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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“American History X”

            Esta película, ya disponible en vídeo, muestra un análisis interesante de la violencia neonazi y racista en EE.UU., desde una aproximación atípica. Aunque para un cristiano las respuestas de la película resultan insuficientes, la dinámica descrita en la misma es la experimentada por un cristiano: el encuentro personal.

 


Introducción.
            Ya se encuentra disponible en vídeo una película de notable interés.
            “American History X”, dirigida por Tony Kaye, es un crudo relato, de 115 minutos de duración, cuya excusa es la violencia neonazi en los Estados Unidos de América.
            Los protagonistas son los dos jóvenes hermanos Vinyard, atractivos, inteligentes y, el mayor de ellos, dotado con un notable carisma. En ese sentido, la película es atípica y escapa de los tópicos al uso. Así, los restantes tipo humanos del grupo neonazi no les acompañan en esas características:  Cameron es un dirigente manipulador y cobarde; Seth, un obeso gritón descerebrado de “gatillo fácil”. Ambos hermanos no son presentados como seres deleznables y sin rostro, sino como personas con una identidad propia y una historia, todo ello desde una óptica de cierta simpatía.
            La película es dramática, nada sentimental, de una violencia brutal. Incluso la escena de sexo previa al tremendo asesinato, momento central de la película, rezuma una instintividad casi animal; expresión todo ello de la irracionalidad en la que vive el protagonista. Y realmente constituye un análisis de cierta entidad que pretende explicar la aparición de grupos violentos neonazis o partidarios de la llamada “supremacía blanca” en EE.UU. Tal análisis no es todo lo profundo que pudiera ser: unos jóvenes frustrados e inseguros ante el futuro, en palabras del Director del Instituto, que se unen (“no seas un punky, forma parte de algo”, dirá Danny en un momento de la película). Pero pese a ello, la película no cae en fáciles soluciones de guión y “políticamente correctas”. El asesinato final del menor de los hermanos, Danny (encarnado por el actor Edward Furlong), por parte de un adolescente negro, desde una óptica de la ideología dominante, podría haberse solucionado con idéntico final dramático, pero, por ejemplo, de la mano de sus antiguos camaradas. Hay, por tanto, un notable esfuerzo de honradez.

 

La película.
            El hilo conductor de la narración cinematográfica es el relato introspectivo que elabora el propio Danny (“cuando me miran, ven a mi hermano”) sobre el impacto en su vida, y en la del resto de su familia de los sucesos que protagonizó su hermano mayor Derek, encarcelado tres años antes por el asesinato de dos jóvenes negros que le intentan robar una camioneta (a quien da vida un polifacético Edward Norton). Bob, el Director del Instituto que también fue profesor de Derek, encarga a Danny que redacte como trabajo escolar su autobiografía, que redactará a lo largo de un único día en que también es excarcelado Derek. Con los recuerdos que brotan en la redacción del texto y la vivencia de ese primer día con su familia y en libertad por Derek, se entrelaza toda la película.
El padre de ambos, bombero, fue asesinado por un negro. Ese hecho determinante, es asumido e interpretado desde una perspectiva ideológica racista por Derek, lo que le lleva a vincularse a un grupo “skin” local de ideología neonazi. Allí destaca por su carisma y audacia (reta a un grupo de negros, en un partido de baloncesto, a que quien gane se quedará con el campo de juego, quedando excluido de acceder al mismo el perdedor; y ganará.) La hermana, Davina, es el prototipo de “liberal” norteamericana cuyo discurso es el de los derechos civiles y demás valores “políticamente correctos”, pero con una perspectiva realista del camino destructivo que han emprendido ambos. Su madre inicia una relación sentimental con otro profesor de ambos, Murray, un apocado judío quien al conocer los juicios políticos de ambos hermanos y tras sufrir la agresividad de Derek en el curso de una cena familiar en la que se confrontan dialectícamente ambas posturas llegando a la violencia física, los da por perdidos.
            Tras el asesinato de los dos jóvenes negros de una forma brutal, Derek es detenido por la policía, momento en el que dirige a su hermano una mirada demoníaca de una expresividad desconcertante.
Su experiencia en prisión le cambiará. Se adhiere inicialmente al grupo neonazi de la misma. Ese grupo carece, realmente, de ideología (“ninguno de ellos creía en nada”), “trapicheando” droga con hispanos, y siendo la arbitrariedad su única norma de conducta. Frente a ello se inicia el desencanto y el choque con el resto del grupo, por considerarlos desviados de su causa común (“la hierba es para los negros, ten respeto”). Se aparta del grupo, iniciando una amistad con el joven negro con el que comparte muchas horas de trabajo en la lavandería del Centro (en sus propias e irónicas palabras, “el tipo más peligroso de la cárcel, controlo los calzoncillos”) y a quien negaba la palabra en su inicio, por convicción ideológica, pese a la alegre cháchara del mismo. Es violado colectivamente por los neonazis como represalia a su exclusión del grupo y ello le aparta definitivamente del mismo. En ese momento, providencialmente, Bob acude a  verle. Ese encuentro, inesperado e inimaginable, le transforma y,  meses después, le posibilitará vía un programa policial de prevención de la violencia callejera, en particular de las bandas racistas, obtener la libertad condicional de forma anticipada.
Cuando sale a la calle, está transformado (simbólicamente, ha dejado crecer su cabello). Asume el papel del padre ausente, buscando la unidad, que él mismo rompió, del núcleo familiar. Intenta apartar a su hermano del grupo neonazi y corta vínculos con el mismo, empezando por su novia (que da vida la “joven y bruja” actriz Fairuza Balk) que no comprende tal cambio y al que acusará de “ser un negro”.
            En el ejercicio de introspección que realizan ambos hermanos, tras la huida de la celebración neonazi organizada con motivo de su excarcelación, Derek le expone toda su historia de sufrimiento en prisión y lo que allí ha encontrado.
Posteriormente, mientras finaliza su relato ante la pantalla del ordenador, comprenderá Danny que las semillas del racismo ya estaban presentes en la educación de su padre, quien compartía algunos prejuicios racistas muy elementales.
            Finalmente, la violencia ciega en la que se desenvuelve la vida de muchas pandillas, con cierto fondo racista, se cobra la vida del hermano menor, en un momento en que la familia Vinyard parecía volver a la normalidad.
            Todos los personajes de la película escapan de la clásica dicotomía de “buenos” y “malos”; desarrollando evidentes contradicciones.
            La figura más consistente es Bob, el Director de Instituto que en su juventud formó parte de una banda urbana de negros (“descerebrados como tu”, le dice a Danny en una entrevista) y que sufrió la cárcel. Es realista (“si te vas del Instituto, tu retórica y tu propaganda no te salvarán ahí fuera”), creyente (“la rabia ciega el cerebro que Dios te ha dado”), libre de prejuicios y pondrá los medios para intentar apartarles del camino elegido. La madre sufre en primera persona, y por la repercusión de los sucesos en los demás miembros de su familia, la violencia desencadenada por Derek, pero pese a ello luchará por su hijo encarcelado desesperadamente (“¿te crees que eres el único que cumple condena?”)
            El compañero negro del trabajo penitenciario es, ante todo, un tipo realista, que jugará un papel de auténtico “ángel de la guarda”. Condenado a 6 años de prisión, pues  tras el robo de un televisor de una tienda, es acusado de asalto a la policía, ya que al ser detenido, se le cayó el televisor en el pie de uno de los agentes. En ese contexto, rodeado de criminales peligrosísimos, está avergonzado por la escasa entidad de su delito y, también por autodefensa, lo oculta. Llega a apreciar a su mudo compañero de faena a quien gana con su humor y al que protegerá de palabra (“en el trullo el negro eres tú, no yo”) y de hecho, pues gracias a su mediación, Derek cuando queda aislado de todo grupo en el interior de la prisión, no sufre la previsible violencia de las bandas de negros. El propio Derek es consciente de que gratuitamente, y de forma inmerecida, por la amistad nada sentimental de su inesperado compañero de prisión, salva la vida.

 

Reflexiones.
            El cartel anunciador del film contiene un texto moralizante: “si sigues el camino del odio, tarde o temprano pagarás su precio”. Y esa parece ser la enseñanza final de la película, pero creemos que la misma va mas allá.
            Nada de lo que Derek ha hecho le ha permitido sentirse mejor. Ha arruinado su vida y ha arrastrado a su familia en ello. Pero dos encuentros personales, gratuitos e inesperados le permitirán afrontar la vida con nuevas perspectivas: Bob y su compañero negro de encierro.
Para un cristiano, la respuesta de la película queda corta. A una ideología voluntarista como es el nazismo, difícilmente sacia otra ideología, aunque sea la predominante (liberal y “políticamente correcta”). Pero la dinámica del cambio a partir del encuentro personal con una realidad concreta, está bien recogida en la película. El cristiano es consciente de que el encuentro salvador se produce con Cristo y por ello, desde esta perspectiva, la película sabe a poco.
            Hay que destacar en el film, en cualquier caso, unos elementos muy positivos: un análisis no superficial de la violencia suburbana, la posibilidad de transformación en aras de unos ideales nobles y que instrumenta a través de encuentros personales concretos y no a través de pura abstracción.
            Otros aspectos fílmicos refuerzan la consistencia de la película: imágenes en blanco y negro para las escenas retrospectivas (la mitad de todo el film), audaces movimientos de la cámara, la magnífica interpretación de sus actores, una banda musical sugestiva y un ritmo muy logrado.
            Una película para ver y reflexionar.

 


 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 30, febrero 2000
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