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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

¿Partido Popular versus derecha social?

¿Un partido político católico?: el gran silencio. Reflexiones en torno al futuro de la acción política de los católicos españoles.

La propuesta de posible creación de un partido político católico, realizada por Monseñor Gea Escolano, apenas ha sido debatida o comentada en la mayoría de medios de comunicación. Esta reacción, entre los propios católicos, ¿ha sido distinta?

La propuesta de Monseñor Gea.
Monseñor Gea Escolano, Obispo de Mondoñedo-Ferrol, realizó recientemente la insólita propuesta, políticamente incorrecta, de considerar la creación de un partido católico como posible alternativa ante la actual evolución de la vida política española, en particular en lo que respecta a la defensa del derecho a la vida. Esta propuesta, en buena medida, es una de las reacciones producidas ante la situación existente entre los católicos y el rumbo adoptado por el Partido Popular, que considera al voto católico como bien amarrado, lo que le permite actuar a espaldas de los intereses y valores de ese sector social que, mayor o menor, es una realidad.
La voz de alarma ya se había dado anteriormente. Así lo analizamos en un artículo anterior (La crisis abierta entre los católicos españoles y el Partido Popular, número 40 de esta misma publicación digital).
Esta propuesta de un partido católico ha pasado, de todas formas, sin pena ni gloria.
Apenas ha tenido repercusión entre los tertulianos, columnistas de los medios de comunicación y nuestros políticos. Entre los propios católicos españoles, la reacción ha sido, en general, similar.
Sólo ha tenido resonancia en los reducidos círculos más concienciados de algunos movimientos eclesiales y grupos de católicos con cierta, pero imprecisa, vocación política.
Apenas comentarios y artículos al respecto. ¿Cómo es posible esto?
Dalmacio Negro, desde el diario La Razón, publicó un interesante artículo en el que alertaba de los peligros del poder estatal, también, para los católicos, a la vez que marcaba el acento en el importante papel cultural y espiritual de la Iglesia.
Antonio Martín Beaumont, desde elsemanaldigital.com, realizaba una tremenda crítica, tanto a la Jerarquía católica española, como a los políticos de corte “democristiano”. Y poco más.
En las publicaciones católicas apenas han figurado comentarios al respecto. Uno de éstos ha sido el desarrollado por José Antonio Ullate en “Católicos del siglo XXI”, en el sentido militante y contracorriente que le caracteriza.
La web del magnífico periodista Eulogio López, hispanidad.com, acogió, con concienzudas matizaciones, la propuesta (edición del 22/01/01, por ejemplo), así como algunas aportaciones de sus lectores.
Ciertas “cartas al director”, publicadas en determinados medios, acogían con mayor o menor agrado, la citada propuesta. Incluso, algunas de ellas, recordaban la existencia de pequeñas formaciones políticas inspiradas, de alguna manera, en la Doctrina Social Católica; partidos, recordemos, sin apenas incidencia en la vida social española.
Un gran silencio y una ausencia casi total de réplicas, en definitiva, también por parte de otros obispos y de los políticos a los que pudiera afectar, a medio y largo plazo, un evento de este tipo.

La naturaleza de la propuesta.
Para el pensamiento predominante, reflejado en la inmensa mayoría de los medios de comunicación, la cultura, la política y la Universidad, sin duda, se habrá tratado de una propuesta reaccionaria, retrógrada, fuera de la historia y, por ello, sin posibilidad alguna de concreción y espacio propio relevante.
En este sentido, en el número correspondiente a la semana del 15 al 21 de enero, el semanario de actualidad, muy próximo al PSOE, El siglo, interpretó las manifestaciones de algunos obispos, respecto a la evolución ideológica del Partido Popular, como un elemento más de la supuesta lucha existente entre halcones y palomas dentro del partido gubernamental. Esta interpretación ratifica que, para ese sector del pensamiento dominante, es inconcebible que la Iglesia pueda tener sus propios criterios también en la vida pública. Un reflejo más del dualismo imperante.
También para muchos católicos se habrá tratado de una propuesta ajena a la realidad; no en vano el dualismo se ha impuesto en casi todos los ambientes, incluidos los católicos. Y, en tales circunstancias, los políticos católicos difícilmente podían ser una excepción.
Este dualismo nos indica que el cristianismo sólo es aceptable en el fuero interno, en la catequesis, incluso en algunos ámbitos culturales y familiares. Pero no es admisible, desde esa perspectiva mayoritaria, que la fe tenga repercusión, ni nada que ver, con la política, la economía, la generación de realidades sociales, el consumo, etc. Además, a tales consideraciones acompaña la constatación de la progresiva pérdida de influencia social de la Iglesia católica.
Por ello es comprensible el silencio general, tan evidente que parece se hubiera seguido una imperativa consigna coactiva.
Volvamos a la propuesta de Monseñor Gea. ¿Cuál era su verdadera naturaleza? Tal vez una iniciativa personal no contrastada con otros miembros de la Conferencia Episcopal. Pudiera ser, acaso, un “globo sonda” para pulsar los ambientes católicos españoles. Incluso podría tratarse de una “advertencia”, más dirigida a los políticos católicos que al propio Partido Popular.
De tratarse de una iniciativa personal, ya hemos visto el resultado: un silencio significativo por parte de sus compañeros obispos, lo que quiere decir que se trata de una opinión personal que no responde al criterio mayoritario de los mismos.
Si se ha pretendido, con tal propuesta, pulsar los ambientes católicos españoles, también es significativo el escaso eco producido entre los mismos. Naturalmente que se ha hablado de ello en muchas familias y círculos con vocación política; pero se trata de excepciones.
En el supuesto de tratarse de una advertencia, ya se verá el resultado a corto y medio plazo. Pero, en cualquier caso, el rumbo marcado por el Partido Popular hacia el “centro reformista” parece firme y decidido. Así parece avalarlo los últimos movimientos realizados por José María Aznar a nivel internacional. Y en ese camino, las iniciales referencias cristianas del Partido Popular serán soltadas, cual pesado lastre que impide sintonizar con el electorado mayoritario del país.
Veamos, ahora, un poco su contenido. La propuesta de Monseñor Gea Escolano parecía circunscribirse, fundamentalmente, a la necesidad de afrontar el reto que presenta hoy día la defensa de la vida en la sociedad española, cuya expresión más dramática es la actual situación permisiva ante el aborto y otros fenómenos asociados al mismo.
Sin embargo, si volvemos al valiente artículo publicado por el escritor Alex Rosal en “Fe y Razón” del sábado 25 de noviembre de 2000, son bastantes más los problemas que están ensanchando la brecha entre el Partido Popular y los católicos españoles. Por ello, limitar la existencia de un partido político católico a la defensa de la vida, siendo en todo caso un aspecto fundamental de la acción pública de los católicos, desnaturaliza y limita, en alguna medida, el sentido y finalidad de la misma.

Algo se mueve en la “escena” católica española.
La movilización de los católicos vascos realizada el pasado sábado 13 de enero en Vitoria, convocados por los obispos vascos y el navarro para una jornada de oración por la paz, pese a todas las matizaciones y críticas que pueden realizarse, ha podido inducir a la reflexión de nuestros políticos. Ha podido irritar, se ha intentado “quitar hierro” al asunto, pero es indudable la capacidad de convocatoria de esta Iglesia local, movilización que pocas realidades sociales vascas pueden arrogarse.
Recordemos otro asunto: las manifestaciones de algunos católicos a favor del “voto en blanco” con ocasión de las pasadas elecciones legislativas españolas del 12 de marzo de 2000.
Más elementos a tener en cuenta. Así, el descontento y la abierta crítica hacia la actual política gubernamental que se percibe en los núcleos más comprometidos de algunos de los nuevos movimientos eclesiales españoles.
Algo se está moviendo, parece indicar todo lo anterior, en la “escena” católica española.
Y que todo ello pueda concretarse en una iniciativa que movilice, llegado el día, unas decenas de miles votos, puede ser decisivo y fundamental para el mantenimiento en el Gobierno de España del Partido Popular, más cuando la erosión lógica del ejercicio del poder le está afectando y sus perfiles netamente originarios se difuminan en la porosa frontera con el espacio propio del PSOE.
La pregunta que nos hacíamos, en definitiva, al inicio del artículo era: el voto católico, ¿realmente se encuentra “amarrado”?
Pero en un ejercicio de realismo, después de las anteriores consideraciones, tendríamos que plantearnos otros interrogantes. ¿Qué sentido de pertenencia a la Iglesia tenemos los católicos españoles y, en particular, nuestros políticos? La pérdida de “espacio” de los católicos en el Partido Popular, ¿no es acaso paralela a la pérdida de incidencia real en la vida social española de la Iglesia?
Sin duda, tales interrogantes son fundamentales, pero exceden, con mucho, este artículo y la capacidad de su autor.

Consecuencias de un modesto artículo de opinión.
Con todo, en nuestro caso tenemos que relatar unas reacciones, no buscadas e insospechadas, de nuestro anterior artículo La crisis abierta entre los católicos españoles y el Partido Popular. Y lo ocurrido ha sido la recepción de varios e-mail y algunas llamadas telefónicas procedentes de miembros cualificados de grupos con vocación pública y de movimientos significativos del panorama eclesial español, manifestando su adhesión a los contenidos del texto.
Recordemos las tesis centrales del artículo:
1) El rumbo actual del Partido Popular está orientado en una dirección distinta, y en algunos asuntos fundamentales de forma antagónica, de la marcada por la Doctrina Social Católica.
2) El pueblo cristiano español empieza a rehacerse, en parte de la mano de los nuevos movimientos eclesiales. No olvidemos la pluralidad y variedad de los mismos.
3) La constatación de la necesidad de la creación de instrumentos formativos de futuros políticos católicos, sustentados en un diálogo vivo y real con el pueblo cristiano y en una pertenencia carnal a la Iglesia.
Con mayores o menores matizaciones, estos juicios son compartidos por los comunicantes.
Este hecho no es especialmente trascendente. No pasará a la historia. Faltaría más. Pero constata la progresiva creación de una red informal de relaciones personales en la que confluyen voluntades con vocación política y una conciencia de la necesidad de “hacer política” con un nuevo sentido de la misma.
Sin embargo, aunque se percibe esa necesidad de una “nueva política” y una “nueva presencia”, no está claro qué hacer exactamente y para qué.

“La necesidad crea el órgano”.
En esta “red”, de la que hablamos párrafos arriba, se percibe la necesidad de que alguna institución católica, con vocación de servicio, tome la iniciativa. Varias han sido las posibles alternativas barajadas, a desarrollar en un futuro no lejano: un foro permanente de discusión en internet, una revista especializada, una Escuela de Formación Política de ámbito nacional, la convocatoria de un nuevo “congreso Católicos y vida pública” centrado en “lo político”, la creación de un “lobby” católico, etc.
Ideas no han faltado. Pero seguimos sin saber exactamente qué es lo que hay que hacer. Y en esta labor de discernimiento, la orientación paterna de nuestros obispos puede ser un medio extraordinario y adecuado.
El objetivo último no tiene que ser, necesariamente, la creación de un partido político. Pero esta inicial movilización de voluntades no debiera desaprovecharse. Si se llegara a fundar un nuevo partido político (improbable en cualquier caso), un “lobby”, una Escuela de Formación, o incluso si se continúa exactamente como hasta ahora, la realidad se impone. Sigue siendo necesaria la presencia de católicos en la vida política española; y alguna atención a los mismos habrá que prestarles desde organizaciones católicas o desde las propias estructuras eclesiales.
Históricamente, tenemos la rica y aleccionadora experiencia del siglo XX. Los católicos españoles realizaron una importante aportación al panorama político del momento, renovando la escena pública mediante instrumentos como el PSP de los años 20, la CEDA en el período republicano, la ACNP, los sindicatos católicos, etc. Y nos hemos limitado a recordar unos pocos ejemplos.
Es necesario un cauce en estos momentos, en cualquier caso, aunque sea modesto. Primero, echarse a andar. La realidad política y el diálogo con el pueblo católico ayudarán a concretar las decisiones tácticas precisas en un futuro próximo.

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 41, enero de 2001.

La crisis abierta entre los católicos españoles y el Partido Popular.

Las relaciones entre los católicos y el Partido Popular no atraviesan un buen momento. Unas reflexiones sobre la actual crisis.

 

Introducción.
El periodista Alex Rosal, en el artículo de portada del suplemento Fe y Razón, publicado el sábado 25 de noviembre de 2000 en el diario La Razón, se hacía eco de la preocupación existente entre los obispos de la Iglesia católica española ante el rumbo político seguido por el Gobierno, del Partido Popular, alejado en numerosos aspectos fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia.
Los obispos emiten, en general, un juicio muy duro sobre diversas decisiones adoptadas por este Gobierno, lo que les llevaría a replantearse las relaciones con el mismo y a madurar la posibilidad de impulsar nuevas modalidades de presencia pública de los católicos en la vida política.
A juicio del citado periodista, los temas concretos causantes de la crisis serían los siguientes:
- Mantenimiento del “status quo” del aborto legal.
- Autorización y comercialización de la RU-486 (píldora abortiva).
- Próxima distribución de la “píldora del día después”.
- Ausencia de ayudas a futuras madres en dificultades económicas.
- Ausencia de política natalista.
- Bloqueo en la situación de las clases de religión.
- Falta de apoyo a las familias numerosas.
- Mantenimiento de la misma línea moral y cultural, en las emisiones de las televisiones públicas, que la seguida por el PSOE.
- Inmovilismo en el mundo de la enseñanza: mantenimiento del estatismo.
- Leyes de parejas de hecho.
- No concesión de licencia de televisión digital a la cadena COPE.
Debemos señalar que, en lo que se refiere a la anterior lista de asuntos conflictivos, no puede exigirse al Partido Popular que desarrolle una actuación ajustada a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia cuando ni siquiera algunos de esos temas venían contemplados en su programa electoral. Al analizar la actual situación, una actitud realista exige, siendo el PP una agrupación en la que coexisten diversas sensibilidades y cuya definición ideológica está reelaborándose, ajustarse a los compromisos reales.
Por otra parte, en la citada lista echamos de menos una valoración crítica a falta de impulso a las iniciativas que se derivan del principio de subsidiariedad, que se viene observando en la acción de gobierno del Partido Popular. Y ello es especialmente grave, al sí estar recogido en su programa electoral y constituir, por otra parte, una de las más importantes aportaciones de la Doctrina Social de la Iglesia a la acción pública.
En opinión de muchos obispos -volvemos otra vez a las interesantes afirmaciones del periodista- los políticos católicos del PP, que los hay y bastantes, “no parecen tener agallas” para enfrentarse a esta política anticristiana, por lo que se impone tomar alguna decisión al respecto.
Pero no puede decirse que la crisis haya surgido de la nada. De hecho, con ocasión de la campaña previa a las elecciones legislativas de pasado 12 de marzo de 2000, ya se elevaron algunas voces propugnando el voto en blanco, por considerar que el electorado católico era ignorado por el Partido Popular. No en vano, existe cierta percepción de que el PP considera “bien amarrado” y asegurado la mayor parte del voto católico.

 

Católicos y política: una miradas atrás.
Es indudable que son muchos los políticos de convicciones cristianas en el seno del Partido Popular y en otras agrupaciones políticas. De hecho los encontramos, en mayor o menor número, en prácticamente todos los partidos del espectro político español, incluidos los partidos nacionalistas, tanto radicales como moderados. Pero, según estudios demoscópicos, los católicos practicantes votan, mayoritariamente, aunque no de forma exclusiva, al Partido Popular.
Quiénes así participan en la vida pública, ya en el seno del PP como de otros partidos, tienen una característica en común: lo hacen a título individual, como “francotiradores”, siguiendo los impulsos y requerimientos de su conciencia individual. Es más, algunos movimientos eclesiales entienden que la participación en política sólo puede hacerse de esa manera: como “fermento” en medio del mundo, ejerciendo una labor misionera discreta en el entorno inmediato de cada uno. Con esta actitud se pretende, con muy buenas intenciones, evitar que la acción personal de un político concreto pueda confundirse con la Iglesia misma. Esta actitud, de alguna manera, sería la proyección pública de una sensibilidad muy marcada hoy día en la Iglesia: el repliegue interior, huyendo de manifestaciones externas y situaciones ambiguas.
No siempre se ha actuado en política de esta manera.
A partir de los años 30, la Jerarquía católica española era consciente de la necesidad de una acción política del laicado. Existía un compacto pueblo católico y una Acción Católica que encauzaba a los más concienciados y comprometidos de ese pueblo. Además, se creó el que constituyó un instrumento extraordinario, cuyo sentido era la defensa del catolicismo en la vida pública a través de la formación de líderes políticos cristianos y en los medios de comunicación: la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP).
La ACNP cumplió ese objetivo durante muchos años, formando varias generaciones de líderes cristianos presentes en todas las vicisitudes de la vida pública española, incluso en las más dramáticas. No olvidemos que la Iglesia fue objeto de una persecución implacable durante la Segunda República española. De hecho, esa estela de líderes católicos nos ha llegado prácticamente hasta nuestros días. Así recordaremos, a título de ejemplo, que el grupo “Tácito”, constituido a primeros de los años 70 con el objetivo de promover el cambio político desde posiciones moderadas, estaba formado por políticos y periodistas procedentes de los medios de la ACNP, de convicciones democristianas. Y, todavía hoy, encontramos algunos políticos muy relevantes formados en la ACNP.
Vemos, pues, que pueblo cristiano, Jerarquía y líderes políticos católicos, constituían una realidad humana que encarnaba de forma reconocible la presencia de la Iglesia en la sociedad española, en una intensa interrelación. Metafóricamente, esas tres realidades constituían, cada una de ellas, una pata de la silla, de forma que si fallaba una de ellas, la silla se venía abajo.
No todos los católicos formaban, por entonces, parte de un único partido político. De hecho, en la Segunda República encontramos católicos, además de en la CEDA donde eran mayoría, en el Agrario, en Renovación Española, en la Comunión Tradicionalista, en Falange Española, en el Partido Nacionalista Vasco, en Unión Democrática de Cataluña y en el Partido Republicano Conservador. Pese a ello, la unidad política de los católicos era un importante principio orientador, asumido e impulsado por los obispos españoles al igual que en otros muchos países de tradición católica, de indudables consecuencias prácticas.

 

Los políticos católicos españoles en la actualidad.
Ya hemos visto que los políticos cristianos, hoy día, viven esa vocación, generalmente, desde el individualismo, sin apenas cauces de formación política, ni coordinación de ningún tipo que trascienda algunas relaciones personales.
Y, de hecho, el que ello sea así no es ninguna casualidad.
El pueblo cristiano ha desaparecido en buena medida. Y la mentalidad relativista se ha introducido de tal manera entre los restos de este pueblo, que no parece alcanzar hoy día la antigua “textura”, de modo que, como ejemplo, para muchos católicos “los obispos no tienen autoridad para decirnos a qué partido votar”.
La expresión más dramática de esa aparente desaparición del pueblo cristiano es el abandono masivo de muchos católicos de la Iglesia y el envejecimiento de sus integrantes.
El factor anterior, junto a nuevas tendencias teológicas y pastorales, han tenido una indudable incidencia en la conformación de la situación actual, a la que ha contribuido la praxis seguida por muchos movimientos eclesiales conforme a su carisma y sensibilidad, lo que no excluye ciertos cálculos estratégicos.
Por todo ello, esa íntima y leal colaboración existente, en su día, entre pueblo cristiano, Jerarquía y líderes políticos, ha desaparecido, pues tales realidades se han transformado notablemente.
En el congreso Católicos y vida pública, que se celebró a finales de 1999, organizado por la Fundación San Pablo – CEU y la Asociación Católica de Propagandistas, se observaron algunas cosas interesantes.
En primer lugar se detectó un interés objetivo de muchos de sus asistentes en “hacer política”.
Se pudo observar, en segundo término, una fractura generacional. Por una parte, se constató la presencia de históricos políticos democristianos, que participaron con notable protagonismo en UCD y PP. Por otra parte, jóvenes procedentes de otras experiencias políticas más radicales y en general encuadrados en algunos de los llamados “nuevos movimientos eclesiales”. Para estos jóvenes (algunos rondando la cuarentena), la vieja “democracia cristiana”, que nunca cuajó en España, no era, en buena medida, una referencia y un modelo a seguir.
Pero pese a esas ganas comunes de hacer presente al Evangelio también en la vida pública y, en concreto, en el mundo de la política, muchas eran las diferencias, como muchos y variados los carismas eclesiales allí representados.

 

Las soluciones.
Como posible alternativa a la actual situación, se ha propuesto la creación de “escuelas de formación política” dirigidas a futuros líderes. Impulsadas por algunos obispos o realidades eclesiales, se intentaría promover una nueva generación de dirigentes políticos coherentes con su pertenencia católica.
Sin embargo, en esta propuesta observamos graves carencias. No en vano, una solución “de laboratorio” que prescinda de la realidad está llamada al fracaso. Además, en la acción concreta de los católicos, se debe atender a la creación y cuidado del “yo”, en un nuevo sujeto que responda a las necesidades y retos de la vida en común; lejos de frías decisiones separadas de la vida.
Una vez formados esos dirigentes, ¿qué pasaría? Inmersos en partidos y realidades no católicas, su impulso quedaría a merced de su voluntarismo, en una titánica lucha “contra corriente”. Podría tratarse, entonces, de un esfuerzo formativo baldío.
Hemos visto que la existencia de una clase política católica se explicaba por la realidad física de un pueblo cristiano que la generó, siendo la relación existente entre ambos, íntima y estrecha.
Al presentar hoy, ese pueblo cristiano, una fisonomía muy distinta, se impone buscar la manera de que ámbitos sociales concretos respalden, con sus iniciativas y apoyo humano, a esos políticos cuya labor debe consistir en la defensa y promoción del bien común. En ese sentido, los grupos humanos que viven su fe en el cauce de los “nuevos movimientos eclesiales” constituyen una realidad de la que la Iglesia no puede prescindir. Siendo múltiples esos movimientos, también lo son sus carismas y matices. Pero es posible, y deseable, el mutuo conocimiento, la coordinación en órganos estables y la formación especializada, ya sea a nivel diocesano o desde el servicio proporcionado por entidades como la Asociación Católica de Propagandistas. Y ello de forma estable y con continuidad en el tiempo.
Por lo que respecta a la concreta actuación política, sólo son posibles dos estrategias:
1º) Participar en el interior de partidos políticos que, no confesionales, no son enemigos a priori de los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia: principio de subsidiariedad, defensa de la vida desde la concepción, apoyo a la familia, apoyo a la libertad de enseñanza, atención y promoción de los marginados, libertad cultural, lucha contra el paro, justicia distributiva. Es el Partido Popular el que, a nivel nacional, parece reunir esas características, al menos en principio. Pero no admite la existencia de tendencias organizadas internas. Otra cosa es la existencia de sensibilidades que orbitan, en mayor o menor medida, en torno de las diversas Fundaciones próximas al Partido Popular y que nacieron con una identidad ideológica concreta. Es el caso de los liberales con FAES (principal laboratorio de ideas y cantera de nuevos dirigentes de José María Aznar), los conservadores con la Cánovas del Castillo y los democristianos con Humanismo y Democracia. Pero este esquema de funcionamiento se modificará en unos pocos años, de prosperar el proyecto de integrar todas esas fundaciones en una única “macrofundación” que, presidida por José María Aznar, constituiría el soporte organizativo y humano para su lanzamiento como dirigente internacional del centro reformista que se está rediseñando desde la Internacional Demócrata Cristiana.
Por todo ello, también los católicos que optan por integrarse en este partido, siguen precisando de cauces de encuentro y formación que permitan –además- que las iniciativas católicas y la vida generada por las realidades eclesiales infundan vitalidad y creatividad a esos políticos, en un diálogo y una interrelación permanente.
2º) También hay católicos que consideran necesaria la existencia de un partido exclusivamente católico, caso de los integrantes de la Comunión Tradicionalista Carlista. Se trata de una opción no asumida por la Jerarquía, cuyo futuro no parece salga de la presencia testimonial.

 

El Partido Popular hoy.
Hemos mencionado la existencia en el seno del Partido Popular de varias sensibilidades: liberal, conservadora, democristiana.
Forma parte de la Internacional Demócrata Cristiana y del Partido Popular Europeo, al igual que los catalanes de UDC, pero ambos foros vienen perdiendo, desde hace muchos años, carga doctrinal. De hecho, las orientaciones emanadas desde la Iglesia católica no constituyen, para ambas organizaciones internacionales, referencia moral importante. Prueba de ello es la progresiva incorporación de partidos políticos cuyas señas de identidad no son las de la antigua democracia cristiana.
En la actualidad, José María Aznar está imprimiendo al Partido Popular un sello ideológico propio. Intenta “centrar” el partido, abriéndose a sectores sociales (caso de buena parte de las clases medias urbanas) que miran con reticencia al PP por sus orígenes conservadores, situados en un espacio ubicado entre el centro derecha y el centro izquierda y que, numéricamente, pueden proporcionar la victoria al PP o al PSOE.
Ello explica que, desde el inicio del proceso de “refundación” del partido, se vengan abandonando las señas de identidad conservadoras, que marcaron en su día a Alianza Popular, y las democristianas, que remiten inevitablemente a una Iglesia católica que viene perdiendo peso e incidencia social. Y en la búsqueda de unas nuevas señas de identidad se está recurriendo a figuras aparentemente muy ajenas a este espectro ideológico, caso de Manuel Azaña, nuevos conceptos como el de “centro reformista”, la búsqueda de puntos en común con el “nuevo laborismo”, etc.
Por todo ello los políticos católicos que trabajan dentro del Partido Popular, al margen del acento y carisma que les haya marcado su entorno eclesial de procedencia, encuentran dificultades cada vez mayores en la consecución de apoyos efectivos para sus inquietudes y prioridades. La tendencia actual parece indicar que esas dificultades se acentuarán progresivamente, conforme avance la aparente “desideologización” en marcha en las estructuras y militancia del PP.
En cualquier caso, este proceso interno del PP es, en buena medida, paralelo al que viene experimentando la sociedad española: progresivo alejamiento masivo de la experiencia cristiana e implantación de un dualismo para el que la vida real poco o nada tiene que ver con la fe cristiana.

 

Nuevo pueblo cristiano, nueva presencia, nueva política.
Los cristianos venimos actuando, desde hace mucho tiempo, con una fe reducida y dualista, de manera que nuestra vida en sociedad se rige por unos criterios ajenos a la experiencia cristiana. Sin embargo la Iglesia nos asegura que la unidad de vida puede manifestarse en todos los ámbitos de las relaciones personales y sociales, incluso en la esfera de la presencia pública y de la acción política.
Ello supone manifestar una identidad cristiana en la política, expresión de una responsabilidad colectiva del pueblo católico.
Si aspiramos a crear ámbitos de mayor humanidad en la vida en común, como expresión de esa “vida nueva” que nos posibilita la pertenencia a la Iglesia, el ámbito político no puede constituir una excepción.
Los partidos políticos, entendidos como instrumentos de participación para la construcción de una sociedad más humana, no responden en la España actual a las expectativas creadas en ellos. Y es ahí donde el catolicismo social puede realizar su mayor aportación: la propuesta de una política responsable que nace de una concepción del hombre acorde con el ideal.
Desde la propia identidad es posible dialogar, siempre que se pretenda construir. El diálogo por el mero diálogo no edifica realidad alguna. Pero para hacerlo, debe partirse del acervo propio, sin renunciar a aquellos elementos que pueden proporcionarnos las herramientas creativas que una política constructiva requiere. Además, para ser responsable hay que pertenecer. Un político cristiano será responsable, en primer lugar, ante el pueblo cristiano al que pertenece.
Un nuevo pueblo cristiano traerá políticos nuevos que redescubran, a toda la sociedad, la política como un medio cualificado para la edificación del bien común. 

 

Conclusión.
Los cristianos implicados en política se deben desenvolver en medios hostiles. Por ello es necesario proporcionarles una formación que les cualifique y un medio humano –una compañía- que les sostenga de forma cotidiana. Y ello permitirá que vivan en sintonía con las orientaciones de los obispos y con las preocupaciones e iniciativas del pueblo cristiano, que deberán defender y potenciar, expresión carnal y reconocible de la Iglesia de Jesucristo en la España concreta de nuestros días.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica,  Nº 40, diciembre de 2000

¿Partidos políticos alternativos?

         La relevancia de algunos partidos políticos de corte “populista”, incluso “neofascista”, es una realidad en varios países de Europa. ¿Es posible un fenómeno análogo en España?

 
Introducción.

         Se ha afirmado que, en el origen de ciertas maniobras políticas,  producidas últimamente, existe un interés nada disimulado del PSOE en que un partido “a la derecha del PP” arañe unos cientos de miles de votos al mismo; los suficientes para que en las próximas elecciones generales el primero desbanque al segundo.

         No es una práctica novedosa en la escena política española. Hace unos años, con un Aznar emergente y ya firme candidato a la Presidencia del Gobierno, se intentó con Mario Conde de protagonista; aunque la iniciativa no prosperó.

         Pero debemos ir más allá de esa idea ciertamente maquiavélica aunque no, por ello, menos improbable.

         En cada una de las elecciones políticas realizadas en España son emitidos un número importante de votos en blanco: algo más de 400.000 (el 1’70%) en las europeas del 13-J. Y eso es mucho, considerando que tiene una significación, al menos en parte, de profundo rechazo a los usos y costumbres de la clase política.

         Casi 90.000 votos arrastran las diversas formaciones de la extrema derecha residual (PADE, DN, AUN, FE JONS y FEI).

         Sumemos un par de cientos de miles de votos que, de convicciones ultraconservadoras, votan a su pesar a un PP cada vez más alejado de las referencias tradicionales de la derecha.

         No olvidemos, por otra parte, al siempre importante número de abstencionistas que, en muchos casos, lo son con cierta conciencia de rechazo al actual estado de cosas y que en determinadas circunstancias, al menos en parte, podrían movilizarse en alguna dirección.

         Nos encontramos, así, con una bolsa de votos que, agrupados, podría generar distorsiones políticas suficientes como para cambiar el  color gubernamental.

        

Los partidos populistas en Europa.

         El ascenso periódico de partidos extremistas, de protesta o populistas (según las diversas denominaciones al uso), en Europa es una constante pasajera desde la segunda guerra mundial. Pero, a su pesar, la democracia liberal está, aparentemente, consolidada.

         Por otra parte, tales partidos son muy diversos en orígenes, programas y métodos.

         El NF inglés fué flor de una primavera.

Después de 15 años agitando en Francia - y con éxito- el fantasma del neofascismo, el FN se fracciona en dos, perdiendo en la ruptura casi la mitad de sus votos aún sumando los obtenidos por ambos partidos resultantes.

         En Italia el MSI, transformado por Fin en AN, se integra en el sistema de la mano de Berlusconi, desprendiéndose de los sectores propiamente neofascistas con la escisión de MS-FT; acentuándose su reconversión en un partido de derecha conservadora clásica.

         En Alemania las diversas formaciones ultras (NPD, DR, DVU) sólo han obtenido aislados éxitos electorales a escala regional.

         El austríaco FPÖE de Haider es un caso distinto. No se trataría de un partido programático de extrema derecha, sino de uno populista, interclasista, con tonos xenófobos y fuera de las grandes “familias ideológicas” europeas.

         Un caso semejante al anterior sería la Unión Democrática de Centro (o Partido del Pueblo Suizo, en los cantones de habla alemana). Forma parte del ejecutivo suizo desde 1.959, siendo titular de una de las 7 carteras ministeriales del mismo, ambicionando, a resultas del éxito  electoral del pasado 24/10/99, una segunda; que no ha obtenido finalmente. Este partido antieuropeísta, al igual que el FPÖE, no cuestiona el actual sistema, ni su pretensión es la de avanzar hacia un “estado nuevo”. Busca consolidar, vía referéndum, la tradicional neutralidad suiza, apoyándose para ello en su clientela de las clases medias suizas y vagas invocaciones a los valores cristianos.

         Pero en la génesis de un movimiento de protesta no sólo están presentes los fantasmas del fascismo o de un impreciso populismo.

         Las fuerzas que impulsan un movimiento de este tipo tampoco se apoyarían sólo en críticas superficiales y resentimientos instintivos en juego; irracionalidad en suma.

         Recordemos en ese sentido, por ejemplo y en lo que a España respecta, las serias y graves  críticas realizadas por García Trevijano en sus libros y artículos publicados en “El Mundo” a la democracia española. No sería tal, a su juicio, sino una partitocracia maquillada con formas pseudodemocráticas, para la que la separación de los tres poderes sólo sería una ficción y un juego de minorías. Y esa corruptela originaria afectaría al resto del sistema. Incluso los sindicatos “de clase”, como otro importante soporte del sistema que son, seguirían el mismo esquema: una élite autoelegida que vive de unas estructuras alimentadas por las subvenciones públicas.

         Por otra parte, el crecimiento económico genera nuevas marginaciones, quedando muchas gentes en las cunetas del bienestar.

         Otro factor movilizador, en muchos de los casos citados, es el de la presunta “inmigración salvaje”. En nuestra nación el número de inmigrantes (2 % del total de la población) es varias veces inferior a la media de la CEE (6 %), aunque su presencia empieza a ser cotidiana. Pero salvo en los reducidos - y bastante controlados policialmente- cenáculos “skins”, no parece ser elemento movilizador de voluntades políticas.

         Varios serían los implicados principales en ese hipotético partido de protesta.

 

José María Ruiz Mateos

         José María Ruiz Mateos ya tuvo su oportunidad en política, dilapidando los magníficos resultados electorales conseguidos en las elecciones europeas (608.560 votos en 1.989). Desde entonces ha cosechado, consecutivamente, fracasos electorales absolutos. Pero sigue contando con seguidores incondicionales y algún círculo de influencia que podría volver a movilizar. Su micro - partido ha cambiado de nombre: “Trabajo y Empleo”, lo que indicaría que no descarta futuras maniobras políticas.

 

Jesús Gil y Gil.

         El día 16/10/99, en la presentación de su partido en el madrileño Palacio de Congresos del Parque Ferial Juan Carlos I afirmó: “Es un partido gestor sin ideología, que quiere trabajar para que todo lo que dice la Constitución y todo lo necesario para el bienestar de los españoles se cumpla”. Y, por si había dudas, añadió: “Esta es una aventura romántica porque vamos a luchar contra el poder. El GIL no va a vender a sus votantes sino que va a estar como una mosca cojonera atacando a los partidos en el Congreso”.

         Establecer semejanzas entre Gil y Le Pen, tal como se ha hecho en algunos medios, es absurdo.

         El FN de Le Pen se ha alimentado de sectores sociales nostálgicos de Vichy, de votos obreros (recordemos a Doriot en los años 30), de la pagana y ya explosionada “Nueva Derecha”, de los grupos neofascistas juveniles procedentes de Ordre Nouveau, así como de ambientes tradicionalistas (incluso los lefebvrianos). Con semejante cóctel, el Front tenía que explotar antes o después. Y el protagonismo del propio delfín de Le Pen, Bruno Mégret, ha precipitado la inevitable ruptura.

         Al margen de las bufonadas del líder del GIL, tan del gusto de muchos compatriotas, su escaso contenido ideológico no parecía suficiente como para movilizar esa bolsa de votos a la que hacíamos referencia.       Con todo, el GIL parecía ser el partido con más posibilidades en ese espectro político, pues contaba con importantes medios económicos, una infraestructura básica y una presencia notable en algunas zonas de Andalucía. Es más, habría encontrado aliados inesperados. Pero los ataques dirigidos a su línea de flotación (registro en la sede del Atlético Madrid y publicación de materiales comprometedores en “El Mundo”) produjeron el efecto buscado: Jesús Gil y Gil el día 4 de noviembre anunció su no presentación a las elecciones generales.

         Tal vez, si le conviene a su fundador, resucite la “amenaza” de presentarse a las generales, pero lo será para intentar “aflojar” la presión judicial o buscar salidas a sus contenciosos pendientes.

 

El caso de Mario Conde.

         Es el último de los candidatos todavía “en circulación”.

         De momento ya ha dado dos pasos en esa dirección.

         Ha logrado sacar su revista MC, con un coste económico menor del empleado en un proyecto periodístico de tales características. Para esta empresa se apoya en el voluntarismo de dos periodistas falangistas fogueados en dispares empresas: Gustavo Morales y Javier Bleda, quiénes saltaron a la actualidad mediática en la agónica etapa Rodríguez Menéndez del desaparecido y ex - católico diario YA.

         En la política concreta el paso lo ha dado desembarcando en UC-CDS, partido minúsculo con arrraigo real en sólo dos provincias (Zamora y Segovia), y heredero residual del añorado Adolfo Suarez.

         Pocas cosas concretas nos dice, de momento, Mario Conde: algunas referencias a su libro “El sistema” y afirmaciones genéricas sobre el protagonismo que debe tener la sociedad frente al estado y la clase política tradicional.

         En el número 3 de MC analiza, Javier Bleda, el resultado electoral de Austria como una reacción de la sociedad civil. Se trataría, pues, de un dato indicador del inicio de su recorrido como partido populista en la línea de la UDC y el FPÖE, al empezar a asumir como propios algunos de sus temas movilizadores.

         Su elitismo de origen, su incardinación en el “centro” liberal, el empleo de una “marca” política ya quemada, y su oscuro futuro penal; serán dificultades casi insalvables en ese camino.

 

Conclusión.

         Pero la sorpresa en cualquier momento puede saltar; recordemos de nuevo el espectacular resultado electoral de Ruiz Mateos obtenido en su día.

         Unos políticos oportunistas pueden buscar aprovecharse de esos factores movilizadores antes mencionados e intentar hacer “carrera”.

         Pero, ¿sabrán asumir lo positivo que -también- subyace en esos estados de ánimo? Irracionalidad al margen, esos sectores sociales demandan, además, oportunidades en la vida social y correspondencia entre cierta ética y política: sentido y protagonismo en sus vidas, de alguna manera.

         Eso no es posible.

         Más bien, los candidatos que lleguen a encabezar ese cortejo,  sólo pretenderán integrarse en el sistema desde su actual condición de “outsiders” de la vida pública, siendo la arbitrariedad y la obtención del propio beneficio, sus únicas referencias reales.

         El trabajo al servicio del bien común y de la comunidad no puede viajar en tales barcos ni con semejantes mercancías.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 26, 1999

Familia y Vida: ¿un partido político para el elector católico?

            Una valiente e interesante iniciativa política silenciada por la inmensa mayoría de los medios de comunicación. Algunas cuestiones que plantea.

 

Partido político Familia y Vida.

 

La noticia saltó a la actualidad, a lo largo del mayo, pero de forma casi completamente desapercibida: un grupo de profesionales madrileños constituía un partido político cuyo nombre ya es todo un programa. Familia y Vida, ésta es la denominación de la nueva agrupación que aspirando, inicialmente, a presentarse a las elecciones autonómicas por Madrid, daba sus primeros pasos.

 

De sus promotores, fueron cinco los nombres hechos públicos, todos ellos integrantes de su primera Junta Directiva Nacional: José Alberto Fernández López (presidente), Iñigo Coello de Portugal Martínez del Peral (secretario), Rafael Llorente Martín (tesorero), Gonzalo Castañeda Pérez (vocal), y José María Merino Thomas (vocal).

           

Su programa, aparentemente muy sencillo, está expuesto en el texto “Diez bases de acción política” (disponible en su web www.familiayvida.com). Se propone –afirman- fortalecer la familia y la vida, al constatar que ninguno de los partidos políticos con representación parlamentaria apuesta a fondo por esas realidades. Aunque en algunos medios se ha comentado que sus promotores militaban en el Partido Popular, debe afirmarse que solo era así en uno de ellos.

 

Están descontentos ante la sucesión de decisiones acordadas en contra de la familia y la vida humana: ni el PSOE en su día, ni el Partido Popular actualmente, han desarrollado una política neta y clara en su defensa. Así responden a una pregunta recogida en otro apartado de su web: “lamentablemente, en los seis años que lleva en el gobierno (el Partido Popular) ha dado pocos y titubeantes pasos en defensa de la Vida y la Familia y muchos en contra de ambas instituciones. No podemos seguir confiando en que ese partido o éste gobierno defiendan la Familia y la Vida”.

 

¿Qué entienden por familia, en estos tiempos en que se potencian, desde los medios de comunicación y muchas instituciones públicas, presuntas “alternativas” a la “tradicional”? En su texto “Bases programáticas” la definen de la siguiente manera: hombre y mujer unidos por vínculo matrimonial, libre y público y sus hijos.

 

En resumen, su programa incide en una serie de aspectos “sectoriales” vitales para el futuro de cualquier país, proponiendo una corta lista de medidas que, de llevarse a cabo, revolucionarían una sociedad como la nuestra: apoyo a la familia de forma real tanto económica como legalmente, apoyo a todos los niveles a las mujeres para evitar abortos, implantación del “cheque escolar” (como instrumento para conseguir una mayor libertad y calidad en la enseñanza), profundización en la democracia ante la parálisis de los partidos tradicionales, practicar política de valores y, por último, incentivar la natalidad.

 

Este programa puede ser compartido, plenamente, por los católicos, quiénes, históricamente, conscientes de la dignidad y la fraternidad derivadas de la naturaleza última del ser humano, se han movilizado también por otros objetivos: la justicia distributiva, la solidaridad internacional, la lucha por la paz, la defensa de los derechos humanos.

 

El silencio de los medios de comunicación.

 

El nacimiento de la “criatura” apenas fue recogido en los medios de comunicación. El semanario católico nacional Alfa y Omega fue el primero en anunciarlo, mediante una breve noticia recogida en su número 306, de 9 de mayo. Posteriormente fue el diario La Razón, en crónica del director de su suplemento religioso, Alex Rosal, el día 15 de mayo, el que lo hizo.

 

            También hemos visto alguna fugaz mención en algunos foros de Internet, como es el caso del “Tomás Moro”.

 

En cualquier caso, muy poca cosa. Acostumbrados, como estamos, a la amplia cobertura informativa de cualquier iniciativa de los grandes partidos políticos españoles, el silencio observado, cuando menos, decepciona.

 

            No es una experiencia nueva. En su día, la lista electoral “Europa por la vida”, que nació en medios católicos en defensa del primero y principal derecho básico, también sufrió el boicot de los mass-media, experimentando en sus carnes las consecuencias de un silencio casi absoluto.

 

            Esta situación ha sido denunciada por el periodista Eulogio López el pasado día 27 de mayo (en su publicación digital hispanidad.com, en el artículo titulado “Confesiones poco confesionales, o cómo hacer el canelo”), a la vez que incorporaba algunas otras agudas observaciones. A su juicio, se trata de una iniciativa propia de ambientes católicos, aunque, sin embargo, rechazan la confesionalidad (así se recoge en su 4ª base política). Pero este comportamiento no es una excepción; al contrario, está, casi por completo, generalizado. Existe entre los católicos un gran temor, comprensible por la concurrencia de diversos factores, a la “confesionalidad”, consecuencia, tal vez, de pretéritas experiencias del pasado “cuasi criminalizadas” desde el poder hoy dominante. Pero, por otra parte, no debemos olvidar que una iniciativa de este tipo difícilmente podrá nacer y sostenerse en ambientes no católicos. Guste o no guste reconocerlo, no es fácil que fuera de la Iglesia católica pueda educarse con continuidad a la persona, en una percepción humana de sí misma, proporcionando, además, el respaldo y la compañía precisas para sostenerla en el largo camino de la vida. Ello no quiere decir que no puedan existir coincidencias en temas fundamentales con otras identidades sociales y culturales; lo que permite que los católicos implicados en la política directa, en nombre del bien común, puedan trabajar codo a codo con otros políticos laicos. El siglo XXI será confesional, aseguraba Eulogio López en esta ocasión, aunque esa “confesionalidad” consista –paradójicamente- en una represión absoluta del hecho religioso, especialmente, del católico.

 

            Aunque se confiesan políticamente aconfesionales, ya lo hemos visto, no por ello esconden las ideas religiosas que profesan: consideran, al contrario, que haber prescindido de las mismas constituye una de las causas del deterioro social de Europa. Pero pretenden aglutinar a cualquier persona que comparta esos valores de familia y vida: también a otros cristianos, ateos, agnósticos… En resumen: pretenden construir desde unos ideales, no al revés.

 

            Entendiendo la defensa de estos valores como un deber, han saltado a la arena con una valentía que, en algunos ambientes católicos, no siempre se muestra. Más preocupados por el cuidado de la propia parcela, cuesta abrirse a otras realidades sociales, o valorar y apoyar iniciativas ajenas que, oportunas o no, pueden actuar como catalizadores en un momento histórico.

 

¿Una iniciativa aislada?

 

            El partido fue inscrito en el Registro correspondiente del Ministerio del Interior, libro IV, folio 456, el pasado 22 de mayo.

 

            Este redactor ha realizados diversas consultas entre responsables de algunas realidades sociales españolas, católicas en su mayor parte, para detectar el nivel de percepción de la noticia, los apoyos reales y las expectativas creadas.

 

Estos responsables conocen la noticia, destacando, además, la extraordinaria buena voluntad de sus promotores y el valor del gesto. Pero existe una casi general unanimidad en que la iniciativa nace huérfana de avales concretos. No tenemos constancia, tampoco, de que la jerarquía católica haya realizado ningún movimiento explícito de apoyo o, al menos, de comprensión. Y, en consecuencia con la indudable voluntad de sus promotores, tampoco parece que exista detrás ningún otro tipo de entidad civil. Pero, tememos que sin estos avales, u otros similares, difícilmente puede prosperar una iniciativa que pretende incidir en la realidad política y social, mas allá de actuaciones testimoniales. En consecuencia con ello, en su Base Política 6ª, afirman buscar únicamente, incorporaciones individuales: en esta libertad puede radicar una gran debilidad.

 

            Pero tener un buen programa, unos buenos propósitos, creemos, no basta.

 

            En la historia reciente española, ya lo hemos afirmado en otros artículos, pocos movimientos de estas pretensiones han tenido éxito sin contar con la realidad. Y en el caso de las iniciativas políticas católicas, puede deducirse que fue fundamental, en muchos casos, el apoyo de la jerarquía y de las realidades vivas del catolicismo español para alcanzar algún éxito.

 

Familia y Vida, ciertamente, suscitará la adhesión de determinadas voluntades, cualificadas en muchos casos. Por contra, notables serán los obstáculos (ya hemos visto el significativo silencio de los medios de comunicación) que dificultarán se sumen más apoyos que los de ciertas personas especialmente sensibles a la situación actual de la familia, procedentes en buena parte de medios católicos. No obstante, otros muchos católicos seguirán optando por el voto al “mal menor”, o al “bien posible”, según se vea, que defienden, invocando al realismo, significativos movimientos eclesiales y prelados.

 

¿Una iniciativa inoportuna?

 

            No deja de sorprender que precisamente cuando la polémica en su día suscitada, por el obispo de Mondoñedo – Ferrol al reclamar un partido que defendiera esos valores, ya estaba enterrada (así lo acreditó uno de los periodistas que mejor conocían el evento, Alex Rosal), resurja de nuevo de la mano de los promotores de Familia y Vida.

 

En los últimos meses, ya lo hemos analizado en otros artículos anteriores, se vienen produciendo algunos movimientos novedosos que pretenden subsanar la ausencia de coordinación y de eficacia de determinadas expresiones públicas del catolicismo: la plataforma E-Cristians es un ejemplo de ello. Partiendo de una conciencia clara de pertenencia e identidad católicas, pretende sumar energías y unir fuerzas en aras de concretos objetivos. Por eso, es lícito preguntarse si la iniciativa de Familia y Vida introduce un factor con el que ya no se contaba, distorsionando, tal vez, la actual dinámica. Incluso aunque el partido obtuviera alguna representación parlamentaria, ¿no produciría el “efecto rebote” de que la misma se convirtiera en el “ghetto” que encarnara -casi exclusivamente- los valores propugnados?

 

            Esta iniciativa ha puesto en evidencia otras circunstancias. Así, ¿podemos afirmar que existe un perfil-tipo del elector católico? Sin duda, no es la misma la motivación y el nivel de conciencia de un militante comprometido de un movimiento eclesial, que las de un católico que apenas asiste unas pocas veces a lo largo de su vida a diversas celebraciones litúrgicas, pesando en ello más los convencionalismos sociales que las propias convicciones. Además, ya lo hemos señalado antes, existen sectores sociales que, sin una explícita conciencia católica, valoran positivamente parte de los mismos valores: defensa de la familia, calidad en la educación, el valor de la sociedad frente las agresiones estatalistas, etc.

 

            Entonces, y en el actual momento histórico, ¿qué objetivo debe suscitar el esfuerzo y el concurso de los católicos españoles con vocación pública?: ¿la “libertas ecclesiae” y su proyección social o la conformación de un partido político a la Doctrina Social católica?

 

            Siguiendo al principio de subsidiariedad, la acción social precede a la acción política.

 

            La Iglesia precisa, a través hombres y mujeres integrados en distintas asociaciones y movimientos, de un espacio social propio de construcción: la labor de obras católicas que, reconstruyendo un tejido social humano, sean instrumentos de evangelización. Y ante esta realidad, las fuerzas sociales y políticas estatalistas están empeñadas en laminar progresivamente cualquier manifestación pública de la Iglesia: aquí puede radicar una de las claves explicativas de la reciente ola de anticatolicismo que se vive en España hoy día. Algunos partidos políticos, por el contrario, aunque no se identifiquen plenamente con la Doctrina Social, conceden un espacio a la identidad católica y su capacidad de construcción social, que se ha traducido históricamente en colegios, hospitales, obras caritativas, etc.

 

            En este momento de la historia, ¿dónde incidir?

 

El Foro Español de la Familia

 

            El pasado viernes 7 de junio, el Foro Español de la Familia celebró en Madrid su congreso constituyente, representando a 4 millones de familias. La nueva entidad coordina a 20 confederaciones, 117 federaciones y más de 5000 asociaciones familiares, entre las que encontramos: Acción Familiar, Confederación Católica de Padres de Alumnos, la Federación Española de Familias Numerosas, la Plataforma para la Promoción de la Familia, la Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos de Centros de Enseñanza, etc.

 

            Su principal objetivo es “propagar, promover y defender los valores de las familias nacidas de un matrimonio y constituidas por un hombre y una mujer”, en un tiempo en que son objeto de agresiones culturales, ideológicas, sociales y políticas.

 

            Pretende desarrollar varias estrategias: ser interlocutora con las distintas Administraciones presentando soluciones concretas a los problemas de la familia, sensibilizar a la sociedad sobre el papel que desempeña, potenciar la participación ciudadana y apoyar a las entidades familiares existentes.

 

            Como medidas concretas, algunos de los participantes propusieron: un “Pacto de Estado por la familia” para unificar las ayudas existentes en todas las comunidades autónomas equiparándolas con las europeas y una Secretaría de Estado de la Familia u órgano similar.

 

            Sin duda, esta entidad tiene mucho que aportar a la sociedad española: su presencia era necesaria hace ya bastantes años. Nace con retraso, pero esperemos que ello no sea obstáculo para que se consolide como un interlocutor fundamental, de los poderes públicos, desde una posición cívica fuerte. Otra limitación que tendrá que superar, poco a poco, es la heterogeneidad de las entidades que agrupa: en número de asociados, en potencial, en identidad colectiva, en motivación…

 

En cualquier caso, esta necesaria realidad no podrá pasar desapercibida en la labor del nuevo partido, más cuando la coincidencia de ambas entidades en la mayor parte de sus objetivos es casi absoluta; aunque, evidentemente, los medios a emplear sean distintos.

 

            Pero la nueva entidad no podrá asociar su suerte a la de ningún partido político concreto: los valores que defiende son fundamentales en el sostenimiento de cualquier sociedad, no siendo privativos de ninguno en particular. Y a partir de la realidad concreta, de la política real y de las diversas estrategias a desarrollar por unos y otros, tendrá que actuar, de forma constructiva, con decisión, firmeza e independencia política.

 

Una táctica apenas desarrollada.

 

            No faltamos a la verdad si afirmamos que la presencia de los católicos en la política española se detecta, en mayor medida, en unos que en otros partidos. Al menos en el Partido Popular, en un plano teórico, no se niega espacio a la identidad católica, acreditado recientemente con su actitud ante las clases de religión. Pero la práctica contradice en buena medida esta orientación: prueba de ello ha sido las agresiones contra la familia que han nacido en poderes públicos gestionados por el Partido Popular. Una realidad que cuestiona seriamente la opción de muchos católicos por trabajar en el seno de este partido.

 

En este estado de cosas ¿podemos imaginar un futuro posible?. Desde algunos partidos políticos consolidados que no nieguen virtualidad al hecho cristiano, y desde plataformas de nuevo cuño, es posible aunar esfuerzos –al menos en teoría- dirigiéndolos hacia el mismo objetivo: por ejemplo, exigiendo un apoyo decidido, económico y legal, a la familia de siempre, haciendo valer, si es necesario en la negociación precisa, la fuerza de unos cientos de miles de votos que pueden llegar a ser decisivos. En realidad, este tipo de tácticas apenas se han empezado a desarrollar en España. Actuando fuera de este esquema, lo más probable es que sólo se logre dispersar fuerzas, en lugar de sumarlas, desconcertando a muchos electores comprometidos.

 

            Pero de nada serviría tan ímprobo esfuerzo, si la Iglesia no continúa desarrollando sus obras sociales -afrontando los retos que la vida moderna presenta al hombre de hoy- entendidas como espacios de construcción de la propia humanidad. No podemos dar nada por supuesto. Es necesario, por ello, mirar constantemente a los orígenes, tomar conciencia de los dones recibidos y actuar en sociedad.

 

            ¿Queremos ser realistas? Aprovechemos, entonces, los resquicios del sistema: hagamos sentir nuestra presencia a través de la política activa, con voluntad de incidencia social, en convergencia con la acción propia de diversas entidades sectoriales, las nuevas plataformas transversales y con el concurso de la presencia católica en los medios de comunicación. Y todo ello, en constante diálogo con las obras sociales que la Iglesia necesita para hacerse compañía carnal de los hombres.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, nº 58, junio 2002.

 

En la estela de Le Pen: ¿un partido populista en España?

            Una encuesta de ABC, publicada el pasado 23 de septiembre, aborda de frente algunas cuestiones problemáticas relacionadas con el fenómeno de la inmigración más allá de los tópicos políticamente correctos.

 

Una encuesta de ABC.

 

El lunes 23 de septiembre de 2002, en la parte inferior de su portada, el diario ABC destacaba la siguiente noticia: “Encuesta IPSOS-ECO Consulting. El 44 por ciento de los españoles votaría a un partido que limitara el exceso de inmigrantes. ‘La llegada desordenada de inmigrantes no puede repercutir en las ayudas a los españoles’, asegura el secretario de Estado de Inmigración”.

 

Esta encuesta abordaba, a juicio de los entrevistados, los principales problemas de los españoles. En la misma se concluía, entre otras cuestiones, que la inmigración constituye uno de los que mayor preocupación genera hoy día. Con ese ambiguo titular, ¿se pretendía, acaso, proporcionar algunas claves para encarar el futuro, a PP y PSOE, agitando el fantasma del peligro de un Front National a la española?

 

Casualmente, Jon Juaristi ese mismo día, en un artículo publicado en la página 15 del veterano diario madrileño, advertía que “El multiculturalismo a la brava termina siempre por engendrar racismo”.

 

Volvamos a las preocupaciones de los españoles. La afirmación “Con la llegada de emigrantes a España se ha incrementado la delincuencia”, era elegida por un 72’3% de la muestra; matizándose con el dato de un 70’6% de respuestas que afirmaba compartir que “España y los españoles deben hacer un esfuerzo por respetar las culturas, costumbres y religiones de los emigrantes”.

 

Reforzando esa preocupación, Ignacio González, Delegado del Gobierno para la Extranjería y la Inmigración, afirmaba en una entrevista recogida en el mismo medio y día: “… no hemos vinculado nunca la inmigración a la delincuencia, pero lo que no podemos negar son los datos que ponen de manifiesto que hay un número muy importante de delitos que son cometidos por inmigrantes”. Además, el entrevistado hacía propia una afirmación de José Luis Rodríguez Zapatero, por la que aseguraba que no se podía permitir que los inmigrantes quitaran prestaciones sociales a los españoles.

 

Inmigración y delincuencia, en la España de hoy, son dos ámbitos resbaladizos que vienen ganando, de forma progresiva, un mayor protagonismo entre las preocupaciones de los españoles. No obstante, en la asociación de ambos conceptos interfieren los tópicos determinantes de lo “políticamente correcto”; pues son dos cuestiones que están en la base del crecimiento de los partidos de extrema derecha de toda Europa.

 

Los partidos populistas en Europa.

 

Con todo, parece evidente que el Frente Nacional francés, el Partido Liberal Austríaco, la holandesa Lista Pim Fortuyn… poco comparten. Y, desde los gobiernos europeos occidentales, ya se están adoptando algunas medidas correctoras de la problemática generada en torno al binomio seguridad e inmigración para privar de razones a esos nuevos partidos políticos difícilmente encajables en los viejos esquemas de derecha/izquierda o en la genérica  y demagógica calificación de extrema derecha o neofascismo. Sus impulsores, por el contrario, al igual que algunos comentaristas políticos, prefieren otro tipo de calificación: populistas, nacional-populistas…

 

Si se analizan sus ideas, símbolos, estilos de trabajo, puede deducirse sin dudar que no se trata de opciones neofascistas o neonazis “clásicas”. Por otra parte, el espectro social en el que se apoya es muy amplio y su electorado procede, casi, en similar porcentaje, de derecha y de izquierda. ¿Cómo caracterizarlos, entonces?

 

Lluís Bassets al preguntarse en El País el 23/06/02 si existe una ultraderecha similar, en España, a la europea, respondía que “Las nuevas extremas derechas no son necesariamente antisemitas ni partidarias de sistemas totalitarios como venía sucediendo hasta hace unas pocas décadas. Son proamericanas y modernas, chovinistas y xenófobas, pero especialmente arabófobas e islamófobas. Liquidado el comunismo, centran su discurso de confrontación en un antiprogresismo visceral, de sarcasmo y diatriba virulenta, de descalificación sin debate de ideas respecto a todo lo que tenga que ver con la tradición de izquierdas, el Mayo del 68 y el socialismo”. Sin duda, tales afirmaciones requieren matizaciones importantes, pero, en cualquier caso, indican que en el discurso oficial de la izquierda europea empiezan a cambiar algunos de sus tradicionales análisis políticos y sociológicos.

           

Enrique de Diego por su parte, en libertaddigital.com, ya en el último mes de abril, se sorprendía por las reacciones producidas ante el ascenso electoral de Le Pen en la primera ronda francesa, considerando que los medios de comunicación ocultaron, inicialmente, ese previsible ascenso, para luego “diabolizarlo”, interpretando lo sucedido en clave de “autocensura”. A su juicio, “millones de franceses han castigado a un stablishment que no hablaba de la realidad”, a la vez que afirmaba que la seguridad ciudadana es un corolario fundamental de la libertad. Aseguraba, igualmente, que la izquierda, por su parte, es miope si afirma que el aumento de la delincuencia nada tiene que ver con la inmigración. Y continuaba: “En el islamismo, con perdón, hay una alta dosis de xenofobia. Y en las naciones europeas una alta dosis de estupidez. Una combinación desvertebradora, casi explosiva. En todo caso, desvertebradora”.

 

Hervè Blanchart, en uno de los escasos libros publicados recientemente en España en torno al Front National y su líder (Las claves del fenómeno Le Pen, PYRE, SL, Barcelona, septiembre 2002), mantiene una posición próxima, en algunos aspectos, al anterior. Asegura, además, que esos movimientos son una expresión del agotamiento de los partidos del sistema, pero generados desde posturas de derecha democrática con algunos elementos –tanto ideológicos como humanos- procedentes de la izquierda. Así, inmigración y seguridad serían los hechos determinantes, pero no los únicos, de su discurso y ascenso.

 

Esta poliédrica realidad de los partidos populistas ha servido para que se manifieste, poco a poco, una voluntad, también a nivel continental, de superación de los prejuicios que envuelven ambos fenómenos. Ahí podemos situar el sentido último de la encuesta y las declaraciones de algunos políticos: articular una respuesta, desde el sistema, a las inquietudes reales de los votantes, anticipándose con ello a un brote populista no deseado.

 

Pero podemos preguntarnos si esos partidos sólo responden a la problemática principal que denuncian o son el síntoma de una dolencia más seria.

 

Y ahí no existe unanimidad. La autocrítica, especialmente en la izquierda, ha sido importante. Veremos si su política futura es coherente con ella o es un recurso retórico y coyuntural. De momento, superado el maremoto político ocasionado con la irrupción inesperada de los populistas en varias naciones europeas, las aguas vuelven a su cauce; olvidándose, aparentemente, de algunas de las preguntas que se plantearon. La derrota electoral de Le Pen en la segunda ronda francesa, la fragmentación de la Lista Pim Fortuyn de Holanda y el fracaso de los nacional-liberales austríacos el pasado domingo 24 de noviembre, en definitiva, han proporcionado argumentos a quiénes caracterizaron al fenómeno, ante todo, de fugaz.

 

Una aportación desde la izquierda.

 

            La revista de izquierda crítica El viejo topo, ha publicado en su número 171 correspondiente a octubre de 2002, un “dossier” titulado Los nuevos fascismos (páginas 31 a 50, ambas inclusive). Ya su introducción de la página 31 adelanta varias de las conclusiones a las que llegan los autores del dossier. Así: “Esta nueva extrema derecha, además, ha sido capaz de contaminar el discurso y la práctica política de las derechas clásicas e incluso de los que dicen querer circular por terceras vías. Su base social, hoy igual que ayer, está formada por gentes de la clase media y de la clase obrera, atemorizadas por la incertidumbre ante el porvenir y hastiados de la banalidad, la doble moral y la corrupción de la democracia representativa. Populistas anti-sistema pero capaces de pactar con éste, nacionalistas irredentos, los nuevos fascismos no son la mera actualización de los viejos, aunque conservan muchos de sus rasgos y principios; sería un grave error considerarlos como antiguallas, simples resonancias de un pasado que se resiste a ser enterrado. Se trata de un fenómeno con facetas nuevas que se asienta sobre problemas reales. Reales y graves. Ignorar estos equivale a ignorar el peligro que representan para la libertad y la democracia”.

 

            El primero de los autores del dossier, José María Tortosa, en su artículo Fascismos de hoy y de ayer, repasa los tradicionales pronunciamientos de algunos pensadores, especialmente izquierdistas -clásicos y recientes- ante los fascismos. En esta labor llega, incluso, a relacionar este fenómeno con el neoliberalismo, la globalización, los islamismos radicales, etc.; todo ello de la mano de autores como Marx, Hegel, Cándido, Mussolini, Umberto Eco, Jean Baudrillard, Erich Fromm, Talcott Parsons, Nicos Poulantzas, Alain Touraine, Herbert Marcuse, Samir Amin, Immanuel Wallerstein. En la página 33, de Ludovico Incisa, destaca una cita según la cual “El fascismo es una ideología de crisis (…) el evento revela la crisis, no la provoca”.

 

            Marcos Roitman Rosenman es el autor del segundo de los trabajos recogidos, La Nueva Derecha y el fascismo. Son evidentes, a su juicio, los rasgos comunes entre el fascismo y las propuestas de la Nueva Derecha de finales del siglo XX; de modo que analiza las grandes líneas de la segunda, en particular, la crítica cultural a la razón occidental (la ND rechaza por igual a marxismo y cristianismo), la defensa del capitalismo como sistema productivo y la lucha contra el sistema “considerado como un gobierno mundial de transnacionales” (página 43) a través de la violencia, el egoísmo, la heroicidad y la entrega. Para ello cita a Alain de Benoist, Guillaume Faye, Seev Steinhell, Carlos Pinedo, Konrad Lorenz… Podemos destacar la siguiente conclusión que figura en la página 44: “Se trata de una propuesta cultural cuyo atractivo radica en la movilización y el rechazo a la uniformidad nacida del consumismo. Muchos podrían estar compartiendo parte del diagnóstico. En eso consiste su atractivo y su fuerza”.

 

            Para Ferran Gallego, autor del estudio Intrusos en el polvo, “Los movimientos nacional-populistas no son una pura reedición del fascismo, aunque contengan factores de resonancia” (pág. 48). ¿Cómo conectan con los sentimientos populares estos nuevos movimientos? El escritor, autor también del libro Porqué Le Pen (El viejo topo, Barcelona, 2002), asegura que “Por ello, quienes votan a los partidos nacional-populistas indican que lo han hecho porque se sienten cansados de la vieja política, de las mentiras normalizadas durante décadas de infierno. Cansados de la corrupción de una elite, cansados de ser los perdedores de la modernización” (pág. 49). Pero, entonces, nos preguntamos, ¿se trata de una mera reacción sin propuestas ni soluciones? El autor considera que no es así, pues “el nacional-populismo deja de ser una protesta para adquirir el rango de una propuesta, que ofrece soluciones radicales, que ofrece mediaciones pactistas, que es capaz de instalarse fuera del sistema, pero también de llegar a los gobiernos…” (pág. 50). Y concluye: “A la izquierda le corresponde examinar los canales que permiten circular el líquido de desamparo, anomia, inseguridad y recelo que la extrema derecha recibe en los estanques de su inmensa movilización. Si sólo observa la metabolización en un discurso autoritario, reaccionario, xenófobo, nunca aprenderá a cegar las fuentes de su volumen esquivo. De esa ideología que parece perderse entre los dedos, que difumina sus formas, que se fragmenta en fotos incoloras. Pero que es capaz de agruparse en una potente presión social, reventando la resistencia del acero y humillando la duración de la piedra” (pág. 50).

 

Una perspectiva católica.

 

Queremos reproducir, de nuevo (lo hicimos en el número 57 de esta publicación digital en el texto Más allá de la ´satanización` de Le Pen), uno de los juicios más realistas emitidos, de los que hemos tenido conocimiento, con motivo del ascenso electoral de Le Pen en Francia y que puede extenderse a toda Europa. E-cristians, en el editorial de su Revista del día 2 de mayo, aseguraba que todo lo escrito con ese motivo “revela claramente dos hechos: la multitud de causas críticas que puede haber provocado este insospechado resultado y el gran vacío que reina en el campo de las respuestas concretas”. Si eran tantas las posibles causas de ese éxito de la extrema derecha, se preguntaba, ¿cómo no lo había anticipado nadie? Por una parte, advertía el editorialista, algunos electores “no votaron o se divirtieron con el voto protesta”. Pero, por otra, creía evidenciar un problema de ausencia de sentido, pues “La democracia, para funcionar como todo acto humano, necesita un sentido, esto es, la orientación y el horizonte hacia el que avanzar a través de una ruta llena de credibilidad”. Así, “La sociedad francesa, y en gran medida la sociedad europea, ha renunciado a los valores objetivos permanentes para substituirlos por concepciones relativistas y así lo único que se está consiguiendo en construir nuevos conflictos cada vez mayores". Por último, juzgaba necesario “… sin más dilaciones, reflexionar sobre las consecuencias del sentido de la sociedad que se está construyendo”.

 

¿Y España?

 

Hoy día, España, parece ser la excepción de este fenómeno europeo. Pero, si miramos a nuestro pasado más inmediato, sí encontramos algunos amagos: la Unión Nacional de Blas Piñar en los años de la transición, la Agrupación Ruiz Mateos de las primeras elecciones europeas, más recientemente el CDS con Mario Conde y el GIL. En todas esas formaciones, que terminaron fracasando, encontramos ciertos componentes populistas, aunque no arraigaron, tal vez, por la pervivencia en la memoria histórica de los españoles del franquismo, con unas connotaciones generalmente muy negativas y por la mínima solvencia personal de algunos de sus impulsores, en determinados casos.

 

El populismo nace, generalmente, en ambientes muy concretos, facilitando su ascenso determinadas situaciones de crispación social y siendo catalizado todo ello por precisas figuras emblemáticas: Le Pen en Francia, Bossi y Fini en Italia, Haider en Austria, Pim Fortuyn en Holanda… No puede afirmarse, en definitiva, que haya surgido de la nada. En la mayoría de los casos, además, ya existía una cierta base social propicia; también, en ocasiones, algún partido político significativo con una cierta estrategia y unos medios al servicio de la nueva causa. Y sobre todo, un malestar social generado por diversas causas; lo que esos líderes carismáticos supieron reconocer y encauzar.

 

Nada de todo esto parece existir aquí. No olvidemos que la inmigración, factor desencadenante de buena parte de los populismos europeos actuales, aunque viene aumentando de forma notable en España en los últimos años, no alcanza los niveles del resto de la Unión Europea. Con todo, hemos tenido constancia, ahora mismo, de al menos tres intentos, de creación de “algo” parecido en España, que vamos a mencionar muy brevemente:

 

Partido Democrático del Pueblo. Con la pretensión de concurrir a las próximas elecciones municipales en Cataluña, sus alegatos son los característicos de este tipo de partidos populistas, aunque rechazando cualquier vinculación ultra. Carece de un mínimo arraigo, dándose a conocer en algunos medios de comunicación catalanes.

 

Frente Español, proyecto impulsado por una de las familias falangistas al que, de momento, se han adherido independientes y ciertas entidades. Será en enero de 2003, con motivo de su anunciado congreso fundacional, cuando acredite su capacidad real de convocatoria. Bajo el lema “Por la identidad española” y “Juntos podemos”, sus reclamos en internet recuerdan a la fenecida Unión Nacional de hace dos décadas. Disputa a Democracia Nacional el paraguas protector y el reconocimiento internacional del Front National.

 

Democracia Nacional. Con buenas relaciones internacionales y una cierta implantación, intentará alcanzar resultados favorables, en algunas localidades levantinas, en las próximas elecciones municipales; para intentar reproducir en España la marcha ascendente que aupó a Le Pen en Francia. Ya lo intentó con Plataforma España 2000, fracasando estrepitosamente en las últimas elecciones europeas, lo que provocó la marcha de parte de sus dirigentes fundacionales y de los restantes grupitos coaligados. Carece de líderes de relieve, estando formada su actual Mesa Nacional por gente joven en su mayor parte completamente desconocida. Como posible socio en la aventura se ha barajado el nombre de Josep Anglada y su Plataforme per Catalunya, organizadores de una numerosa manifestación en Premiá de Mar, en la primavera última, en contra de la construcción de una mezquita.

 

Algunas conclusiones.

 

Una sociedad ordenada no puede construirse sobre los cimientos del hedonismo y el relativismo: este un principio casi olvidado que debe ser rescatado.

 

Ahora que se debate el futuro de Europa, en sus distintos planos, es el momento de plantear de nuevo el anterior presupuesto; pues se deberá volver a los orígenes que la configuraron -a la vida y los valores que le dieron consistencia- si quiere afrontar con realismo los retos del presente y del futuro. Pero de nada servirán invocaciones a valores o principios, por muy saludables que sean, si no existe un pueblo que les dé vida y los encarne.

 

Por todo ello, consciente de la ausencia de ideales y de horizontes ambiciosos entre los europeos, Juan Pablo II viene insistiendo, entre otros aspectos, en la necesidad de que la futura Constitución europea contemple, de forma expresa, la aportación y el reconocimiento del cristianismo en la configuración de su naturaleza íntima. No es una novedad en su discurso, pues, con otra expresión y en el contexto de su llamamiento a la nueva evangelización de Europa, ya lo formuló hace años con su petición apasionada: ¡Europa, sé tú misma!

 

            El discurso inmigracionista predominante hasta la actualidad en los medios de comunicación, organismos oficiales nacionales e internacionales y ONGs, se encuentra en crisis: tanto desde la derecha, como desde la izquierda, se revisan posiciones y se proponen nuevas medidas. Estas inquietudes no son patrimonio, realmente, de ninguna formación política, aunque determinadas formulaciones ideológicas son proclives a una interpretación “abierta” de la problemática en cuestión; lo que, por políticamente correcta, su aplicación puede desembocar en situaciones explosivas que favorezcan la aparición de una formación antisistema. ABC lo entiende así. Por ello ha intentado anticiparse proporcionando datos que presenten, de forma desapasionada pero interesada, la problemática y que faciliten a los partidos parlamentarios claves y herramientas para afrontar de forma no dogmática y con realismo el futuro que se adivina, anticipándose a los errores cometidos por nuestros vecinos.

 

            El tiempo dirá si ABC ha acertado y los partidos parlamentarios han aprendido la lección, determinando una política de inmigración integrada con la que se aplicará en Europa, inevitablemente, y que, más allá de eslóganes publicitarios, tenderá a un mayor control de accesos y estancias de los inmigrantes.

 

            Hemos visto la autocrítica de cierta izquierda encarnada por El viejo topo. ¿Para cuando una reflexión de similar calado desde la derecha o el centro reformista? También podemos extender la pregunta a nuestra Iglesia. Mas allá de frases hechas, de tópicos generales, ¿para cuando una reflexión evangélica, serena y profunda que encare el malestar social que subyace en el origen de la irrupción real del nacional-populismo?

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nª 64, diciembre de 2002.

 

El catolicismo social y las últimas elecciones realizadas en España.

Las elecciones celebradas en España, el pasado domingo 25 de mayo, han supuesto un revulsivo en algunos concienciados sectores del catolicismo social español, aunque sin llegar a afectar al conjunto del pueblo católico. La concurrencia a las mismas del partido Familia y Vida impone una valoración y unas reflexiones al respecto.

 

Los resultados y su valoración.

 

            Las elecciones municipales, autonómicas y forales del 25 de mayo de 2003, han aportado algunas novedades en el mortecino panorama del catolicismo social español, de la mano, en parte, de un partido que se estrenó entonces: Familia y Vida.

 

            Esta formación política, no confesional pero que comparte una parte significativa de los principios informadores de la Doctrina Social de la Iglesia, generó, antes y después de la celebración de estas elecciones, cierta polémica en el seno de pequeños sectores católicos emergentes, que podemos situar en el entorno de algunos de los llamados nuevos movimientos eclesiales.

 

            Hay que partir de una premisa. Muy distintos en sus respectivas metodologías e incidencia social, no todos estos movimientos eclesiales comparten la misma concepción de la política ni, en consecuencia, idéntica manera de afrontarla. Así, existen movimientos que apenas están interesados por la vida pública; no digamos ya por la acción política directa. Para otras de estas entidades eclesiales, la participación en la vida pública, y en la política en particular, es una responsabilidad exclusivamente individual, debiendo tener mucho cuidado en implicar a la Iglesia en esas actividades “sospechosas”. Por último, algún movimiento concibe al ejercicio de la política como una posibilidad en ese entorno, tan peculiar como desprestigiado, en la que el cristiano puede -y debe- manifestarse como tal, proporcionando rostro y brazo al pueblo católico del que forma parte; defendiendo allí la libertad de la Iglesia.

 

            Ciertamente, entre muchos católicos existe una concepción muy negativa de la política y de los políticos. Para éstos, la sospecha preside cualquier aproximación a tales actividades. Otros aseguran, por el contrario, que el ejercicio del poder político puede ser un instrumento para cristianizar la sociedad. De esta forma, mediante leyes “cristianas”, se posibilitaría la “cristianización” de la sociedad. Quienes así piensan olvidan –aseguran sus críticos- que la finalidad de las leyes es el bien común. Tampoco tienen presente, por ejemplo, el significativo caso de la Italia de 1981; en la que pese a una poderosa Democracia Cristiana –entonces- en el gobierno, una sociedad aparentemente católica, el apoyo de la Santa Sede y la movilización de los obispos, se perdió el referéndum del aborto.

 

Frente a ambas posturas, los católicos, que emergen desde algunos de esos nuevos movimientos eclesiales, desacralizan la política y la conciben en un preciso espacio: en el que se puede impulsar iniciativas en línea con los criterios de acción de la moderna Doctrina Social de la Iglesia, en diálogo con el pueblo cristiano y sus pastores. Y, todo ello, sin olvidar la tarea educativa que debe desarrollar la Iglesia en todos los órdenes de la vida. Una postura, no obstante, que genera no pocas discrepancias con las de otros medios católicos.

           

Una mirada a la historia.

 

            Durante casi toda la primera mitad del siglo XX, estuvo vigente un sencillo esquema de vertebración de la acción política de los católicos españoles. A la existencia de un pueblo católico que compartía un conjunto de certezas derivadas de su fe, perfectamente reconocible y con un rostro muy definido, se le sumaba una numerosa organización laica que encuadraba y formaba a sus miembros más motivados (la Acción Católica), y otra entidad especializada que captaba a las vocaciones por lo público (la Asociación Católica Nacional de Propagandistas). Por último, un episcopado cohesionado trabajaba, en estrecho contacto con la AC y la ACNP, orientando a los católicos españoles hacia fórmulas políticas concretas en un contexto histórico progresivamente dramático.

 

            En la transición española hacia la democracia, en la recta final del siglo XX, este esquema ya no tenía sentido alguno. La Acción Católica había sufrido una crisis generalizada, expresión de la evolución y cambios acaecidos en ese pueblo del que procedía. Por su parte, la ACNP también atravesaba una larga travesía del desierto, a la vez que nuevas organizaciones laicales competían, de alguna manera, con las anteriores en la captación de las elites católicas y en la educación en la fe de fragmentos de ese pueblo católico. Por último, entre nuestros obispos prevaleció una postura de prudente distanciamiento ante muchas decisiones políticas contingentes que se adoptaron por aquellos años; una actitud que, en consonancia con nuevas corrientes teológicas y pastorales, no aminoró la confusión existente en un vapuleado pueblo católico que se desvanecía.

 

            Ahora nos encontramos en un momento en el que la citada articulación ya no sirve. El nuevo pueblo que se está configurando, a partir de las realidades vivas del catolicismo español, también tiene ciertas preocupaciones sociales y, para un sector del mismo, actuar en política es una necesidad imperiosa; pues es mucho lo que se juega en ese ámbito.

 

            En este contexto actual podemos diferenciar dos corrientes, más o menos definidas, aunque apenas estructuradas.

 

Para unos, debe recrearse el pueblo católico español y, entonces, ya madura la situación, lanzarse a la arena política. Por lo tanto, todavía no se darían las condiciones para un realista desembarco en política.

 

Otros, por su parte, consideran que la política es una exigencia que no permite dilación alguna y que hay que afrontar ya. Para esta segunda opción, la participación en política, sea en partidos confesionales, sectoriales, o en otros de amplio espectro, es un paso ineludible.

 

            Por último, no olvidemos que existe un sector, todavía con cierta influencia, de católicos progresistas que siguen propugnando una integración anónima, y a título individual, en proyectos de progreso, en partidos de izquierda en definitiva, como fermento o levadura.

 

            En definitiva, ante el reto de la política, entre los católicos españoles, existe una compleja situación de fondo expresada en una notable dispersión de iniciativas, que ha sufrido una leve conmoción por el impacto de Familia y Vida: con su aparición se cuestionan precedentes estilos de trabajo. Por ello, modalidades anteriores de presencia social, que reflejan una actitud defensiva de realidades sociales en retroceso, pueden revisarse.

 

Elecciones y catolicismo social.

 

            El electorado católico ha sufrido, pues, un pequeño revulsivo; al menos entre los militantes más vinculados a asociaciones promotoras de la familia

 

Pero, ¿cómo se ha desarrollado el debate electoral entre los católicos? Por una parte, la invocación al “mal menor”, al “bien posible”, o a la diversa “permeabilidad” de los distintos partidos a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, ha protagonizado buena parte de las reflexiones públicas realizadas por significativos seglares y obispos. Por otra, la concurrencia a los comicios, aunque de forma muy restringida, de esa formación mencionada, que se identificaba plenamente con los principios de la DSI orientados hacia la familia y la vida, ha generado un necesario debate –aunque lo haya sido únicamente en ambientes muy restringidos- acerca de la legitimidad de las diversas opciones políticas, planteando la posibilidad de votar a una opción que rompe con las de décadas anteriores. Un debate, en definitiva, que aunque ha afectado a un número relativamente pequeño de seglares comprometidos, no puede ignorarse y en el que deberá profundizarse. Incluso, tal vez, sus conclusiones podrían sentar las bases de nuevas formas de presencia católica en política.

 

La escasa cosecha electoral de Familia y Vida no le priva de trascendencia al fenómeno y plantea, en cualquier caso, serios interrogantes al catolicismo social español: ¿existe un voto católico? y ¿cuál es la salud real del pueblo católico? Una realidad es evidente. La descristianización de la sociedad española avanza, disolviendo las certezas compartidas durante siglos, con una efectividad sorprendente.

 

En este contexto, de debate interno del catolicismo social, el Partido Popular, que en la campaña ha intentado mantener al electorado de esta procedencia mediante promesas de última hora en torno a la familia y a la educación, deberá acreditar con hechos sus intenciones, dando cancha a distintas aplicaciones del principio de subsidiariedad y defendiendo decididamente la vida humana; todo ello si quiere evitar que la fractura existente con este sector se ensanche en el futuro.

 

Otros interrogantes pueden trasladarse, en lo que le afecta particularmente, al partido Familia y Vida. Que haya perdido casi la mitad de los votos inicialmente cosechados en la repetición de elecciones a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, pesando en esta circunstancia de forma especial la preocupación de los católicos madrileños por el futuro de la enseñanza concertada, no es un dato que sus impulsores puedan ignorar.

 

Reflexiones finales.

 

Por último, tengamos presentes, en esta reflexión, varias premisas.

 

1º. No podemos seguir considerando a España como una sociedad católica “dormida” a la que se pueda “despertar” fácilmente. Este planteamiento, bastante presente todavía, supone ignorar la realidad de la descristianización, lo que además, condiciona, viciándolo, cualquier debate en el sentido del aquí trasladado.

 

2º. Los partidos políticos actuales funcionan, en buena medida, a golpe de demanda social significativa, tal y como nos lo recordaba Ignacio Arsuaga, uno de los impulsores de la plataforma transversal Hazte Oír, en la entrevista que publicamos en el número 74 de Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica. Si el Partido Popular, por ejemplo, no percibe una movilización importante del electorado, preocupado por la situación de la familia, no reaccionará; actuando en función de otras demandas sociales. Para responder a esa expectativa, se requiere: articulación popular, movilización ciudadana, creación de una cultura de participación política.

 

3º. La queja de algunos políticos católicos se resume en una expresión: “nos dejan solos”. Evitarlo, exige apoyarles, dialogar con ellos, hacerles llegar propuestas, pero también, el calor de la compañía cristiana.

 

En este contexto, la transversalidad –un concepto en alza- de los políticos católicos debe pasar, de ser una mera declaración de principios, a eficaz instrumento, en diálogo con su pueblo y pastores, al servicio de la “Libertas Ecclesiae”. Pueblo católico, movimientos eclesiales, pastores, políticos, plataformas transversales… todos deberán dialogar entre sí, confluyendo en la misma dirección; y todos ellos con la legítima pretensión de que la Iglesia aporte su capacidad de regeneración, también a la vida pública, desde su siempre novedosa compañía humana.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 75, noviembre de 2003