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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“José María Gil Robles.” (Cara y Cruz. Ediciones B).

Miguel A. Ardid Pellón y Javier Castro-Villacañas. “José María Gil Robles”.Ediciones B. S.A. Barcelona. 2004. 300 pp.

 

La vida pública de este protagonista –o testigo- de algunos de los sucesos más relevantes de la España del siglo XX, todavía hoy sigue generando apasionados debates. Los dos autores de este libro, desde miradas contrapuestas, nos descubren el que, a su respectivo entender, constituye, a modo de luces y sombras, su legado para la historia.

 

A un ilustre aragonés afincado en Cataluña, Miguel A. Ardid Pellón, le ha correspondido el honor de defender los méritos políticos de José María Gil Robles, uno de los principales protagonistas de los sucesos de mayor calado político acaecidos en el siglo XX español. Numerosos fueron sus méritos, nos asegura: acatar la República pese a serias reservas ideológicas, agotar sus vías pacíficas apostando por la legalidad constitucional en todo momento, encuadrar y movilizar disciplinadamente a amplias masas sociales en principio desafectas al régimen republicano..., y todo ello desde una incuestionable lealtad a sus convicciones católicas y monárquicas durante toda su vida.

 

Hace ya bastantes meses, Ediciones B estrenó un sello propio, CARA Y CRUZ, con la loable pretensión de retratar a los principales protagonistas de la historia española del siglo XX. No podía faltar, Gil Robles, en esa exclusiva lista de 20 ilustres apellidos. Y, en esta ocasión, si ha sido al ilustre aragonés a quien ha tocado defender y destacar los aciertos del político democristiano, la tarea más ingrata le ha correspondido jugarla al joven Javier Castro-Villacañas. Su veredicto es muy distinto. A su juicio, Gil Robles cometió gravísimos errores, muchos ellos derivados de la particular interpretación de Gil Robles de uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia: la accidentalidad de las formas de gobierno. Menospreciándolas se habría cerrado posibilidades decisivas, juzga. No jugó a fondo todas sus posibilidades, por ejemplo, en las crisis del bienio radical-cedista, precipitando de esta forma el desmoronamiento de la República. Consecuencia de este principio fue, también, su incapacidad para mantener la unidad de la derecha monárquica durante la República. Tampoco permitió, por esa indefinición consciente y manifiesta, que cuajara un partido republicano de derechas; lo que habría podido sostener a una República embestida por la izquierda sovietizante y el potente anarquismo revolucionario.

 

Nuestro joven escritor es igualmente duro cuando enjuicia las actuaciones posteriores de don José María. Su accidentalismo no le impidió oponerse a todos aquellos católicos que colaboraron desde el interior del Régimen franquista para su perfeccionamiento y con vistas a una futura restauración monárquica. La CEDA fue un partido corporativo y antiparlamentario. De haber sobrevivido, seguramente, habría derivado en alguna modalidad de las modernas democracias cristianas. Pero, en cualquier caso, esos principios iniciales, en buena medida, habrían sido recogidos por ese Régimen al que se opuso Gil Robles casi desde sus inicios.

 

Cometió otros errores. Así, se habría equivocado por completo al analizar las posibilidades reales del nuevo Régimen: seguro, Gil Robles, de que no podría resistir el acoso internacional al término de la segunda guerra mundial, optó por una Monarquía que agrupara a gentes y partidos, de los dos bandos, comprometidos con una democracia posibilista a la occidental, como salida a la situación política. Por ello se negó rotundamente a cualquier compromiso de don Juan de Borbón con Franco: para no contaminar esa esperanza que pretendía ser la “Monarquía de todos” en la que creía. No le falta ahí, razón, a Castro-Villacañas, pues, ciertamente, la Monarquía que hoy disfrutamos es el resultado, también, de aquellos pactos entre ambos citados que llevaron, en última instancia y como efecto colateral, al ostracismo del político salmantino.

 

También se equivocó, ya en el crepúsculo de su vida, en su apuesta política personal, en los años de la transición española a la democracia. Su análisis político del momento le llevó a una fórmula, la del Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español, que fracasó por completo al carecer de una base social y presentarse fragmentada y privada del apoyo de la Iglesia católica.

 

Curiosamente, ambos autores, manteniendo posturas tan encontradas en sus valoraciones, parten de los mismos presupuestos: consideran que posibilismo y accidentalismo fueron los pilares del actuar de Gil Robles. Y lo que para uno es virtud, para el otro es grave defecto. Sin duda, y no pudiendo entrar en las fantasías de la política-ficción, para llegar a sus respectivas conclusiones, ambos autores son deudores de muy distintas subjetividades en las que la concepción de la política se remite a principios y cosmovisiones muy diversas.

 

Este libro no cierra, ciertamente, el debate existente sobre la figura y  protagonismo histórico de José María Gil Robles. Y más cuando muchos de los interrogantes existentes nunca obtendrán una respuesta segura, pues es imposible volver atrás en el tiempo. Pero, en cualquier caso, nos coloca, a los españoles de hoy, que vivimos en una sociedad desideologizada y consumista, ante una reciente historia que sacó con sangre lo mejor, y también lo peor, de unas destrozadas generaciones de españoles a las que debemos nuestro inmerecido bienestar.

 

El Semanal Digital, 17 y 18 de abril de 2004.

 

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