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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Terrorismo y globalización.

España se encuentra en una dramática situación: un terrorismo “clásico”, el de ETA, no ha sido superado, cuando se sufre, de golpe, el acoso del islamista, característico de la era de la globalización; desconocido, imprevisible, opaco. Y más, cuando puede camuflarse con facilidad entre los cientos de miles de musulmanes residentes en España; quienes configuran una auténtica sociedad, hermética, ajena y paralela a la española.
El día 11 de marzo, España padeció, en miles de personas concretas, una de las expresiones más oscuras e imprevisibles de la moderna globalización. Por todo ello, es fundamental intentar conocer la naturaleza de esta novedosa modalidad de terrorismo.
Todo indica, en esta ocasión, que el responsable ha sido el fundamentalismo islamista, pionero de esta modalidad de guerra y agresión; si bien pudo realizarlo cualquier otro grupo terrorista, de cierta entidad, consecuente con su dinámica original, unas motivaciones ideológicas y su plena inserción en nuestra época.
El terrorismo siempre obedece a una estrategia muy concreta. Un grupo pequeño, motivado y muy bien formado, pretende forzar un cambio político mediante un enfrentamiento armado asimétrico que persigue la derrota -o rendición- de un enemigo en principio mucho más poderoso. Ni el tiempo, ni el espacio (ambos, factores determinantes de la guerra convencional), ni las reglas de convivencia asumidas mayoritariamente por una sociedad concreta o, incluso, por la sociedad internacional; nada de todo ello es obstáculo para este tipo de agresión terrorista que, sin duda, marcará este nuevo siglo.
El terrorismo moderno fue iniciado por los nihilistas rusos en su lucha frente al régimen zarista. Desde entonces, finales del siglo XIX, se ha practicado abundantemente y con un protagonismo creciente; siendo las guerrillas marxistas – leninistas las que lo aplicaron con una elaboración teórica más depurada, indudable voluntarismo, y una despiadada resolución. Pero tales guerrillas, después de propiciar cambios históricos que han afectado a un tercio de la humanidad, están en declive, habiendo desaparecido la mayoría de ellas. No podía ser de otra manera. La caída del Muro de Berlín, el hundimiento de los regímenes marxistas en buena parte del mundo, la revisión del comunismo en China, las mutaciones ideológicas de los partidos comunistas occidentales, etc.; todas esas circunstancias, junto a otras, han influido decisivamente en este aparente eclipse.
El actual terrorismo islamista desborda a la guerra convencional y al terrorismo “clásico”, ya lo decíamos, al asimilar y servirse de algunas de las características de la globalización: empleo de las modernas tecnologías, comunicación por Internet, descentralización organizativa y centralización estratégica, voluntad de ocasionar el máximo daño posible, resonancia mediática, sofisticado cálculo estratégico, persecución con sus acciones de costes económicos de efectos planetarios… Y todas esas características concurren en los crímenes del 11- M. Falta, no obstante, una circunstancia generalmente asociada a este tipo de atentados, según han destacado los especialistas en seguridad internacional: el valor simbólico del lugar elegido; evidente en las Torres Gemelas, y escasamente visible en la Estación de Atocha.
España ha sido víctima, por lo tanto, de un acto de terrorismo pensado fríamente con una implacable y calculada lógica. Este “nuevo” terrorismo elimina, conscientemente y con mayor decisión que sus antecesores, la frontera entre combatientes y población civil; circunstancia que, en definitiva, es una elevación cuantitativa, que no cualitativa, de las prácticas del terrorismo clásico.
ETA no ha alcanzado los niveles letales del terrorismo islámico, parece ser. Pero, sin duda, para sobrevivir en este nuevo siglo, deberá adaptarse y tomar de la globalización cuantas técnicas le permitan continuar con su “larga marcha”. De hecho, ya lo vienen haciendo en buena medida: empleo de nuevas tecnologías, repercusiones mediática y política, dispersión geográfica de sus bases operativas, ingeniería financiera...
                               No todos los terrorismos contemporáneos son idénticos o asimilables, pese a sus semejanzas. Por otra parte, se ha llegado a afirmar que la participación de terroristas suicidas es una de sus características determinantes. Pero no es cierto. Si algunas organizaciones se han servido de estos modernos kamikazes, ha sido, exclusivamente, para obviar una de las mayores dificultades presentes en todo acto terrorista: la huida del escenario del atentado. Es decir, por una cuestión meramente utilitaria y táctica. Y, todo indica que, para la materialización de los atentados de Madrid, no fue necesario emplear terroristas suicidas; lo que obligar a extraer algunas conclusiones acerca de los –aparentemente poco estrictos- niveles de seguridad españoles, evaluados y desbordados en todo caso por los criminales estrategas de la matanza del 11-M. Pero, además de la anterior, más enseñanzas deberán extraerse para el futuro, si queremos que nuestra sociedad se defienda con eficacia y libertad de probables agresiones.
                Y, por último, no olvidemos un dato fundamental: la necesaria convergencia de todo grupo terrorista bajo una común estrategia antisistema, lo que puede generar insospechadas posibilidades y conexiones internas.

 

El Semanal Digital, 7 de abril de 2004.

 

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