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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Del aire acondicionado y los signos de los tiempos.

Uno de los fenómenos sociales del verano: la extraordinaria implantación domiciliaria de electrodomésticos de aire acondicionado. ¿Algo más que una moda?
Es uno de los temas estrella del verano: inevitable protagonista de conversaciones en las filas del hiper o de la panadería, de las tertulias informales en los centros de trabajo, comentario obligado entre madres, hijas y nueras, ¡incluso entre risas, con la cuadrilla sanferminera en la corrida de toros!
                Estar a la última supone meter el aire acondicionado en casa. Y si no lo haces, eres un fracasado social. O un tipo raro.
                Aleccionados por los rigores del tórrido verano pasado, si ya entonces tiendas y almacenes de electrodomésticos hicieron su agosto, nunca mejor dicho, este verano se repetirá su fortuna. Pero más allá de ventiladores de novísima tecnología y, en todo caso, escasa “calidad de vida”: lo que se lleva es el aire acondicionado. Antaño lujo exclusivo de ricachones, alta burguesía, grandes almacenes, despachos ministeriales y Consejos de Dirección de corporaciones, hoy se ha democratizado su disfrute, extendiéndose por todas las clases sociales; unidas por análogo ánimo de progreso. Hagan cuentas y decidan: instálenlo en toda la casa, o únicamente en el dormitorio de la pareja, o en el salón... Y elijan modelo, siempre en función de lo que uno quiera (más bien, pueda) gastarse.
                Sin duda, el nivel de vida de los españoles sigue aumentando, alcanzado cotas de confort material nunca imaginadas, a pesar de la crisis. Y eso que “¡todo está más caro con el dichoso euro!”. Un paso más en la automatización tecnológica del hogar. Bienvenido el siglo XXI.
                Esos vendedores y fabricantes han encontrado, en estas circunstancias, un aliado inesperado: el nuevo Gobierno socialista y su campaña preventiva de la temida ola de calor; una publicidad que se limita a recordar, apenas, las ya conocidas reglas de oro: beber mucha agua, no exponerse al sol en las horas de mayor rigor, acudir a Urgencias caso de detectarse el mínimo síntoma (especialmente enfermos, niños y ancianos)… No vendrá mal, pues, a la economía nacional. Además, pensarán nuestros coherentes socialistas, el pueblo ascenderá un peldaño más en el confort hogareño (en el consumismo, dirían recalcitrantes radicales hipercríticos); muestra inequívoca de que crecimiento económico, comodidad material, progresismo y buen talante son compatibles. ¡Socialismo y libertad…!, mejor dicho, adaptémonos: ¡socialismo y caviar!
                Así, aunque la ola de calor apenas llegue, o pase de largo, o no alcance el rigor del verano pasado, todos habremos ganado: el Gobierno con el éxito de su eficaz campaña preventiva, fabricantes y vendedores con sus ventas, los ciudadanos liberándose del rigor solar y sintiéndose satisfechos partícipes de un común movimiento social de mejora...
                Mientras tanto, alguna que otra pareja habrá demostrado también la solidez de su relación. Al igual que muchas otras, tenían que elegir: vacaciones en la playa como todo el mundo o aire acondicionado como todo el mundo. Claro, que siempre algún tipo raro se resiste. Así argumenta, por ejemplo, alguno de ellos. “Si nos vamos quince días a la playa, después otros quince días más algún fin de semana en el pueblo…, apenas emplearemos el aire acondicionado. Y si lo instalamos, no nos llega para todo y no disfrutaremos de los quince días playeros de rigor y ¡no seremos como todo el mundo!” Dramático dilema en un país de inmensas y liberales clases medias que disfrutamos de una progresiva calidad de vida, acríticas con los valores dominantes, y bastante satisfechas íntimamente… hasta que la vida golpea con un buen palo.
                Esos dichosos aparatos de aire acondicionado, pues aportan dicha y respiro sin fin, también han sido estrella de suplementos dominicales a todo lujo, anuncios de TV, folletos de hiper y grandes centros de electrodomésticos… Así, ¡cómo resistir! Pero no todo ha sido unanimidad. Siempre existe algún iluminado que ha afirmado –en reducidos foros, faltaría más- que su masiva implantación –con la necesaria excepción de hospitales, residencias de ancianos, etc.- es una muestra más del debilitamiento de nuestra sociedad acomodada y burguesa, de la pérdida -individual y colectiva- de la capacidad de resistencia al dolor y la frustración. “Si toda la vida se ha pasado sin ellos, ¿por qué tenemos que atarnos a esos aparatos y aumentar nuestras dependencias y neurosis cotidianas? ¡Bastante  dependemos ya de tecnologías extrañas, servicios de mantenimiento y técnicos especialistas!” Curioso razonamiento de especímenes -¡por supuesto!- en vías de extinción. ¡Que digan eso en Sevilla o en Zaragoza si tienen…!
                Dejémonos de rarezas y cábalas que no interesan a casi nadie. Hagamos balance. Con el teléfono inalámbrico alcanzamos la autonomía habitacional y el federalismo familiar; con el móvil superamos el capricho de las distancias y las desesperantes esperas; con Internet en casa, ya somos protagonistas de la globalización planetaria... Demos un paso más. Disfrutemos del fresco lujo de las estrellas de Hollywood, en nuestras casas, mientras nos relajamos con unas buenas raciones de “Salsa rosa”. Participemos otra vez en un ansiado acto de comunión colectiva, en una ceremonia más de la nueva religión del consumismo. Acudamos a sus catedrales (los hiper…), gustemos de su liturgia gritona y colorista, admitamos nuestro límite (económico, claro está), centremos nuestros objetivos vitales, ascendamos un peldaño más de la evolución de la especie y… ¡a comprar un aparato de aire acondicionado! Así seremos… ¡como todo el mundo!
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 83-84, julio-agosto de 2004

 

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