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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Carta con "talante" a un sacerdote gruñón.

El pasado viernes 8 de octubre se publicó, en este diario, un texto de D. Antonio Naval Mas titulado “Comunión y Liberación, la fe y la estafa”; cuya lectura me produjo cierta desazón, pues, además de apoyarse en imprecisiones subjetivas, destila prejuicios y resentimiento.
            Tengo 43 años, estoy casado y tengo dos hijos. Participé en la presentación, en Zaragoza, del libro “Por qué la Iglesia”, de Luigi Giussani; circunstancia de la que se sirve para su desahogo. Efectivamente el ponente D. Antonio Calvo fue crítico con algunos aspectos. Pero partió y finalizó desde aquello que nos une como católicos. No es común que un ponente, en cualquier convocatoria, cuestione elementos de la misma; así se demostró la falta de complejos de Comunión y Liberación, CL, en lo sucesivo, que no tiene reparos en dialogar –también en público- con cualquiera.
            No creo que sirva para nada cuestionar si los asistentes fueron 60 u 80 más o menos jóvenes… Podría reseñarle actos de CL en los que los asistentes eran miles de jóvenes, frente a otras convocatorias, de gran resonancia mediática, de ancianos teólogos, con una media de edad entre los asistentes superior a los sesenta años. ¿Y qué?
            La lectura de la carta me recordó una vieja experiencia. Después de unos cuantos años viviendo de espaldas a la Iglesia, volví a ella gracias al reencuentro fortuito con unos amigos, de antiguas militancias radicales. Pude conocer las razones de su renovada alegría: el encuentro con otras personas que, en el camino del seguimiento a Jesucristo propuesto por CL, estaban felices y plenos, y que también me ayudaron a descubrirme verdaderamente como soy. Así lo manifesté a un sacerdote con el que tuve ocasión de hablar en un encuentro de diversas realidades eclesiales en Pamplona. Pero, después de escuchar mi periplo, se limitó a espetarme: “a los de CL se os acusa de…” Lástima. La crítica por la crítica, junto al prejuicio y las propias pretensiones, no llevan a ninguna parte. Rectifico; sí llevan, pero a la soledad y a la tristeza.
            En CL no idolatramos nada. Y la tradición, faltaría más, es importante (¿somos católicos o seguimos una “espiritualidad de cafetería”?). Servilismo, ¿dónde? Mi experiencia es otra. La libertad es regla incuestionable de comportamiento, pues de eso se trata: contrastar las propuestas de la Iglesia con las exigencias del corazón. Es decir, con el afán de belleza, sentido, afecto, verdad, justicia, amor… Nunca, en mis 18 años de relación con CL, se me ha impuesto nada: soy escuchado y respetado. Pasamos de chismes clericales y tratamos de afrontar las cuestiones importantes de la vida en lo cotidiano. Naturalmente, esto, desde fuera, puede intentar entenderse o, cosa distinta, interpretarse. Allá cada uno. Seguramente, D. Antonio he hecho más de lo segundo que de lo primero…
            Mi pertenencia a la Iglesia es fuente de alegría, de libertad y de responsabilidad. Lamento que para otras personas sea causa de disgusto e intransigencia. Creo que la Presencia que nos ha alcanzado explica todo bien y todo mal. Y me gustaría que más personas pudieran así gozarlo. Por ello la Iglesia pide libertad: para comunicar su Tesoro a todos. Y, una cosa es el laicismo, y otra la confesionalidad laicista anticatólica.

            En serio, hombre, menos “mala leche” y ¡un poco de talante!

Sección de "Cartas al Director".

Diario del Alto Aragón (Huesca). Octubre de 2005.
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