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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“¿Aún votas, merluzo? Las degeneraciones de la democracia y el insulto a los lectores”. (PYRE).

Pol Ubach. “¿Aún votas, merluzo? Las degeneraciones de la democracia y el insulto a los lectores”. Producciones y Representaciones Editoriales, S.L. 2ª edición, abril de 2004. Barcelona. 2004. 152 pp.

 

 

Nuestra joven democracia disfruta, aparentemente, de una razonable buena salud. No obstante, el sistema, con la Constitución a la cabeza, podrían perfeccionarse. Pero, ¿son necesarias, realmente, algunas reformas?, ¿qué orientación deberían adoptar en tal supuesto? Este libro, cuyo elemento más provocativo es su título, propone, desde el sentido común, algunas sugerencias bastante concretas.

 

Nuestra joven democracia, la española, ya marcha camino de una interesante madurez. Casi nadie lo discute. Y lo hemos celebrado. Con todo, algunas voces se han elevado, reclamando cambios, generalmente orientadas al menos  hacia una reforma del Senado que le proporcione un carácter más territorial. Pero, en el caso del libro que reseñamos, no es ésta su propuesta para tan ilustre institución. El autor considera que el propio Congreso se estructura con una representatividad territorial. De acentuarla además, en el caso del Senado, serían los nacionalismos periféricos los grandes beneficiarios de la reforma; lo que no redundaría en la generalidad de los ciudadanos. Por ello propone transformarlo en una cámara de representación de intereses: que sean los consumidores, los profesionales liberales, los estamentos universitarios, los sindicalistas, etc., quienes defiendan directamente allí a sus colectivos. Una propuesta que no habría que rechazar a priori pero que, seguramente, no encontrará eco alguno, pues algunos prejuicios siguen siendo muy fuertes.

 

También propone otras reformas pensadas para devolver, a nuestra democracia, una mayor representatividad popular en coherencia con sus orígenes, mirando a la Atenas clásica y no a Estados Unidos. Es el caso de la “democracia digital directa” mediante el empleo de nuevas tecnologías, la implantación de listas abiertas y desbloqueadas, convocatoria de referéndum, una disminución de la burocracia…

 

La democracia, también a juicio de este autor, proporciona indudables beneficios: generosos espacios de libertad, buenos niveles de representatividad y estabilidad… Pero, al igual que cualquier otra institución, necesita perfeccionarse; no en vano, el transcurso del tiempo, el predominio de nuevos valores y los retos culturales, exigen adaptaciones para prevenir su anquilosamiento. Todo ello no le impide valorar duramente al “Estado de las Autonomías”, uno de los logros más celebrados, y que, al contrario, no duda en calificar de fracaso histórico: los secesionistas no se han conformado y, por otra parte, se habría engrosado la burocracia hasta unos niveles difícilmente soportables.

 

Pero existen otros riesgos. Una de las posibles distorsiones procede de la que denomina partitocracia, por la que los partidos políticos se sirven a ellos mismos antes que a los ciudadanos; alcanzando su mayor peligro cuando se contaminan de ocultos influjos de grupos económicos de presión.

 

Por ello, hay que estar despiertos y echarle un poco de imaginación al asunto; que es lo que hace el autor desde un indudable pragmatismo, huyendo de prejuicios ideológicos. Reconoce, este escritor, haber incurrido en algunos excesos propios de la juventud: un idealismo que le llevó a posturas extremas. Enmendados tales, reconoce los méritos del sistema, propugnando su perfeccionamiento con un lenguaje común y mucha ironía; jalonando sus razonamientos con referencias a numerosas vicisitudes de nuestra reciente historia colectiva (políticos tránsfugas, cambios de gobierno, anecdotario de partidos). También recurre a citas de autores como Gustavo Bueno, Norberto Bobbio, José Saramago y otros consagrados. Más discutible es, sin embargo, su recurso a la que denomina “liturgia” democrática, comparándola con el modelo “mágico-religioso” que habrían servido de base a la concreta práctica democrática norteamericana, producto de la mentalidad puritana, y que rechaza en alguna medida. No podemos olvidar, sin embargo, que más allá de lo exagerado de ese planteamiento, realizado con cierto animus jocandi e intención pedagógica como métodos de aproximación al problema, la base religiosa de nuestra democracia es evidente: guste o no guste, los derechos humanos, de los que surgieron las bases de la cultura democrática moderna, sólo nacieron en una sociedad alimentada por el cristianismo, y no por el islam o el budismo, por mencionar otros contextos.

 

Otra cuestión que plantea, con unas soluciones discutibles desde nuestro punto de vista, es la relativa a la responsabilidad de los electores en la reforma del sistema. Para ello sugiere varias fórmulas para acelerarla: el voto en blanco, el nulo, o el emitido en favor de nuevas formaciones políticas inicialmente minoritarias.

 

Una última mención a un reciente fenómeno, directamente relacionado con el tema que nos ocupa, y que no trata el autor. Desde algunas plataformas cívicas “transversales” (estamos pensando especialmente en hazteoír.org y e-Cristians.net) se vienen articulando nuevas modalidades de participación política a través de internet: movilizaciones ciudadanas puntuales, campañas de opinión, interlocución ante políticos e instituciones públicas, etc. Así, la vía de la reforma del sistema, desde dentro y especialmente desde sus sectores sociales más vivos, es posible. Y muy conveniente.

 

 

El Semanal Digital, 16 de julio de 2004.
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