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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“Lo que Europa debe al Cristianismo” (Unión Editorial).

Dalmacio Negro. “Lo que Europa debe al Cristianismo”.Unión Editorial. Madrid. 2004. 338 pp.

 

Dalmacio Negro profundiza, en una obra de hondo calado, en las razones últimas de la transformación descivilizadora de la Europa cristiana de nuestros antepasados en una sociedad nihilista.

 

Dalmacio Negro, Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Catedrático emérito de la Universidad San Pablo-CEU, y uno de los analistas más agudos del actual panorama intelectual español, disecciona, en su reciente obra, los fundamentos éticos, religiosos, estéticos e ideológicos de la desconcertada Europa de hoy.

 

Las culturas griega y romana han jugado un papel importante en la configuración de Europa gracias al cristianismo, asegura el autor junto a otros; no en vano, la Iglesia las ha readaptado y reelaborado por completo. Así, Europa, aunque reniegue de sus orígenes y de su historia, es una obra de la Iglesia. Europa sin el cristianismo no es nada. Le debe todo: el sentido de su Historia, la idea de progreso, el laicismo vertebrador de la sociedad, el anhelo de justicia, las expresiones concretas de libertad, la igualdad formal y real, la voluntad de trabajo, la propia democracia, la familia como núcleo fundamental de la sociedad, el impulso de la ciencia, la capacidad de la técnica, la dignidad humana como límite insalvable…, incluso el mismísimo Estado, ahora enfrentado a su madre, sería inconcebible sin la aportación cristiana.

 

Esas y otras ideas han sufrido, por incidencia del romanticismo y otros movimientos, una profunda transformación. Un ejemplo. La tolerancia ha dado paso al indiferentismo; lo que priva de defensas a cualquier sociedad. También la democracia sufriría una gran distorsión, dando paso a la imposición demagógica de una minoría. Si a ello le unimos la desesperanza colectiva, que ha llevado a los europeos a no procrear, el futuro de esta civilización no parece muy halagüeña, pudiéramos deducir.

 

Su juicio es claro: la vocación de la Iglesia es universalista; por el contrario, el Estado, particularista, por naturaleza, tiende a la expansión permanente. El choque entre ambas realidades era inevitable. Y, en esta pugna, aunque la moderna Europa, estructurada en Estados nacionales busca ahora mismo su articulación superior, pese a haberse nutrido en todas sus ideas-madre del caudal filosófico y ético del cristianismo, ha prescindido, entre otras muchas, de la decisiva idea de la Creación desde la nada. De esta forma, únicamente quedaría la nada: tal sería la raíz última del nihilismo subyacente en las labores de gobierno y la misma vida cotidiana de los europeos hoy. El Estado, por otra parte, no soporta que otras realidades sociales puedan interferir en su acción ante los ciudadanos aislados y atomizados que pretende dirigir. Tal vez en ello estriba otra de las razones de su rechazo de la religión cristiana.

 

La crisis del cristianismo europeo es la crisis de Europa, en buena medida. ¿Subsistirán los logros europeos, considerados modélicos para todo el orbe, una vez anegada la savia procedente de sus raíces cristianas? Con seguridad, un inmenso vacío se abre ante el futuro colectivo europeo, debiendo partir, acaso, de la nada. Así, otra pregunta, que inevitablemente plantea el texto, es la siguiente: esta Europa socialdemócrata, nihilista y anticristiana, ¿de dónde sacará fuerzas para articular su futuro y afrontar nuevos retos? Difícilmente las encontrará entre sus debilitadas Iglesias cristianas, ya que éstas “…ni siquiera quieren aparecer como grupos de presión mientras otros grupos menores presionan contra ellas a través del Estado” (página 164). Con todo “…el problema no consiste solamente en si en Europa existe todavía fe, sino si existe una cultura viva o si lo que pasa por tal es una cultura que se desmorona” (página 154).

 

“Sin religión, que contra el tópico, introduce racionalidad, al apoderarse el irracionalismo del vacío, se disuelven las culturas y mueren las civilizaciones” (página 190). De esta forma, la Europa postcristiana será la primera sociedad, además de los experimentos totalitarios del pasado siglo XX, que se construya sobre el nihilismo que emerge al apartar la religión de las conductas individuales y colectivas.

 

Pero, las anteriores, no son cuestiones intelectualistas e irrelevantes; al contrario. “La revolución de mayo del 68 ha contribuido poderosamente a imponer el clima intelectual, moral y estético del postmodernismo imperante en Europa. Cuyos rasgos más acusados son el pensamiento débil, que sustituye la eticidad por el moralismo emocional y produce en las masas la atrofia de la inteligencia y la libertad compensadas con la independencia y lo lúdico…” (página 119). Se trata, por tanto, del modelo humano soporte de una nueva sociedad. Además, “… las cristalizadas élites europeas están generando e irradiando con sus prejuicios, su irresponsabilidad, su amoralismo y su cinismo, con sus caprichos, en definitiva, con su nihilismo activo y pasivo, una profunda crisis moral e institucional” (página 125). De esta forma, nos atrevemos a afirmar, mientras descendemos a un terreno muy próximo, que la sonrisa y el talante de Rodríguez Zapatero son la expresión española de un fenómeno continental, ya que “… el ataque generalizado contra toda religión por parte de la gnosis progresista, apoyada en el Estado, con su optimismo externo cifrado en el ideal de un hombre autosuficiente en un nuevo mundo sin dramas, tiene éxito en Europa” (página 170).

 

La obra ha visto la luz en un momento importante para el futuro de nuestra sociedad. El referéndum, convocado en España para la ratificación de un tratado constitucional europeo, debería ser una privilegiada ocasión para que las realidades vivas españolas se replantearan las razones últimas de su voluntad de vivir junto a los demás europeos; y en qué condiciones. Al contrario, también con este motivo, la sociedad española se encuentra un tanto mareada por propagandas baratas, eslóganes superficiales, y buenas dosis de cinismo; eludiendo las exigencias del reto. El libro de Dalmacio Negro es una formidable excepción a lo anterior. Por ello, además de por sus indudables cualidades –rigor cartesiano, profundidad analítica, documentación exhaustiva, visión global-, debería convertirse en una obra de referencia para cualquier estudioso, analista u hombre de vocación pública, que se introduzca con seriedad en las manifestaciones, dilemas y contradicciones del ser europeo.

 

 

El Semanal Digital, 8 de enero de 2005

 

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