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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Que no se olvide nunca qué son realmente, y por qué, los terroristas.

Pamplona ha vuelto a ser caja de resonancia de una de las propuestas del Foro Ermua. Y así debía ser, no en vano ha sido el máximo directivo de la patronal navarra, José Manuel Ayesa, quien viene denunciando la extorsión que siguen sufriendo, aunque sea con modos más suaves (lo decimos con la correspondiente carga de ironía), los empresarios de estas tierras, por obra y gracias de los de siempre: de ETA. “Denunciar lo evidente no es política partidista. Intentar provocar una reacción positiva de los gobernantes para acabar con la extorsión no es política partidista”, afirmó rotundamente el empresario navarro. Inútil prevención, tememos.

En el contexto de la I Conferencia de Libertad del Foro Ermua, se presentó el jueves 20 de julio y ante los medios de comunicación, la “Plataforma de Empresarios Constitucionalistas del Foro Ermua”.

Su manifiesto, allí leído, excede la mera denuncia o el propósito, loable e imprescindible, de fortalecer a la resistencia cívica frente al terror, la manipulación política y mediática, y el olvido. Alcanza el grado de un auténtico juicio moral a algunas actitudes -de enorme trascendencia social- que persiguen pasar por alto cuestiones muy relevantes. No vamos a reproducir el texto, que recomendamos a los lectores lo mediten y hagan propio (puede consultarse íntegramente en http://foroelsalvador.blogia.com/2006/072005-manifiesto-de-la-plataforma-de-empresarios-constitucionalistas-del-foro-ermua..php), pero intentaremos destacar algunos aspectos relevantes de lo que escuchamos y las reflexiones a que nos condujeron.

No es ético, ciertamente, que por miedo, simpatía, o mero cálculo economicista, se financie a ETA: ese dinero puede servir, como ya ha servido, para que cientos de personas sean asesinadas y tal organización terrorista perviva en una Europa que, afortunadamente, se ha deshecho de monstruos semejantes. Evidente. Pero no tanto; pues las motivaciones citadas son muy distintas y, éticamente, no pueden enjuiciarse análogamente.

Esta denuncia se relaciona indisolublemente con otra cuestión: el sentimiento de desprotección. Y es bueno que se diga, pues pone en evidencia a unos poderes públicos que, casi sin excepción, no se han empleado a fondo contra el terrorismo. Tal experiencia y sentimiento los han vivido, antes o después, otros colectivos españoles: miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, derechistas, militantes antinacionalistas de la izquierda españolista, militares, jueces, intelectuales, funcionarios de prisiones… Y si algo une a todos ellos -además del dolor íntimo, solitario e incomprendido sufrido en las propias carnes y afectos- es esa misma percepción. El Estado pudo haber hecho más. En el plano exterior, en la política penitenciaria, en la represión y prevención de los delitos terroristas, en la batalla de la opinión… Y no hacerlo supuso muertos y sufrimiento sin fin. El marco legal existía, el impulso ético también al igual que el mandato popular, los medios humanos y materiales se podían haber habilitado. Pero faltó conciencia, voluntad, y un análisis riguroso de los peligros reales y de la entidad del enemigo.

El segundo gobierno Aznar fue, acaso, la mayor excepción. Pero José Luis Rodríguez Zapatero ha valorado que hay que seguir otra vía discutible, poco coherente, que unos pocos -además de él mismo- conocen. ¿Quién dijo aquello de que los experimentos únicamente con gaseosa?

En este contexto, la lucidez de los redactores del manifiesto es profética. Así, han llegado a una conclusión obvia pero que, pese a ello, se elude constantemente: hay que defender la verdad. Y para ello hay que analizar y descubrir los mecanismos perversos que la desmemoria y la caradura política, por no hablar de traición, despliegan como aval, autojustificación, y mayor gloria propias. Por acción, recordemos, pero también por omisión. ¿No nos lo enseñaron así?

La retórica izquierdista que asocia a empresarios con la reacción y el no reconocimiento de lo evidente (que la extorsión persistirá en tanto exista la propia ETA, por ejemplo), deben dejar paso y espacio al único comportamiento ético admisible. Por ello han reclamado amparo ideológico y social, además del policial y judicial. Una batalla de opinión, por los corazones y las mentes, que puede llegar a perderse por las mismas razones que otras batallas también se perdieron, o no se culminaron con su lógico y previsible éxito: por falta de conciencia y de voluntad y la ausencia de un análisis riguroso del reto terrorista y de su tipo humano.

Los terroristas, y la contrasociedad que han edificado, se mueven por impulsos políticos e ideológicos. Además han cometido gravísimos delitos comunes. Y los seguirán cometiendo (¿cómo va a seguir funcionando una compleja organización terrorista sin dinero?). Por ello no se puede olvidar jamás la verdadera naturaleza del desafío terrorista y de la calaña de sus hombres y mujeres. No son meros delincuentes o mafiosillos. Tampoco héroes. Pero saben lo que quieren. Y su gente no permitirá que lo olviden. Independentzia eta sozialismoa.

Al Estado le corresponde diseñar y ejecutar una imprescindible y proporcionada respuesta democrática. Y a la sociedad, crecer, resistir y crear. Pero ambas –Estado y sociedad- no deben caminar desacompasadas. Cuando se produce la divergencia, ahí está la tentación y la posibilidad del despotismo y el autoritarismo, cuando no del totalitarismo, de los todopoderosos Y del fracaso colectivo.

Páginas Digital, 21 de julio de 2006 (http://www.paginasdigital.es)
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