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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Una propuesta alternativa a la mercantilización de la “primera comunión”.

Una visión crítica de la mercantilización de las “primeras comuniones”, proponiendo alguna alternativa factible.

 

Una carrera de obstáculos

Son varios miles las familias españolas embarcadas en una carrera –producida anualmente- cuajada de obstáculos. La primera dificultad consiste en conseguir un restaurante adecuado a la capacidad económica familiar, a los propios gustos y a la oferta del mercado. Con muchos meses de antelación, en cualquier caso. Después vendrá el poner de acuerdo a familiares y amigos en la elección y adquisición de los regalos, las sesiones fotográficas, la selección del vestuario, la determinación de los adornos, etc.
De la ceremonia se encargan, eficazmente, parroquias y, todavía, algunos colegios.
Nos estamos refiriendo, evidentemente, a la oleada de “primeras comuniones” que se celebran, sobre todo, a lo largo del mes de mayo de cada año. No obstante, estas celebraciones se empiezan a repartir en otros meses, en algunas ciudades y colegios, con el objeto de facilitar su organización y facilitar que el sector hostelero pueda absorber una demanda cada vez más exigente.
Sin embargo, al margen de otros detalles, es chocante que, progresivamente, en el plano de la hostelería, estas fiestas se vengan equiparando, en costos y boato, a las organizadas con motivo de la celebración de bodas. Cualquier contratación de comida, de un grupo numeroso, para cualquier fecha correspondiente al mes de mayo levanta las susceptibilidades de los “maitres” de los restaurantes, quiénes en la mayoría de los casos especifican que: “para las comuniones, tenemos menús cerrados”.

 

“Estamos buscando restaurante. Está todo pillado”.
Somos consientes de la progresiva mercantilización de buena parte de los aspectos protocolarios y formales que envuelven la celebración de las “primeras comuniones”, y no sólo en lo que respecta a la oferta hostelera. Pero dado que existen posibles alternativas, además de las cada vez más frecuentes comidas en el entorno doméstico familiar, nos centraremos en esta realidad que tanto condiciona, para oscurecer en muchos casos, el sentido originario de esta celebración, tan importante para todo católico.
No es razonable que con motivo de la realización de estas comidas, generalmente protagonizadas por grupos numerosos, se establezca un precio notablemente superior al habitual, y más conociendo de antemano el número de asistentes, el menú concreto que se servirá, los camareros precisos para el servicio, etc. Con una celebración de este tipo, los hosteleros “trabajan sobre seguro”, lo que, no sólo no aumenta gastos, sino que los reduce.
Sabemos que existe una competencia extraordinaria en la hostelería que ha alcanzado todo el territorio nacional. De hecho su problemática ya es similar en las grandes ciudades y en las localidades pequeñas; una competencia acompañada por la especialización y una indudable mejora del servicio. No buscamos polemizar ni perjudicar a este sector tan importante. Pero sí que estamos en nuestro derecho de reflexionar en torno a este fenómeno sociológico, que ha llegado a convertirse en una pesada losa para muchas familias, distorsionando el sentido original de la “primera comunión”; proponiendo, incluso, alguna alternativa realista.
El sentido de la primera comunión es el que siempre nos ha enseñado la Iglesia. No vamos por ello a insistir en ello.
Tradicionalmente, por el valor pedagógico que acarrea para toda la comunidad cristiana, se le ha rodeado de un ceremonial adecuado siendo, además, ocasión aprovechada para la celebración de las necesarias reuniones familiares -según las circunstancias históricas y la capacidad económica- tantas veces limitadas a entierros, bodas y bautizos.

 

¿No hay, acaso, alternativas?
La fiebre consumista ha alcanzado de lleno, es evidente, a estas celebraciones. Ya lo veíamos al inicio de este breve artículo: los regalos, las fotografías, el vestuario, los recordatorios, la comida…
Lo que era motivo de alegría empieza a ser motivo de discordia y división para muchas familias que no pueden –o no quieren- participar en una carrera consumista, tan ajena al espíritu originario y nuclear de la “primera comunión”, generando unas tensiones innecesarias verbalizadas en un deseo muy pronunciado: “¡que pase pronto!”.
Pero, en tiempos de globalización, también en las costumbres, y de especialización del sector servicios, ¿hay alternativas?
Algo se nos ocurre.
Son varios miles de antiguas casas parroquiales rurales, propiedad de comunidades cristianas urbanas, en las que se celebran ejercicios espirituales, convivencias, etc. Fenómeno, éste, al que muchos movimientos eclesiales se han apuntado, adquiriendo o edificando otras.
Su cesión, por unas horas, a una o varias familias demandantes, según la ocasión, vinculadas a esa comunidad cristiana titular de la casa, puede ser la llave para una celebración distinta: en un entorno natural, fuera del bullicio urbano y el estrés, con un trato directamente familiar. La comida: una chuletada, por ejemplo, organizada por los amigos o familiares próximos, de modo que el centro de la reunión sea esa celebración gozosa, comunitaria y familiar, de la primera comunión de los cristianos del mañana. Y si supone mucho trabajo, hay empresas de catering por toda España que proporcionan un servicio magnífico con tarifas asequibles, en muchos casos más ajustadas a las economías medias que numerosas ofertas de restaurante.
Naturalmente, quien quiera gastar, puede hacerlo. Con esta alternativa o en un restaurante “normal”.
                Otros espacios también accesibles para muchos cristianos lo constituyen las numerosas sociedades deportivas en cuyo origen encontramos a grupos comprometidos de laicos: Acción Católica, particularmente. Pensamos, por poner dos ejemplos conocidos y vividos por quien esto escribe, en Oberena de Pamplona y en el Casablanca de Zaragoza. Con buenas instalaciones, amplios comedores, espacios verdes, zonas específicas para las parrilladas, parques infantiles; pueden ser buenos escenarios para estas celebraciones, más cuando por el tipo de usuario, sus trabajadores están acostumbrados al bullicio de los grupos numerosos y de los niños gritones.
Pero, no siendo perfectas, las anteriores soluciones, ¿acaso no nos queda a los católicos imaginación y capacidad para dotar de pleno sentido, también de forma operativa, estas importantes celebraciones litúrgicas y sacramentales que son, además, ocasión de reencuentro familiar con la compañía carnal de la Iglesia?

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 55, marzo de 2002.
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