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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

«Escenarios» de una previsible «hoja de ruta» propiciados por el anuncio de tregua de ETA.

                Se venía esperando desde hacía meses, hasta el punto de que ya parecía haberse convertido en una auténtica «leyenda urbana». No obstante, en el fin de semana pasado se produjeron dos hechos, en el mundo nacionalista vasco, que prefiguraban la tregua. Veámoslos.

 

  1. El anuncio de una manifestación unitaria de todo el nacionalismo, salvo el PNV, para el próximo 1 de abril en Bilbao bajo el lema «Konponbide garaia da. Euskal Herria. Erabakia. Adostasuna»  (Es tiempo de soluciones. Euskal Herria. Decisión. Acuerdo).
  2. Recambio en el instrumento mediático y negociador más próximo del PNV, Elkarri, transformándose en Lokarri; y celebrando el sábado 18 su primera manifestación con el lema: «acuerdo, consulta y reconciliación».

 

No existen muchas diferencias, aparentemente, entre ambas propuestas; pero subyace la pugna por el liderazgo del conjunto del nacionalismo vasco, lo  que se traduciría –más allá de los objetivos genéricamente compartidos- en los límites materiales y formales de la propuesta de paz, su calendario (más o menos comprimido) y sus instrumentos específicos.

 

El objetivo final está claro: el ejercicio del derecho de autodeterminación por TODOS los vascos, lo que incluye, evidentemente, a los navarros. De modo que hasta después de las elecciones municipales y Forales del año 2007, según resultados, o ya transcurridas las generales del 2008, el PSOE no se atreva a incluir a Navarra, de una u otra forma, en el proceso, al menos de manera explícita.

 

¿Cómo ejercer el derecho a la autodeterminación?: por medio de un referéndum lo más «democrático» posible; lo que en clave nacionalista quiere decir que el triunfo de la opción independentista esté casi asegurado (¿acaso sin Ejército español, sin Guardia Civil…?). Pero, para que tal referéndum sea factible y aceptable para todo el nacionalismo, hay que recorrer varias etapas articuladas en diversas mesas:
1.                    Mesa de los partidos nacionalistas y sus agentes sociales. Las dos iniciativas  antes mencionadas debieran confluir unificando objetivos y calendario; en aras de una mayor eficacia: la unidad de acción permite avanzar, la división debilita. Pero, aunque no se alcance un consenso, trabajarían en la siguiente.
2.                    Mesa de todos los partidos vascos «sin exclusiones», de modo que sus acuerdos puedan, idealmente, tramitarse por medio del Parlamento de Vitoria a efectos de mantener el formalismo institucional que evite una evidente ruptura constitucional. Con el precedente del «plan Ibarretxe», la «carretera» del Estatut habría que transformarla en «autopista» para alcanzar objetivos más ambiciosos.
3.                    Mesa de ETA y el Gobierno español, a efectos técnicos: cese del acoso judicial, situación de los presos (tema decisivo, pues deben contentar a miles de familiares ansiosos), aspectos relacionados con un eventual y progresivo desarme, retirada parcial del Ejército y la Guardia Civil…

 

El contexto derivado de la inicial aprobación del Proyecto de Estatut, ayer martes 21 de marzo, desvela que el actual marco constitucional ha sido parcialmente desbordado. Vamos encaminados, por esa «carretera», a un cambio de Régimen que desemboque –transitoriamente- en una España confederal, estadio intermedio para la secesión de las «naciones» que así lo determinen (por referéndum).

 

A corto y medio plazo, con esta «oportunidad» (¡ser el partido de la paz!), el PSOE tiene la posibilidad de volver a ganar las elecciones municipales del año próximo y las legislativas del 2008; salvo que ETA mate, que no lo hará al tratarse de un proceso de años que, acaso, requiera nuevas mayorías parlamentarias facilitadoras de un proceso constituyente: de la Ley a la Ley, formalmente legal, pero materialmente rupturista.

 

El Partido Popular sólo tiene una opción: colaborar con el Gobierno en un previsible diálogo, pero como garante intransigente de la unidad nacional y constitucional. Quedarse fuera supondría, mediáticamente hablando, seguir siendo el «partido de la guerra», frente a los «deseos infinitos de paz» de Zapatero, de la sociedad vasca… y ¿de quién no? Y mientras tanto, impulsar todo tipo de iniciativas cívicas unitarias, el empleo de recursos legales e institucionales, etc.

 

Aunque se empeñen los nacionalistas, Francia no se moverá ni un milímetro, pues el nacionalismo vasco –muy dividido además- apenas representa un 10% de los votos en los departamentos vascos. El Estado francés jamás cederá a ninguna fórmula confederal o análoga que lo rompa: son jacobinos, de los de verdad. Y no cederá ante los nacionalistas, pero tampoco ante ningún Gobierno español en deriva hacia su desintegración: ni el País Vasco es Irlanda, ni Iparralde es el Ulster… ni Francia es Gran Bretaña.

 

Pero, si Euskal Herria es la futura Irlanda, ¿Navarra será el Ulster del pasado mañana? Tratarán de evitarlo, evidentemente. Pero todo ello, al menos, después del 2008.

 

Y mucha paciencia, que nos vamos a hartar de palabras. Unas importantes, muchas superfluas, pero todas a considerar.

 

 

Páginas Digital, 23 de marzo de 2006
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