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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

El maltrato de los hijos como instrumento de venganza contra la ex-pareja.

El maltrato de los hijos como instrumento de venganza contra la ex-pareja.

Ya es bastante común, entre las cada vez más numerosas rupturas contenciosas de parejas en las que existen hijos menores, la siguiente estampa: un niño o una niña, de la mano de su madre (en el 95% de esos supuestos la custodia se les asigna judicialmente a ellas), al encontrarse casualmente con el progenitor alejado, en el colegio o en la calle, mira al suelo o a la pared, se asusta y se “pega” a la madre, siendo incapaz de saludarle. Pero, lo sorprendente del caso, es que, en otras circunstancias más amables, por ejemplo en los espacios que comparten con ese progenitor apartado de su vida, el comportamiento es completamente distinto: juega sin parar, busca su contacto, habla y habla, se muestra contento y alegre… Entonces, ¿qué está pasando? ¿Es normal?

 

Docentes, trabajadores de los Servicios Sociales y de los Puntos de Encuentro, integrantes de los Juzgados de Familia, psicólogos y psiquiatras especializados, etc., nos ofrecen, desde su amplia experiencia, una explicación bastante lógica. Así, mediante ese comportamiento, que inicialmente pudiera parecer poco significativo, el menor evitaría un conflicto, persiguiendo -consciente o inconscientemente- el no desairar al progenitor con el que convive habitualmente. No en vano, y en caso contrario, se expondría a diversas tácticas agresivas: deprivaciones afectivas, discursos con los que pretende “demonizar” a la ex-pareja, pequeñas represalias materiales…

 

Semejante explicación, por muy dramática que sea, es bastante coherente. Pero, lo más chocante –en este contexto- es la resignación con que esos cualificados agentes sociales observan y describen tan tristes situaciones.

 

En principio, el asustarse ante la presencia de su progenitor, o evitarle, no son  reacciones naturales ni deseables. Mucho más lógicas son las muestras de alegría, de interés o, al menos, de curiosidad. Ese repliegue afectivo y evitacionista será, entonces, fruto de otros factores exteriores: un conflicto abierto, las dinámicas de poder impuestas por el progenitor que pretende alejar al otro de la vida de su hijo, el ánimo justiciero o de venganza... De una intromisión violenta, en suma.

 

Nos situamos, de este modo, ante una de las primeras manifestaciones –aparentemente irrelevante, incluso- de una auténtica agresión psicológica contra el hijo. Y si se aprecia uno de esos comportamientos, tan dolorosos para los padres como para los menores que los sufren en primer lugar, se le responderá con algún cliché al uso: “no hay nada que hacer”, “es una consecuencia lógica del proceso”, “es un mecanismo de defensa del menor ante el conflicto”, “no es para tanto”, etc. Excusas y coartadas de la impotencia, la pasividad… o la comodidad de quienes no pueden -o no quieren- tomar la iniciativa.

 

Pero, si en el contexto de un conflicto contencioso entre sus padres, el menor agrede a uno de ellos, o se fuga de casa, o comete un acto delictivo, o intenta suicidarse, todas ellas manifestaciones dramáticas de un profundo sufrimiento psicológico, entonces algunos de esos mismos profesionales se echarán las manos a la cabeza y se preguntarán cómo se pudo llegar a una situación tan terrible. Y será mucho más difícil ponerle remedio. Y muy fácil afirmar el tan manido “se veía venir”.

 

Algunas/os empiezan manipulando al menor para que se comporte de un determinado modo en sus encuentros con el otro progenitor; y terminan aplicando técnicas más gruesas de lavado de cerebro, maltrato psicológico, castigos físicos, manipulación afectiva, etc. Pero lo que quieren, ante todo, es “castigar” al “ex”; aunque para ello distorsionen la realidad, confundan verdad con mentira, no respeten regla alguna… Quienes así se comportan, en suma, consideran que los hijos son de su propiedad, aunque lo adornen patológicamente con sobreprotección; pues ni protegen realmente al menor, ni mucho menos persiguen su bien. Algo perverso, ¿no? Para que luego algunas/os afirmen que el “Síndrome de Alienación Parental” no existe.

 

¿La alternativa?: tolerancia cero; también con esa modalidad de maltratos. Y desde sus inicios. Pero de verdad. Y con todas/os.

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 15 de octubre de 2007

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