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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Máscara y rostro del totalitarismo del siglo XX: Li Zhensheng. Un fotógrafo chino en la Revolución Cultural.

Una magnífica exposición, que recoge algunas de las fotografías de un testigo privilegiado de la Revolución Cultural china, muestra buena parte de las facetas más controvertidas de uno de los experimentos totalitarios más sangrientos del siglo XX.
Una gran exposición.
Esta exposición, organizada por la Fundación “La Caixa” y presentada inicialmente en 2003 en París, todavía puede ser visitada en Zaragoza en la sala municipal de la Casa de los Morlanes (Plaza de San Carlos, 4) hasta el día 17 de julio.
Li Zhensheng trabajaba, hacia 1960, en el “Diario de Heilongjiang”. Testigo privilegiado, en su calidad de fotógrafo propagandista al servicio de los movimientos que la impulsaron, de la épica Revolución Cultural china, también será una víctima más; en un proceso por supuesto desviacionismo ideológico. Por ello, durante dos años trabajará en el campo desempeñando los trabajos manuales más duros. También, esconderá buena parte de sus miles de negativos fotográficos bajo el suelo de su apartamento; reincorporándose a su antiguo periódico, ya como su director, hacia 1972. Una década después se traslada a Pekín como docente de Periodismo en el Instituto Internacional de Ciencias Políticas de la Universidad, hasta su jubilación.
La exposición recoge unos dos centenares de magníficas fotografías en blanco y negro y perfectamente concebidas que, si bien muchas de ellas en su día entrarían en la categoría de propaganda, desvelan el verdadero carácter de la Revolución Cultural china: una manifestación brutal del totalitarismo que enajenó por completo la vida de esa nación.
Manifestaciones multitudinarias, representaciones teatrales propagandísticas, procesos a dirigentes revisionistas del partido, ejecuciones, vejaciones, trabajos multitudinarios de miles de personas desalinizando terrenos destinados al regadío..., ningún aspecto de la revolución escapa al ojo crítico del fotógrafo. Es una paradoja: lo que pudo ser exaltación de una de las fases de la revolución, con el transcurrir de los años se descubre como su denuncia. La máscara y el rostro.
Cinco secciones.
La exposición está dividida en cinco partes, coincidentes con otras tantas fases en que puede dividirse la Revolución Cultural.
La primera se denomina “Rebelarse es bueno” (diciembre de 1964 a abril de 1966). En esos años, el Movimiento para la Educación Socialista, impulsado por Mao Tse-tung, lanza una campaña contra las desviaciones ideológicas del Partido Comunista y contra la corrupción en todos los ámbitos de la vida pública china. Equipos de trabajo procedentes de la ciudad, durante un año, se trasladan a medios rurales donde organizarán concentraciones, manifestaciones, obras de teatro y sesiones críticas contra los cuatro elementos perniciosos: terratenientes, campesinos ricos, contrarrevolucionarios y otros.
“¡Bombardead el cuartel general!” (mayo a septiembre de 1966), es la segunda fase. El 16 de mayo se lanza formalmente la Gran Revolución Cultural Proletaria: “Todo el Partido debe seguir las consignas del camarada Mao Tse-tung, mantener en alto la bandera de la Revolución Cultural Proletaria, denunciar sin concesiones la posición burguesa reaccionaria de las denominadas autoridades académicas que se oponen al Partido y al socialismo, condenar y repudiar las ideas burguesas reaccionarias en el campo del trabajo intelectual, la educación, el periodismo, la literatura, el arte y la prensa, y tomar las riendas de estos ámbitos culturales”. A su vez nacen los Guardias Rojos, quienes movilizarán a la nación, organizando manifestaciones gigantescas, procesando a todo tipo de autoridades anteriores, llegando en su crítica revolucionaria a niveles esperpénticos, como el recogido en la secuencia fotográfica de Li Fanwu, máximo cargo del Partido en la región, cuando es denunciado como “arribista” ¡por su peinado parecido al de Mao!
“El sol rojo en nuestros corazones” (octubre de 1966 a abril de 1968). Es la fase conocida como culto a la personalidad, en la que Mao es elevado a la categoría de un dios por la llamada “banda de los cuatro”, que lidera su propia mujer, Jiang Qing, y que llevará su imagen y sus palabras, especialmente las recogidas en el “Pequeño Libro Rojo” de Mao, a todos los hogares, centros de trabajo, escuelas, calles y rincones de la geografía china. Esta fase será testigo de las luchas internas entre diversas facciones de los Guardias Rojos, que ensangrentarán toda china en una espiral de violencia, siendo recogidos algunos episodios por las cámaras de nuestro fotógrafo. Por ejemplo, la lucha por la “captura” de un autobús propagandístico.
“La revolución no es una cena de gala” (abril de 1968 a septiembre de 1972). Consolidado su poder, Mao disuelve a los Guardias Rojos y lanza otro movimiento de masas: el Programa de las Escuelas de Mandos 7 de Mayo, que combina por toda China el trabajo manual con sesiones de adoctrinamiento masivo e intensivo a partir del estudio de los escritos de Mao. Su objetivo: la erradicación del sistema de clases.
“Morir luchando” (septiembre de 1972 a octubre de 1976). Es el último apartado de la exposición. China es objeto de una lucha entre los ortodoxos liderados por la esposa de Mao, empeñados en una permanente lucha de clases, y las corrientes modernizadoras de Zhou Enlai y Deng Xiaoping. Muerto Mao el 9 de septiembre de 1976, un mes más tarde, los líderes de la “banda de los cuatro” serán detenidos, frenándose algunos de los excesos revolucionarios.
Totalitarismo y comunismo.
Las fotografías expuestas son de una extraordinaria calidad: magníficamente encuadradas y estudiadas, parecen ser el fruto de una depurada técnica cinematográfica o de concienzudas puestas teatrales en escena. El autor persigue, no obstante el oficial criterio propagandístico, la captación visual de los sentimientos humanos de los retratados: humillación, entusiasmo, fanatismo, ilusión, alegría, dolor, sufrimiento... En una de las fotografías, por ejemplo, un grupo de monjes budista portan un cartel denigratorio de sus convicciones religiosas: el autor pidió les pidió que levantaran sus rostros, de modo que cada uno de ellos se muestra como un verdadero libro que rezuma profundo dolor. Pero hay más. Autorretratos en los que imita diversos modelos revolucionarios. Un proceso, contra periodistas desviacionistas, liderado por nuestro fotógrafo, ¡cuyo lugar ocupará él mismo pocos meses después! No falta el humor, como una fotografía de su boda en la que los dos esposos portan un cartel, a modo de los empleados en los procesos públicos de depuración, en el que se anuncia “matrimonio en viaje hacia el socialismo”. Y siempre la imagen omnipresente e inaccesible de Mao y sus rimbombantes consignas.

Nos situamos ante el retrato desnudo de una de las expresiones más dramáticas del totalitarismo en el siglo XX. Pero, ¿qué entendemos por totalitarismo? Proponemos la siguiente definición aproximativa: la divinización del Estado absoluto que exige la total subordinación de los grupos sociales, del individuo y de la conciencia de cada uno de ellos, a sus dictados políticos y culturales, sirviéndose para ello también del empleo arbitrario y decidido de la violencia. Conforme este concepto, el Estado se atribuye un poder ilimitado, prescindiendo de los derechos fundamentales del hombre y sin reconocer la división de poderes. Pero no existe una única modalidad de régimen totalitario; así, comprendería a todos los diversos regímenes que nacen y se desarrollan con una pretensión de totalidad, de modo que llegan a la asunción de la sociedad entera por el Estado, sacrificando toda razón a la “razón de Estado”. Todos los experimentos comunistas lanzados a lo largo del siglo XX entran dentro de esta categoría. También el comunismo chino y, particularmente, la Revolución Cultural que tantas simpatías ganó entre muchos intelectuales y universitarios occidentales a partir del mayo del 68 y que, por ejemplo, en España originó algunas formaciones de extrema izquierda, como la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), el Partido del Trabajo de España (PTE) y su Joven Guardia Roja (JGR), el sanguinario PCE (r) y su GRAPO, el Movimiento Comunista de España (MCE, nacido de una escisión de ETA), y numerosos otros grupúsculos. Por cierto, muchos de sus militantes, y algunos de sus dirigentes, terminaron en las filas del PSOE, sin que tengamos constancia de que jamás hayan mostrado arrepentimiento alguno de su adhesión intelectual a la “limpieza ideológica y de clase” allí perpetrada. Pero también fueron maoístas los comunistas que consumaron el genocidio camboyano, o los que lanzaron una de las guerrillas terroristas más crueles que ha conocido el final del siglo pasado: Sendero Luminoso, en Perú. No obstante, conocemos las excusas de estos burgueses cómplices y vividores: “las intenciones y las ideas eran buenas, pero utópicas, y por ello se incurrió en excesos”. Un razonamiento infantil  y demagógico que no les exculpa y que ignora el infinito sufrimiento humano ocasionado. Ya se sabe: para los marxistas la colectividad es todo y la persona, nada. Y, el que tuvo, retuvo; que diría el castizo.

                La exposición constituye, por todo ello, una magnífica oportunidad para adentrarse en la naturaleza, manifestaciones y efectos de la Revolución Cultural; uno de los experimentos totalitarios más deslumbrantes y dramáticos del siglo XX.
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 94, junio de 2005

 

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