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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

España desde la mirada de Ramón Pi: una entrevista a la actualidad.

Reflexiones en torno a la actualidad sociopolítica española desde la experiencia y la mirada privilegiada de un testigo de excepción.

 

Ramón Pi es uno de los periodistas españoles más conocidos y experimentados hoy día; trayectoria avalada por una larga experiencia profesional y el ejercicio de su vocación periodística desde la coherencia y la fidelidad al ideal y marcado por una inequívoca experiencia religiosa. Actualmente trabaja en Radio Nacional de España, Popular TV, Grupo Intereconomía… Hemos querido conocer sus opiniones en torno a una actualidad sociopolítica marcada por la ofensiva desatada contra la familia desde el poder dominante en España.

 

Pregunta: ¿Católicos en el periodismo o periodistas católicos?

 

Respuesta: Son modos de decir más o menos lo mismo. Periodistas solventes, y católicos fieles.

 

P.: ¿No corremos el riesgo de que los periodistas católicos sobrevivan atrincherados en grupos afines o en los medios estrictamente religiosos?

 

R.: Es posible que se llegase a una situación así, si la persecución fuera un hecho lo bastante grave. Creo que no estamos en eso en España, todavía. En la Alemania nazi, los grupos humanos perseguidos por Hitler no pudieron ni siquiera atrincherarse.

 

P.: ¿No echa de menos la existencia, en España, de un diario, electrónico o impreso, que juegue el papel que en su día desarrollaron El Debate o Ya?

 

R.: No es fácil contestar a esto. En nuestra tradición, los periódicos han sido, y son, lugares de encuentro de grupos políticos, sociales, religiosos, que se reconocen en sus páginas y su línea editorial. Si se acosa lo bastante a los católicos, creo que inevitablemente se echará de menos un diario de papel (aún estamos en la galaxia Guttenberg) de estas características, aunque no del mismo modo que en la época de El Debate o Ya: una publicación confesional y entroncada con la jerarquía de la Iglesia me parece hoy más problemática que entonces. De hecho, creo que ya empieza a apreciarse cierto deseo de algo así, porque ni “ABC” ni “La Razón” responden a este patrón. Tal vez “La Gaceta” cumpla un papel parecido, pero su condición de diario económico es un inconveniente grave para que se convierta en el diario de referencia de millones de católicos. Por otra parte, es muy caro poner en los quioscos un diario con aspiraciones de ser un referente nacional. ¿Hay gente suficiente para arriesgar muchísimo dinero en una aventura así? Tengo mis dudas.

 

P.: Se denuncia, por todas partes, la imposición planetaria de un supuesto “pensamiento políticamente correcto”. El mismo, según su criterio, ¿se trata de un producto intelectual del neoliberalismo y del neoimperialismo,  conforme denuncian algunos, o es expresión de un poder transversal mundial mucho más profundo y sutil?

 

R.: Más bien lo segundo. No sé bien qué son el neoliberalismo o el neoimperialismo. Éstas son expresiones acuñadas con intención descalificadora por los restos del naufragio del comunismo soviético. La “corrección política” es, a mi modo de ver,  el resultado de un pensamiento antropológico que desvincula al hombre de la naturaleza, y a la naturaleza de Dios. La víctima es, claro está, el hombre. Eso no es nuevo, pero gracias a los avances científicos y técnicos se está llevando a consecuencias lógicas a las que hasta ahora nadie se había atrevido a llegar. Sufre el hombre, sufre la libertad, sufre la sociedad.

 

P.: Desde su experiencia y conocimiento, ¿qué futuro le aguarda, a la familia española, ante el inevitable impacto de la batería de medidas legislativas, del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que pretende modificar su faz?, ¿acaso su lento declinar o la progresiva configuración de una sociedad “paralela” como fórmula de resistencia?

 

R.: No sé si se puede generalizar, porque cada familia es un mundo. No cabe duda de que lo que usted llama batería de medidas legislativas tendrá efectos devastadores en muchas familias, por la tendencia a creer que lo legal es también moralmente aceptable. Pero también creo que otras muchas familias necesitaban un revulsivo que les hiciera cobrar conciencia cabal de los retos a que se enfrentan las próximas generaciones, y reaccionar en consecuencia. Más que de “sociedad paralela como fórmula de resistencia” yo hablaría de “sociedad renovada como fórmula de regeneración”. Hay mucho trabajo por delante, y no se trata de resistir, sino sobre todo de regenerar.

 

P.: ¿Goza de buena salud el movimiento en defensa de la vida que tanto conoce, apoya y estima?

 

R.: Un amigo mío me decía que cada vez que las organizaciones defensoras de la familia y la vida hacían algo, nos encontrábamos siempre los mismos doscientos. Exageraba, desde luego, pero el comentario nos puede poner sobre la pista de la considerable desorganización de eso que usted llama “movimiento”, que vive en estado bastante gaseoso. A lo mejor es bueno que eso sea así. No lo sé. Es probable que todo eso tenga que ver con lo que decíamos antes de la ausencia de un poderoso grupo mediático en el que se reconozcan tantos millones de personas que hoy se sienten acosadas desde el poder.

 

P.: ¿Católicos en partidos políticos o partidos católicos?

 

R.: ¿Por qué no ambas cosas? Si hay que elegir, prefiero católicos en los partidos que partidos vinculados a la jerarquía eclesiástica, aunque lo mejor quizás fuera que hubiera partidos políticos que, sin ser confesionales ni llamarse católicos o cristianos, asumiesen la doctrina de la Iglesia en lo referido a asuntos de tejas abajo. El cristianismo no es una rareza para tipos estrafalarios; al contrario, su interpretación del hombre, del mundo y de la vida es antropológicamente equilibrada, y perfectamente asumible por los no creyentes. Creo que era Norberto Bobbio quien decía que la Declaración Universal de los Derechos Humanos podrá traducirse en realidades en todo el mundo, siempre que no se pregunte por sus fundamentos, que son -añado yo- de cuño inequívocamente cristiano, y Bobbio lo sabía.

 

P.: ¿Qué memoria guardará la Historia, según su opinión, de Juan Pablo II?

 

R.: No tengo la bola de cristal, pero creo que no hace falta para prever que Juan Pablo II pasará a la historia de la Iglesia como uno de los grandes Papas, y grandes santos.

 

P.: ¿Qué espera, Ramón Pi, del pontificado de Benedicto XVI?

 

R.: Estoy leyendo (a veces releyendo) textos del cardenal Ratzinger, y me parece que hay que dar muchas gracias a Dios por habernos regalado a este buscador infatigable de la Verdad, la Bondad, la Unidad, el Amor. Siento que el Papa Benedicto XVI va a ejercer una labor enormemente estimulante para toda la Iglesia, para que no se aparte del Camino, la Verdad y la Vida. Lo que espero de su pontificado es lo mismo que de los demás: que sea un paso adelante más hacia la Ciudad de Dios.

 

P.: Los católicos españoles, ¿nos merecemos el acoso que estamos sufriendo? ¿Tendremos que testimoniar más y mejor nuestra fe o plantear batalla en todos los foros públicos y privados posibles?

 

R.: Respondo que sí a todo lo que se plantea en esta pregunta. Creo que los católicos españoles tenemos bastante merecido lo que nos pasa, aunque no somos los responsables en manera alguna: los responsables de esta persecución son los perseguidores, no los perseguidos. Pero, como digo, nos está bastante bien empleado, porque mucho del catolicismo español externo está hueco.
En consecuencia, creo también que tendremos que incorporar más y mejor la fe a nuestra vida, y hacer valer, desde luego, nuestros derechos como ciudadanos en todos los foros posibles y con todos los medios lícitos a nuestro alcance. Cuando el gobernador Festo quiso llevar detenido a Jerusalén a San Pablo (que estaba bajo arresto domiciliario en Cesarea) para contentar a los sanedritas que querían someterlo a una farsa de juicio, Pablo hizo valer su condición de ciudadano romano y apeló al César, y Festo hubo de llevarlo a Roma escoltado. (Hch, 25). Esto no significó que al final Pablo se librase de morir mártir, que no se libró, pero hizo lo que debía.

 

P.: ¿Qué raíces, considera Vd., mantienen vivo al virulento laicismo anticatólico de sectores sociales españoles bastante significativos y particularmente unidos a los actuales “poderes fácticos”?

 

R.: Ya he mencionado antes los restos del naufragio del comunismo soviético, reciclados, por así decir, hacia los nuevos dogmas de la corrección política (multiculturalismo, relativismo moral, etc.), de los que se deriva -en España y en todo el mundo, de modo especial Occidente- una actitud particularmente agresiva contra la Iglesia católica; ésta me parece que es una de las raíces por las que me pregunta. El desplome del comunismo soviético dejó a la izquierda occidental sin suelo bajo los pies, así que la distinción entre izquierda y derecha se circunscribe cada vez más a cuestiones relacionadas con la corrección política y, de manera especial, de naturaleza religiosa. Esto es una superchería más, y no será la última: el laicismo virulento sólo puede apoyarse sobre la mentira.
Además, si me permite una sonrisa, hay que tener en cuenta la vieja tradición española, que Unamuno expresaba como la de ir siempre detrás de los curas, o con un cirio o con una estaca. En esto nuestros laicistas son de lo más tradicional.

 

P.: Algunos echamos de menos la madurez de algunas izquierdas europeas capaces de dialogar creativamente con los sujetos católicos más vivos de sus respectivos países. ¿Por qué no sucede esto en España? Semejante incapacidad, ¿es una carencia exclusiva de la izquierda o la propia Iglesia arrastra una carga de culpa al respecto?

 

R.: En el resto de Europa no hay que creer que atan los perros con longanizas. Los católicos lo pasan peor que en España, por regla general. Recordemos, por ejemplo, lo que le ocurrió a Rocco Buttiglione en el Parlamento Europeo cuando se le iba a designar para la Comisión y fue objeto de un linchamiento moral indigno precisamente por ser católico. La Iglesia en España no tiene ninguna culpa de que la izquierda sea tan sectaria.

 

P.: Para finalizar, nos permitiremos una pregunta muy personal; si no tiene inconveniente en respondérnosla. ¿En qué o quien se apoya Ramón Pi para poder mantenerse fiel a sus convicciones, pese a la marea relativista y anticatólica desatada en los últimos lustros?

 

R.: No sé si esta pregunta es una especie de “telegrama con respuesta pagada”, porque no tengo más remedio que contestar como lo haría cualquier bautizado que quisiera vivir su fe: no existe otro apoyo que el de la Gracia. La cosa no tiene, pues, ningún mérito, y en mi caso, además, todavía menos. Una vez, un grupo de periodistas almorzábamos con Marcelino Camacho, todavía secretario general de Comisiones Obreras, y discutíamos sobre las virtudes de la libertad económica y los inconvenientes del intervencionismo. En cierto momento nos dijo: “No pretenderéis hacer que este viejo fraile se cambie de convento, ¿verdad?” A mí me ocurre algo parecido: ya tengo edad suficiente para comprender que no es cuestión, a estas alturas, de andar cambiando de convicciones, y menos sin motivo.

 

Muchas gracias.

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 98, octubre de 2005
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