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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

“Stalin y los verdugos” (Taurus).

Donald Rayfield. “Stalin y los verdugos”. Traducción de Amado Diéguez Rodríguez y Miguel Martínez-Lage. Taurus, Santillana Ediciones Generales, S.L. Madrid. 2003. 620 pp.

 

 

Para la edificación de su régimen de terror, Stalin contó con el concurso entusiasta e implacable de numerosos colaboradores. Destacaron, especialmente, los cinco máximos responsables del Servicio Secreto y el Ministerio del Interior soviéticos de entonces; siendo uno de sus sucesores quien detenta hoy, paradójicamente, el poder en Rusia.

 

Para el autor no hay duda. Stalin edificó el régimen genocida más mortífero de la historia. Para realizar tal afirmación se basa en que el terror, acreditado documentalmente aunque durante décadas muchos occidentales lo negaran, golpeó a todos los estratos sociales de la Unión Soviética: minorías nacionales, vieja guardia bolchevique, fuerzas armadas, intelectuales y artistas, comunistas extranjeros exiliados en la URSS, campesinado, clases medias urbanas, científicos; incluso arrastró a los mismos miembros de esos servicios secretos, principales ejecutores de la represión.
Pero ese régimen no arrancó únicamente de la personalidad psicópata y paranoica de Stalin. Ya Lenin ejercitó, implacablemente, la violencia terrorista con análogos razonamientos ideológicos marxistas que, posteriormente, Stalin llevó hasta sus últimas consecuencias, alcanzando a más amplios grupos humanos. Así, Stalin eliminó, de forma progresiva, mediante purgas y juicios ejemplares, a las diversas corrientes del Partido Comunista y a toda personalidad que pudiera hacerle sombra. Tanto la derecha, como la izquierda y el trotskismo, fueron exterminados, siendo su mera existencia, excusa de futuros supuestos complots alegados para exterminar a millones de personas de toda condición.
Kámenez, Zinóviev, Bujarin, Trotski…, todos ellos compartían, e impulsaron en su momento, la política que después ejecutaría, con diferencias de matiz, Stalin. Defendieron, por ejemplo, la forzosa y violenta colectivización agraria que supuso, por ejecución o hambre, la muerte de millones de campesinos, en beneficio de la clase proletaria urbana, teórico sujeto privilegiado de la revolución comunista. Y todos ellos, al igual que decenas de millares de dirigentes y cuadros comunistas, fueron sacrificados.
Los más directos ejecutores de esta política genocida fueron cinco personas: Dzierzynsky, Menzhinski, Yagoda, Yezhov y Beria, lo que no impidió que algunos de ellos también fueran devorados por la bestia que alimentaron.
Pero no hay que buscar las responsabilidades históricas, de todo ello, únicamente en el interior de la Unión Soviética de entonces. Así, el autor afirma, en la página 222 del libro, que: ”En 1931 se exportaron cinco millones de toneladas de cereal provenientes de un campo que padecía hambre. Aquel cereal pagaría turbinas, cadenas de montaje y maquinaria para la industria minera y financiaría los Partidos Comunistas de toda Europa, Asia y América.
El silencio de Occidente, que salió de la depresión económica en parte gracias a contratos de exportación procedentes de la Unión soviética costeados por la sangre de millones de campesinos, es una mancha para nuestra civilización”.
El autor, extraordinario especialista en Literatura y Lengua rusa y georgiana, nos introduce en el laberinto del Cáucaso natal del biografiado y de la Rusia revolucionaria a partir de su infancia, sus estudios en un seminario ortodoxo, su juventud de activista y terrorista, su ascenso en el partido, las personas que le rodearon y que, en su mayor parte, salieron malparadas. Considera, no obstante, que fue un extraordinario conocedor de la naturaleza humana y de sus más bajas pasiones (de lo que se sirvió para una muy eficaz selección del personal que precisaba en cada período).
Esa condición de especialista, sirve al autor, brillantemente, cuando narra el ambiente de los círculos literarios y artísticos rusos, las relaciones existentes entre escritores y poetas; entre sí y con el poder comunista. Desde este conocimiento se aportan muchas claves que permiten entender algunos de los mecanismos psicológicos de otros millones de personas que participaron activamente en la vorágine, o se resignaron ante ella.
Transcurridas, ya, varias décadas desde que todo aquello terminó, sin embargo, no se ha producido el merecido homenaje y reconocimiento que la memoria de esos millones de víctimas reclama; salvo peculiares “rehabilitaciones” políticas de determinados miembros del Partido Comunista. Es más, el sucesor, en buena medida, de los responsables de aquellos servicios secretos, es el máximo dirigente de la Rusia actual; lo que no parece le acompleje.

 

El libro, magníficamente escrito y traducido, engancha y abruma, llegando a aturdir al lector con el alcance real de la interminable sucesión de matanzas que narra. Así, por ejemplo, cuando se acordaba la eliminación de una persona, por el motivo que fuera, la represión (desde el encarcelamiento, la deportación al gulag o el fusilamiento) alcanzaba a su cónyuge, parejas sexuales en su caso, hijos, padres, hermanos, vecinos incluso. Otro supuesto. La deportación de pueblos o grupos sociales, calificados como contrarrevolucionarios, era precedida por el fusilamiento de todos los varones adultos de cada familia; falleciendo por hambre y frío, a lo largo de su traslado a lejanas regiones de Asia y del Ártico, millares de sus niños, mujeres y ancianos.

 

Pese a todo, la desestalinización no ha pasado de ser, según el autor, la tapadera de ciertas luchas intestinas por el poder que justificó el desplazamiento de algunos por otros, sin rendir las cuentas que Rusia necesita para expiar su memoria colectiva.

 

Todos estos factores concurren en el balance final del texto. Si se ama la verdad, la justicia y la historia, no podemos ignorar todo lo que el autor relata.
El Semanal Digital, 13 de diciembre de 2003.
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