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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Voto en blanco: 366.000 votos que no cuentan.

El voto en blanco ha alcanzado una dimensión, en las elecciones españolas, que no puede pasar desapercibida. Una reflexión personal sobre el tema.

 

Votos en blanco emitidos el 12 M.

            Ha transcurrido más de un mes desde la celebración de las elecciones generales el pasado 12 de marzo de 2.000, con el resultado ya conocido y valorado en este mismo medio digital (ARBIL, Nº 30).

Del total, fueron emitidos algo más de 366.000 votos en blanco, el 1’58%.

            Un porcentaje similar, incluso superior, ya se emitió en anteriores elecciones. Por ejemplo, en las europeas del “13 J”, fueron algo más de 400.000, un 1’70%.

En el País Vasco y en Navarra se ha contabilizado un importante número de votos en blanco, que ha rondado en torno al 4%, sin duda un porcentaje significativamente superior al del resto de España. Ello ha sido así, pues se pretendía, en muchos casos, sumarse al voto emitido sin identificarse con ningún partido político concreto, y evitar con ello ser engullidos por la abstención activa propugnada por Euskal Herritarrok. En concreto en Navarra, el voto en blanco es, numéricamente,  la 4ª “fuerza política”.

            Pero en el resto del Estado, con un porcentaje inferior al de Navarra y el País Vasco, la justificación del voto en blanco es más difícil. Partiendo de que el voto en blanco es voto emitido y válido, al valorarlo se constituye en un cajón de sastre en el que hay tantas motivaciones como votantes que han optado por esa opción.

 

Valoración del voto en blanco.

            Es más. El voto en blanco es el voto menos considerado una vez celebradas unas elecciones. La abstención, mayor o menor, siempre es objeto de reflexión y de preocupación según el caso. Pero el voto en blanco no cuestiona a los políticos ni quiebra las bases del sistema. Por ello, podría decirse, incluso, que “fortalece al sistema”. En resumen, desde una perspectiva táctica, es un voto que no produce efecto alguno. Al menos en la actual situación.

De hecho, en el diario “El País”, en las dos semanas siguientes, han sido publicadas, al menos tres cartas al Director en las que se recogía la desazón de los lectores por no ser valorado ese voto en blanco.

Conocemos los límites del sistema. Poco podemos, en la práctica, exigir a nuestros políticos. Pero en el caso del voto en blanco, es imposible articularlo de forma operativa en la realidad social y política.

Pues, ¿qué grupos o líderes, arrogándose tales votos, pueden negociar, presionar o hacer valer de alguna manera los intereses que hay detrás del voto en blanco? Además, ¿de qué clase de intereses se trata?

 

Los católicos y el voto en blanco.

A lo largo de la pasada campaña electoral se han elevado algunas voces, desde medios católicos muy concretos, propugnando el voto en blanco (tanto en artículos de prensa diaria, como en alguna emisora de radio e internet). Es positivo que la conciencia crítica de los católicos se desarrolle y se manifieste de forma plural y libre. Por ello, bienvenido este debate y  bienvenidas esas voces.

Frente al voto en blanco, el voto emitido por muchos católicos a opciones concretas (en particular al Partido Popular) es una apuesta por la realidad, que puede posibilitar a la Iglesia mayores cuotas de libertad.

La pertenencia a la Iglesia facilita vías operativas que, desde el voto en blanco, no es posible ni concretar ni exigir. Y esas vías operativas de la libertad de acción de la Iglesia, en las circunstancias históricas que nos ha tocado vivir, se concretan en las obras por las que de forma carnal y humana extiende su misión entre todos.

No se trataría, por lo tanto, de la elección del “mal menor”, como del “bien posible”. Un sano ejercicio de realismo.

Los partidos estatalistas (PSOE, IU) son beligerantes ante la Iglesia y sus obras. El PP, aunque no es un partido católico, al menos sobre el programa y en iniciativas concretas, respeta la libertad de la Iglesia. Y no olvidemos la presencia innegable de políticos católicos en su seno; lo que constituye una posibilidad que no conviene excluir. En vez de huir de la realidad, aprovechémosla. Y ello en beneficio de la Iglesia, no del Partido Popular.

Veamos otro aspecto. No es realista pretender que un partido político no católico, aunque con cierta sensibilidad hacia la libertad y el papel social de la Iglesia,  restaure un ilusorio orden político cristiano. Por ello, debe ser el realismo la primera norma de actuación. Realismo para asumir lo positivo de cada situación y trabajar en la sociedad en obras concretas que nos permitan a los católicos ejercer la misión que esta sociedad necesita.

No es realista, por ejemplo, pedir al PP la prohibición del aborto, cuando ni siquiera figuraba tal pretensión en su programa electoral. Si es realista, en ese sentido, solicitar subvenciones para las casas de acogidas de los diversos grupos pro – vida, en beneficio de las madres embarazadas y del “nasciturus”.

No podemos pedir a los políticos que desarrollen iniciativas para “cristianizar” la sociedad, cuando los católicos no tenemos el valor de pregonar nuestra fe fuera de las sacristías y de otros ámbitos muy cerrados.

Los católicos han sido siempre muy realistas en cada coyuntura histórica. Y si el poder dominante y su entorno cultural no eran cristianos, la pretensión de los cristianos ha sido en primer lugar vivir de forma cristiana y hacer misión entre las gentes.

San Agustín y su filosofía de “las dos ciudades” nos sigue proporcionando claves para un ejercicio de realismo y acción en la realidad contemporánea.

 

La Iglesia y su pueblo.

Por último, considero que existe una razón de fondo que explica muchos comportamientos.

La Iglesia siempre ha generado un pueblo. Y un pueblo debe actuar como tal. Hoy día, la atomización individualista también se ha instalado en el seno de las comunidades cristianas. Así se entiende que haya católicos que votaran al PP, al PSOE, a IU, a partidos nacionalistas, que se abstengan o que voten en blanco. En definitiva, también el individualismo caracteriza a la acción de algunos sectores católicos.

Desde otras realidades de la Iglesia se ha intentando actuar en política como un pueblo, con una conciencia de pertenencia. De ahí su apuesta decidida, aunque crítica, por el voto al P.P.; con una conciencia clara de que la salvación no viene de la política, sino de la Iglesia.

Por ello, seguramente, el principal objetivo de los católicos hoy día sea la misión, creando obras reconocibles entre las gentes, buscando la regeneración de un pueblo en marcha por la historia.

Texto inédito, junio de 2000

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