se desinfla”, publicado en el número 51 de este mismo medio), mereciendo nuestro seguimiento y apoyo.

En todo caso, el hecho que origina este artículo constituye un motivo de reflexión, para los católicos interesados en la acción pública, del que sacar conclusiones para el futuro.

 

Arbil anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 52, diciembre de 2001.

Católicos y política: algo se mueve.

     Son muchos los católicos descontentos ante la evolución de la actual política española, por lo que consideran que se impone pasar a la acción. Aquí veremos algunos indicios representativos de este estado de ánimo.

 

¿Algo se mueve?
            A lo largo del curso político, que ahora finaliza, se han producido algunos movimientos que permiten aproximarse a las inquietudes políticas de los católicos españoles desde una perspectiva novedosa.
El primero en poner en evidencia esta realidad fue el periodista Alex Rosal, con el artículo de portada del suplemento que dirige Fe y Razón, publicado el sábado 25 de noviembre de 2000 en el diario La Razón. Allí se hizo eco de la preocupación existente entre los obispos de la Iglesia católica española ante el rumbo político seguido por el Gobierno, del Partido Popular, alejado en numerosos aspectos fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia.
            Declaraciones, posteriores, de algunos obispos, confirmaron, de manera rotunda e indudable, el progresivo distanciamiento de algunos sectores del catolicismo español con la alternativa política representada por el Partido Popular, tal como se informaba en dicha crónica periodística. Ese fue el caso del obispo de Mondoñedo-El Ferrol, quien reclamó, a título personal, la necesidad de un partido político que fuera consecuente con la defensa del derecho a la vida.
            Un factor novedoso, producido también a lo largo de los últimos meses,  que no debe perderse de vista y que ha asombrado a propios y extraños, ha sido la demostrada capacidad movilizadora de las Iglesias locales del País Vasco y de Navarra en favor de la paz. Además de suscitar adhesiones de personas procedentes de sectores culturales y políticos aparentemente antagónicos, se ha conseguido, en algunas de sus manifestaciones, la presencia de varias decenas de miles de personas. Pocas otras realidades sociales pueden arrogarse, justo es reconocerlo, esa capacidad de agrupar voluntades. Y sin abandonar el País Vasco, no debemos olvidar el papel jugado por “Foro El Salvador”, cuyos integrantes han ocupado la vanguardia en algunas de las movilizaciones y acciones desarrolladas por el sector social vasco que se encuentra en situación de mayor indefensión.
            A lo largo del año, varias han sido las interesantes iniciativas de la  diocesana “Escuela de Liderazgo Social y Político de Valencia”; siendo capaz de encauzar la movilización de un importante sector de la sociedad valenciana, en defensa de la familia, ante las agresiones legislativas de que ha sido objeto por el “popular” Zaplana.
            En Cataluña, la celebración de las llamadas “plegarias por la paz”, así como en otras diócesis españoles, ha agrupado a diversas personalidades y movimientos eclesiales locales; obteniendo en todo caso cierta resonancia mediática.
            Los integrantes de la “Asociación por el Diálogo y la Renovación Democrática”, en su mayor parte vinculados al “Movimiento de los Focolares”, han continuado con sus actuaciones formativas, iniciando además contactos con políticos en activo.
            La “Asociación Cultural Charles Péguy de Madrid” y la “Compañía de las Obras de España” (dos realidades generadas en el entorno del movimiento de “Comunión y Liberación”), con ocasión de la celebración de diversos encuentros con políticos y otras personalidades de relevancia pública, han logrado reunir a varios miles de personas. Todo ello desde una conciencia precisa de pertenencia eclesial y un indudable interés por la acción. Además, su publicación mensual de opinión ya cuenta con una atractiva versión digital en internet que no conviene perder de vista, por la clarividencia de los juicios allí emitidos: paginasparaelmes.com.
            “Profesionales por la Ética” sigue con su constante programa de actividades.
“Foro Arbil” persiste con su labor, especialmente por parte de los grupos de Barcelona, Madrid y Santiago de Compostela. Por otra parte, el Consejo de Redacción de su mensual digital “anotaciones de pensamiento y crítica”, desde Zaragoza, se ha propuesto reservar un espacio al seguimiento de eventos de especial importancia política y a las realidades emergentes del catolicismo social actual español.
            La “Asociación Católica de Propagandistas”, siempre atenta a la realidad y depositaria de un extraordinario bagaje histórico, está reactivando algunos de sus centros provinciales, iniciándose en Madrid la experiencia de una sección juvenil. Por lo que respecta a las actividades de esta viva realidad de la Iglesia española, no conviene olvidar su enorme trabajo en la consolidación de su Universidad San Pablo – CEU, junto a otras numerosas actuaciones, entre las que destacan los anuales “Congreso Católicos y vida pública”.
            Pero, sin duda, la estrella de todos estos movimientos ha sido el manifiesto elaborado por el portavoz de CiU en el Ayuntamiento de Barcelona, Josep Miro i Ardèvol; difundido a mediados de junio. En el mismo se propone un reflexivo y meditado plan con el objetivo de que los cristianos recuperen su espacio en la vida pública y en la política española. Esta propuesta constituye el documento mas elaborado y complejo elaborado en los ambientes católicos en las últimas décadas. Su web, e-cristians.net, ya es un punto de encuentro de muchos interesados en la presencia pública del catolicismo social.
            Pero, también en Madrid, se han producido algunos pasos en una línea convergente.
            Es el caso del foro digital abierto, también en el mes de junio, por el audaz periodista Eulogio López en su publicación hispanidad.com, denominado “católicos en política”. Este foro se está configurando como un espacio en el que confluyen numerosos católicos especialmente disconformes con la política desarrollada por el Partido Popular.
            Siguiendo en Madrid, no olvidemos los discretos encuentros organizados a título individual por un joven editor, convocando a varias decenas de personas, vinculadas al mundo universitario y de los medios de comunicación, interesadas en nuevas modalidades de presencia de los católicos en la vida pública española.
En este panorama, multiforme y heterogéneo, la “Comunión Tradicionalista Carlista” ha recordado, en algunos medios, que es uno de los partidos políticos españoles que tiene como principal referencia la Doctrina Social de la Iglesia... A  dicha agrupación se debe otro foro digital concebido para la discusión de temas políticos y modalidades de presencial social de los católicos, denominado “Santo Tomás Moro”.

 

Interés hacia el catolicismo desde otros medios.
            Todo lo anterior refleja la existencia, sin ser exhaustivos, de ciertos  movimientos novedosos en el catolicismo español, detectados también por otros medios culturales  ajenos a la tradición cristiana.
            Es el caso del semanario El siglo, que ha dedicado algunos artículos, desenfocados y con un análisis superficial y notablemente erróneo, a la supuesta relación existente entre jerarquía, políticos católicos y ciertos presuntos movimientos internos producidos en el Partido Popular.
            En estas circunstancias, no deja de sorprender que Ramón Jauregui haya abierto en el mismísimo PSOE un cierto debate y espacio dedicados al diálogo socialismo – cristianismo, al considerar que la ausencia del mismo es una de las grandes carencias históricas que debe afrontar el partido en el futuro. Esta acción, que ha explicado en público en un encuentro organizado por la “Asociación Cultural Charles Péguy de Madrid”, tiene su reflejo también en la web oficial del PSE-PSOE, en un intento, sin duda, de atraer a los movimientos de católicos considerados “progresistas”.

 

Algunas características comunes.
            Pero, llegando a este punto, se precisa hacer un cierto esfuerzo de abstracción, para reflexionar y alcanzar algunas conclusiones que permitan orientarnos en este, aparentemente, disperso panorama.
            Veamos algunas características comunes a la mayor parte de los movimientos mencionados.
1.      Los protagonistas de la mayoría de las realidades mencionadas son personas nacidas en los años 60 y 70 que, por edad y formación, no se identifican plenamente, en general, con la experiencia de los políticos democristianos españoles. En este sentido, el libro del profesor Donato Barba “La oposición durante el franquismo/1. La Democracia Cristiana”, (editado recientemente por Encuentro; www.ediciones-encuentro.es) puede ser un precioso material de reflexión y estudio.
2.      Muchas de las iniciativas a las que hemos hecho referencia nacen en el entorno de determinados movimientos apostólicos de laicos; estando marcados por los respectivos carismas y estilos pedagógicos. Por ello su deseable confluencia será, en todo caso, muy lenta y cautelosa.
3.      Las inquietudes expresadas son coincidentes, como semejante es el diagnóstico de la actual situación. Sin embargo, las alternativas propuestas, poco matizadas y elaboradas en general, son muy dispares. Se ha propuesto, en ese sentido, crear un partido político católico, un grupo de presión tipo “Coalición Cristiana” de EE.UU., un centro nacional de formación de laicos, incluso una afiliación numerosa pero crítica al Partido Popular. El reto futuro, ante lo anterior, será dilucidar cuáles de estas alternativas representan una realidad no "plegable" a las reglas del juego dominantes.
4.      No existe una única instancia formadora de las vocaciones al servicio público de los católicos españoles. Durante varias décadas, ese papel lo jugó, casi en exclusiva, la “Asociación Católica de Propagandistas”. Algunas de sus obras fueron El Debate, la CEDA en buena medida, el Ya, los grupos democristianos opositores al franquismo de los años 60 y 70, el colectivo Tácito, etc. Desaparecida esa exclusividad y amortiguada, aparentemente, esa vocación formativa, ese papel empieza a desempeñarse desde otras realidades muy diversas y con calado desigual. No olvidemos, por otra parte, que la pedagogía de algunas realidades eclesiales concibe la acción política como una vocación individual desempeñada bajo la exclusiva responsabilidad personal. Ello imprime, a la actual situación, una aparente dispersión realmente compleja.
5.      No ha surgido, de momento, ninguna figura carismática que agrupe voluntades y despeje el camino. Ni tampoco, desde la jerarquía, se ha manifestado especial interés o apoyo hacia las alternativas propuestas.

 

El caso italiano.
El proyecto elaborado por el nuevo ministro de Sanidad italiano Girolamo Sirchia, en consonancia con una experiencia ya desarrollada en Milán, que cuenta con el apoyo del ministro de políticas de la Unión Europea en Italia, Rocco Butiglione, con la voluntad de proteger la maternidad como acción específica que pretende combatir al aborto legal, ha despertado ciertas expectativas también en España. Muchos católicos españoles han aplaudido tal propuesta, concreción de una posible política en consonancia con la Doctrina Social católica y fuera de los cauces de la extinta Democracia Cristiana. Un motivo, más, para la reflexión de los católicos preocupados por la marcha general de la sociedad.
El verano será, en todo caso, tiempo de descanso, reflexión, y encuentros formativos y personales; un tiempo precioso para afrontar los retos presentados a los católicos españoles.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 47 – 48, julio – agosto de 2001
Reproducido en Ahora Información, Nº 52, julio – agosto de 2001

¿Acción política o presencia social? Falso dilema de los católicos españoles.

     El debate producido en algunos ambientes católicos sobre la “crisis” existente con el Partido Popular, puede resumirse en una pregunta: ¿acción política o presencia social?

 

Introducción.
            El debate producido entre los católicos españoles acerca de las relaciones existentes con el Partido Popular, definidas por la palabra “crisis”, ha suscitado diversos posicionamientos.
            Varias han sido las respuestas y alternativas aportadas: la creación de un partido político católico para defensa de los grandes valores, refugiarse en la acción social, continuar como hasta ahora, reforzar la cultura católica y el sentido de pertenencia eclesial, la creación de Escuelas formativas de futuros líderes católicos.
            Poco a poco, el debate se ha ido difuminando, eclipsado, además, por la colosal embestida anticatólica sufrida con ocasión de la polémica desatada en torno a la posición ante el pacto antiterrorista de la Conferencia Episcopal española.
            Pero, pensamos, no por ello vamos a dejar de reflexionar en torno a algunos aspectos relacionados con la polémica que no deben obviarse.

 

¿Existe un pueblo católico?
            En artículos anteriores, de esta publicación digital, considerábamos que la existencia de unos políticos católicos no puede desligarse de la realidad del pueblo al que pertenecen. Consecuencia de ello era considerar que la “crisis” sufrida por estos políticos es expresión de la padecida por ese mismo pueblo.
Las estadísticas nos confirman la existencia de esa crisis, hasta el punto de que difícilmente es reconocible un pueblo católico.
            Saquemos a relucir algunos datos correspondientes al estudio “Jóvenes españoles 99”. Así, la práctica semanal de los jóvenes españoles se sitúa en torno al 12%, 8 puntos menos que en 1984, estando previsto que en 3 años baje a un 10%. La asistencia ocasional (determinadas festividades) se mantiene con dificultades. Las diferencias entre chicas y chicos tiende a disminuir. La práctica regular es mayor entre los universitarios de 2º y 3º ciclos que entre bachilleres, estudiantes de Formación Profesional y universitarios de 1º ciclo. El 65% de los jóvenes entre 18 y 24 años decían creer en Dios en 1995, seis puntos menos que 10 años antes. Un 24% cree en la resurrección de los muertos y un 27% en la reencarnación (¡!). La expresión central del dogma cristiano “Dios existe y se ha dado a conocer en la persona de Jesucristo” recogía, en 1994, el acuerdo del 70% de los jóvenes españoles y en 1999 bajó hasta el 60%. Especialmente significativo es el dato que indica que no llegan al 3% los jóvenes españoles que señalan a la Iglesia como uno de los espacios donde se dicen las cosas más importantes para orientarse en la vida. Esa pregunta, dentro del grupo de “practicantes”, sólo alcanza al 10%. En resumen, señala el articulista de la revista “Mensajero del Corazón de Jesús” (marzo de 2001), editada en Bilbao por la Compañía de Jesús, “la socialización religiosa de los jóvenes españoles se encuentra en plena crisis. Fallan la transmisión familiar de creencias y valores religiosos y el prestigio y valor de la religión en una sociedad secularizada y en una familia igualmente secularizada”.
            El diagnóstico parece catastrofista, pero, para reflexionar con seriedad sobre estos temas, tenemos que preguntarnos: ¿esto es así realmente? ¿qué pasa en otros países del entorno? ¿España es una excepción?
“ (…) La Iglesia tiene los medios y los instrumentos, pero ya no tiene al pueblo. Un querido párroco bresciano confesaba recientemente con asombro que, tras un examen puntual sobre la asistencia durante los días de fiesta en su parroquia, que tiene la fama de ser una de las más afortunadas, había notado con sorpresa que a la misa del domingo sólo iba el 14%. Y un joven sacerdote con diez años de misas, inteligente y muy entregado a la actividad pastoral comentaba, hojeando un manual para reuniones litúrgicas, de formación y catequesis, que los manuales están cada vez mejor hechos pero no sabemos a quién dárselos porque la gente no viene a nuestras reuniones. La Iglesia ha pasado por épocas (y no pensamos en las persecuciones de la Roma imperial) en que las autoridades institucionales políticas y sociales la combatían, y disponía de pocos medios e instrumentos. Pero el pueblo estaba de su parte. Además de la gracia de Dios. Hoy todas las autoridades estiman a la Iglesia: no hay un pueblo ni ciudad donde el nuevo párroco no sea recibido, en primer lugar por el saludo del alcalde. Pero ya no hay pueblo cristiano. Hoy sucede que el público se presenta en ciertos momentos, al igual que en otros, delante de la televisión, hace subir la audiencia. (…) La Iglesia en estos últimos años dispone, además de la prensa, de radios, televisiones, Internet. Pero ¿dónde están los usuarios?”. El texto anterior corresponde a unas reflexiones de Gabriele Filippini en la editorial del semanario de la diócesis de Brescia (3 de noviembre de 2000). Nosotros hemos extraído esos párrafos de la revista “30 días en la Iglesia y en el mundo”, número 11 de 2000.
El panorama descrito en esas líneas bien podría aplicarse a España: la Iglesia se asemejaría, poco a poco, a una estructura vacía, sin un pueblo detrás.

 

Un artículo de José Luis Restán.
            En el artículo “Católicos y PP: razones y sinrazones de una frustración creciente” de este gran comentarista de temas religiosos de COPE, que figura en la edición de febrero de 2001 de la publicación digital paginasparaelmes.com, versión en internet del mensual del mismo nombre de la Asociación Cultural Charles Péguy, el autor vierte varios juicios interesantes. Mencionaremos, sin ser exhaustivos, alguno. Es ilusorio pretender, opina, que el Partido Popular desarrolle una política católica, cuando en este partido confluyen otras identidades políticas e ideológicas. Son imprescindibles –cuestión de vida o muerte, afirma- espacios de libertad en los que la creatividad católica se concrete en obras educativas, sociales, culturales y sanitarias; lo que podría generar un pueblo que un día proporcione un espaldarazo sociológico a los políticos católicos. También opina que los católicos españoles, a través de sus políticos, evidencian una falta de conciencia de pertenencia eclesial y una debilidad cultural católica, alejados de los retos de la nueva evangelización.
            En otra ocasión, en ”La linterna de la Iglesia”, a primeros de marzo, este periodista comentaba que “todavía existe la sensación en algunos ambientes de que España sigue siendo católica, como si sólo con soplar sobre las brasas fuera suficiente para que rebrotara con fuerza el catolicismo de este pueblo. Nada más alejado de la realidad”.
            Estas afirmaciones anteriores deben ser objeto de reflexión, más cuando proceden de una persona con una información muy precisa sobre las diversas realidades de la Iglesia española.
            Tales consideraciones son, además, un diagnóstico sencillo pero realista del panorama católico español, a la vez que proporcionan algunas “pistas” que señalan el trabajo a desempeñar en el presente y futuro.

 

La crisis suscitada por el pacto antiterrorista.
            Hemos mencionado, en otro apartado de este mismo artículo, a la crisis desatada con ocasión de las críticas realizadas a los obispos españoles con la excusa de su postura ante el “Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo”.
            José Luis Restán, en un nuevo artículo titulado “El precio del escándalo” aparecido en la edición de marzo del citado medio digital madrileño, ha reflexionado al respecto con una profundidad que no hemos encontrado en ningún otro medio. Nos remitimos al mismo para comprender perfectamente el fondo y las circunstancias en que el debate se ha producido.
            Nosotros realizaremos, aquí, algunas reflexiones en lo que respecta al tema que tratamos.
            Dicha campaña político-mediática ha sido ocasión para el lanzamiento de un tremendo ataque, en toda regla, al papel de la Iglesia en la España de hoy, con la excusa de la petición de un posicionamiento partidista. Incluso, podríamos pensar, que ha sido la ocasión esperada por algunos de los estrategas del Partido Popular para marcar distancias con la Iglesia y así poder avanzar sin trabas hacia los espacios sociológicos del centro reformista, granero electoral en el que se juegan las elecciones políticas españolas.
            En cualquier caso, la crisis evidencia que el anticatolicismo pervive en sectores importantes de la sociedad española, para los que el espacio que debe concederse a la Iglesia es el correspondiente a las sacristías y a las obras de caridad no asumidas por las laicas ONGs. Esto no es una novedad, pero, a la contra, indica el camino a seguir por la Iglesia española: la presencia social reconocible en obras concretas que permitan el encuentro personal con las personas como medio privilegiado de misión en la España de nuestros días.

 

Un falso dilema.
            En este debate, relativo a la acción política de los católicos españoles, se corre un riesgo: eludir los problemas reales de nuestra Iglesia, olvidando la misión esencial de la misma. Incluso puede, ante la falta de vigor misionero, que con esa actitud busquemos evadirnos de la realidad en pos de proyectos ilusorios. No afirmamos que sea esta actitud la predominante, pero es un riesgo que hay que tener en cuenta.
Por todo ello, a la pregunta que preside el escrito podríamos responder con la afirmación de una necesidad imperiosa: ¡nueva evangelización!
            La labor misionera requiere obras concretas. No se trata de un activismo sin objeto. Al contrario. Esas obras (colegios, hospitales, universidades, medios de comunicación, asociaciones de todo tipo) deben ser fieles al carisma que les inspiró en su creación; de modo que constituyan ocasión para que los españoles tengan oportunidad de encontrarse con otros compatriotas portadores de un atractivo que les viene dado por Otro.
Ello no excluye una labor de los católicos que trabajan también en el mundo de la política. Pensamos que esa labor es muy importante. Pero no puede entenderse esa presencia en la política al margen de ese pueblo cristiano que se empieza a rehacer.
La mayor o menor conciencia de pertenencia al cuerpo eclesial, en palabras del citado autor, y la incierta fortaleza cultural de los católicos españoles expresada en criterios operativos concretos, son claros indicadores de la real salud misionera de la Iglesia española de hoy.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 43, marzo de 2001
Reproducido en Ahora Información, Nº 51, mayo – junio de 2001

Católicos en el Partido Popular.

            Buena parte de los políticos católicos españoles trabajan en el seno del Partido Popular. ¿Cuál es la situación real del partido? ¿Qué margen de maniobra permite la actual estructura y el funcionamiento del mismo a los católicos?
La táctica más extendida entre los católicos españoles interesados en la acción política afirma que, en un ejercicio de realismo, la opción más viable es trabajar en el seno del Partido Popular. Serían los políticos de corte demócrata cristiano los campeones del electorado católico. Pero, es lícito preguntarnos, ¿esto es así?, ¿la actual realidad de este partido facilita esa táctica?

 

Los demócrata cristianos en la transición española.
            Los democristianos españoles apostaron, sin lugar a dudas, por el nuevo régimen democrático. La mayoría optó por una transición tranquila, la reforma, logrando imponer desde UCD, junto a políticos de otras orientaciones, ese modelo. Los menos, eran partidarios de una ruptura democrática, caso de los miembros del llamado Equipo Demócrata Cristiano, discrepando además en el modelo de articulación territorial de España al optar por el federalismo, frente al autonomismo de los primeros.
Históricamente, vemos que la mayor parte de los sectores demócrata cristianos españoles confluyeron en su día en la Unión de Centro Democrático. Ese fue el caso de los integrantes de Unión Democrática Española (Alfonso Osorio y otros), Partido Popular Demócrata Cristiano de Álvarez de Miranda, los militantes democristianos del Partido Popular (algunos de los antiguos miembros del grupo “Tácito”) y parte de los componentes del llamado Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español (formado por la Federación Popular Democrática de Gil Robles e Izquierda Democrática de Ruiz Giménez) tras su inicial y clamoroso fracaso electoral. Otros democristianos, caso del pequeño sector escindido de UDE, la Asociación Democrática Española de Federico Silva Muñoz, optaron por Alianza Popular.
Con la explosión de UCD, la mayoría de sus democristianos organizaron el Partido Demócrata Popular, con Oscar Alzaga a la cabeza. Junto a AP y un pequeño grupo liberal conformaron la Coalición Popular. Tras sufrir significativas defecciones y la dimisión de Oscar Alzaga, el PDP se transformó por poco tiempo en Democracia Cristiana, con Javier Rupérez al frente; partido disuelto tras su fracaso en las elecciones europeas. En esas circunstancias, la mayoría de sus militantes confluyeron finalmente en la “casa común” del Partido Popular, salvo unos pocos que terminaron en Centro Democrático y Social (Pilar Salarrullana y otros). Esa es, muy resumida, la historia de la sopa de siglas democristianas vivida en la transición, y ello sin entrar en los partidos nacionalistas de origen demócrata cristiano, como el Partido Nacionalista Vasco y la Unión Democrática de Cataluña. Incluso, en nuestros días, algún nuevo partido, caso de Convergencia de Demócratas de Navarra, escisión de Unión del Pueblo Navarro, reclama el humanismo cristiano y el pensamiento social católico como definitorio de su identidad, lo que no le ha impedido apoyar con sus votos en el Parlamento de Navarra que las parejas homosexuales tengan opción al ejercicio de adopción.
En cualquier caso, y como conclusión, deducimos sin dificultad que no cuajó un partido demócrata cristiano en España. Las razones de ese fracaso exceden este artículo pero, sin duda, son motivo de reflexión. No obstante, apuntaremos algunas: personalismo de sus líderes, fragmentación, falta de apoyo de la jerarquía eclesial católica, divergencias ideológicas importantes.
            Pero los políticos católicos del centro – derecha no sólo se acogen al paraguas democristiano. Encontramos a católicos también entre liberales y conservadores (un caso significativo es el de Antonio Fontán, cuyo papel entre los políticos liberales ha sido muy importante en las últimas décadas).
            En la actualidad, en el Partido Popular, además de los procedentes de la primitiva Alianza Popular (formación inicialmente conservadora, pese al añadido liberal posterior), encontramos a militantes liberales, democristianos, incluso socialdemócratas. En definitiva, las familias de la UCD, salvo los llamados “azules” que no tenían una identidad ideológica homologable a ninguna corriente europea.
            Pero los actuales líderes del Partido Popular han aprendido de la historia y quieren evitar, a toda costa, los riesgos de la tradicional vocación “cainita” de estos medios políticos, tal como se sufrió en buena medida en UCD. Y lo están consiguiendo mediante un férreo control del partido, de modo que las prácticas democráticas internas lo son de forma muy limitada.

 

La configuración de un nuevo Partido Popular.
            La democracia interna del Partido Popular no es ejemplar. Prueba de ello son los procesos electivos internos, mediatizados por las listas “únicas” o de “consenso”, consigna y práctica en la mayoría de los congresos provinciales y autonómicos del partido. También confirma ese funcionamiento la elaboración de los programas electorales y de las ponencias congresuales, redactadas por un número muy reducido de personas, altos cargos del partido generalmente ministros, del círculo de máxima confianza del Presidente Aznar.
            Todo ello parece indicar la existencia de un modelo de partido formalmente democrático, pero oligárquico en su práctica cotidiana.
            Paralelo a este férreo control, encontramos una casi total ausencia de diálogo doctrinal interno, de intercambio ideológico. Son las minorías directivas las que imponen la orientación a seguir, las que determinan las grandes líneas estratégicas y tácticas. En los congresos provinciales y autonómicos, es práctica común la casi total ausencia de debate ideológico y doctrinal. El interés por “lo cultural” es insignificante. Tal vez, en parte, se retome la tradicional apatía de estos sectores sociológicos del “centro”, pragmáticos y poco amigos del debate y las grandes elaboraciones teóricas. Pero pensamos que también es un síntoma más de los derroteros actuales emprendidos por la cúpula dirigente del Partido Popular.
            José María Aznar tiene claro su modelo de partido: control de las estructuras internas, unidad en la dirección, especialización de los responsables del mismo, fidelidad absoluta al liderazgo, apertura sociológica y programática al llamado “centro reformista”, abandono progresivo de las señas de identidad cristianas, lanzamiento internacional de su táctica y liderazgo.
            Y en este modelo, otros indicios ratifican la línea emprendida.
            Es el caso del proyecto de unificación de las fundaciones del entorno del Partido Popular.
La más importante es la Fundación para Análisis y Estudios Sociales (FAES), de tendencia básicamente liberal (Hayek sería su principal referente ideológico). Es el laboratorio de ideas y granero de nuevos dirigentes. Encontramos allí, curiosa paradoja, antiguos comunistas y otros radicales de izquierda reconvertidos en el liberalismo reformista de Aznar. También participa un ilustre democristiano: Eugenio Nasarre. El peso de las gentes de FAES es importante en el control y dirección de las estructuras del partido y, sobre todo, en la composición y orientación del propio Gobierno. Por todo ello, su papel en el futuro del Partido Popular parece fundamental. Cuenta con organizaciones “hermanas”, caso de Elkargunea en el País Vasco.
            La Cánovas del Castillo agrupa a personalidades de convicciones conservadoras. Editan algunas publicaciones periódicas (la revista veintiuno), organizan cursillos formativos y de capacitación de líderes y trabajan también la cooperación al desarrollo, a modo de ONG.
            Humanismo y Democracia es la demócrata cristiana. De vida algo lánguida, también se está abriendo a la cooperación al desarrollo, como una ONG más, y edita numerosos folletos y libros. Caso significativo de su línea de actuación fue la edición de lujo, en dos magníficos volúmenes, de las “obras completas” de Jaime Ignacio del Burgo, político navarro en activo, democristiano. Corrió a cargo del entonces gerente de la Fundación, y amigo del citado, Ricardo de León, antiguo consejero del Gobierno de Navarra. Recientemente ha sido nombrado representante permanente del Gobierno de Navarra ante las administraciones públicas, en Madrid. Un signo indudable de que hay que buscarse nuevos acomodos ante los tiempos que se avecinan.
            Otras pequeñas fundaciones del entorno son la Atlántica, la Popular Iberoamericana, la de Estudios Europeos y el Instituto de Formación Política (inactivas las tres últimas).
            Todas ellas, salvo tal vez la democristiana (según informaba Jesús Rodríguez en el diario El País el pasado domingo 11 de febrero), serán objeto de una fusión, siendo su objetivo una “macrofundación” liderada por José María Aznar, una vez se retire de la Presidencia del Gobierno. Desde allí y la presidencia del PP, ejercería el liderazgo del partido (el llamado “proyecto Arzallus”) y lo intentaría en la Internacional Popular y Reformista que se viene perfilando en los últimos meses; más cuando se trata casi del único líder no socialista europeo con éxitos electorales recientes.
La marcha de sus juventudes, las Nuevas Generaciones, sigue la misma línea. Pero no es ninguna novedad. Sin apenas peso en el partido, siempre han destacado por intentar ser más progresistas que sus mayores. Por lo tanto, como siempre; pero lo que parece claro es que las juventudes no serán obstáculo alguno para la nueva orientación del partido.
            También son significativos algunos posicionamientos doctrinales. Es el caso del coqueteo con el “nuevo laborismo”, vía amistad de Aznar con el primer ministro británico Blair.
            Y no olvidemos la moda “azañista” que, impulsada por las lecturas y declaraciones al respecto realizadas por Aznar, se extendió por sectores del partido. Esperemos que los libros de Pío Moa sobre la Segunda República española, así como el reciente texto del historiador Federico Suárez (Manuel Azaña y La guerra civil española, editorial RIALP, 2000), les disuada de tan extraño descubrimiento.
            Por último, mencionaremos un aspecto especialmente hiriente para los católicos. Con anterioridad al acceso del Partido Popular al Gobierno de la nación, no era infrecuente la realización de declaraciones públicas de algunos de sus líderes manifestándose a favor del derecho a la vida. Sin embargo, una vez en el Gobierno, tales declaraciones han desaparecido, acompañando a tal cambio la progresiva adopción de medidas para nada coherentes con esas previas manifestaciones. Por eso, en algunos ambientes católicos se tiene la impresión de haber actuado de “comparsa” en la estrategia del partido para acceder al Gobierno. Si a ello sumamos la percepción de que el voto católico está “bien amarrado”, a juicio de los dirigentes del propio PP; es comprensible el profundo disgusto manifestado en esos ambientes católicos.

 

Espacio para el debate interno: derecho de todos, también de los católicos.
Consecuencia lógica, de la actual orientación del Partido Popular, es la prohibición de las tendencias internas: un líder, un partido, una ideología.
No existe, por lo tanto, una tendencia organizada demócrata cristiana. Ni liberal, conservadora u otra. Ni siquiera se habla, apenas, de “familias” ideológicas o con otro tipo de afinidades, si bien existen algunas publicaciones en el entorno del Partido Popular con una determinada orientación (Nueva Revista, Revista hispano cubana, etc.).
            La mayoría de los protagonistas democristianos de la transición española están, a causa de su avanzada edad, retirados de la vida pública o en segunda fila. Pero sigue existiendo un número importante de políticos de convicciones católicas en el Partido Popular, aunque no todos asuman la etiqueta democristiana.
            En esta situación, ¿qué margen de maniobra tienen los políticos católicos para actuar en consecuencia con sus principios? Tememos que muy poco, dados los condicionamientos que hemos analizado. Y si los políticos católicos no pueden hacer valer su concepción de la vida social, el pueblo católico se queda sin representación política efectiva.
Ya hemos denunciado en esta publicación digital (sendos artículos publicados en los números 40 y 41), haciéndonos eco de otras reflexiones análogas, el progresivo alejamiento en la práctica del Partido Popular de la cosmovisión cristiana. Parece deducirse, por lo tanto, que el espacio y capacidad de influencia de los políticos católicos, que debieran asumir los principios informadores de la Doctrina social de la Iglesia como criterio fundamental en su actuación, está siendo limitado progresivamente.
Pero seamos realistas. Ese mismo margen de maniobra –escaso, parecen indicarlo todas las circunstancias indicadas- lo tienen los demás políticos que no forman parte del reducido núcleo rector de la vida del partido.
            Mucho tememos que “el que se mueva no sale en la foto” también es una práctica del Partido Popular.
            Los políticos católicos tienen unos intereses y unas obligaciones concretas, una identidad que en diversos aspectos les diferencian de los objetivos de otros políticos del partido: principio de subsidiariedad, defensa de la vida, libertad de enseñanza, economía social de mercado, participación, solidaridad.
            Reclamar un espacio para los católicos supone hacerlo también para otras identidades sociales y culturales no católicas.
            Por ello, esta reivindicación, de llevarse a cabo, constituye una oportunidad de renovación para todo el partido y, por extensión, para el actual sistema. La democratización de sus estructuras sólo puede beneficiar a la salud interna del Partido Popular. Como católicos, como laicos, hay que reclamar un espacio propio para la identidad y el debate, al igual que para otras realidades ideológicas y sociales. Espacio, pluralismo, diálogo. Democracia interna, en definitiva.
Pasaron los tiempos en que un partido sólo era la proyección de un líder carismático. O, al menos, eso creíamos.
El tiempo confirmará si la vía elegida, para el ejercicio de su compromiso temporal, por estos políticos católicos ha sido acertada. En caso negativo, esperamos su autocrítica y la búsqueda de nuevas vías.
            Aunque, tememos, ese tiempo ya ha llegado.

            En cualquier caso, la crisis que sufren los políticos católicos no es independiente de lo que ocurre en el pueblo cristiano. Ello debe ser motivo de profunda reflexión para todos los católicos españoles.


 Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero 2001.