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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Editorial: la crisis de la familia como excusa.

¿Qué razones de fondo se han esgrimido en los medios de comunicación social con motivo del asesinato de una anciana, enferma de alzheimer, por su marido? Un debate, de hondo calado, acerca del papel de la familia en el futuro de toda sociedad.

Una de las noticias que mayor impacto ha producido en la opinión pública española, en las últimas semanas, ha sido el asesinato de una anciana enferma de alzheimer por parte de su esposo, desbordado y casi enloquecido por las consecuencias en su entorno familiar de esta temida enfermedad; auténtica epidemia en nuestra sociedad postindustrial.

La noticia ha sido objeto de comentarios de todo tipo; aprovechando la ocasión, algunos de los voceros del poder cultural y social dominante, para elevar su voz proponiendo, incluso, la conveniencia de la legalización de la eutanasia activa.

            En este contexto, se imponen varias reflexiones:

1.      Es lamentable que tan trágico suceso haya sido aprovechado, por algunos creadores de opinión, para favorecer sus posiciones en favor de la implantación de la eutanasia activa; una cómoda e inhumana “solución”, moderna expresión de la “cultura de la muerte”.

2.      Este terrible hecho pone sobre la mesa la realidad de la crisis de la familia española. Por una parte, al disminuir drásticamente el número de los hijos, se ha reducido el soporte de acogida y reparto de las cargas familiares. Por otra parte, el estilo de vida moderno, en el que predominan valores utilitaristas y materialistas (la independencia, la primacía del propio proyecto individual, etc.) ha debilitado la tradicional solidaridad intergeneracional.

3.      En la propuesta de soluciones, en la mayoría de los casos, se ha requerido a la Administración para que ésta adopte medidas de carácter meramente económico: aumento del número de Residencias adaptadas a este tipo de enfermos, extensión y ampliación de la llamada asistencia domiciliaria, la concesión de subvenciones para la contratación particular de cuidadores, etc.

Una constante parece predominar en buena parte de las reflexiones vertidas: se ha analizado el efecto, es decir, la incapacidad de muchas familias para afrontar las extremas circunstancias derivadas de la presencia en su seno de este tipo de enfermos, pero no se quiere ver la causa. Y ésta no es otra que el debilitamiento de la familia tradicional; circunstancia a la que los poderes públicos no han sido ajenos, ya a causa de su falta de apoyos efectivos a la misma, ya por su impulso de políticas expresamente contrarias a esta institución básica.

En cualquier caso, creemos que no se trata sólo de aumentar las subvenciones o el número de residencias. No es suficiente. Es la familia la que necesita ser potenciada directamente. Una sociedad que no cuida sus familias está abocada a la crisis permanente o, incluso, a la extinción. Pero tales medidas, de aplicarse, no rectificarían la situación de la familia actual y la orientación general de la sociedad, cuyos valores materialistas miran en otra dirección.

Creemos que, por mucho que aumenten las subvenciones y otros tipos de ayudas, la mayoría de las mujeres no se animarán a tener más hijos. Para que eso suceda debe producirse un cambio de mentalidad importantísimo: una verdadera revolución cultural y social. Y a tal cambio, ninguna institución o grupo de poder, salvo la Iglesia católica, aspira.

El Imperio romano desapareció, en parte, según afirman ilustres historiadores, a causa de la extinción progresiva de las familias patricias que hicieron grande a la República y, posteriormente, al Imperio. Esa circunstancia produjo una gravísima crisis de liderazgo en esa sociedad, que el cristianismo pudo aplazar pero no cerrar; no pudiendo resistir, finalmente, los retos de pueblos más jóvenes, tanto de dentro como de fuera del Imperio.

Como católicos somos partidarios de la familia tradicional. Aunque no sea “políticamente correcto”. Para ello nos basamos tanto en la aceptación y comprensión de la doctrina católica al respecto (que afirma que la familia, reflejo e imagen de la comunión del Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, ha sido instituida por Dios, siendo tal realidad natural anterior a cualquier reconocimiento político); como en la rica experiencia de muchas generaciones, que llega a nosotros, y que nos permite afirmar que es en la familia donde hemos recibido las primeras caricias de Dios a través de nuestros padres, hermanos y demás familiares.

La familia humaniza al hombre: le proporciona un rostro, unas raíces, una identidad, una tradición con la que contrastar los retos del devenir, un reposo y un estímulo de lucha.

Por el contrario, un individuo aislado, atomizado, sin vínculos familiares, o teniéndolos extremadamente debilitados, experimentará, más allá de esporádicas sensaciones embriagadoras de autodeterminación personal, soledad, desesperanza y frustración. Agravándose, lo anterior, con la circunstancia de ser un sujeto acrítico y fácilmente manipulable por las modas pasajeras y los poderes ilegítimos de turno.

La familia no es una institución artificial: está marcada en la naturaleza más íntima y auténtica de las personas de todos los tiempos. Destruir la familia es atacar al futuro de cualquier sociedad.

Por todo ello, hoy más que nunca: defendamos la familia para salvar a la persona.

Editorial. Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 62, octubre de 2002

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