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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

El drama de la derecha social española

El drama de la derecha social española

 

Un hecho claramente percibido en el desarrollo de la magna manifestación celebrada el pasado 17 de octubre en Madrid en contra de la Ley Aído, y que entendemos como novedoso, pasó desapercibido para la inmensa mayoría de comentaristas mediáticos de la misma. Nos referimos a la presencia de múltiples carteles y no pocas pancartas (por ejemplo, los contundentes “Basta de hiPPocresía”) denunciantes de la doble moral desplegada en esta materia, a lo largo de los años, por el hoy principal partido de la oposición. Es de destacar, igualmente, que la presencia del anterior presidente del Gobierno español, José María Aznar, fue bien recibida por muchos asistentes a la concentración; prueba de ello fueron los retratos fotográficos que tantos quisieron inmortalizar en su compañía. Pero su asistencia, al igual que la de tantos dirigentes de ese partido, también generó muchos comentarios reprobatorios… y en voz alta. Ello, ciertamente, es un hecho novedoso.

 

Si recordamos lo acaecido en otras concentraciones análogas de años anteriores (ya fueran en defensa de la vida, ya de la familia), posicionamientos similares generaron a sus audaces y escasos protagonistas más de un problema: empujones, gritos reprobatorios, acusaciones de ser “socialistas provocadores”, la expulsión de la marcha… Algo, por lo tanto, ha cambiado. Y el mérito no parece que pueda atribuirse a la maquinaria propagandística de un gobierno/partido en el poder que explotó, particularmente en días posteriores, tan evidente contradicción. No, realmente el malestar viene de antes y es más profundo.

 

Pero trataremos de huir de la muy humana tentación de elevar una anécdota a categoría, de modo que no valoraremos a priori esa “grieta” política como el síntoma de una quiebra más peligrosa.

 

Hemos defendido -en otras ocasiones- la existencia de un espacio sociológico español al que denominamos “derecha social”. Una derecha que, a modo unificador, está definida por un estado de ánimo sustentado en unos valores -batidos desde los poderes político, cultural y mediático- a causa de su condición supuestamente entorpecedora del “progreso”. Una labor a la que también contribuirían, con su acción u omisión, otras realidades en principio más afines a esa derecha que a la progresía radical reinante. ¿Qué valores son éstos? Nos referimos a la defensa de la familia y la vida, del esfuerzo personal y comunitario, de la libertad, de la cohesión nacional española, de una postura inequívoca frente a los zarpazos terroristas, una concepción ética de la vida de raíces cristianas, etc.

 

Es innegable que esa derecha social existe. Se manifiesta articulada en varios movimientos muy diversos: el pro-vida, la objeción a la educación para la ciudadanía, el esclarecimiento del 11-M de 2004 en su día, el apoyo a las víctimas del terrorismo, la defensa de la identidad y la lengua españolas, la regeneración de la vida política. Ciertamente, tales banderas no son patrimonio exclusivo de esa derecha social, pero no puede sustraérsele el mérito de ser la identidad colectiva que más fielmente se ha movilizado en cuantas ocasiones se le ha convocado.

 

Y también venimos sosteniendo que esa derecha social es muy plural; tanto genética como organizativamente. No nos repetiremos. Pero destaquemos algún aspecto de sus expresiones mediáticas.

 

Durante bastante tiempo, y a falta de un fiel trasunto partidario, esos sectores sociales fueron estructurados y movilizados, en buena medida, desde las trincheras de la COPE y Libertad Digital de Federico Jiménez Losantos y su liberal y aguerrida legión de colaboradores. Y ello lo fue –incluso- frente la atonía de un timorato Partido Popular. Pero a Federico Jiménez Losantos, finalmente fuera de la cadena católica y por ello embarcado en su heroico proyecto independiente de esRadio, le ha salido un serio competidor: El Grupo Intereconomía; y más contundentemente ahora con el lanzamiento de su diario de papel La Gaceta. En principio, todo ello puede ser bueno para esa masa social a la que se dirigen: no en vano serán más numerosas, consistentes y, acaso plurales, las propuestas y argumentos esgrimidos. Bienvenidos todos. Bienvenida toda munición ideológica y mediática. Hacen falta. Que sea para bien.

 

Cuenta, por tanto, con expresiones mediáticas, prueba definitiva de su existencia real; pero sigue sin encontrar un partido político que la represente exactamente. Hoy día, al igual que hasta ayer mismo, en su mayor parte sigue asociada, de un modo u otro, al Partido Popular. Y ello, incluso, a pesar de su creciente conciencia del evidente divorcio entre sus valores más queridos y las políticas concretas del partido. Ni contigo, ni sin ti; cual latino y pasional drama amoroso.

 

En no pocas ocasiones, en circunstancias y entornos muy diversos, se ha especulado con la necesidad, real o presunta, del lanzamiento de un partido conservador sin complejos, que empuñara con decisión las banderas de la derecha social. Así, cuando días atrás el presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, Alfredo Dagnino, reflexionó en torno a la necesaria presencia de políticos católicos, sus declaraciones fueron leídas o interpretadas por algunos en el sentido anterior. Pero, no podía ser de otra manera, tales rápidamente fueron desmentidas: en definitiva, no es el momento de un partido confesional. Ni tampoco, afirmamos nosotros, de otro de signo netamente conservador.

 

Y para ello nos apoyamos en que, salvo quejas muy puntuales, no se ha generado evidencia empírica alguna al respecto. Así, no se ha producido en los ambientes de esa derecha ningún movimiento simétrico al que encabezara en la izquierda, por poner un ejemplo muy ilustrativo, Rosa Díez. Ningún líder nacional del Partido Popular ha cruzado el Rubicón. Pero tampoco se han elevado voces relevantes desde ese variadísimo espectro asociativo reclamándolo. Y, seguramente, se debe a que en esa área no existe ni demanda ni necesidad de ello.

 

Sin líderes, ni sociedad civil que los apoye y reclame, cualquier proyecto que persiga la creación de un nuevo partido político no supera el estadio de mera elucubración de tertulia de café.

 

Ciertamente, existe un partido social cristiano, Alternativa Española (AES), que reclama para sí, tal espacio. Pero su programa político, todavía en definición, y su acción pública, con varios años ya de historia, ¿responden a una verdadera demanda social? En coherencia con lo afirmado en los dos párrafos anteriores, tememos que la respuesta sea negativa. Les deseamos suerte, pero, al recordar sus limitados resultados electorales cosechados en las últimas europeas, no podemos evitar el recuerdo amargo del fenecido, tras larga y nada ejemplar agonía, PADE de Juan Ramón Calero.

 

Otros partidos también lo han intentado a su modo. Recordemos aquí al temático, por calificarlo de una manera sintética y descriptiva, Familia y Vida. Muy meritorio, pero escasamente efectivo y sin expectativas de un vuelco histórico.

 

Aportemos, por último, otra circunstancia. Montserrat Nebrera acaba de abandonar el Partido Popular. Se esperaba. Y se han elevado no pocas especulaciones sobre futuros movimientos. Pero, ¿tiene proyecto? ¿Cuenta con sectores sociales que la avalen? Su perfil, ¿es el de una Rosa Díez de la derecha?

 

Concluyamos, ya, este recorrido. Afirmaremos, por ello, que no parece que existan indicios sólidos de un cambio de tendencia en las derechas sociales. Así, el Partido Popular seguirá contando con un voto seguro, casi cautivo, imprescindible para sus más altas ambiciones. La derecha social, por su parte, seguirá su propio camino estructurada en diversos movimientos escasamente homogéneos y no siempre coincidentes –es más, acaso progresivamente divergentes- con la marcha del Partido Popular.

 

Tales características son, paradójicamente, su principal capital. Y su drama.

 

Diario Liberal, 26 de octubre de 2009 

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