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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Hablemos claro: la mayor campaña anticatólica de los últimos sesenta años en España.

No es ninguna originalidad afirmar que se viene desarrollando, en España y en todo el mundo, una campaña permanente de desprestigio contra la presencia de la Iglesia católica, que parece perseguir, en última instancia, su neutralización. Pero, ¿qué objetivos concretos se han marcado sus instigadores? Como católicos, ¿qué podemos y debemos hacer?

 

No es algo nuevo. Realmente, esta campaña parte de los mismos prejuicios ideológicos y de las mismas fuentes que otras que la precedieron en los siglos XIX y XX. En estas circunstancias, no podemos menos que recordar episodios de una historia que se pretende olvidar, cuando no, falsificar: matanzas de frailes en el siglo XIX, desamortización de Mendizabal, legislación anticatólica de la Segunda República española, persecuciones en la guerra civil que pretendieron el exterminio físico de la Iglesia, anticatolicismo intelectual y programático de los “progresistas” durante la transición…
Esta campaña, que se viene manteniendo desde hace tres años con especial virulencia, se vertebra, particularmente, mediante una sucesión de denuncias de todo tipo de hechos en buena parte de los medios de comunicación. A la misma se han sumado historiadores de diversa procedencia que, con buen criterio comercial, se han animado a vender unos productos en los que se destila un anticatolicismo expreso y nada disimulado.
¿Donde encontramos a los protagonistas de esta campaña?: especialmente en la izquierda política e ideológica en general, en el grupo PRISA en particular… Y también encontramos un impresionante silencio en otros sectores sociales ajenos a esa izquierda sectaria.
Tales prejuicios y actitudes, que vienen de lejos, están arraigando. Prueba dramática de ello es que los católicos no podemos manifestarnos en numerosos foros, como tales, sin ser objeto de gruesas descalificaciones y censuras; alcanzando esa actitud al ámbito laboral e incluso el familiar. Y los viejos tópicos anticlericales son reforzados por nuevos argumentos, más modernos y civilizados, pero no por ello, menos falsos o manipulados. No se llama al degüello de frailes, pero sí se persigue un objetivo similar: que el catolicismo radique exclusivamente en lo más íntimo de la conciencia de las personas, pero sin expresión pública alguna, salvo determinadas obras caritativas que, en caso contrario, difícilmente serían asumidas.
Todo esto no surge de la nada. En España existe una ya larga tradición anticlerical, o anticatólica, que viene a ser lo mismo, pero que ha tomado la iniciativa con unos objetivos ambiciosos y nuevos bríos.
La Plataforma Ciudadana por una Sociedad Laica presentó al PSOE, este pasado mes de noviembre, una serie de propuestas para su estudio: revisión de los Acuerdos Estado español-Vaticano de 1979 en materia de enseñanza y otros aspectos, la desaparición de la asignatura de religión católica de la enseñanza pública y un Estatuto de Laicidad que asegure la neutralidad religiosa en las instituciones públicas. Nace impulsada por una fundación (CIVES) presidida por el diputado socialista Vitorino Mayoral y la Confederación de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA), muy vinculada también al citado partido socialista, asumiendo propuestas planteadas en algunos medios de comunicación, particularmente en el diario El País, donde se venía avanzando la necesidad de eliminar esos acuerdos Estado español-Vaticano; unos acuerdos que han sido decisivos durante estos últimos, casi, treinta años. Por mucho que se diga, no existía una demanda social en esa dirección, pero se ha abonado con esa tremenda campaña anticatólica y se ha formalizado con este instrumento cuyos promotores pretenden sea hecho propio por el PSOE en su programa electoral de 2004.
            Pero existe otra circunstancia novedosa: la campaña tiene un alcance planetario. La llamada globalización está incorporando, en su discurso y en sus pretensiones, unos ingredientes similares a los aquí denunciados. A esta mentalidad responde, sin duda, la campaña medíatica desatada en diversos países del mundo, especialmente en Estados Unidos, contra la Iglesia católica, y que el cardenal Ratzinger ha denunciado, recientemente, durante su visita a Murcia.
Pero es ahora cuando, sorprendidos, muchos observadores católicos descubren la virulencia de esta campaña a la que se suma la profundidad de la crisis de la propia Iglesia. Un dato muy preciso: dos millones de españoles han dejado de acudir a misa dominical en sólo cinco años al no encontrar relevo. Y esto no es consecuencia, únicamente, del rechazo generado por la posición de parte de la Iglesia vasca ante el terrorismo, por poner un ejemplo.
Poco a poco, algunos lúcidos analistas católicos vienen advirtiendo la profundidad y el calado de la situación. Es el caso, entre otros, de quienes trabajan en E-cristians, Alfa y Omega, Fe y Razón. También es el caso de José Luis Restán, tanto en COPE como en alguno de sus escritos, por poner un ejemplo paradigmático de comunicador católico. Y, en esta toma de conciencia, no podían faltar muchos de nuestros obispos.
¿Qué hacer en estas circunstancias? Pensamos que puede resumirse en dos actitudes: resistencia y evangelización. No podemos actuar determinados por el ritmo que marcan los medios de comunicación y las sucesivas campañas anticatólicas; pero hay que responder, en la medida de lo posible, para impedir mayor avance del mal. Y aunque es responsabilidad de todos los católicos afrontar estas circunstancias, especial carga pesa sobre políticos y periodistas católicos,  cada uno en su ámbito.
Y la Nueva Evangelización debe perseverar con decisión, con su propio ritmo, purificada del soporte de los poderes públicos.
Un lugar privilegiado de misión lo constituyen los colegios católicos. Pero sufren en su realidad el ocaso y el envejecimiento de muchas de las tradicionales órdenes religiosas. Por ello, en los próximos años, esta importantísima realidad deberá revitalizarse, desde fórmulas distintas de gestión y nuevas modalidades de misión, desplegando un esfuerzo del que depende en buena medida el futuro de la Iglesia española.
La presencia católica en muchas ONGs también está cuestionada, afectando incluso a muchas de matriz católica: lo “religiosamente correcto”, es decir, un laicismo mal entendido, está de moda. Otro campo donde la pertenencia católica debe reafirmarse.
            Podríamos continuar, de manera casi interminable, reflexionando en torno al papel de cada realidad católica en este sombrío panorama, el cual no impide un hecho objetivo: la Iglesia sigue siendo el único espacio para una nueva sociedad, una posibilidad de encuentro con la verdadera humanidad de cada persona. Esto no puede ofrecerlo el laicismo agresivo y sectario que se impone. Pero hay que actuar con inteligencia. Por ello, deben desarrollarse nuevas formas de presencia católica; una Iglesia con un rostro concreto que pueda ser identificada, con estupor, por nuestros compatriotas escépticos, arrastrados por el pensamiento único políticamente correcto y la sutil tiranía de las modas y de lo efímero. Debemos tomar la iniciativa; dejar de lamentarnos y presentarnos como la única posibilidad de vida íntegramente humana que anhela el corazón de todo hombre

 

Editorial. Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 64, diciembre de 2002
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