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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Una entrevista a José Miguel Aguado Palanco: la Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática y el catolicismo social.

Conversamos con José Miguel Aguado Palanco, presidente de la Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática.

Hemos tenido la oportunidad de entrevistar a José Miguel Aguado Palanco, actual presidente de la Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática, con el objetivo de conocer su visión del estado actual del catolicismo social español. Este el resultado del encuentro.
Pregunta: La palabra “transversal” está de moda en algunos ambientes católicos españoles. Desde la perspectiva de su entidad, y con la experiencia de sus amigos italianos, ¿qué le sugiere este término?
Respuesta: La transversalidad en política implica una concertación de personas de distintas ideologías, en defensa de una determinada valor, idea, concepto o categoría universal, de naturaleza fundamental para la consecución del bien común.
En Italia, efectivamente, se han llevado a cabo iniciativas “transversales” en defensa de la vida, por parte de políticos cristianos pertenecientes a diferentes partidos, aun en contra de la posición de sus formaciones políticas. Creo que para llevar a cabo una acción transversal de esta naturaleza, son necesarias claridad de ideas, altura de miras y valentía para desafiar, en muchas ocasiones, la disciplina del propio partido.
P.: ¿Católicos en partidos políticos o partidos políticos católicos?
R.: Sin duda, católicos en partidos políticos, actuando como fermento en la transformación de las estructuras internas, para lograr que la Política se desarrolle, cada vez más, a la medida del hombre, desde la consideración de la actividad política como un servicio concreto y diario a los miembros de la comunidad.
P.: Ante la sucesión de iniciativas impulsadas contra la familia desde el Partido Popular, ¿puede seguir sosteniéndose el apoyo electoral de los católicos al mismo?
R.: Para responder a la pregunta, es preciso que, cada uno, antes de votar, analice las alternativas que nos ofrece el panorama político español en relación con la defensa de la familia.
Por otra parte, es notorio que numerosos y destacados miembros del Partido Popular son católicos practicantes. Quizás sea hora de recordarles las enseñanzas de la Iglesia sobre la importancia de la familia en la sociedad y el consiguiente deber de promoción y protección de la institución familiar para la configuración de un tejido social fuerte y estable.
P.: La Iglesia posee universidades, periódicos, emisoras de radio, colegios, hospitales. Pero, ¿existe, todavía, un pueblo católico detrás?
R.: Basta volver la vista a los acontecimientos acaecidos con motivo de la última visita apostólica de Juan Pablo II a España, para constatar que este pueblo existe, y que es más numeroso y determinante de lo que pudiéramos haber imaginado.
Sin embargo, son necesarios un convincente lIderazgo, coordinación y unidad de acción, sobre todo, ante cuestiones que afecten a la dignidad de la persona humana y sus derechos, a la justicia social, a los valores fundamentales, ...
P.:  En la sociedad española se impone masivamente el modelo relativista-consumista, contando para ello con la mayor parte de los medios de comunicación, el poder político y buena parte de los recursos educativos. La Iglesia católica, ¿puede constituirse en alternativa real a esta mentalidad dominante, con una presencia social activa, o debe replegarse en la práctica litúrgica y sacramental?
R.: Pienso que la Iglesia debe continuar inculcando a sus fieles las ricas enseñanzas evangélicas, y testimoniando con sus obras la fidelidad a sus principios. Sin embargo, será el ejemplo que cada uno de nosotros podamos dar ante los demás, yendo “contra corriente” de la mentalidad consumista dominante, lo que más convencerá.
P.: El futuro parece jugarse, particularmente, en la educación de las nuevas generaciones. ¿Cómo responder, desde la Iglesia, a los actuales retos?
R.: De nuevo aquí, el Evangelio debe ser protagonista. Partiendo de un respeto absoluto a las creencias de cada uno, y sin imposición, la responsabilidad de la Iglesia en la educación de las nuevas generaciones pasa por transmitir los valores evangélicos de forma atractiva y moderna, de tal suerte que los jóvenes los hagan suyos y acaben traduciéndolos en vida. Para ello, es fundamental el ejemplo del educador.
P.: ¿Tiene capacidad, el pueblo católico, para asumir el mantenimiento de colegios y la apertura de nuevas universidades, de forma que sirvan a la misión para la que han sido creadas?
R.: Pienso que sí. No obstante, debe incrementarse la búsqueda de medios e instrumentos necesarios para que asegurar el futuro de los centros educativos existentes y la apertura de nuevos con garantía de éxito, lo que, indudablemente, implica una gestión profesional y eficiente de los mismos.
P.: Edición nacional de “Alfa y Omega”, suplemento religioso del diario La Razón, creación de nuevas universidades católicas, congresos “Católicos y vida pública”, constitución del Foro Español de la Familia, aparición de organizaciones “transversales” como es el caso de E-Cristians y HazteOír, numerosas iniciativas de entidades de católicas con vocación pública… ¿Son hechos aislados o constituyen un síntoma de renovación del catolicismo social español?
R.: Todas las iniciativas de esta naturaleza constituyen, sin duda, buenos ejemplos de la presencia dinámica de los cristianos en la vida pública, que nos llenan de esperanza por lo que suponen de renovación positiva de la sociedad. Sin embargo, el éxito y la mayor incidencia de estas iniciativas y otras que puedan ponerse en marcha, pasa por una eficaz concertación y unidad de acción.
P.: Algunos movimientos sociales, aparentemente, han sido abandonados por los católicos, caso del sindicalismo, el cooperativismo, etc. Esta apreciación, ¿es justa?, ¿debería, el conjunto del catolicismo social, retomar la iniciativa en estos ámbitos sociales?
R.: No creo que se haya producido un “abandono institucional” de determinados movimientos sociales. En cualquier caso, creo que es importante la presencia, en estos ámbitos, de personas con vocación de servicio a la comunidad, que lideren iniciativas con proyección social.
P.: A lo largo de buena parte del pasado siglo XX, la presencia pública católica en España era impulsada por la Jerarquía, apoyándose en la Acción Católica y la ACNP, especialmente. En la actualidad, existe un panorama de aparente pérdida de vigor en determinadas organizaciones católicas tradicionales y la aparición de nuevos movimientos eclesiales, cuyo interés en la presencia pública es dispar, aunque podríamos afirmar que existe una tendencia hacia el “recogimiento” interno. ¿Es deseable buscar la “unidad de acción?, ¿existen otras fórmulas de cooperación?
R.: Como el propio Juan Pablo II pidió a los representantes de movimientos eclesiales y nuevas comunidades, reunidos en el Vaticano en la vigilia de Pentecostés de 1998, la colaboración y el contacto entre estos movimientos y comunidades se ha incrementado notablemente desde entonces. Sin embargo, es necesario seguir avanzando en el conocimiento mutuo, con la convicción de que todos estamos en la misma barca y debemos coordinar nuestros esfuerzos para que la misma avance y sea, cada vez más, testimonio de unidad.
P.: La caridad es despreciada por el poder político y cultural dominantes. ¿La acción de un nuevo humanitarismo, representado por las ONGs laicas, está sustituyendo a las tradicionales obras de caridad católicas?, ¿sufren una crisis de identidad las ONGs católicas?, ¿se corre el riesgo de ocultar la razón de ser de las mismas en aras de una “homologación” según los criterios mayoritarios?
R.: Pienso que siempre debe quedar claro, sobre todo, en la práctica, la motivación de base que impulsa la actividad de una ONG católica, que trasciende a lo meramente material.
 
P.: Cuáles son las raíces, a su juicio, de las recientes y constantes muestras de anticatolicismo militante en determinados sectores sociales españoles?, ¿es posible un diálogo constructivo con el laicismo actual?
R.: Muchas veces, los ataques a la Iglesia y su doctrina son fruto de prejuicios o estereotipos, basados en un desconocimiento o desenfoque de los conceptos e ideas. Ante ello, por supuesto que es posible y necesario dialogar, cuanto más, mejor. El diálogo sincero nos hace tomar conciencia clara de las ideas del otro y valorarlas en su justa medida, para darnos cuenta que, en definitiva, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.
P.: La Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática nace del impulso social del Movimiento de los Focolares en España. ¿Podría hablarnos de las características e iniciativas de su asociación?
R.: Hace unos años, un grupo de profesionales de distintas ramas del saber, y de diferentes sensibilidades políticas, tras un dilatado período de maduración, decidimos constituir la Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática. Nos unía una profunda inquietud por la Política, y el convencimiento de que los principios y valores del Personalismo Cristiano constituyen el fundamento de la organización sociopolítica, y deben ser inspiradores de las pautas de convivencia ciudadanas en una sociedad plural y democrática avanzada.
La experiencia y el ejemplo de amigos pertenecientes al Movimiento de los Focolares, sobre todo, italianos, nos sirvió de inspiración y acicate para dar el paso y salir a vida pública, a través de una asociación civil, abierta a todos aquellos que compartan sus principios, con independencia de su credo o adscripción política.

Hay que subrayar que estamos ante una asociación civil, sin ánimo de lucro; por tanto, ni es, ni pretende ser un partido político.

Creemos en un concepto de persona como ser racional y libre, sujeto de unos derechos fundamentales intrínsecos. En consecuencia, entendemos que un Estado democrático que aspire a establecer un Orden Social de Derecho, tiene la obligación de respetar esos derechos fundamentales, sin que el poder de dicho Estado, aunque esté fundado en mayorías democráticas, pueda desconocerlos o violarlos.

Consideramos que la actividad política debe ser ética en sí misma, pues, de lo contrario, constituye un fraude a los electores y una quiebra del mandato representativo. En consecuencia, el político cumplirá el objetivo fundamental para el que fue elegido, solamente si utiliza el poder en él delegado, para trabajar en la consecución del bien común. Pero el verdadero bien común sólo podrá lograrse si los protagonistas del quehacer político lo entienden como un servicio a las personas y grupos sociales, con preferencia por aquellos más desfavorecidos.

Creemos que la Democracia es el medio de convivencia social más racional y acorde con la dignidad humana. Sin embargo, la Democracia política es puramente formal, si no está construida de abajo arriba, sobre la base de los grupos y las fuerzas sociales vivos y operantes en la comunidad, comenzando por la familia, como primer lugar donde el hombre aprende a servir al bien común.

En una Democracia sin este fundamento, se produce la engañosa sensación de que el pueblo participa en la toma de decisiones al emitir su voto, sin caer en la cuenta de que, en la mayoría de las ocasiones, las candidaturas atienden a férreas disciplinas de partido, impuestas por influyentes grupos minoritarios, que controlan internamente el poder, y no siempre son modelo democrático. Así, el partido se convierte en una pirámide de control, donde la comunicación discurre únicamente en sentido descendente.

Nuestra Constitución configura a los partidos como instrumento fundamental para la participación política, afirmando que concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular. Sin embargo, las cifras de afiliados y simpatizantes de los mismos, así como el sufragio en blanco, indican que numerosos ciudadanos no se sienten identificados con las formaciones políticas existentes.

Afortunadamente, la participación política puede llevarse a efecto a través de varios canales, que serán más numerosos cuanto mayor sea la vertebración de la sociedad en la que se desarrollen. Las actividades políticas fuera del puro ámbito partidista, deben ser desarrolladas sin complejos de inferioridad, y teniendo presente que las mismas se configuran, al igual que los partidos, como instrumentos de formación y expresión de la voluntad popular.

Por otra parte, la actual Democracia representativa limita prácticamente la participación del elector al momento de depositar su voto, acto que conlleva una transferencia total de la soberanía popular a los representantes, cuya actuación no es juzgada hasta los siguientes comicios.

Desde nuestro punto de vista, el ciudadano no puede contentarse con el simple hecho de votar. Para que pueda hablarse verdaderamente de Democracia el elector, en ejercicio de su responsabilidad, debe tomar la iniciativa e intentar establecer un diálogo con la clase dirigente que lo representa. Sin embargo, para que esta comunicación dé sus frutos, no basta el empeño individual; es precisa una acción de grupo.

En efecto, votar aisladamente y tratar de comunicarse de forma individual con partidos políticos y administraciones públicas, significa tener muy pocas posibilidades de influir en la andadura política. De ahí la absoluta necesidad para los simples ciudadanos de organizarse y formar grupos, con ideas e iniciativas, capaces de mantener un diálogo constructivo y eficaz con los poderes públicos.

El referido diálogo habría de comenzar con un “pacto”, en virtud del cual, quien delega, el pueblo soberano, exige a sus representantes la asunción de unos compromisos, encaminados a la consecución del bien común. A lo largo de la legislatura, los electores deberán verificar si sus representantes cumplen los objetivos a los que se habían comprometido, apoyándoles y sugiriéndoles medidas e iniciativas de mejora, si así ha sido, y criticándoles constructivamente, en caso contrario.

Por todo lo anterior, decidimos configurar nuestra aportación política trabajando como grupo de iniciativa social, con la idea básica de que el ciudadano debe ser activo, tiene que moverse y no esperar a que la solución le venga de lo alto.
Nos proponemos llegar a ser plataforma para la promoción y apoyo de iniciativas que, superando la barrera de las ideologías, se orienten a la búsqueda del bien común.
Igualmente, es nuestro objetivo fomentar el estudio y la formación en el ámbito político, para desarrollar en los ciudadanos la capacidad de participación en la vida pública.

Asimismo, intentamos ser foro de encuentro y diálogo para que personas con diferentes convicciones políticas y sociales puedan intercambiar puntos de vista, sin condicionamientos previos, espontánea y libremente, a la búsqueda de la unidad, partiendo de aquellos criterios comunes que permitan sentar las bases para una eficaz cooperación.        
Entre nuestras actividades podemos destacar la organización de conferencias, mesas redondas, coloquios, ..., en relación con aspectos de interés de la vida política y social, incluyendo actos de análisis objetivo y comparativo, por materias, de los programas de los distintos partidos políticos ante unos determinados comicios.
La manifestación pública más reciente de la Asociación ha sido la celebración, en la Delegación del Parlamento Europeo en Madrid, el 19 de diciembre de 2003, de una conferencia-coloquio con Vera Araujo, socióloga y miembro del Centro de Estudios del Movimiento de los Focolares, y Lucia Fronza, ex – parlamentaria italiana y Presidenta del Movimiento Político por la Unidad. El tema abordado “La Fraternidad universal: el desafío de hoy. La Fraternidad en Política”, es un reto que se nos plantea para el futuro, pero del que ya hoy apreciamos sus frutos en todos los campos. Hemos constatado que, incluso en el siempre complicado campo de la Política, puede vivirse la Fraternidad, respetando y valorando lo positivo de las propuestas del adversario político, intentando hacer hincapié en los que nos une, a la búsqueda del bien común.  
Por último, señalar que, desde hace poco tiempo, la Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática, es miembro del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo. En su seno, queremos dar nuestra modesta contribución al trabajo que el Movimiento Europeo viene desarrollando en pro de la integración y la unidad de Europa, para hacer de la misma un espacio social más justo y solidario, que lidere en el mundo la protección y el respeto de los derechos humanos.
P.: En su respuesta creo reconocer algunas de las ideas nucleares del carisma del Movimiento de los Focolares. ¿Podría resumirlo, sintéticamente?
R.: No soy, ni mucho menos, el representante más cualificado para hablar del Movimiento de los Focolares; además, es difícil resumir en unas líneas una realidad tan rica y variada. Aun así, trataré de hacerlo, lo mejor que pueda, de la mano de Chiara Lubich, su fundadora.
Chiara nace en Trento, en el norte de Italia, el 22 de enero de 1920; tras obtener el título de maestra, debe interrumpir sus estudios de Filosofía a causa de la Segunda Guerra Mundial. En medio de los escombros de su ciudad, destrozada por los continuos bombardeos, comienza con un grupo de amigas a atender a los más necesitados. La destrucción que las rodea les hace entender que sólo hay un Ideal que no pasa, que las bombas no pueden destruir, Dios, Dios que es Amor, y deciden hacer de Él el único ideal de sus vidas.
Diariamente las bombas las obligan a acudir a los refugios, donde aprovechan para leer el Evangelio. Allí comienzan a descubrir que las palabras en él contenidas pueden vivirse, es más, están escritas para eso, para ponerlas en práctica. Entre las frases evangélicas, algunas les causan mayor impresión: las relacionadas con el amor al prójimo y el amor recíproco, por lo que se ponen inmediatamente a hacerlas vida. A los pocos meses, son ya más de quinientas personas las que se han unido a esta corriente de amor en la ciudad de Trento. Así, sin darse cuenta, estaban poniendo las bases de lo que, más tarde sería el Movimiento de los Focolares. Acabada la guerra, éste se difunde rápidamente por toda la geografía italiana, y luego por Europa –incluida España- y por todos los continentes. En la actualidad, está presente en 182 países y cuenta con más de dos millones de personas, de todas las edades, razas y creencias.
En las tierras donde dominan los conflictos, el Movimiento aporta una nueva mentalidad de comprensión y de ayuda recíproca, que mueve a muchas personas a comprometerse a poner paz entre las facciones opuestas.
Desde siempre, el Movimiento ha trabajado incansablemente para promover diálogos entre las distintas realidades de la Iglesia Católica, entre ésta y las otras denominaciones cristianas, entre las distintas religiones, y con los hombres que, sin profesar una fe religiosa, quieren  construir también la unidad en el mundo.
Alguien se preguntará: pero, ¿cuál es la clave de esta rápida difusión del Movimiento, entre personas de las más variadas ideologías, creencias y condiciones sociales?
El secreto está en una nueva pauta de conducta adoptada por millones de personas, que se inspira, fundamentalmente, en principios cristianos - pero sin descuidar, al contrario, poniendo de manifiesto, valores paralelos de otros credos y culturas -, y que trata de infundir en el mundo fraternidad, paz y unidad.
Se trata de la “espiritualidad de la unidad”, que es, a la vez, personal y comunitaria, y que Juan Pablo II ha presentado actualmente, a toda la Iglesia, bajo el nombre de “espiritualidad de comunión”, para que todos la vivan.
Los puntos fundamentales de esta espiritualidad son dos.
El primero es la unidad, esa unidad que Jesús le pidió al Padre antes de morir: “Padre, que todos sean uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21). Una oración que reclama la unidad de los cristianos con Dios y entre ellos, para hacerla extensiva después a todos, en una fraternidad universal.
El segundo fundamento es Jesús crucificado y abandonado, que grita en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?” (Mt 27, 46; Mc 15, 34). Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre, justamente por ser hombre, había cargado con todas nuestras culpas, nuestras divisiones, nuestros sufrimientos; y por eso, el Padre había permitido que sintiera aquel dolorosísimo abandono. Pero Él, con un esfuerzo sobrehumano, superó esta prueba y se abandonó en el Padre diciendo: “En tus manos... encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46), y así se convirtió en el modelo de todos para recomponer cualquier desunión, para curar cualquier trauma.
Amándolo y siguiéndolo a Él, los miembros del Movimiento de los Focolares contribuyen a unir individuos y porciones de sociedad de todos los pueblos, trabajando de este modo por la unidad de la familia humana.
P.: ¿Cuál es la salud de su movimiento en España? Caracterizado, especialmente, por una vocación ecuménica, ¿son acogidas sus propuestas de diálogo por otras confesiones religiosas presentes en España?
R.: En nuestro país, de mayoría católica, los contactos con otras denominaciones cristianas han sido bastante esporádicos. Sin embargo, existe un interesantísimo diálogo con destacados miembros de la comunidad islámica, que tuvo su cenit en la visita que Chiara Lubich realizó a España hace un año. Este diálogo, al igual que el establecido con personas de otras religiones en diferentes países, está basado en el respeto recíproco y en la llamada “regla de oro”, común a las principales religiones del mundo, que dice así: “Trata a los demás como quisieras ser tratado por ellos” (Lc 6, 31). En el fondo, lo que reclama esta regla de oro es amar a cada prójimo; de modo que, si nosotros, porque somos cristianos, amamos, y ellos, por ser hindúes, musulmanes, judíos,..., también aman, se genera el amor recíproco, del cual florece la fraternidad.
P.: Dada la situación de la sociedad y de la Iglesia españolas, ¿cuáles son las principales urgencias que deben afrontar el Movimiento de los Focolares y la Asociación para el Diálogo y la Renovación Democrática?
R.: Pienso que el Movimiento debe, cada vez más, ser fiel al carisma que propició su creación, y trabajar para contribuir a realizar la unidad allí donde ésta falte.
En cuanto a la Asociación, ha de implicarse más en la vida pública, e intentar llevar a la misma el espíritu de fraternidad que, como hemos visto, supone un cambio radical en las relaciones humanas
P.: ¿Qué le sugiere el Islam?: ¿confrontación?, ¿diálogo?, ¿asimilación?, ¿multiculturalismo?
R.: Me sugiere diversidad, riqueza, diálogo y, sin duda, fraternidad.
Al respecto, es significativa la experiencia del Movimiento de los Focolares: en mayo de 1997, invitada por el Imán Warith Deen Mohammed, líder espiritual de dos millones de musulmanes afroamericanos, Chiara Lubich habla de la espiritualidad de la unidad a tres mil musulmanes negros de la mezquita “Malcom X” de Harlem (Nueva York). La escena es verdaderamente sorprendente, sobre todo, para la mentalidad musulmana: una mujer, cristiana, hablando en una mezquita. Fruto de aquel encuentro, se inicia un proceso de conocimiento recíproco y colaboración fraterna, que hoy ha abierto las puertas de cuarenta mezquitas en los Estados Unidos, y posibilitado el contacto y diálogo con numerosas comunidades musulmanas en Europa.

Muchas gracias.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 76, diciembre de 2003.

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