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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Nuevo curso, nueva programación.

El predominio educativo de la televisión, de auténticas características revolucionarias y subversivas, encubre otra realidad acallada: la soledad del hombre frente al poder.

 

Se inicia el nuevo curso: académico, judicial, político… Y se estrena nueva programación televisiva.

Se constata que, año tras año, el espacio dedicado en los medios de comunicación a las novedades televisivas aumenta de forma constante. Esto es evidente, especialmente, en los medios escritos; fenómeno al que se suman los “confidenciales” que circulan por internet.

Y no podía ser de otra manera, pues ocupa un espacio privilegiado en el medio familiar y en otros ámbitos de la vida cotidiana.

La televisión ha desplazado, desde hace dos décadas, casi tres, a la conversación familiar en torno a la mesa del hogar. Ha sustituido la experiencia de los mayores por las recetas “políticamente correctas”. Ocupa también, progresivamente, un mayor espacio en la vida de las personas a costa de otras fórmulas de ocio.

En definitiva: la comodidad del medio acarrea un empobrecimiento moral y cultural de la sociedad en su conjunto.

La televisión, en teoría, es un instrumento moralmente neutro. Puede emplearse con una finalidad informativa, recreativa, formativa y cultural. Pero ello se practica de forma excepcional. Es más, los programas enfocados al ocio y la mera evasión ocupan la mayor parte de los espacios televisivos, especialmente en las horas de mayor audiencia. Y no lo hacen de forma neutra. En su inmensa mayoría incorporan unos modelos de vida, unas recetas de comportamiento cotidiano que responden al estilo de vida consumista, utilitarista y relativista predominante en el Occidente desarrollado actual; un modelo exportado a todos los rincones del mundo dada la universalidad del medio.

Por ello, que los espacios dedicados a la información de las nuevas programaciones televisivas ocupen mayor espacio en otros medios, no deja de ser un termómetro de las modas y corrientes culturalmente predominantes. Se podrá alegar que tales modas son impuestas desde los centros culturales dominantes. Y esto es cierto, con el agravante de que esos “centros creativos culturales” responden a unos intereses muy concretos que, ante todo, afirman un estilo de vida contrario al derecho natural. No es casualidad que muchas de esas novedades televisivas respondan a modelos de comportamiento social en los que la intimidad, la privacidad, entre otros, son valores ignorados olímpicamente. Un fenómeno paralelo al que vivimos en la sociedad de hoy y que es privilegiado y potenciado desde la omnipresente televisión.

Este predominio educativo de la televisión, de auténticas características revolucionarias y subversivas, encubre otra realidad acallada: la soledad del hombre frente al poder. Un individuo solo, una familia aislada, poco o nada pueden hacer frente a ese poder cultural dominante, ya, en todo el mundo y al que es muy difícil sustraerse. Por el contrario, hombres libres y familias libres, pueden sustentarse y apoyarse entre sí creando unas redes sociales distintas, producto de unas relaciones humanas de especial intensidad, con unos lazos afectivos y materiales novedosos y atractivos para el hombre atomizado de hoy. Pero para sustentar esa novedad social, esa nueva humanidad, no basta la propia voluntad de lucha y de afirmación: hay que apoyarse en una realidad superior a la mera suma de las voluntades de esas “islas de resistencia”.

           

Por todo ello la Iglesia católica, “maestra de humanidad”, sigue siendo la posibilidad de una nueva vida, la auténtica y real esperanza de las gentes, la nueva humanidad de hoy y de siempre.

 

Editorial. Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 61, septiembre 2002

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