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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

¿Vacío de poder en el Partido Popular?

El Partido Popular se encuentra en una situación crítica: la incertidumbre acerca del futuro liderazgo del partido, confirmada la retirada de Aznar, y los errores tácticos de los últimos meses, especialmente los cometidos en torno a la crisis del Prestige, facilitan el camino a la alternativa del PSOE encarnada por José Luis Rodríguez Zapatero. Esta situación, de auténtico vacío de poder o de parálisis, según se vea, ¿es indiferente a los católicos?

 

 

Introducción.

 

"Por ejemplo, (en) el PP (Partido Popular) está muy representado un nuevo fenómeno que es el laicismo de derechas o una herencia no religiosa. El PP no ha abolido la ley del aborto, en el tema de las clases de religión, la situación está como en los tiempos del PSOE..."

 

Este breve y lúcido juicio no procede de ningún medio católico comprometido con la política del Partido Popular, sino del sociólogo Rafael Díaz Salazar, quien lo emitió con ocasión de la presentación de su libro, Nuevo socialismo y cristianismo de izquierdas, el pasado día 8 de octubre de 2002.

 

Tal vez preocupado por lo que se juega, y en coherencia con el juicio anterior, Alberto Ruiz Gallardón ha ofertado, en lo que ha constituido una precisa operación de marketing político, un puesto seguro en las listas al Ayuntamiento de Madrid a la esposa de José María Aznar, Ana Botella. Consciente del profundo disgusto causado por su política familiar entre los sectores más militantes del laicado católico madrileño, acaso el más estructurado y activo de toda España, habría concebido esta estratagema para retener en sus redes unos miles de votos decisivos en su competición con el PSOE; lo que, además, le ha permitido volver a figurar en las quinielas de posibles sucesores de Aznar.

 

 

La postura de Federico Jiménez Losantos.

 

En otro orden de cosas, según algunos confidenciales de internet, causó un profundo disgusto, entre los máximos directivos del Partido Popular, las ácidas y abiertas críticas efectuadas, en COPE y libertaddigital.com, por el periodista Federico Jiménez Losantos contra aspectos fundamentales de la política gubernamental; críticas, buena parte de ellas, agrupadas en su libro Con Aznar y contra Aznar (la Esfera de los Libros, Madrid, octubre 2002).

 

Este periodista, caracterizado por la fidelidad a sus principios, viene realizando una contundente crítica a la acción gubernamental del Partido Popular desde sus alardeadas ideas liberales; lo que –seguro- habrá provocado mucho dolor en quien hizo todo lo que pudo, en su día, en apoyo de un Partido Popular empeñado en alcanzar el gobierno.

 

Ciertamente, algunas de sus denuncias son inquietantes: el incumplimiento de buena parte de su programa electoral, la suicida política de medios desarrollada ante el imperio PRISA, la sorprendente autorización de la fusión de las plataformas digitales y la regulación de las televisiones locales, etc. Y no es necesario ser liberal para compartirlas. También ha destacado en su crítica a la estrategia sucesoria elegida por Aznar. Que sea exclusivamente Aznar quien designe a su sucesor, unos meses antes de las elecciones generales, prescindiendo de los órganos colegiados del partido, de las previsiones estatutarias y de la militancia de la que dice estar tan orgulloso, no es precisamente un ejercicio de ejemplaridad democrática. Al contrario, en la génesis y desarrollo de esa personal decisión, apenas contestada internamente, encontramos actitudes contradictorias con las esencias democráticas: autoritarismo, exclusivismo, opacidad informativa, desprecio de la base afiliada. Y todo esto, sin entrar en el criterio, que también debe considerarse, de su oportunidad -o inoportunidad- para la marcha del partido y de la labor de gobierno. Estas circunstancias están siendo aprovechadas, no podía ser menos, por un PSOE que encuentra un inimaginable apoyo en la torpeza popular.

 

El caso Arriola, la retirada por el ministro Zaplana de parte de las medidas económicas que provocaron la última huelga general, las actuaciones privadas de algunos parlamentarios del Partido Popular que finalmente les llevó a dimitir; son otros factores que parecen indicar que éste se encuentra sumido en una crisis de liderazgo, que se concreta en una pérdida de reflejos y cierta parálisis, que la pasada Convención Nacional del Partido Popular, celebrada los días 18 y 19 de enero, no pudo borrar pese a los triunfales discursos y las grandilocuentes declaraciones de intenciones.

 

Pero, sin duda, ha sido la crisis derivada de la gestión del desastre ecológico ocasionado por el petrolero Prestige, culminada con la dimisión del presunto delfín de Fraga, José Cuiña, la que ha puesto en evidencia la existencia de un auténtico vacío de poder en el partido que ha trascendido a su labor en el gobierno.

 

 

La sucesión de Aznar.

 

La estrategia sucesoria elegida por Aznar, anunciando su retirada con excesiva anticipación y sin hacer pública la identidad de su posible sucesor, ha bloqueado determinados mecanismos internos del partido, facilitando la inhibición de los más implicados en la carrera sucesoria, en ciertas circunstancias políticas, en un intento de no "quemarse" prematuramente.

 

Crisis sería, por tanto, la palabra que resume la situación del partido desde hace ya muchos meses. Crisis, por otra parte, de la que no han sido conscientes, los líderes populares, hasta fechas muy recientes. Aquí encontramos el origen, seguramente, de la reacción en cadena protagonizada por el Partido Popular en este mes de enero, con el anuncio de una serie de medidas contra la delincuencia (en sus ámbitos penal, procesal y penitenciario), en parte ya propuestas en las dos campañas electorales generales anteriores, y el precalentamiento de la reciente Convención Nacional. En este contexto, las opiniones, en su día vertidas, sobre la inconveniencia de la retirada de Aznar, por Alvarez Cascos, son la excepción que no indica una buena salud, sino una enfermedad colectiva con varios síntomas: ausencia de reflejos internos, carencia de sentido crítico, escasa práctica democrática, peso de la rutina en las estructuras orgánicas del partido…

 

Así, las críticas de Federico Jiménez Losantos serían la "voz de la conciencia"; que debiera haber brotado desde otras instancias, tanto internas, como exteriores al partido.

 

Volvamos al juicio emitido por el veterano periodista. En una entrevista publicada en el número 101 de El semanal digital (del 28 de octubre al 3 de noviembre de 2002), sintetizó su diagnóstico de la situación así: "El proyecto del PP en el 90-93 es el programa más completo y coherente que ha tenido. Desde 1999 y especialmente desde la mayoría absoluta, se está liquidando en función de un centrismo vagamente democristiano y populista que destruye la gran aportación de Aznar a la derecha española: liberal, identificada con las libertades y con un sentido claro nacional. La mayoría absoluta está dilapidando la estructura básica de dicha aportación ideológica, lo que la gente vota: las reformas económicas, la unidad de España, la lucha contra el terrorismo...". Y nos preguntamos, ¿en qué consiste, a su juicio, ese "centrismo vagamente democristiano y populista"?

 

Es paradójico que algunos liberales no se reconozcan en la praxis popular, más cuando muchos católicos, que podrían identificarse con la ideología democristiana que, según Federico Jiménez Losantos, marcaría la política del PP, tampoco lo hacen.

 

Hemos visto, pues algunos de los síntomas: el paciente reacciona lentamente, es poco consciente de su enfermedad, pierde defensas y vigor, no busca remedio a las infecciones oportunistas…

 

 

Los católicos en esta coyuntura.

 

Esta situación, de repliegue y vacío del Partido Popular, correspondido por un interés sectario del PSOE en la captación de votos católicos, ¿no requiere cierto esfuerzo de reflexión y acción por parte de los católicos?

 

Ciertamente, los católicos pueden incluirse entre los más desairados por la política popular. No sólo no se ha apoyado decididamente a la familia, salvo retóricas verbales de mínimas consecuencias prácticas, sino que se ha dado amplísima cancha a las llamadas uniones de hecho y a la "normalización" de las uniones de homosexuales.

 

Los católicos no podemos estar contentos con la gestión del Partido Popular; si bien, han sido escasas, aunque significativas, las voces alzadas en este sentido. Lo curioso es que, algunos de quiénes han manifestado mayor conciencia de esta situación, precisamente, están a la izquierda. Por ello, no es de extrañar que, desde el PSOE, se hayan retomado esfuerzos para intentar captar sectores del electorado católico, y no sólo del de convicciones izquierdistas. Aunque los presupuestos teóricos de un posible diálogo entre cristianos y socialistas, tal como se venía planteando últimamente, no carecían de interés –superar históricos prejuicios-, todo parece indicar que se ha vuelto a incurrir en un electoralismo estrecho que sólo pretende apropiarse de una bolsa de votos católicos, en buena medida ya decantados por la izquierda; pues el programa socialista que viene perfilándose difícilmente podrá ser asumido por los católicos que defienden con mayor insistencia los valores sociales de la familia, la defensa de la vida, la presencia y la iniciativa social, etc.

 

La sucesión de Aznar no es cuestión baladí. Mucho se juega el Partido Popular y la misma España, estando pendientes de respuesta algunos problemas de enorme trascendencia: el terrorismo, el desafío nacionalista del "plan Ibarretxe", el aumento del precio de la vivienda, la articulación de Europa, el apoyo decidido a la familia tradicional, una respuesta coherente a los retos de la inmigración, el aumento espectacular del coste de la vida, una política educativa y cultural de contenidos y valores...

 

Cualquiera de los posibles sucesores de Aznar no reúne las necesarias condiciones, subjetivas y objetivas, que le permitan encarnar las propuestas cristianas. Pero no es el objetivo de este artículo valorar las cualidades de uno u otro candidato.

 

Los católicos españoles tenemos propuestas muy concretas, para toda la sociedad, que parten de la experiencia de unas realidades comunitarias alimentadas por la savia de una vida transformada desde la pertenencia a la Iglesia. Y ya existen algunas iniciativas que pueden favorecer esa presencia. Es el caso de las plataformas transversales E-cristians y HazteOir.org. Igualmente, otras, de carácter sectorial, como las organizadas en torno a la familia, empiezan a generar todo un movimiento social a tener en cuenta.

 

En esta línea, Josep Miró i Ardèvol, promotor de E-cristians y de la Convención de Cristianos por Europa, manifestó al diario La Razón, en su edición del miércoles 22 de enero de 2003, entre otras cuestiones: "Mientras el católico esté aislado, como lo está ahora, tendrá una fuerza mínima a la hora de influir en la toma de decisiones políticas", a lo que añadía que "Hay que conseguir una transversalidad, del voto católico, sin romper con el pluralismo, conseguir crear plataformas de presión que agrupen a los católicos para poder hacer oír su voz en la sociedad". Dicha propuesta la ilustró de esta manera: "Si tras un detenido examen, por ejemplo, se estimase que la política familiar de Ruiz Gallardón no es coherente con los valores de la ley natural, se podría así propugnar una abstención organizada frente a dicho político". Por último, "Sin descartar el agrupamiento político en un partido de inspiración cristiana, algo lícito, considero sin embargo que antes de ello es preciso articular organizaciones sociales, mucho más efectivas en la práctica".

 

Y, llegado el tiempo de las campañas electorales, deberemos demandar a los partidos coherencia y firmeza con sus promesas, más allá de las palabras fáciles y las luces de neón, haciendo propia aquella exigencia machacona que hizo famoso a Julio Anguita: ¡programa, programa, programa!

 

 

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 65, enerote 2003

 

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