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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

La fractura social vasca y el PNV.

      Se ha responsabilizado al Partido Nacionalista Vasco de exacerbar la incuestionable división social existente en el País Vasco. ¿Es una acusación demagógica o es una consecuencia de su política?

 

Las dos opciones de los partidos constitucionalistas.

                Durante algún tiempo convivieron, en el seno del Partido Popular, dos tendencias en torno a la posible estrategia a seguir en el País Vasco. Por una parte, algunos propugnaban superar al nacionalismo en las urnas, con el objetivo de acceder al Gobierno vasco para, desde allí, intentar desactivar las factorías clientelistas nacionalistas y contrarrestar la revolución cultural impulsada en las últimas décadas. Estaban, por otra parte, quiénes consideraban que la unidad de los demócratas frente al terrorismo de ETA debía guiar su acción política y electoral; por ello perseguían restaurar unas buenas relaciones con el PNV, excluyendo cualquier confrontación con este partido. Obviamente, en la motivación de esas diferentes estrategias, subyacían dos valoraciones muy distintas de la naturaleza íntima del nacionalismo vasco, de las relaciones reales existentes entre sus diversas culturas políticas y de sus objetivos últimos.

                Las elecciones autonómicas del 13 de mayo de 2001 despejaron, aparentemente, las dudas: la primera opción habría fracasado. Procedía, tal vez, ensayar la segunda propuesta.

                Por su parte el PSOE-PSE-EE, de la mano de Nicolás Redondo Terreros, también había hecho propia, en líneas generales, esa primera opción que, en definitiva, suponía plantar cara al nacionalismo gobernante. Después de la derrota de mayo, ante la contestación interna, Redondo dimitió; decantándose el partido, en un proceso inesperado que denotaba una gran fragilidad interna y una cierta desorientación al menos, por la reedición de alguna experiencia en la línea de las ya intentadas conforme la segunda estrategia que antes mencionábamos. Se pretendía, en otro marco político y con otro lenguaje, una reedición del Pacto de Ajuria Enea, la expresión más desarrollada, en su día, de esa segunda estrategia, y, tal vez, participar de nuevo en el Gobierno vasco. Pocos días tardarían Patxi López y sus seguidores en comprender que esa estrategia ya no entraba en las expectativas del Partido Nacionalista Vasco.

                El PNV apostó por avanzar aceleradamente hacia el soberanismo, como ya es sabido; mediante una reedición del Pacto de Lizarra, ahora bautizado Plan Ibarretxe, con el agravante de recurrir, para ello, al brazo político de ETA sin contrapartidas previas y sin pretender el cese del terrorismo. Invocando a la mayoría social que dice representar, el PNV buscaba una mayoría política cualificada que le permitiera avanzar en ese sinuoso y complicado proceso soberanista. Salvo su socio Eusko Alkartasuna y Batasuna, que lo hace de forma realmente tortuosa para los jelkides, sólo Izquierda Unida le siguió.

                En estas circunstancias, los partidarios en el Partido Popular de la segunda alternativa ni siquiera pudieron llegar a plantear la conveniencia de retomar otra estrategia distinta, pese al fracaso temporal de la diseñada por José María Aznar y Jaime Mayor Oreja. El PNV, en definitiva, no les dejaba otra opción: se trataba, ya, de una cuestión de Estado, de asegurar su supervivencia frente a los envites nacionalistas.

                Igualmente, el PSOE-PSE-EE quedó sin argumentos ni espacio para maniobrar, debiendo retomar la pesada tarea de reelaborar, otra vez, una estrategia realista que le permitiera afrontar el reto nacionalista, intentando marcar a su vez alguna diferencia –y no sólo de tono- con el Partido Popular.

 

La fractura social y el Plan Ibarretxe.

                El PNV optó, como consecuencia directa de sus planes, por prescindir políticamente de esa media sociedad vasca, de convicciones españolistas, que no comparte su proyecto; en definitiva, por oficializar y ahondar la escisión civil y la fractura social. ETA, por su parte, viene contribuyendo, a su manera, en el ensanchamiento del foso que existe entre nacionalistas y constitucionalistas, entre nacionalistas vascos y españolistas: mediante la sangre vertida, en sus mil asesinatos, y el sufrimiento de decenas de miles de víctimas de dentro y fuera del País Vasco.

                El PNV, ante esta realidad, no puede alegar ingenuidad alguna. Ya tenía conocimiento de la estratificación social vasca, que manifestaba una fractura interna entre dos maneras de entender la sociedad, la cultura, la política y las relaciones de convivencia. Igualmente, tenía múltiples pruebas de la catadura moral y política de sus actuales compañeros de viaje, elegidos libre y conscientemente. Y todo ello en unas circunstancias en las que pudieron optar por una política distinta que liderara a la mayoría social vasca real, afrontando su principal reto: la fractura social y el miedo generados por el terrorismo.

                ETA y su movimiento, también, son el principal enemigo del PNV a medio y largo plazo. No lo olvidemos: no pararán hasta conseguir un Estado socialista y revolucionario vasco, alejado de la democracia burguesa que les ha permitido crecer y moverse sin apenas restricciones durante dos décadas y media. A corto plazo, pueden permitirse ser útiles a los ¿ingenuos? planes políticos del PNV, en aras de esa mayoría política y social vascas que persigue Ibarretxe y que la disidencia de Confebask ha evaporado. Pero, en cualquier caso, esos planes avanzarán –de hacerlo- a costa de la media sociedad que no comparte ni sus objetivos ni su visión del mundo.

En este contexto, esa ingenua invocación a la mayoría social vasca, como justificación de su estrategia soberanista al no contar con el soporte político necesario, es puro maquillaje, cuando no un sarcasmo. Hablan de aglutinar y liderar a la mayoría social, pero en realidad sólo están interesados en la mayoría social nacionalista, aunque busquen otros aliados que les proporcione legitimidad política. Y no es lo mismo, evidentemente. En su estrategia secesionista de “hacer pueblo, hacer nación, hacer Euskal Herria”, la escisión social, la fractura civil, es inevitable y necesaria. Una nación a costa de otra; labor apuntalada, dramáticamente, por la sangre vertida por ETA.

 

El Plan Ibarretxe, ¿es la única política posible para el PNV?

Para un partido católico en sus orígenes y, todavía, en buena parte de su base militante, democristiano durante décadas, con un histórico norte ético marcado por la vivencia cristiana de su pueblo; esa coincidencia, aunque sea casual y meramente táctica, con los terroristas, es demoledora. No será una confluencia perseguida; pero ahí está y, por ello, algún día tendrá que responder ante todo el pueblo vasco.

                La dinámica del PNV, aunque intente amortiguar las seguras pérdidas sociales, corre el riesgo de desestructurar a la sociedad que dice encauzar, de forma fatal, lo que propiciaría, en una hipotética Euskal Herria independiente, un seguro asalto revolucionario del MLNV. El PNV, en definitiva, está despejando el camino de ETA y sus seguidores, quiénes pueden encontrar una sociedad escindida, agotada, asustada y con sus defensas consumidas por las convulsiones previas.

                La política de unidad de los demócratas frente a ETA fue un instrumento que cumplió su papel durante un tiempo, sin llegar a agotar todas sus potencialidades, que finalmente se quebró. Frente a un engranaje revolucionario bien engrasado y en marcha, el PNV todavía está a tiempo de elegir otros compañeros de viaje y proporcionar expectativas de futuro y esperanzas a una sociedad atormentada. Sin embargo, conforme más se interne en la senda soberanista, mayores dificultades encontrará para desandar el camino hecho y tender puentes hacia esa media sociedad vasca constructiva de la que parece querer prescindir. Y mayor será su dependencia de ETA y su fragilidad.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 63, noviembre de 2002

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