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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

¿Partidos políticos alternativos?

         La relevancia de algunos partidos políticos de corte “populista”, incluso “neofascista”, es una realidad en varios países de Europa. ¿Es posible un fenómeno análogo en España?

 
Introducción.

         Se ha afirmado que, en el origen de ciertas maniobras políticas,  producidas últimamente, existe un interés nada disimulado del PSOE en que un partido “a la derecha del PP” arañe unos cientos de miles de votos al mismo; los suficientes para que en las próximas elecciones generales el primero desbanque al segundo.

         No es una práctica novedosa en la escena política española. Hace unos años, con un Aznar emergente y ya firme candidato a la Presidencia del Gobierno, se intentó con Mario Conde de protagonista; aunque la iniciativa no prosperó.

         Pero debemos ir más allá de esa idea ciertamente maquiavélica aunque no, por ello, menos improbable.

         En cada una de las elecciones políticas realizadas en España son emitidos un número importante de votos en blanco: algo más de 400.000 (el 1’70%) en las europeas del 13-J. Y eso es mucho, considerando que tiene una significación, al menos en parte, de profundo rechazo a los usos y costumbres de la clase política.

         Casi 90.000 votos arrastran las diversas formaciones de la extrema derecha residual (PADE, DN, AUN, FE JONS y FEI).

         Sumemos un par de cientos de miles de votos que, de convicciones ultraconservadoras, votan a su pesar a un PP cada vez más alejado de las referencias tradicionales de la derecha.

         No olvidemos, por otra parte, al siempre importante número de abstencionistas que, en muchos casos, lo son con cierta conciencia de rechazo al actual estado de cosas y que en determinadas circunstancias, al menos en parte, podrían movilizarse en alguna dirección.

         Nos encontramos, así, con una bolsa de votos que, agrupados, podría generar distorsiones políticas suficientes como para cambiar el  color gubernamental.

        

Los partidos populistas en Europa.

         El ascenso periódico de partidos extremistas, de protesta o populistas (según las diversas denominaciones al uso), en Europa es una constante pasajera desde la segunda guerra mundial. Pero, a su pesar, la democracia liberal está, aparentemente, consolidada.

         Por otra parte, tales partidos son muy diversos en orígenes, programas y métodos.

         El NF inglés fué flor de una primavera.

Después de 15 años agitando en Francia - y con éxito- el fantasma del neofascismo, el FN se fracciona en dos, perdiendo en la ruptura casi la mitad de sus votos aún sumando los obtenidos por ambos partidos resultantes.

         En Italia el MSI, transformado por Fin en AN, se integra en el sistema de la mano de Berlusconi, desprendiéndose de los sectores propiamente neofascistas con la escisión de MS-FT; acentuándose su reconversión en un partido de derecha conservadora clásica.

         En Alemania las diversas formaciones ultras (NPD, DR, DVU) sólo han obtenido aislados éxitos electorales a escala regional.

         El austríaco FPÖE de Haider es un caso distinto. No se trataría de un partido programático de extrema derecha, sino de uno populista, interclasista, con tonos xenófobos y fuera de las grandes “familias ideológicas” europeas.

         Un caso semejante al anterior sería la Unión Democrática de Centro (o Partido del Pueblo Suizo, en los cantones de habla alemana). Forma parte del ejecutivo suizo desde 1.959, siendo titular de una de las 7 carteras ministeriales del mismo, ambicionando, a resultas del éxito  electoral del pasado 24/10/99, una segunda; que no ha obtenido finalmente. Este partido antieuropeísta, al igual que el FPÖE, no cuestiona el actual sistema, ni su pretensión es la de avanzar hacia un “estado nuevo”. Busca consolidar, vía referéndum, la tradicional neutralidad suiza, apoyándose para ello en su clientela de las clases medias suizas y vagas invocaciones a los valores cristianos.

         Pero en la génesis de un movimiento de protesta no sólo están presentes los fantasmas del fascismo o de un impreciso populismo.

         Las fuerzas que impulsan un movimiento de este tipo tampoco se apoyarían sólo en críticas superficiales y resentimientos instintivos en juego; irracionalidad en suma.

         Recordemos en ese sentido, por ejemplo y en lo que a España respecta, las serias y graves  críticas realizadas por García Trevijano en sus libros y artículos publicados en “El Mundo” a la democracia española. No sería tal, a su juicio, sino una partitocracia maquillada con formas pseudodemocráticas, para la que la separación de los tres poderes sólo sería una ficción y un juego de minorías. Y esa corruptela originaria afectaría al resto del sistema. Incluso los sindicatos “de clase”, como otro importante soporte del sistema que son, seguirían el mismo esquema: una élite autoelegida que vive de unas estructuras alimentadas por las subvenciones públicas.

         Por otra parte, el crecimiento económico genera nuevas marginaciones, quedando muchas gentes en las cunetas del bienestar.

         Otro factor movilizador, en muchos de los casos citados, es el de la presunta “inmigración salvaje”. En nuestra nación el número de inmigrantes (2 % del total de la población) es varias veces inferior a la media de la CEE (6 %), aunque su presencia empieza a ser cotidiana. Pero salvo en los reducidos - y bastante controlados policialmente- cenáculos “skins”, no parece ser elemento movilizador de voluntades políticas.

         Varios serían los implicados principales en ese hipotético partido de protesta.

 

José María Ruiz Mateos

         José María Ruiz Mateos ya tuvo su oportunidad en política, dilapidando los magníficos resultados electorales conseguidos en las elecciones europeas (608.560 votos en 1.989). Desde entonces ha cosechado, consecutivamente, fracasos electorales absolutos. Pero sigue contando con seguidores incondicionales y algún círculo de influencia que podría volver a movilizar. Su micro - partido ha cambiado de nombre: “Trabajo y Empleo”, lo que indicaría que no descarta futuras maniobras políticas.

 

Jesús Gil y Gil.

         El día 16/10/99, en la presentación de su partido en el madrileño Palacio de Congresos del Parque Ferial Juan Carlos I afirmó: “Es un partido gestor sin ideología, que quiere trabajar para que todo lo que dice la Constitución y todo lo necesario para el bienestar de los españoles se cumpla”. Y, por si había dudas, añadió: “Esta es una aventura romántica porque vamos a luchar contra el poder. El GIL no va a vender a sus votantes sino que va a estar como una mosca cojonera atacando a los partidos en el Congreso”.

         Establecer semejanzas entre Gil y Le Pen, tal como se ha hecho en algunos medios, es absurdo.

         El FN de Le Pen se ha alimentado de sectores sociales nostálgicos de Vichy, de votos obreros (recordemos a Doriot en los años 30), de la pagana y ya explosionada “Nueva Derecha”, de los grupos neofascistas juveniles procedentes de Ordre Nouveau, así como de ambientes tradicionalistas (incluso los lefebvrianos). Con semejante cóctel, el Front tenía que explotar antes o después. Y el protagonismo del propio delfín de Le Pen, Bruno Mégret, ha precipitado la inevitable ruptura.

         Al margen de las bufonadas del líder del GIL, tan del gusto de muchos compatriotas, su escaso contenido ideológico no parecía suficiente como para movilizar esa bolsa de votos a la que hacíamos referencia.       Con todo, el GIL parecía ser el partido con más posibilidades en ese espectro político, pues contaba con importantes medios económicos, una infraestructura básica y una presencia notable en algunas zonas de Andalucía. Es más, habría encontrado aliados inesperados. Pero los ataques dirigidos a su línea de flotación (registro en la sede del Atlético Madrid y publicación de materiales comprometedores en “El Mundo”) produjeron el efecto buscado: Jesús Gil y Gil el día 4 de noviembre anunció su no presentación a las elecciones generales.

         Tal vez, si le conviene a su fundador, resucite la “amenaza” de presentarse a las generales, pero lo será para intentar “aflojar” la presión judicial o buscar salidas a sus contenciosos pendientes.

 

El caso de Mario Conde.

         Es el último de los candidatos todavía “en circulación”.

         De momento ya ha dado dos pasos en esa dirección.

         Ha logrado sacar su revista MC, con un coste económico menor del empleado en un proyecto periodístico de tales características. Para esta empresa se apoya en el voluntarismo de dos periodistas falangistas fogueados en dispares empresas: Gustavo Morales y Javier Bleda, quiénes saltaron a la actualidad mediática en la agónica etapa Rodríguez Menéndez del desaparecido y ex - católico diario YA.

         En la política concreta el paso lo ha dado desembarcando en UC-CDS, partido minúsculo con arrraigo real en sólo dos provincias (Zamora y Segovia), y heredero residual del añorado Adolfo Suarez.

         Pocas cosas concretas nos dice, de momento, Mario Conde: algunas referencias a su libro “El sistema” y afirmaciones genéricas sobre el protagonismo que debe tener la sociedad frente al estado y la clase política tradicional.

         En el número 3 de MC analiza, Javier Bleda, el resultado electoral de Austria como una reacción de la sociedad civil. Se trataría, pues, de un dato indicador del inicio de su recorrido como partido populista en la línea de la UDC y el FPÖE, al empezar a asumir como propios algunos de sus temas movilizadores.

         Su elitismo de origen, su incardinación en el “centro” liberal, el empleo de una “marca” política ya quemada, y su oscuro futuro penal; serán dificultades casi insalvables en ese camino.

 

Conclusión.

         Pero la sorpresa en cualquier momento puede saltar; recordemos de nuevo el espectacular resultado electoral de Ruiz Mateos obtenido en su día.

         Unos políticos oportunistas pueden buscar aprovecharse de esos factores movilizadores antes mencionados e intentar hacer “carrera”.

         Pero, ¿sabrán asumir lo positivo que -también- subyace en esos estados de ánimo? Irracionalidad al margen, esos sectores sociales demandan, además, oportunidades en la vida social y correspondencia entre cierta ética y política: sentido y protagonismo en sus vidas, de alguna manera.

         Eso no es posible.

         Más bien, los candidatos que lleguen a encabezar ese cortejo,  sólo pretenderán integrarse en el sistema desde su actual condición de “outsiders” de la vida pública, siendo la arbitrariedad y la obtención del propio beneficio, sus únicas referencias reales.

         El trabajo al servicio del bien común y de la comunidad no puede viajar en tales barcos ni con semejantes mercancías.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 26, 1999

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