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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Sociología política navarra elemental.

      Nacionalistas, abertzales, vasquistas, navarristas, foralistas, españolistas… son algunos de los conceptos manejados, habitualmente, para informar acerca de la realidad política y social de Navarra. Veámoslos con cierto detenimiento.

 

Sociología política navarra elemental.

Navarra nunca ha dejado de estar en el centro de la estrategia del nacionalismo vasco. Pese a su aparente estabilidad, recientes circunstancias acaecidas dramáticamente, como el asesinato de un concejal regionalista y la dimisión de varios más, han evidenciado la persistencia de una situación plural y compleja. En este contexto, ¿cuál es la realidad política de Navarra?

Navarra goza de una razonable estabilidad política. Ya se superaron los tiempos –la transición- en que el desconcierto y la incertidumbre habían anidado en sectores significativos de la clase política navarra. Es entonces cuando el PSOE de Navarra se desvincula del de Euskadi, optando sin lugar a dudas por la plena autonomía de Navarra, al igual que la fenecida Unión de Centro Democrático. Con ello se salvó la particularidad institucional de Navarra mediante su articulación, dentro del nuevo “Estado de las Autonomías”, como una Comunidad Foral. Los temores a una anexión traumática de Navarra por la naciente Euskadi se despejaron, pese a contemplarse la posible revisión legal de su situación en la Constitución española (la Disposición Transitoria Cuarta, que establece el procedimiento para su integración, pero no para su salida), lo que provocó el voto negativo a la misma de algunos sectores del navarrismo.

Desde entonces, su particular “status” se ha consolidado. La viabilidad económica e institucional de Navarra se han afirmado. Sus indicadores económicos son magníficos, encontrándose a la cabeza del desarrollo español, con un crecimiento superior a la media de la CEE. Y la posibilidad de integrarse en la vecina Comunidad Autónoma Vasca, desvanecida en su día, no ha sido una realidad en los últimos 5 lustros, pese a la persistente campaña cultural y política del nacionalismo vasco durante todos estos años.

Un partido regionalista hermanado con el Partido Popular (éste no existe como tal en Navarra), Unión del Pueblo Navarro (UPN, en lo sucesivo), detenta en la actualidad el gobierno de la Comunidad y las alcaldías de los principales ayuntamientos navarros. El principal partido de la oposición, el PSOE, mermado en votos por los escándalos Urralburu y Roldán, con un liderazgo sin afianzar en la actualidad, mantiene una relación aceptable con el anterior, al igual que el sindicato mayoritario en Navarra, la Unión General de Trabajadores.

La escisión, espectacular en su día, sufrida por UPN de la mano de quien fuera presidente del Gobierno de Navarra, Juan Cruz Alli, y que originó la formación de un partido, Convergencia de Demócratas de Navarra (CDN), pierde incidencia y representatividad de forma gradual e imparable.

IU ha intentado ganar peso y constituirse en el referente de la izquierda no socialista en la Comunidad Foral, beneficiándose de la larga crisis del PSOE, pero, haciendo balance, vemos que no lo ha conseguido. La coalición de Llamazares hace lo que puede para mantenerse en votos y nivel de representatividad, no siendo ajena su sangría a la experimentada por la misma en el resto de España.

                El nacionalismo vasco, en su conjunto, no ha cesado en ningún momento de materializar un auténtico aluvión de iniciativas de todo tipo; siendo un esfuerzo no proporcional a su representatividad real. Con todo ello busca, a medio o largo plazo, un posible vuelco electoral que permita una revisión, de la actual situación, favorable a sus tesis.

                Nacionalistas vascos y navarristas coinciden en los mismos ámbitos humanos: en la vida cotidiana y en la gestión de los asuntos públicos en función de su representatividad (en los ayuntamientos, en el Parlamento, en múltiples asociaciones…). Sin embargo, la presencia de los nacionalistas siempre se hace notar, al caracterizarse éstos por un voluntarismo incuestionable y una militancia férrea.

El gran factor distorsionador de la política navarra es la formación de la izquierda abertzale Batasuna. Con un electorado que dobla en número al de EA y PNV sumados, pero muy lejos del PSOE y no digamos ya de UPN, realiza una labor institucional que roza la contestación antisistema. Al margen de esas discutibles actitudes, la sombra que le acompaña, en todo caso, es el temor que impone sus porosas relaciones con la banda terrorista ETA.

De ahí que la división entre navarros, alcanzando a familias, pueblos y organizaciones sociales de todo tipo, sea una penosa realidad impuesta desde el agresivo y constante nacionalismo vasco.

                Hemos realizado, en líneas muy generales, una aproximación a la realidad de la Comunidad Foral de Navarra. Hagamos, ahora, algunas consideraciones en torno a la sociología política elemental de la población navarra a partir de las categorías empleadas habitualmente.

 

El navarrismo.

                El navarrismo ha desarrollado una perspectiva de Navarra más sentimental que intelectual, pese a existir un desarrollo doctrinal e ideológico del mismo. Esta visión considera que Navarra reúne unas características históricas, culturales, políticas, económicas y sociales que le proporcionan el soporte imprescindible de una identidad colectiva, para vivir, con autonomía, dentro del proyecto español.

Está representado, políticamente hablando, por Unión del Pueblo Navarro y el Partido Socialista Obrero Español. Especialmente el primero, hace propio el contenido del moderno navarrismo político, entendido –ya lo veíamos- como la concepción política, histórica y cultural de Navarra que la concibe como un espacio autónomo y diferenciado, dotado de una fuerte personalidad y unas características particulares entre las que destacan, con notable fuerza, los elementos vascos de su cultura y tradición.

                El pensador y político tradicionalista Víctor Pradera sentó, en las primeras décadas del siglo XX, las bases teóricas y conceptuales del navarrismo moderno. A partir de unos presupuestos regionalistas y foralistas, delimitó sus elementos fundamentales: tradición católica, identidad jurídica e institucional, mestizaje cultural, participación en la empresa común española, rechazo de la raza como factor determinante de la identidad colectiva.

                El PSOE procede de una tradición política distinta, pero, después de los devaneos de la transición, asume como propios los elementos fundamentales del actual navarrismo político.

                Sin embargo, merced a las continuas campañas promovidas desde las fuerzas políticas nacionalistas y algunos intelectuales de la izquierda, el mismo término "navarrismo" goza de una cierta impopularidad.

                Tal vez sea motivado, en parte, por la asociación al navarrismo de algunas expresiones rudimentarias manifestadas en sectores de la población navarra, y que implican una degeneración del mismo, en un sentido instintivo, antivasco visceral: nos referimos a las actitudes de los llamados despectivamente “navarreros”. Por el contrario, navarristas convencidos asumen como propio el legado vasco, considerando, incluso, que constituye su principal patrimonio cultural y su sustrato básico.

                UPN y PSOE suman más de 200.000 votos, defensores sin ambigüedad, aunque generalmente silenciosos, de la identidad y autonomía de Navarra. Ello no quiere decir que todo ese electorado se identifique plenamente con las tesis navarristas. Existe un sector de la población navarra, en parte de procedente de la emigración de los años 60 (cuyos hijos en muchos casos han engrosado las filas abertzales) y de profesionales y trabajadores establecidos en Navarra en las últimas décadas, cuya seña de identidad principal es su sola condición de “españoles”. Estos navarros se identifican en mayor medida, aunque sin llegar a asumir postulados navarristas, con quiénes se oponen al expansionismo nacionalista, por considerar a este último como un factor desestabilizador y agresivo hacia una comunidad –en la que se han establecido- económicamente pujante y con altas tasas de bienestar social.

                Desde Gara y los medios de la izquierda abertzale, a UPN y PSOE se les denomina, especialmente al primero, como “unionistas”, en un intento, que no ha gozado de fortuna, de equiparar semánticamente la situación navarra con la del Ulster.

                En las últimas semanas se han producido algunas novedades en este sector: la constitución de la Sociedad de Estudios Navarros, que pretende el estudio y solución de los retos que se presentan a la Navarra de nuestros días, y la salida al mercado de la revista Navarra en marcha. En ambas iniciativas participa Jaime Ignacio del Burgo, uno de los políticos más significativos de Navarra en las últimas tres décadas. Pudiera entenderse que ello responde a una estrategia elaborada a efectos de dotar al navarrismo de unos instrumentos de los que, tradicionalmente, ha carecido. Con la citada entidad se cubriría el ámbito cultural y de la investigación sociológica e histórica. Con la publicación mensual, que ha visto la luz de la mano de la editorial de su hijo, se pretendería vulgarizar los conceptos básicos de dicha concepción, a la vez de intentar sostener, e impulsar, a la opinión pública navarrista, poco dotada de instrumentos conceptuales y culturales, frente la avalancha mediática y social nacionalista. El tiempo aclarará la efectividad de tales iniciativas.

 

El nacionalismo navarro.

                De la mano de Juan Cruz Alli, se ha ido modelando un ambiguo "nacionalismo navarro" encarnado en su partido, Convergencia de Demócratas de Navarra, y especialmente en sus exiguas juventudes. Carece de tradición histórica, salvo algunas expresiones políticas casi marginales, como el caso de las ideas "napartarras" de Campión (quien terminó en el PNV) y cuyo rebrote a finales de los años 70 (de la mano del estudioso roncalés José Estornés Lasa) no tuvo relevancia alguna, o del federalismo republicano y fuerista de finales del XIX. Pretende, a partir de una concepción moderna del hecho autonómico español, que el nacionalismo navarro, en el marco de una tradición cuasi – federal, impulsada desde la izquierda y los partidos “burgueses” claramente nacionalistas, asuma las diversas identidades culturales presentes en Navarra sin complejos; en un intento de desactivar la virtualidad política, de efectos planificados a largo plazo, de las expresiones vasquistas manifestadas a todos los niveles en Navarra.

                Es loable su intento de alejarse de la imagen "navarrera" exclusivista. Pero su filosofía carece de figuras relevantes. Tampoco está dotado de un cuerpo doctrinal desarrollado y su suerte parece estar excesivamente vinculada a la estrella, declinante, del fundador. Por otra parte, esta concepción desdibuja la participación navarra en la empresa española, incurriendo en un pragmatismo inestable y poco preciso que no atrae voluntades.

 

El nacionalismo vasco.

                El nacionalismo vasco nació “bizkaitarra”. Sabino Arana apenas escribió acerca de Navarra. Sin embargo, algunos de los teóricos primeros del nacionalismo vasco fueron navarros.

                Buena parte de la intelectualidad navarra de finales del siglo XIX, y primeras décadas del XX, era vasquista, culturalmente entendida; pero no políticamente. Ya en el carlismo, y en otros sectores sociales navarros, muchos intelectuales se decantaron por un vasquismo cultural, antesala en algunos casos del vasquismo político que con los años cuajó en el Partido Nacionalista Vasco. Por ello, no puede confundirse vasquismo y nacionalismo vasco; al menos en Navarra.

                Para el nacionalismo vasco, Navarra no sólo forma parte de Euskal Herria, sino que es su madre. Por otra parte, sólo Navarra podría ser el antecedente territorial que encarnara, en unos pocos años de su historia medieval al menos, una unidad política de la mayoría de los vascos. Por ello, el que Navarra sea una comunidad diferenciada de la vasca es una “herejía” incomprensible para los nacionalistas. De ahí el empeño de modificar la realidad política actual, siendo el navarrismo su principal enemigo a batir.

El PNV no supera, pese a inversiones millonarias, una presencia política e institucional puramente testimonial (no llega a los 3.000 votos). Corresponde a EA el liderazgo en Navarra del llamado nacionalismo moderado, hecho explicable en buena medida, por el origen navarro de su fundador: Carlos Garaicoechea.

                En la actualidad, el electorado conjunto de ambos partidos está estancado, no llegando a los 20.000 votos, pese a costosas inversiones en campañas políticas de todo tipo, medios de comunicación y múltiples expresiones culturales. Su electorado ha sido condicionado completamente por el fenómeno de la izquierda abertzale que, en Navarra, también tiene colores propios.

 

La izquierda abertzale.

                Navarra es particular también en este campo. Es el único territorio en el que, desde su nacimiento, la izquierda abertzale supera en votos (entre 35 y 45.000) y vitalidad, al conjunto del nacionalismo moderado. Algunos líderes de esa izquierda, además, proceden de Navarra: Iñaki Aldekoa, Patxi Zabaleta, Floren Aoiz, Adolfo Araiz, etc.

                Nutrida tanto de navarros de pura cepa, como de emigrantes e hijos de emigrantes, la izquierda abertzale sustituyó en su día a la potente extrema izquierda maoísta que, nacida en parte al calor de algunos sectores eclesiales, desapareció casi de repente a lo largo de la transición española a la democracia.

                Sin embargo, pocos han sido, en número, los militantes navarros de ETA, siendo igualmente un porcentaje muy pequeño el de quienes han llegado a ostentar cargos de relevancia dentro de esa organización. Así lo afirma Fernando Reinares en su reciente libro “Patriotas de la muerte. Quiénes han militado en ETA y por qué” (Taurus, 2001), al establecer en sus anexos estadísticos que los navarros de ETA supondrían un 7’7% del total de 431 militantes de la organización objeto de estudio en lo que respecta al territorio de nacimiento (aunque la tendencia era la de aumentar con los años).

                Es en este entorno donde encontramos a la tribu de los "jarraitus" y su particular estética "borroka". Son las juventudes del MLNV, con un activismo y voluntarismo excepcional: desde la "kale borroka" hasta sus éxitos electorales en la Universidad Pública de Navarra (no olvidemos el mínimo porcentaje de votantes en dichos procesos académicos).

                Con una especial incidencia en la zona norte y centro de Navarra, su presencia se mantiene, con altibajos, de forma estable y una representatividad constante. La reciente escisión de Aralar puede convulsionar su actual implantación, pero es un interrogante que sólo el futuro despejará. Los principales dirigentes de Aralar son navarros, gozando alguno de ellos (caso de Patxi Zabaleta) de un indudable prestigio que podría llegar a arrastrar, incluso, a sectores de la izquierda “españolista” y de la propia EA. Incluso el minúsculo PNV navarro, de la mano de su dirigente José Antonio Urbiola, ha hecho pública su intención, el pasado 9 de octubre, de buscar algún tipo de acuerdo electoral con esta naciente fuerza.

                A caballo entre la izquierda abertzale y la izquierda ex comunista, se sitúa Batzarre. Integrada por los residuos de las antiguas LKI y EMK (Liga Comunista Revolucionaria y Movimiento Comunista), cuenta con una veterana militancia (la mayoría en torno a los 40 años) y cierta representatividad institucional en el Parlamento y algunos ayuntamientos navarros. Además, es muy conocida su capacidad de movilización y la originalidad de sus campañas. Tiene dos almas: la vasquista, inclinada hacia la izquierda abertzale, y la puramente izquierdista, más orientada hacia Izquierda Unida, coalición en la que han confluido algunos de sus antiguos camaradas del resto de España. Batzarre está tendiendo puentes hacia Aralar. De confluir ambos colectivos, podría generarse una izquierda abertzale, de tintes navarros y emancipada de ETA, con indudable impacto en el panorama político y electoral de Navarra.

                Si sumamos todos los votos nacionalistas, “moderados” y radicales, nunca han superado el 18% del censo navarro, siendo el 13’80% el recibido por esas fuerzas en las elecciones del 99.

 

La izquierda excomunista.

                En Navarra nunca arraigó el Partido Comunista de España. Su techo electoral se ha alcanzado, paradójicamente, con la fórmula de Izquierda Unida, en la que los comunistas son una estricta minoría, no siéndolo ninguno de los líderes de IU más representativos en Navarra.

                La coalición en Navarra se ha decantado por una ambigua pertenencia a la Izquierda Unida del País Vasco, con unos niveles de autonomía política indudables, en un intento de superar la dicotomía navarrismo/abertzalismo, en el marco de una concepción federalista del Estado español. Sus integrantes son, en general, partidarios de una integración de Navarra en Euskadi. No verían -pese a lo anterior- con malos ojos que, en una España federal, Navarra siguiera constituyendo una entidad autónoma diferenciada de la de sus vecinos. En cualquier caso, el futuro de sus tesis pasa por el desarrollo discutible de su coalición.

 

El carlismo.

                El carlismo, sociológicamente hablando, parece haber desaparecido. Sus hijos y herederos, de hecho,  se encuentran presentes en todo el espectro político actual de Navarra.

                Ni el minúsculo Partido Carlista, genuino representante del carloshuguismo (la rama socialista, federalista y autogestionaria), ni la refundada y rejuvenecida Comunión Tradicionalista Carlista, han logrado reestructurar al pueblo carlista. Tal vez ello sea así, por el único motivo de que tal pueblo ya no existe hace varias décadas. O tal vez por tratarse de sus expresiones más ideologizadas, cuando el carlismo se trató de un movimiento popular y escasamente doctrinario, al menos en sus orígenes.

                Del carlismo se conservan algunos tics en la mentalidad y la política navarra: sentido de grupo, gusto por lo propio, generosidad personal, apego a las tradiciones, espontaneidad, cierto populismo, sustrato religioso.

Este fenómeno causa admiración a los foráneos. ¿Qué ha sido del carlismo? Se preguntan y nos preguntan cuando vienen a Navarra. En nuestros días sigue asombrando su aparente rápida desaparición, salvo para quiénes, todavía hoy carlistas, no admiten esta afirmación. Sin duda constituye una cuestión que debe estudiarse a fondo; con ello se proporcionarían, probablemente, algunas claves para entender el presente de Navarra.

 

El electorado católico.

                Encontramos a católicos en todo el espectro político navarro: desde la CTC hasta Batasuna.

                Igualmente, encontramos a democristianos en UPN (de la mano de Jaime Ignacio del Burgo), en Convergencia (que se define como social cristiano; lo que difícilmente casa con su apoyo a la legislación antifamiliar que se ha promulgado últimamente en Navarra) y en el PNV.

                Por otra parte, algunos de los movimientos eclesiales más pujantes, presentes en Navarra, consideran la vocación política como una opción estrictamente personal, de la que sólo sus protagonistas deben responsabilizarse. Ello explica, en parte, la tremenda dispersión del voto católico navarro. Con todo, no puede decirse que no tenga ninguna relevancia o proyección sociológica. Navarra cuenta con un porcentaje de jóvenes católicos practicantes un poco por encima de la media española; por el contrario, también concurre un porcentaje muy elevado de ateos militantes, muchos de ellos alineados con las opciones de la izquierda abertzale.

                Sin embargo, la reciente polémica desatada acerca de la conveniencia de la fundación de un partido católico, no ha tenido apenas eco en Navarra, salvo dentro de los restringidos medios del tradicionalismo, que la ha seguido con interés pero con prevenciones.

 

                Estos son, en breves trazos, algunos de los colores del plural mapa político navarro; un mapa en lenta pero constante evolución y que puede deparar, todavía, sorpresas.

 

Arbil anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 51, noviembre de 2001.

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