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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Vladímir Putin y Chechenia.

    Rusia sigue siendo fuente de inestabilidad y de inquietud en el panorama internacional. La reciente elección de Putin como Presidente no despeja las dudas sobre su futuro; una elección que no habría sido posible sin la segunda guerra de Chechenia y sin los movimientos de la nueva oligarquía.

 

La elección de Putin.

            El domingo 26 de marzo de 2.000, con una mayoría absoluta que no precisó de una segunda vuelta electoral, Vladímir Putin fue elegido Presidente de Rusia.

El candidato comunista Ziuganov quedó en segundo lugar con un porcentaje de votos algo mayor de lo previsto, y el candidato liberal, con apenas un 5%, en tercer lugar.

            Con esta elección, el candidato de “la familia” consigue, al menos de momento, la continuidad del régimen yeltsiano.

            Putin “celebró” el resultado con el lanzamiento de tres misiles intercontinentales, sin carga nuclear. Todo un aviso, pudiera entenderse, que admite doble lectura. A nivel internacional se avisa que Rusia buscará un papel como superpotencia. En su lectura interna, el aviso de su voluntad de firmeza, apoyándose para ello en el “poder” militar.

Pero poco sabemos del futuro programa del Presidente, apoyado en los nuevos oligarcas rusos y los militares. En cualquier caso, podemos señalar dos factores en juego que determinarán en buena medida la futura política rusa: la dependencia de Putin de los poderes fácticos que han propiciado su elección y la tentación autoritaria como salida más factible en la actual situación (prefigurada en la actual Constitución rusa).

            Poco se sabe de Putin, salvo que fue agente del ex – KGB, sin que se sepa a ciencia cierta que misiones concretas desempeñó. Pero nadie discute que, aunque es catapultado a la presidencia como un peón de los jugadores ocultos, puede alcanzar una autonomía imprevisible.

            De todas formas, la elección de Putin no puede entenderse sin la segunda guerra de Chechenia, en la que han confluido diversos intereses internos y externos, a costa en cualquier caso de la destrucción de miles de vidas y de casi todo el país.

 

Movilización del voto nacionalista.

            En primer lugar, la intervención militar en Chechenia ha sido factor de movilización del voto procedente del nacionalismo ruso, que ha interpretado la parcial victoria militar en el sentido de “revancha” tras el hundimiento de la Unión Soviética y las humillaciones sufridas por millones de rusos en diversos repúblicas ex - soviéticas.

 

Los intereses petrolíferos rusos.

            En segundo lugar, se asegura el control de una de las principales fuentes de ingreso del estado ruso: el petróleo.

En concreto, en torno al 70% de los ingresos del fisco proceden de las petroleras rusas, privatizadas con Yeltsin y en manos de una oligarquía muy vinculada en sus orígenes a “la familia”.

            El poder real en Rusia, según algunos analistas internacionales, lo sigue desempeñando “la familia”, que habría decidido impulsar al enigmático Putin al poder, como solución de recambio ante el acoso a la familia Yeltsin a causa de los escándalos económicos en los que se venía involucrando y ante el agotamiento físico del propio Yeltsin, con la consiguiente pérdida de popularidad.

Para otros analistas, se trata del resultado de una conspiración. En aparente continuidad de Yeltsin, Putin lo habría destronado, actuando como peón de la nueva oligarquía rusa.

¿Quiénes componen esa oligarquía, vinculada a los intereses petrolíferos, fundamentalmente? Se trataría, a juicio del analista internacional Felipe Sahagún, de los personajes que han adquirido a precio de saldo, en los últimos años, las principales petroleras privatizadas: Boris Berezovsky y Roman Abramovich (SIDNEFT), Mijail Khodorkosky (YUKOS), Valdímir Potanin (SIDANKO), el presidente del monopolio de gas natural Rem Vyajirev (GAZPROM) y el director de la principal empresa petrolífera rusa Vagit Alekperov (LUKOIL). Viktor Chernomirdin, Anatoly Chubais y Mijail Fridman completarían la corta lista de integrantes del poder en la sombra.

Sus intereses económicos están muy presentes en la zona de conflicto, es decir, el Caúcaso sur. El petróleo de Azerbayan con destino a occidente es trasladado vía terrestre por medio de un oleoducto que atraviesa Chechenia y Daguestán, donde se inició la segunda guerra de Chechenia, llegando al mar negro.

            Por ello, el control de los territorios por los que transcurre ese oleoducto, es fundamental en la estrategia financiera, militar y comercial en esa zona, tradicionalmente en la esfera de influencia rusa. En este sentido, este artículo concreta algunos aspectos ya tratados en el número 30 de esta publicación digital, ARBIL: “El wahhabismo y la guerrilla chechena”

 

Freno al separatismo.

            En tercer lugar, con la intervención militar, se hace frente a la huida de las repúblicas del Caúcaso sur (Georgia, Armenia, Azerbayan) hacia el ámbito de influencia de Turquía, aliado de los Estados Unidos. Con ello se intenta, además, disuadir de otras posibles tentaciones separatistas.

            El experto italiano en política rusa Giulietto Chiesa, en el número del mes de diciembre de 1.999 de la revista internacional “30 giorni” considera que existen indicios materiales del interés de algunos países terceros en la permanencia de un foco de desestabilización en el Caúcaso. En concreto, se reforzaría a Georgia, buscando una aproximación de Azerbayan a Turquía. Y en todo ello participarían, de alguna manera, Estados Unidos, Arabia Saudita y Turquía.

 

Los retos de Putin.

            Putin deberá enfrentarse a cuatro grandes retos: la política “autonómica”(las relaciones entre el centro y la periferia de casi un centenar de repúblicas), la relación con occidente, la estabilización económica y la política “institucional” (por lo que respecta al mantenimiento de una Constitución autoritaria o su modificación hacia otros modelos). Respecto a esta última, preocupa el espacio que pueda dejar en el futuro a la libertad de la Iglesia Católica, en función del papel que progresivamente se va concediendo a la Iglesia Ortodoxa en el “rearme moral” del nacionalismo ruso.

            Muchos interrogantes que carecen de respuesta, de momento. En cualquier caso, el nacionalismo ruso, instrumentalizado por unos u otros, seguirá siendo un actor fundamental en la política mundial.

 

Anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 32, abril de 2000

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