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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Mini manual del activista cultural.

V Congreso “Católicos y Vida Pública”.
“¿Qué cultura?”
Mesa 4 C. La industria cultural.

 

Fundación Universitaria San Pablo - CEU.

 

 

Madrid, 14, 15 y 16 de noviembre de 2003.
 

Por José Ignacio Echániz Valiente (Madrid) y
Fernando José Vaquero Oroquieta (Pamplona)
 

1. Introducción.
Es bastante común encontrar, también en ambientes católicos, a un tipo humano especialmente consciente de las implicaciones y repercusiones del “mundo de las ideas” en la vida cotidiana, muy motivado por estas cuestiones y, derivado de ello, impulsor de concretas iniciativas culturales.
Este particular grupo de activistas está integrado, de forma no planificada, por personas, en muchas ocasiones, autodidactas, y que no han seguido unos cauces orgánicos o un itinerario específico que “cultive” esta vocación especial. Aparentemente dispersos, forman una interesante constelación humana integrada por simpatías, afinidades, preferencias, gustos comunes, etc. y también, por rivalidades, malentendidos y prejuicios, “capillas”...
La llamada industria cultural, en la actualidad, se encuentra en manos de grandes entidades, ya públicas o privadas, que aparentemente controlan ese “flujo” misterioso de las ideas hacia la sociedad y viceversa. Y, en realidad, lo controlan, lo propician e, incluso, lo determinan en su mayor parte. Pero en su periferia se desenvuelven activistas que también trabajan en el mundo de la cultura -ya fuera de esas entidades, incluso a veces en su seno- y que son capaces de influir, facilitar, presentar o proponer, otras alternativas filosóficas y vitales en determinados ámbitos sociales y humanos.
            En resumen: el activista cultural es a la industria cultural, lo que el guerrillero a la guerra convencional. Otras tácticas, otra perspectiva, otra motivación, otros medios, otros recursos… y unos mismos objetivos: ganar una peculiar “guerra”, es decir, facilitar que el influjo de determinadas corrientes de pensamiento y “valores” sustente comportamientos individuales y sociales.
            En esta comunicación no vamos a sentar “doctrina”. Tampoco pretende ser una comunicación “técnica”. Por el contrario, aspiramos a resumir algunas experiencias y enseñanzas que hemos adquirido al cabo de unos cuantos años de dedicación a esta particular vocación que nos motiva e ilusiona. Tampoco pretende ser un “vademecum” exhaustivo; una guía total. Pero sí, proporcionar pistas seguras, líneas de trabajo, algunas sugerencias certeras...
            Pero empecemos por el principio. ¿Dónde encontramos al activista cultural? ¿Es fácilmente identificable?
2. El francotirador y el grupo.
            Durante muchos años, este tipo humano –generalmente- era un clérigo. Muchos sacerdotes santos y numerosísimos religiosos desarrollaron un apostolado extraordinario en el entorno de la cultura de su tiempo, promoviendo iniciativas de todo tipo: docencia e investigación (pensamiento y ciencias experimentales), implantación de colegios, asociaciones culturales, excursionistas, folklóricas, artesanas, etc. En la actualidad, son los laicos los que han tomado, en muchos casos, el relevo, con una notable diferencia: el Estado del bienestar se ha apropiado de buena parte de ese espacio del desarrollo moral de la persona, tomando como misión esa promoción y acción culturales, tanto desde los entes locales, como autonómicos y estatales. Esa es una de las primeras conclusiones que la sociedad actual debe hacer propia: la Iglesia católica ha asumido e impulsado, durante siglos, actividades culturales de todo tipo, ante las lagunas existentes en esas respectivas épocas; naciendo este impulso –en los dos últimos siglos- de la novedosa Doctrina Social de la Iglesia y de la larga trayectoria eclesial de potenciación de los saberes humanos y las capacidades individuales y colectivas. Esa genialidad de la Iglesia no puede sustraerse de la verdad de la historia. Pero, aunque no lo sea, de nada servirá a nuestros contemporáneos si no sigue siendo posibilidad de renovación humana y revitalización cultural y social.
Esa es una de las grandes novedades del catolicismo: la capacidad de creación de una cultura y un juicio crítico que nacen de la presencia terrenal y misteriosa de la propia Iglesia en su interacción con los hombres y las realidades de cada época.
            Pero hagamos un esfuerzo de concreción y reflexionemos en torno a cuestiones más inmediatas y, aparentemente, menores.
Hay que empezar definiendo a este tipo humano en la España del año 2003. En primer lugar hay que delimitar su figura con otras que pudieran confundírsele. No es un filósofo. No es un creador de ideas. No es un docente. No es un investigador. Pero sí es un poco filósofo, sí difunde ideas, también investiga algo, incluso puede “enseñar”.
Un término muy utilizado en décadas anteriores, y que puede asimilársele de alguna manera al de este atípico activista, es el de propagandista: ya lo sea de unas ideas, de ejercicios espirituales, de un estilo de vida. De una misión evangelizadora, en última instancia.
Y, en la actualidad, un término que en muchos sentidos se le puede asociar, es el del “animador socio-cultural” que cultiva la pedagogía especializada.
El activista cultural, al que nos referimos, tiene una particular sensibilidad frente las ideas que circulan en la sociedad, los movimientos de opinión, la fuerza de los mensajes, el impacto de los poderes terrenos en las conciencias, las grandes corrientes de la historia… Por todo ello, considera que deben difundirse determinadas ideas, conceptos o realidades, que pueden alcanzar a las personas e incidir a través de ellas en la misma sociedad y, así, transformar, un poquito, el mundo.
Además, y es su sello fundamental, es católico sincero y firme.
            El activista cultural, al que aquí nos referimos, casi nunca vive de ello: trabaja en la cultura de forma gratuita, generalmente. Además, puede trabajar sólo o en grupo. Si trabaja sólo, nos referimos así al llamado “francotirador”. Por su cuenta y riesgo, puede impulsar iniciativas muy concretas a partir de sus propios medios y recursos, o trabajar en el seno de determinadas entidades “neutras”, laicas, intentando ser fermento evangélico entre extraños o indiferentes. En muchos de esos casos, en que trabaja dentro de organizaciones más amplias, tendrá que ocultar su identidad cristiana, diluirla, buscar puntos de encuentro con las identidades laicistas allí predominantes y aportar propuestas que no sean rechazadas a priori por su excesivo “catolicismo”. No es imposible trabajar en esas circunstancias.
Múltiples iniciativas admirables se han desarrollado en medios extraños, ajenos o indiferentes al catolicismo. Pero muchas son las dificultades, y crecientes, en la actualidad. Para conseguir frutos en ese clima seco y duro, sin duda, es imprescindible una condición previa que permita mantener “el norte” y empuje inicial: un entorno humano que le apoye, oriente y sostenga en la promoción de los valores propios. Y ese entorno puede ser una parroquia, un movimiento, una estructura diocesana… De no tener tales apoyos, su identidad perderá consistencia y su esfuerzo no trascenderá sus buenas intenciones… Difícilmente mantendrá plenamente la tensión y su identidad neta ante todas las dificultades que encontrará con toda seguridad.
            Un grupo constituye la mejor alternativa para trabajar en el mundo de la cultura, de la difusión de las ideas, de los valores que proporcionan consistencia al cristiano y a los ciudadanos. Difundir ideas es positivo, pero deberán arraigar en personas concretas que precisan un encuentro con el cristianismo; la posibilidad de proporcionarle su verdadero rostro. No se puede sembrar en el aire. Hace falta tierra y condiciones para que la siembre fructifique. Y el grupo puede encarnar, mejor que las personas aisladas, la Iglesia que a través de esa acción cultural se ofrece a sí misma como posibilidad redentora a cada persona. Además, el grupo reparte responsabilidades, divide el trabajo, facilita y suma los esfuerzos, respalda al activista, le proporciona un reposo.
No todos los grupos culturales son iguales, y siempre acechan determinados riesgos: capillismos, luchas intestinas, protagonismos exagerados… Los grupos que nacen de un carisma eclesial concreto no eliminan la posibilidad de ese tipo de riesgos; pero los reducen considerablemente, al permitir que jueguen con mayor determinación otros factores: la común educación en la fe y los valores humanos, la caridad entre hermanos, la autoridad ejercida legítimamente y aceptada con sabiduría.
            Si el activista viene desarrollando su trabajo por su cuenta, difícilmente se integrará en un grupo más amplio. Pero ello no quiere decir que no se pueda aprovechar su acervo e impulso. En ese sentido, es conveniente ofertarle espacios y posibilidades de colaboración. El “francotirador” puede promover y aportar muchas ideas y experiencias a grupos o personas que aspiran a una actuación cultural determinada. Por afinidad o analogía, podrá realizar muchas aportaciones que, de no hacerlo, pudieran equivaler a meses -incluso años- de experiencias no siempre satisfactorias.
3. Características del activista cultural.
            ¿Qué impulsa, en sus iniciativas, al activista? Una particular sensibilidad, una clara percepción del impacto en los hombres de determinadas ideas y concepciones de la vida; la conciencia de que algunos terrenos del mundo de la cultura no están cubiertos por la actividad diocesana o lo están defectuosamente… Difusión, promoción, son términos que el activista maneja constantemente en sus acciones y juicios.
            Pero, ya trabaje sólo o en grupo, sea éste católico o no lo sea, siempre se requieren unas condiciones para sacar adelante –incluso- el proyecto más modesto: una idea, unos medios materiales y personales, una financiación, unos contactos que faciliten su elaboración y desarrollo, una programación.
            Pero no basta con lo anterior. Necesita tener una formación cultural (que puede ser autodidacta), capacidad de diálogo y don de gentes, un buen conocimiento de los recursos culturales públicos y privados locales, una cierta disponibilidad de tiempo (el desarrollo de muchas gestiones requieren, ante todo, paciencia y tiempo). Y mucha voluntad, junto a una clara perspectiva a largo plazo.
            Quien se inicia en estas lides, tal vez al principio carezca de los contactos, habilidades y recursos imprescindibles para la acción cultural. Pero todo viene rodado si se trabaja con respeto al otro, paciencia, perspectiva de futuro, ganas de aprender. Muchas puertas se abrirán; otras nunca podrá ser franqueadas. Y, sobre todo, hay que evitar entrar en rencillas y resquemores ajenos. Puede existir mucha rivalidad entre diversos agentes culturales; incluso dentro de una misma entidad. Neutralidad, discreción, tacto, ausencia de contradicciones, transparencia...
            Y no olvidemos lo fundamental. Unas convicciones que no nacen del propio esfuerzo, del propio proyecto. Una vida que considera que, por mero agradecimiento y con celo misionero, debe transmitirse a los demás a través de esas propuestas y acciones culturales.
4. La acción cultural.
            Una idea, una intuición… Ese es el punto de partida de la acción cultural. Un autor de interés, una teoría histórica, un libro que merece la pena difundir, una amistad que te pide difundir una experiencia, una tradición que puede recuperarse o debe apoyarse… Pero hay que dar forma a esa intuición mediante una programación. Aunque sea mínimamente, debe programarse, perfilarse esa idea, concretarse, buscar el vehículo adecuado para su difusión. Un calendario, unos cauces materiales, unos medios para difundir la convocatoria, unos contactos personales o institucionales que permitan acceder al entorno docente, político o de un autor muy concretos… En este sentido, trabajar en grupo facilita un buen desarrollo de la acción cultural, aunque en este caso será imprescindible una actividad precisa: la coordinación, para repartir trabajo, llegar a más medios y recursos, evitar dispersión y duplicidades…
            Sin ideas, no hay acción. Pero la acción por la acción no genera obra duradera. Y para el cristiano constituye, la acción cultural, otro instrumento de evangelización. El encuentro personal, método fundamental en la historia de difusión del cristianismo, puede hacerse vida a través de la acción cultural. Y cultura, tengámoslo presente, puede ser “casi” todo.
5. Forma legal.
            El trabajo en grupo se articula, generalmente, bajo la fórmula legal de la asociación cultural. Exige unos sencillos requisitos mínimos: denominación, acta de constitución, unos estatutos, un domicilio social (que puede ser el de uno de los promotores), unos pocos libros y unos cargos electos. Después deberán legalizarse y cumplimentarse esos libros de contabilidad, registro de socios y de actas. No exige un presupuesto económico mínimo, salvo que se indique expresamente en los estatutos; y para la legalización ante el registro correspondiente (Delegación del Gobierno o Departamento o Consejería de Interior autonómico) se dan facilidades, proporcionando textos, modelos de actas y estatutos, en los diversos organismos y entidades. También existen muchos recursos documentales en internet; caso de la completa web asociaciones. org.
            Otra fórmula es la de la Fundación; pero aquí se exige un cierto capital asignado a esos fines concretos y requiere algo más de complejidad burocrática a efectos fiscales.
            Para acceder a muchas ayudas y recursos gratuitos es imprescindible revestir una de ambas fórmulas. Es más sencillo y factible empezar con la de la asociación. De contar con la posibilidad de unos recursos económicos amplios de procedencia privada, puede plantearse la fórmula de la fundación.
            En el funcionamiento ordinario hay que ser fiel a los estatutos redactados y ya aprobados. Pero no hay que obsesionarse por ello. Los estatutos, los cargos, las formalidades, están al servicio de las gentes; no al revés. Deben entenderse como una ayuda, no como una dificultad.
6. Aspectos formales: logotipo, empleo de internet, normalización e imagen.
            Toda asociación grupal debe tener, sea su forma la de asociación cultural o la de fundación, un logo que la identifique gráficamente, integrándolo en sus impresos y documentos normalizados, así como en la web que pueda disponer en internet; instrumento de comunicación y escaparate que -hoy día- es imprescindible disponer.
            Como todo logotipo, debe reunir en poco espacio y escasas letras o caracteres, suficientes elementos gráficos que lo asocien con los objetivos, nombre u orientación de la entidad. En una sociedad de la imagen, no se puede prescindir de un aspecto que “marca” una entidad y sus actuaciones futuras.
            Internet constituye un medio barato, accesible y cómodo, para la comunicación interna, la externa, la oferta de documentación de interés para la asociación o el activista cultural, la difusión de actividades y propuestas, etc. A través de una página personal, o de la asociación, todo ello puede facilitarse, recurriéndose a la enorme gama de recursos gratuitos disponibles en la red. Es conveniente, no obstante, contratar un dominio (.com, .es o .org) para cubrirse de garantías ante posibles ataques, denuncias falsas u otras actuaciones malintencionadas que pretendan silenciar la web en cuestión. No obstante, la importancia de internet debe matizarse. No debe olvidarse que una comunidad “virtual” nunca suplirá las plenas exigencias de comunicación, relación social y actividad humana de las personas. En definitiva, internet debe ser un medio y no un fin o una excusa.
7. Financiación.
            Los recursos económicos son imprescindibles. Pero, con dignidad, se pueden reducir gastos en determinadas actividades sencillas. Así, el acceso a medios gratuitos aminora notablemente los gastos de determinadas convocatorias. Por ejemplo, para la articulación de una conferencia existen tres grandes capítulos de gastos: difusión de la convocatoria, acceso a una sala adecuada y, por último, gratificación al conferenciante. De contarse con concretos recursos gratuitos, caso de la cesión gratuita de una sala pública de conferencias (de una Ayuntamiento, entidad privada, etc.) mediante el correspondiente convenio, los costes se abaratarán considerablemente. También en determinadas ocasiones se puede acceder a vías de difusión de la convocatoria de forma gratuita: breves comunicados en agendas de actividades de prensa escrita, radios y televisiones locales, programaciones culturales periódicas, internet... Por último, algunos conferenciantes pueden conformarse con un obsequio o una mínima dieta de viaje. O, por el contrario, se exigirán dietas y retribuciones según las prácticas habituales del sector. Ahí entran las simpatías personales e ideológicas, los buenos contactos, los favores mutuos…
            Existe un capítulo de gastos que difícilmente se sustraerá del recorte presupuestario: invitaciones, servicio de correos, carteles (si bien para la edición de los mismos puede encontrarse patrocinadores como librerías, establecimientos comerciales, Cajas de Ahorros, Universidades…). Pero, en cualquier caso, una mínima aportación económica habrá de realizarse con fondos propios, ya sean personales o de una entidad grupal.
            Por otra parte, los Ayuntamientos y determinados Departamentos de las Comunidades Autónomas (Cultura, Deporte y juventud), disponen de fondos presupuestarios anuales para actividades culturales a los que se acceden, generalmente, mediante presentación de exhaustivas memorias con detalle de actos, previsión de gastos y origen de la financiación. Acceder a tales fondos requiere una trayectoria en el tiempo que avale la petición del solicitante, someterse a posibles fiscalizaciones contables de las actividades financiadas, respeto a los plazos y, ante todo, una programación (de nuevo, la temida palabra).
            No obstante, existen fórmulas imaginativas o militantes, según el caso, para financiar determinadas actividades. Es el caso de la cena - conferencia en que cada uno de los asistentes abona el importe del cubierto, al que se suma una cantidad correspondiente al prorrateo entre los mismos de los gastos ocasionados por la organización del acto (dietas, alquiler sala, propaganda...). Se precisa, eso sí, un mínimo de asistentes: en torno a 40, aproximadamente. De esta forma, la actividad no reporta ni pérdidas ni beneficio. Naturalmente, ello requiere un público, aunque sea reducido, entusiasma, muy motivado y casi seguro.
            Otra modalidad es la conferencia a cuyo acceso se cobra una entrada. Se trata de una fórmula escasamente empleada en España.
            Por último, mencionemos, como fórmulas de financiación modesta y tradicional, las rifas, ventas de lotería, donativos particulares...
            Pero no olvidemos un aspecto decisivo a este respecto. Si una asociación dispone de una base de socios motivados, tal será la principal fuente de financiación que proporcione a ese proyecto cultural, independencia, autonomía y fidelidad a sus principios inspiradores.
8. Medios materiales y medios personales de una asociación cultural.
            En el apartado anterior ya hemos visto un aspecto fundamental, que es el de la financiación, de los medios materiales, y que puede facilitarlos o, por el contrario, al carecerse, constituir una pesada losa a remover trabajosamente (principal fuente de agotamiento de los activistas culturales).
            No es imposible organizar ciertas actividades culturales a título personal: con un mayor o menor acceso a recursos gratuitos, con una modesta aportación económica propia, con la contratación de servicios especializados de disponerse de una buena fortuna personal… Pero todas las gestiones recaerán en una única persona: programación, contactos para perfilar la actuación cultural de que se trate, gestiones ante los titulares de los recursos a emplear, detalles de última hora, acceso a medios de difusión, elaboración de los mismos (tarjetas, carteles, textos de la convocatoria), etc.
            Una asociación, o una Fundación, dispondrán, de ser entes realmente vivos, de un mayor número de personas entre las que distribuir el trabajo, pudiéndose especializar alguna de ellas en áreas concretas, lo que supondrá para el futuro un aprendizaje y una notable economía de medios.
            Un administrativo a tiempo completo o parcial, un responsable de prensa, unos voluntariosos militantes que pueden –por ejemplo- colocar en pocas horas cientos de carteles en lugares estratégicos o rellenar y cumplimentar sobres con la convocatoria; todos esos recursos humanos son lujos que no pueden desdeñarse y que, al contrario, simplifican considerablemente el trabajo. Es más, su existencia son un termómetro del pulso vital de la entidad.
            Un ordenador personal, una web de la entidad actualizada, un despacho o local donde trabajar. Las reflexiones anteriores, también, son por completo aplicables a esos deseables recursos materiales de una asociación.
9. Recursos gratuitos.
            Un buen conocimiento de los recursos públicos (Ayuntamientos y Comunidades Autónomas) o privados (Cajas de Ahorro y Fundaciones de algunos Bancos, Ateneos, Casinos, gestores privados de servicios culturales, etc.), puede ser determinante para un rápido encaje de la actividad prevista y la obtención de una financiación semigratuita. Nos referimos, especialmente, a las salas de conferencias y exposiciones.
Una dificultad: de existir tales recursos, debe reservarse fecha y hora con meses de antelación, generalmente, lo que requiere previsión, cierta flexibilidad y, en definitiva, programación.
            Lo mismo ocurre con los medios de difusión. Un buen conocimiento de ellos permite acceder a los mismos y, de esta forma, llegar al mayor número de posibles interesados.
            Un consejo: en muchas ocasiones la persona que tendrá la llave para poder acceder a un recurso de este tipo no será su máximo responsable, ni un miembro de un Patronato, de un Consejo de Dirección, tampoco un Concejal; por poner ejemplos característicos. Así, será la amable auxiliar administrativa, en atención al público (la de la ventanilla o mostrador), quien, provista de un buen conocimiento de la realidad de los mecanismos internos de estas entidades, facilitará unas gestiones fructíferas.
10. Programación.
            Para el buen desarrollo de una actuación cultural concreta, y para el acceso a la red de recursos públicos y privados, se exige una capacidad de trabajo que se concreta en el concepto programación. Ello exige cierta continuidad en el tiempo, trabajar conforme objetivos y calendarios, ser fieles a un proyecto. Supone, en definitiva, una solvencia –puesta por escrito- que puede abrir puertas.
            La programación de una actuación requiere: determinación de la acción y los objetivos perseguidos, asignación de medios humanos y materiales, financiación, objetivos, posibles beneficiarios, personal docente, calendario de las gestiones, responsables de la acción, valoración de la actuación.
Puede cubrir una única acción esporádica, unas semanas, unos pocos meses o, lo que es más común, un curso académico.
            La programación para el acceso a determinadas subvenciones o  recursos debe ceñirse a un espacio temporal: un año, trimestre… Calendario de actuaciones, entidad responsable, presupuesto de gastos total, objetivos, evaluación. Todo ello también deberá recogerse con precisión y concisión.
            No hay que tener miedo a las palabras. A “programación”, tampoco. Ordenar las ideas en torno a un calendario de actuaciones, concretar unos objetivos, poner por escrito esas ideas que se llevan en la cabeza desde unas semanas atrás… y ya tenemos el borrador de una programación que siempre será una buena ayuda en sí misma.
11. Actuaciones específicas.
            El activista cultural, o la asociación en su caso, fuera de las grandes programaciones diseñadas por la industria cultural, puede desarrollar numerosas modalidades de actuaciones; algunas de ellas con posibilidades de alcanzar cierta resonancia –casi siempre deseable- mediática. De todas formas, algunas de sus expresiones son más factibles y más habituales. Mencionémoslas.

Conferencias y mesas redondas. Un tema objeto del encuentro, una o varias personas que realicen reflexiones o aportaciones novedosas, unas cuestiones que cuentan con un público interesado, y el posible interés de algunos medios de comunicación. Juntémoslo y ya tenemos una concreta acción. Se trata de una de las más sencillas para desarrollar. Es más. Una vez realizada una, se allana el camino de las siguientes. De ahí el interés de que no se trate de acciones aisladas y muy espaciadas temporalmente. Continuidad; es una palabra clave.

Presentaciones de libros. Con una génesis similar a la actuación anterior, constituye otra de las modalidades más sencillas de organización. Existen, además, espacios físicos e institucionales muy concretos para este tipo de acciones El Corte Inglés, FNAC, Bibliotecas públicas, Cajas de Ahorros. En ocasiones –incluso- se podrá vender el libro al público asistente. Al igual que en el caso anterior, es del mayor interés rentabilizar los esfuerzos aplicados en el acto, buscando su repercusión mediática, a través de su reseña en la prensa escrita u otras modalidades. Una entrevista al autor del texto, por ejemplo, llegará a un mayor número de personas que la presentación más exitosa. Y redundará en las ventas ulteriores del libro.

Exposiciones. Esta acción ya requiere mayor infraestructura e imaginación. Una persona, salvo que disponga de cuantiosos medios económicos, no podrá asumir todo el proceso. Existen, igualmente, medios gratuitos asociados a determinadas salas de uso público: soportes, materiales complementarios, personal de apoyo… Respecto al material a exponer, supone un coste muy elevado, salvo que pueda accederse a exposiciones que se trasladan de ciudad en ciudad, en el entorno de determinadas organizaciones. Un ejemplo son las exposiciones fotográficas que, desde la vitalidad desplegada cada año en torno al multitudinario Meeting de Rimini (una de las mayores expresiones colectivas culturales del catolicismo moderno, nacida en la vida del movimiento eclesial Comunión y Liberación), se ofertan a las diversas entidades interesadas. De notables efectos pedagógicos, particularmente si se puede motivar e implicar a colegios y asociaciones culturales como una actividad programada propia, no debe desdeñarse. Se facilita el debate cultural, el intercambio de ideas y, lo que es de suma importancia, los encuentros personales al servicio de la difusión de la fe.

Cenas culturales. Un personaje interesante puede suscitar mucho interés. Con una mínima infraestructura es sencillo organizar una cena con motivo de alguna cuestión de la actualidad que vincule a ese experto. Se le puede proporcionar trascendencia mediática a través, por ejemplo, de unas entrevistas en medios de comunicación locales. En cualquier caso, una red tupida de amistades, interesados y contactos, permiten organizar un evento de estas características en cuestión de horas.

 
Concursos. Un concurso literario que ponga su objeto en la presencia de determinados valores en los relatos de los concursantes, por ejemplo, constituye otra actividad cultural relativamente sencilla de organizar. Un patrocinador que proporcione lotes de libros para los premios, unos colegios que hagan propia la convocatoria o una ONG que la difunda entre sus bases asociativas proporcionando una base de participantes; facilitan el éxito y alcance de la convocatoria. Por el contrario, sin alguno de tales factores, difícilmente tendrá alcance alguno.
Ediciones. Siempre es una atractiva tentación. Pero una tentación cara, poco rentable (pensemos en la distribución, almacenaje, devoluciones...), salvo que se cuente con un generoso patrocinador que asuma el gasto correspondiente (siempre muy alto). Editar libros, folletos, conferencias… no puede ser objetivo prioritario de una asociación cultural, salvo que cuente con unas poderosas finanzas. Actualmente, internet es una alternativa a la edición clásica, pudiéndose proporcionar libros, documentos audiovisuales, etc., a través de la web de la entidad difusora. Y si, a pesar de todo, nos entra la tentación, no olvidemos nunca que la edición de libros y colecciones de folletos ha arruinado a más de una asociación y fundación…
Cursillos. La primera cuestión que se plantea es si el cursillo es residencial (lo que favorece estrechar los lazos amistosos y el espíritu de grupo) o no residencial. En el primer supuesto, el cursillo puede ser subvencionado, de contarse con una buena base económica o a cargo de los mismos cursillistas. El principal coste de un cursillo es el correspondiente al cuadro docente y sus gastos. Se puede recurrir a locales públicos o privados de cesión concertada gratuita. De contarse con la amistad de esos docentes, los gastos se reducirán a unas comidas y regalos, así como a la propaganda para la captación de alumnos que, según las circunstancias, puede ser mínima si se recurre a una Universidad afín, un entorno cultural próximo, parroquial, de movimientos, etc. Un diploma de asistencia, la elaboración de unas conclusiones escritas y difundidas en algunos ambientes, pueden ser el broche de oro de una actividad fácil de organizar. Y seamos detallistas: con los conferenciantes, patrocinadores y alumnos. Constituye una ocasión magnífica para conocer personas, estrechar lazos, difundir propuestas; salvo que sólo constituyan una excusa para el “turismo cultural”.
Promoción  de tradiciones y actos folklóricos. Esta posibilidad ha sido trabajada históricamente con gran dedicación por clérigos y religiosos católicos a lo largo del siglo XX, en conexión con las expresiones vivas de la llamada “religiosidad popular”. Igualmente, el resurgir cultural de muchas regiones españolas únicamente es comprensible desde el impulso y acogida generosa de las Iglesias locales. También en estos terrenos encontramos que los hombres de la Iglesia se van retirando. Pero los contactos persisten, la presencia parroquial también; lo que constituye una posibilidad que no debe pasarse por alto. Revitalizar una tradición local, organizar incluso una asociación cultural que la mantenga viva de año en año, búsqueda de peticiones en medios institucionales... Es una posibilidad, de trabajo cultural, que se viene desarrollando en numerosas expresiones comunitarias por toda la geografía española. Requiere arraigo local, buenos contactos, una idea precisa, delicadeza y, en particular, mucho realismo.
12. Técnicas de difusión.
            Para la difusión de una actividad y la captación de público, existen diversas técnicas. Veamos algunas de ellas.
1.      Carteles anunciadores en la vía pública. Poco efectivos, pues se debe competir con las empresas que sistemáticamente empapelan los lugares reservados, a tales efectos en las ciudades españolas, con inmensos carteles de espectáculos diversos. Pero también tienen su público.
2.      Carteles en bibliotecas públicas, centros de enseñanza, parroquias, librerías... De mayor efectividad que la técnica anterior, especialmente si se insertan en buenos espacios de librerías especializadas junto a invitaciones tipo tarjetón. Requiere cierto esfuerzo paciente para llegar a todos los “objetivos”.
3.      Anuncios de pago en diarios y emisoras. Costoso, pero garantiza llegar al gran público.
4.      Invitaciones personales por correo. Un tarjetón o folleto, en la medida de lo posible personalizado, alcanza una alta efectividad. Es costoso, pero garantiza un nivel de asistencia superior al conseguido por otras vías.
5.      Invitación por correo electrónico. Requiere disponer de una base de direcciones previa. Bastante eficaz. De todas formas, numerosos organismos (universidades, administraciones, colegios profesionales...) disponen de completas webs en las que se proporcionan domicilios personales y profesionales, así como muchos correos electrónicos. Implica un trabajo paciente y bastante tiempo ante el ordenador. Si se comparte el esfuerzo, mejor. Y, una vez obtenida la base de datos, se trata de actualizarla, lo que supone un menor esfuerzo.
6.      Referencias de la actividad en las agendas culturales de los medios de comunicación locales o regionales. Tales agendas cuentan generalmente con un público fiel que se nutre de las convocatorias allí recogidas. Para figurar en ellas, nada mejor que una buena relación personal con el jefe de sección correspondiente. Habrá que insistirle, no obstante, pues las convocatorias son numerosísimas.
7.      Inserción de anuncios en prensa gratuita. Pueden serlo tanto de pago como gratuitos. Aunque con buenas tiradas, su alcance es muy irregular, al no gozar de continuidad en muchos casos y figurar junto a otras convocatorias poco claras y solventes (sectas, iluminados, etc.).
8.      Incorporación de la actividad en la programación oficial de una entidad pública o privada. Ello asegura una publicidad gratuita, amplia y de prestigio. Está asociada al acceso a un local público (tipo sala de conferencias), generalmente.
9.      Y la principal de todas: la invitación personal, directa, humana. Amigos, familiares, colegas, socios, militantes de asociaciones o movimientos afines... Siempre constituyen el núcleo más fiel, seguro y entusiasta. Si se cuenta con esa base, por reducida que sea, y su capacidad de movilización es moderadamente alta, parte de los objetivos de asistencia de la convocatoria se cubren con ella.
13. Bancos de ideas. Contactos.
            Los llamados “Bancos de ideas” vienen siendo potenciados por algunas fundaciones culturales en los últimos años. Se trata de acumular ideas, proyectos en definitiva, para desarrollarlos en el futuro conforme los planteamientos de acción y los principios programáticos de la entidad. Siempre con perspectiva de futuro. Pero proyectos desarrollados en la mayor parte de sus detalles. Así, una vez surja la ocasión, se recurrirá al proyecto “congelado” para su inmediato desarrollo y ejecución.
            Este planteamiento, casi consumista, está en relación con la dimensión de los necesarios e imprescindibles “contactos” que facilitan las gestiones, subvenciones, informaciones, etc.
            Es imprescindible el calor humano. El desarrollo de una afinidad entre personas, una corriente de ida y vuelta de proximidades temperamentales y de perspectiva cultural, pueden impulsar un proyecto más que el resto de factores en juego. La “otra parte” puede ser un periodista, un político, un agente cultural profesional o por libre, un activista político, un alto cargo público... o simplemente una persona vivaz y responsable cuyo trabajo se desempeñe en una ventanilla en contacto con el público.
            Unas buenas relaciones son la garantía de un proyecto. Se contrastará la idea con esa otra persona, quien a su vez podrá facilitar otros contactos o perspectivas que puedan limar la idea inicial hasta su perfil definitivo. No hace falta insistir en que los afines ideológicamente encajan mejor, a priori, en esta categoría. Pero siempre podremos encontrar apoyos partiendo de una buena presentación, modales correctos, interés sano y discreto por el otro, sinceridad, sentido común...
            En torno a una mesa siempre se han realizado grandes pactos, conspiraciones, componendas. Sigue siendo un buen método para entablar relaciones, mejorarlas, remover dificultades. Es un instrumento en principio propicio. Se puede emplear bien... o muy mal. Seamos inteligentes y aprovechémosle.
14. Relaciones con las administraciones públicas.
            Las diversas administraciones públicas (ayuntamientos, autonómicas, estatales, universidades...) constituyen hoy día el principal agente cultural. Su red de centros cívicos y culturales, sus fondos económicos, su personal dedicado en exclusiva a la animación sociocultural, etc., no admiten comparación con las entidades privadas dedicadas a los mismos fines.
            Interesa conocer sus recursos en el entorno territorial en que el activista cultural opere. Por ejemplo:
1.       Salas disponibles, recursos complementarios (megafonía, etc.), acceso a las anteriores...
2.       Convocatorias periódicas de subvenciones a entidades y actividades privadas.
3.       Medios de difusión de las redes públicas (publicaciones, invitaciones personales, comunicados o anuncios en medios de comunicación).
4.       Asesoramiento a entidades privadas.

Es muy importante conocer la dirección política de esos gestores, no tanto para caer en amiguismos que a corto plazo siempre pasan factura y cierran puertas, como para ver los huecos, espacios que pueden suplirse y, en definitiva, las posibilidades reales de una colaboración leal y transparente. Recordémoslo de nuevo: primera premisa, realismo.
Tal vez estos recursos públicos hayan alcanzado un protagonismo exagerado. Debieran cubrir, subsidiariamente, los espacios no cubiertos por la iniciativa privada. Pero, ya por imposición ideológica, como por carencias evidentes de la articulación social, esa es la realidad que hay que conocer, asumir y a la que recurrir sin complejos.
            Y aquí también sirve lo que ya hemos indicado en otros momentos. En muchas ocasiones, más eficaz es el contacto con el administrativo de la ventanilla del departamento de que se trate, que formales y correctísimas reuniones con los máximos responsables. No lo olvidemos. Los políticos pasan, los funcionarios, permanecen.
15. Niveles de compromiso.
            El activista cultural tiene un perfil muy determinado, ya lo hemos visto. Una tentación para el mismo, siempre, es el individualismo: querer gestionar personalmente todos los recursos en juego, poner el color y toque propios. No es fácil articular a activistas veteranos en una misma entidad. Pero la suma es incuestionable y los beneficios, múltiples.
            En definitiva: es precisa la existencia, en toda asociación, de un núcleo dirigente y activista. Y tratándose de asociaciones generalmente pequeñas, nunca será tal un número elevado. Al contrario, media docena de activistas es garantía para una eficaz acción y continuidad.
            Será ese núcleo militante, que coincidirá o no con los directivos nominales de la asociación, el que impulse la vida real de esa entidad. Se repartirá el trabajo, se distribuirá la responsabilidad, etc. No es bueno que el hombre esté solo... tampoco el activista cultural.
            Pero es muy importante, además de la existencia de ese núcleo militante, la de una base asociativa que nutra muchas de las actividades propuestas y organizadas por el mismo. Ya lo haga como público, ya como cotizante. Cuanto más amplia sea esa base, mayor será el fondo económico de soporte y el número de asistentes seguros o posibles beneficiarios de las actividades propuestas. Pero, salvo que nos conformemos con la endogamia del propio grupo, si de lo que se trata es de llegar a medios sociales ajenos a la vida de la asociación, habrá que aspirar siempre a pensar en clave “externa”: no programar sólo para los asociados, sino para otras personas ajenas a la cosmovisión de esa entidad. Ahí está la clave para el debate que facilita el encuentro personal: aproximaciones interdisciplinares, incluso desde ópticas ideológicas distintas, a un aspecto de la realidad que afecte la vida de las personas de forma cotidiana. Nada de falsos debates que no interesan a casi nadie. Buscar el corazón del hombre en cada situación.
16. Formación.
            Una buena formación ayuda mucho. En ningún sitio expiden un “certificado de activista cultural”. En realidad, para esta labor no hace falta. Se puede ser, por ejemplo, un auxiliar administrativo con intereses culturales, buenas relaciones personales, algo de ojo y perspectiva de futuro y ser el mejor de los activistas. Con amigos que te ayuden, mejor que mejor. Naturalmente existen posibilidades de formación. Desde los diversos centros en los que se trabaja y se forma en la llamada Animación Socio Cultural, pasando por cursillos específicos de universidades públicas y privadas enfocados a la formación de directivos y trabajadores en la gestión administrativa, económica y de recursos de entidades de este tipo. No es imprescindible. Pero puede ayudar. También existen entidades, tipo fundación u ONG, entre cuyas finalidades figura la formación y capacitación de directivos de asociaciones culturales. Es el caso de la Fundación Luis Vives.
            Pero, lo que más ayuda, es el propio instinto, el estar permanentemente informado, “al loro” de lo que pasa en tu ciudad, pendiente de los autores de éxito, de las corrientes culturales... con ideas previas claras y una visión de la vida sólida y firme.

 

17. Algunas conclusiones.
            Hemos realizado un viaje, un poco caótico, por algunas experiencias propias y ajenas vinculadas a la acción cultural. Si algo se reprocha a algunos de esos activistas, es la falta de concreción. Intentemos, pues, ser breves y precisos y propongamos, como resumen, algunas conclusiones que orienten al novato y futuro activista cultural.
1.       Al activista cultural le gusta trabajar por libre. Pero agrupado, obtiene mayores beneficios. Si además esos compañeros de viaje son afines, aumentan exponencialmente las posibilidades de éxito. Y de satisfacción personal.
2.       La asociación cultural constituye un buen marco jurídico para este tipo de actividades, lo que permite trabajar en el mundo de la cultura en niveles muy modestos y, también, en otros de mayor alcance. De tener posibilidades de contar con un patrimonio, la fundación es la fórmula más adecuada.
3.       Hay que cultivar los contactos personales. Tanto en ámbitos privados, como públicos. Y no siempre con los “peces gordos”. Un modesto oficinista puede abrir más puertas que toda una colección de “altos cargos”.
4.       Existen magníficos recursos gratuitos a disposición de los activistas culturales. Hay que conocerlos y saber acceder a los mismos.
5.       La financiación es palabra sagrada. Pero se le puede echar imaginación o voluntarismo. Y si se dispone de una cierta base asociada, el primer paso ya estará dado.
6.       Quitémonos el miedo a la palabra programar. Ayuda para trabajar mejor, anticiparse en el futuro y facilita un sano realismo. Pero, sobre todo, es una exigencia formal y material para el acceso a esos recursos que están esperando al activista cultural.
7.       El activismo cultural, si no se limita a seguir sus propios gustos o simplemente a perpetuarse, puede constituir un magnífico instrumento evangelizador.
8.       Internet es parte del presente. Comunicación, información, difusión, rapidez... Una web personal o de la asociación, puede ser su mejor tarjeta de presentación.
9.       Una buena base asociativa proporciona independencia económica, expectativas de futuro y, además, controla los excesos del activista cultural.
10.  No se puede desdeñar a nadie. Debe haber impulsores, militantes, simples asociados... pero también las colaboraciones esporádicas pueden ser preciosas (aunque vayan generalmente por libre).
11.  Menos temores ante las Administraciones públicas. Hagamos Bancos de ideas. Conozcamos las técnicas de difusión. Tres factores dados por supuestos que siempre hay que tener “al día”.
La acción cultural puede ser apasionante. En realidad, ES apasionante. Casi una vocación. Y un instrumento para llegar al corazón de los demás. Por todo ello, un católico puede –y debe- sentirse reclamado a la acción cultural, o ¿acaso la Iglesia no tiene una asombrosa capacidad de transformar en sugestiva propuesta cultural su propia vida?


Madrid – Pamplona, septiembre de 2002.
 

 

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