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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

La derecha populista europea se organiza (1)

La derecha populista europea se organiza (1)

Vienen produciéndose numerosos movimientos políticos cara a las próximas elecciones a celebrar en España, es decir, las europeas del año próximo. Plataformas de uno y otro signo, especialmente en el espacio existente entre el PSOE e Izquierda Unida, la posible irrupción de Ciutadans mediante el Movimiento Ciudadano como fuerza de ámbito nacional, propuestas de de coalición de partidos nacionalistas, etc.

Pero esos movimientos no tienen lugar únicamente en España: en toda Europa, políticos y partidos se posicionan, redefinen estrategias y buscan aliados.

Así, entre otras muchas, ha saltado la noticia de que Geert Wilders, líder del holandés Partido de la Libertad, y Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional galo, han anunciado su pretensión de sumar una alianza internacional de partidos populistas afines que les permitiera crear en el futuro Parlamento Europeo, un grupo parlamentario propio; lo que requiere 25 escaños. En la citada información se mencionaba a varios posibles socios europeos…, ninguno español.

No obstante, en algunos medios digitales se afirmó que el grupo extraparlamentario Alternativa Española (AES) estaría interesado en esta alianza. De momento, lo único confirmado es que este partido, junto a Familia y Vida y la Comunión tradicionalista Carlista (de momento, tres de la galaxia de grupitos integrantes del espectro que podríamos definir, con múltiples matices, derecha populista española), habrían suscrito el pasado 17 de noviembre un manifiesto conjunto con la declaración de principios que proponen a otras formaciones sociales -invocando a las raíces cristianas de Europa, la defensa de la familia y la vida- para conformar una candidatura que les permitiera salir del ostracismo político en que este sector político español se encuentra desde hace casi 30 años.

“Derecha populista”, “fuerzas nacionales”, “identitarios”, “social-patriotas”, “derecha radical extraparlamentaria”, la “ultra”, la “extrema derecha”, “los fachas”, el “facherío”, etc.; diversas denominaciones -propias, unas, ajenas y despectivas, otras- para una realidad plural, cambiante, de estilos e ideologías no necesariamente coincidentes, y por completo desestructurada... en España; que no en el resto de Europa.

La “derecha populista” y/o “identitaria” europea -terminología que entre politólogos y comunicadores se viene imponiendo al despectivo y acaso ya menos omnicomprensivo de “extrema derecha”- es una realidad que se viene consolidando, poco a poco, país a país: partidos políticos de nuevo cuño irrumpen, con mayor o menor fortuna, en el juego político de las diversas naciones europeas al margen de las familias políticas tradicionales dominantes desde el término de la Segunda Guerra Mundial (socialdemócratas, cristianodemócratas, socialistas, comunistas, liberales, conservadores, ecologistas…), aglutinando un voto de protesta, además del residual de la extrema derecha “clásica”.

Situados de modo genérico, especialmente por parte de sus numerosos detractores, en el extremo derecho del arco político, estos “nuevos” partidos se autodenominan muy diversamente: de la libertad, del progreso, del pueblo… No obstante, algunas características pueden ser compartidas por la mayor parte de ellos: defensa de la identidad nacional, euroescepticismo frente a los mandatos de Bruselas, temor a la islamización, críticas a las políticas inmigracionistas, defensa de la familia (no siempre y tampoco de manera análoga). Es un poliédrico cajón de sastre, pero comparten, en definitiva, ese euroescepticismo, unas señas de identidad que entienden deben ser preservadas para las generaciones futuras, cierto desprecio por la partitocracia tradicional…, y poco más.

No pretenden destruir el sistema democrático, en general; al contrario, afirman que éste se encuentra distorsionado por las prácticas oligárquicas de una clase alejada de la ciudadanía. Se caracterizan por ser liderados por figuras carismáticas; poco programa y mucha víscera. Y les separan nacionalismos localistas, antiguos y estrechos; el papel que atribuyen al Mercado (los hay ultraliberales, otros son, por el contrario, intervencionistas y estatalistas); unos adoran Israel, mientras que otros lo denostan; hay cristianos (católicos tradicionalistas, luteranos, ortodoxos….), paganos (en la línea preconizada por la “Nueva Derecha” de Alain de Benoist y otros), agnósticos, gnósticos incluso; unos prosperan entre la pequeña burguesía y la clase media (Suiza, por ejemplo) y otros en los antaño “cinturones rojos” de las grandes urbes (Francia, es el caso); unos defienden a la familia despectivamente denominada “tradicional”, frente a otros partidarios de “nuevos modelos” (¿recuerdan cuando el populista holandés Pim Fortuyn rechazó ser calificado como racista y xenófobo al afirmar “mi mejor amante ha sido un marroquí”?); etc.

Constituyen un fenómeno complejo. Así, Lluís Bassets ya afirmaba, hace más de 10 años (El País, 23/06/02): «Las nuevas extremas derechas no son necesariamente antisemitas ni partidarias de sistemas totalitarios como venía sucediendo hasta hace unas pocas décadas. Son proamericanas y modernas, chovinistas y xenófobas, pero especialmente arabófobas e islamófobas. Liquidado el comunismo, centran su discurso de confrontación en un antiprogresismo visceral, de sarcasmo y diatriba virulenta, de descalificación sin debate de ideas respecto a todo lo que tenga que ver con la tradición de izquierdas, el Mayo del 68 y el socialismo».

Por su parte, la revista de pensamiento, situada en el espacio de la izquierda crítica, El viejo topo, publicó, también por entonces, concretamente en su número 171 (octubre de 2002), un “dossier” titulado «Los nuevos fascismos» (páginas 31 a 50). Ya en su introducción de la página 31 adelantaba varias de las conclusiones a las que llegarían sus autores. Así: «Esta nueva extrema derecha, además, ha sido capaz de contaminar el discurso y la práctica política de las derechas clásicas e incluso de los que dicen querer circular por terceras vías. Su base social, hoy igual que ayer, está formada por gentes de la clase media y de la clase obrera, atemorizadas por la incertidumbre ante el porvenir y hastiados de la banalidad, la doble moral y la corrupción de la democracia representativa. Populistas anti-sistema pero capaces de pactar con éste, nacionalistas irredentos, los nuevos fascismos no son la mera actualización de los viejos, aunque conservan muchos de sus rasgos y principios; sería un grave error considerarlos como antiguallas, simples resonancias de un pasado que se resiste a ser enterrado. Se trata de un fenómeno con facetas nuevas que se asienta sobre problemas reales. Reales y graves. Ignorar estos equivale a ignorar el peligro que representan para la libertad y la democracia».

José María Tortosa, en su artículo «Fascismos de hoy y de ayer», repasaba los tradicionales pronunciamientos de algunos pensadores, especialmente izquierdistas -clásicos y recientes- ante los fascismos. Así, relacionaba este fenómeno con el neoliberalismo, la globalización, los islamismos radicales, etc.; todo ello de la mano de autores como Marx, Hegel, Cándido, Mussolini, Umberto Eco, Jean Baudrillard, Erich Fromm, Talcott Parsons, Nicos Poulantzas, Alain Touraine, Herbert Marcuse, Samir Amin, Immanuel Wallerstein. En la página 33, de Ludovico Incisa, destacaba la siguiente cita: «El fascismo es una ideología de crisis (…) el evento revela la crisis, no la provoca».

Marcos Roitman Rosenman es el autor del segundo trabajo, «La Nueva Derecha y el fascismo». Serían evidentes, a su juicio, los rasgos comunes entre el fascismo y las propuestas de la Nueva Derecha de finales del siglo XX; analizando para ello las grandes líneas de la segunda, en particular, la crítica cultural a la razón occidental (aclaremos que la Nueva Derecha rechaza por igual a marxismo y cristianismo), la defensa del capitalismo como sistema productivo y la lucha contra el sistema «considerado como un gobierno mundial de transnacionales» (página 43) a través de la violencia, el egoísmo, la heroicidad y la entrega. Para ello citaba a Alain de Benoist, Guillaume Faye, Seev Steinhell, Carlos Pinedo, Konrad Lorenz… Podemos destacar la siguiente conclusión inserta en la página 44: «Se trata de una propuesta cultural cuyo atractivo radica en la movilización y el rechazo a la uniformidad nacida del consumismo. Muchos podrían estar compartiendo parte del diagnóstico. En eso consiste su atractivo y su fuerza».

En «Intrusos en el polvo», de Ferran Gallego, se afirmaba que: «Los movimientos nacional-populistas no son una pura reedición del fascismo, aunque contengan factores de resonancia» (pág. 48). ¿Cómo conectarían, entonces, con los sentimientos populares estos nuevos movimientos? El precitado aseguraba que «Por ello, quienes votan a los partidos nacional-populistas indican que lo han hecho porque se sienten cansados de la vieja política, de las mentiras normalizadas durante décadas de infierno. Cansados de la corrupción de una elite, cansados de ser los perdedores de la modernización» (pág. 49). Pero, entonces, hay que interrogarse, ¿se trata de una mera reacción sin propuestas ni soluciones? El autor consideraba que no es así, pues «el nacional-populismo deja de ser una protesta para adquirir el rango de una propuesta, que ofrece soluciones radicales, que ofrece mediaciones pactistas, que es capaz de instalarse fuera del sistema, pero también de llegar a los gobiernos (…)». Y concluía: «A la izquierda le corresponde examinar los canales que permiten circular el líquido de desamparo, anomia, inseguridad y recelo que la extrema derecha recibe en los estanques de su inmensa movilización. Si sólo observa la metabolización en un discurso autoritario, reaccionario, xenófobo, nunca aprenderá a cegar las fuentes de su volumen esquivo. De esa ideología que parece perderse entre los dedos, que difumina sus formas, que se fragmenta en fotos incoloras. Pero que es capaz de agruparse en una potente presión social, reventando la resistencia del acero y humillando la duración de la piedra».

En definitiva, unos análisis que permanecen vigentes y actuales, dada la persistencia y auge de este fenómeno entonces un tanto marginal, salvo en Francia y Holanda.

Pero, más allá de tan sesudos análisis, no olvidemos que el fenómeno también acarrea riesgos. Así, en su periferia han anidado las células cancerígenas de la violencia ideológica y terrorista. Recordemos a los neofascistas NAR, Núcleos Armados Revolucionarios, que practicaron el terrorismo en la Italia del plomo de los años 80 del pasado siglo. O el caso del “lobo solitario” Anders Behring Breivik, autor en julio de 2011 de dos atentados en los que segó brutalmente 77 vidas humanas en Noruega (complejo personaje que, en una peculiar y patológica simbiosis ideológica, conjugó su pertenencia a una minúscula facción neotemplaria y paramasónica con convicciones racistas y antiislámicas). Incluso, todavía más recientemente, fue desarticulada una célula neonazi, Nationalsozialistischer Untergrund (Clandestinidad Nacionalsocialista) en Alemania, cuando dos de sus tres miembros se suicidaron en una autocaravana en noviembre de 2011 tras ser cercados por la policía. Su tercer miembro, y presunta líder, Beate Tschäpe, sería la única superviviente de un trío que, viviendo en la precariedad, casi como transeúntes, habían asesinado a lo largo de varios años al menos a nueve inmigrantes -ocho turcos y un griego- y a una policía; habían realizado otros atentados con explosivos; financiándose mediante atracos bancarios.

El profesor Patrick Moreau, investigador del CNRS, especialista en análisis comparativo de los extremismos, formuló en 2001 un «teorema político-conductual» sobre la eclosión de los nacional-populismos que recogió el experto en estas cuestiones Xavier Casals en su ensayo Ultrapatriotas (Crítica, Barcelona, 2003): «(...) cuando un sistema político está dirigido por un mismo actor (o una coalición) durante diversos períodos legislativos, cuando una sociedad se entera de un número creciente de negocios oscuros diversos, cuando la penetración burocrática de los partidos en la economía es fuerte y cuando el clientelismo es una práctica cotidiana (el caso de Italia hasta 1992 y el de Austria hasta 1999), el populismo tiene muchas oportunidades. Incluso cuando los negocios oscuros no son tan frecuentes, cada escándalo refuerza, y ello de manera acumulativa, el rechazo a los partidos establecidos (caso belga) y a la política del Estado, presentada como un instrumento en manos de incompetentes y aprovechados» (La temptació populista de dreta a Europa vista a través del cas de l’FPÖ: estat de cada lloc i interpretació sistèmica, p. 10, Papers de la Fundació Rafael Campalans Nº 127). Casals retomó la hipótesis anterior en su magnífico blog sobre extremismo y democracia el 23 de marzo de 2013, concluyendo que en los próximos dos años, «(...) se conjugan en España los elementos de una “tormenta perfecta” para la eclosión de populismos de derecha e izquierda». Pero, meses después, el 11 de octubre de 2013, en un extenso artículo analítico de base demoscópica (¿Ascenderá la derecha populista en España con la crisis política y económica?), concluía que: «(…) en un marco aparentemente propicio para el crecimiento de la derecha populista, ésta no necesariamente puede crecer a gran escala por su dificultad para articular una oferta estatal».

Y los hechos parecen avalar su juicio. De modo que la derecha populista o identitaria, es una realidad creciente, acaso coyuntural, desde hace una década, en casi toda Europa… salvo en España.

http://latribunadelpaisvasco.com/not/639/la_derecha_populista_europea_se_organiza__1_

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