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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

La educación de la persona: una urgencia inaplazable.

     Unas reflexiones en torno a la educación, el papel de la familia y la Iglesia como espacio de reconstrucción de la propia humanidad.
El drama del humanismo ateo.
De Lubac afirmó que no es cierto que no pueda construirse una sociedad sin Dios. Pero el drama del humanismo ateo ha sido que esa sociedad sin Dios se ha vuelto en contra del hombre. Y ahí están sus tristes resultados para acreditarlo, destacando, entre ellos, la destrucción de la familia y de la misma persona.
La persona humana, sujeto de la sociedad post-moderna, global y consumista, se encuentra atomizada, sola, sin maestros a los que mirar y seguir, carente de un juicio claro, y sin capacidad de discernimiento ante los retos que la vida le presenta. Esta persona, indefensa ante las modas y la presión del poder cultural dominante, embriagada por una aparente libertad sin límites, es el resultado, en buena medida, de la destrucción de la familia tradicional y de la pérdida de contenido y sentido de la labor educativa de padres y maestros.
Los padres han abdicado de su labor educativa, y en esa renuncia late un desinterés por el destino de los otros, de los hijos. Al optar por lo fácil, no transmitiendo a los hijos una tradición y una base de valores y juicios, se priva a esos hijos de unas herramientas imprescindibles para afrontar su futuro, apoyándose la relación padres - hijos en cimientos de escasa solidez.
En dicha relación predomina un modelo en el que lo afectivo e instintivo prevalece frente al riesgo de educar. El temor a una posible pérdida del afecto del hijo se convierte en la directriz de las relaciones padres – hijos, renunciando con ello a las funciones propias de la familia, especialmente la educativa y formativa.
El modelo de familia impuesto desde el poder, es el de un grupo de iguales, de amigos, de colegas diríamos con lenguaje de la calle, con los roles respectivos desdibujados. Pero un padre y un hijo no son iguales: ni en derechos ni en deberes, ni por biología, ni por el papel social, ni por la experiencia.
Los padres caen en la afectividad fácil e inmediata, huyendo de la corrección como instrumento básico en la educación del hijo. Y con ello se priva al hijo de la posibilidad de acceso a unos juicios y unas referencias en valores con los que contrastarse ante las circunstancias de todo tipo que la vida presentará. Por esa dramática cesión, los hijos quedan, en buena medida, indefensos ante los retos de la vida y la presión del poder dominante.
En estas circunstancias, ¿qué hacer?
Angelo Scola, rector de la Lateranense,  respondió de esta forma ante una pregunta similar: es imprescindible la existencia de colegios católicos en los que la figura del maestro sea una posibilidad concreta de encuentro personal, una referencia inmediata y objeto de la mirada del educando con una presencia humana que le proporcione certezas y criterios sobre los que afrontar la vida. Por ello, la labor educativa de la Iglesia pasa necesariamente por la fidelidad de los movimientos y de las órdenes religiosas enseñantes al propio carisma, siendo su misión de una necesidad imprescindible y de una urgencia inaplazable. Un espacio físico concreto, en definitiva, para la construcción de la persona.

El entorno de estas reflexiones.
Estos juicios y reflexiones se emitieron con ocasión de una tertulia informal celebrada por un grupo de amigos pertenecientes, buena parte de ellos, al movimiento de Comunión y Liberación, junto a varios sacerdotes implicados en distintos niveles de la pastoral juvenil y universitaria, en un monasterio del norte de Navarra donde disfrutaban de la Semana Santa. Una tertulia que, de forma no prevista, desembocó en la expresión de esas preocupaciones por la persona y su educación, por la familia y la Iglesia. Un grupo de amigos que, activos en la sociedad actual, son, al igual que otros muchos pertenecientes a múltiples realidades de la Iglesia universal, una posibilidad para la educación de la persona y la reconstrucción de su propia humanidad.
No son las opiniones de unos expertos, ni de profesionales del tema, pero son expresión de una vida, de novedad y una posibilidad de presencia en el mundo.    
            Sirvan estas líneas como una invocación al papel educativo y misionero de todo católico.


Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº  46, junio de 2001                                                               

Sirvan estas líneas como una invocación al papel educativo y misionero de todo católico.
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