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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“Mussolini” (Península/Atalaya).

R. J. B. Bosworth. “Mussolini”. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Ediciones Península. Barcelona. 2003. 636 pp.

 

 

El fundador del fascismo sigue generando, todavía hoy, cierto interés entre los historiadores. Formando parte destacada del grupo de dictadores del siglo XX, todo indica que fue un personaje muy distinto a un Stalin o un Hitler, asemejándose, especialmente por sus notables límites y contradicciones, a la mayoría de compatriotas.
Nos situamos ante una biografía de Benito Mussolini realizada por un historiador –australiano anglosajón- que se declara antifascista. Ello no le impide, sin embargo, romper con la mayoría de los mitos generalmente asumidos por los numerosos detractores del fascismo (¿no sería más correcto hablar de fascismos, en plural, incluso en la misma Italia?). Así, no se encuentran, en el libro, descalificaciones ideológicas o apriorísticas del personaje de ningún tipo. Pero tampoco sus nostálgicos partidarios quedarán satisfechos. Descubre, en todo caso, un Duce humano, y mucho: pasional, depresivo, sensual, contradictorio, intuitivo, inconstante, grandilocuente, voluble, explosivo, creativo...
La biografía de Mussolini es la historia de un fracaso. Se propuso cambiar Italia por completo, modernizando sus estructuras burocráticas y económicas, proporcionándole un imperio. Quiso desbordar, en soluciones revolucionarias, al socialismo del que procedía. Pretendía, pese a su pesimismo antropológico, y nada menos, cambiar la mentalidad de los italianos. Y fracasó en todo ello. Incluso su vida personal no fue en absoluto coherente y unívoca; circunstancia que pagaron, con un alto precio,  todos sus familiares, antes o después.
Mussolini es mostrado sin reservas. Veremos que, más allá de sus ampulosos discursos, las poses teatrales y sus apelaciones a los grandes principios, se aburría solemnemente con los pequeños detalles, sustanciales para una buena gestión de gobierno; y no digamos ya para el efectivo control de la marcha de una guerra casi universal que asoló también a Italia por segunda vez.

 

El Duce no carecía de humanidad. Cuando describe el hecho histórico del asesinato del famoso parlamentario socialista Matteoti, un auténtico hito en la configuración de la leyenda negra del fascismo, el autor informa detalladamente que, en contra de lo que pudiera presumirse, “… el propio Mussolini llegaría al extremo de enviar ayuda económica a la viuda de los hijos de Matteoti, tal vez una prueba de culpabilidad, pero no un acto de la crueldad y la insensibilidad implacables que mostrarían más tarde otros dictadores. Un dictador con un reflejo al menos de corazón contrito, tanto por la suerte de sus sicarios como por la de sus víctimas, si es que Mussolini fue eso, resulta un personaje insólito en el escenario brutal de la historia del siglo XX” (página 222).
El libro, ante todo, desmitifica: al Duce, al fascismo, y al antifascismo incluso. Es el caso también, entrando en un ejemplo significativo, de su supuestamente temida y tenebrosa policía secreta, asegurando que “…el personal de la Ovra, formado por unos 375 hombres en 1940, era bastante escaso. Ese número indica sin duda lo reducida que era en realidad la clase política de Italia y lo superficial que habían sido la penetración del fascismo, del antifascismo y de cualquier ideología moderna como religión política en la vida de la inmensa mayoría de los italianos” (página 248).
La participación en la guerra –clave del fracaso histórico del fascismo- se determinó cuando, contra el criterio de la mayor parte de los demás dirigentes fascistas, Mussolini consideró que ésta duraría apenas unos meses escasos más, proporcionando a Italia la posibilidad de beneficiarse de un nuevo equilibrio en el que disfrutaría de un papel decisivo. Su objetivo, retomando las decimonónicas aspiraciones de la Italia liberal, no era otro que dejar de ser la más pequeña de las grandes potencias y afrontar, de forma decisiva, el reto de la modernización. Se equivocó; pero además “Lo que quedó claro por detrás de los acontecimientos y las actitudes de los primeros meses de la guerra fue el enorme fracaso estructural de la modernización fascista tanto del Ejército como de la sociedad” (página 404).
A ese dramático escenario, como a tantos otros, según nuestro escritor, Mussolini se dejó arrastrar, de forma fatalista, por los acontecimientos; habiendo contribuido a alimentarlos desde la verborrea violenta que envolvía la mayor parte de los mensajes fascistas, predeterminándolos de alguna manera.
Incluso sus ulteriores racismo y antisemitismo fueron concesiones demagógicas a los que parecían “vientos favorables de la historia” procedentes de una –a la vez- temida y admirada Alemania nazi.
El escritor demuestra un amplio conocimiento de las fuentes históricas del fascismo (acreditado por las 88 páginas que ocupan las notas del libro), del contexto histórico de la Italia del siglo XX e, incluso, de los autores revisionistas y las corrientes políticas neofascistas.

Con todo, sorprende que un Mussolini incapacitado por el cúmulo de carencias que expone el autor, pudiera mantenerse en el poder durante más de dos décadas sin apenas contestación interna. Tal vez, la explicación ajustada, al menos en parte, sea la proporcionada por el autor: resultar una consecuencia más del tradicional divorcio de la política oficial con la vida real de los italianos, independientemente del régimen político vigente en cada momento.

El Semanal Digital, 3 de enero de 2004.

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